Examinando la pureza de mi corazón

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». ¿Que es tener un corazón limpio como rezan las Bienaventuranzas? ¿Poseo esta cualidad? Un corazón limpio es aquel en el que la honestidad que uno expresa desea vivir en la gracia de Dios. Es aquel corazón que no trata de ofenderlo y que en todo guarda una conducta recta sin dobleces ni intenciones torticeras.
¿Tengo yo un corazón limpio? ¿Soy capaz de discernir en todo lo que hago, pienso y siento lo bueno de lo malo? ¿Tengo siempre la voluntad de hacer lo que digo, creer en lo que hago? ¿Están todos los actos de mi vida y de mi mente limpios, dignos de ser templo del Espíritu Santo?
«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». Para poder ver en algún momento a Dios, ¿reviso cada día mis prioridades y trato de buscar la rectitud para allanar el camino de mi alma hacia la vida eterna? ¿Entiendo que este ver es, en realidad, conocer a Dios, entrar en contacto íntimo con Él, tener una comunión de vida con el Padre, participar en su vida, comulgar en el ser de Dios?
¿Soy consciente de que la vida verdadera está estrechamente unida al hecho de ver a Dios, que tener un corazón puro es una gran bendición que te permite ver las cosas más allá de la realidad, ver el mundo con los ojos de Dios, ver más lejos de las apariencias de la vida, no vivir en lo superficial sino en lo profundo de la existencia?
¿Comprendo que un corazón puro y limpio es un corazón sin dobleces ni hipocresías, veraz, auténtico, transparente? ¿Es así mi corazón? ¿Vivo en una adecuación perfecta entre mi interioridad y lo que ésta manifiesta, entre lo que mi interioridad exterioriza y comunica al exterior, entre el ser y el hacer?
¿Me doy cuenta que esta bienaventuranza va precedida de la que hace referencia a los misericordiosos porque quien ofrece misericordia si no lo hace con un corazón limpio no lo hace por amor a Dios? ¿Son así mis actos hacia los demás? ¡Actúo buscando el interés, el acomodo, el reconocimiento de los demás, para aquietar mi yo, para satisfacer mi soberbia, para mi propia gloria o los hago por amor y para mayor gloria de Dios?
¿Es mi corazón tan limpio que evito en todo momento el egoísmo, la codicia, la soberbia, el juicio ajeno, la envidia, los deseos desenfrenados, el falso testimonio, las malas intenciones? ¿Cumplo siempre con la palabra dada, amo a todos por igual incluso a mis enemigos, vivo pensando exclusivamente lo material, me aferro a hacer el bien, respeto y obedezco las leyes terrenales y, sobre todo, la ley de Dios?
La pureza de toda acción humana descansa en la rectitud de intención que surge de lo más íntimo, profundo y secreto de uno mismo. La pregunta final que me planteo hoy: ¿Está mi corazón en sintonía con el deseo de Dios?

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¡Señor, ayúdame a interiorizar y vivir el «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios»! ¡Envía tu Santo Espíritu, Señor, sobre mi para tener un corazón que solo te busque a Ti y te tome como mi última meta! ¡Que mi corazón solo tenga el propósito de llevar a cabo tu voluntad para darte gloria! ¡Ayúdame a no ensuciarme con el pecado! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a no buscar otras cosas que no sea la plena realización del bien, a purificar mi corazón, a mostrarme el camino hacia la verdad, a que mi corazón sea puro hacia Dios y Su voluntad! ¡Ayúdame a conocer siempre la voluntad de Dios, a escuchar su voz, a interpretar su palabra, a clarificar sus misterios en mi vida! ¡Ayúdame a actuar siempre con recta intención! ¡Ayúdame a caminar en santidad! ¡Ayúdame a vivir siempre con pureza y limpieza de corazón para ser templo tuyo! ¡Ayúdame a encontrar a Dios por medio de la sencillez del corazón! ¡Ayúdame a no falsificar mi bondad sino hacer el bien por amor a Dios y para complacerle solo a Él! ¡Ayúdame a vivir la Palabra de Cristo para liberarme de los apegos mundanos, para eliminar de mi corazón todo sentimiento o pasión que ofusque el bien y me quite la libertad! ¡Y, sobre todo, ayúdame a comprender la acción de Dios en mi vida, aprender a escuchar su voz en mi corazón, ser capaz de captar su presencia allí donde Él está: en los necesitados, en los que sufren, en Su Palabra, en la Eucaristía, en su Palabra, en mi familia, en mi centro de trabajo, en la comunión fraterna, en la Iglesia…!

