«Harambee» («Todos juntos»)

En una caja guardada en el despacho encontré hace unos días una fotografía de un premio que le entregaron a mi hija mayor el día 24 de abril de 2009. Se trata de un relato para la IV Edición del Concurso Escolar Harambee “Comunicar África” en el Centro Cultural La Vaguada, en Madrid. El concurso tenía como objetivo fomentar entre los alumnos el espíritu solidario y un mayor conocimiento de la realidad africana, lejos de los estereotipos habituales. Aunque he recordado en que consiste la historia que redactó mi hija no es de este premio de lo que quiero escribir. He buscado que significa en castellano la palabra Harambee pues no lo recordaba: «Todos juntos». Es la expresión utilizada en África para que todos colaboren en una tarea común. Es una expresión hermosa de servicio y de entrega al otro. El Evangelio de la vida está repleto de situaciones que gritan «Harambee» («Todos juntos»). Todos las conocemos.
Un hijo que pide ayuda: ¡Harambee! Un amigo que clama atención: ¡Harambee! Un enfermo que sufre: ¡Harambee! Alguien que ha perdido la esperanza: ¡Harambee! Un matrimonio que se desmorona: ¡Harambee! Una mujer que sufre maltrato: ¡Harambee! Un conocido sin trabajo: ¡Harambee! Alguien que ha sufrido el desprecio de los demás: ¡Harambee! Una persona que busca a Dios: ¡Harambee! Alguien que ha caído en el vicio de la droga, del alcohol, de la pornografía: ¡Harambee! Que es necesario allanar el camino descarriado de alguien desorientado: ¡Harambee! Alguien que acude buscando consuelo: ¡Harambee! ¡Harambee! ¡Harambee!
¡Harambee! Es el canto de privilegiar la lógica del ser respecto a la del tener: Dar y recibir. El canto de amor al prójimo.
Cuando vi la caja no tenía intención de abrirla. Algo me invitó a hacerlo. Pero esta fotografía me ha llevado a la oración. Así actúa el Dios del ¡Harambee!, ese que te ayuda a creer en el amor auténtico, el que viene de Él y nos une a Él por el servicio a los demás. Solo puedo exclamar: ¡Amén, Señor, haz de mi alguien servicial para los demás!

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¡Amén, Señor, haz de un mi alguien servicial para los demás! ¡Tu, Señor, eres el ejemplo a seguir! ¡Es tu vida la que quiero imitar, el espejo donde mirarme, la luz que seguir, el lugar donde debo descubrir el amor al otro! ¡Harambee, Señor! ¡Juntos tu y yo, Señor, unidos en el amor al prójimo, dándonos a los demás; tu en mi interior y yo siendo otro Cristo! ¡Tu caminaste con tus sandalias polvorientas recorriendo los caminos al encuentro del ser humano, del necesitado, del perdido, del desorientado, del despreciado, del abandonado… quiero hacerlo contigo, Señor, para compartir el pan y el agua de la vida! ¡Harambee, Señor, tu y yo juntos, en pura donación, en total servicio a los demás! ¡Harambee, Señor, tu y yo juntos, con los mismos sentimientos para atender la necesidad del hermano, para acoger sus necesidades y aliviar sus sufrimientos! ¡Harambee, Señor, tu y yo juntos, para vivir pensando primero y antes de todo en el otro y tener siempre un corazón abierto al servicio, un corazón dispuesto, veraz, alegre, humilde, fraterno y generoso!

¡Tienes que ser más realista!

