En Jesús llega la solución que nos agobia

Un amigo ha disfrutado de sus vacaciones de agosto en Rumanía. Allí ha recorrido los Montes Cárpatos y ha disfrutado de los bellos paisajes de las riberas del Danubio. Ha hecho el viaje a pie junto a su mujer y sus dos hijos adolescentes. Me contaba ayer que una noche estaban acampados en la montaña cuando, a las dos de la madrugada, mientras dormían apaciblemente en sus tiendas, escucharon asustados los pasos de un oso pardo que merodeaba por el lugar. Estaban advertidos de los peligros de encontrarse en la zona con este enorme mamífero. El corazón de los cuatro palpitaba de terror. No pudieron pegar ojo en toda la noche. A la mañana siguiente, mientras se preparaban para partir sigilosamente de aquel paraje, volvieron a escuchar en la cercanía los mismos pasos. Decidieron quedarse agazapados para evitar el peligro. Su mujer elevó la mirada al cielo y lo que vio le lleno de consuelo. Las grandes copas de los árboles, cuando el viento soplaba con fuerza, golpeaban entre sí las ramas con tal fuerza que daba la impresión de que eran los pasos de un oso. ¡No pudieron parar de reír ante tal cómica situación!
En la vida nos preocupan situaciones que magnificamos pero que, en realidad, son producto de nuestra falta de confianza y que, tal vez, no van a acontecer jamás. Jesús pide que no nos preocupemos, que nos nos agobiemos por nada. Que lo pongamos todo en sus manos. Que lo busquemos primero a Él pues el resto vendrá por añadidura. Jesús conoce todas nuestras necesidades y dificultades presentes y futuras. Todas son temporales. Cuando en lugar de centrarse en el problema, te concentras en Él, al corazón llega la paz y la serenidad. Hay que poner siempre los medios para solventar los problemas pero hay que tener primero fe en que desde el mismo Jesús llegará la solución a lo que nos agobia.

orar con el corazon abierto

¡Señor, tu eres quien auxilia a aquellos que viven en la preocupación y en la angustia! ¡Tu poder es tan grande, Señor, tu misericordia tan infinita, que no puedo más que ponerme en tus manos para que se haga el mí el cumplimiento de tu Palabra! ¡Confío en ti, Señor! ¡Tu conoces mis debilidades, mis problemas, mis angustias, mis temores; tu sabes que muchas veces mi fuerza de voluntad es tibia; que me preocupo en exceso por el ahora; tu sabes que los miedos y los temores me hacen perder mi confianza en ti, me vuelven más débil! ¡Apiádate de mi, Señor, y dame la fortaleza de la fe, la certeza de la esperanza, la certidumbre de la confianza! ¡Envía tu Espíritu Señor, para que me otorgue la sabiduría y la inteligencia para confiar siempre en Ti, para que no permita que mi voluntad se quiebre ante las tentaciones, la debilidad y los temores! ¡Te entrego, Señor, el manejo de mi vida; concédeme la gracia de comprender que tu cuidas siempre de mi! ¡Dame la paz que necesita mi corazón, la alegría de espíritu para comprenderlo todo, no permitas que nada me quite la serenidad interior aunque aparezcan los problemas y los tormentas de la vida! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que me otorgue la sabiduría de apreciar tu banda, la alegría de vivir, la constancia para luchar, la luz para alumbrar mis decisiones! ¡Haz, Señor, que tu Santo Espíritu remueva mi interior y lo mantenga siempre firme en la tribulación! ¡En ti confío, Señor, que lo eres todo para mi!

Confío en ti, Señor, cantamos hoy al Señor:

Depositar la confianza en Dios

¿Cuántas veces te has preocupado o desesperado con los problemas que parecen no tener solución? ¿Cuántas veces esperas que Dios haga un milagro en tu vida? ¿Cuántas veces buscas una salida, una alternativa, una mínima esperanza y no aparece ninguna? ¿No te ha sucedido alguna vez que debido a los problemas personales, a las dificultades económicas, a las contrariedades de la vida, a los problemas profesionales todo se vuelve oscuridad y te dan ganas de desaparecer, de tirar todo por la borda y mudarse a algún lugar donde nadie te pueda encontrar? Hay veces que uno siente esa necesidad pero, ¿es esa la decisión más correcta? ¿Logramos solucionar con esta medida todos nuestros problemas?
Los problemas son copilotos ocasionales de nuestra vida. Cuando nos mostramos infelices es porque nos olvidamos de depositar toda nuestra confianza en Dios. Él es el único que está a nuestro lado a tiempo completo. Él es el único que nos ampara para asistirnos en los momentos de felicidad y de dificultad.
Me decía un amigo que le resultaba difícil entender mi serenidad por los muchos problemas que me rodean. La respuesta es simple: “Confío plenamente en el Señor”. Ya sé que Él no me promete una vida fácil, pero siento que camina a mi lado, que está siempre conmigo en todas las situaciones de la vida, dándome las fuerzas para enfrentar las dificultades. No somos nosotros quienes tenemos el destino en nuestras manos. Es Dios quien lleva la brújula de nuestra vida y toma la iniciativa. Nosotros podemos seguir el rumbo que Él marca o seguir otro camino.
El principal problema del hombre Dios ya lo ha solucionado. Es la condena eterna que fue pagada por Jesús. A partir de su muerte en la Cruz Cristo nos prometió estar a nuestro lado hasta el fin de los tiempos. Por tanto, lo mejor es confiar en Dios porque Él cumple lo que promete. Pídele al Señor con fe que te otorgue su sabiduría y su serenidad para enfrentar los obstáculos que se presentan en tu vida y verás como tu actitud será diferente.

orar con el corazon abierto

¡Gracias, Señor, porque estás siempre a mi lado! ¡Ayúdame a acrecentar mi confianza en Ti! ¡Tu sabes que es en Ti donde encuentro la felicidad y la tranquilidad para el día a día! ¡Señor, Tú sabes cuando he sufrido, cuánto he llorado, cuantas veces me he sentido tan pequeño, tan poca cosa, tan inservible! ¡Pero también sé, Señor, que nada de lo que he vivido ha sido ajeno a Ti! ¡Por eso, ahora y siempre, te pido Señor que me ayudes a creer firmemente en tu acción todopoderosa sobre mi, que me ayudes a creer en mis posibilidades, a encontrar un sentido a todo cuanto realice en esta vida! ¡Señor, soy consciente que detrás de cada experiencia negativa que he vivido estabas Tu, bendiciéndome y cuidándome! ¡Gracias, Señor, por Tu amor y misericordia! ¡Por eso te pido también que asistas a todos aquellos que sufren, que no confían, que no te conocen, que tienen miedo, que no saben, que dudan porque una sola mirada bastará para sanarles!

Una pieza espiritual, Locus Iste, para acompañar el texto de hoy:

Salirse por la tangente

Tenemos la tendencia a pasar por la vida pensando en nuestros problemas. Nos quejamos por las dificultades en nuestros trabajos, la incompresión de nuestro superior en la empresa, por las desavenencias en el matrimonio, las discusiones con los hijos o por tantas diversas situaciones que amargan nuestra alma.
Hay que pararse a pensar, a organizar nuestros pensamientos y comprobar donde pueden estar nuestros progresos. Hay que tratar de encontrar infructuosamente las causas. El problema es que, egoístas como somos, la tendencia es salirse por la tangente y pensar en cuestiones que nada tienen ver con la solución. Eso provoca que nuestros problemas y dilemas se convertían en obsesiones que llegan a atormentarnos.
¿Dónde radica el aprendizaje? En saber aplicar soluciones espirituales a cada una de las situaciones de la vida, esas que tantas veces nos llenan de incertidumbre, desasosiego, perplejidad o nos inquietan profundamente. Haciéndolo así ponemos nuestra nuestra inteligencia y todos nuestros procesos mentales en perspectiva.
La mente es un don recibido y tiene una enorme capacidad para desarrollar multitud de cosas positivas. Pero ese bien recibido tiene también sus limitaciones y, en ocasiones, puede agravar los problemas. Estamos acostumbrados a apoyarnos en nuestras facultades intelectuales en el sentido de abrirnos paso en la vida a base de idear soluciones. ¿No sería mejor que todos nuestros pensamientos y nuestras acciones tengan como guía los recursos espirituales más fecundos y profundos que los meramente humanos?

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¡Señor, ayúdame a corregir mi tendencia a pensar en mi mismo! ¡Elimina, Espíritu Santo, la queja de mi corazón! ¡No consientas que salga de mi boca palabra que turben! ¡No permitas que cargue con lágrimas inocentes las alforjas de mis actos! ¡No me dejes caer en la traición de la soberbia de corazón! ¡Haz que mis pensamientos y mis acciones tiendan simpere al bien!

Hoy acompaña esta meditación el Dixit Dominus a ocho voces de Giacomo Perti:
https://www.youtube.com/watch?v=7HwyQ-zVhqQ