Ver a Cristo en los desarraigados

Me descorazona cuando al caer la noche ves a tantas personas rebuscando entre la basura. Me provoca profundo dolor cuando observo a tantas personas pidiendo en las puertas de los supermercados. Me llena de tristeza cuando veo a ancianos o ancianas sentados en las esquinas de las calles de mi ciudad pidiendo limosna. Cada vez que paso cerca de alguna persona desfavorecida por la vida le pido a Dios por ellos. Se me hace necesario ser consciente de que el Señor está en cada uno de ellos. No solo en sus necesidades materiales sino en lo profundo, en lo espiritual, en lo íntimo de su corazón, aunque esas personas no tengan conciencia de ello. Se me hace imprescindible recordar que estas personas necesitadas no solo de lo material puedan tener los ojos cerrados a esa Presencia viva en sus propias vidas. Y soy consciente también que muchas de estas personas, dolidas por su sufrimiento, su pobreza y su desesperación, le hacen a Él responsable de cuanto les sucede.

Muchas veces trato de ser amable con ellos. Con José, sentado en las escaleras de la Iglesia del Sagrado Corazón con sus dos piernas inválidas. Con Marisa, la anciana octagenaria que se encuentra siempre a dos manzanas de mi casa. Silvana, la mujer de mediana edad ciega que pide ayuda en la entrada del supermercado. Con Isidoro, un anciano que se pierde por las calles de la ciudad. ¿Cómo llenar a estas personas de esperanza? ¿Cómo hablarles de Dios? ¿Cómo ayudarles en lo espiritual porque en lo material disponen de la asistencia de Caritas diocesana? ¿Cómo actuar para interpelarles y decirles que en su sufrimiento Dios les ama? ¿Cómo tener la capacidad de actuar, de ver con sus ojos, sentir con su corazón, entender con su alma…? Porque no es fácil ponerse en la piel del que no tiene nada porque siente que su vida vale la moneda que le colocan en ese vaso de cartón gastado por el transcurrir de los días.

Por eso hoy le pido al Señor que me llene de la gracia de unirme al corazón de los que sufren, de ser capaz de servir al que sufre y no tiene esperanza, que mi corazón no solo esté abierto a la oración sino también al desprendimiento, a la generosidad, a la entrega al necesitado para que, al menos, cuando alguien me mire a los ojos vea reflejado en mi el rostro de Cristo, la mirada de Cristo, la sonrisa de Cristo y la misericordia de Cristo en un acto auténtico de amor gratuito.

¡Señor, te pido por todas las personas que sufren, por los que no tienen nada, por los que carecen de lo esencial humana y materialmente, por los que son abandonados, por los que se han quedado sin recursos, por los que sufren y viven en el dolor, por los desempleados, por los que no pueden alimentar a sus familias, a los que están enfermos y solos…! ¡Ten misericordia de todos ellos, Señor, ya que son tus preferidos! ¡Y concédeme, Señor, la gracia de servirlos a todos con el corazón abierto, con total desprendimiento, con generosidad extrema! ¡Ayúdame a estar a su lado, para servirlos con el fin de que sientan tu presencia y tu consuelo, para responder a ese amor que tu nos entregas cada día! ¡Ayúdame, Señor ,a comprender que nuestra vida no tiene sentido sin tu presencia amorosa y misericordiosa! ¡Ayúdame a hablarles de ti para que sientan tu consuelo, para que sientan tu amor y desde la paz interior pueda también ayudarles a encontrar lo que necesitan! ¡Que mis manos, Señor, estén llenas de amor para darlo a los demás, para estar a lado de los humildes y de los que sufren! ¡Ven, Señor, y preséntate a todos ellos con tu caricia amable, tu sonrisa tranquilizadora, tu abrazo reconfortante y tus palabras suaves! ¡Ven, Señor, y compadécete de todos los que sufren y no te ven!

Hablar de Dios en la sociedad del cansancio

Ayer lunes realicé un viaje profesional desplazándome de mi ciudad a otra para visitar a varios clientes. Cinco horas de coche acompañado de una persona a la que aprecio y por la que oro cada día. Trabaja conmigo. Es un colaborador muy profesional, honesto, comprometido, sobresaliente en su trabajo, siempre aportando soluciones. Declaradamente agnóstico. Su vida, como la de tantos, no es fácil. Tres matrimonios fallidos y cinco hijos por el camino, tres de ellos jóvenes sin empleo y alguno con adicciones, confirmación que vivimos en una sociedad en la que se escucha el grito atronador de la incerteza y el sufrimiento.
El sufrimiento de este hombre es también el de una sociedad que a voz en grito clama por las desigualdades, la desesperanza, la inseguridad sanitaria, los conflictos sociales, las divergencias políticas insalvables, la falta de humanidad en unos que priman el olor del dinero por encima del bien común de los silenciados, las colas cada vez más dolorosas ante los almacenes de comida ofrecidos por la Iglesia o colectivos sociales, el deterioro de la tierra…
Cada día doy gracias a Dios por la estabilidad de mi vida, por mi trabajo, por mi familia, por mis hijos, por mis amigos, por encontrar el amor en quien me ama, porque mis problemas comparados con los de otros ruborizan… pero me duele ver que formo parte de una sociedad ahogada por el cansancio. No es única y exclusivamente un cansancio físico sino que, por encima de todo —y sobre todo—, es un cansancio que afecta a lo más profundo de lo humano, a lo psíquico y, especialmente, a lo espiritual que es la raíz de la existencia.
Vivimos en una sociedad en la que las personas que están más cansadas son la que tienen ingresos mínimos, que tratan de encontrar desesperadamente un trabajo cada vez más escaso, que no divisan la línea de la esperanza porque ese horizonte se ha borrado de su mirada. Ese cansancio existencial ahoga, agota, desespera y, la consecuencia de todo ello, es una parálisis del espíritu, un decaimiento del ánimo, un desespero que provoca hartazgo, inseguridad, desasosiego y arrinconamiento. Y falta de fe.
Durante una hora éste fue el tema de conversación con esta persona. Pero de esta situación de parálisis hay una palabra mágica, llena de luz y de esperanza: Creer. Tener la certeza de la fe. Y lo digo rugiendo de esperanza. Creo, creo que el Dios de la vida está presente en nuestras sociedades. Que lo hace ahondando en las cruces de la existencia humana. Es necesario proclamar en voz alta que el Dios de la vida existe, nos acompaña y se conmueve ante tanto sufrimiento humano.
Dios es un Dios de vida. No me imagino a un Dios que se deleite con el sufrimiento de sus hijos como tampoco creo en un Dios que se contente con los abusos, las desigualdades, los desórdenes, los atropellos, las arbitrariedades y las injusticias de nuestro mundo porque Su amor misericordioso es consustancial con su justicia.
Creo en el Dios de la vida. Como creo en el Cristo resucitado. Y creer en la resurrección tiene como correspondencia la defensa decidida de la vida de los abandonados de la sociedad, los más vulnerables, lo más frágiles, los menospreciados. Buscar a Jesús en la sociedad en la que vivimos implica el compromiso de unirse en oración y con actos con aquellos que cada día ven maltrecha su existencia y sus derechos vulnerados. Creer en la resurrección es poner la vida por encima de la muerte en cualquiera de sus variantes.
A los pocos días de Pentecostés, la misión que nos traslada Jesús es predicar la Buena Nueva; no es una cuestión de sobrevivir, el tema central es el servicio.
Entonces, ¿como le hablo yo del Dios de la vida a los cansados de este mundo? Haciéndome presente en sus vidas. Estando cerca de ellos. Replegando mis yoes para darme al prójimo. Saliendo a su encuentro. Hablándoles de esperanza. Buscando soluciones a sus necesidades. Implicándome en la caridad del servicio. Cargando sus cruces. Haciendo con mis palabras, actos, gestos, entregas, sentimientos y acciones que Dios se haga presente en sus vidas. Hoy son ellos… mañana podría ser yo. Pero en cada uno está Dios, vivo y presente, con los mismos cansancios. ¿Puedo quedarme impasible y replegado ante este hecho?

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¡Elevo hoy mi súplica hacia Ti, Dios bueno y misericordioso, por todos los que están cansados física, psíquica y espiritualmente! ¡Tu me llamas para acompañar a mi prójimo en el camino de la vida, en sus soledades y sufrimientos, en sus decaimientos y sus desgracias para que unido a Tu Hijo, que sufrió en la cruz, pueda llenar de esperanza su corazón! ¡Tu me invitas, Padre, a orar por ellos, para alimentar su corazón de esperanza y para que por medio de mi intercesión te hagas muy presente en sus vidas! ¡Padre, tu me invitas a consolar, a aliviar, a acoger, a consolar, a alegrar los corazones cansados y desesperados! ¡Pero que no sea yo quien lo haga sino tu por medio mío! ¡Envía tu Espíritu sobre todos ellos, Dios de la vida, para que sientan que son tus preferidos, que los amas y los sostienes, que avives en su corazón tu amor eterno! ¡Te ofrezco mi vida, Padre, para que hagas de ella un instrumento de tu amor en el prójimo; hazme caritativo, servicial, entregado y generoso; un ser amoroso que se entregue por los demás para que sientan tu presencia! 

En tiempos de pandemia ¡acudir al Espíritu!

Antes del virus que ha asolado el planeta y que ha cercenado nuestras vidas de una manera inesperada muchos creían que en la vida lo relevante era el poder y la seguridad que da el dinero, el reconocimiento social, la lucha por la perfección estándar de cara a la galería, el disfrutar de la vida sin reparar en nada ni en nadie… pero entonces se presenta la adversidad, pierdes a un ser querido, la salud se desquebraja, te quedas sin empleo o sin ingresos porque tu negocio permanece cerrado y sin clientes, tienes que afrontar los retos que la vida te presenta, esas secretas ambiciones fracasan… y, en estas circunstancias, se necesitan respuestas a preguntas que antes no te cuestionabas. Desde la fe, el cristiano sabe que su transitar por esta vida no es en soledad; que no estamos solos, que hay un Dios Padre Todopoderoso, que por encima de todo es Amor, que es el Creador y Hacedor de la vida, que nos acompaña y nos sostiene, que no nos quita las pesadas cruces ni los amargos problemas que se nos vienen encima pero que provee Su ayuda para cargarlas con entereza. Es el Dios que da sentido verdadero a nuestra existencia. Es quien, por medio del Espíritu Santo, nos otorga la fuerza para dar profundo sentido al sufrimiento y a la cruz del día a día. En tiempos de pandemia ¡que gran sentido tiene acudir al Espíritu de la Verdad que nos ilumina, hace vibrar nuestro corazón frágil y quebradizo y nos permite sentir que no estamos solos! El Espíritu de Dios es la fuente de la fortaleza del hombre para vencer los miedos y temores porque no nos ha dado Dios el espíritu de temor, sino el de fortaleza, de amor y de templanza.
Esta crisis que estamos viviendo es una oportunidad para avanzar en la fe, en la confianza, en la esperanza sin que nos venza el desánimo ni la tristeza, fuertemente agarrados al Espíritu.
El Espíritu que proviene de Dios espera de nosotros el día luminoso en que logremos la interiorización de las cosas sin miedo, contemplándolas con la luz interior que nos faculta para alcanzar una viva, profunda y atenta conciencia que elimine de nuestra vida el egoísmo y la soberbia, la necedad y la simpleza y, fundamentalmente, nuestros apegos tan arraigados en el corazón y los miedos que nos atenazan. No seremos ni mejores ni peores, sino personas auténticas, cristianos de verdad, que no se esconden detrás de máscaras volubles. Y estos cambios que nazcan en nuestra vida no serán consecuencia de nuestros proyectos y esfuerzos, sino el fruto maduro de entrega al Padre y una naturaleza vivificada a la luz del Espíritu. ¡Se acerca la gran fiesta de Pentecostés y quiero que me coja unido a la verdad del Espíritu!

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Deseo que hoy mi oración sea una consagración plena con el corazón abierto al Espíritu Santo, dador de vida:

Recibe ¡oh Espíritu Santo!, la consagración perfecta y absoluta de todo mi ser, que te hago en este día para que te dignes ser en adelante, en cada uno de los instantes de mi vida, en cada una de mis acciones, mi director, mi luz, mi guía, mi fuerza, y todo el amor de mi corazón.
Yo me abandono sin reservas a tus divinas operaciones, y quiero ser siempre dócil a tus santas inspiraciones.
¡Oh Santo Espíritu! Dígnate formarme con María y en María, según el modelo de tu amado Jesús. Gloria al Padre Creador. Gloria al Hijo Redentor. Gloria al Espíritu Santo Santificador. Amén

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, tu  relación el Espíritu Santo fue siempre muy estrecha y a la vez privilegiada. Todo tu ser, tus acciones y tu Misión como Madre se movieron a la Luz del Espíritu Santo.
Te ofrezco: vivir solícito a la voluntad del Padre y abrir mi corazón al Espíritu Santo para convertir mis esfuerzos y proyectos en caminos de entrega a la luz de sus dones.

Acudir a María, Salud de los enfermos

Último sábado de marzo con María, Salud de los enfermos, en lo más profundo de mi corazón. El número de infectados y fallecidos por el virus que asoma el mundo aumenta. Las cifras son números, las víctimas y los contagiados son seres humanos con nombres y apellidos e historias familiares. Las cifras hablan de una realidad, las personas hablan de sufrimiento humano.
Hay una enfermedad común que va más allá del contagio. Es la que une a enfermos, personal sanitario y familiares. Es una enfermedad silenciosa, en forma también de virus: la tristeza que nos embarga.
Tristeza ante tanta impotencia de los sanitarios que no dan abasto para atender a tantos enfermos; tristeza por ver a tanta gente caer enferma; tristeza por los familiares que ven perder a sus seres queridos y no poder despedirse de ellos cogiéndolos de la mano, dándoles un abrazo o, simplemente, besando su rostro enfermo; tristeza por tanto sufrimiento que Dios envía y permite porque Él todo lo tiene controlado.
Estamos terminando la Cuaresma. Vamos directos a la Pasión de Jesús, que muchos están viviendo en carne propia. Cruces pesadas y dolorosas en tiempo de desierto. Y aquí surge María, la Madre, Salud de los enfermos, Consoladora de los afligidos. En silencio, al pie de la cruz de tantos, en la esquina de cada cama del hospital, en las manos de cada sanitario, en el corazón de cada familiar que sufre, aunque no crea siquiera. Allí aparece Ella, sin pronunciar palabra pero llenándolo todo con su presencia. Elevando sus súplicas al Padre. Y haciendo lo que mejor sabe hacer Ella, la Madre del hágase tu voluntad y del fíat: acompañar al hijo que necesita de su consuelo.
Hoy le pido a María que no ceje en su misión de corredentora, en su misión de Madre, en su misión de salud de los enfermos. Que se haga más presente que nunca en cada cama del hospital, en cada residencia de ancianos, en cada casa donde estamos todos confinados, en que cada enfermo que agoniza, en cada UCI de cada hospital del mundo entero. Que en el silencio de su presencia, junto a la cruz de cada uno, consuele, ampare, seque las lágrimas del dolor y de la desesperanza, que acoja los sufrimientos y los llene de confianza, que ante la triste amargura de tantos otorgue la fortaleza para confiar en la providencia del Padre. Que de manera invisible coja cada uno de los cuerpos de los enfermos y los ponga en su regazo para transmitirles paz interior y serenidad en el alma; que mitigue su dolor y lo haga consuelo vivo. Yo confío en María, amo a María, y he vivido en mi propia vida las gracias de María.
Por eso le imploro: ¡María, Tu estuviste a los pies de la cruz, y conociste en primera persona los estragos de la tristeza, haz que tu presencia en cada hospital del mundo sea un motivo de esperanza y no dejes de velar por la salud de cada uno de tus hijos!

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¡María, Tu estuviste a los pies de la cruz, y conociste en primera persona los estragos de la tristeza, haz que tu presencia en cada hospital del mundo sea un motivo de esperanza y no dejes de velar por la salud de cada uno de tus hijos! ¡María, Salud de los enfermos, de los necesitados, de los que agonizan, de los que no tienen fuerzas, de los contagiados por el coronavirus y otras enfermedades, Tú que caminaste a paso firme y con dolor hacia el Calvario acompañando a tu Hijo, Tu que permaneciste arrodillada a los pies de la Cruz viendo morir a tu Hijo entre tanto sufrimiento, Tu que fuiste copartícipe de tanto dolor, abre tus manos santos y bondadosas y acoge cada sufrimiento de cada hijo tuyo como si fuese tuyo y elévalo al Padre; une María cada uno de los sufrimientos de tantas personas en todos los rincones del mundo a los de Jesús, llénalos a todos de tu consuelo y de tu esperanza! ¡María, te pido con el corazón abierto que te hagas presente en el corazón de cada ser humano, que te hagas presente con tu mirada de consuelo, con tus manos sanadoras, con tus sonrisa de Madre para dar paz al alma! ¡Ayúdanos, María, a no perder nunca la fe y la esperanza! ¡Ayúdanos a repetir contigo, con esperanza y amor, que se haga en mí según tu Palabra, que demos un sí siempre al Dios amor que todo lo permite y todo lo controla! ¡Hazte, María, salud de los enfermos y consoladora de los afligidos, a comprender la voluntad de Dios y a sacar positividad ante tanto dolor que nos embarga! ¡María, Madre del amor y de la misericordia, que en este tiempo de cruces no dejemos de contemplar a tu lado el rostro de tu hijo colgado en la cruz pero también la luz resplandeciente de su Resurrección gloriosa! ¡Todo tuyo, María, siempre tuyo!

El difícil compromiso de amar la enfermedad en tiempos de Coronavirus

En estos días de dolor y tristeza por tantos contagiados y tantos fallecidos surge en mi corazón algo que puede llegar a contrariar y crear rechazo. Pero ¡que importante es amar con el corazón abierto la enfermedad que a uno le sobreviene! Lo digo cuando, en el refugio de mi hogar, nadie de mi entorno más cercano sufre esta situación. Pero este tiempo, me recuerda a mi padre que murió a consecuencia de un cáncer múltiple de páncreas y de hígado. Él fue para mí un ejemplo de testimonio de fe, amando su enfermedad. Él decía que el cáncer lo tenía él, no era el cáncer quien poseía su cuerpo. Con este planteamiento ponía la enfermedad en su corazón y le permitía amar su dolor en el sufrimiento. Vencía a este terrible enemigo en su oración de cada día y eso le hacía mostrarse esperanzado ante el sufrimiento que le carcomía la vida.
Cada seis horas se actualizan las cifras de enfermos y de fallecidos. Las flechas marcadas en rojo suben como la espuma. Eso nos hace darnos cuenta de la fragilidad humana, de la debilidad del hombre, de que la enfermedad es, sin esperarlo, algo intrínseco que cercena la vida del ser humano. Que la vida es tan efímera que un virus transparente surgido de no se sabe donde se apropia de tu vida y la desmorona en pocos días.
Amar la enfermedad. Difícil compromiso para el ser humano. Es el momento de intensificar la oración, la plegaria, el compromiso por el otro, el hacer sacrificio por los que sufren, por los que no tienen fe ni esperanza, por los que yacen en las UCIs de los hospitales… Orar con el corazón abierto por tantos enfermos porque ellos representan al Cristo en la cruz, ellos testimonian de manera clara y perfecta el amor del Padre por el ser humano que Él, con infinito amor, ha creado.
El enemigo de la enfermedad es perder la paz y la esperanza. La enfermedad trata de desnudar tu debilidad, tus certezas, tus anhelos, tus ilusiones, tu paz interior, tus pensamientos, tus esperanzas, tus criterios vitales… Es hora de intensificar la oración para que todos los que hoy sufren no se sientan golpeados por el dolor sino acariciados por el amor del Cristo sufriente. Orar para que todos vean en su enfermedad al Dios que ama. Orar para que sean fuente del amor imperecedero. Dios en su gloria se hace presente en el sufrimiento humano. Orar, orar, orar sin cesar para que esta lacra pase pronto y para que se haga la voluntad de Dios en la tierra.

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Oración contra el coronavirus

Señor Jesús, nuestro Médico Divino te pedimos que nos guardes y protejas del coronavirus y de todas las enfermedades letales.
Ten piedad de todos los que han muerto.
Sana a todos los que están enfermos.
Ilumina a todos los científicos que están buscando un remedio.
Fortalece y protege a todos los asistentes sanitarios que están ayudando en estos momentos a los enfermos.
Dales la victoria a todos los responsables civiles que están intentando limitar el contagio, y dale la paz a todos los que tienen miedo y están preocupados, especialmente los ancianos y las personas en situación de riesgo.
Que tu Preciosa Sangre sea nuestra defensa y salvación.
Por tu gracia, transforma el mal de la enfermedad en estos momentos de consolación, crecimiento en la fe y esperanza.
Que temamos el contagio del pecado más que cualquier otra enfermedad.
Nos abandonamos con toda confianza en tu infinita misericordia.
Y a ti, María, Salud de los Enfermos, estamos seguros del poder de tu intercesión, de modo que, como lo hiciste en Caná de Galilea, la alegría y celebración puedan regresar después de este momento de prueba.
Ayúdanos, Madre del Amor Divino, a conformarnos a la voluntad del Padre y a hacer lo que Jesús nos dice:
Él que nos enseñó a “amarnos los unos a los otros, como yo los he amado a ustedes” tomó nuestros sufrimientos sobre sí mismo y llevó nuestras penas para llevarnos, a través de la Cruz, a la alegría de la Resurrección.
Pon bajo tu manto de protección a todos los que dan cuidado a los enfermos y atienden a sus necesidades, como tu Hijo nos implora que hagamos el uno por el otro. Amén

Junto a los enfermos al lado de Nuestra Señora de Lourdes

Hoy se celebra la festividad de Nuestra Señora de Lourdes. La Virgen de Lourdes se apareció Bernardita Soubirous,  una niña de catorce años, sencilla y sin formación, pero muy devota de la Virgen María y el santo Rosario. Los que en la familia tenemos un enfermo cerca podemos tener en esta jornada un encuentro especial con la Virgen, Salud de los enfermos, como proclamamos en el Rosario.
La relación de María con la salud de los enfermos y con el sufrimiento del ser humano comienza en las mismas páginas de los Evangelios. María se desvive por los que sufren y es sensible a los sufrimientos y desesperanzas, tristezas y congojas de los que a ella se acercan. Desde el momento mismo de la Anunciación, en esa comunión única con el Hijo, participó María en la misión salvadora encomendada por Dios, asumiendo con humildad y valentía su condición de Madre y de creyente.
En la fragilidad humana queda al descubierto el sufrimiento de la persona que es acogida por las manos misericordiosas del Padre a la luz de la bondad y gracia de Nuestra Señora. Hoy es una jornada para contemplar la enfermedad con ojos de misericordia y observar en la fragilidad y debilidad de los enfermos la mirada amorosa del Dios del Amor y la Misericordia.
Es un día para abrir el corazón de par en par y comprender que mi ser cristiano implica que mi corazón debe estar predispuesto para la obra de Dios, sirviendo al prójimo de manera desinteresada, generosa, caritativa y amorosa, especialmente entre los que sufren, los enfermos y los más necesitados.
Hoy, reunido en la Santa Misa en torno al altar y en el santo Rosario, pondré de manera particular a todos los enfermos que tengo cerca en manos de María y de Cristo, Madre e Hijo que dan calor a nuestro corazón pero también a todos los que se dedican con extraordinario amor al cuidado de los enfermos, a los médicos y las enfermeras, a los voluntarios y a las familias que se entregan generosamente a atenderlos. Cristo camina al lado de todos y es, con María, el que difunde en nuestra vida la paz del corazón y la esperanza de la sanación. Madre e Hijo son los que nos sostienen en los momentos de oscuridad.
El sufrimiento va unido a nuestro camino de vida. Aceptarlo por amor a Dios es nuestra manera de llevar nuestra santificación cristiana unidos a su Hijo Jesús. Hoy de la mano de Nuestra Señora de Lourdes está en mi ánimo vivirlo así y seguir viviéndolo cada día.

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Hoy mi oración es una hermosa plegaria de Juan Pablo II dedicada a la Virgen de Lourdes que cada año rezo en estas fechas:

Ave María, mujer pobre y humilde, ¡Bendita del Altísimo! Virgen de la esperanza, profecía de los tiempos nuevos, nosotros nos asociamos a tu canto de alabanza para celebrar las misericordias del Señor, para anunciar la venida del Reino y la plena liberación del hombre.

Ave María, humilde sierva del Señor, ¡gloriosa Madre de Cristo! Virgen fiel, morada santa del Verbo, enséñanos a perseverar en la escucha de la Palabra, a ser dóciles a la voz del Espíritu, atentos a sus llamadas en la intimidad de la conciencia y a sus manifestaciones en los hechos de la Historia.

Ave María, mujer del dolor, ¡Madre de los vivientes! Virgen esposa ante la Cruz, nueva Eva, sé nuestra guía por los caminos del mundo, enséñanos a vivir y a difundir el amor de Cristo, a permanecer contigo junto a las innumerables cruces sobre las cuales tu Hijo está aún crucificado.

Ave María, mujer fiel, ¡Primera discípula! Virgen Madre de la Iglesia, ayúdanos a dar siempre razón de la esperanza que está en nosotros confiando en la bondad del hombre y en el amor del Padre. Enséñanos a construir el mundo desde dentro: en la profundidad del silencio y la oración, en la alegría del amor fraterno, en la fecundidad insustituible de la Cruz.

Santa María, Madre de los creyentes, ruega por nosotros. Amén.

Dios obra el milagro de la sanación

Alguien por el que siento un profunda estima tiene el corazón herido, su salud está desquebrajada por una grave enfermedad. Rezo intensamente por él porqué sé que Dios sana. Es una verdad que nadie puede negar. Cuando hacemos referencia a la sanación hablamos de una imperiosa necesidad actual. La voluntad de Dios es que todos estemos sanos, no es cierto que quienes sufren enfermedades, sean del cuerpo o del alma, es porque Dios lo desea. Quienes tienen este pensamientos no intentan encontrar en Él la respuesta a su crecimiento interior y a sus necesidades de salud.
Dios envío a su Hijo para darnos la vida y dárnosla en abundancia. En boca de Jesús no hay una sola frase en la que dijera que la tribulación, el sufrimiento, el dolor o la tribulación fueran voluntad de su Padre. Lo único que manifestó es que Dios permite la enfermedad en la vida humana como manifestación de su gloria. Entendiendo esto comprendemos que Dios anhela que el hombre esté sano en espíritu, cuerpo y alma.
En la Biblia hay infinidad de textos en los que Dios manifiesta su inmenso amor y su eterna bondad. A mi me sobresalta el Salmo 147 que exclama que «Él sana a los de corazón roto y venda sus heridas…».
Rezo por mi amigo, pero también le aconsejo que ore él con fe y con confianza abundante porque quien pide y ruega al Señor, es escuchado. Dios gusta de escuchar las plegarias de quien le invocan porque es un Padre amoroso que se deleita en la confianza de sus Hijos aunque conozca sus necesidades, dolores, sufrimientos, desesperanzas y enfermedades. Pero, además, le recomiendo que se confiese, para purificar su corazón del pecado y renunciar a lo malo que hay en su interior y acudir a Él en su petición con la gracia santificante de la confesión. Que acuda a la Eucaristía para recibir al que es dueño de su vida, el único en cuyas manos está devolverle la salud quebrada. Y, finalmente, que ore por su médico para que a través de sus conocimientos y de sus manos Dios pueda actuar en él porque Dios utiliza instrumentos para obrar el milagro de la sanación.
Dios no quiere a ningún hijo suyo enfermo, quiere sanar sus dolencias porque lo único que anhela es su felicidad, libre de todo dolor.

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¡Señor, pongo hoy en tus manos todas aquellas personas que a mi alrededor sufren dolencias físicas o espirituales! ¡Tu, Jesús, te hiciste hombre para redimirnos y sanar a los enfermos, míralos con piedad y cura aquellas heridas que cada de ellos uno tengan! ¡Reconforta a cada uno de ellos con tus manos amorosas y misericordiosas y con la fuerza de tu poder haz que sus corazones se llenen de esperanza para superar todos sus males; y permite que confíen plenamente en la eficacia del dolor para su santificación, transformación y salvación! ¡Haz, Señor, que siempre sepamos ver que tu nos otorgas el dolor como designio de tu gran amor y tu infinita misericordia! ¡Ayúdanos a saber llevar la cruz de la enfermedad y que nuestro sufrimientos tengan un fin de eternidad! ¡Espíritu Santo, envía a cada enfermo la gracia de la fe para que ésta crezca en su interior, para que su esperanza no se debilite y la paz habite en su corazón!

La fuerza poderosa del nombre de Jesús

«Se le dio el nombre de Jesús». Un nombre que procede del cielo mismo, ya que en hebreo indica «Dios salva». Un nombre del que hoy celebramos la fiesta, la del Santísimo Nombre de Jesús. El nombre que representa en toda su grandeza a la Persona divina del Verbo hecho hombre. El Nombre sobre todo nombre. El nombre de la santidad hecha hombre. El nombre que representa el Amor encarnado. El secreto de la esperanza, la misericordia y la felicidad que todo hombre puede anhelar en el camino de la vida.
El de «Jesús» es el nombre que el ángel le susurró en sueños a san José para que lo pusiera a su hijo porque era el iba a salvar «a su pueblo de sus pecados». Por eso en el nombre de Jesús todos los pecados son perdonados, los enfermos curados, los ciegos recobran la vista, los sordos se recuperan de su sordera, los cojos pueden andar… Y es así porque el de Jesús es un nombre bendito y poderoso.
Y si es bendito y poderoso tiene que ser proclamado con respeto, amor, veneración y fe. De ahí que en el corazón mismo de todas las oraciones cristianas se pronuncie con amor el nombre de Jesús porque diciéndolo le estamos pidiendo con confianza a Dios lo que necesitamos para ser escuchados.
¡Qué hermoso darse cuenta que al terminar nuestras plegarias digamos siempre con esperanza «Por Jesucristo Nuestro Señor»!
¡Qué hermoso entender que en cada ocasión que pronunciamos el nombre de «Jesús» estamos glorificando al Padre al ofrecerle los méritos de la Pasión y Muerte de su Hijo!
¡Qué hermoso concebir que en cada ocasión que pronunciamos el nombre de «Jesús» manifestamos un gran amor por el Amor más perfecto y damos gloria a Dios!
¡Qué consolador resulta al pronunciar el nombre de «Jesús» sentir que los dolores se amortiguan, el sufrimiento se aminora, los sinsabores se aplacan y las tristezas desaparecen!
¡Qué hermoso es pronunciar el nombre de «Jesús» y saber que si se le pide alguna cosa al Padre, él nos la dará en el nombre de Jesús!
¡Qué maravilloso es pronunciar el nombre de «Jesús» y saber que obtenemos indulgencias para las almas del purgatorio!

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¡En un día como hoy quiero especialmente, Jesús, proclamar con absoluta devoción tu santo nombre! ¡Quiero estar estrechamente unido a Ti porque solo en Ti está la salvación! ¡Quiero profesar con fe y esperanza que eres el Señor! ¡Deseo aclamarte, Señor Jesús, como el amigo que me acompaña, que me salva de tantos males, que llena mi alma y mi corazón de paz y de gozo! ¡Jesús, eres mi estímulo para vivir y caminar hacia la gloria eterna, eres el motivo para trabajar por tu reino, eres la razón para mantener vivo en mi pobre corazón el amor y la esperanza! ¡Jesús, proclamo con alegría que eres el Camino, la Verdad, y la Vida! ¡Jesús, elevo mi plegaria y proclamo con alegría que eres mi vida ya que sin Ti mi vida no tiene significado y nada vale! ¡Jesús, eres el Salvador que alimenta mi fe y me salva de mis constantes caídas! ¡Jesús, Señor, eres el Alfa y el Omega de mi vida, que velas por cada uno de los pasos tantas veces tortuosos de peregrinar por este mundo! ¡Jesús,  eres el Pan de Vida que alimenta mi alma cada día en la Eucaristía! ¡En Tu santo nombre, Jesús, proclamo mi fidelidad a Ti! ¡Me uno a María, Madre y Señora, que en tu bendito vientre gozaste del fruto más hermoso que ha dado la creación, Tu Hijo Jesús! ¡Que con tu ayuda, Madre, sea capaz siempre de pronunciar con profunda fe y devoción el Santo Nombre de Tu divino Hijo!

Los santos inocentes

Tres días después de contemplar al Niño del pesebre, la liturgia nos invita a celebrar la fiesta de los Santos Inocentes. Hoy honramos la santidad de estos niños pequeños que fueron víctimas de la crueldad del rey Herodes furioso por haber sido engañado por los Magos que regresaron por otra ruta a sus lugares de origen.
Este día es muy oportuno para recordar que la santidad es sobre todo un regalo gratuito de Dios. Se nos pide que recibamos este regalo como niños pequeños, sin obstáculos. Su sacrificio permite entender que el Reino es para aquellos que son como ellos. Además, para marcar la preeminencia al que siempre se comporta como el más pequeño, el más humilde, el más sencillo.
Te recuerda también que, si la venida de Jesús es una gran noticia para nosotros porque Él es nuestro Salvador que viene para liberarnos de la muerte y el pecado, el camino es el de la cruz. El martirio de los santos inocentes anuncia el martirio de los inocentes por excelencia: Jesús, al que siempre hay que imitiar.
Celebrar los Santos Inocentes tres días después de Navidad no solo es un recordatorio de que los dos eventos están relacionados, sino también contemplar en el Niño Jesús a aquel cuyo profundo amor por nosotros lo conducirá a la muerte. El que adoramos en Navidad no es solo al Niño Jesús, es a Jesús el Salvador, muerto y resucitado por nosotros.
Es a través de la Cruz, y no a pesar de ello, que estamos invitados a celebrar la alegría de la Navidad. Ahora sabemos que la Cruz a veces puede ser muy pesada incluso y, quizás especialmente, en Navidad. Sin embargo, misteriosamente, la alegría también está ahí.
Hoy me uno especialmente al dolor de los padres de estos pequeños asesinados brutalmente por Herodes que me recuerda que muchos hombres, mujeres y niños viven la Navidad con profundo dolor y sufrimiento debido a la enfermedad, a la pérdida de un ser querido, al no poder llegar a final de mes, por la privación de libertad, etc. También me uno al dolor de todas las personas inocentes que aún mueren cada día víctimas de la guerras, de la miseria en sus países… y del aborto.
¡Ojalá la gracia de la Navidad me de suficiente amor, imaginación y coraje para luchar sin descanso desde la oración y mis actos para salvar a estas inocentes víctimas de los poderosos que hoy dirigen nuestras sociedades!

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¡Señor, Rey de Reyes, naciste como un niño frágil y humilde y después de la adoración de los reyes mientras permanecías acostado en el pesebre, creyendo perder su reino, Herodes ordenó matar a niños inocentes! ¡Que siempre tenga presente que has venido para salvarnos del pecado y destronar al diablo que acampa por el mundo llenando de odio tantos corazones humanos! ¡Que vea siempre en Ti al Salvador del mundo y sepa vivir siempre con el corazón abierto a la gracia y no con un corazón torturado por el ansia del poder, del dinero, del egoísmo…! ¡Vivimos, Señor, en un mundo donde los Herodes están muy presentes, donde el mal impera y anida en muchos corazones humanos, concédeme la gracia de ser testimonio de verdad para cambiar su vida! ¡Ayúdame a dar esperanza a aquellos sumidos en la drogadicción, a los vicios, la los que en sus familias hay desesperanza, destrucción o separación, los que roban la vida de niños inocentes practicando el aborto,  los que degradan la dignidad humana, a los que aplacan la libertad, a los que son maltratados por sus deficiencias físicas, a los que son humillados por su color de piel, a los que son perseguidos por cuestión de su fe por Ti, a los que son asesinados por razón de sus creencias…! ¡Los pongo ante los pies de Tu Cruz, Señor, para que los acojas con tu infinito amor! ¡Hazme, Señor, instrumento de tu amor, de tu compasión y de tu misericordia y te pido perdón cada vez que cometa una injusticia que te hiera, cada vez que abandone al prójimo que me necesita, cada vez que gire la cara al que reclama mi ayuda, cada vez que atropelle a otro con mis acciones o mis gestos, cada vez que lo maltrate de palabra o de obra, cada vez que me cruce de brazos cuando alce la voz reclamando mi auxilio! ¡Llena mi corazón, Señor, de bondad para no convertirme en un Herodes contemporáneo que actué con indiferencia ante los que tengo cerca!

La grandeza de Dios

A lo largo del pasado fin de semana, acompañado de un nutrido grupo de personas que asistían a un encuentro espiritual, he sentido con gozo como el Señor ofrece la misma cálida bienvenida al más grande de los pecadores como al que transita sencillamente sin hacer ruido por su camino hacia la santidad personal.
Que con su ternura y su amor misericordioso abraza tanto al que pasa por la vida arrastrándose entre el dolor, la desazón, la tribulación y el sufrimiento como al que las cosas no le dejan de sonreír.
Que no hace distinciones para tenderle sus manos acogedoras al soberbio y orgulloso como al humilde y servicial.
Que ama por igual al que tiene una fe viva fruto de la herencia o de un encuentro con Él como a aquel que reniega, duda, busca o es escéptico al encuentro con Su Amor.
Que es paciente y amoroso con los que tienen el corazón tan duro como una piedra como con los que tienen el corazón herido y lloran por las desventuras de su realidad cotidiana.
¿Cuál es el secreto? ¿Cuál es la grandeza de Dios? Que Dios es Amor. Que uno puede confiar ciegamente en sus promesas, porque éstas nunca cambian y, sobre todo, porque su amor es infinito y nunca termina.
¡No hay nada más hermoso que sentir el amor y la ternura de Dios! ¡Gracias, Señor!

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¡Gracias, Señor, porque puedo reconocer en mi propia vida lo mucho que me amas! ¡Gracias, Señor, por tu infinito perdón, que derramas sobre mi cada día a pesar de mis infidelidades, mis incoherencias y mi incapacidad para amar! ¡Gracias, Señor, por tu amor infinito, porque me fortalece cuando me faltan las fuerzas, porque aumenta mi fe cuando las dudas me embargan, me consuela cuando me invade la tristeza, me levanta cuando caigo y peco, me escucha cuando te llamo, me serena cuando me siento intranquilo, me guía cuando estoy perdido, me endereza cuando tomo la senda equivocada, me ilumina cuando la oscuridad me invade, mi alienta cuando desespero, se alegra conmigo cuando las cosas funcionan! ¡Gracias, Señor, por estas siempre a mi lado! ¡Envíame tu Santo Espíritu para que me llene con tu presencia y sepa amar como amas Tu, sepa mirar como miras Tú, sepa sentir como sientes Tu! ¡Gracias, Señor, por los momentos buenos y los difíciles porque están impregnados de Tu Amor!