Hoy la música es del grupo católico Hakuna:

Entre la fortaleza y la debilidad

En la vida transitas por dos vías. Una, en la que eres consciente de esa pequeñez edificada por la inseguridad, las incertezas, los miedos, las dudas que van asolando, la incapacidad para tomar decisiones, atenazado por el que dirán. En estas circunstancias eres consciente de tu fragilidad, de esa incapaz de dar lo mejor de ti mismo.
Hay otra senda. Es aquella en la que sintiéndose cercano al Señor, atendiendo a su Palabra, te sientes fuerte, repleto de vida, consciente de las oportunidades que se te abren, lleno de posibilidades, amparado por las escenas del Evangelio, brillando a la luz de Cristo.
Esta senda es la que te permite amar de manera efectiva y eficaz, darlo todo por el otro, descubrir aquello que es relevante en la vida, a dar importancia a lo que no pasa, a cantar la excelencia del amor, a ser paciente y benigno, no devolver bien por mal, no necesitar de las propiedades terrenas sino las eternas, alejarse de lo que te aparta de la rectitud, valorar las palabras sencillas, amables y sinceras, actuar con gestos sencillos, acogedores y amables, dignificar los esfuerzos que edifican, no buscar el interés propio sino el ajeno, no reconocer como propio más que lo permanente, saber encontrar el silencio entre tanto ruido mundano para escuchar los susurros de Dios, vivir con sentimientos auténticos y alejar del corazón las emociones superficiales, complacerse con la verdad amando a los demás como uno se ama a si mismo, encontrar en el prójimo lo bueno que hay en él alejando de ti la crítica y el juicio despiadado, ser caritativo y magnánimo, ser apóstol de la misericordia, obrar con humildad y no con soberbia, servir sin esperar contrapartidas, no tomar en cuenta el mal, ser coherente con lo que dices, haces y piensas…
Este es un principio programático que te hace consciente de tus muchas limitaciones. De tu incapacidad para cambiar interiormente y cambiar el mundo. Pero Jesús te pide ser luz del mundo y aunque sabes lo poco que brillas para iluminar el mundo también eres consciente de que en tus tantas limitaciones está la fortaleza que viene del Espíritu que dota al hombre de la sabiduría para proclamar en su propia vida el mensaje del Evangelio, que te llena de posibilidades para ser transmisor de la Palabra y que en tu debilidad te haces fuerte en Cristo, en su amor te haces fuerte en Él, en tu vida puedes hacerte uno en Él. Y sientes en tu corazón aquello que Jesús anunció: «No apartes de mi tu mirada, porque te necesito para que se cumpla en el mundo el plan de mi Padre». Y, entonces, sabiéndote pequeño y limitado, sientes que con Cristo puedes ser una pequeña luz incandescente que ilumine tu pequeño mundo para dar esperanza y alegría, calor y refugio, amor y servicio.

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¡Señor, en mi debilidad tu me haces fuerte porque me envías tu Santo Espíritu y me llenas de Ti! ¡Señor, bendice mi vida, para que lleno de Ti sea capaz de abrirme a la vida! ¡Bendice cada uno de mis gestos para abrir puertas, para ser transmisor de tu Palabra, para ir más allá de las palabras y vivir acorde con tus principios! ¡Concédeme la gracia, Señor, de saber elegir siempre estar a tu lado y no dejarme convencer por las argucias del demonio! ¡Concédeme, Señor, la gracia de tener tu mirada para ver el mundo con tus propios ojos, para ver al prójimo según tu forma de mirar, para ser capaz de entender lo que el otro necesita, para acompañarle en sus sufrimientos, en su dolor, en sus incertezas y en su caminar! ¡Concédeme, Señor, la gracia de ir a lo profundo, a lo esencial, alejándome de lo superficial y mundano, de la injusticia, de aquello que te causa dolor! ¡Concédeme la gracia, Señor, de que cada uno de mis gestos testimonien que soy seguidor tuyo para construir en lugar de destruir! ¡Concédeme, Señor, la gracia de estar atento a tu llamada, a los susurros de tu voz que vienen con el soplo del Espíritu! ¡Concédeme, Señor, a estar abierto a las necesidades del prójimo y servir sin ser servido! ¡Y, sobre todo, Señor, ser templo tuyo, un templo abierto a la verdad, al amor, a la misericordia y al perdón! ¡Señor, que sea capaz de manifestar esa gloria tuya que hay en mi interior!

Eres mi fortaleza, le cantamos al Señor:

De la superficialidad a la coherencia

Vivimos, tristemente, en la civilización de la ligereza que genera respuesta fáciles, impulsos emocionales inmediatos, impresiones poco sopesadas, sensaciones efímeras. Hay demasiado estruendo en el corazón, en la mente, en el ambiente… que genera inestabilidad emocional. Por eso se hace tan difícil convertir el corazón pues la superficialidad impide ir a la esencia de las cosas. A lo trascendente. Somos superficiales en las relaciones con los demás y con las situaciones que nos toca vivir. Damos más importancia al envase que al contenido. Nuestra cultura está regida por la imposición de lo intrascendente donde solo importa lo inmediato. Ponemos más énfasis a las apariencias que al fondo humano y divino de la vida. Pero sin trascendencia lo esencial se evade y el corazón del hombre va dejando en el olvido aquello que es importante.
Cuando se vive en un estado de superficialidad humana y espiritual el corazón levanta un muro que hace imposible la interioridad.
La superficialidad nos impide penetrar en nuestro propio interior, nos convierte en seres inconstantes, mudables como veletas de la vida, caprichosos y cambiantes. El problema no es vivir superficialmente con la familia, con los amigos, con el entorno laboral o social sino con el mismo Dios. La superficialidad nos aleja de Dios porque el superficial, con el corazón endurecido, no puede abrirse a Su amor.
Cultivar la interioridad implica predisponer el corazón para el encuentro con el Señor. Esto implica que la persona ha de tratar encontrar el silencio para la escucha del prójimo y para escucharse a sí misma, discernir las virtudes y los defectos que atesora, y examinarse bien para saber qué siente y como piensa. Esta tarea es imposible desde la superficialidad porque sin un ápice de trascendencia uno está incapacitado para aprender las lecciones de la vida.
Vivir el vacío que genera la superficialidad no es fácil de gestionar. Pero cuando careces de vida interior, cuando no tienes una meta clara quedas sometido a merced del relativismo, a las modas pasajeras, a las respuestas fáciles, al vivir del oportunismo y huyes del silencio donde es posible escuchar el susurro del Espíritu.
Se trata de ser coherente, auténtico y verdadero para hacer de la vida un carpe diem permanente, con rectitud, con palabras y comportamientos sólidos, sin dobleces, sin contradicciones, sin doble vida o moral, diciendo lo que se siente, se cree y se piensa. Ser coherente es vivir con responsabilidad. Es no tener miedo a ir a contracorriente, haciendo las cosas desde la verdad.
Hermoso propósito para este tiempo de Adviento. Implorarle al Niño Dios que me otorgue siempre el don de la coherencia, que me conceda gozar de profundidad en nuestro vivir para siendo consciente de mi debilidad y mi pequeñez recibir el anhelo de vivir en la verdad, auténtico camino de conversión del corazón y alejar de mi vida aquellas dosis de ligereza y de superficialidad pues en Él todo es integridad y rectitud.

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¡Señor, en este tiempo de preparación a tu venida te pido que, bajo la gracia del Espíritu Santo, me otorgues la gracia de la sabiduría para ser auténtico y coherente en mi vivir cotidiano, alejado de toda superficialidad! ¡Que mis creencias y mis ideas no se vean entorpecidas por la ligereza en el vivir! ¡Concédeme, Señor, la gracia de vivir de manera recta, ser coherente con lo que pienso, lo que digo y lo hago! ¡A no tener miedo, Señor, a caminar contracorriente como hiciste tú, que antepusiste la verdad en tu actuar sin miedo al qué dirán! ¡Concédeme, Señor, la gracia de la sencillez, para vivir tal como soy, sin máscaras ni maquillajes que cubran mis contradicciones y mi falta de autenticidad! ¡Dame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu, el don del equilibrio para llevar siempre una vida ordenada, sin engaños ni mentiras, sin críticas ni juicios ajenos! ¡Ayúdame, Señor, a ser siempre responsable, a no depender del qué dirán o pensarán de mi, de seguir lo que piensan los demás y tener criterio propio basado en la verdad! ¡No permitas que me deje llevar por las modas siempre pasajeras! ¡Dame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu, el don de la rectitud para ser coherente en mis pensamientos y mis ideas! ¡Dame, Señor, el don de la humildad para reconocer mis fallos y mis errores y para no buscar con mis actos el reconocimiento ajeno! ¡Concédeme, Señor, por medio de tu Santo Espíritu el don de amar todo cuanto haga para implicarme en busca de la perfección y la santidad!

Escuchamos este bellísimo motete de adviento de J. G. Rheinberger, Prope est Dominus (Cerca está el Señor):

¿Hasta que punto soy superficial?

Lamentablemente en el mundo reina la superficialidad, favorecido en parte por las nuevas tecnologías que propician imágenes falsas de la realidad. Como se vive de apariencias no se llega a la esencia de las cosas. La persona superficial no interioriza, se fija solo en lo externo, en lo inmediato, en lo relativo. Sin profundidad interior es difícil ir a la esencia de los acontecimientos y de la vida. Entonces la experiencia vital pasa de soslayo, solo se mira la capa de barniz de las situaciones, se juzga en función de las apariencias, se miden las circunstancias y las personas por la primera impresión, no se es capaz de comprender lo profundo de las experiencias vividas, a uno le basta con aceptar sin más las cosas como vienen…
La madurez, sin embargo, está regida por la profundidad. El enraizar las situaciones permite juzgar con criterio y justicia los acontecimientos, los sentimientos, las ideas y, sobre todo, a las personas. La persona madura es, ante todo, alguien realista, objetivo, sensato, con ideas propias que no se deja influir por el entorno, es ajeno a las críticas superficiales y se muestra libre de prejuicios.
Toda la riqueza interior que uno va absorbiendo durante la oración, en el disfrute de la lectura de la Palabra, en el encuentro cotidiano con el Señor, en su vida eucarística… va formando un carácter propio que expulsa la ligereza y la superficialidad. Excesivos ruidos exteriores impiden el silencio interior que es el que otorga mesura y serenidad y no actitudes y comentarios apresurados o valoraciones críticas sobre todo y sobre todos. Los ruidos de la vida llevan demasiados afectos desordenados, excesivo activismo desmesurado, gran cantidad de pensamientos en los que prima el orgullos y la vanidosos, un sinfín de tentaciones, una enorme cantidad de rencores pero también de miedos, se acaparan mayores preocupaciones… y así el corazón se vuelve infeliz.
La esclavitud interior que comporta la superficialidad impide ser libre porque el Espíritu Santo no tiene cabida en un corazón esclavo de las apariencias con demasiado ruido en el interior. Allí no puede reposar Dios, amante del silencio y la serenidad interior. Y si Dios no mora en el corazón no se le puedes escuchar, ni se le puede sentir, ni se le puede amar y, menos, se puedes atender su llamada. La pregunta es: ¿Hasta que punto soy superficial?

orar con el corazon abierto

¡Señor, quiero aprender de ti esa enseñanza que nos has dejado en el camino hacia la humildad: olvidarme de mi mismo para curar mi soberbia y mi egoísmo, para sanar esa enfermedad de mi alma que tanto dolor produce, para evitar tener esa mirada ruin de la vida, para evitar juzgar a los demás y mirarme en el espejo de mi indignidad, para olvidarme de que el hombre es respetado por ti cuando se abaja y se olvida de sí y, en su pequeñez, hace grande su entrega a los demás! ¡Señor, quiero caminar haciendo tu voluntad, guardando tus preceptos, buscándote de corazón sin cometer iniquidad ni seguir mi propio interés! ¡Señor, quiero ser consciente de que encontraré el reino allí donde te deje reinar, donde deje que tu justicia, tu amor y tu paz ocupen el lugar de mis torpezas! ¡Ven y quédate en mi, Señor Jesús, en mi vida diaria y toma posesión de mi para que sepa gobernar y perdonar, santificar e iluminar, para que me esfuerce en ordenar todas las cosas para el bien de todos y para renovarme por tu fuerza, tu gracia y tu misericordia! ¡Ven Espíritu Santo, llena mi corazón con el fuego de tu amor!

Hoy la Iglesia celebra el Domund con el lema “Sé valiente, la misión te espera“.  El DOMUND es una Jornada universal que se celebra cada año en todo el mundo, el penúltimo domingo de octubre, para apoyar a los misioneros en su labor evangelizadora, desarrollada entre los más pobres.

En lugar de música adjunto el video promocional del Domund. No hay misión pequeña, si el amor es grande. ¡Que todos seamos generosos!

 

Apariencias en el hablar

¡Cuánta superficialidad en nuestro hablar! Banalidades vacuas del ja-ja-ja. Falta autenticidad. Hay demasiada apariencia e, incluso, mentira, detrás de la amabilidad de nuestras palabras o de la cortesía en nuestro trato. Entendemos mal el concepto de caridad. No es cuestión de cortesía sino de poner amor en nuestras obras, de procurar la amabilidad con el otro en todo lo que decimos, opinamos o pensamos de él, por respeto a su dignidad y por amor a Cristo, que está presente en él.
Tengo un amigo que cada vez que habla es para desmaquillar al que tiene enfrente. No tiene reparo en dejar títere sin cabeza, en tratar de indagar en la vida del otro para dar cuerda al desorden de la curiosidad. Es incómodo. Si tengo libertad para elegir, ¿por qué no me posiciono por la alegría y la caridad? Todos tenemos la posibilidad de convertir nuestra familia, nuestros ambientes sociales o de trabajo, de apostolado, de parroquia, en patios de corralas, donde el chismorreo es el centro de toda conversación.
Hemos de contemplar más el silencio de Jesús. Silencio de la Palabra hecha carne en Belén. Silencio en los largos años de la vida oculta de Nazaret. Silencio, sobre todo, en la Cruz, en donde sólo habló para reflejar su amor al Padre y a todos los hombres. Pero hemos de contemplar también su modo de hablar. Algo había en su palabra que atraía irresistiblemente a las multitudes. Aquel trato delicado en detalles de caridad, aquella cercanía tan respetuosa con todos, aquella mirada tan veraz y sincera, que envolvía a los que se le acercaban, hacía creíble su mensaje de misericordia incondicional a todo hombre.
No seamos nosotros de los que nos entretenemos en nuestra entrega a Dios con el vaivén de los dimes y diretes. Miremos en lo profundo de nosotros mismos y comprenderemos así lo mucho que tenemos que callar, perdonar y reclamar la misericordia de ese Dios del amor, que se hace presente en nuestro corazón en el silencio de la oración.

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¡Espíritu Santo dame siempre las palabras justas para referirme a los demás y a la hora de opinar, para que ellas no haya maldad ni doblez! ¡Ayúdame a que de mis labios salgan palabras de sabiduría y que el hablar te agrade siempre! ¡Ayúdame a encontrar siempre palabras todas las personas y situaciones, para no buscar lo negativo y lo malicioso! ¡Que mis palabras, Espíritu de Dios, se conviertan en medicina para todas las circunstancias de mi vida! ¡Y antes de hablar ayúdame que todo lo que diga sea siempre en el nombre de Jesús!

Para desmentir a aquellos que señalan que toda la música de Vivaldi suena igual, hoy os presento una pieza de este refrescante Concierto para violín, cuerdas y bajo continuo en do mayor, Gli Incogniti.

Pero tú, ¿ya sabes cuál es tu problema?

Le formulo esta pregunta a un amigo, que vive en la amargura y en la queja permanente. Le digo, con toda prudencia y con mucho amor: «Tu problema es que estás henchido de ti, pero vacío de Dios». El egocentrismo que suele llevar consigo la susceptibilidad es uno de los grandes males del corazón del hombre. Es el egoísmo colocado en un pedestal.
De los labios de mi amigo siempre surge este pronombre personal que le incapacita para salirse de sí mismo: «Me». «Me interesa…», «me conviene…», «si no me afecta…», «si me beneficia…», «si me favorece…», «si no me tratan como me merezco…», «si no comprenden lo que me pasa», «si no se hacen cargo de que me esfuerzo tanto…», «me», «me», «me»… Individualismo en estado puro. Susceptibilidad en máximo grado. ¡Cuántas veces a lo largo de nuestra vida nuestro propio yo pasa por encima de todo y de todos! ¡Cuántas veces nuestro propio yo nos impide abrirnos a los demás! ¡Cuántas veces somos incapaces de abandonar el «me» para buscar el «tu»!
¡Cuánto cuesta olvidarse de uno mismo y entregarse a los demás! ¡Cuánto cuesta romper la coraza que rodea nuestro corazón, desapegarse del egoísmo que corroe nuestro interior y buscar la necesidad de los demás! ¡Cuánto cuesta aparcar nuestra propia verdad y abajar nuestros propios criterios para enfocar nuestro caminar hacia la verdad del Evangelio! ¡Qué difícil es aparcar el egocentrismo de nuestros «me» y aprender de la humildad del Señor!
El ser egocéntrico lleva como muleta la susceptibilidad porque todo egoísta ahoga en sus penas la desconfianza. El egoísta vive del recelo, del yo, de la limitación de la empatía con los demás. El egocéntrico no es capaz de hacerse cargo del sufrimiento de los demás porque siempre ha de estar en guardia, atento a lo que otros opinan o dicen de él, sin hacerse cargo de su situación. El egocéntrico ve en las actitudes de los demás intenciones con doble sentido, siempre en continua sospecha, siempre envenenando las relaciones de amistad, siempre con un grado de acidez, incapaces de aceptar una crítica o una verdad, incapacitados para confiar en los demás, recelosos de la bondad y la generosidad, etiquetando a todos y a todo, alimentando el desquite, inhabilitados para ver la belleza de los demás, hurgando en las heridas del dolor y justificando siempre su impaciencia y su infelicidad. En definitiva, viendo al mundo con hostilidad porque en realidad son incapaces de soportarse a sí mismos.
Todos tenemos nuestras mezquindades. Se trata de descubrir esos «me» que nos producen dolor para convertirlos en «aquí los tienes; te los entrego Señor». Nadie es perfecto pero basta con cambiar la visión de nuestra vida, ponerla según los criterios del Evangelio, para ser conscientes de nuestra pequeñez y avanzar hacia un cambio de actitud. Hoy, ¿no sé por qué?, tengo mucho trabajo por delante.

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¡Señor, quiero aprender de ti esa enseñanza que nos has dejado en el camino hacia la humildad: olvidarme de mi mismo para curar mi soberbia y mi egoísmo, para sanar esa enfermedad de mi alma que tanto dolor produce, para evitar tener esa mirada ruin de la vida, para evitar juzgar a los demás y mirarme en el espejo de mi indignidad, para olvidarme de que el hombre es respetado por ti cuando se abaja y se olvida de sí y, en su pequeñez, hace grande su entrega a los demás! ¡Señor, quiero caminar haciendo tu voluntad, guardando tus preceptos, buscándote de corazón sin cometer iniquidad ni seguir mi propio interés! ¡Señor, quiero ser consciente de que encontraré el reino allí donde te deje reinar, donde deje que tu justicia, tu amor y tu paz ocupen el lugar de mis torpezas! ¡Ven y quédate en mi, Señor Jesús, en mi vida diaria y toma posesión de mi para que sepa gobernar y perdonar, santificar e iluminar, para que me esfuerce en ordenar todas las cosas para el bien de todos y para renovarme por tu fuerza, tu gracia y tu misericordia! ¡Ven Espíritu Santo, llena mi corazón con el fuego de tu amor!

Del músico italiano Antonio Lotti escuchamos hoy su bellísimo Laudate Dominum, las primeras palabras del Salmo 116 que dice así: Laudate Dominum omnes gentes; Laudate eum, omnes populi; Quoniam confirmata est; Super nos misericordia eius; Et veritas Domini manet in aeternum (¡Alaben al Señor, todas las naciones, glorifíquenlo, todos los pueblos! Porque es inquebrantable su amor por nosotros, y su fidelidad permanece para siempre).

Tengo una responsabilidad

Ante el Sínodo de la Familia que estos días se celebra, oración. Oración para que el Espíritu Santo ilumine a la Iglesia en un evento tan relevante. Me planteaba también qué puedo hacer yo, laico y padre de familia, para contribuir además de mi plegaria. Evangelizar. Evangelizar en mi hogar, en mi pequeña y a la vez grandiosa iglesia doméstica. Mi principal tarea como padre es educar a mis hijos y, fundamentalmente, transmitirles mi fe para que, a través de ella, conformen su vida de acuerdo con los planes de Dios. Si Cristo está en el centro de mi hogar yo debo convertirme en un evangelizador de mi familia, con mi testimonio de amor a mi mujer, mi compromiso con la Iglesia y con la sociedad.
Mis hijos —alguna ya universitaria, otros unos imberbes escolares—, son las generaciones del cristianismo futuro. Ellos han recibido la gracia del Bautismo y como merecedores de esa gracia tienen la necesidad de descubrir, experimentar y vivificar el sentido de su propia existencia y de su pertenencia a la comunidad cristiana.
Mi apostolado familiar se resume en hacerles descubrir la llamada a su santidad en su entorno universitario, escolar, social, familiar… No puedo permitir que la carcoma que corroe la sociedad de hoy debilite los valores del Evangelio en mis hijos. No puedo aceptar que el relativismo ético, la ausencia de moral, la debilidad de la conciencia, el abandono de la Verdad… hagan mella en su corazón. No puedo ceder ante el que vayan pasando la vida porque los tiempos han cambiado porque si bajan el listón acabarán dejándose llevar por la nueva moral, por el egoísmo, por la frivolidad, por la superficialidad, por las apariencias… Los jóvenes de hoy, como los padres, corremos el peligro de dejarnos llevar. Eso ocurre por nuestra falta de vida interior y de una formación esmerada. La crisis moral que vive nuestra sociedad está provocada por la visión equivocada de nuestros principios. Los padres cristianos tenemos la obligación moral de educar a nuestros hijos en la fe, en el amor a la Eucaristía, en la oración, en el encuentro con Cristo y de María, en el rezo del Rosario, en el descubrimiento ilusionante del misterio de Dios.
¿Si Dios no está presente entre los muros de la vida familiar cómo calará en el corazón de nuestros hijos la fe?

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¡Señor, quiero pedirte hoy por la Iglesia, por Tu Iglesia, para que sea capaz de anunciar con valor y alegría los planes de Dios sobre la vida, el matrimonio y la familia! ¡Señor, te pido por mis hijos y los de todos los lectores de esta meditación, para que sean capaces de vivir una vida de fe, y alcancen gradualmente la madurez para avanzar por la vida, para formar una vida santa o, incluso, una vida consagrada a Ti! ¡Señor, por todos los esposos, que seamos capaces de nutrirnos cada día de la fuerza de Tu Cruz, para convertirnos en signos vivos de Tu amor por la Iglesia! ¡Señor, te pido de corazón por aquellos matrimonios que están pasando situaciones de dificultad, para que con la ayuda del Espíritu Santo puedan recorrer un camino gradual de fe y de reconciliación! ¡Señor, concédenos a todas las familias el imitar las virtudes de Tu Sagrada Familia, para con alegría podamos seguir tus designios en el seno de nuestra comunidad familiar!

Del compositor italiano Antonio Lotti disfrutamos del aria de su Cantata Ti sento, o Dio bendato“:

Vivir por inercia

La velocidad rompe los esquemas de nuestra vida. Es necesario que decrezca el ritmo para evitar degradarnos a nosotros mismos, a nuestro entorno y, sobre todo, en lo que afecta a nuestra relación con Dios. La hiperactividad a la que estamos sometidos —por el trabajo, por nuestros compromisos sociales y familiares, por nuestra necesidad de aparentar…— nos lleva a vivir por inercia; dedicamos gran parte de nuestro tiempo y nuestra energía a alcanzar objetivos externos que, en el transcurrir de los días, acaban oxidándose. Con ello dejamos de lado lo que realmente es transcendente en nuestra vida.
El esclavismo del siglo XXI son las cadenas de los horarios, del llegar a todo, del consumo, del poseer lo último de la tecnología, de la ropa de marca, del ruido… y, sobre todo, lo que todos esperan de nosotros porque hemos elevado las perspectivas de lo que somos. Nos convertimos, por tanto, en esclavos de una vida frenética. Sobrevivimos, sí, pero no vivimos de manera consciente, responsable y sensata.
La lentitud es un concepto degradado pero es imprescindible asumirlo en nuestra vida. Para hablar, para actuar, para rezar, para pensar, para ofrecerse, para servir. Pero no entendido como un concepto de vagancia o de falta de iniciativa y de resolución sino como contraposición a la cultura de la prisa que nos invade con todas las resonancias vitales que ello comporta: la superficialidad, la ligereza de nuestros actos, la carencia de caridad y misericordia, la codicia, el abarcar en exceso para no ofrecer calidad en nuestros actos, la falta de paciencia, el no saborear los momentos agradables que el día nos ofrece y aceptar con alegría los momentos difíciles que nos trae la jornada. Pero, fundamentalmente, aprender a priorizar lo que es importante en nuestra vida.
Viajamos siempre en el carril más rápido de la autopista, a la máxima velocidad, cargados de emociones, para hacer más en menos tiempo. Sin pausas, sin llenarse de los silencios necesarios, sin espacio para la interiorización. Esclavizados por lo frenético. A veces no nos damos cuenta pero la rapidez se instala en nuestras relaciones con los hijos, con el cónyuge, con los amigos, a la hora de la comida o de la cena, al caminar por la calle, en las relaciones sexuales, en las actividades de ocio… Llenamos nuestra vida pero no hay calidad en la etiqueta que llevamos encima.
Dios creó el mundo en seis días. Y al séptimo descansó. Pero en los momentos de actividad meditó sus acciones, actuó con la diligencia del que ama los actos que hace. Y en esa frenética actividad cotidiana esperamos que Dios actué con nosotros con la misma celeridad. Una de las razones de la “lentitud de Dios” con nosotros es que uno sea capaz de vencer algún defecto de carácter, la negatividad que lleva encima, o ese algo negativo que mediatiza nuestros actos. O es imprescindible para que fortalecer la fe o para aprender a amar: a dar amor de verdad y permitir que otros te amen. Para valorar, con infinito agradecimiento, todas las cosas que uno posee. Para vencer el orgullo que todo lo degrada y preocuparse lentamente por los demás. En la relación con Dios no se puede vivir de la inercia ni a gran velocidad porque a Dios se le encuentra en el silencio y la calma. ¡Ya, desde hoy, tengo que bajar cien marchas a mi propia vida!

¡Señor, te pido que me ayudes a que mi pasos sean lentos! ¡Dame, Señor, la quietud y la calma para serenarme en medio de la confusión diaria! ¡Enséñame, Señor, a aprender a descansar en Ti, a tomar las vacaciones del minuto en el que pueda valorar las pequeñas cosas cotidianas que tanto valor tienen y tan poco caso les hago! ¡Señor, soy consciente de que vivir deprisa no es vivir sino simplemente sobrevivir sin dar calidad a mi vida en ti y en los demás! ¡Señor, ayúdame a no desperdiciar la vida, a no pasar el tiempo a toda velocidad, sino disfrutando de todo lo que tu me ofreces! ¡Señor, ayúdame a pedalear despacio en el día a día para reflexionar, para preguntarme qué quieres de mí, que es lo importante en mi vida! ¡Espíritu Santo, envíame tus santos dones e inspírame para que arraigue mis raíces profundamente en el suelo de los valores perdurables de la vida para que pueda crecer hacia la felicidad en la tierra, preámbulo de la que tendré en el cielo! ¡Señor, haz lento mi paso! ¡Y quiero darte gracias, Padre, porque Tú no haces las cosas cuando yo te las pido, sino que permites que pase un tiempo, para que yo pueda comprender las causas de mis problemas, evaluar las consecuencias de mis decisiones, reparar los daños que he causado y entender qué cosas debo cambiar en mi carácter para que no me suceda lo mismo, o tal vez algo peor! ¡Gracias, Señor, porque no quieres que tropiece muchas veces en mi vida, quieres enseñarme a levantar los pies, para que camine mejor! ¡Gracias, Señor, porque me ayudas a comprenderte un poco más!

Del compositor neerlandés Jan Pieterszoon Sweelinck (1562-1621) escuchamos hoy su coral con cuatro variaciones Allein Gott in der Höh sei Ehr para órgano.

¿Predispuesto al encuentro?

Primer sábado de junio, mes del Sagrado Corazón de Jesús, con María en nuestro corazón. Medito como iría María siempre al encuentro de Su Hijo, allí donde fuera. Tal vez el más dramático es aquel en el que Jesús, el Corazón sagrado, camino del Calvario, encuentra a la Madre y sus miradas se cruzan. Miradas de complicidad y de amor. María sabe cuál es el destino de Cristo, su misión, su sufrimiento por los hombres de ayer, de hoy y de mañana. Pero ahora que Cristo ha resucitado no quiero meditar el dolor sino la alegría.
Alegra cuando te encuentras con alguien con el que hace tiempo no coincides. Lo mismo ocurre cuando mantienes una relación de amistad profunda con una persona, no importa que pase el tiempo, el apego y el afecto perduran y ese encuentro, cada vez que se produce, se convierte en una vivencia. En lo genuino no cabe la superficialidad, no se puede reducir a un encuentro sin consecuencias.
Los encuentros pueden ser casuales, fruto de la providencia o deliberados pero siempre hay alguien que va en busca del otro.
Sin embargo, hay quienes se cierran a toda posibilidad de encuentro. Rehuyen la mirada, son esquivos con sus actitudes, cortan con sus palabras, se alejan con los gestos. Es el signo claro que no desean un encuentro, que la presencia del otro les causa malestar y prefieren la distancia.
Y cuando el Señor se hace el encontradizo conmigo y quiere conquistar mi corazón, ¿cómo reacciono yo? ¿Me dejo alcanzar por Él, como ocurrió con esos dos discípulos de Emaús que caminaban abatidos y Jesús fue a su encuentro? ¿Le abro la puerta de mi intimidad y le dejo entrar o huyo de ese encuentro? ¿Cuál es mi predisposición? ¿Es una disposición positiva para obtener frutos de esa experiencia de amor?
¡Qué pena pensar las veces que he sido poco consciente de que la búsqueda siempre es una gracia porque, en definitiva, es el Señor quien origina el deseo de buscarle! ¡Si realmente comprendiera que también el encuentro mismo es gracia de Dios! ¡Que tengo la oportunidad de percibirlo en los acontecimientos que martillean mi corazón, en los signos de sus huellas, en los rostros que entrecruzan su mirada conmigo, con esos a través de los cuales el Señor también me habla o con esos gesto de misericordia que he recibido de manera sorpresiva y, por supuesto, en la Eucaristía diaria! ¡Aquí sí que está el encuentro definitivo!
Es increíble pensar cómo el Señor siempre está predispuesto a un encuentro diario y en cambio yo lo rehuyo porque no tengo tiempo, estoy cansado, me falta confianza agobiado por los sinsabores cotidianos, mil excusas que vanaglorian mi autosuficiencia.
Sin embargo, hoy María me enseña que debo servir a Su Hijo eligiendo que lo único absoluto de mi vida es el encuentro con Cristo porque todo lo demás es superlativo; que permanecer a la espera para saber qué desea el Señor de mi; que debo vivir el encuentro del perdón para gustar que soy un pecador que ha sido perdonado, envuelto en gratuidad no por mis méritos sino por la misericordia divina; y que debo vivir cada minuto de mi vida desde la llamada de ese Cristo Resucitado que se hace el encontradizo conmigo desde lo más sencillo y cotidiano de la vida.

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¡Señor, gracias, por este nuevo día que me regalas en el que me puedo encontrar de nuevo contigo, caminando a Tu lado! ¡Señor, Tu sabes lo feliz que estoy cuando te siento cerca! ¡Gracias, Señor, porque aunque me haga el despistado, el indiferente, el huidizo, Tu sigues haciéndote el encontradizo conmigo! ¡Gracias por Tu Palabra, Señor, que me llena de alegría, de esperanza, de confianza, de amor, de misericordia, de ánimo, de gozo y de gracia! ¡Gracias, Señor! ¡Te pido, Espíritu Santo, que me hagas dócil a la llamada del Padre, valiente para decir que sí como hizo María! ¡Gracias, Señor, porque tu encuentro diario más maravilloso es el regalo de la Eucaristía en el que te haces tan pequeño en ese pan del cielo! ¡María, Madre del amor hermoso, que aprenda de Ti la alegría del encuentro! ¡María, Mujer eucarística, ayúdame a amar todavía más la Eucaristía! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío!

En el primer sábado de junio te ofrezco la música del maestro neerlandés Jacob Obrecht dedicada a la Virgen. Se trata de una bellísima Salve Regina, a 4 voces.