Una de las acusaciones que debemos afrontar habitualmente los cristianos es nuestra falta de realismo. Se nos acusa habitualmente de cobijarnos en la esperanza que lo vierte todo en el futuro. ¿Cuántas veces en los últimos tiempos he escuchado de boca de personas alejadas de la Iglesia que debo ser «más realista»? ¡Que Ese en el que creo es un personaje histórico que la Iglesia ha amoldado según sus intereses! ¡Que dejándome llevar por la esperanza espero en un futuro de dudosa existencia!
Me inquieta cuando cada vez más gente duda porque para mí la esperanza es base fundamental de mi fe. No es una ilusión ni una quimera. Yo tengo esperanza —al igual que me sostengo en la fe— porque para mí la vida es algo muy serio. La vivo en su totalidad con la certeza de que el futuro que me espera no es una promesa vacía sino una realidad viva. No es como la vida humana que es finita, la vida eterna es algo definitivo.
La esperanza cristiana es el andamiaje que sostiene la vida. Como la fe es el pilar básico del edificio de la vida. Por eso, según como espere, así será mi vida.
La esperanza cristiana es un signo revelador de mi verdad como cristiano. Es la que endereza mi vida, la que me ayuda a luchar por una sociedad más justa, comprometida, solidaria y fraternal, al estilo de Cristo.
La esperanza cristiana no me permite tener una actitud pasiva ante la vida porque lleva consigo el compromiso y el dolor ante tantas injusticias.
La esperanza cristiana me hace creer que existe el Reino eterno, la patria celestial, el destino final del alma humana. Por eso lucho por cambiar las estructuras de esta sociedad porque nadie puede ser ajeno a un futuro tan hermoso.

 

orar con el corazon abierto

¡Padre eterno, que cerca estás de nosotros y a cuanta gente le cuesta sentir tu presencia o, simplemente, abrir el corazón para sentir tu ternura! ¡Te doy gracias por los signos de tu presencia a mi alrededor, son un sostén grande a mi fe y mi esperanza! ¡Gracias, Señor, porque la iluminación de tu Santo Espíritu me permite mirar con esperanza el presente y el futuro de mi vida, estar atento a tus buenas nuevas, a dejarme sorprender por tu ternura! ¡Gracias, Padre mío, por esta siempre tan cerca! ¡Señor, nos angustiamos por todo, vamos dando tumbos por la vida y vivimos sin esperanza, echando a perder nuestra vida y la de los que nos rodean con nuestras quejas y nuestros lamentos! ¡Ayúdame, Señor, siempre a permanecer despierto! ¡Concédeme, Señor, la gracia de nadar a contracorriente!

El auxilio de me viene del Señor, nos unimos al canto de la Hermana Glenda:

La gloria del Señor te envuelve de claridad

Hay una frase muy hermosa referida a los pastores que aparecen en la escena de Belén. «La gloria del Señor los envolvió de claridad». Me ha emocionado esta frase de san Lucas. La cueva de Belén se llenó aquella noche mágica del resplandor de la Luz. Fue una noche brillante. Luminosa. La noche en que nació Jesús, el Mesías, el Señor.
Leyendo esta frase cuatro días después de Navidad siento una gran alegría en el corazón. Siento como esa luz también penetra en mi interior. Como que ese resplandor es un regalo de Dios que nos llena con su gracia. Así, mi corazón rebosa amor, esperanza y fe. Es el sentimiento vivo de estar iluminado por la gracia de Dios.
Siento así la misma alegría que debieron sentir aquellos pastores envueltos en la claridad de Dios. Es la alegría que hunde sus raíces en la fe, en la certeza de que ese misterio cristiano de la Navidad se hace realidad cada año en mi vida. Y que esa luz que todo lo llena despeja las sombras de las incertidumbres y las oscuridades de mi propia vida.
No tiene sentido caminar entre tinieblas. No tiene sentido vivir con odios y rencores. Ni con divisiones ni rupturas. Ni con soledades ni tristezas. Ni con individualismo y autosuficiencias. Ni con orgullo ni con soberbia. Ni con angustias ni resentimientos. No podemos vivir enfrentados en el seno de la familia, ni en el trabajo, ni en la comunidad, ni en la vida eclesial. No podemos cubrir de sombras la luz de la Navidad porque «la gloria del Señor lo envuelve todo de claridad». No podemos cubrir de oscuridad nuestro entorno más cercano. Tenemos que lograr que brille la luz de la Navidad. Hacer saber al mundo que Cristo ha nacido en Belén, es decir, en nuestro propio corazón. Que este hecho extraordinario es capaz de transformar por completo la dureza del corazón, esa actitud que te hace distante de los demás, esa manera de vivir que rompe el espíritu de fraternidad, esas actitudes despreciativas que solidifican la insolidaridad, esa ambición que te impide crecer, ese desorden emocional que te impide amar…
«La gloria del Señor los envolvió de claridad». Esa claridad es la que te convierte en un hombre nuevo. Con el nacimiento de Cristo, ¡que alegría pensar que naces de nuevo a la vida! ¡Que se hace resplandor nuestra propia salvación!
«La gloria del Señor los envolvió de claridad». O lo que es lo mismo. Hacer visible en el corazón la presencia de Dios, una presencia sostenida por el amor, la fraternidad, la alegría y la paz. ¡Como me gustaría que esa claridad me sirva para hacer brillar durante todo el año en mi corazón la luz que Cristo trae en Navidad!

orar con el corazon abierto

¡Señor, me pongo en tu presencia para recibir de Ti la claridad; me postro ante Ti para orar sin desfallecer, con esperanza, con alegría renovada, aceptando el camino de vida que tu me invitas a seguir! ¡No permitas que este año que vamos a comenzar me distraigo de lo que es importante! ¡Ayúdame, Señor, a que la Navidad sea permanente en mi corazón, que mi vida cotidiana sea un constante momento de oración, que Tu vivas cada momento de mi vida en el corazón para ser capaz de dar resplandor a mi vida y ser luz para los demás! ¡Espíritu Santo, concédeme la gracia de permanecer siempre en presencia de Dios, de vivir en y para Dios, en perseverar en el amor a Dios, en ser capaz de darme a los demás, de hacer visible en mi corazón esta presencia amorosa de Dios! ¡Que todo lo que salga de mi interior sea en realidad de Dios! ¡Espíritu Santo, concédeme la gracia de ser constante en el camino de santidad que Dios me ofrece, ayúdame a profundizar en mi interior para alcanzar a conocerme mejor para crecer en santidad! ¡Ayúdame, Espíritu divino, a profundizar en lo más íntimo de mi alma para descansar siempre en Dios! ¡Que la claridad de tu vida, Espíritu Santo, invada mi alma, tu sabiduría cubra mi mente y que tu amor mi corazón de piedra y que mi voluntad quede siempre fijada en el tuya para acoger con alegría los dones que recibo de Ti!

While Shepherds watched their flock by night (Mientras los pastores vigilaban su rebaño de noche) un hermoso villancico inglés para acompañar esta meditación navideña:

En la escuela del dar

Dar. Verbo de profunda intensidad. Es el verbo de la economía del amor. El verbo que te invita a salirte de ti mismo. El verbo que conjuga a las mil maravillas con tantas palabras en los que impera el lenguaje del corazón: entrega, solidaridad, donación, estima, generosidad, felicidad, perdón, acogida…
En los Evangelios existen varios preceptos que sintetizan el espíritu del verbo dar: «Dad y se os dará» o «Gratis lo recibisteis, dadlo gratis».
Ahora, ¿En qué medida soy yo capaz de dar? ¿Soy generoso y magnánimo en la donación de mi tiempo, de mis bienes, de mi corazón, de mi escucha…? ¿Doy porque espero recibir algo a cambio? ¿Doy para que sepan que doy? ¿Doy desde el compromiso o desde el interés? Como siempre en la vida la naturaleza es sabia. Cuando el dar surge desde el corazón retorna la donación con sobreabundancia de dones.
Lo fundamental es saber dar. Setenta veces dar. Mil veces dar. Y no parar de dar…. porque en definitiva cuando das siempre recibes y aunque a veces lo que esperas es puramente material y humano en realidad lo que te proporciona es gracia en abundancia. ¡Y la gracia es la mayor riqueza que te puede enviar Dios!

 

orar con el corazon abierto

¡Señor, hazme comprender siempre que en mi dar desde la generosidad y la gratuidad recibiré de ti en abundancia! ¡Concédeme la gracia, Señor, de ser generoso en todo momento y que la generosidad basada en el amor sea el signo de mi vida! ¡Concédeme la gracia, Señor, de ser generoso en el dar y hacerlo con amor, afecto, ternura y alegría! ¡Ayúdame, con la fuerza de tu Santo Espíritu, a poner siempre el corazón en cada gesto, en cada palabra, en cada acción! ¡Hazme comprender, Señor, que compartir no es sólo dar lo material sino que es dar mi tiempo, mi amor, mis atenciones, mis sentimientos! ¡Concédeme la gracia, Señor, de dejar de centrarme en mi mismo y aprender a darme a los demás, no dar lo que me sobra sino darme lo que soy aprovechando las cualidades y los dones que he recibido del Padre! ¡Ayúdame, Señor, con la gracia de tu Santo Espíritu, a estar atento a las necesidades del prójimo, a reconocer lo que falta y lo que necesita, a abrirme siempre a los demás y ser sensible a sus carencias! ¡Que mi entrega, Señor, esté basada en la solidaridad y no anteponga nunca mi propio beneficio! ¡Concédeme la gracia, Señor, de apartar mis comodidades e intereses personales y ponerme siempre al servicio de la comunidad! ¡Me abandono a Ti, Señor, para que me hagas instrumento de tu amor!

Siervo por amor, cantamos hoy:

El egoísmo que mata mi interior

La generosidad extrema se resume en darlo todo por amor. En estos años de crisis he sentido en mi propia vida la generosidad de los amigos. He constatado también que las dificultades unen a los hermanos, que uno se solidariza con los que tiene cerca y sufre.
Como cristiano siento profundamente que cada vez que mi egoísmo se impone —y no son pocas las veces— estoy traicionando a Jesús y su mensaje de amor y servicio. El egoísmo, fuente de tristeza, se contrapone al amor verdadero porque mientras el amor me hace salirme de mi mismo y entregarme a lo que amo transformándome en la cosa amada, el egoísmo me convierte en el centro de todo en busca de mi propio interés. Sólo la entrega generosa por amor derriba siempre los muros del egoísmo.
Pero hay algo más profundo. Dios salva al mundo por medio de los más pequeños, de los más sencillos, de los más humildes. La ternura de Dios se vierte sobre los más sencillos, los que no cuentan en apariencia a los ojos de los hombres.
Si quiero iluminar mi identidad cristiana debo permitir a Cristo que escriba su amor y su misericordia en mi vida. Si quiero ser anuncio y presencia viva de esa misericordia de Cristo en mi historia personal solo lo lograré desde la pequeñez y la humildad. Volcándome en mi egoísmo mi interior muere porque, por voluntad divina, he sido creado para el amor.

orar con el corazon abierto

¡Señor, quiero entregarme de verdad a Ti alejando de mi corazón el egoísmo y la soberbia! ¡Quiero amarte de verdad y amarte también en el prójimo! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a cambiar mi forma de amar y de entregarme a los demás! ¡Concédeme la gracia, Espíritu de Dios, a tener un corazón grande y misericordioso! ¡Haz fecunda mi vida, Espíritu divino, para que desde la pequeñez y la humildad pueda hacer cosas grandes a los ojos de Dios y no de los hombres! ¡Elevo mis manos al cielo, Señor, para apasionarme por Ti y sufrir por el hermano, para conmoverme por las gracias que cada día me regalas, para mantener encendido el fuego de la fe y de la esperanza, para velar con el que lo pasa mal y sufre, para aceptar mis fracasos y alegrarme de mis pequeñas victorias, para vivir como si cada día fuera el último de mi existencia! ¡Quiero, Señor, imitarte cada día, adorarte en cada instante, ser consciente de la verdad de tu Evangelio, a aprender a caminar a tu lado poniendo mi corazón abierto a tu servicio y al de los demás, a saber sufrir y perdonar, a darme y no esperar nada a cambio, a confiar siempre en tu amor y tu misericordia, a ser agradecido con los dones y las gracias de Dios en mi vida! ¡Señor, me has creado para el amor no para el egoísmo! ¡Déjame, Señor, ser parte de Ti! ¡Vive en mí, Señor porque quiero experimentar la vida eterna aquí en la tierra!

Tómame, Señor para hacerme humilde y mostrarme el camino que debo seguir:

¿Para qué he nacido?

