¿He hecho un camino hacia mí mismo o un camino de apertura hacia los demás?

La historia de nuestra existencia es un viaje que exige volver de manera constante hacia uno mismo, interiorizar para conocerse mejor, saber quienes somos, hacia donde dirigimos nuestra vida, como desarrollamos nuestra personalidad, los elementos que identifican nuestra autenticidad, los principios profundos que sostienen nuestros valores, el nivel de nuestra conciencia. Probablemente  este sea el camino más relevante que hemos de recorrer a lo largo de nuestra existencia.

El proceso del conocimiento interior se asemeja a una danza, en la que te mueves hacia adelante y hacia atrás, en un movimiento acompasado por la música de la vida. Hay momentos que das la vuelta, que das unos pasos certeros hacia adelante y, en otros, retrocedes al mismo ritmo o a un ritmo más desacompasado. En otras, incluso, si das un mal paso puedes llegar a caer. Al final es el equilibrio el que prima en cada circunstancia para que haya un balanceo acorde con el vivir.  

Me lo aplico a mi mismo pero es general a todas las personas. Hay momentos en que tu conciencia te permite adentrarte en tu realidad de una manera más profunda, te permite desnudarla con valentía, el conocimiento de ti mismo te hace tener más coraje, tu yo vivirlo con humildad. En otros, te cierras a la verdad viviendo desconectado de lo que es importante, disperso ante la realidad que te envuelve, insensible a los que te rodean, perdido en el camino que debes realmente adoptar. Con esta actitud, sufres y sufren contigo los que te aman.

Cuando tienes paz interior la vida se ve con ojos diferentes a cuando estás vacío interiormente porque tus seguridades y certezas siendo las mismas trabajan de manera diferenciada.  

Las inquietudes humanas, la enfermedad, el sufrimiento, las dificultades son parte del camino que hemos de vivir cada día. Comprender que esto forma parte de la realidad de la existencia y acogerlo con humildad y conciencia nos hace más humanos porque destruye ese la vanidad de querer controlarlo todo. Lo que fortalece es tener una mirada trascendente evitando la absolutización de lo que te sucede porque con una mirada que va allá uno sale fortalecido.

Cuando pones conciencia e intención con las circunstancias que estás viviendo y con los que te rodean y quieren tu bien y te alineas con la Verdad, te abres a la gracia, te dejas llevar con esperanza ante las olas a veces frenéticas de la vida y acabas regresando a ti mismo.

Es necesaria también una apertura para permitir que la vida nos sorprenda cada día, e incluso, que nos desafíe y estimule. Pero solo regresando al ser, a lo profundo de tu yo, al sentido de tu vida, eres capaz de desvelar quien eres, como afrontas lo que te sucede, el valor de lo que y porque te sucede y encuentras un equilibrio certero y ajustado entre lo que eres y tu relación con el mundo que te envuelve y con las personas que te aman y quieren tu bien. 

El resumen es que lo importante es tener un horizonte vital, asentándote en lo que de verdad te sostiene, con un anhelo de vivir en sintonía con el Amor y con la Verdad, en sintonía y unión con los que te aman y amas, con las circunstancias que vives por mucho que la vida te regale curvas vertiginosas y golpes inesperados. Y la cuestión es, mirando hacia atrás en este año que termina, ¿lo he vivido así? ¿cómo he afrontado los retos que se me han presentado? Y quizá lo más importante: ¿he hecho un camino hacia mí mismo o un camino de apertura hacia los seres que amo y que me acompañan, apoyan, sujetan, «aguantan», protegen y sostienen?

¡Señor, a punto de terminar el año te doy gracias por esta nueva jornada en la que tan necesitado estoy de tu amor y de ternura, del amor y la ternura de los que me rodean! ¡Te doy gracias, Señor, porque nunca me dejas solo y porque estoy acompañado de numerosas personas que me aman! ¡Gracias, Señor, porque a través de mis seres queridos abres tu mano y derramas sobre mi todas las bendiciones que necesito para afrontar los retos cotidianos! ¡Te pido, Señor, me concedas las fuerzas para perseverar y no desfallecer ante los retos de la vida, dame la capacidad para confiar y creer en mi mismo, para apoyarme cuando debo en los demás, para no tener miedo a los desafíos que me pone la vida! ¡Señor, dame paz y serenidad interior para sentir que estoy en tus manos amorosas y misericordiosas y comprender que todo lo que me sucede tiene un sentido! ¡Señor, pongo mi vida en tu manos porque siempre harás lo que sea mejor para mi vida! ¡Deseo, Señor, sentir tu presencia en medio de todo lo que vivo y me sucede! ¡Abro mi corazón hacia Ti, Señor, para que lo llenes de gozo, de alegría, de felicidad y de esperanza! ¡Te doy gracias, Señor, por cada dificultad que se abre camino en mi vida porque en todas y cada una de ellas soy capaz de descubrir que eres Tú quien me concede lo que necesito en cada momento! ¡Te doy gracias, Señor, por la dificultades que se me presentan porque en estos momentos es cuando más siento Tu presencia y me ayudas a enfrentarlo todo por medio de la fortaleza interior, la oración, la esperanza y las personas que me acompañan! ¡Señor, gracias porque confío en que te haces siempre presente en mi vida, estás a mi lado y me apoyas en todo! ¡Gracias por las personas que están a mi lado, bendícelas y llénalas de tu amor! ¡Gracias, por el amor, el afecto y el cariño que recibo de ellas que hacen abrirme a la esperanza! ¡Y, sobre todo, Señor, ayúdame siempre a tener un anhelo de vivir en sintonía con el Amor y con la Verdad, en sintonía y unión con los que me aman y amo!

Inocentes que ocupan el corazón de Dios

Hoy la Iglesia celebra la festividad de los Santos Inocentes. Contemplando en este día el pesebre de Belén vemos como se cierne sobre Cristo la sombra de la cruz y la espada que traspasará el alma de la Virgen. La persecución de Herodes provocará la muerte de unos niños, los primeros mártires de la historia, y la obligada huida de la Sagrada Familia a Egipto.

Hasta este acontecimiento provocado por la visita de los Reyes Magos a Herodes era un hecho consumado que los poderosos tuvieran la última palabra sobre el destino de los más débiles. La fuerza prevaleciendo sobre la debilidad humana. Pero Dios, que hace las cosas extraordinarias, llevó a su Hijo a presentarse en el mundo de la manera más vulnerable: en la figura de un niño, de una familia pobre, en un entorno hostil. 

La Palabra se hace carne en un pesebre, en la oscuridad de la noche, en la soledad del tiempo. Pero es la manera como Dios quiso entrar en el corazón del mundo porque era la forma de inaugurar un nuevo estadio en las relaciones humanas: el inocente no es ya la víctima sino que ocupa el primer lugar en el corazón de Dios. Este Niño invierte el orden de las cosas y, siguiendo a este Niño, todos los niños, todos los inocentes, todos los pobres, los desheredados, los frágiles, los abandonados… tienen en Aquel que ha venido al mundo su esperanza.  

Bautizamos a esta fiesta tan paradójica y dolorosa como la festividad de los santos inocentes, en el contexto de una huida a Egipto, de un sobreviviente y de una infinidad de niños muertos por las ansias de poder de un monarca sin escrúpulos. Esta fiesta reclama la justicia contra toda injusticia, la inocencia contra la hemorragia del pecado y grita la bondad con la maldad humana. He escuchado en varias ocasiones el argumento de ciertas personas que afirman que mientras haya un niño que sufra, un emigrante que huya de la pobreza o mientras haya gente que viva sin futuro no podrán creer en el Dios que los cristianos afirmamos es amor. No parece haber respuesta o argumento a esta muerte de los santos inocentes que forman parte de la vida cotidiana de este mundo, pero sí otra manera de ver las cosas: todo lo que concurre en la historia es para gloria de Dios. Sobre el proyecto de la Buena Nueva Dios que se anuncia en el pesebre de Belén se cierne la sombra de la cruz. Son las trabas que ponemos los hombres a su proyecto y demuestra que el mundo se llena de vacío cuando no tiene a Dios. No es la muerte y el sufrimiento lo que prevalece sino otra Vida, la eterna, la que prevalece. Todas estas personas inocentes son los portavoces del sufrimiento humano y el Niño Jesús es, en cierto modo, su rey, su soberano.

Esta fiesta que viene teñida de rojo, de Pasión, de sangre, se inserta en la alegría de la Navidad. El misterio de la Encarnación del Verbo es un misterio. Navidad y Pascua presentan el misterio del don de Dios. Dios, don de la vida. Es el don de la vida del inocente, del sufriente, del olvidado, del despreciado quien obtendrá la victoria, es Él quien agita la bandera y la planta en el corazón de la muerte. Esto es lo que celebramos en esta fiesta, la victoria de los inocentes en el corazón de Dios. Cristo siempre triunfa; triunfa sobre el mal, sobre el sufrimiento, sobre las intenciones mezquinas de los hombres. Aquí reside parte del significado de nuestra fe. Y eso me enseña a tomar partido, siempre, por los que sufren.

¡Señor, en esta festividad de los santos inocentes oro por todos las personas del mundo que sufren, que no tienen nada, que son perseguidos! ¡Oro por la masacre de tantos inocentes, hombres y mujeres, abandonados por sus gobiernos, famélicos por la escasez de agua o de alimentos, masacrados por la lacra del aborto, que no pueden defenderse de las injusticias, que están inmersos en conflictos armados que ponen en peligro sus vidas, que ven atentadas su dignidad humana, que viven esclavizados en sus trabajos, que se convierten en moneda de cambio en el tráfico sexual…! ¡Señor, todos ellos proclaman tu Evangelio, dan testimonio de Ti! ¡Sé, Señor, que no permaneces impasible ante tanta injusticia y que en esta Navidad te haces presente en la fragilidad de un niño y que culminarás tu vida en el sacrificio de la cruz, por esto te doy gracias porque me permites entender que te pones siempre al lado de los que sufren! ¡Señor, gracias, porque cuando un hombre sufre, cuando un inocente muere, tu sufres con él y mueres con él compartiendo de una manera viva, amoroso y misericordiosa tanta fragilidad! ¡Señor, te doy gracias porque  me iluminas para entender que en tu lógica divina has nacido para salvarnos y que a pesar de que el camino de la vida está repleto de luces y sombras me corresponde a elegir si prefiero el camino de la luz que traes Tu o el camino de la tiniebla que comporta el pecado!

Ser sacramento, signo de Dios

La misión de Cristo le exigió llevar su cruz que, en realidad, es la cruz, el sufrimiento humano y la pobreza en toda su fealdad, para restaurar en nuestra humanidad caída la dignidad y la imagen divina enmascarada y desfigurada por el pecado.

El Cristo a quien seguimos y predicamos es un Cristo sufriente y crucificado, que no huyó de los desafíos de la adversidad y el sufrimiento. Es un Mesías que no tuvo miedo ni se avergonzó de ensuciarse, de hacerse pecado por nosotros los hombres y por nuestra salvación.  

¿Cuáles son las implicaciones para mi hoy, en un mundo hedonista, donde la búsqueda frenética del bienestar individual y el placer ilimitado sienta las bases de una determinada cultura de la muerte? ¿En una civilización donde el hombre se ha convertido en un lobo para el hombre, donde la preocupación por el bienestar de la comunidad es de muy poca importancia para las conciencias y los programas de desarrollo? ¿Cuáles son las implicaciones en mi país donde los cristianos se mueven entre la idolatría, el sincretismo o se sienten dioses en minúsculas? ¿O donde el miedo al sufrimiento ha favorecido la eclosión de una determinada teología de la prosperidad? ¿En una Iglesia católica donde incluso los fundamentos básicos del ascetismo cristiano, como el ayuno, la oración y la limosna, son despreciados y, a veces, menospreciados?

Cristo, el Siervo sufriente y responsable, me pregunta de manera recurrente sobre mi identidad cristiana: “Para ti, ¿quién soy yo?” En otras palabras, ¿en qué situación te mueves en mi relación conmigo? ¿es para mi verdaderamente el Hijo del Dios vivo que vino a enderezar mis caminos, a veces demasiado humanos, demasiado carnales para estar unido a Dios? ¿Estoy dispuesto a abandonar mis miedos e inseguridades, mis caminos y mis esperanzas para que él los convierta en los caminos de Dios, es decir, los caminos de la vida verdadera?

Para ello, el Señor me invita a dejar los caminos trillados de una fe amorfa, febril, perezosa y narcisista y a abrirme a la fraternidad cristiana para hacer posible la vida en el otro.

Mi fe en el Dios de Jesucristo, que no es un Dios de muertos sino de vivos, no tiene derecho a ser una fe muerta. Su naturaleza y vocación es precisamente ser una fe viva y activa para dar al mundo el fuego de la vida.

Esta fe, llevada por la esperanza, no defrauda. Pero eso implica un despojo, una muerte en mi mismo, a mis egos y egoísmos, a mi seguridad artificial. En una palabra, debo dejar lo que me parece más preciado para entrar en la lógica de Dios y así convertirme realmente en colaborador confiables de la Buena Nueva de Salvación.

Supone también un valor profético para denunciar y combatir, en mi y alrededor mío, el mal en todas sus formas, para hacer posible la vida del otro, del hermano que nos interroga a través de su presencia inocente: “Por ti, mi hermano, mi hermana, para ti, ¿quién soy yo? ¿Un regalo de Dios o una basura para tirar?

Nuestro mundo de hoy necesita mártires, es decir, testigos, personas que estén dispuestas a seguir al Dios de Jesucristo hasta el final, sean cuales sean las consecuencias e implicaciones.

Solo entonces el mensaje será creíble. Ser sacramento, es decir, signo del Dios de la vida en y para un mundo dominado por la cultura de la muerte, es el desafío que todo cristiano debe asumir en su entorno. ¡Le pido al Espíritu que me ilumine por intercesión de la Virgen María, Nuestra Señora del Calvario, para ser siempre testigo de la verdad!

¡Padre, me has creado para la felicidad, para la libertad y para vivir conforme a tus enseñanzas! ¡Ayúdame a transformar el mundo con la ayuda de tu Santo Espíritu para expandir la auténtica verdad! ¡No permitas, Señor, que camine por la vida triste y cansado, no dejes que la esclavitud que ofrece el demonio en este mundo me lleve a ser uno más, una marioneta de un mundo donde impera la lógica de la mentira, de la falsedad, de las apariencias, de las máscaras y del individualismo! ¡No dejes que el relativismo se convierta en un paradigma de la verdad! ¡Transforma mi interior, Padre, por medio de tu Santo Espíritu, para ser capaz de percibir lo que es auténtico y transmitirlo a los demás; a estar siempre alegre y esperanzado para testimoniarlo al prójimo! ¡Padre, me has creado para la felicidad y para la libertad, ayúdame a ser valiente y a no conformarme con lo que el demonio quiere que tenga apariencia de verdad! ¡No dejes que viva según lo que me ofrece el mundo que siempre es efímero, esclavizante y dañino sino conforme a tu verdad! ¡Ayúdame a ir contracorriente para tratar de inculcar la lógica del Evangelio! ¡Concédeme la gracia de no tener miedo a ser auténtico, a vivir conforme la verdad! ¡Ayúdame a cultivar un mundo mejor en el que se haga visible tu presencia a través de la autenticidad!

El Señor me prueba para despertar mi fe dormida

Oro. Abro mi corazón. Espero. Siento como el Señor se dirige a mi: “¡Confía! ¡Confía en mí! Soy el único que puede calmar las tormentas de tu vida”. Lo creo con firmeza. Ante cualquier problema, sufrimiento, incerteza, dolor… basta saber que siempre puedes contar con la ayuda de Jesús, que con Él a tu lado la tormenta se disipará. A veces, el problema se resolverá de repente por sí solo, con una intervención inesperada y “milagrosa”. En otro momento, la situación externa no cambiará pero la intervención milagrosa tendrá lugar en lo profundo del corazón. Jesús da la fuerza espiritual para soportarlo y aceptarlo. En cualquier caso, el viento amainará y la calma reinará en el interior.

Ante las tormentas interiores, con todos los malos pensamientos que nos empujan a la desesperación, a menospreciarnos y a deprimirnos, debemos hablar con fuerza y ​​convicción, dirigiéndonos a la tormenta como Jesús en aquella escena del lago Tiberíades: “¡Silencio, cállate! “.

No es solo una herramienta psicológica sino que es un verdadero proceso espiritual. No debemos olvidar que somos el “santuario del Espíritu Santo” y, por tanto, su poder permanece en nosotros. Basta con usarlo…

Oro. Abro mi corazón. Espero. Y recuerdo que, en ocasiones, el Señor te prueba para despertar tu fe dormida. Es decir, te coloca en situaciones difíciles y al límite, de las que no puedes salir con tus propias fuerzas, para “obligarte” a volver a él con todo tu corazón, con todas tus fuerzas y todas tu alma.

La fe siempre necesita ser vivificada. Las pruebas están destinadas a reavivar la fe en Jesús. Existe, de hecho, el riesgo de volverse sobre uno mismo y adaptarse a una vida sin más, donde el verdadero centro ya no es seguir a Jesús sino el propio bienestar y la propia tranquilidad.

No hay que tener miedo a ser sometidos a la prueba porque en la prueba no estamos solos. Jesús está a nuestro lado. No está durmiendo. Está fingiendo. Espera que le pidamos con confianza su ayuda, pues siempre aparece en el momento adecuado: Dios es fiel, no permite que seas probado más allá de tus propias fuerzas. Pero con la prueba ofrece los medios para salir de ella y las fuerzas para soportarla.

¡Señor, me pides confianza y te la entrego! ¡Me pides que confíe, y confío en ti! ¡Me pides que antes la tormentas que se ciernen sobre mi vida eleve mi oración y te la entrego! ¡Despierto, Señor, a tu Palabra, me dirijo a Ti, Jesús, que eres el nombre sobre todo nombre, para que aminores los problemas que me embargan, las tempestades que invaden mi vida, aquello que debilita mi salud, los pensamientos que me entristecen los propósitos del Padre que aparto, las olas de las incertidumbres que me paralizan, los vientos fuertes de las dificultades que me debilitan! ¡Ante todo ello, Señor, me dirijo a Ti y con la confianza que tengo por cómo actúas en mi vida te entrego mi debilidad para que la hagas fortaleza! ¡Señor, confío en ti, la esperanza me lleva a la gloria, haz que nunca muera mi esperanza porque en Ti todo es posible! ¡Concédeme la gracia, Señor, de tener la capacidad para saber escucharte, para aumentar mi confianza y mi fe en ti, y regálame un corazón siempre dócil y abierto a cumplir tu voluntad! 

Elecciones que revelan con claridad quien soy

A lo largo de nuestra existencia se producen circunstancias en que las elecciones revelan lo que llevamos dentro y revelan quiénes somos. Esto ocurre habitualmente en las horas de oscuridad: sufrimiento, dolor, pérdida, soledad. Es posible vivir una vida larga evitando el descubrimiento de la verdad. Somos muy buenos para prevenirlo y solemos intentar hacerlo porque nos molesta. A menudo, incluso le dedicamos lo mejor de nuestras energías. Sucede, en ocasiones, que la máscara se desmorona y es cuando emerge la verdad; la realidad no hace más que estallar el velo fino u grueso que la ocultaba. Son tiempos de inquietud y de desorden interior: las crisis y las rupturas provocan desafecciones interiores profundas. Jesús te enseña a mirar a la cara esta hora y a no ocultarla. Suave o violento, doloroso o desgarrador, tenemos que integrar esta muerte como la realidad que más revela el peso de nuestra vida.

Basta con mirar la cruz y el proceso al que tuvo que llegar Cristo para morir en el madero santo. La muerte, de cualquier tipo, que pasa por el sufrimiento, el dolor, la desafección, el desgarro interior, la tristeza… no es la valla sobre la que se levanta cualquier esperanza, sino el umbral de una nueva vida, más justa, más fuerte, más verdadera. Es la condición del crecimiento y fertilidad. Para vivir es necesario conocer la necesidad de rupturas y muertes donde uno tiene la impresión de perderlo todo. No hay vida sin despojo porque no hay vida sin amor y sin entregarse en una confianza desarmada. ¿No es mejor amar a alguien que a su propia vida? Sin muerte, no hay nada que podamos preferir a nosotros mismos. Estar dispuesto a dar la vida por alguien es la prueba decisiva de nuestro amor. A falta de este regalo es que uno no ama lo suficiente o al menos ama a alguien en concreto: a uno mismo. ¡Desgarrador pensar que mi vida pueda ser así!

¡Señor, acudo a ti para que me permitas sanar las heridas interiores, aceptar el sufrimiento y el dolor con esperanza, solventar las dificultades que se me presentan con alegría, mostrar el verdadero camino de la paz interior con confianza, acercarme a Ti con fe cuando las cosas no salgan como las tenga previstas! ¡Concédeme la gracia, Señor, de recibir cada día los dones de tu Santo Espíritu; por eso te pido envíes sobre mi la sabiduría y la claridad de mente para saber tomar siempre las decisiones adecuadas! ¡Señor, no permitas que el miedo a equivocarme y errar me paralice! ¡Envía tu Espíritu Santo, Señor, para que en todo momento me de la luz para saber tomar las decisiones adecuadas cumpliendo siempre tus santos designios! ¡Ayúdame, Señor, a que cada uno de los pasos que adopte estén siempre guiados por el amor, por la entrega, por la generosidad y por la compasión! ¡Que todo esté guiado por Ti, Señor de la vida! ¡Que tu sabiduría, Señor, se impregne en mi mente y en mi corazón para tratar de hacer siempre lo que es adecuado, buscando el bien y apartando el mal! ¡Señor, que no anteponga mi yo al de los demás y ayúdame a amar a los demás por encima de mis intereses personales que tanto me apartan de ti!

Con el crucificado a la vera del camino

Camino al atardecer por un paraje hermoso. A mitad de camino me encuentro con un crucifijo con flores a sus pies (fotografía que ilustra este texto). Es un momento bello de intimidad con Cristo. ¡Señor, que no me acostumbre a verte crucificado! Me quedo un rato en oración ante esta figura del Cristo que me abraza con sus brazos extendidos en la cruz. Siento su abrazo fuerte, amoroso, tierno. Siento como sus manos llagadas traspasadas por los clavos se posan sobre mis hombres. Siento como me abraza cuando la luz del atardecer cae y hace sombra sobre mi fragilidad y mi pequeñez como persona. Siento como me abraza cuando soy volátil como una pluma que es llevada por el viento. Siento su abrazo amoroso y su caricia de amor que me permite descargar en él todos los miedos, los sufrimientos, los temores, las inseguridades. Me siento como María y Juan a los pies de la cruz, contemplando a ese Cristo crucificado que acoge a la humanidad entera.

Y siento de nuevo como me abraza y me interroga por mis necesidades, por mis sueños, por mis ilusiones, por aquello que me preocupa; pero también siento como me abraza y no juzga mis equivocaciones, ni mis sentimientos, ni mis pensamientos. Me abraza y me siento liberado de tantas cargas que me abruman pero también me endereza en el camino torcido. Me abraza y siento que me marca el camino renovándome, transformándome, sanándome, salvándome sin apenas notarlo porque su abrazo lleva implícito el acompañamiento del Espíritu Santo, alma de mi alma, luz de luz en mi vida. 

Y sigo contemplando esa cruz en el camino, cobijada sobre un apaño de madera con flores bien cuidadas a sus pies para obsequiarle con el olor de la vida. Y me siento completamente sumergido en su presencia sintiendo que su abrazo no es un abrazo pasajero sino que tiene visos de eternidad porque el amor de Cristo es eterno. Y me corazón se sobrecoge por tanto amor recibido del que es Amor fiel y duradero. Y aunque tantas veces me escondo de su presencia ayer se hizo presente de nuevo y de una manera viva en un crucifijo a la vera del camino.

Sí, Cristo me abraza, rodea mi pequeñez con el amor que no juzga para que mi corazón se abra a su presencia, para que no pierda nunca la esperanza ni las certezas, para que aunque muchas veces no lo merezca sienta como Su amor es más grande que cualquier otra cosa.

Me toca el Señor y con este simple gesto pude seguir el camino con el corazón abierto y exclamando con alegría: ¡Señor, que no me acostumbre a verte crucificado!

¡Señor, gracias por tu presencia en mi vida, por tu amor fiel, por tu compañía en cada acontecimiento de mi existencia! ¡Gracias, Señor, te pido que me envíes la luz del Espíritu Santo para que me llene de bendiciones! ¡Señor, pongo en tus manos mi vida, mis ilusiones, mis esperanzas, mis metas, mis pasos; te pido que por medio del Espíritu Santo guíes mi camino, que llenes de bendiciones mis jornadas y me alejes del pecado! ¡En Tu sabiduría, Señor, pongo mis planes y mi proyecto de vida; pongo también en tus manos a todas las personas que quiero para que impregnes su corazón de tu inmenso amor! ¡Gracias, Señor, porque cada día me invitas a Tu Mesa! ¡Gracias por esta amistad sincera, fiel e imperecedera! ¡Gracias por la vida que cada día me regalas! ¡Gracias, Señor, por tus manos siempre extendidas abiertas al amor, manos que sanan el corazón y el alma, que lo impregnan todo de ternura, amor y misericordia! ¡Gracias, Señor todo lo santo que derramas por el mundo! ¡Gracias también,Señor, por el dolor y el sufrimiento que me ensaña a caminar por la vida! ¡Gracias, Señor, por tu perdón porque me descubre cada día tu infinita misericordia! ¡Señor, gracias, y que no me acostumbre a verte crucificado!

Ver a Cristo en los desarraigados

Me descorazona cuando al caer la noche ves a tantas personas rebuscando entre la basura. Me provoca profundo dolor cuando observo a tantas personas pidiendo en las puertas de los supermercados. Me llena de tristeza cuando veo a ancianos o ancianas sentados en las esquinas de las calles de mi ciudad pidiendo limosna. Cada vez que paso cerca de alguna persona desfavorecida por la vida le pido a Dios por ellos. Se me hace necesario ser consciente de que el Señor está en cada uno de ellos. No solo en sus necesidades materiales sino en lo profundo, en lo espiritual, en lo íntimo de su corazón, aunque esas personas no tengan conciencia de ello. Se me hace imprescindible recordar que estas personas necesitadas no solo de lo material puedan tener los ojos cerrados a esa Presencia viva en sus propias vidas. Y soy consciente también que muchas de estas personas, dolidas por su sufrimiento, su pobreza y su desesperación, le hacen a Él responsable de cuanto les sucede.

Muchas veces trato de ser amable con ellos. Con José, sentado en las escaleras de la Iglesia del Sagrado Corazón con sus dos piernas inválidas. Con Marisa, la anciana octagenaria que se encuentra siempre a dos manzanas de mi casa. Silvana, la mujer de mediana edad ciega que pide ayuda en la entrada del supermercado. Con Isidoro, un anciano que se pierde por las calles de la ciudad. ¿Cómo llenar a estas personas de esperanza? ¿Cómo hablarles de Dios? ¿Cómo ayudarles en lo espiritual porque en lo material disponen de la asistencia de Caritas diocesana? ¿Cómo actuar para interpelarles y decirles que en su sufrimiento Dios les ama? ¿Cómo tener la capacidad de actuar, de ver con sus ojos, sentir con su corazón, entender con su alma…? Porque no es fácil ponerse en la piel del que no tiene nada porque siente que su vida vale la moneda que le colocan en ese vaso de cartón gastado por el transcurrir de los días.

Por eso hoy le pido al Señor que me llene de la gracia de unirme al corazón de los que sufren, de ser capaz de servir al que sufre y no tiene esperanza, que mi corazón no solo esté abierto a la oración sino también al desprendimiento, a la generosidad, a la entrega al necesitado para que, al menos, cuando alguien me mire a los ojos vea reflejado en mi el rostro de Cristo, la mirada de Cristo, la sonrisa de Cristo y la misericordia de Cristo en un acto auténtico de amor gratuito.

¡Señor, te pido por todas las personas que sufren, por los que no tienen nada, por los que carecen de lo esencial humana y materialmente, por los que son abandonados, por los que se han quedado sin recursos, por los que sufren y viven en el dolor, por los desempleados, por los que no pueden alimentar a sus familias, a los que están enfermos y solos…! ¡Ten misericordia de todos ellos, Señor, ya que son tus preferidos! ¡Y concédeme, Señor, la gracia de servirlos a todos con el corazón abierto, con total desprendimiento, con generosidad extrema! ¡Ayúdame a estar a su lado, para servirlos con el fin de que sientan tu presencia y tu consuelo, para responder a ese amor que tu nos entregas cada día! ¡Ayúdame, Señor ,a comprender que nuestra vida no tiene sentido sin tu presencia amorosa y misericordiosa! ¡Ayúdame a hablarles de ti para que sientan tu consuelo, para que sientan tu amor y desde la paz interior pueda también ayudarles a encontrar lo que necesitan! ¡Que mis manos, Señor, estén llenas de amor para darlo a los demás, para estar a lado de los humildes y de los que sufren! ¡Ven, Señor, y preséntate a todos ellos con tu caricia amable, tu sonrisa tranquilizadora, tu abrazo reconfortante y tus palabras suaves! ¡Ven, Señor, y compadécete de todos los que sufren y no te ven!

Hablar de Dios en la sociedad del cansancio

Ayer lunes realicé un viaje profesional desplazándome de mi ciudad a otra para visitar a varios clientes. Cinco horas de coche acompañado de una persona a la que aprecio y por la que oro cada día. Trabaja conmigo. Es un colaborador muy profesional, honesto, comprometido, sobresaliente en su trabajo, siempre aportando soluciones. Declaradamente agnóstico. Su vida, como la de tantos, no es fácil. Tres matrimonios fallidos y cinco hijos por el camino, tres de ellos jóvenes sin empleo y alguno con adicciones, confirmación que vivimos en una sociedad en la que se escucha el grito atronador de la incerteza y el sufrimiento.
El sufrimiento de este hombre es también el de una sociedad que a voz en grito clama por las desigualdades, la desesperanza, la inseguridad sanitaria, los conflictos sociales, las divergencias políticas insalvables, la falta de humanidad en unos que priman el olor del dinero por encima del bien común de los silenciados, las colas cada vez más dolorosas ante los almacenes de comida ofrecidos por la Iglesia o colectivos sociales, el deterioro de la tierra…
Cada día doy gracias a Dios por la estabilidad de mi vida, por mi trabajo, por mi familia, por mis hijos, por mis amigos, por encontrar el amor en quien me ama, porque mis problemas comparados con los de otros ruborizan… pero me duele ver que formo parte de una sociedad ahogada por el cansancio. No es única y exclusivamente un cansancio físico sino que, por encima de todo —y sobre todo—, es un cansancio que afecta a lo más profundo de lo humano, a lo psíquico y, especialmente, a lo espiritual que es la raíz de la existencia.
Vivimos en una sociedad en la que las personas que están más cansadas son la que tienen ingresos mínimos, que tratan de encontrar desesperadamente un trabajo cada vez más escaso, que no divisan la línea de la esperanza porque ese horizonte se ha borrado de su mirada. Ese cansancio existencial ahoga, agota, desespera y, la consecuencia de todo ello, es una parálisis del espíritu, un decaimiento del ánimo, un desespero que provoca hartazgo, inseguridad, desasosiego y arrinconamiento. Y falta de fe.
Durante una hora éste fue el tema de conversación con esta persona. Pero de esta situación de parálisis hay una palabra mágica, llena de luz y de esperanza: Creer. Tener la certeza de la fe. Y lo digo rugiendo de esperanza. Creo, creo que el Dios de la vida está presente en nuestras sociedades. Que lo hace ahondando en las cruces de la existencia humana. Es necesario proclamar en voz alta que el Dios de la vida existe, nos acompaña y se conmueve ante tanto sufrimiento humano.
Dios es un Dios de vida. No me imagino a un Dios que se deleite con el sufrimiento de sus hijos como tampoco creo en un Dios que se contente con los abusos, las desigualdades, los desórdenes, los atropellos, las arbitrariedades y las injusticias de nuestro mundo porque Su amor misericordioso es consustancial con su justicia.
Creo en el Dios de la vida. Como creo en el Cristo resucitado. Y creer en la resurrección tiene como correspondencia la defensa decidida de la vida de los abandonados de la sociedad, los más vulnerables, lo más frágiles, los menospreciados. Buscar a Jesús en la sociedad en la que vivimos implica el compromiso de unirse en oración y con actos con aquellos que cada día ven maltrecha su existencia y sus derechos vulnerados. Creer en la resurrección es poner la vida por encima de la muerte en cualquiera de sus variantes.
A los pocos días de Pentecostés, la misión que nos traslada Jesús es predicar la Buena Nueva; no es una cuestión de sobrevivir, el tema central es el servicio.
Entonces, ¿como le hablo yo del Dios de la vida a los cansados de este mundo? Haciéndome presente en sus vidas. Estando cerca de ellos. Replegando mis yoes para darme al prójimo. Saliendo a su encuentro. Hablándoles de esperanza. Buscando soluciones a sus necesidades. Implicándome en la caridad del servicio. Cargando sus cruces. Haciendo con mis palabras, actos, gestos, entregas, sentimientos y acciones que Dios se haga presente en sus vidas. Hoy son ellos… mañana podría ser yo. Pero en cada uno está Dios, vivo y presente, con los mismos cansancios. ¿Puedo quedarme impasible y replegado ante este hecho?

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¡Elevo hoy mi súplica hacia Ti, Dios bueno y misericordioso, por todos los que están cansados física, psíquica y espiritualmente! ¡Tu me llamas para acompañar a mi prójimo en el camino de la vida, en sus soledades y sufrimientos, en sus decaimientos y sus desgracias para que unido a Tu Hijo, que sufrió en la cruz, pueda llenar de esperanza su corazón! ¡Tu me invitas, Padre, a orar por ellos, para alimentar su corazón de esperanza y para que por medio de mi intercesión te hagas muy presente en sus vidas! ¡Padre, tu me invitas a consolar, a aliviar, a acoger, a consolar, a alegrar los corazones cansados y desesperados! ¡Pero que no sea yo quien lo haga sino tu por medio mío! ¡Envía tu Espíritu sobre todos ellos, Dios de la vida, para que sientan que son tus preferidos, que los amas y los sostienes, que avives en su corazón tu amor eterno! ¡Te ofrezco mi vida, Padre, para que hagas de ella un instrumento de tu amor en el prójimo; hazme caritativo, servicial, entregado y generoso; un ser amoroso que se entregue por los demás para que sientan tu presencia! 

En tiempos de pandemia ¡acudir al Espíritu!

Antes del virus que ha asolado el planeta y que ha cercenado nuestras vidas de una manera inesperada muchos creían que en la vida lo relevante era el poder y la seguridad que da el dinero, el reconocimiento social, la lucha por la perfección estándar de cara a la galería, el disfrutar de la vida sin reparar en nada ni en nadie… pero entonces se presenta la adversidad, pierdes a un ser querido, la salud se desquebraja, te quedas sin empleo o sin ingresos porque tu negocio permanece cerrado y sin clientes, tienes que afrontar los retos que la vida te presenta, esas secretas ambiciones fracasan… y, en estas circunstancias, se necesitan respuestas a preguntas que antes no te cuestionabas. Desde la fe, el cristiano sabe que su transitar por esta vida no es en soledad; que no estamos solos, que hay un Dios Padre Todopoderoso, que por encima de todo es Amor, que es el Creador y Hacedor de la vida, que nos acompaña y nos sostiene, que no nos quita las pesadas cruces ni los amargos problemas que se nos vienen encima pero que provee Su ayuda para cargarlas con entereza. Es el Dios que da sentido verdadero a nuestra existencia. Es quien, por medio del Espíritu Santo, nos otorga la fuerza para dar profundo sentido al sufrimiento y a la cruz del día a día. En tiempos de pandemia ¡que gran sentido tiene acudir al Espíritu de la Verdad que nos ilumina, hace vibrar nuestro corazón frágil y quebradizo y nos permite sentir que no estamos solos! El Espíritu de Dios es la fuente de la fortaleza del hombre para vencer los miedos y temores porque no nos ha dado Dios el espíritu de temor, sino el de fortaleza, de amor y de templanza.
Esta crisis que estamos viviendo es una oportunidad para avanzar en la fe, en la confianza, en la esperanza sin que nos venza el desánimo ni la tristeza, fuertemente agarrados al Espíritu.
El Espíritu que proviene de Dios espera de nosotros el día luminoso en que logremos la interiorización de las cosas sin miedo, contemplándolas con la luz interior que nos faculta para alcanzar una viva, profunda y atenta conciencia que elimine de nuestra vida el egoísmo y la soberbia, la necedad y la simpleza y, fundamentalmente, nuestros apegos tan arraigados en el corazón y los miedos que nos atenazan. No seremos ni mejores ni peores, sino personas auténticas, cristianos de verdad, que no se esconden detrás de máscaras volubles. Y estos cambios que nazcan en nuestra vida no serán consecuencia de nuestros proyectos y esfuerzos, sino el fruto maduro de entrega al Padre y una naturaleza vivificada a la luz del Espíritu. ¡Se acerca la gran fiesta de Pentecostés y quiero que me coja unido a la verdad del Espíritu!

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Deseo que hoy mi oración sea una consagración plena con el corazón abierto al Espíritu Santo, dador de vida:

Recibe ¡oh Espíritu Santo!, la consagración perfecta y absoluta de todo mi ser, que te hago en este día para que te dignes ser en adelante, en cada uno de los instantes de mi vida, en cada una de mis acciones, mi director, mi luz, mi guía, mi fuerza, y todo el amor de mi corazón.
Yo me abandono sin reservas a tus divinas operaciones, y quiero ser siempre dócil a tus santas inspiraciones.
¡Oh Santo Espíritu! Dígnate formarme con María y en María, según el modelo de tu amado Jesús. Gloria al Padre Creador. Gloria al Hijo Redentor. Gloria al Espíritu Santo Santificador. Amén

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, tu  relación el Espíritu Santo fue siempre muy estrecha y a la vez privilegiada. Todo tu ser, tus acciones y tu Misión como Madre se movieron a la Luz del Espíritu Santo.
Te ofrezco: vivir solícito a la voluntad del Padre y abrir mi corazón al Espíritu Santo para convertir mis esfuerzos y proyectos en caminos de entrega a la luz de sus dones.

Acudir a María, Salud de los enfermos

Último sábado de marzo con María, Salud de los enfermos, en lo más profundo de mi corazón. El número de infectados y fallecidos por el virus que asoma el mundo aumenta. Las cifras son números, las víctimas y los contagiados son seres humanos con nombres y apellidos e historias familiares. Las cifras hablan de una realidad, las personas hablan de sufrimiento humano.
Hay una enfermedad común que va más allá del contagio. Es la que une a enfermos, personal sanitario y familiares. Es una enfermedad silenciosa, en forma también de virus: la tristeza que nos embarga.
Tristeza ante tanta impotencia de los sanitarios que no dan abasto para atender a tantos enfermos; tristeza por ver a tanta gente caer enferma; tristeza por los familiares que ven perder a sus seres queridos y no poder despedirse de ellos cogiéndolos de la mano, dándoles un abrazo o, simplemente, besando su rostro enfermo; tristeza por tanto sufrimiento que Dios envía y permite porque Él todo lo tiene controlado.
Estamos terminando la Cuaresma. Vamos directos a la Pasión de Jesús, que muchos están viviendo en carne propia. Cruces pesadas y dolorosas en tiempo de desierto. Y aquí surge María, la Madre, Salud de los enfermos, Consoladora de los afligidos. En silencio, al pie de la cruz de tantos, en la esquina de cada cama del hospital, en las manos de cada sanitario, en el corazón de cada familiar que sufre, aunque no crea siquiera. Allí aparece Ella, sin pronunciar palabra pero llenándolo todo con su presencia. Elevando sus súplicas al Padre. Y haciendo lo que mejor sabe hacer Ella, la Madre del hágase tu voluntad y del fíat: acompañar al hijo que necesita de su consuelo.
Hoy le pido a María que no ceje en su misión de corredentora, en su misión de Madre, en su misión de salud de los enfermos. Que se haga más presente que nunca en cada cama del hospital, en cada residencia de ancianos, en cada casa donde estamos todos confinados, en que cada enfermo que agoniza, en cada UCI de cada hospital del mundo entero. Que en el silencio de su presencia, junto a la cruz de cada uno, consuele, ampare, seque las lágrimas del dolor y de la desesperanza, que acoja los sufrimientos y los llene de confianza, que ante la triste amargura de tantos otorgue la fortaleza para confiar en la providencia del Padre. Que de manera invisible coja cada uno de los cuerpos de los enfermos y los ponga en su regazo para transmitirles paz interior y serenidad en el alma; que mitigue su dolor y lo haga consuelo vivo. Yo confío en María, amo a María, y he vivido en mi propia vida las gracias de María.
Por eso le imploro: ¡María, Tu estuviste a los pies de la cruz, y conociste en primera persona los estragos de la tristeza, haz que tu presencia en cada hospital del mundo sea un motivo de esperanza y no dejes de velar por la salud de cada uno de tus hijos!

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¡María, Tu estuviste a los pies de la cruz, y conociste en primera persona los estragos de la tristeza, haz que tu presencia en cada hospital del mundo sea un motivo de esperanza y no dejes de velar por la salud de cada uno de tus hijos! ¡María, Salud de los enfermos, de los necesitados, de los que agonizan, de los que no tienen fuerzas, de los contagiados por el coronavirus y otras enfermedades, Tú que caminaste a paso firme y con dolor hacia el Calvario acompañando a tu Hijo, Tu que permaneciste arrodillada a los pies de la Cruz viendo morir a tu Hijo entre tanto sufrimiento, Tu que fuiste copartícipe de tanto dolor, abre tus manos santos y bondadosas y acoge cada sufrimiento de cada hijo tuyo como si fuese tuyo y elévalo al Padre; une María cada uno de los sufrimientos de tantas personas en todos los rincones del mundo a los de Jesús, llénalos a todos de tu consuelo y de tu esperanza! ¡María, te pido con el corazón abierto que te hagas presente en el corazón de cada ser humano, que te hagas presente con tu mirada de consuelo, con tus manos sanadoras, con tus sonrisa de Madre para dar paz al alma! ¡Ayúdanos, María, a no perder nunca la fe y la esperanza! ¡Ayúdanos a repetir contigo, con esperanza y amor, que se haga en mí según tu Palabra, que demos un sí siempre al Dios amor que todo lo permite y todo lo controla! ¡Hazte, María, salud de los enfermos y consoladora de los afligidos, a comprender la voluntad de Dios y a sacar positividad ante tanto dolor que nos embarga! ¡María, Madre del amor y de la misericordia, que en este tiempo de cruces no dejemos de contemplar a tu lado el rostro de tu hijo colgado en la cruz pero también la luz resplandeciente de su Resurrección gloriosa! ¡Todo tuyo, María, siempre tuyo!