A lo que te invita la vida

En la vida no tiene ninguna relevancia lo que has sido, lo importante es lo que puedes llegar a ser. No importa lo que los demás piensen de ti y de tu pasado, lo relevante es ser ante Dios.

Los condicionamientos y limitaciones de nuestro pasado no tienen porque cercenar nuestro presente. ¿Y cómo se logra esto? Si en tu vida actual logras ser capaz de entrar en la esencia de tu interior, en lo que es importante; si en el lugar del corazón dejas que fluya de una manera recurrente la fuente de agua viva para que te purifique; si eres capaz de encontrarte a ti mismo en tu realidad cotidiana; si eres capaz de encender la luz que te da la energía y la fuerza que es necesaria para ser sin máscaras ni condicionamientos lo que eres, lo que estás llamado a ser como persona, lo que anhelas y lo que puedes ser.

La vida te invita en todo momento a conseguirlo; te invita en el desierto del silencio interior donde sin ruidos puedes escuchar lo que anida en tu corazón. La vida te invita a encontrar momentos de recogimiento, un tiempo en el que merece la pena escuchar el silencio, permanecer unos instantes acariciando con ternura esa soledad que a uno tanto le espanta a veces y con la que teme enfrentarse. Y en ese silencio descubres, a la luz silenciosa del Espíritu, que no caminas en soledad porque ese silencio es tan revelador que se dirige hacia ti y te concede la gracia en el presente de la vida de entender y comprender lo que es necesario e imprescindible para vivir lo que eres y lo que deseas ser.  Ese silencio te ayuda a confiar en tus posibilidades, te permite dar un nuevo crecimiento espiritual a tu vida y convertir tu pobre humanidad en una obra apostólica de auténtica humanización. Se trata de llamar divino a la plenitud de lo humano, y cielo a una vida que, aunque sencilla, te permita vivir feliz en la unidad del amor. Yo, aunque lejos estoy, aspiro a este unión, a esta perfección, a ese anhelo porque desde lo íntimo puedo llegar más a la unión con Dios y desde Él, a los que me rodean.

¡Señor envía tu Santo Espíritu sobre mi para que me renueve, transforme, purifique, lave, vivifique! ¡Haz, Señor, que mi vida tienda hacia lo interior, que no tema el silencio para encontrarme contigo porque desde ese silencio alcanzaré mayor plenitud espiritual! ¡Haz, Señor, que mi vida esté impregnada de mucha oración, de mucha vida interior, de mucho recogimiento, de mucha soledad acompañada, de mucha gracia de tu Espíritu porque quiere caminar viviendo en tu presencia, sintiendo tu presencia, aprendiendo de tu presencia, amando como tu amas! ¡Señor, quiero darle plenitud a mi vida con tu presencia divina porque quiero impregnar mi humanidad de tu Espíritu, de tu fuerza, de tu amor, de tu presencia, de tu misericordia! ¡Anhelo, Señor, vivir feliz en la unidad contigo, unido siempre a ti! ¡Señor, haz que mi alma esté siempre atenta en los momentos de recogimiento, silencio y soledad para verte! ¡Señor, permíteme comprender que mi tesoro como cristiano está en el cielo y no en la tierra, que mis pensamientos, mi oración y mi vida tiene que ir encaminado siempre hacia la eternidad! ¡Haz, Señor, que mi vida sea un encuentro y una unión permanente contigo!

¿Por qué me cuesta tanto concentrarme en la oración?

Esta pregunta me la envió ayer una lectora de la página. Y le respondo con mi experiencia personal, de lo único que puedo hablar. En innumerables ocasiones a mi también me cuesta concentrarme en el momento de ponerme en presencia del Señor, me cuesta superar las distracciones y poner orden a la desatención. Pero he comprendido que no es una cuestión de concentración sino un problema de como vivo, de cómo se estructura mi vida. En la medida que mi vida personal es armónica, serena, tranquila así es también mi oración. No es posible el recogimiento interior en el momento de ponerse a orar si durante la jornada todo es ruido, prisas, superficialidad, dispersión, estrés… Cuando te dispersas en la oración es porque interior y exteriormente también estás disperso. Cambiando la manera de actuar y vivir uno puede encontrar en su oración momentos de mayor serenidad y concentración en la oración.
Es por eso que trato de que mi oración profunda y serena sea en el silencio de la mañana, en esos momentos de paz y recogimiento que no se ven perturbados por las cosas exteriores, por los ruidos del mundo, por los excesos de la sociedad, por los trajines intensos de la jornada. Una vida ocupada de muchos elementos vitales impide habitualmente una plena concentración a nivel interior.
San Pablo, en su carta a los Efesios, lo expresa claramente: «De él aprendieron que es preciso renunciar a la vida que llevaban, despojándose del hombre viejo, que se va corrompiendo dejándose arrastrar por los deseos engañosos». Lo veo en mí y me lo planteo innumerables veces. Cuando en el día a día de mi jornada predomina el hombre viejo cierro mi corazón a la paz interior. Cuando abro mi corazón y me trato de vivir según el hombre nuevo mi oración es amplificadora. Es de ese nuevo hombre, del que como hijo de Dios debo vestirme, me permite estar justificado, santificado, bendecido y redimido por Dios, me permite tener el mismo Espíritu de Dios y tener la mente de Cristo. Este es el verdadero nuevo hombre al que aspiro por vocación cristiana. Por eso para una oración concentrada, serena, vivamente interior, necesito liberarme de las ataduras del mundo, de las cadenas que me anudan a lo mundano y a las amarras que me ligan al mundo exterior, al mundo de los ruidos, placeres, pasiones y prisas. Cuando mi espíritu está libre, mi oración siempre frágil y quebradiza va en busca de los valores del Evangelio, a la sencillez del corazón, a la coherencia vital, al tratar de vivir en verdad, a la sinceridad interior sobre la propia existencia, a la aceptación de lo negativo que me rodea para transformarlo en bien.
Cuando mi corazón está en paz mi oración busca a Dios en la profundidad misma de mi ser porque lo hago pensando en las energías del Espíritu que habitan en lo más íntimo de mi corazón. Y, en ese momento, soy renovado, transformado y santificado por el Espíritu. Despierta mi ser, me convierte en vigilante de mi existencia, para en la espera, encontrar el rastro del amor de Dios que se revela en mi corazón. Y mi corazón se prepara entonces al diálogo con Dios, se inclina para ofrecerse plenamente, para amar plenamente, para buscar plenamente, para adorar plenamente. Y es así, dándome a Dios, excluyendo de mi interior todo lo exterior, liberándome de ataduras y complejos, como accedo a una oración plena, concentrada, continua y perseverante, animado por el deseo intenso de convertir mi plegaria en un momento intenso de adoración, acción de gracias, transformación, sanción, purificación y súplica.
¿Por qué me cuesta tanto concentrarme en la oración? Porque mi vida tiene demasiados ruidos exteriores que se hace necesario acallar.

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¡Señor, te doy gracias por mi vida, quebradiza y frágil, pero repleta de tu infinita misericordia y por los dones de tu gracia que cada día se desbordan en mi corazón! ¡Te doy infinitas gracias, Señor, por tu fidelidad aunque tantas veces mi vida se sea un ejemplo claro de infidelidad a ti! ¡Concédeme la gracia, Señor, de vivir de acuerdo con tus enseñanzas y dame toda la paz posible a mi corazón, a mi mente, a mi alma, a mi espíritu y a mi cuerpo para que elimines todo aquello que me causa dolor, estrés, turbación, tristeza, desazón y me impide vivir en paz! ¡Ayúdame a saber gestionar mi vida de acuerdo con tus enseñanzas, a vivir como un hombre nuevo y despojarme del hombre viejo que me recubre! ¡Concédeme la gracia, Señor, de que tu Santo Espíritu guíe el camino de mi vida y tu reinado de paz y de amor cubra mi existencia! 

Orar no es más que dejar que el amor hable del amor

Anochece. Me encuentro parado en un semáforo. Hace mucho frío y viento. Un matrimonio de ancianos cogidos del brazo y muy abrigados al que veo habitualmente por el barrio está esperando al igual que yo a que la luz verde les permita cruzar la calle. En un gesto amoroso, el hombre besa con ternura a su mujer en la mano. «¿Cuanto tiempo llevan casados?», me atrevo a preguntarles. «Setenta y dos años», responde ella sonriente. Ese tierno beso es el testimonio de la plenitud de su amor. Con sus altos y sus bajos esta pareja, cuyas vidas desconozco, han crecido juntos inundados de amor.
Se sienten a gusto uno con el otro. Se sienten a gusto con sus vidas. Con el mundo. Y te das cuenta que un gesto sencillo como esté después de setenta y dos años juntos aviva la esperanza del amor humano.
Cuando el corazón está henchido de amor la propia vida es más plena, más viva, más intensa. Es como el fruto maduro del árbol que se hace vida en el silencio de la naturaleza, en la sencillez de la creación. El amor tiene que ser regado cada día para que la vida desborde afecto, cariño, generosidad, sacrificio, esperanza, caridad…
Un gesto tan sencillo como el beso de dos ancianos que se aman llena de esperanza. Te invita a perseverar en el amor. Amor en el respirar, en el sentir, en el hablar, en el actuar, en el pensar. Amor en el observar lo que te rodea con humildad. Amor en el entregarse a los demás. Amor en el mirar el rostro del hermano, en el percibir sus necesidades, en el abrazar sus sufrimientos.
Vamos habitualmente demasiado rápidos. En el fragor de nuestras vidas no tenemos tiempo para percibir las necesidades del otro. No tenemos tiempo de amarlo porque transitamos por la vida como autómatas sin destino fijo. ¿Cuál es el mandamiento más importante? Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Y al prójimo como a ti mismo.
Desbordar amor a raudales. Pero el amor se cultiva fundamentalmente en la oración. Jesús amaba porque oraba. Oraba con el corazón abierto en un canto de súplica, alabanza y de acción de gracias a Dios. Su fuego interior, fruto de la acción del Espíritu Santo, era el amor. Orar no es más que dejar que el amor hable del amor. ¡Qué nunca me aleje de la oración, Señor, porque no deseo más que amar al prójimo viéndote a Ti!

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¡Ven Espíritu Santo, enciende en mi alma el fuego de tu amor! ¡Abre mi corazón de piedra a la oración franca, humilde y sencilla con el Señor! ¡Señor, tu me medirás por cómo he amado y no me preguntarás por nada más! ¡Concédeme la gracia, por medio de tu Santo Espíritu, para encontrar el sentido y el gozo en la vida! ¡Enséñame a amar, Señor, a poner mi corazón en todo lo que hago, digo, pienso y siento! ¡Ayúdame, Señor, a vivir como vivías Tu! ¡Ayúdame a ser apóstol de tu amor! ¡Necesito, Señor, para lograrlo que me guíes en mi camino, que me enseñes a abrir el corazón! ¡Ven, Señor, por medio de tu Santo Espíritu, y transforma mi corazón, hazlo dócil y humilde, generoso y caritativo! ¡Señor, al igual que tu amor me levanta y me transforma, me sana y me vivifica, haz que mis actitudes sirvan para levantar, transformar y vivificar al prójimo por medio del amor! ¡Ven Espíritu Santo y enséñame a amar! ¡Abre las puertas de mi corazón! ¡Concédeme, Espíritu divino, los dones de la alegría y la esperanza, de la caridad y de la humildad, para con las heridas de mi corazón sanadas, abrirme al mundo con amor! ¡Qué nunca me aleje de la oración, Señor, porque no deseo más que amar al prójimo viéndote a Ti!

Aprender de San José

La Navidad sin José no tiene sentido. Para mí su presencia es de una enseñanza profunda. José revela que la fe es también la fuerza de un “fiat” de acción silenciosa, abierto a lo insondable, misterioso y, sin embargo, de profundo realismo. Es plenamente responsable de María y del Niño que va a nacer. Actua como un verdadero esposo y padre. La providencia no se equivoca. De hecho, José es el hombre de las situaciones inciertas, capaz de la acción correcta y correcta, el que preserva la vida. Así, José parece poner su fe más en la palabra de María y en su pureza que en la evidencia de la naturaleza humana y la razón. Su acción habla más allá de todas las palabras. El silencio de José está en consonancia con el sí a María. Cree a María, tiene fe en su palabra. Es la lucha de la fe en la palabra del otro y en la vida.
Me impresiona, sobre todo, ese silencio que envuelve su vida, su capacidad de contemplación desde el silencio de la vida, del corazón y de las incertezas que debieron ser muchas. Ese silencio que es capaz de escuchar la llamada de Dios y atenderla. Ese silencio obediente a la voluntad del Padre. Ese silencio contemplativo que le permite escuchar la voz de Dios. Ese silencio que le determina a cumplir sus planes a simple vista estrafalarios y desconcertantes.
Me imagino el trabajo silencioso de José cuidando de María, preparando el lugar donde reposará el Niño, apartando a los animales del establo, limpiando el pesebre para dar más dignidad a la estancia, acariciando a María, acurrucando al Niño.
¡Qué grande y generoso es el silencio de José porque, sobre todo, desde ese silencio se abre a la inmensidad del amor, de la generosidad, del servicio, de la esperanza! ¡José tomó al Niño entre sus manos callosas de carpintero y se lo dio a María! ¡Y en silencio los amó como nadie puede amar a otro! ¡Ayúdame, José, a que desde la experiencia del silencio aprenda a amar al otro!

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¡San José, Padre adoptivo de Jesús, ayúdame a aprender a vivir el silencio interior, un silencio atento, vivo, lleno de esperanza, que atienda los susurros del Padre para cumplir sus planes! ¡Hazme comprender que el silencio es parte también de los planes de Dios en nuestra vida! ¡Ayúdame a ver que en el silencio también puedo ser fecundo! ¡Ayúdame a comprender que desde el silencio puedo asentar mi vida cristiana, a vivificar la Palabra, a sentir el profundo amor que Dios siente por esta pequeña persona, a acoger la vida, al prójimo! ¡Ayúdame a ver que en el silencio Dios se manifiesta de una manera extraordinaria desbordando toda su fuerza! ¡Como te ocurrió a Ti que, desde el silencio, sea capaz de ser un peregrino de tu esposa y de tu Hijo, ser un auténtico peregrino de la fe que viene del Espíritu Santo, que sea capaz de fiarme siempre de Dios! ¡Desde el silencio, Padre santo, que sea capaz de ver la importancia del segundo plano, del no tratar de tener protagonismo, de no dejarme llevar por la soberbia, por el orgullo o la ambición! ¡Hazme comprender, san José, que ante todo en la vida es hacer el querer de Dios porque todo lo demás es secundario!

¿Silencio o abandono de Dios?

En ocasiones, ¡cómo me cuesta comprender que el silencio es el espacio en el que Dios me espera! Me sorprendo con frecuencia confundiendo el silencio de Dios con su abandono porque se me hace difícil comprender lo que Dios espera de mi o lo que quiere que haga. En estos casos, descifrar sus silencios no me resulta sencillo porque en ocasiones no distingo si el que me habla es Él o es mi yo el que prevalece por ese anhelo interior de desear infinidad de cosas.
Uno asume que en ciertos momentos tomar la decisión acertada resulta complicado. ¿Hay que traspasar el umbral de la puerta o dejarla cerrada? ¿Tomar un camino o decidirse por otro? ¿Aceptar el reto o permanecer inmóvil? ¿Dar un sí por respuesta o callarse para evitar comprometerse?
Las decisiones dependen de muchos factores pero para escuchar a Dios tengo que dejar de escuchar el ruido de mi propia voz, a veces demasiado estridente.
Lo cierto es que el Dios de la vida, de la misericordia, de la bondad, de la ternura y, sobre todo, del amor siempre se mantiene a mi lado acompañándome fiel en mi caminar, renovando mi interior, sanando mi vida, transformando mi corazón, protegiéndome del mal y dándome la fortaleza para avanzar al caer.
En el silencio, Dios me —nos— guía. Por eso en el silencio es cuando más confío en Él porque puedes percibir ese susurro maravilloso que obra el milagro que esperas, sientes su amor y te llena de felicidad. En el silencio, Dios consigue abrir en cada vida un espacio de libertad iluminado por la fuerza de su amor, la fuerza de Su Espíritu. Basta escuchar en el interior la llamada de ese Amor y dejarse impregnar por él.

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¡Señor, enséñame a orar! ¡Envía tu Espíritu y enséñame a orar para que por medio de tus miradas y tus silencios sea capaz de aprender a escuchar y a dialogar contigo! ¡Ayúdame a aprender también a orar con la vida, con tu buena nueva del Evangelio, con los susurros del Espíritu, con el encuentro cotidiano contigo! ¡Señor, que en el silencio sea capaz de interiorizarlo todo, dejarme tocar por ti, empaparme de tu amor, ser capaz de comprender con la sabiduría que viene del Espíritu el conocer lo que quieres de mi, el entender lo que me sucede, el aprender a cambiar, el profundizar sobre mi vida, el saber cambiar! ¡Señor, que en el silencio sea capaz de abrir el corazón para sentir tu presencia, para gustar de tu amistad, para saborear tus gracias, para dejarme tocar por tu amor, tu misericordia y tu perdón! ¡Señor, que en el silencio sea capaz de controlar mi voluntad para que todo mi querer y me hacer se ajusten su tu querer y a tu voluntad! ¡Señor, tu te revelas a los humildes y a los pequeños, a los que bajan la cabeza ante el hombre y la alzan ante ti, hazme pequeño Señor para que levantando los ojos del suelo pueda ver la vida con el corazón abierto como la ves tu!  

Silencio y complicidad con Dios

¡Qué hermoso es hablar sobre las cosas bonitas que nos ocurren! ¡Pero más bonito tal vez es saber apreciar esas cosas mirándolas desde el silencio!
Ayer viví con mis dos hijos pequeños una experiencia muy hermosa. Fuimos de excursión toda la familia a un cala rodeada de bosques y caminos de ronda. Los dos pequeños y yo dimos un paseo por uno de los caminos que se asoman sobre acantilados rocosos mientras el resto tomaba el sol en la playa. Una hora y media de caminata entre bosques de pinos mediterráneos y caminos estrechos de tierra y de piedra. El pequeño, cogido de la mano de su hermana, una joven universitaria con una gran profundidad humana y espiritual, no paraba de hablar. Yo iba detrás escuchando su conversación. Era una metralleta de preguntas —«¿Por qué esto, por qué lo otro…?»—que su hermana respondía como podía porque en la vida no todas la preguntas son fáciles de responder cuando quien las formula lo hace desde la óptica de la inocencia.
El sendero por el que transitábamos se fue haciendo más dificultoso y nuestro paso iba aminorando a medida que las cuestas se hacían más pronunciadas. Sin embargo, una mirada hacia el horizonte deleitándose con el mar y el paisaje te permitía relajar el cansancio y disfrutar de la belleza del entorno y de la creación. De vez en cuando les decía a los niños: «mirad que bonito como las olas se rompen en las rocas», «fijaos en esto o en lo otro…». Mientras la mayor hacía caso el pequeño seguía a lo suyo con su monólogo interminable de preguntas. Llegamos al final del sendero y la música del parloteo no cesaba.
En el momento de regresar, con el peso del esfuerzo en nuestras piernas, las preguntas cesaron. Y durante un largo rato el silencio acompañó la caminata. Llevábamos un rato andando y mi hija se agachó de repente y tomó con delicadeza con sus manos un tritón de la familia de los lagartos. Y se lo dio a su hermano. El niño, alegre con aquel regalo, dijo: «¡Oye, tu siempre descubres cosas interesantísimas! Ella le respondió de inmediato: «¿Sabes por qué? Porque cuando voy por los sitios todo lo que me rodea lo observo en silencio».
Seguimos caminando. Aquel tritón aleccionó un nuevo cuestionario y mil preguntas recurrentes. Yo seguía caminando detrás de ellos, observándolos y recapacitando la respuesta de mi hija. Comprender que en el silencio de la vida es posible descubrir las cosas y mientras que en medio del ruido uno no se detiene en lo esencial, en lo bello, en lo delicado, en el pequeño detalle.
Cuando nos quedamos solos le dije a mi hija que su frase había sido muy aleccionadora para mí. «Papa, es en el silencio donde más complicidad tienes con Dios y más oportunidad tienes para disfrutar del entorno».
¡Es increíble que unas olas rompiéndose en las rocas, un camino de ronda, unas nubes blanquecinas deslizándose en el horizonte, un tritón cogido de debajo de una piedra, el sol irradiando sobre el mar en calma… demuestren la belleza y el poder de Dios! Con qué lentitud y quietud hace el Señor cosas majestuosas como un espectáculo de luz, o cualquiera de sus magníficas y bellas obras de arte que constituye el entorno en el que vivimos. Y es verdad. Toda la tierra está repleta de la gloria de Dios. Cada día la creación exclama: ¡Que glorioso es el Señor! ¡Que grande es Dios creador de todo! ¡Gloria al proveedor de todo! ¡Dios es amor! ¡Dios mío, estás aquí en el silencio de la vida y que cerrazón la nuestra para no reconocerte!

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¡Gracias, Señor, porque la creación nos habla siempre de Ti! ¡Gracias porque cada día puedo sentir la verdad de todo, que Tu existes y nos das la vida, la belleza de las cosas, el silencio para apreciarte, la grandeza de tu amor! ¡Gracias porque puedo saborear incluso tu presencia mientras disfruto con el primer té de la mañana! ¡Gracias porque incluso puedo escuchar tu susurro en el canto de un pájaro! ¡Gracias, Señor, porque la creación misma está llena de tu gloria y de tu amor! ¡Gracias, Padre, te alabo, te bendigo, te doy gracias porque eres el Amor mismo, el creador, la belleza detrás de toda belleza! ¡Alabado seas por siempre, Padre! ¡Gracias, Padre, porque la vida misma y todo lo que le rodea anuncia de manera hermosa la gran obra que sale de tus santas y amorosas manos! ¡Qué hermoso, Señor, pensar que en el silencio de la vida puedo apreciar la grandeza de tu creación y Tu, que eres el gran artista, permaneces humildemente en un segundo plano! ¡Concédeme, Señor, la gracia de detenerme a admirar en silencio y en oración la gran obra de tus manos! ¡Alabado seas, Señor, por todo lo que nos ofreces! ¡Gracias por la armonía de la vida y la belleza de tu creación! ¡Y gracias, Señor, también por los hijos que has puesto en mi vida para que los custodie y les hable de tu amor, son el mejor regalo de tu creación!

Dios de la creación, cantamos hoy:

Palabras que me invitan a ir a lo profundo de mi vida

Hay una llamada de Jesús a todo hombre que es muy reveladora: «Permaneced en mi amor». Estas palabras en si mismas me invitan a ir a lo profundo de mi vida. Son una invitación innegable al recogimiento interior.
Con el ¡«permaneced en mi amor»! Cristo no me llama a quedarme con lo externo que ofrece el mundo tan lleno de ruido, ni con una idea concreta de su Buena Nueva que ha dejado testimoniada en los Evangelios, ni en un concepto de alguna parábola, ni con un realidad concreta de mi vida. Su «permaneced en mi amor» es una llamada directa que me hace al corazón, a ir a lo profundo de mi ser, a la raíz de mi existencia, a lo más íntimo de mi mismo. Es ir al silencio de la vida. Es en ese silencio interior donde uno puede encontrar, en todo su esplendor, el amor que Cristo siente por cada uno.
El «permaneced en mi amor» es una manera de expresar la necesidad que tiene para que cada uno abra su corazón a la vida, al servicio, al perdón, a la entrega generosa, a la misericordia, al encuentro con el prójimo, a la escucha de la Palabra y del otro. El «permaneced en mi amor» es estar permanentemente abierto a la esperanza y a la confianza.
El «permaneced en mi amor» es permanecer en el dar constante a Dios, a uno mismo y a los demás. Pero exige mucha vida interior, mucho desprendimiento de uno mismo y mucha escucha en el silencio de la vida. ¡Cuánto me gustaría permanecer siempre en su amor y cuán alejado estoy de la medida de su amor!

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¡Señor, que sea prioritario en mi vida permanecer en tu amor, en ser amado por Ti y en el amarte a Ti! ¡Tú, Señor, nos has dado la vida cristiana para que seamos capaces de encontrar la respuesta a tu amor! ¡Que sea capaz de darlo todo por Tí, que esté siempre estrechamente contigo en una comunidad de amor! ¡Señor, por medio de tu Santo Espíritu, ayúdame a corresponder a tanto amor! ¡Concédeme la gracia, Señor, de conservar en lo más íntimo de mi corazón la alegría con la que llenas mi existencia! ¡Envíame tu Espíritu, Señor, para que lleno de tu infinito y misericordioso amor sea capaz de cumplir cada día tu voluntad, viviendo el mandamiento del amor y de la caridad! ¡Me uno a tí, Señor, en el silencio de mi vida pero también en los afanes cotidianos, en mis alegrías y mis penas, en mis esfuerzos y mis dificultades, en mis estados de ánimo! ¡Señor, quiero permanecer siempre cerca tuyo, contigo y en Ti porque mi afán es dar fruto! ¡Tu me has elegido a mi, Señor, y quiero cumplir con la misión que me has encomendado! ¡Concédeme, Señor, la gracia de vivir arraigado a la fe, a una intimidad profunda contigo, a abrirte siempre mi corazón al misterio de amor que eres Tu y a vivir siempre como alguien que se sabe profundamente amado por Ti!

Jaculatoria a la Virgen: ¡María, llena de Gracia! Nos alegramos contigo ya que el Señor nos ha regalado tu Corazón para que pongamos en Él el nuestro y permanezcamos en su amor. Amén.

Cantamos el permaneced en mi con las novicias de Nuestra Señora de la Consolación de Tarragona:

Llevar en el corazón a los que están solos

Iba ayer en el autobús. Me siento junto a una señora muy mayor. A lo cinco minutos me pregunta sobre una parada. Le indico cuál es. Y a partir de aquí inicia un monólogo sobre su salud, sobre la soledad en la que vive, sobre el peso de las dificultades. Ochenta y dos años, vive sola, nunca se ha casado y recibe muy pocas visitas porque sus sobrinos cuando se acuerdan de ella es porque necesitan dinero. Permanezco casi todo el trayecto en silencio, respondiendo con frases breves, tratando de ser amable. Aquella mujer necesita ser escuchada, nada más. No necesita respuestas, necesita poder desahogarse con alguien.
Me doy cuenta lo importante que es escuchar con el corazón. Escuchar a aquel que se acerca a ti en su soledad, en su sufrimiento, en su tristeza, con sus problemas. Porque hay mucha gente a nuestro alrededor rodeada de ruido pero con grandes silencios interiores porque nadie les escucha.
La soledad, sin embargo, es algo más que encontrarse o vivir solo pues son muchos los que viven solos pero no tienen sensación de soledad. El sentimiento de soledad se produce cuando sientes en lo íntimo de tu ser que eres invisible a los ojos de los demás, de que no le importas a nadie, cuando te llenas de un vacío profundo, cuando te invade la nostalgia, cuando necesitas un abrazo o una palabra de aliento y nadie está a tu lado porque no hay un ser querido que muestre interés por ti.
He recuperado esta mañana un himno de los laudes que canta así: «Padre nuestro, Padre de todos, líbrame del orgullo de estar solo. No vengo a la soledad cuando vengo a la oración, pues sé que, estando contigo, con mis hermanos estoy; y sé que, estando con ellos, tú estás en medio, Señor. No he venido a refugiarme dentro de tu torreón, como quien huye a un exilio de aristocracia interior. Pues vine huyendo del ruido, pero de los hombres no. Allí donde va un cristiano no hay soledad, sino amor, pues lleva toda la Iglesia dentro de su corazón. y dice siempre «nosotros», incluso si dice «yo». Amén».
¡Y he comprendido qué importante es rezar por aquellos que están solos, a través de nuestra oración Dios puede llevarles a su corazón la ternura de su misericordia y de su amor!

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¡Señor, tu nos amas hasta el extremo, acoge en tu corazón misericordioso a los que están solos! ¡Señor, da consuelo al triste y comprende nuestras soledades porque Tu mismo la has vivido cuando fuiste abandonado por todos los que te seguían, empezando por tus discípulos! ¡Señor, tu eres el refugio de los que en Ti esperan, lleva a Tu Madre a abrazar a los desamparados, a los que están solos, a los que no tienen un horizonte de alegría! ¡Señor, tu eres el buen pastor que da su vida por las ovejas, cuida de esas ovejas que están solas y desamparadas! ¡Te pido, Señor, que des esperanza a quien la ha perdido, Tu conoces la soledad que hay en sus corazones y el deseo de sentirse acompañadas! ¡Por el infinito amor que sientes por ellas, hazles sentir tu cercanía! ¡Revélate haciéndoles sentir el inmenso amor que sientes por ellas para que sientan que no caminan solas, que tus huellas les acompañan y que Tu obras se hacen presentes en su vida para darles el fin que tanto anhelan! ¡Envía sobre ellas tu Santo Espíritu para que sus pensamientos sean de paz, de amor y de esperanza!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: Santa María, esperanza nuestra, asiento de la sabiduría, ruega por todos aquellos que se sienten solos.

Tu amistad me hace bien, cantamos con Alex Campos:

¿Qué me transmite hoy la escena de la Anunciación?

Lo que a lo largo de los siglos ha provocado admiración y fervor espiritual por el arte cristiano hoy no evoca absolutamente nada a la mayoría de nuestros contemporáneos debido a que la cultura postcristiana carece de profundidad espiritual. Hoy celebramos la Solemnidad de la Anunciación del Señor y el arte nos ha dejado bellísimos cuadros que presentan a una joven profundamente conmovida inclinándose ante un ángel para recibir el mensaje de Dios. Estas hermosas imágenes me invitan a una reflexión: ¿Qué me transmite hoy la escena de la Anunciación? ¿A que me invita este poema del amor de Dios, esta pieza armoniosa de la bondad divina?
En primer lugar a creer. A cuestionarme mi propia fe, a tratar de no convertirme en un creyente ingenuo que dude ante la búsqueda de la verdad. A tener una fe alegre, confiada, aceptándolo todo sin preguntar el por qué, una fe que me permita abordar todas las preguntas con el corazón abierto, sin tener miedo a abrirme a la voluntad de Dios. Acaso no preguntó María: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?», respuesta que le permitió al ángel reforzar el misterio divino: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra… porque para Dios nada hay imposible». ¡Para Dios no hay nada imposible! Y ese imposible se puede hacer real en mi propia vida si acudo con fe a Él.
En segundo lugar que la Anunciación transmite algo totalmente novedoso que sucede en Jesucristo, que hace no más de una semana ¡ha resucitado y vive en nuestro corazón! Que lo más extraordinario, lo más maravilloso, lo más excepcional, es que esta fecundidad espiritual íntima y personal está llamada a ser compartida, a multiplicarse. Porque al igual que la Resurrección es un ¡aleluya! que hay que anunciar la Anunciación es la celebración del amor de Dios que hay que expandir. Un misterio que exige humildad y me invita a decir sí a la voluntad del Señor.
En tercer lugar que este evento me desafía a abrirme a la acción transformadora del Espíritu Creador que me convierte en un nuevo ser que me hace uno con él, y me llena de su vida. Y me invita, con exquisita cortesía, a que de mi consentimiento para que entre en mi corazón con el fin de acoger en mi interior la Palabra de Dios para estar en condiciones de responder a su amor y abrirme al amor por el prójimo.
Y, finalmente, a imitar el recogimiento de María. El activismo me lleva con relativa frecuencia a moverme continuamente y tantas veces me impide escuchar el silencio desde el cual el Señor quiere comunicarme su voluntad. En la Anunciación, la Virgen me muestra la importancia del recogimiento, la apertura del corazón para estar disponible a la escucha de los susurros de Dios.
Hoy la Iglesia celebra la Encarnación del Verbo. Y en el centro de esta gran solemnidad está María que me dice: mira al mundo con mis ojos y así encontrarás a Jesús.

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¡Celebro hoy, Señor, con gran gozo la Solemnidad de tu Encarnación, el sí gozoso de Tu Madre que abrió su corazón a la llamada de Dios; concédeme la gracia de tener un corazón sencillo, humilde, recogido y amoroso como el de Ella! ¡Como Tu Madre, Señor, deseo con todo mi alma recibir Tu Santo Espíritu, llenarme de sus dones y de sus gracias para estar enteramente a tu servicio! ¡María, Madre, enséñame siempre a decir a la voluntad de Dios, que mi hágase sea para aceptar los planes que Dios tiene preparados para mí! ¡Entra en mi corazón, Señor, como entraste en las entrañas de Tu Santísima Madre! ¡Enséñame, María, a abrir el corazón a Jesús, Tu Hijo, para hacerme partícipe en su gran proyecto de amor, de salvación y de esperanza! ¡Enséñame, María a fiarme de la palabra del Padre, a responder esperanzado y confiado un hágase en mí según tu palabra! ¡Enséñame, María, a ser sencillo como lo fuiste Tu, a sentirme pequeño siempre como te sentías Tu, a ser dócil a la llamada de Dios como fuiste Tú porque en mi ánimo está, Señora, que Dios pueda hacer algo nuevo en mi vida, transformarla y renovarla! ¡Dios te Salve María, porque contigo la vida es renovación constante, es un levantarse continuo, es un resplandecer a la alegría, es un sentir permanente la ternura de Dios, es aprender a responder con libertad a Dios dándose por completo, es comprender que con Dios todo se hace nuevo! ¡Que no olvide de repartir con frecuencia que el Señor está contigo porque quiero estar siempre lleno del Espíritu Santo como lo estuviste Tu!

En este día dedicado a María, cantamos este cántico dedicada a Ella:

Orar como Jesús

A Jesús no le gustaban los halagos. Ni los aplausos de la gente. Ni los golpecitos en la espalda. ¿Me sucede a mi lo mismo?
Treinta años de vida oculta y en los tres de predicación lo más hermoso y profundo que cuentan los Evangelios es el encuentro con el Padre en el silencio de la oración. Y esa unión especial al corazón de María. Cuando hace un milagro desaparece, y pocos párrafos más adelante lo encuentras orando. Cuando realiza un signo, sana enfermos, cura las heridas del alma… pide que no se lo cuenten a nadie y, pocos párrafos más adelante, se encuentra en íntima oración con el Padre. Cuando se desplaza a cualquier lugar lo hace por delante de los suyos en oración y huye de las ciudades cuando corre la noticia de su presencia y, pocos párrafos más adelante, los evangelistas narran que se había apartado a orar secretamente.
Jesús ora en el templo, en la sinagoga, en la solemnidad de las asambleas, en la soledad de la noche, en la sequedad del desierto, en la tormentosa noche del huerto de Getsemaní. Oraba en la preparación de los momentos importantes y antes de tomar decisiones relevantes.
Y cuando entra en Jerusalén al son alegre de las palmas, entre el jolgorio de los que le aclaman, es para coronarse rey en el trono de la cruz y liberar al hombre del pecado. Y, más tarde, en lo alto del madero santo llega a la muerte en oración profunda.
En la oración de Jesús uno observa espacios de apertura del corazón. Contemplas su estrecha intimidad con Dios. Observas como comparte sus secretos con el Padre. En la oración de Jesús uno comprende el valor del silencio, el valor de las palabras sencillas y humildes que surgen del corazón, el valor de pedir sin cesar y sin desanimarse, el valor de la íntima comunión con el Padre, el valor de mirar desde lo íntimo para llegar a lo externo, el valor de vivir con autenticidad lo que se dice, el valor de hacer de la vida un espacio de oración.
Jesús habla de llamar a la puerta y orar en todo tiempo, de estar atentos al susurro del Espíritu. Jesús te enseña a orar porque es el primer orante. Jesús abre su corazón y te invita a orar con el corazón abierto. Jesús vence al mal con el bien de la oración y te convida a abrirte al prójimo para llevar el bien al mundo. Jesús madura espiritualmente porque en la oración es llevado por el Espíritu y te invita a crecer en tu vida interior.
La oración de Cristo demuestra algo extraordinario en el ideario cristiano. Jesús murió igual que vivió: lleno de Dios, en profunda, confiada, humilde, vivificante y permanente unión con Él, perdonando a los que le querían mal, entregándonos lo mejor que tenía en la tierra, a su propia Madre, y dejando su presencia amorosa por medio de la Eucaristía con una invitación clara para seguirle con confianza y fidelidad.
Si Jesús testimonia el valor de la oración, ¿qué me impide a mí profundizar en mi vida de oración? ¡Señor, enséñame a orar y abrirte mi corazón!

orar con el corazon abierto

¡Señor, enséñame a orar por medio de tu Santo Espíritu! ¡No permitas que el activismo me venza sino que haga como Tu, que aunque te entregabas al servicio de los demás, aparcabas cada día la agitación de la vida y te reservabas tiempos de oración para tener unión íntima con Tu Padre! ¡Ayúdame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu a abrir siempre mi corazón a Dios y concédeme la gracia de tener siempre una oración humilde, sencilla, constante y fervorosa! ¡Haz que mi oración, Señor, sea fiel en la alegrías y en las dificultades! ¡Haz, Señor, que como Tu todas mis palabras, mis sentimientos, mis palabras y mis actividades estén impregnadas de la vida de oración! ¡Concédeme la gracia de que mi oración sea siempre de alabanza, de amor, de acción de gracias, de fe firme y profunda! ¡No permitas que me deje llevar por la tristeza y la desazón! ¡Permíteme, Señor, que mi oración sea un encuentro íntimo y sincero contigo! ¡Ayúdame, por medio de tu Santo Espíritu, a despojarme de mis yoes y llenarme cada día del amor de Tu Padre, que me lleva al bien y me aleja del pecado!

De El cantar de los cantares Henry Purcell compuso esta pieza bellísima: el anthem My beloved spake, Z. 28, obra que hoy disfrutamos: