Unido a la Madre dolorosa

La Iglesia celebra hoy la festividad de Nuestra Señora de los Dolores. Es una jornada para estar muy unido a María, nuestra Madre. Lo hago con el corazón abierto imaginándome a la Virgen a los pies de la cruz, llorando desconsolada de dolor cuando su Hijo colgaba del madero santo. Esta poderosa escena es muy inspiradora para mi vida cristiana. Observo a Cristo con los brazos extendidos en cruz, abrazando a la humanidad entera, muerto para cumplir por amor la voluntad del Padre. Este cuerpo desgarrado y magullado marca la perfección del cumplimiento de la voluntad de Dios. Cristo aprendió la obediencia a través de los sufrimientos de su Pasión. El Siervo sufriente, Hijo de María, da su vida por el ser humano creado a imagen y semejanza de Dios para liberarlo del pecado.

Este cuerpo lacerado, sin aliento, desfigurado es el que María formó en su carne durante nueve meses. Es una realidad viva. Una escena profundamente dramática. Es ella misma la que permanece junto a la Cruz. ¿Puede una madre ver a su hijo tratado de esta manera sin sentir un dolor extremo, sin convertirse en una «madre dolorosa»? Es una escena que abre el nacimiento de una nueva esperanza.

Me imagino la escena y se me desgarra el corazón. Suenan de fondo, en este momento, el cántico de los ángeles aquella noche en Belén: «Te ha nacido un Niño. Se te ha dado un salvador». Es en estos momentos cuando el Hijo de María se convierte realmente en el Salvador de una multitud de hermanos y hermanas vivificados por el amor, el amor fiel y misericordioso de Dios que llega al encuentro de la humanidad a través del Cuerpo y la Sangre derramada de quien está en la Cruz. De este cuerpo atravesado por la lanza del soldado saldrá sangre y agua y nacerá un pueblo nuevo, una multitud inmensa en los cuatro confines de la tierra. El pueblo cristiano del que me siento tan feliz de pertenecer.

Ésta es la belleza de esta escena en la que, al pie de la Cruz, la Madre de los dolores se convierte en Madre de la Iglesia, de este nuevo pueblo de bautizados. «Mujer, aquí está tu hijo». Jesús nos la entrega como Madre. Por eso siento tanta devoción por María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia. «Aquí tienes a tu Madre». Se lo dice a Juan pero me lo dice también a mi y a todos nosotros. 

Pero este episodio no se queda aquí. Del sepulcro surge glorioso y luminoso el cuerpo lacerado por los látigos de la flagelación, la corona de espinas, las manos y los pies crucificados, atravesado por la lanza, el del Salvador que fue el instrumento que utilizó Dios para ver cumplida su voluntad. Cristo ha resucitado; se ha hecho poderoso para salvarnos. Nacimiento en el dolor al pie de la Cruz, nacimiento en la gloria de la Pascua cuando Cristo resucita a la vida. Cristo está vivo y así lo sentimos los creyentes.

Es por eso que, en cada Eucaristía que celebramos en asamblea alrededor de la Cruz, es posible asociarlo todo a María y a los testigos que estuvieron en el Gólgota; es por eso que podemos tomar en nuestras manos, compartir y comer el Cuerpo de Cristo. Y es por esto que puedo decir deseando que se inscriba profundamente en mi vida: «Oh Cristo, me das y formas en esta Eucaristía tu Cuerpo magullado y resucitado… Aquí vengo, como tú, hacer la voluntad del Padre, que no tiene otra voluntad que la de que toda la humanidad se salve».

En cada Eucaristía me uno a Cristo pero también a la Madre de los Dolores, la que permaneció al pie de la cruz, lo que te permite acudir a Ella para que me ayude siguiendo su ejemplo a que mi vida sea un «sí» absoluto de entrega a la voluntad de Dios.

¡Madre, Nuestra Señora de los Dolores, me uno hoy a ti con el corazón abierto; quiero aprender de Ti la entrega amorosa, la serenidad profunda, la fortaleza viva, el amor incondicional a los pies de la cruz junto a tu Hijo! ¡Te doy gracias, María, por tu enseñanza, por tu ofrecimiento como corredentora del género humano! ¡Me siento muy unido a Ti, Madre, y te doy gracias por acogernos a todos cuando asentiste antes las palabras de tu Hijo del «¡Ahí tienes a tu Madre!» ¡Quiero recibirte en mi corazón, en mi vida, en mi hogar como hizo Juan cuando asintió ante las palabras de Tu Hijo: «¡Aquí tienes a tu Madre!» ¡María, Señora de los Dolores, acudo a Ti y te entrego todas mis necesidades, mis sufrimientos, mis fragilidades, mis angustias, mis desesperanzas para que las acojas y las sanes! ¡Dame mucha fe para aceptar las cruces que se me presentan y ayúdame a mirar siempre a Tu Hijo para acoger con amor el sufrimiento que me sobrevenga! ¡Concédeme la gracia,  María, de ver mas allá del sufrimiento y de la muerte y ayúdame a abrir siempre el corazón para seguir amando y sirviendo en medio de las dificultades y de las pruebas!  

Unido a María en el preámbulo de la Pasión

Primer sábado de abril con María, Señora de la Cruz, en lo más profundo de mi corazón. Preludiamos la Semana Santa, un tiempo que viene precedido de mucho dolor por el virus letal que amenaza el mundo y está cercenando tantas vidas humanas. Me invita la oración de hoy a meditar la figura de María junto al Cristo moribundo, en una imagen prefigurada de la vida de tantos en los hospitales de cientos de ciudades del mundo.
Me hago cargo del profundo sufrimiento de la Madre postrada de rodillas a los pies del madero santo. Una escena dolorosa y terrible viendo a la Madre del Salvador orar por el alma del Amor infinito. Una Madre que no abandona a su Hijo, el dibujo claro que no nos abandona nunca.
Ella dolorida y sufriendo viendo al Dios y Salvador del Mundo agonizar en la cruz. Ella penetrando íntima y espiritualmente en los sufrimientos del Hijo Único engendrado en su alma pura. Ella, viendo como su Hijo tiene sed y no puede proporcionarle ni un sola gota de agua ni que fuera de sus propias lágrimas. Ella sufriendo en la honra dignificada de la muerte del Santo entre los santos. Ella dolorida por los insultos que recibe su hijo, por las imprecaciones, los improperios, los agravios y las blasfemias. ¡Cuánto dolor sentiría María! Ella, con el corazón herido por tanta ingratitud que recibe su Hijo que había pasado por el mundo haciendo el bien. ¡Cuánta pena en María! ¡Y cuanta pena en mi corazón por ser consciente de que todo lo sufrido por Cristo es también culpa mía!
En este sábado que es el preámbulo de la Semana de Pasión que vivirá Jesús por la salvación de nuestra vida, me uno espiritualmente a María para que me muestre el camino para aprender a interiorizar en mi vida el compadecerme de la pasión de Cristo. Soy hijo de Dios, hijo de María, hermano de Cristo en la fe y receptor de los dones del Espíritu. ¡No puedo transitar cómodamente por la vida sin mirar con el corazón abierto los males sufridos por el Dios hecho hombre por causa mía y para la salvación de mi alma! ¡Hoy le pido a María que haga mi corazón sensible a la realidad del mundo, un corazón que sea blando y no de piedra, un corazón amoroso y no egoísta, un corazón abierto al amor de Cristo razón de nuestra existencia!

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¡María, Madre de bondad y de misericordia, tu viviste la pasión de tu Hijo con una fe y esperanza ciertas, lo que a nuestros ojos era el Amor de Dios destrozado por el pecado, ayúdame a vivir este tiempo de pasión con tu mirada sabedor de que no hay amor más grande que el que da su vida por el otro! ¡María, sufriste viendo a Jesus coronado de espinas, su piel rasgada, su espalda magullada, su rostro desgarrado, sus manos y sus pies traspasados; sufriste por cómo se burlaron y blasfemaron contra Él, como lo escupieron y abofetearon; yo estaba allí, Madre, con los que humillaron a Jesús y, tristemente, sigo haciéndolo hoy con mis faltas y mis pecados! ¡Sé que tienes roto el corazón, María, por todo esto; por eso te pido que me ayudes a crecer en santidad, en amor, en entrega! ¡María, sufriste, al ver caer a Jesús bajo el peso del madero santo; yo estaba allí y no le ayudé a llevarlo como ahora tantas veces me quiero apartar de mi propia cruz! ¡Enséñame a aceptar como aceptaste tu, a creer siempre en la voluntad del Padre! ¡Te contemplo postrada a los pies de la Cruz, Madre, aferrada a tu fe, y te pido ablandes mi corazón soberbio y egoísta, para comprender el valor de la entrega, de la generosidad y del amor! ¡María, Madre, Corredentora, que coja solo un poco de tu fe para tomar fuerzas antes los embates y los dolores que me depare la vida! ¡María, Señora de la Cruz, Madre que acompañaste a Jesús en su tránsito, que aprenda de tu amor, de tu entrega, de tus silencios, de tu generosidad, de tu hacer la voluntad de Dios, para estar siempre a la altura del Amor de tu Hijo y entregarme bondadosa y voluntariamente a los designios de Dios! ¡Que como tu, María, Señora del Amor, madure en mi el amor a los pies de la cruz de tu Hijo y no tenga miedo de ser partícipe de su pasión con todas las consecuencias! ¡Bendíceme, Madre, y ruega por mí a Jesús sin cesar para que el pecado se aleje siempre de mi! ¡Cuando tropiece, levántame! ¡Cuando vaya a caer, sostenme! ¡Cuando me olvide de Jesús, recuérdame a tu Hijo! ¡Cuando los peligros me acechen, asísteme y mírame con compasión porque soy pequeño, frágil y débil! ¡Todo tuyo, María, siempre tuyo!

Sentir las penas de Jesús a través de María

Tercer sábado de marzo con María, la Madre de Dios, la mujer que comprende los sufrimientos del alma humana, en lo más profundo de mi corazón. Contemplo hoy a María penetrando en cada uno de los sufrimientos de Cristo durante su Pasión. Pienso en cómo María se debió encontrar en ese momento álgido de la vida de Jesús sin poder darle el menor de los consuelos y sin poder proporcionarle el cariño de Madre para evitarle tanto dolor corporal, para saciar su sed, para aliviar cada una de los humillaciones recibidas, para limpiar su rostro y su cuerpo magullados. Pienso en cómo se le traspasaría el corazón con la espada de los insultos y las blasfemias que se pronuncian contra Jesús, Ella que lo conocía tan bien y sabía de su humanidad, de su bondad y el abundante amor que desprendía su corazón divino. Me descompongo al pensar cuánto sufrimiento en su corazón de Madre ante tanta ingratitud y desagradecimiento ante el Señor de las Bienaventuranzas, de la sanación interior, de los milagros, de la Buena Nueva. Se trunca mi corazón por Ella que ve como en el momento supremo en que Cristo está dando su vida por el ser humano, la desbandada es general. María permanece allí, en el pretorio, en el camino hacia el Calvario y a los pies de la Cruz. También yo he sido uno de los que le han abandonado, le he insultado con mis pecados, le he injuriado con mis infidelidades, he permitido su sufrimiento con mis faltas. Soy también consecuencia con mis actos y mis infidelidades del sufrimiento de Jesús y de María porque Cristo cargó la cruz no solo con los pecados humanos pasados sino también con los presentes y futuros.
Hoy, en este sábado, quiero de aprender de María a compadecerme con el corazón abierto de la Pasión de su Hijo. No caminar por la vida mostrándome indiferente a un hecho tan crucial en mi vida cristiana. Y por eso le pido a la Virgen, que se mantuvo firme y fiel a lado de Jesús, que humanice mi corazón, que lo haga humilde, pequeño y pobre para sentirse conmovido por Jesús y no permita que me acostumbre a verlo crucificado.

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¡María, Virgen santa, Madre buena, enséñame el camino para amar más a Jesús, para no mostrarme indiferente a su amor divino, a no acostumbrarme a verlo crucificado! ¡María, que tan asociada estabas a la misión de Jesús, muéstrame el camino para vivir como un auténtico seguidor suyo! ¡Quiero aprender de ti, María, a mantenerme fiel en la unión con tu Hijo incluso en los momentos de la cruz, a adherirme a ti en la pasión redentora de tu Hijo, que tu viviste con la participación en su dolor! ¡Ayúdame a ser compasivo, María, porque en tu compasión tu corazón repercutió todo lo que Jesús padeció en el alma y en el cuerpo; ayúdame a vivir también así muy unido a la Pasión de Jesús para que todo lo que haga en mi vida esté impregnado de amor! ¡Que aprenda de ti, María, que al asociarme al sacrificio de Jesús me estoy subordinando a Él! ¡Ayúdame a ser como tu, María, en tu inquebrantable firmeza y tu extraordinaria valentía para afrontar los padecimientos, en ser firme en la fe, en la esperanza, en el amor y en el cumplimiento de la voluntad de Dios! ¡Tu, María, que sufriste con dolor y amargura los insultos que recibió Jesús, respondiste a tanto agravio y humillación con un corazón indulgente y una actitud de perdón, asociándote con Jesús en su súplica a Dios de que perdonara a todos porque no saben lo que hacen; que como tu, María, mi corazón esté predispuesto al encuentro del otro, a perdonar siempre, a romper las cadenas del mal! ¡María, te tomo de la mano y te presento mi súplica: acoge todas y cada una de mis penas y las de los que me rodean para que las llenes de consuelo; toma mi cuerpo y las de mis próximos para que los sanes, toma mi corazón y la de mi prójimo para que los llenes de amor, bondad, perdón, contrición, paciencia y caridad y toma nuestras almas para que caminen siempre purificadas para alcanzar la salvación que nos ha prometido tu Hijo Jesús!

Fatiga amorosa por el otro

Una madre de mediana edad con cuatro hijos y profesional responsable me decía hace unos días que sentía que su jornada no había sido provechosa si por la noche no se acostaba rendida. No era su intención alardear de su fatiga. Para ella no era importante haber realizado muchas tareas o haberse multiplicado para llegar a todo y a todos. Simplemente aspiraba haber sido capaz de profundizar en la realidad del prójimo, haber sentido su presencia, sentir sus vidas como algo importante, ser refugio de la fragilidad y la vulnerabilidad del que le rodea y que reclama espacios de seguridad y de paz. Es decir, se refería a una fatiga del corazón que ama.
Me sentí profundamente turbado. ¡Cómo cambiaría el mundo si fuésemos capaces de contemplar las vidas ajenas para calmar sus sufrimientos, apaciguar su dolor, sumergirse desinteresada y amorosamente en su realidad! Y me formulo esta pregunta sencilla y directa: y yo… ¿por quién me fatigo cada día?
Le ofrecí ayer en la Eucaristía a Dios las fatigas, hastíos, cansancios y trabajos de quienes me rodean como ofrenda transformadora para que sean tiernamente abrazadas por el Señor en el misterio de la fracción del pan. ¡No hay nada más bello que todas las necesidades humanas sean bendecidas por el mismo Cristo presente en la Eucaristía y ofertadas como alimento que repara todas las necesidades de los seres humanos! ¡Qué hermoso es dejar que todo descanse ante la Presencia misma del Amor!

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¡Señor, Tú eres mi fortaleza, mi refugio, mi descanso y mi paz! ¡Tu eres el que me permite seguir las luchas cotidianas con esperanza; soy consciente de que las luchas y las fatigas seguirán pero ayúdame a sufrirlas a tu manera, contigo y con la alegría de saberme acompañado de tu presencia! ¡Pongo en tus manos las luchas y las fatigas de mi prójimo para que también las hagas tuyas! ¡Deseo, Señor, descansar en Ti y colocar sobre tus hombros, ofrecidos con misericordia y amor, todas mis fatigas, tentaciones, miedos, penas, desfallecimientos, intentos de huir, alegrías y esperanzas y las de los que me rodean! ¡Señor, gracias, porque sentir que las acoges me permite descansar y seguir con fuerzas, lleno de paz y serenidad y con la ilusión de proseguir el camino en tu compañía! ¡Jesús, Tu eres el Pan de Vida, alimento de nuestras almas, del que podemos saciar nuestros anhelos más profundos, nuestra hambre de Dios, nuestra nostalgia infinita de felicidad y de plenitud, te entrego la fragilidad y vulnerabilidad de todos cuantos me rodean para que les llenes de gracia y estar siempre unidos a Ti en el amor y convertir nuestras mentes y nuestro corazón de modo que nuestra unión contigo sea completa!

Con la Alegría de los afligidos

Celebramos hoy la festividad del día de la Madre de Dios, Alegría de los afligidos. La primera imagen que me viene a la mente es cuando María partió hacia una ciudad de las montañas de Judá para visitar a su prima santa Isabel. Y las palabras de la anciana a María: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?». ¡Que emotividad comprender la profundidad de estas palabras que brotan del corazón!
Y es que la Virgen, la Madre, la esclava del Señor, la humilde entre las humildes, la sencilla doncella de Nazaret, es alegría de los afligidos, la que acude en pos del necesitado. De los que su vida está marcada por la brutalidad de la humillación, de los abusos de los poderosos, de la enfermedad. De los que viven con una discapacidad física o mental. De los que conocen una adicción. De los que no encuentran su lugar en el mundo. De los padres que asumen las dificultades de sus hijos. De los matrimonios que viven el desgaste de los años de convivencia. De los que viven con la angustia de perder sus empleos, de los que no tienen techo donde cobijarse, de los que no tienen familia. De los que su corazón está lleno de heridas causadas por la vida. De los que están rotos de desamor, de comprensión, por las injusticias cometidos con ellos… ¡Hay tantos afligidos en el mundo!
Pero ahí está María, consoladora de los afligidos, ¡alegría de los afligidos! Que conduce a los que sufren al Padre amoroso por medio de su Hijo.
¡María, alegría de los afligidos! Y así la siento porque por medio de Ella comprendes que Cristo invita a todos a seguirle en una presencia rica en misericordia. Es por su gracia que todos somos salvos. Es en los que sufren que Cristo se identifica. Es a través de los rostros sufrientes y de los corazones rotos que Cristo se revela a si mismo.
Y entonces recuerdas las palabras de Jesús desde el madero santo: «¡Aquí tienes a tu Madre… Aquí tienes a tu hijo!». Y por medio de María observas como la misericordia del Padre, la compasión del Hijo y la fuerza del Espíritu Santo hacen que las cosas tengan sentido y ayudan al ser humano a descubrir su grandeza y dignidad. Y María te revela a ese Dios que está tan cerca, un Dios que agarra el peso de nuestra humanidad, un Dios que calma, que da paz y sosiego en el sufrimiento. Entonces, comprendes mejor lo que significa estar en peregrinación. Es salir de uno mismo e ir al otro. Es decidir vivir un encuentro con el que el Señor nos da y pone en nuestro camino de la humanidad. A partir de este encuentro, de la constatación de que la vida comporta la cruz, un exceso de vida se manifiesta en cada uno, algo se mueve en el interior. Pero ahí está María, alegría y consoladora de los afligidos, que ilumina nuestra fe para que los interrogantes ante el sufrimiento no se queden en una respuesta vacía. El dolor y el sufrimiento exprimen el corazón constantemente. Pero ahí está María Santísima, la Madre la Consoladora de los afligidos, cuyo anhelo no es más que endulzar cada amargura y alivia cada dolores si le abres el corazón y le permites la cura.
María toma cada una de nuestras aflicciones y las hace suyas; toma cada uno de nuestros dolores y se los apropia. En sus manos y con una sola mirada, llena de amor, de ternura, de dulzura y de piedad la Madre serena cualquier corazón diezmado por le sufrimiento y suaviza las adversidades más profundas que nos invaden.

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¡María, Madre buena, cercana con los que sufren, alegría de los que padecen, consuelo de los sufren, danos mucha fe para soportar las dificultades! ¡Quiero compartir tu alegría para superar las pruebas de la vida! ¡Te pido que me mires y eres a los que acudimos a Ti con confianza para que alivies nuestros pesares, hagas menos pesadas nuestras cargas, des mucha serenidad a nuestros corazones afligidos, llenes de paz nuestro interior, te apiades de nosotros en cada momento que aflore la amargura! ¡Acompáñanos, María, en el caminar por esta vida y llévanos con confianza hacia el cielo! ¡Ayúdame cada día a afrontar como lo hiciste Tu las dificultades del día a día y a vivir confiado, alegre y esperanzado cogido de tu mano!

Hermosa la vi, le cantamos hoy a María:

¡Búscame a mí, Señor!

Miércoles Santo. A un día de la Pasión de Cristo. Jesús se predispone a cargar el pesado madero camino del Calvario. Este gesto de cargar la cruz tiene una gran profundidad para mi sendero espiritual.
La cruz es la viva representación de la vida misma y de todas las circunstancias que me rodean, de los problemas cotidianos, de las constantes caídas, de los conflictos que de manera conscientemente genero, de aquellos que me llegan sin esperarlos. Cristo me enseña a cargar la cruz, mi propia cruz, siendo responsable de mis propios actos aunque también el saber pedir ayuda cuando el peso es excesivo y las cargas dolorosas.
Los clavos que traspasan las manos y los pies de Cristo significan para mí la manera como afronto las vicisitudes de la vida y los problemas que me atenazan. Puedo quedarme apresados en ellos o, como Jesús, resucitar y dar cabida a la esperanza, a la alegría, a la confianza y avanzar en mi peregrinaje vital.
El camino que conduce hasta el monte Calvario es largo y sinuoso, difícil de transitar, como lo es también la vida. En este caminar serán muchas las personas que pasen a mi lado, unos me halagarán, otros me traicionarán, otros me apoyarán, otros me levantarán y para otros seré alguien indiferente.
Como a Jesús en su caminar ascendiendo hasta el lugar de su crucifixión encontraré quien me dé de beber, quien me limpie el rostro en el desconsuelo, quien me latigue con sus críticas, quién me fustigue con su indiferencia o quien se acerque a mi para llevar la cruz. O también a quién no he dado de beber, ni he limpiado su rostro, o he fatigado con mis críticas o no me he acercado para portar su cruz. Esas personas representan a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a la gente de mi círculo social, a los conocidos que se crucen en mi camino.
En este Miércoles Santo quiero ser consciente de que camino al lado de Jesús. Que como él voy lleno de heridas pero que no debo dejar de portar la cruz con entereza y dignidad porque en definitiva mientras camino con ella a cada paso que doy me acompaña la sombra indeleble de mi propia vida, de mis propios actos y de mi auténtico ser.

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¡Señor, estoy llamado a unirme a ti, acompañarte en el camino de la Cruz! ¡En este Miércoles Santo quiero prepararme bien para vivir contigo espiritualmente la Santa Cena, la institución de la Eucaristía y el sacerdocio, estar contigo en el huerto de Getsemaní, llorar por mis pecados, aceptar con dolor que serás flagelado por mis faltas y mis pecados, cargar contigo la cruz! ¡Quiero acompañarte en silencio para unirme a tu amistad de una manera especial entregándote mis dolores y hacerlos uno contigo, mis sufrimientos y hacerlos uno contigo, mis pesares y hacerlos uno contigo! ¡Quiero contemplar tus sufrimientos Señor y que mi corazón se llene de compasión para tomar con fortaleza el saber sobrellevar cada una de las pruebas que me presenta la vida! ¡Señor, en estos días te vas a sentir muy solo, búscame a mí! ¡Señor, te vas a encontrar sin nadie que te acompañe, búscame a mí! ¡Te encontrarás abrumado por el silencio, escucha mi oración y mis palabras de amor! ¡Te llenará de desconsuelo el desprecio de la gente, reposa en mi! ¡Te pesará la cruz, déjame que te ayude a llevarla! ¡Te verás despojado de tus vestiduras, desnudo frente al mundo, déjame que ame tu desnudez y que sea yo quien te vista! ¡Permíteme, Señor, ser un auténtico testigo de tu verdad, concédeme la gracia de ser tu palabra, tus gestos, tu mirada! ¡Dame la gracia de ser tu refugio en estas horas difíciles y vivir auténticamente como viviste tu!

En mi Getsemani, cantamos hoy acompañando al Señor:

Preguntas ante la tercera caída de Jesús

La tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz en su via crucis es una lección de humildad. Es la constatación de su despojo más absoluto. El Señor les había dicho a los discípulos que no había venido a ser servido sino a servir. Y ahí está, despojado de si mismo, portando la cruz, en obediencia absoluta al Padre por amor a los hijos.
Este hombre magullado, encarnecido, dolorido, humillado, flagelado es el mismo Dios que ha asumido la condición de hombre. Comprendes entonces cuánto te ama Dios en tus debilidades y tus fortalezas, cómo te acompaña Jesús en el camino de la vida, especialmente en las caídas más dolorosas cuando parece que las fuerzas han menguado y no hay esperanza.
Ante esta tercera caída te planteas como te sientes ante las preocupaciones cotidianas cuando el cansancio físico y emocional hace mella en ti al portar las cruces de la jornada y qué reacción has tenido ante cada uno de estos acontecimientos de tu vida que tanto dolor, frustración y angustia han generado. Te preguntas también si has sabido contemplar la presencia continuada de Cristo caminando a tu lado.
Ante cualquier circunstancia marcada por el dolor, por la congoja, el pesar, el abatimiento o la preocupación siempre germina una semilla de esperanza y de paciencia, para esperar y para sufrir, para encontrar esa paz que sólo se encuentra en la Cruz y en las luchas cotidianas.
Cuando contemplas a Jesús bajo el peso de la cruz, caído por tercera vez, comprendes que cualquier experiencia dolorosa es intrínseca a tu crecimiento interior y espiritual, a tu evolución personal, a la necesidad de dejarse ayudar para borrar esa soberbia y ese egoísmo que tantas veces nublan tu existencia e impiden acoger en el corazón la ayuda del Padre, el consuelo del Hijo y las fuerzas del Espíritu Santo.
Cada caída ante el peso de la vida es una ventana que se abre para tu crecimiento personal, una ocasión para reponer fuerzas y levantarse de nuevo y reemprender el camino. Es la oportunidad para exclamar a Cristo que por los méritos de su debilidad, en esta tercer caída, te ofrezca la gracia de levantarte otra vez en el desafallecimiento y seguir el camino con confianza, esperanza,  paciencia y con mucha fe seguido de cerca por su mirada consoladora, con su amor misericordioso y con su protección sanadora.

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¡Señor, que el peso de las cruces cotidianas, que mis caídas ante el dolor y el sufrimiento, no me impidan levantarme! ¡No permitas, Señor, que desfallezca ante el peso de mis cruces! ¡Concédeme la gracia de caminar confiando en tu compañía, con la esperanza cierta de que estás a mi lado, con la paciencia para esperar y sufrir y con la fe en tu amor que todo lo sostiene! ¡No permitas que nunca me de por vencido! ¡Permíteme, Señor, que no olvide nunca que he podido avanzar por la vida a la que Dios me ha llamado porque Tu me acompañas y me sostienes! ¡Toma por tanto, Señor, mi voluntad y fortalécela por medio de tu Santo Espíritu, por tu gracia y por tu misericordia! ¡Concédeme la gracia, Señor, de que cada día sea un motivo para levantarme con el propósito firme de corregir mis errores, de enmendar mis faltas y de convertirme interiormente con el corazón abierto! ¡Que como hiciste Tú, Señor, cada vez que caiga me vuelva a poner en pie, que obtenga de tu Santo Espíritu, las fuerzas para alzarme de nuevo y reemprender el plan de Dios en mi vida! ¡Dame claridad, Señor, para que sepa contemplar tu sacrificio llevando la cruz por mi, para que no haga como aquellos que no tenían compasión de tu caída, para evitar clavarte los clavos en la cruz, para evitar lanzarte la lanza a tu costado, para limpiarte la sangre que derramaste por mi y secarte las lágrimas que cayeron por tu amor hacia mi! ¡Señor, te ofrezco mi debilidad, mi pequeñez, mi miseria, mis congojas, mis miedos, mis penas de cada día! ¡No permitas, Señor, que viva anestesiado por las seguridades mundanas que me impiden comprometerme ante ti y ante el prójimo y ayúdame a ponerme en pie para exclamar con el corazón abierto: «Señor, te amo; hazme semejante a ti»!

Laudate dominum, el canto de la Pasión del Señor:

¡Con cuanta frecuencia olvido que Jesús llevó el peso inhumano de la cruz!

Me produce un dolor profundo contemplar a Cristo llevar la Cruz. Malherido, escarnecido, coronado de espinas con la sangre bañándole el rostro, ultrajado, lapidado, insultado, maltratado, despreciado por tantos a los que ama. Jesús lleva la cruz camino del calvario. Son mis dolores, mis cargas, mis miserias, mis dolores y mis faltas los que porta encima. También mis pecados, los que he logrado vencer y aquellos que todavía me esclavizan. Pero Jesús toma la cruz, avanza despacio, y piensa en mi ofreciéndole al Padre mi propia salvación. ¡Como es posible tanto amor! ¡Como es posible tanta misericordia! ¡Como es posible tanta generosidad!
Se me hace imposible huir de esta escena desgarradora y salvífica a la vez. Debería ser capaz de contemplarla cada día de mi vida. Debería formar parte de la confidencias de mis decisiones personales. ¡Pero con cuanta frecuencia olvido que Jesús llevó el peso inhumano de aquel madero por mi salvación y que yo he contribuido a que cargara con él! ¡Señor, que no deje de mirar esta estampa de tu via crucis y sea capaz de agradecerte tanto amor sabiendo llevar mi propia cruz y la cruz de los demás!

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¡Por medio tuyo, Señor, quiero aceptar las cruces de cada día con paciencia y amor! ¡Quiero que mis cruces cotidianas, Señor, se conviertan en un encuentro contigo, en el encuentro del amor inconmensurable de tu Padre, en la revelación del gran amor que sentís por mí y que lo reveláis a través de la Santa Cruz! ¡Y te doy gracias, Señor, porque has cargado la cruz por mí para enseñarme que en el sufrimiento, en el dolor y en la tribulación, de la que tantas veces he tratado de huir, está la verdadera salvación! ¡Te doy gracias, Señor, porque llevando la cruz me has hecho entender que aquí radica el signo más clarividente del amor sin límites, del amor fiel, del amor que es puro Amor! ¡No permitas que me esconda nunca porque soy tu seguidor! ¡No permitas, Señor, que rechace que mis cruces y concédeme la gracia de la fe para ser testigo vivo de tu Resurrección pues soy responsable también del peso de tu cruz y por eso te pido humildemente perdón! ¡Señor, no permitas que contribuya al dolor del que tengo cerca, ayúdame a hacer siempre el bien, a no cerrar los ojos ante el sufrimiento de mi prójimo, a ser cercano en su soledad, a ser luz para los demás, a perdonar por amor, a recomenzar de nuevo desde la humildad cuando me equivoque, a no juzgar ni murmurar, a no echar la culpa a los demás, a no querer siempre tener la razón, a desprenderme de mi orgullo y mi soberbia, a hacerme pequeño ante el prójimo y, sobre todo, a amar sin medida como amaste Tu! ¡Señor, tu has cargado también las cruces de las injusticias del mundo, de los que pasan hambre, de las familias que no llegan a final de mes, de los que viven en la precariedad, de los que abusan de su poder, de la corrupción, de los intereses personales de los políticos, de la explotación de tantos trabajadores… conviértete, Señor, a través de los cristianos, en puente de amor, esperanza, caridad y solidaridad para hacer un mundo mejor! ¡Protege a tu Iglesia santa, Señor, que también es perseguida como lo fuiste Tu en tantos lugares del mundo y carga herida y dolorida con su cruz! ¡Y, sobre todo, Señor, ayúdame a ser como María, nuestra Madre, que buscó siempre aligerar las cruces de los otros con una mirada llena de ternura y de amor!

A ritmo sereno meditamos la carga de Cristo con la Cruz:

 

Dios salva desde la oscuridad

Por razones laborales la pasada semana tuve que viajar a un país de Asia central con mayoría de religión ortodoxa. En este domingo celebran la Navidad. La razón de celebrarlo el 7 de enero es que los ortodoxos se guían por el antiguo calendario juliano en lugar del gregoriano. Numerosos cristianos ortodoxos para preparar el nacimiento de Cristo ayunan antes de Navidad y el día del gran acontecimiento encienden un fuego con palmas bendecidas y queman incienso para conmemorar la adoración de los tres reyes al Niño Jesús.
Si uno observa la iconografía cristiana oriental el nacimiento no se representa en una belén sino en el interior de una cueva. La cueva es ese lugar bajo tierra que señala el mundo donde reina la oscuridad, la morada de yacen los muertos, el lugar en el que habitan las fuerzas oscuras que se oponen al Dios que ha creado la luz y la vida.
La tradición oriental tiene su epicentro en el Prólogo del Evangelio de Juan que en pocos trazos resume el proyecto creador de Dios, que abre una época nueva en la historia del hombre. La cueva evoca lo profundo, el precipicio, el abismo y simboliza un mundo que se ve dominado por el mal, por la violencia, la oscuridad y la muerte.
En la mayoría de los iconos orientales que puede contemplar el niño Jesús no aparece como un ser lleno de vida que descansa sobre paja sino que está envuelto en tiras de tela; se asemeja a un ser agonizante; parece que se encuentre recostado en una tumba. La cueva surge como una grieta en la roca evocando la tumba abierta del día de la resurrección del Señor en una señal de que la vida que desgarra el tenebroso reino de la muerte. La luz que ilumina la cueva es la luz de Dios, que cubre cualquier lugar por oscuros y peligroso que este sea.
Entonces uno medita que estos lugares oscuros no solo están en el exterior sino dentro de uno mismo. A lo largo de sus predicaciones Jesús lo dejó bien claro: es en el corazón del hombre que el mal hunde sus raíces. Es en el corazón donde Dios quiere descender, en nuestros bajíos, en este lugar desagradable donde se acumulan dudas, miedos, penas, temores, sufrimientos, cobardía o penurias. En este lugar donde uno reniega es Dios va a nacer en su interior.
En el sótano oscuro del corazón es donde Dios desea transformar la falta de amor en entrega, el orgullo en espíritu de servicio, el odio en amor, la tristeza en alegría, la avaricia en generosidad, los miedos en valor, la soberbia en humildad, la vergüenza en autoestima, el desasosiego en esperanza, la amargura en reconocimiento… Dios acude al submundo de nuestra vida, a nuestras profundidades, a nuestros barrios bajos y con su luz lo irradia todo de belleza, de verdad y de vida.
Es desde lugar poco agradable que Dios nos salva, nos regenera, nos transforma, nos levanta de nuevo: nos lleva completos, desde la raíz, desde los rincones más oscuros de nuestra cueva interior, desde nuestros pecados más profundos.
Cristo nació en una cueva —o en un pesebre, eso no es lo importante— y desciende a lo profundo para enseñarnos que Dios está donde donde no se le espera: en mis miserias y en mi nada. Y trae su luz y su paz para hacerme un ser nuevo.

Hoy es la fiesta del Bautismo del Señor con la que culminamos el ciclo navideño y damos comienzo al tiempo ordinario, en que meditamos a Cristo, Salvador del Mundo. El bautismo en el Jordán significó para Jesús dejar la vida silenciosa de Nazaret y comenzar su misión en el mundo. Nosotros también estamos bautizados y estamos llamados a vivir nuestra misión en nuestro entorno más cercano. Un día para tomar impulso a nuestro compromiso cristiano.

orar con el corazon abierto

¡Jesús misericordioso, amado Hijo del Padre, que tanto nos amas y has venido al mundo para salvarnos, que has nacimiento para unos en la humildad del pesebre y para otros en la profundidad de una cueva, ábrenos el tesoro de tu amor a la humanidad entera! ¡Te imploro por nuestro mundo enfermo: el orgullo y la soberbia, el deseo de dominación, el disfrute egoísta y el materialismo desbocado, tu sabes Señor que todos estos males comprometen peligrosamente nuestro equilibrio y nuestro futuro! ¡Jesús, tu que eres Rey de la humildad y la paz, toca los corazones de aquellos que no te conocen e inspiras a todos a servir siempre con amor! ¡Te pido por todos los que sufren y están afligidos; los que están enfermos de cuerpo y de alma, por las personas que sufren soledad, por las almas que luchan con el desaliento o la desesperación! ¡Jesús, tu que eres el Rey de la dulzura y la sanación visítalos y consuélalos y despierta en ellos la esperanza! ¡Te presento a todas las familias del mundo, Niño Jesús, a nuestras comunidades, amigos y benefactores: contempla nuestras necesidades y llévalos al Padre! ¡Jesús, Rey de gracia y bendición, renueva en nuestros corazones las maravillas de tu encarnación y llénanos con tus propias virtudes para que podamos actuar siempre conforme a tu santa voluntad! ¡Virgen María y San José, que sepamos tomaros como ejemplo y a través vuestro podamos llegar siempre al corazón de Jesús para hacer de nuestro corazón un ejemplo de imitación a él!

Un canto de Navidad de la Iglesia Ortodoxa:

Consoladora de los afligidos

Primer sábado de noviembre con María, «Consoladora de los afligidos», en el corazón. Me regalaron hace unos días un punto libro con la imagen de un icono ruso bellísimo con una imagen de María, conocida como la «Alegría de los afligidos». Es un imagen hermosa en la que María aparece en el centro del cuadro llevando a Jesús Niño en brazos rodeada de hombres y mujeres suficientes que elevan sus manos con sus súplicas para que María las eleve al Padre.
María es el consuelo de los afligidos, de todos los que en algún momento sufrimos, estamos cansados, hundidos en nuestras desesperanzas, agobiados por los problemas, por los que pasamos por situaciones difíciles a nivel personal, familiar, profesional o social. María acompaña siempre a todos los que en algún momento se nos hace difícil ver la voluntad de Dios en nuestra vida.
María es el consuelo que Dios ha puesto en el mundo porque es la Madre el mayor consuelo: el mismo Cristo. Ella sabe de aflicciones y sufrimientos porque Ella los vivió en primera persona: la huida a Egipto, los momentos difíciles en la vida pública de Jesús, su presencia viva en la Pasión de Cristo. Pero en ella se cumple también a la perfección aquella bienaventuranza que exclama «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados».
La Virgen recibió de Jesús el consuelo más grande después de la Resurrección de su Hijo. La enseñanza es que María siempre creyó y eso la convierte en el mayor signo de esperanza, de gozo y de consuelo.
Consoladora de los afligidos. María merece este título que invocamos en el Rosario y que cantamos en la Salve cuando le decidimos con devoción A Ti clamamos los desterrados hijos de Eva, a Ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.
¡Qué consuelo tener a María como consoladora, intercediendo siempre para que el peso de las cruces y las tribulaciones cotidianas sean siempre llevaderos!

 

orar con el corazon abierto

¡María, consuelo de los afligidos, ruega por nosotros! ¡Ruega por nosotros y míranos siempre para que podamos cruzar nuestra mirada! ¡Míranos y escúchanos, María, para que puedas tomar nuestras súplicas y puedas elevarlas al Padre! ¡María, consoladora de los afligidos, toma todas nuestras necesidades, nuestros sufrimientos, nuestros agobios, nuestros dolores, nuestras desesperanzas… y danos la paz al corazón para aceptar siempre la voluntad del Padre! ¡Danos, María, fortaleza para tener la valentía y el arrojo que tuviste siempre tú ante las dificultades de la vida! ¡Danos alegría en las dificultades cotidianas! ¡Danos esperanza cuando nuestra fe decaiga! ¡Socórrenos cuando las dudas nos atenacen y los miedos nos embarguen! ¡María, consoladora de los afligidos ruega por nosotros y ayúdanos a caminar firmes hacia la gloria prometida!

María, bella canción de Jesús Adrián Romero: