La grandeza de Dios

A lo largo del pasado fin de semana, acompañado de un nutrido grupo de personas que asistían a un encuentro espiritual, he sentido con gozo como el Señor ofrece la misma cálida bienvenida al más grande de los pecadores como al que transita sencillamente sin hacer ruido por su camino hacia la santidad personal.
Que con su ternura y su amor misericordioso abraza tanto al que pasa por la vida arrastrándose entre el dolor, la desazón, la tribulación y el sufrimiento como al que las cosas no le dejan de sonreír.
Que no hace distinciones para tenderle sus manos acogedoras al soberbio y orgulloso como al humilde y servicial.
Que ama por igual al que tiene una fe viva fruto de la herencia o de un encuentro con Él como a aquel que reniega, duda, busca o es escéptico al encuentro con Su Amor.
Que es paciente y amoroso con los que tienen el corazón tan duro como una piedra como con los que tienen el corazón herido y lloran por las desventuras de su realidad cotidiana.
¿Cuál es el secreto? ¿Cuál es la grandeza de Dios? Que Dios es Amor. Que uno puede confiar ciegamente en sus promesas, porque éstas nunca cambian y, sobre todo, porque su amor es infinito y nunca termina.
¡No hay nada más hermoso que sentir el amor y la ternura de Dios! ¡Gracias, Señor!

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¡Gracias, Señor, porque puedo reconocer en mi propia vida lo mucho que me amas! ¡Gracias, Señor, por tu infinito perdón, que derramas sobre mi cada día a pesar de mis infidelidades, mis incoherencias y mi incapacidad para amar! ¡Gracias, Señor, por tu amor infinito, porque me fortalece cuando me faltan las fuerzas, porque aumenta mi fe cuando las dudas me embargan, me consuela cuando me invade la tristeza, me levanta cuando caigo y peco, me escucha cuando te llamo, me serena cuando me siento intranquilo, me guía cuando estoy perdido, me endereza cuando tomo la senda equivocada, me ilumina cuando la oscuridad me invade, mi alienta cuando desespero, se alegra conmigo cuando las cosas funcionan! ¡Gracias, Señor, por estas siempre a mi lado! ¡Envíame tu Santo Espíritu para que me llene con tu presencia y sepa amar como amas Tu, sepa mirar como miras Tú, sepa sentir como sientes Tu! ¡Gracias, Señor, por los momentos buenos y los difíciles porque están impregnados de Tu Amor!  

De la mano de la Madre de la Misericordia

Segundo sábado de noviembre con María, Madre de la Misericordia, en el corazón. La figura de María me invita a una permanente invitación a la Misericordia. Te permite ver como testimonió con su vida aquello que Jesús dejó marcado en la impronta de la vida: “Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso”.
Hoy me pregunto: ¿Puedo tener a Dios como Padre, a Jesús como hermano y la Virgen como Madre si no soy capaz de ser misericordioso? ¿Puedo beneficiarme de la misericordia de Dios si no soy capaz de ser testigo y artesano de la misericordia en mi propia espacio vital?
¿Cómo es mi corazón? ¿Es un corazón misericordioso como el de Jesús y María? ¿Es un corazón que se abre de par en par a la miserias y las necesidades de los que me rodean? ¿Les comprendo, busca aliviar su precariedad, su fragilidad y su sufrimiento? ¿Me abro, como hicieron Jesús y María, a la compasión, a la ternura, a la solidaridad, a la cercanía con el otro? ¿Muestro bondad en mis gestos? ¿Tengo paciencia para con el prójimo? ¿Me pongo en la piel de los demás y trato de comprender sus actitudes? ¿Por qué mi corazón está tantas veces tan seco y es tan sensible a todo? ¿Por qué olvido tener sentimientos de tierna compasión, humildad, gentileza y benevolencia para con los demás? ¿Por qué si el Señor me perdona me cuesta tanto hacerlo a mí? ¿Por qué mi mirada no trasluce la luz de la misericordia para observar al prójimo con los ojos de Jesús y de María? ¿Por qué siendo cristiano no soy testigo del perdón y siervo de la misericordia?
Hoy me pongo en el regazo de María. Compungido pero esperanzado. Orarle para que como Madre de la Misericordia que es me permita abrir el corazón, me enseñe a amar, a perdonar, a guiarme en el perdón; que me toque el corazón, para sentir la misericordia que tiene su origen en Dios.

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¡María, Madre de la Misericordia, permite que mi vida sea un espejo de la tuya! ¡Que mi corazón se impregne de los valores que compartiste con Cristo, especialmente el ser misericordioso! ¡Permite, Madre, que en mi vida se haga auténtica la Cruz por la que murió Jesús! ¡Ayúdame a caminar en la verdad, en la esperanza, en el cumplimiento de la voluntad del Padre y desde la autenticidad cristiana abrir mi corazón a la misericordia! ¡Ayúdame a ser testigo de Jesús, testimonio de misericordia! ¡No permitas, Madre, que me desvíe por las sendas del pecado y ayúdame que todos mis pasos estén impregnados por las sendas de las buenas obras, para que toda mi vida sea una glorificación al Padre, donde el amor, la misericordia, el perdón y el servicio se conviertan en el caminar de mi vida! ¡Hoy María te canto el Magnificat en la que tu pronuncias la verdad de la misericordia, el alegre amor por el que el Padre nos acerca a la felicidad en este mundo en la que la tristeza, el dolor, la desolación y el sufrimiento campan por doquier! ¡Tu, Madre, que fuiste la primera Hija de la misericordia divina, a ti me entrego! ¡Todo tuyo, María, Madre de Misericordia!

Y ahora, el Magnificat, a la Virgen con la composición de Marco Frisina:

La amenaza de la soberbia

A medida que van pasando los años y el poso de la vida se va asentando en tu corazón comprendes muchas cosas. Si, además, tienes fe y esperanza, no te importa quién esté de tu lado o contra ti porque tomas consciente de que lo importante es que Dios ocupe todos tus pensamientos y tus acciones, algo que uno olvida con frecuencia. Si eres capaz de hacer las cosas bien y de mantener tu conciencia en orden, sabes que estás cumpliendo con la voluntad de Dios y que Él, ante las situaciones inciertas, te defenderá…
El tiempo también te enseña a callar; y desde el silencio aprendes a sufrir a sabiendas de que con ello también recibes la ayuda de Dios. Uno no puede dudar nunca que el Padre sabe cuando, cómo y de que manera puede librarte de lo que te hace sufrir y te provoca dolor. El abandono en Dios es una liberación, te ayuda a crecer humana y espiritualmente y te libera de toda humillación.
Otra enseñanza es que cuando tienes un corazón soberbio, o al menos la soberbia trata de envolverte, la mayor humildad es que el prójimo sepa de tus errores, de tus faltas y de tus debilidades y que, encima, te las reprochen. Eso te permite reconocer con profunda humildad tus propias faltas, lo que no resulta sencillo.
Las páginas del Evangelio son una exaltación constante a los humildes de corazón; la protección de Dios va dirigida a los sencillos de corazón, a los hombres de corazón humilde. Es a los que más ama, a los que más consuela, sobre los que más vierte su misericordia. Incluso, se podría decir, Dios se reclina ante el humilde para ofrecerle su gloria.
Y cuando tienes todo esto presente —¡pero no en la teoría, sino en la práctica!— entiendes que no avanzas en la vida y que nos has hecho ningún progreso, si crees que eres más que el que tienes al lado, que eres superior a tu semejante, que tienes más capacidades que tu prójimo.
La vida es una invitación constante a no ser nada para serlo todo a los ojos de Dios y de los demás. Y eso solo pasa por el camino de la humildad, senda tan difícil de transitar que exige mucho desprendimiento del yo. ¡Cuanto tengo, entonces, que descargar!

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Mi oración de hoy es la plegaria de la humildad, del cardenal Merry del Val, que cada mañana rezo para pedirle al Señor humildad:

Jesús manso y humilde de Corazón, -Óyeme.
(Después de cada frase decir: Líbrame Jesús)
Del deseo de ser lisonjeado,
Del deseo de ser alabado,
Del deseo de ser honrado,
Del deseo de ser aplaudido,
Del deseo de ser preferido a otros,
Del deseo de ser consultado,
Del deseo de ser aceptado,
Del temor de ser humillado,
Del temor de ser despreciado,
Del temor de ser reprendido,
Del temor de ser calumniado,
Del temor de ser olvidado,
Del temor de ser puesto en ridículo,
Del temor de ser injuriado,
Del temor de ser juzgado con malicia

(Después de cada frase decir: Jesús dame la gracia de desearlo)
Que otros sean más amados que yo,
Que otros sean más estimados que yo,
Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse,
Que otros sean alabados y de mí no se haga caso,
Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil,
Que otros sean preferidos a mí en todo,
Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda,

Oración
Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo.
Amén.

Canto a la humildad:

 

¿Soy capaz de ver las maravillas de Dios?

Los seres humanos no solo somos cuerpo y materia somos también espíritu. Tenemos alma y esa alma, repleta del amor de Dios y de su misericordia, maravilla entre las maravillas, ¿no debería llevarnos a un permanente agradecimiento precisamente por las maravillas que Dios realiza en cada uno de nosotros?
Lo dice la misma Biblia, en el Libro de Job: Dios «hace cosas grandes e insondables, maravillas innumerables». Pero, ¿Cómo cantar las maravillas de Dios con vidas con tanto sufrimiento y dolor, con tantas heridas en los corazones, con tanto padecimiento y tantas penas, con tantas confusiones que agobian el interior de los hombres, con tantas cruces que cargar, con tantos desiertos que transitar…? ¿Cantar sus maravillas cuando no se comprende su voluntad, sus designios, sus caminos, con lo difícil que es el compromiso en la vida, el vivir con pasión el evangelio desde la realidad personal, desde las complicadas tareas que nos trae la vida…?
Es en el misterio escondido de la vida cuando se hacen más presentes las maravillosas grandes cosas que hace Dios en el  interior de cada ser humano. Es en las noches oscuras cuando más potente surge la luz de Dios.
Yo creo en las maravillas que hace Dios. Creo que Dios transforma los corazones. Creo que hace una obra de arte perfecta en cada ser humano. Pero también creo que estas maravillas son posibles si te dejas amar por Él. Por eso hoy le pido a Dios que abra mis ojos sean para que sean capaces de ver cada día las grandes maravillas que hace en mi.

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¡Padre, dame ojos cristalinos que me permitan ver con claridad las grandes maravillas que haces cada día en mí! ¡Unos ojos claros y nítidos que vean más allá de lo visible, que no se queden en lo racional, sino que me permitan observar más allá de lo que se ve! ¡Pero, sobre todo, Padre, concédeme la gracia de ver desde el corazón para ser capaz de observar todo aquello que se escapa a mi visión! ¡Quiero ver, Padre, cada una de tus maravillas que son parte de las promesas que nos haces, que comprender que cada palabra, cada encuentro cotidiano, cada mirada, cada gesto de amor, es una maravilla que me regalas tu! ¡Te pido, Padre, que toques mis ojos con dulzura para sanarme de la ceguera que tantas veces me imposibilita ver lo que es importante y lo que merece la pena ser vivido! ¡Concédeme la gracia, Padre de bondad, de tomar conciencia en cada momento que tus maravillas se hacen presente en todos los momentos de mi vida, en los detalles de los cotidiano, en las pequeñas cosas de cada día, en los acontecimientos importantes de la jornada! ¡Concédeme, Señor, la gracia para saber ver en lo que pones en mi camino! ¡Dame también, Señor, la sabiduría y el discernimiento para abrir mi corazón y comprender que yo, hijo tuyo, creación tuya, soy una maravilla tuya, que todos los hombres lo somos, por eso te pido que me hagas humilde, pequeño y sencillo para admirar con mayor grandeza la gran obra que has hecho en cada uno de nosotros! ¡Padre, gracias por las grandes maravillas que realizas cada día, gracias por las cosas buenas que nos regalas, gracias por las oportunidades que nos ofreces, gracias por la maravilla de la vida, de la fe, de la esperanza, de la confianza en ti! ¡Gracias, Padre, porque la gran maravilla eres tu, es Jesús, es el Espíritu Santo, es María, maravillas que me empujar a seguir, a avanzar y a ser eterna y profundamente feliz!

Crucificado sin cruz

Celebra hoy la Iglesia la festividad de un santo al que tengo especial cariño. La figura del Padre Pío de Pietrelcina, capuchino italiano, generoso sacerdote y testimonio de santificación del dolor, nos acompaña en este día. Su vida estuvo marcada desde la infancia y juventud por una intensa piedad que le llevó a ingresar en los Capuchinos, con una vida llena de contradicciones en su propia congregación al estar marcada con dones espirituales extraordinarios como sus visiones de Jesús, sus estigmas o su clarividencia espiritual entre otras cuestiones relevantes.
En san Pío observo que los grandes dones de Cristo en un alma no suceden si no existe una participación activa en la Cruz. Lo que toma un ritmo singular y extraordinario en ciertas almas privilegiadas no deja de ser la norma también para los que tenemos almas ordinarias. Hace unos días celebramos la exaltación gloriosa de la Cruz lo que que te permita recordar que el camino hacia el cielo pasa irremediablemente por la tránsito por la cruz.
En ocasiones esta circunstancia se hace difícil de asimilar, pero como cristiano debo comprender que, de acuerdo con mi vocación, la Cruz tiene que quedar impresa en mi vida aunque este discurso no sea precisamente hoy muy atractivo porque lo que nos seduce no es el sufrimiento de la cruz sino el gozo de poseer, de disfrutar, de gozar de los bienes materiales y las seducciones que la vida ofrece. ¿Por que cuesta tanto aceptar con alegría y amor las contrariedades, las dificultades, las pruebas de nuestras vidas, como camino que nos conduce hacia el Señor?
El secreto del Padre Pío radica en su intensa vida de oración y en su unión espiritual con Cristo, pero especialmente por ese gran amor que sentía por la Eucaristía, a la que daba un papel central. Para él, el alimento eucarístico era el elemento crucial que vence la fe muerta, la impiedad triunfante, que te preserva del mal imperante y te fortalece en el caminar cotidiano. La Eucaristía encarnó durante su vida la actualización de la Pasión del Señor en el sacrificio de la Misa.
Esta es la enseñanza que san Pío me muestra hoy. Mi santidad personal pasa también por ofrecerme a Dios como alma para salvar almas, convirtiendo también mi misión en la misión corredentora con Cristo, siendo un crucificado sin cruz por medio de mi testimonio personal, de mi espiritualidad, de mi magisterio personal como esposo, padre, amigo, compañero de trabajo. La mística de la cruz no es solo para los santos es, sobre todo, el camino al que estamos llamados todos los laicos. Alter christus, otros cristos, que muestren al mundo la verdad del Cristo que ama a la humanidad, que se dio en la cruz y que se manifiesta diariamente en el sacrificio de la Misa, exaltación de su gran amor por el ser humano.

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¡Señor, me pongo hoy ante tu presencia y recordando la figura de san Pío de Pietrelcina, abro mi corazón a tu misericordia divina! ¡Te pido me concedas el mismo amor que san Pío tenía por ti, por la Eucaristía, sacrificio de tu amor por nosotros; por la confesión en la que tu purificas nuestra vida; por el Santo Rosario, camino de vida con María, tu Madre; por la oración personal, en el encuentro cotidiano contigo! ¡Te pido me concedas la gracia de aceptar las cruces cotidianas, los sufrimientos que surjan en mi vida pero que, por medio tuyo, imprimen a mi vida grandes riquezas y dones! ¡Concédeme, Señor, la gracia de amarte profundamente, de hacerlo con un corazón humilde, sencillo y puro! ¡Que no me importe, Señor, humillarme ante Ti a los pies de la Cruz reconocimiento que sin Ti no soy nada! ¡Ayúdame a caminar cada día humilde y sencillamente hacia la santidad personal de la que tan alejada estoy! ¡Concédeme la gracia de amarte hasta el extremo, de gozar con tu presencia cotidiana en la Eucaristía! ¡Dame una fe profunda y una confianza ciega para gozar de tu presencia en mi vida! ¡Señor, concédeme la gracia de amarte siempre, de vivir unido a Ti para que me llenes de tu amor, de tu misericordia, de tu bondad y de tu ternura, para que acojas todas mis aflicciones y mis debilidades, mis sufrimientos y mis miserias, para que me lleves por el camino de la rectitud y la santidad y me conduzcas a la vida eterna! ¡Y que siguiendo el ejemplo del Padre Pío no me importe ser varón de dolores, que no a partir del sufrimiento no me aleje de la mística de la cruz, que no deje de mirar y modelar mi vida en Ti que escogiste la cruz como bandera, que no me aleje de la senda del calvario si es tu voluntad! ¡Que ame tu cruz y mis cruces porque Tu nos has enseñado que por este camino es más corto el camino hacia la salvación! ¡Que sea, Señor, testimonio tuyo, discípulo de tu verdad y de tu amor!

En la cruz, cantamos hoy:

Gratitud

Una persona agradecida es alguien sereno y apacible. Aquellos que son agradecidos no lo son por naturaleza sino que han ido moldeando en su interior este habito. Son gente que saben dar gracias con independencia de las circunstancias en las que se encuentren. Observan para reconocer en lo que viven la presencia silenciosa de Dios, aunque no sean conscientes de ello. Y saben escoger siempre la mejor opción que es la que les lleva a tener una vida interior serena. Me pregunto hoy: ¿En qué medida soy agradecido? ¿Soy capaz de observar para agradecer? ¿Acierto al escoger? ¿Están mis gestos llenos de gratitud?
Pienso en la multitud de escenas que aparecen en los textos de las Escrituras y que hacen referencia al poder de la gratitud. ¿Qué elemento fundamental tenía la oración de Daniel antes de ser devorado por los leones, o el grito de Jonás en el vientre de la ballena, o la recomendación de san Pablo en la carta a los Filipenses por señalar sólo algunos ejemplos? La acción de gracias. Acción de gracias que lleva consigo un elemento crucial. La paz. La serenidad interior. Esa paz que proviene de Dios y que sobrepasa todo entendimiento.
Todo sentimiento de gratitud tiene, a su vez, una enorme capacidad de sanación y de purificación porque gratitud ofrece la gratitud ofrece tanto al que da como al que recibe grandes dosis de afectividad y cordialidad.
La gratitud que se manifiesta a Dios en la oración por lo que vivimos, tenemos y experimentamos genera una paz que sosiega el corazón, una paz que evita que el alma se debilite y se irrite por lo que uno no posee. De ahí que la gratitud acerca al corazón del hombre esa paz que permite sobreponerse a todo tipo de sufrimiento y dolor que proviene de la adversidad, de la contrariedad, de los tropiezos y del fracaso.
La gratitud que se expresa en lo cotidiano de la vida implicar agradecer por todo lo que se posee, lo que se ha tenido y lo que se poseerá en el futuro.
Y de nuevo surgen las preguntas: ¿En qué medida soy agradecido? ¿Soy capaz de observar para agradecer? ¿Acierto al escoger? ¿Están mis gestos llenos de gratitud?

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¡Padre de Bondad, ante tu amorosa presencia, quiero darte gracias, quien disponer mi corazón, mi mente y todo mi ser para alabarte, para bendecirte y para glorificarte, para darte gracias! ¡Quiero, Padre, contemplar tu hermosura, tu santidad y tu bondad, quiero darte gracias por siempre, quiero que mis sentimientos hacia Ti sean siempre de gratitud porque tu me acompañas siempre en todos los momentos de mi vida! ¡Gracias, Padre, por aquellas personas que has puesto en mi camino que me han ayudado y me ayudan en momentos importantes de mi vida! ¡Ayúdame, Padre, a ser siempre agradecido! ¡Gracias, por amor, tu fidelidad y tu misericordia que no merezco tantas veces! ¡Gracias, Padre, porque cada día puedo sentir tu cercanía; donde a veces no brilla el sol en mi corazón tu eres la luz, cuando no he sido fiel a tu Palabra, ahí  estás tu para enderezar mi camino! ¡Señor, deseo experimentar tu mirada, sentir la presencia de tu Espíritu en mi corazón, unirme a ti en un solo corazón! ¡Y como en el salmo, Señor, darte gracias, de todo corazón, te cantaré en presencia de los ángeles, me postraré ante tu santo Templo,  y daré gracias a tu Nombre por tu amor y tu fidelidad, porque tu promesa ha superado tu renombre! ¡Gracias, Señor, porque Tu amor es eterno, Señor! ¡No abandones nunca, Señor, la obra de tus manos!

Cantamos dando gracias a Dios:

Misionar por Cristo

Me encanta la simbología de cómo Cristo envía a los apóstoles a la misión de dos en dos. Es como si quisiera hacer entender al cristiano que no está solo cuando proclama el Evangelio. Nadie puede darse a sí mismo esta misión. Donde dos o tres están reunidos en Su nombre, allí está Él en medio de nosotros. Queda así claro que la comunión en la oración y la misión comienza cuando hay al menos tres personas: las dos que anuncian y la que recibe este anuncio. La misión tiene sus raíces en la vida trinitaria misma. El Padre envía a su Hijo y el Hijo envía el Espíritu.
Tampoco menciona nada sobre el contenido de la predicación de aquellos que son enviados. Ni nos ofrece la forma ni la sustancia ni el contenido de la predicación. A menudo, buscamos qué decir en nuestra proclamación del Evangelio.
Y pide a los apóstoles —a cada uno de nosotros individualmente—, que no llevemos nada, que no nos apeguemos a las cosas materiales. Implica aceptar lo que nos dan quienes nos reciben, o sacudir el polvo de nuestros pies cuando se rechaza la hospitalidad. Sorprende que se deba llevar un palo, unas sandalias y una sola túnica. Pero si lo interiorizamos bien es una manera de estar preparado para salir, a toda prisa, como en el libro del Éxodo. La misión supone una especie de nuevo éxodo, una nueva liberación. No se trata de huir de la esclavitud de la tierra de Egipto, como el pueblo de Israel, sino de liberarse de las fuerzas del mal. Sanar y relajar aquello a lo que estamos encadenados para experimentar la experiencia de la liberación en la forma de ejercer la misión.
¡Jesús no nos pide que digamos palabras maravillosas! Simplemente nos pide abrir el corazón y testimoniar lo que llevamos dentro. No se trata de decir cosas bellas, sino de vivir auténticamente la conversión interior para ser misioneros que reciben el evangelio para nosotros mismos antes de llevarlo a los demás. Vivir con humildad y no creerse superior a los demás brindándoles una verdad ya hecha que uno no haya practicado antes. La fe no es suficiente, hay que ponerla práctica.
Si Dios nos llama a misionar no es por nuestros propios méritos. Dios nos ha elegido antes de la creación del mundo para ser santos e irreprensibles bajo su amorosa mirada. Hemos sido elegidos y llamados a ser testigos de Su gran amor. Este testimonio es válido en todas las situaciones, independientemente de que haya o no bienvenida por parte de quien recibe la palabra para ser curado de sus enfermedades interiores. Cada uno de nosotros ha recibido la fuerza del Espíritu Santo para consolar a aquellos que están abrumados. Es aceptando nuestra propia vulnerabilidad y fragilidad como podamos ser testigos del Evangelio.
Nuestra fuerza misionera del Espíritu Divino trabaja en la debilidad de nuestros recursos humanos. La Iglesia no es una start-up que depende únicamente de la eficiencia. Nuestra flexibilidad, como cristianos, proviene de nuestro desprendimiento de los caminos del mundo. Estamos en el mundo, pero no en el mundo. Le pido hoy al Señor que no tenga miedo de salir en misión y que me ayude a cooperar en la obra de liberación iniciada por Cristo.

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¡Señor, a todos nos llamas a salir de misión! ¡Que el Espíritu Santo, Señor, me ayude a discernir siempre el camino que tu me pides; aunque te pido que me lleves a aceptar siempre tu llamada, a salir de mis propias comodidades y a atreverme a llegar a todas las periferias de la sociedad que requieren escuchar tu mensaje, sentir tu amor y tu misericordia y sentir tu presencia amorosa! ¡Señor, tu eres el Camino, la Verdad y la vida, eres auténticamente el rostro humano de Dios y rostro divino del hombre, por eso te tipo que enciendas mi corazón con el amor de Dios y me imprimas en el corazón el sello de ser cristiano para testimoniar al mundo con alegría la verdad de tu Evangelio! ¡Guía, Señor, por medio del Espíritu Santo cada uno de mis pasos porque quiero seguirte y amarte en comunión con mis hermanos, en comunión con tu Santa Iglesia y celebrando y sintiendo profundamente el don de la Eucaristía que tu instituiste el Jueves Santo! ¡Concédeme, Señor, la gracia de recibir el fuego de tu Santo Espíritu para que ilumine mi mente tantas veces cerrada y despierte en mi corazón soberbio y egoísta el deseo de contemplarte, de servir al prójimo, de amar a los hermanos, especialmente a aquellos que sufren, y el ardor por anunciarte sin miedo al que dirán! ¡Hazme, Señor, misionero valiente, comprometido y auténtico!

Alma misionera:

La vida te enseña que el sufrimiento hay que entregarlo por amor

Por experiencia puedo afirmar que el dolor es una escuela de vida. Es en medio del dolor en el que uno tiene la capacidad de discernir, donde uno valora lo que verdaderamente es importante o relativo. Es en la oscuridad del sufrimiento y en las tinieblas de la desnudez interior donde uno puede abandonarse a la desesperación y a la tribulación para ir paulatinamente hundiéndose en la tristeza o aferrarse a los brazos de la Cruz en la que Cristo abraza, sostiene, consuela, dignifica, sana y acompaña.
Es desde el vacío de la nada donde el hombre se hace más consciente de sus carencias y limitaciones; donde es posible reconocer la fragilidad de su propia humanidad; donde es posible vislumbrar el mundo con la mirada de Dios.
A mi alrededor, como en la de cualquier lector de esta página, hay gente que sufre una enormidad pero lo hacen con paciencia, soportando las contrariedades y las penas con amor, calladamente y con humildad.
Gentes que encuentran su fortaleza en Jesús testimoniando que «todo lo puedo en Cristo que me fortalece». Cuando observas cómo sobrellevan su sufrimiento y su dolor es cuando comprendes que tus propias penas son insignificantes aunque no lo sean a los ojos de Jesús. Cargar las cruces cotidianas con Él alivia el corazón y hace más soportable el dolor, lo que no implica entenderlo.
En el cielo los planes de Dios tienen su razón de ser y es en este punto dónde hace acto de presencia la fe que nos reconoce humildes ante los planes divinos.
El camino que conduce a Dios es el del corazón quebrado a pedazos; abierto a su misericordia.
La vida te enseña —te enseña, aunque sea difícil ponerlo en práctica— que todo sufrimiento hay que entregarlo por amor, que cada lágrima derramada debe transformarse en una sonrisa, que cada ofensa recibida debe transformarse en una oración, que cada golpe recibido debe llevar consigo el perdón, que cada desprecio tiene que volverse al otro con mirada de Misericordia al estilo de Jesús.
El dolor es la gran oportunidad que Jesús ofrece para acercarte más a Él, para unir el propio sufrimiento al de Jesús. Es el don que pone Cristo para convertirte en testigo de su amor infinito y misericordioso, la invitación directa para el olvido de uno mismo, para cargar la cruz y avanzar por la senda del amor.

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¡Señor, no quiero regocijarme con mis penas y sufrimientos que te entrego a Ti con amor para que lo acojas todo con tus manos misericordiosas! ¡Te pido, Señor, que a la luz de la fe y la esperanza, envíes tu Santo Espíritu, para ser consciente del profundo amor que sientes por mí y acepte siempre tu voluntad! ¡Concédeme la gracia de creer en tu amor! ¡Dirige, Señor de bondad, tu mirada de amor hacia los afligidos, los que sufren, los que lloran, los que están desesperados, los que no sienten tu presencia, los que necesitan ser consolados! ¡Señor, derrama tu gracia infinita y tu amor misericordioso sobre cada corazón humano y haz que encontremos siempre el consuelo del espíritu, la esperanza en tu divina Providencia, renueva nuestro interior, ábrelo siempre a una predisposición a la renovación espiritual y ayúdanos a comprender el misterio insondable del dolor y del sufrimiento como camino para el crecimiento interior! ¡Concédenos la gracia de comprender que el dolor nos permite acercarnos más a Ti y ayúdanos a llevar la Cruz de cada día con amor y generosidad!

La Cruz, que acompaña al sufrimiento:

¿Soy compasivo?

Por algunas reacciones de mi carácter me planteo: ¿soy compasivo? Mejor dicho: ¿Soy compasivo como era Jesús? ¿Está en mi forma de actuar la compasión que es el modo natural de Dios? ¿Lo está en mi manera de contemplar a los demás y de ver la vida? ¿Son compasivos mis actos, mis acciones, todo lo que mueve y dirige mi vida?
Mi corazón se constriñe. Si hay algo que revolucionó el mundo en el que se movía Jesús es que todo estaba impregnado de un amor repleto de compasión. La compasión de Jesús transformó el mundo. Para Jesús la misericordia —hermana de la compasión— no era meramente una virtud: era la razón de ser de su Padre y por eso la extendió por allí donde iba.
Compasión para el enfermo, el poseído por espíritus malignos, por los desheredados, los marginados, los necesitados de liberarse de cargas pesadas, de los ciegos, los leprosos, los que viven en soledad, los que nadie escucha, lo que no tienen a nadie que los defienda, los que a nadie interesan… todos ellos eran acogidos por su corazón compasivo. Los atendía como hace con todos el mismo Dios.
Observo este cuadro y me pregunto: ¿Soy lo suficientemente compasivo como para interiorizar el sufrimiento del prójimo hasta el punto que entre en lo más profundo de mi ser, de mi corazón, haciendo su sufrimiento algo unido a mi? ¿Y una vez interiorizado, cómo me afecta ese sufrimiento del hermano, en qué medida me compromete con él? ¿Me lleva a actuar, a tomar partido por esa persona para aliviar su sufrimiento? ¿Reflejo en mi corazón la concreción del reino de Dios en este mundo, del que como cristiano debo testimoniar? ¿Comprendo que la comprensión es escuchar activamente con un deseo auténtico de comprender lo que le sucede al otro, que es el primer paso hacia el acompañamiento? ¿Comprendo que sin acompañamiento no hay amor?
En definitiva, ¿la compasión implica para mí sufrir con el otro, participar de su dolor ajeno con un sentimiento real y una actitud que conduce a acompañarle, consolarle, amarle y a orar por él para hacer más liviano su dolor?
¡Cuánto me queda por hacer por ofrecer más bondad, dulzura y amor a las personas que se cruzan por el camino de mi vida!

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¡Señor, que como Tú sea capaz de ver al prójimo con mirada de amor y compasión! ¡Que todos mis actos reflejen la fuerza de tu misericordia, que esa compasión sea producto de haber cultivado en mi corazón el encuentro íntimo con Dios! ¡Señor, envíame sobre mi Tu Santo Espíritu, para que me ayude a vaciarme de mis egos, de mi soberbia, de mis expectativas personales, de mis yoes, de mis necesidades y de mis preocupaciones para convertirme en un ser orate que se acerque con el corazón abierto a todos aquellos que sufren! ¡Llena mi corazón, Señor, de tu misericordia, de tu gracia y de tu amor para llevarlo a todos los que cerca de mi necesitan de tu esperanza! ¡Ayúdame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu, luz viva que por medio de mis gestos, palabras y acciones sientan su santa presencia! ¡Te pido, Señor, que derrames tu gracia sobre todos los que necesitan de tu misericordia, envía sobre ellos tu Santo Espíritu para que les brindes libertad, esperanza, amor y confianza! ¡Concédeme la gracia, Señor, de mostrarme siempre disponible para el que sufre, el que necesita consuelo, el ahogado por los problemas, el deprimido o desamparado! ¡Y danos, Señor, esa compasión que surge de tu corazón misericordioso, que tantas veces parece complicarnos la vida pero que nos lleva a la riqueza de sentir tu presencia amorosa! ¡Gracias, Señor, por la escuela de la compasión que es tu corazón misericordioso!

Compasión, hermosa canción para acompañar esta meditación:

Solo me queda Dios

Me contaron hace unos días un impresionante testimonio de fe. Una enfermera del turno de noche de un hospital escucha como un compañero enfermero sin complejos le recomienda a un paciente que rece el Padrenuestro.
En un momento de pausa, entre bocadillo y bocadillo, la enfermera le pregunta al joven si es cristiano. Él asiente. Y a partir de ese momento ella le abre el corazón. Su hijo mayor falleció de una sobredosis. Un año más tarde, su hijo menor, deprimido por aquella pérdida que no pudo superar, desesperado, se quitó la vida. El golpe fue brutal. Y tras un duelo dolorosísimo, a su marido —su gran apoyo emocional— le diagnosticaron un cáncer terminal que le arrancó de cuajo la vida en cuestión de meses. Y tras esta perdida, además de su trabajo en el hospital, dedica su tiempo a acompañar en colonias a niños con graves discapacidades.
El enfermero, que es quien cuenta la historia, no sabía cómo consolarla. Pero ella, comprendiendo su silencio, le espetó: «pero sabes qué… ¡me queda Dios!».
¡Qué fe tan grande la de esta mujer! ¡Cuando parece que lo has perdido todo, que estás completamente aislado, que todo se desmorona a tu alrededor, cuando parece que nada tiene sentido porque se te ha arrancado lo que más amas, cuando te han sustraído tu apoyo, cuando piensas que la soledad te embarga, que nada se escucha en torno a ti, cuando todo se tambalea… lo único que le queda a este mujer es Dios!
¡Cuando antes de que la desesperación le inunde el corazón, cuando todo parece que está perdido, cuando las circunstancias del mundo parecen olvidarse de ella… lo único que le queda es Dios!
¡Cuando los zarpazos de la vida parecen hundirla en el cenegal de la tristeza, cuando la vida parece escurrirse entre sus manos… lo único que le queda es Dios!
A esta mujer solo le queda Dios porque la suya es una vida intensa de piedad, de amor y de fe. Ella testimonia el «venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados porque yo os daré descanso. […] Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis en mi vuestro descanso».
Esta enfermera dignifica el ser cristiano pues sin estar en el Señor el hombre es un ser roto. Nuestro ser de personas rotas tiene numerosas definiciones: pérdidas, exclusiones, olvidos, dependencias, enfermedades, adicciones, rupturas, egos, soberbias… pero ella coloca su vida bajo el signo misericordioso de la bendición, en esa capacidad innata del hombre para decidir vivir como un ser elegido, protegido y amado por Dios.
El «¡me queda Dios!» es el testimonio vivo del entrar en comunión con el Señor si uno se sabe elegido, bendecido, amado, «roto» pero interiormente restaurado por Él y dispuesto a vivir en comunión con Él.

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¡Padre de bondad, nada quiero pedir para mí; mi corazón se abre para alabarte porque eres el Padre del amor y de la misericordia y por el gran regalo de darnos a Jesús! ¡Padre de bondad, te doy infinitas gracias por la luz que tu Santo Espíritu irradia sobre el corazón del ser humano para comprender tu bondad infinita! ¡Pongo en tus manos, Padre amoroso, a todos los que sufren; de todos ellos conoces sus nombres, su historia y sus tribulaciones! ¡Fija, Padre, tu mirada en ellos para que sientan el consuelo de tu ternura! ¡Padre de misericordia, no es necesario que te supliquen nada porque tu lees en lo más profundo de su alma y de su corazón, sabes lo que necesitan, sabes como sanar las heridas que les dañan! ¡Padre, tu tienes el poder de enviar al Espíritu Santo sanador sobre el corazón de los que sufren para sanar tantas heridas y tanto dolor! ¡Tu puedes, Padre, hacer que brote en su interior los frutos perennes de tu gracia!  ¡Toca, Padre, con tus manos al herido, abraza al desesperado, mira al hundido; hazles ver que les importas porque les amas y les has creado, permite que experimenten tu ternura, dales la fe que supera tantas pruebas, impregna el espíritu de Jesús en su alma! ¡Y, ante la prueba, Padre, no les permitas que se separen de ti sino que experimenten tu presencia y tu amor salvífico, sanador y purificador!

Un precioso canto al Espíritu para llenar nuestro corazón de paz y de amor: