Comienza el anuncio de la Navidad

Hoy celebramos el nacimiento de San Juan Bautista. La importancia de esta fiesta es que su natalicio anuncia a otra persona, a Jesús, el Dios con nosotros.
No lo olvido. Solo restan seis meses para Navidad. Hoy es como una Navidad estival porque ¡Dios está con nosotros! aunque todos los días de la vida deberían ser Navidad para un cristiano.
La grandeza de Juan el Bautista está contenida en el nombre que recibió completamente nuevo contrastando con la costumbre familiar pues nadie en aquella familia llevaba ese nombre!
¿Qué le llevaron a llamarlo así? Juan anuncia novedades, representa la única novedad que permanece pues en el lenguaje de Jesús, Juan significa: «el que es fiel a Dios». Y cuando es así Dios da libremente. ¡Gratis! ¡Absolutamente gratis!
Juan anuncia la venida de Jesús que es el rostro humano de este don gratuito, de la gratuidad absoluta del Amor de Dios. Y aquí reside la gran novedad: Jesús, el único Hijo engendrado de Dios, nacido en un portal en Belén, ¡se convierten en el Dios con nosotros entregándose gratuitamente para la humanidad!
Y, sin embargo, la vida de Juan el Bautista se desenvolvió de una manera paradójica rompiendo los convencionalismo humanos: prefirió los lugares alejados, vivió en el desierto y, cuando se manifestó a las multitudes que acudían a él, no buscó la celebridad sino que desde un lenguaje directo, en ocasiones muy duro, exigía la conversión; san Juan se alejó de todo poder político, religioso y terrenal llegando a desenmascarar la hipocresía de los poderosos. Encarcelado, perseguido y decapitado, fue capaz de testificar la alegría que habitaba en su corazón y cuando se le preguntó «¿Quién eres tú?» no expresó su misión o la autoridad que había recibido de Jesús sino que prefirió expresar lo que no era: «No soy el Cristo, soy solo la voz de Aquel que llora en el desierto». ¡Qué manera tan hermosa, profunda y sencilla de preparar el camino del Señor!
San Juan Bautista solo desea que miremos a Jesús. Es el testigo de la Buena Nueva, de la novedad del Evangelio revelada a los pequeños, testigo del poder del Amor gratuito de Dios que se revelará en la debilidad, testigo de los caminos y los designios de Dios que tantas veces no coinciden con los nuestros.
Pero sobre todo ¡nos enseña a ser testigos de Cristo! El testimonio auténtico no llama la atención del que testimonio sino de Aquel a quien testifica, que es Jesús. ¡El que atestigua a Jesús no se preocupa de su éxito personal, del número de personas que logra alcanzar, sino de cómo en el silencio hacer llegar el mensaje de Jesús!
El día de hoy es un invitación a ser testigo auténtico de Cristo. A cuidar mi relación personal y de intimidad con la persona de Jesús. Procurar permanecer en la alegría de su amistad. Tratar de impregnar la palabra de Jesús, por el Evangelio, para que mis palabras, mis gestos y mi fe se hagan eco del eco que nos rodea.
Es un día para que el ejemplo y la vida de oración de san Juan me ayuden a ser fiel testigo, amigo y siervo de Jesús.

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¡Señor, abre mi corazón para que como tu fiel amigo, servidor y profeta san Juan sea capaz de predicar en mi entorno la Verdad que eres Tu! ¡Ayúdame, Señor, a ser testimonio de justicia, de amor, de entrega, de fe, de esperanza como fue tu amigo an Juan! ¡Que no me avergüence nunca anunciar tu Reino! ¡Envía tu Espíritu para que me de la fuerza y el valor para vencer aquello que me pueda parar de anunciar tu Reino y que me otorgue la sabiduría para saber llegar a los demás! ¡Señor, concédeme la humildad que caracterizaba a san Juan Bautista y la fidelidad para cumplir siempre tu voluntad, la sencillez para actuar acorde con los preceptos de Dios, para desaparecer a los ojos del mundo para que solo resaltes tu, para abrir caminos para que tu puedas aparecer en los que me rodean y quienes te conozcan se llenen de Ti! ¡Señor, hazme un cristiano abierto plenamente al amor, la misericordia, al esfuerzo y la verdad! ¡Que no me atemoricen, Señor, los problemas y las dificultades y como san Juan Bautista hazme firme en mis convicciones y mis principios aunque su defensa conlleve sacrificios por Ti! ¡Señor, como san Juan Bautista, hazme penitente, morificado, recogido, contemplativo y silencioso interiormente para desde el interior darme más a Ti y a los demás!

¡Sagrado Corazón de Jesús en vos confío!

Christ unser Herr zum Jordan kam, BWV 7 (Cristo, nuestro Señor, vino al Jordán) soberbia cantata de Bach que nos sirve para conmemorar musicalmente este festividad:

Llevar en el corazón a los que están solos

Iba ayer en el autobús. Me siento junto a una señora muy mayor. A lo cinco minutos me pregunta sobre una parada. Le indico cuál es. Y a partir de aquí inicia un monólogo sobre su salud, sobre la soledad en la que vive, sobre el peso de las dificultades. Ochenta y dos años, vive sola, nunca se ha casado y recibe muy pocas visitas porque sus sobrinos cuando se acuerdan de ella es porque necesitan dinero. Permanezco casi todo el trayecto en silencio, respondiendo con frases breves, tratando de ser amable. Aquella mujer necesita ser escuchada, nada más. No necesita respuestas, necesita poder desahogarse con alguien.
Me doy cuenta lo importante que es escuchar con el corazón. Escuchar a aquel que se acerca a ti en su soledad, en su sufrimiento, en su tristeza, con sus problemas. Porque hay mucha gente a nuestro alrededor rodeada de ruido pero con grandes silencios interiores porque nadie les escucha.
La soledad, sin embargo, es algo más que encontrarse o vivir solo pues son muchos los que viven solos pero no tienen sensación de soledad. El sentimiento de soledad se produce cuando sientes en lo íntimo de tu ser que eres invisible a los ojos de los demás, de que no le importas a nadie, cuando te llenas de un vacío profundo, cuando te invade la nostalgia, cuando necesitas un abrazo o una palabra de aliento y nadie está a tu lado porque no hay un ser querido que muestre interés por ti.
He recuperado esta mañana un himno de los laudes que canta así: «Padre nuestro, Padre de todos, líbrame del orgullo de estar solo. No vengo a la soledad cuando vengo a la oración, pues sé que, estando contigo, con mis hermanos estoy; y sé que, estando con ellos, tú estás en medio, Señor. No he venido a refugiarme dentro de tu torreón, como quien huye a un exilio de aristocracia interior. Pues vine huyendo del ruido, pero de los hombres no. Allí donde va un cristiano no hay soledad, sino amor, pues lleva toda la Iglesia dentro de su corazón. y dice siempre «nosotros», incluso si dice «yo». Amén».
¡Y he comprendido qué importante es rezar por aquellos que están solos, a través de nuestra oración Dios puede llevarles a su corazón la ternura de su misericordia y de su amor!

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¡Señor, tu nos amas hasta el extremo, acoge en tu corazón misericordioso a los que están solos! ¡Señor, da consuelo al triste y comprende nuestras soledades porque Tu mismo la has vivido cuando fuiste abandonado por todos los que te seguían, empezando por tus discípulos! ¡Señor, tu eres el refugio de los que en Ti esperan, lleva a Tu Madre a abrazar a los desamparados, a los que están solos, a los que no tienen un horizonte de alegría! ¡Señor, tu eres el buen pastor que da su vida por las ovejas, cuida de esas ovejas que están solas y desamparadas! ¡Te pido, Señor, que des esperanza a quien la ha perdido, Tu conoces la soledad que hay en sus corazones y el deseo de sentirse acompañadas! ¡Por el infinito amor que sientes por ellas, hazles sentir tu cercanía! ¡Revélate haciéndoles sentir el inmenso amor que sientes por ellas para que sientan que no caminan solas, que tus huellas les acompañan y que Tu obras se hacen presentes en su vida para darles el fin que tanto anhelan! ¡Envía sobre ellas tu Santo Espíritu para que sus pensamientos sean de paz, de amor y de esperanza!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: Santa María, esperanza nuestra, asiento de la sabiduría, ruega por todos aquellos que se sienten solos.

Tu amistad me hace bien, cantamos con Alex Campos:

La arquitectura de la alegría

Lo experimento con frecuencia. En un mundo necesitado de la alegría, cuando transmites y comunicas alegría sientes más alegría. Y es parte del fruto del desprendimiento de uno mismo.
El desprendimiento del yo comporta muchos beneficios interiores. Asienta la fe, aviva la conversión y genera alegría. Las páginas del Evangelio están repletos de pasajes que proclaman la alegría del encuentro con la liberación interior: la parábola de la oveja perdida, la mujer pecadora que puso a lo pies de Cristo el frasco de alabastro, el recaudador Zaqueo que recibe alegre a Cristo en su hogar, la parábola del hijo pródigo, de los dracmas o del padre de familia que salió por la mañana a contratar obreros para su viña… Desprendimiento del yo para entregarse por completo a la voluntad de Dios. Es entonces cuando el Padre toma con sus manos el más ínfimo de los pequeños detalles de la vida y los acoge como la mayor de las donaciones.
Entonces comprendes realmente que cuando comunicas alegría sientes más alegría porque la senda de la alegría se asienta en la renuncia; y ésta no implica pérdida sino ganancia, no es abnegación sino generosidad, no es pérdida de libertad sino plenitud. Y todo supone transformación interior.
La auténtica alegría únicamente se experimenta cuando uno es capaz de darse y de abrirse. Cuantos más apegos vas dejando caer por el camino más sencillo es encontrarte uno mismo. Si uno se centra en su yo, hace que todo gire en torno a sí, se queda completamente oprimido por todo que le oprime: el dolor, la soledad, la enfermedad, los problemas económicos, la incomprensión, el fracaso, el descrédito… Sin embargo, cuando vive consagrado al servicio del prójimo el yo queda apartado, el sufrimiento se aminora y el padecimiento pierde todo su valor.
La arquitectura de la alegría es saber amar y eso pasa por desprenderse del yo. Este principio, ¿es teoría o práctica en mi vida?

orar con el corazon abierto

¡Señor, nos has creado para la alegría, para dar alegría! ¡Tu, Señor, invitas a abrirnos a la vida porque dijiste aquello tan hermoso de que dichosos los ojos porque ven y los oídos porque oyen! ¡Si te contemplo, Señor, si contemplo cada día el misterio de la Trinidad, puedo saborearte, sentirte y escucharte! ¡Por eso, Señor, puedo encontrarte en todas y cada una de las cosas y eso provoca la alegría más absoluta! ¡Señor, quiero ser portador permanente de alegría porque la alegría es la presencia sentida de Dios en la vida! ¡Espíritu Santo, dame el don de la alegría para alabar siempre, para dar gracias, para cantar la belleza de la creación y la grandeza del ser humano! ¡Espíritu Santo, dame el don de la alegría para llenar de esperanza, luz y amor mi corazón! ¡Espíritu Santo, dame el don de la alegría para el encuentro con el prójimo, para llenar la vida de esperanza y los corazones de amor! ¡Espíritu Santo, dame el don de la alegría para unirme siempre a Dios, en quien todo es amor y alegría! ¡Espíritu Santo, dame el don de la alegría para dar testimonio de que el mundo, a pesar del dolor, está llamado a colmarse de la lluvia incesante de las bendiciones de Dios!

Señor, a quien iremos para el encuentro de la alegría:

Creo profundamente en el Amor

Creo profundamente en el Amor. Creo con firmeza. Creo en ese Amor despojado de toda lógica humana. Creo en el Amor que todo lo perdona. Creo en el Amor que no se impone nunca. Creo en ese Amor sublime que Dios siente hacia el hombre. Es un Amor nada jactancioso, que no se envanece; que no es indecoroso, que no se irrita, que no guarda rencor; que no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Un Amor bondadoso, generoso y misericordioso.
Creo en ese Amor porque lo he sentido y lo siento en mi vida. Lo experimento cuando las cosas me van bien pero también cuando debo soportar los embates de la vida: los azotes de los problemas de todo tipo, la incomprensión de tantos, los sinsabores cotidianos, la soledad no buscada, la lejanía de personas queridas… todo ese conjunto de inconvenientes indeseados que se acumulan a mi alrededor generando en mi corazón un dolor que exprime el alma. Pero el Amor de Cristo sana hasta extremos insospechados. Él se entregó amando hasta el límite con sus palabras, su mirada, con sus manos, con sus gestos, con sus actitudes. Con su muerte en Cruz.
Cuando conoces a Jesús descubres de inmediato esa sublime grandeza que nos obsequia con sus suaves caricias y cuando su mirada profunda, sanadora y amorosa se cruza con la nuestra sientes que has de verter sobre el pasado un velo de olvido y proseguir el camino con la alegre sensación de que Él todo lo renueva.
Cuando te reconcilias con tu pasado, con el dolor que te embarga, dejas de lado los lamentos y la queja y acoges en el corazón el sublime perdón que llega de Cristo. Lo untas con el perfume del amor, con el ungüento de la gracia y la textura de la ternura. Entonces el corazón deja de entonar melodías llenas de tristeza para entonar cantos de perdón pero también de alabanza.
Con cada una de sus tiernas y delicadas caricias Jesús escribe en cada uno un nuevo comienzo, un nuevo capítulo de nuestra vida, un testimonio del auténtico, verdadero y único Amor que Dios siente por cada persona, obrando el gran y sublime milagro de la transformación. En cada uno de estos instantes se escenifica en escenarios diferentes la escena de la parábola del hijo pródigo. Así es el Amor de Dios, y por eso creo firmemente en Él. Pero también contemplo en las manos heridas de Jesús mi realidad, observo esa marca de dolor que Cristo carga por mi y comprendo que su amistad conmigo es también fruto de un amor desprendido y fiel. ¡Quién ante esto no puede dejarse amar y creer en el Amor que todo lo puede!

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¡Creo en Ti, que lo eres todo y lo puedes todo! ¡Te doy gracias por tu compañía, por tus enseñanzas, por tu misericordia, por tu fuerza, por tu consuelo! ¡Creo en Ti que eres la Palabra auténtica y la Vida! ¡Creo en Ti, que nos amas a todos con nuestros pecados y nuestras caídas!¡Creo en Ti, Señor, y se ciencia cierta que tú eres el amor que nos acompaña siempre, la misericordia que nunca abandona, el Padre que sostiene nuestra vida y manifiesta su predilección por nosotros cuando tantas veces te abandonamos! ¡Creo firmemente en Ti, Señor, que eres la verdad de la vida y de las cosas! ¡Creo en Ti, Señor, que eres mi vida y das sentido a mi vida para que estés siempre llena de esperanza! ¡Creo en Ti, Señor, Y te doy gracias por la fe que me has dado y que refuerza cada día tu espíritu! ¡Creo en Ti, Señor, Y esta confianza que tengo en ti me hace caminar seguro, con esa seguridad del que tiene a Dios de su lado! ¡Creo en Ti, Señor, y a través de ti en la Trinidad santísima porque los tres habitáis en mi alma por la gracia! ¡Creo en Ti, Señor, por todo lo que obras en mí, por cómo me rescatas cada día, porque tú eres esa fortaleza que me da la fuerza para caminar, tú eres la palabra que me levanta, tú eres la promesa que me despierta! ¡Creo en Ti, Señor, pero aumenta cada día la debilidad de mi fe!

Abraza a Jesús sacrificado siguiendo su camino de pobreza y humildad, es la música que hoy acompaña la meditación:

Ir triste no es el camino

El día va a comenzar a dar sus primeros pasos. Hoy mi rostro al levantarme es el típico de «lunes» aunque en realidad estamos a jueves. A medida que la semana avanza uno trata de mostrarse más abierto, dialogante, tolerante, amable, simpático, generoso… es el fruto del caminar semanal intentando hacer el bien alrededor pero hoy, sin embargo, el rictus es más tenso, oscuro y entristecido. El día de ayer, no fue como el que esperaba y al acostarme es como si una tormenta de agua hubiera empapado todo el cuerpo dejándolo desangelado y tenso. Vuelve esa falta de confianza y ese intentar solucionarlo todo por los propios medios. Pero te levantas y comprendes que el Dios de bondad está ahí iluminando el nuevo día y que uno debe encauzar su vida ajustándose a la voluntad del Padre.
En la acción y alabanza de la mañana uno es consciente de que ir triste no es el camino correcto y que si las expectativas no se han cumplido es por algún motivo, que lo extraordinario va a producirse y que ese cambio que uno espera se convertirá en el haz radiante que la noche agazapó entre las brumas de la incertidumbre. Que cada paso que uno da, por muy pequeño que sea, le va acercando hacia algo mucho mayor. Que uno debe coger su cayado y avanzar sin temer porque quien está a su lado es el mismo Dios y ese no abandona nunca. Dios es aquel que pone su mirada fija en uno, que hace suya la desazón del corazón, que conoce perfectamente cuál es la necesidad que anhela el corazón y corresponderá a su debido tiempo. No permite que nadie quede desamparado. Por tanto ese rostro gélido, tortuoso, triste… de la noche anterior debe ser cambiado y esbozar una sonrisa de confianza, de entrega, por muy insulsa que se vea la salsa de la vida. Dios ya sabe que habrá días grises, los permite, permite que la tristeza se cuele en el corazón del hombre porque entrará por la más pequeña de las fisuras del corazón con su luz sanadora, esa luz que brilla todo, que lo ilumina todo, que da esperanza. Lo que en realidad Dios quiere es que en el interior del corazón pueda latir su voz, que sea plenamente audible porque es la voz que sana, restaura, purifica, lava y transforma. Esa voz viene por la fuerza del Espíritu. Es la voz del Padre bueno, amoroso y misericordioso y anhela que el hijo pródigo regrese pronto y esperanzado a sus brazos abiertos que todo lo acoge.

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¡Señor, tú moldeas mi vida como el barro en manos del alfarero por eso te pido que cada día la hagas nueva, porque quiero ser un vaso nuevo que llene de agua viva todo aquello que yo haga, sin miedos y sin restricciones, sin abonarme a la desilusión ni a la tristeza! ¡Espíritu Santo, muéstrame el rostro amoroso y misericordioso del Padre que tanto me ama y tanto me busca; que me perdona cualquier cosa siempre que yo esté dispuesto a volver a su lado! ¡Dios mío, se que tu amor y tu misericordia no conoce límites y que estos los pongo solamente yo que me niego a recibirte! ¡Sana, Padre, cualquier herida que pueda tener; entra en mi corazón, ayúdame a abandonar la desilusión y el pecado y a tener siempre plena confianza en ti que me amas con amor eterno; ayúdame a aceptar esa invitación a reconciliarme contigo, a ser fuente de alegría inacabable como me ha mostrado tu Hijo en esta Navidad pasada cuando, adorándolo en el pesebre, he sentido su mirada de amor y de misericordia que me ha llenado de paz y de alegría! ¡Santa María, Señora de la esperanza y de la misericordia, enséñame a meditar e interiorizar la Palabra de Dios en mi corazón! ¡Ayúdame, Santa María, a renovar mi mirada sencilla sobre la vida como hiciste tú que seguiste al pie de la letra las enseñanzas del Evangelio! ¡Espíritu Santo, no permitas que me enrede en mi vida espiritual y que lo confunda todo, que me engañe a mí mismo, que me complique en tonterías vanas y ayúdame a mirar en lo profundo de la vida, en lo esencial, y lo que me permita sacar conclusiones certeras y acercarme cada día más a Jesús con honestidad, poniendo mi mirada en ese rostro divino lleno de bondad y de misericordia que me tanto ama y que se alegra cuando vuelvo su mirada y corro a abrazarle mientras me espera con los brazos abiertos!

Llévate mi tristeza, le cantamos hoy al Señor:

Sentado junto al arroyo

Como muchos otros días le pido al Señor que me ofrezca para iniciar la oración una palabra. Y abro aleatoriamente la Biblia. Mi mirada se fija en esta frase del Libro de los Reyes: «Vete de aquí; encamínate hacia el Oriente y escóndete junto al torrente Querit, que está al este del Jordán». Me quedo desconcertado. Pero le pido al Espíritu Santo iluminación y comprendo que el Señor prueba mi fidelidad y desafía mi lealtad. Me pide que me mantenga en la humildad, en la obediencia, en la escucha de su Palabra. Me pide que permanezca en silencio junto a Él para vivir en Él, confiar en Él, dejar que sea Él el que lleve el control de mi vida. El Señor quiere que viva seguro bajo su protección; es un desafío a no tener miedo, a vivir confiando en su cuidado.
Le digo al Señor que no deseo ocupar un lugar privilegiado entre los que se encontraban en la montaña de las Bienaventuranzas viendo el milagro de la multiplicación de panes y peces. Ni quiero permanecer a sus pies perfumándole con la esencia de nardo; ni estar invitado en las bodas de Caná para contemplar su primer milagro público; ni en la piscina de Siloé para ver sanar a aquel enfermo; ni subido en la barca cuando las aguas se agitaron en el lago de Genesaret; ni agitando las palmas en su entrada en Jerusalén; ni caminando por los polvorosos caminos de Galilea o en las orillas del lago de Tiberiades; ni siquiera en el momento glorioso de la institución de la Eucaristía o de la ignominiosa crucifixión en el monte Calvario…
Simplemente quiero permanecer sentado, agazapado, junto al arroyo de Querit para, en silencio, esconderme y aguardar el susurro de su voz. Anhelo estar allí, para sentir su compañía escuchando como corre el agua del arroyo. En este lugar se pone de manifiesto la sencillez de la vida que se resume en aceptar la voluntad de Dios. En este entorno, en el silencio de la oración, siento viva la presencia del Señor. Aquí fluye con sencilla armonía la grandeza de las pequeñas cosas de la vida. Puedes seguir el curso del agua que te muestra el camino de la vida. Es un susurro callado, apacible, alejado del ruido del mundo. En ese silencio, fluye en el corazón la presencia callada de Dios que te llama. «Ven a mí para que no se seque el agua del arroyo de tu corazón».

Sentado junto al arroyo

¡Señor, no permitas que se seque el agua viva de mi corazón! ¡Haz que cumpla siempre tu voluntad! ¡No dejes que se sequen los arroyos de mi vida! ¡Llévame al arroyo de Querit, Señor, para no separarme nunca de Ti, para que puedas probar mi fidelidad, para llenar mi corazón del agua abundante de tu Espíritu! ¡Llévame, Señor, al arroyo de Querit para que muera mi yo soberbio y egoísta, falto de amor y servicio, ambicioso y tibio, para vivir siempre en tu Espíritu! ¡Señor, quiero mantenerme siempre fiel a Ti para que, suceda lo que suceda en mi vida, sepa esperar tu tiempo, para que la primera gota de agua empape mi corazón y me llene de tu gracia! ¡Señor, gracias porque te ocupas de mí y me das la seguridad de acompañarte dónde tu me lleves! ¡Sé, Señor, que incluso sabré disfrutar sin amargura ni queja de esta sequía que Tú me traes porque Tú proveerás lo que yo necesito! ¡Señor, gracias porque no me abandonas nunca! ¡Mi alma tiene sed de Ti! ¡Señor, Tú sabes que mis lágrimas también me han alimentado de día y de noche por eso de doy gracias! ¡Gracias, porque cada situación difícil por la que he pasado me ha permitido crecer en mi relación contigo y me ha permitido conocerte mejor y comprender que eres un Dios fiel! ¡Gracias, Señor, mi Dios!

Mi dulce Señor, cantamos hoy para acompañar esta meditación:

Nadie me asegura que voy a tener una vida sencilla

Nadie me asegura que voy a tener una vida sencilla. Pero mientras transito por ella aprendo cosas nuevas. Los recodos, las curvas, los socavones, el barro, la polvareda, las piedras, las estrecheces… Pero jamás camino solo en este peregrinar porque siempre espero que al final de etapa llegaré acompañado del Señor a ese lugar en el que descansar en paz. No sería de justicia ir avanzando poco a poco con la idea de alcanzar mi destino y no disfrutar —y padecer— con todo aquello que se cruza por mi camino.
La vida no es un camino fácil ni sencillo. Pero tiene una gran virtud: te ofrece un abanico inmenso de paisajes diferentes con los que puedes deleitar mientras la transitas. Lo importante es contemplar cada uno de ellos con una mirada repleta de gracias y con la predisposición a apreciar cualquier atisbo de hermosura. He pasado momentos en mi vida repleto de oscuridad, con una espesura tan espesa que me impedía ver más allá de mí lo que me provocaba tristeza, un sentimiento de negatividad y un sufrimiento tan tedioso que atenuaba mi alegría vital. Sin embargo, ese encuentro con Cristo abrió de lleno mi corazón. Me permitió comprender que cada día es una oportunidad. Que cada mañana es un nuevo comienzo, regalo de Dios. Que cada jornada se puede convertir —con todos los problemas y sufrimientos, tribulaciones y escaseces— en algo grato para uno mismo, para los demás y para Dios. Que es imposible ser feliz cuando no se contempla el amanecer con una mirada nueva porque no verle sentido a la realidad de nuestra vida provoca que el alma se vaya carcomiendo, que el corazón se endurezca y que la angustia se haga cada vez más profunda.
Por eso hoy, desde un corazón sencillo, quiero elevar mi oración por todos aquellos que no conocen a Dios, por todos aquellos que al despertar el día no ven sentido a su vida, a los que no tienen luz porque la oscuridad ahoga sus miradas y no se ven capaces de encender una pequeña llama para llenar de esperanza su vida, a los que los agobios del día a día —la enfermedad, la falta de trabajo, las estrecheces económicas, la soledad, el descrédito social, las dificultades matrimoniales, los problemas con los hijos…— les asfixian de tal manera que no ven sentido a su caminar. Hoy los llevo a todos ellos en mi corazón.

Nadie me asegura que voy a tener una vida sencilla

¡Señor, Tú que estás cerca de los atribulados, salva a los abatidos! ¡Señor, necesitamos contemplar cada día el misterio de tu misericordia! ¡Padre de Misericordia y de Amor, nuestro destino está en tus santas manos, mira con bondad a todos aquellos que sufren en ese mundo y su esperanza pende de un hilo! ¡Dales, Padre, a los atormentados, a los que sufren, a los heridos, a los desalentados, a los desgarrados por la tentación, a los desesperados la luz de la fe para aceptar el misterio del dolor! ¡Te pido en este día, Padre de Misericordia, que acojas a todos los que lloran por los problemas de la vida y les envíes el consuelo de tu santo Espíritu para que les abra el corazón a la esperanza! ¡Manifiéstate en ellos, Señor, con palabras que iluminen, con gestos que provoquen alivio y con el amor que siempre conforta! ¡Pon en todos nosotros, Señor, tu Espíritu glorioso de amor, de sacrificio, de comprensión, de fortaleza para que sepamos llevar a todos los que sufren el alivio amoroso y la ayuda eficaz!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: ¡Quisiera ser como tú, María, un océano limpio en el que Dios se mira y estar lleno de Dios y darlo todo sin medida!

Como la brisa, cantamos hoy con Jesús Adrián Romero:

¿Debo estar agradecido cuando mi mundo se desmorona?

En líneas generales si preguntas a la gente escuchas que la vida le trata mal. Problemas económicos, un trabajo frustrante, diferencias con amigos o familiares, la pérdida de un ser querido, carencia de afecto, soledad, un mal hábito persistente, alteraciones del sueño, hábitos poco ejemplares, una separación o un divorcio, una enfermedad imprevista…
Más o menos grandes o pequeñas, breves o prolongadas, cotidianas o espaciadas en el tiempo, muchas de estas experiencias vitales que anidan en el corazón y nublan los pensamientos, generan temores y magnifican las preocupaciones. Esta «miseria» nos cubre como si de una telaraña se tratara e impide alejar el problema de nuestra mente.
Hacemos cualquier cosa para intentar solventar estos problemas. Defendemos a capa y espada nuestras ideas en contra de quienes más nos hacen sufrir en la vida. Tratamos de encontrar el apoyo moral para exteriorizar nuestros lamentos y nuestras quejas. Y, con frecuencia, buscamos la evasión en cosas vanas, para no pensar en nuestros problemas y aliviarnos del sufrimiento.
¿Cuántas veces nos sentimos excluidos, traicionados, abandonados, maltratados, subestimados, inferiores…. y eso provoca en nosotros un remolino de autocompasión que nos hunde todavía más en el pozo de nuestros problemas? Eso provoca un mayor alejamiento de Dios.
Aquí surge el gran poder de la gratitud. De la verdadera gratitud. De la gratitud que nace y muere en Cristo. De la gratitud que es una gracia. De la gratitud válida para todo momento y ocasión, incluso en los periodos y las situaciones más difíciles, complejas y desesperantes de nuestra vida. Cuando no hay respuesta a lo que nos sucede. La gratitud es la que nos regala la esperanza. Y transforma a los que se afanan por salir adelante, a los más agobiados, a los más desesperados, en conquistadores victoriosos.
La gratitud a Dios debe ser parte intrínseca de nuestro ser cristiano porque la gratitud es una actitud del corazón que ha sido bendecido, perdonado y redimido. Es la actitud del que demuestra amor. Del que se siente impulsado a ponerse en manos de Dios. A guardar sus mandamientos. A adorarle. A desear vivir en santidad —sin santidad no veremos a Dios—. A ser verdaderamente humildes. A evitar caer en la autocompasión y la complacencia. A no caer en el orgullo. A sentir el amor de Dios en nuestra vida.
La gratitud es la entrega amorosa a Dios, que todo me lo entrega. Tal vez resulte contradictorio sugerir que alguien lleno de pesares deba dar gracias a Dios pero cuando se observa la botella medio llena de la amargura y se eleva la copa de la gratitud la bebida se convierte en un líquido purificante de sanación, paz y misericordia.
Ahora, miro en el interior de mi corazón y trato de enumerar una a una las bendiciones, los favores y las misericordias que Dios me regaló en el día de ayer. Y las pongo en la balanza. ¡Ay, Dios mío, que ingrato soy contigo!

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¡Padre bueno, perdona porque no soy capaz de ver todos los favores y todas las misericordias que me ofreces cada día! ¡Vivo tantas veces sin la comprensión de lo que haces en mí y por mí es para mí bien! ¡Sé, Padre de Misericordia, que nunca podré pagarte lo que Tú haces por mí cada día, por eso quiero ser eternamente deudor y estarte agradecidos por la eternidad! ¡Padre, eres un Dios grande, bondadoso y maravilloso! ¡Eres un Dios bueno y poderoso que cada día me colmas de bienes, favores y misericordias cada día! ¡Padre, eres un Dios generoso que no ha haces conmigo conforme a mis iniquidades y no me pagas conforme a mis faltas y mis pecados! ¡Gracias! ¡Gracias, Padre Celestial, porque tengo grandes razones y poderosos motivos para estarte agradecido! ¡Gracias por la fe que, a pesar que a veces se tambalea, nunca dejas de fortalecer! ¡Espíritu Santo, dame un corazón humilde, un corazón que no sea olvidadizo y que reconozca todas las bendiciones maravillosas que Dios me ofrece! ¡Espíritu Santo, quiero tener una actitud de agradecimiento permanente a Dios, aleja de mi corazón todos los pensamientos sean deshonestos, impuros, orgullosos, soberbios o desagradecidos! ¡Bendice, alma mía al Señor, y bendiga todo mi ser su santo nombre!

Te doy gracias, Señor es el título de esta canción de Javier Alexandre que acompaña el tema de la meditación de hoy:

Dios está aquí… ¿te lo crees?

Potencialmente hay días muy difíciles, repletos de dificultades, en lo que todo parece hundirse alrededor. Una amiga ha vivido una experiencia de profundo dolor con la pérdida de su esposo, el hombre con el que había modelado su vida, el que incluso le había rescatado de la oscuridad llevándole hacia la conversión al catolicismo. Ella era una descreída que no tenía fe y desde el noviazgo él le había hecho entender que con Cristo iba a ser más feliz porque el Señor está con nosotros todos los días de nuestra vida. Mi amiga así lo creía… pero velando a su marido en el tanatorio su dolor se había convertido en un valle de lágrimas y nos comentaba que por primera vez desde hacía mucho tiempo tenía la sensación de que Dios no estaba a su lado. Desde su bautismo no había experimentado nada semejante en su caminar por la senda de la Iglesia. En su angustia por la pérdida del ser que más quería le resultaba imposible sentir la presencia de Dios en su vida. Ella, ferviente en sus creencias, sabía que Dios no la abandonaría. Sin embargo, le costaba sentir que estaba allí. Y, repetía, inundada por las lágrimas, el dolor y la tristeza algo que muchos hemos exclamado alguna vez: «¡Señor, ¿dónde estás ahora que te necesito?»
Una situación muy dolorosa y muy triste. Tal vez tenga que pasar un tiempo para que esta amiga recupere la esperanza y comprenda que suceda lo que suceda en nuestra vida Dios siempre está con uno. Aunque las circunstancias amenacen con el hundimiento de nuestra vida, allí está Dios. Aunque los escenarios de nuestra vida nos lleven a situaciones tristemente desagradables, allí está Dios. Aunque los problemas nos invadan por todas partes llevándonos hasta la ansiedad, allí está Dios. Allí está Dios incluso en la pérdida de lo que uno más ama. Incluso como dice Isasías cuando pases por el fuego la llama arderá en ti pero no te quemarás. Allí está Dios en las circunstancias imprevistas en las que no sabes cómo actuar. Y en los obstáculos que debes saltar para salir adelante, allí está Dios. En las dificultades que debes vencer y en la falta de recursos que tienes para resolver esa situación, allí también está Dios. Y en los temores de nuestra vida, en la soledad, en el desconsuelo, en la tristeza, Dios está allí. Y en la contrariedad, todo tendrá sentido porque allí está Dios.
Porque Dios está allí siempre, a nuestro lado, envolviéndonos con su amor y misericordia, esperando nuestra madurez y nuestra confianza. Incluso en acontecimientos tan alejados de tu vida y que nada tienen que ver con uno, allí está Dios. Un Dios que está presente y que espera el mejor momento para cambiar aquello que esperas porque de nuevo el profeta Isasías nos recuerda que no hay quien de mi mano libre.
Incluso Dios está aquí, leyendo a tu vera esta meditación. Dios está aquí y quiere que entendamos que nada hay que temer porque en la vida las situaciones no se producirán como uno quiere sino como Dios lo ha dispuesto. Y, Él, que nos ha creado, sabe perfectamente cómo actuar contigo. A mí esto me llena de consuelo, y de esperanza, y de alegría, y de tranquilidad, y de paz, y de serenidad… ¡Gracias, Señor, porque estás cerca de mí, escuchas el latido de mi corazón y haces tuyas mis aflicciones!

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¡Señor, quiero serte siempre fiel aunque la oscuridad se cierna sobre mi vida y no comprendo lo que sucede! ¡Quiero, Señor, seguir a tu lado aunque las tormentas volteen el diminuto barco de mi vida! ¡Y te doy gracias, Señor, porque me permites vivir la vida cada nuevo día! ¡Gracias, Señor, porque estás a mi lado y en los momentos tristes y más difíciles me consuelas! ¡Señor, me dirijo a ti para alabarte y para decirte con alegría que mi cuerpo, mi mente y mi corazón están llenos de Ti por tantas cosas que tengo que agradecerte! ¡Gracias, Señor, por mi familia, por mi humilde hogar, por los alimentos calientes de cada día, por mis amigos, por tus enseñanzas, por mis cualidades y también por mis defectos que deben ser corregidos, por la belleza que puedo admirar a mi alrededor y por ese regalo espiritual que es la Eucaristía que puedo vivificar cada día! ¡Gracias, Padre, por ser mi amigo inseperable! ¡Gracias, Señor, porque cuando sonrío tú lo haces conmigo, cuando lloro tú lo haces conmigo, cuando me aflijo tu lo haces conmigo, cuando canto tú lo haces conmigo, cuando trabajo tú lo haces conmigo! ¡Gracias por el entusiasmo por vivir que me regalas! ¡Señor, gracias, por todo! ¡Gracias por la fe que me das que en los momentos de incertidumbre y de derrumbamiento, cuando mi corazón sufre, me permite mantenerme entero sabiendo que cuento contigo! ¡Gracias, Padre, porque siempre me escuchas y comprendes mi sufrimiento! ¡Gracias, porque estás aquí, conmigo, y me motivas cada día para ir avanzando en el peregrinaje de la vida! ¡Gracias, Señor, por tanto amor que no merezco!

Dios estás aquí, tan cierto como el aire que respiro cantamos en este día al Señor:

Temor a la soledad

Tenemos pavor a la soledad; los hombres necesitamos estar rodeados de gente para no perder esa seguridad humana que otros nos proporcionan. Muchas de las soledades que jalonan nuestra vida lo provoca nuestro egoísmo, que nos encierra en nuestro mundo, en nuestra realidad cotidiana y en nuestras cosas; en definitiva, no queremos complicarnos la vida. Pero hay también soledades que son consecuencia del desamor, del no sentirse queridos por nadie o por muy pocos. Dolorosas son las soledades que provoca el pecado de otros, que señalan con el dedo de la culpa a los que quieren vivir con coherencia el Evangelio. La más hermosa de las soledades es la que Dios obsequia a nuestra alma, un regalo cuyo fin es adentrarse por los caminos de la profunda intimidad con Él y la oración.
Pasando las hojas del Evangelio comprendemos el sentido de la soledad humana. Ninguna soledad humana es comparable a la soledad de Cristo en el desierto, en el huerto de los olivos, en la Cruz o en su descenso a los infiernos. La soledad más profunda es la de sentirse abandonado por el Padre. En los momentos de dificultad, cuando los problemas de todo tipo hacen que nuestra alma sufra, todo parece desmoronarse. Es la soledad del alma. No debe darnos miedo esa soledad que, la sintamos o no, va siempre de la mano providente y amorosa del Padre. Con esa soledad es la que hemos de vivir la radicalidad y fidelidad al Evangelio, pero de manera radical y según los criterios del mundo. Cristo abrazó la mayor de las soledades que puede tener el hombre, sólo porque así llenaba de dulce y silenciosa compañía esos huecos vacíos que, a veces, tanto oprimen el alma.
En este cuarto sábado de octubre contemplo una imagen de Nuestra Señora que preside mi escritorio. Y me cuestiono cómo superó ella tantas amargas soledades en su vida, especialmente cuando con su entereza de alma, supo estar ahí, al pie de la Cruz, llenando con su presencia la soledad tremenda en que sufría su Hijo. Lo hizo porque su vida estaba impregnada de Dios, llenando de Cristo cada uno de los vacíos de Su alma. ¡Una gran enseñanza la tuya, Señora!

¡Señor, tu conoces mis miedos y mis debilidades, te pido que arranques de mi corazón todo miedo a la soledad! ¡Sabes, Señor, que son muchas las ocasiones en que mendigo amor por miedo a la soledad! ¡Ayúdame, Señor, a descubrirte a Ti como la verdadera compañía que necesito para avanzar en mi vida, para no tenerle miedo a nada, para confiar en tu poder maravilloso y disfrutar de todo lo que tienes pensado para mí! ¡Señor, hazme comprender también que en ocasiones es mejor estar aparentemente solo que hacerlo acompañado de personas que me dañan y no me dejan crecer como persona y como cristiano! ¡Señor, hazme comprender que nunca estaré solo porque Tú siempre caminas a mi lado! ¡Que Tú eres mi pastor, y a que a tu lado lo tengo todo aunque no tenga nada! ¡Y cuando la soledad se haga presente en algún momento de mi vida como una cañada oscura, como un camino sin luz, traspasa conmigo estos senderos para que lo haga sin miedo porque tu vara y tu callado me sosiegan! ¡María, Señora del Rosario, dame también tu compañía!

Os deseo un feliz sábado mariano con este Ave María compuesto por uno de los más grandes compositores renacentistas españolas,Tomás Luis de Victoria.