Viajo con mi hijo pequeño en tren. Y a mitad de trayecto me pregunta: “Papá, ¿por qué he nacido?”. La pregunta resulta más difícil de contestar que el “¿Cómo he nacido, papá?”. Le explico que ha nacido porque papá y mamá se quieren y deseaban tener un hijo al que quererle mucho. Y Dios nos ha dado este regalo. Más tarde en la oración yo también me pregunto: ¿Para qué he nacido yo? ¿Qué espera Dios de mi? ¿Qué hago yo en este mundo para dejar la huella de Dios a las personas con las que me encuentro cada día?
A nosotros nadie nos ha preguntado si queríamos nacer. Estamos en este mundo porque Dios ha querido que así sea. Pero no hemos llegado con las manos vacías. Venimos cargados con una mochila repleta de dones, los dones con los que nos ha obsequiado Dios. Sin embargo, estos dones no son frutos maduros sino que son pequeñas semillas que tenemos que ir regando cada día y que a través del fruto de nuestro trabajo, de nuestro esfuerzo, de nuestras ilusiones y, sobre todo, con la ayuda de las personas que nos acompañan, nos aman y nos ayudan y de la vida sacramental hemos ir de haciendo crecer.
Es el trabajo del jardinero. Al final cada una de las personas que estamos en este mundo tenemos que ser el reflejo de la bondad de Dios. Cada uno con su propia personalidad, originalidad y carácter. Con sus propias esperanzas. Pero en definitiva, el reflejo de la bondad de Dios.
Hay un elemento común en todos los creyentes: nuestra misión es utilizar esos frutos maduros para transmitir la buena nueva de Jesús. Es decir, todo cristiano tiene que ser portador de amor, alegría, de esperanza, de generosidad, de libertad, de solidaridad, de entrega, de perdón, de amor, de ilusión… Ningún cristiano puede renunciar a esta llamada que hace Dios en nuestra vida. Por tanto, nuestra vida, nuestra propia vida es la que habla por nosotros, pero no habla desde la palabra, de los hechos, de los acontecimientos de nuestra vida. Lo que nosotros hagamos como cristianos hablará por nosotros.
La madre Teresa de Calcuta decía siempre que “no se acerque a vosotros nadie que no se convierta en alguien mejor y más feliz”. Esta es la misión de nuestra vida. Este es el momento en el que se responde al gran interrogante de nuestra existencia: ¿qué espera Dios de mi? Sencillamente, ser la imagen de Dios ante los demás.

¡Señor mío y Dios mío, quiero ser tu imagen ante los demás! ¡Te ofrezco todo lo que soy y todo lo que quiero ser! ¡Te abro, Señor, cada uno de los rincones de mi ser y de mi corazón para que envíes tu Espíritu! ¡Haz que habite en mi interior, Señor, para reflejarte siempre a Ti! ¡Te ofrezco, Señor, mi corazón, mi vida, mi mente, mi espíritu, todos mis plantes, todas mis esperanzas y mis sueños, toda mi alma, todos mis fracasos y mis caídas, todo mi presente, mi pasado y mi futuro! Te ofrezco, Señor, todos mis buenos y malos hábitos, mis virtudes y los defectos de mi carácter, mis capacidades y mis debilidades! ¡Las pongo todas en tus manos, Señor, para que el Espíritu Santo las riegue con tu gracia! ¡Te ofrezco, Señor, mi hogar, mi matrimonio, mis hijos, mis amigos, mi hogar, mis amistades, mis compañeros de trabajo! ¡Que con cada uno de ellos, Señor, seas Tú el que se haga presente a través mío! ¡Te ofrezco, Señor, mis dolores, mis preocupaciones, mis ansiedades, mis miedos, mis heridas, tómalas todas y no permitas Señor que todo esto me aparte de mí y de los demás! ¡Entrego toda mi vida, Señor, a ti para que la cuides con amor! ¡Envía tu Espíritu para que abra mis oídos a tu Palabra, para que abra mi corazón a una unión más íntima contigo, para que un abrazo tuyo sane mis debilidades! ¡Señor, quiero ser tu imagen ante los demás! ¡Me queda mucho por recorrer, Señor, pero me has creado para esto!

Acompaña hoy a esta meditación la bellísima obra de Haendel Ho un non so che nel cor Maddalena:

https://www.youtube.com/watch?v=Ho un non so che nel cor

Aylan… en el camino de la compasión cristiana

Las decenas de miles de familias caminando en busca de un futuro por Centroeuropa, la escena aterradora del cadáver del pequeño Aylan Kurdy recogido por un compasivo policía en las costas de Turquía, las inundaciones en diversas zonas del mundo, la explosión con víctimas en un centro logístico de China, la pobreza en tantos suburbios de tantas grandes ciudades alrededor del planeta… el desamparado que pide limosna en la esquina de casa provocan dos actitudes: compasión y solidaridad.
En la compasión se produce el encuentro de todas las religiones, del Oriente y del Occidente, de todas las éticas, de todas las filosofías y de todas las culturas. En el centro está la dignidad y la autoridad de los que sufren, provocando en nosotros la compasión activa.
Compadecerse es compartir el sufrimiento con los demás, una virtud propiamente cristiana. La compasión tiene algo peculiar: no exige ninguna reflexión previa, ni argumento que la fundamente. Se nos impone simplemente porque esencialmente el hombre es un ser com pasivo. Cristo puso en práctica la compasión cristiana como fruto de la misericordia del hombre; es la compasión que penetra en el corazón mismo del que sufre para elevarlo a Dios. La máxima expresión de la compasión es la muerte en la Cruz en la que Dios, en su profunda misericordia, se compadece de los pecados de los hombres, fundamento de todo sufrimiento, para que el ser humano comprenda que sólo Él es capaz de sanar la enfermedad del alma. Ante el sufrimiento ajeno, nuestro corazón debe estar íntimamente unido con la piedad del Señor, para hacer efectiva la enseñanza del consuelo y la compasión que se expresa en el “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”. Queremos hacer y actuar desde los sofás de nuestras casas, queremos actuar haciendo obras de misericordia, pero el primer paso es vivir profundamente identificados con los sentimientos del Señor para asumir la pasión del que sufre. Es trasladarse al lugar del otro para colocarse a su vera, para sufrir con él, para llorar con él, para sentir con él el desgarro de su corazón. Es orar por él, interceder por él. Con toda probabilidad no tendremos nada que darle, poco que hacer y las palabras se ahoguen silenciadas por la distancia, pero lo importante es permanecer a su lado y no permitir que sufra solo. Aunque nos encontremos a miles de kilómetros de distancia su padecimiento es también nuestro padecimiento, su desesperanza es también la nuestra, los gritos lastimosos y desgarradores que lanzan al cielo exclamando con dolor profundo: ¡Señor mío y Dios mío, por qué me has abandonado?, son también nuestros lamentos desgarradores. Y compartimos el mismo sufrimiento y el mismo dolor por no recibir ninguna explicación razonable. Y aunque la hubiera, no resucitaría la vida de este niño en brazos del policía, ni las caminatas desesperadas de los huidos de Siria y de Libia, ni la devastación en China, ni la desesperanza de tantas gentes inocentes que sufren pobreza, desolación e incertezas.
Pero la compasión desde la oración tiende las manos a las víctimas sufrientes. No rezar por la gente que sufre en el mundo es quedarse egoístamente indiferente ante el sufrimiento ajeno y demuestra una suprema inhumanidad que nos transforma en enemigos de nuestra propia humanidad. Delante de la desgracia ajena no hay modo de no ser los samaritanos compasivos de la parábola bíblica. La compasión implica asumir la pasión del otro. Y, para ello, la oración es la más eficaz de las armas del cristiano.

good samaritan

¡Oh Dios, tu eres refugio providente de los que sufren y de los que no tienen esperanza! ¡En este día pongo en tus manos todo su sufrimiento! ¡Escucha la oración que te dirijo por ellos! ¡Serena y conforta a todos aquellos que necesitan que serenes su corazón, inspírales los gestos que dan alivio, las palabras que iluminan y el amor que conforta! ¡Te encomiendo los corazones desalentados, en rebeldía, desgarrados por la tentación, atormentados por la pasión, heridos o profanados por la maldad de los hombres! ¡Señor, Padre de bondad y misericordia, tu eres el Señor de la vida y de la muerte! ¡El destino de los hombres está en tus manos, mira a los que sufren con bondad y guía su camino con tu providencia y amor! ¡Dales mucha fe y esperanza a los que padecen para que acepten el misterio del dolor y crean en tu amor! ¡Mira, Señor, la aflicción de los que sufren, de los que lloran, de los que no sienten tu compañía y envíales tu Espíritu para que encuentren consuelo! ¡Ayúdales, Señor, a comprender que somos peregrinos en la tierra, que debemos estar preparados para la prueba! ¡Házmelo entender también a mí, Señor, cuando me vengan las dificultades! ¡Señor, en mi dolor, que me acerca más a Ti, que crezca mi solidaridad con todos los sufrientes! ¡Bendícelos, Señor, y nos les sueltes de la mano!

Del compositor Benjamin Britten os presento hoy la Cantata Misericordium basada en la parábola del Buen Samaritano: