Respirar el aire fresco de la naturaleza y el aire purificador del Espíritu

Me gusta respirar el aire fresco de la naturaleza. Me gusta la vida de campo. Me da vida. Sustenta mi alma. Me hace participar de manera vivificante de la creación. El lunes, visitando a varios clientes del sector agrario, caminé entre instalaciones ganaderas, entre arboledas, entre campos floridos de la naturaleza… me sentí anclado en el amor de la creación. Respirar naturaleza ensancha mi corazón, serena mi alma… te permite sentirte don de Dios y de ese don fruto de la gracia vives. Te hace sentirte también polvo de la tierra, de ese polvo del que fui creado, de ese polvo frágil que se hizo barro, con su forma, su carácter, su estilo propio… pero moldeado por las manos sublimes, tiernas y amorosas de Dios.
Hace poco hice la fotografía que ilustra el texto. Una cruz en lo alto de la montaña, en plena naturaleza. La cruz que refleja el abandono de Aquel que dio su vida por nosotros, que nos dio su paz y que, con su aliento, nos devolvió a la vida. Junto a la cruz la luz del sol, luz de Dios. Pensé lo impresionante de ese Dios tan humano que nos busca cada día y que se comunica ahora con el soplo íntimo y susurrante del Espíritu. Ese soplo da aire a nuestra existencia, rompe las corazas de nuestro corazón de piedra y lo transforma en un corazón de carne.
El lunes la brisa de la jornada refrescó mi cuerpo mientras visitaba a mis clientes en sus instalaciones ganaderas. También mi corazón y mi alma. Recordé las palabras del Evangelio de san Juan que dice que el viento sopla donde quiere y escuchas su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Es así todo el que ha nacido del Espíritu.
Me gusta respirar el aire fresco de la naturaleza. Pero también inspirar el aire puro del Espíritu. Vivir de la receptividad de los dones y carismas del Espíritu es abrir el corazón y dejarse conducir por la vida como un niño, frágil pero seguro de la mano de su progenitor. Quiero respirar el soplo del Espíritu porque quiero ser su templo, quiero que de mi corazón brote de manera incesante el agua pura del amor. Quiero que el Espíritu me conduzca por las sendas de la vida y que, por medio de su ternura, diligencia y amor, me tome de la mano, me colme de gracia y me ayude a dar pasos certeros para caminar hacia la santidad. Confiando, respirando su aliento, sin poner resistencia y entregándome en verdad.

IMG_0411

¡Espíritu Santo, ruah, viento que soplas en los corazones humanos, tu te hiciste presente en la anunciación, llevaste a Jesús al desierto, te derramaste sobre Él en el río Jordán, le acompañaste en la oración, hazte también presente en mi vida! ¡Vivo deprisa, Espíritu de Dios, una vida en la que hay muchos ruidos, compromisos, urgencias, necesidades, poco tiempo para descansar… necesito momentos de paz interior, de silencio interior; y tu eres el aire sereno que respiro, sin tu aliento no me sostengo, quiero respirar al unísono contigo para exhalar tu presencia y hacerla pura mi existencia! ¡Soy poca cosa, Espíritu de Amor, soy frágil y quebradizo, pero a través tuyo Dios derrama su infinito amor sobre mi corazón; gracias! ¡Gracias por tu aliento, por tus susurros, por tu presencia, por hacer posible la presencia de la Santísima Trinidad en mi vida; gracias porque siendo pequeño y frágil quieres tomar posesión de mi corazón! ¡Gracias porque a tu lado todo lo puedo! ¡Gracias porque tu presencia me sostiene, tus soplos me dan aliento, porque tus dones me dan coraje, respirarte serena mi alma! ¡Espíritu Santo, eres el Espíritu que todo lo llena, que da vida, que me lleva a Dios para asemejarme a Él y a Cristo para hacerme uno con Él! ¡Ayúdame a entender que la vida consiste en vivir en Cristo, con Cristo y de Cristo! ¡Dame sabia nueva a mi vida, Espíritu de Dios, porque es lo que anhelo con todas mis fuerzas!

Entre la fortaleza y la debilidad

En la vida transitas por dos vías. Una, en la que eres consciente de esa pequeñez edificada por la inseguridad, las incertezas, los miedos, las dudas que van asolando, la incapacidad para tomar decisiones, atenazado por el que dirán. En estas circunstancias eres consciente de tu fragilidad, de esa incapaz de dar lo mejor de ti mismo.
Hay otra senda. Es aquella en la que sintiéndose cercano al Señor, atendiendo a su Palabra, te sientes fuerte, repleto de vida, consciente de las oportunidades que se te abren, lleno de posibilidades, amparado por las escenas del Evangelio, brillando a la luz de Cristo.
Esta senda es la que te permite amar de manera efectiva y eficaz, darlo todo por el otro, descubrir aquello que es relevante en la vida, a dar importancia a lo que no pasa, a cantar la excelencia del amor, a ser paciente y benigno, no devolver bien por mal, no necesitar de las propiedades terrenas sino las eternas, alejarse de lo que te aparta de la rectitud, valorar las palabras sencillas, amables y sinceras, actuar con gestos sencillos, acogedores y amables, dignificar los esfuerzos que edifican, no buscar el interés propio sino el ajeno, no reconocer como propio más que lo permanente, saber encontrar el silencio entre tanto ruido mundano para escuchar los susurros de Dios, vivir con sentimientos auténticos y alejar del corazón las emociones superficiales, complacerse con la verdad amando a los demás como uno se ama a si mismo, encontrar en el prójimo lo bueno que hay en él alejando de ti la crítica y el juicio despiadado, ser caritativo y magnánimo, ser apóstol de la misericordia, obrar con humildad y no con soberbia, servir sin esperar contrapartidas, no tomar en cuenta el mal, ser coherente con lo que dices, haces y piensas…
Este es un principio programático que te hace consciente de tus muchas limitaciones. De tu incapacidad para cambiar interiormente y cambiar el mundo. Pero Jesús te pide ser luz del mundo y aunque sabes lo poco que brillas para iluminar el mundo también eres consciente de que en tus tantas limitaciones está la fortaleza que viene del Espíritu que dota al hombre de la sabiduría para proclamar en su propia vida el mensaje del Evangelio, que te llena de posibilidades para ser transmisor de la Palabra y que en tu debilidad te haces fuerte en Cristo, en su amor te haces fuerte en Él, en tu vida puedes hacerte uno en Él. Y sientes en tu corazón aquello que Jesús anunció: «No apartes de mi tu mirada, porque te necesito para que se cumpla en el mundo el plan de mi Padre». Y, entonces, sabiéndote pequeño y limitado, sientes que con Cristo puedes ser una pequeña luz incandescente que ilumine tu pequeño mundo para dar esperanza y alegría, calor y refugio, amor y servicio.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, en mi debilidad tu me haces fuerte porque me envías tu Santo Espíritu y me llenas de Ti! ¡Señor, bendice mi vida, para que lleno de Ti sea capaz de abrirme a la vida! ¡Bendice cada uno de mis gestos para abrir puertas, para ser transmisor de tu Palabra, para ir más allá de las palabras y vivir acorde con tus principios! ¡Concédeme la gracia, Señor, de saber elegir siempre estar a tu lado y no dejarme convencer por las argucias del demonio! ¡Concédeme, Señor, la gracia de tener tu mirada para ver el mundo con tus propios ojos, para ver al prójimo según tu forma de mirar, para ser capaz de entender lo que el otro necesita, para acompañarle en sus sufrimientos, en su dolor, en sus incertezas y en su caminar! ¡Concédeme, Señor, la gracia de ir a lo profundo, a lo esencial, alejándome de lo superficial y mundano, de la injusticia, de aquello que te causa dolor! ¡Concédeme la gracia, Señor, de que cada uno de mis gestos testimonien que soy seguidor tuyo para construir en lugar de destruir! ¡Concédeme, Señor, la gracia de estar atento a tu llamada, a los susurros de tu voz que vienen con el soplo del Espíritu! ¡Concédeme, Señor, a estar abierto a las necesidades del prójimo y servir sin ser servido! ¡Y, sobre todo, Señor, ser templo tuyo, un templo abierto a la verdad, al amor, a la misericordia y al perdón! ¡Señor, que sea capaz de manifestar esa gloria tuya que hay en mi interior!

Eres mi fortaleza, le cantamos al Señor:

Sentir el susurro De Dios

Invitado por unos amigos pasé junto a mi familia la noche del sábado en la montaña. Por la noche, cuando todos estaban acostados, me senté en el porche de la casa de piedras para contemplar la oscuridad de la noche y contemplar las estrellas. Se vislumbraba una luna tenue y serena, suficiente para iluminar el ambiente.
Durante una hora aproximada de soledad disfrutas de un silencio embriagador. Un tiempo en que te quedas únicamente con lo esencial: tu y el Señor acompañado del canto de los grillos, el vuelo alterado de un murciélago o el relampagueo de una estrella fugaz…
Levanté la mirada a la inmensidad del firmamento y traté de ir contando las estrellas. A mí, sobre todo, me gusta contemplar la luna. La luna tiene una hermosura especial, ilumina la tierra con su blanco anacarado. Su luz reina sobre las tinieblas de la noche. Es como la linterna de Dios para que éste vea al hombre en su descanso.
Contemplando la luna sentí de manera especial el susurro de Dios, acompañando a mi soledad buscada, a la luz de la luna. De hecho, la luna siempre presenta su cara cercana familiar a los habitantes de la tierra.
Pensaba lo lejana que está la luna, a la distancia de una mirada, y tan cerca está Dios en una simple oración, en un gesto de amor, en alguna palabra de consuelo, en un abrazo de perdón… Dios se pasea soberano en nuestros sentimientos.
En esa quietud puedes preguntarte por qué tantas veces llegas a vivir agitado, atribulado, perdido, nervioso, tenso… si siempre tienes a Dios a tu lado. Y en esa noche que todo es oscuro y que la luna ilumina puedes ver la luz suave de Dios haciéndose presente en tu vida.
Puede parecer poesía, pero para ser iluminado por la luz del sol, es necesario pasar también por los tiempos de oscuridad que son los que fortalecen la fe, te amarran a la verdad y te alejan de la esclavitud de lo intrascendente.
En esa hora de contemplación de la noche, de la presencia infinita de Dios en las alturas, bajo el sigilo sereno de la luna lejana tuve tiempo de mirar a mi propio corazón y asombrarme porque siendo pequeño y miserable Él ilumina mi interior y me engrandece como persona.

orar con el corazon abierto

¡Qué bondadoso y misericordioso eres conmigo, mi Dios! ¡Me acerco a ti con un agradecimiento profundo que sale desde el corazón abierto por tu gran bondad, amor y misericordia! ¡Ante tu presencia no puedo más que mostrar mi gratitud y te doy gracias por esa fidelidad que tienes conmigo y que no merezco porque yo te soy infiel muchas veces! ¡Señor, no permitas que me angustie por mis necesidades y sufrimientos, que los presente en la oración para que sea tu acción prominente la que los resuelva según tu voluntad! ¡Señor, tengo el firme propósito de comprometerme contigo, que todas mis acciones se conviertan en una acción de gracias hacia ti que sé que tantas veces el enemigo actúe para que me aleje de tu cercanía; a no hablar más que para honrarte, darte gracias o hablar bien de los demás buscando siempre lo positivo de las cosas! ¡Señor, gracias te doy por ese amor infinito que has tenido con nosotros al enviar a tu Hijo a morir por nuestros pecados! ¡Señor, te doy infinitas gracias porque me haces contigo un triunfador, me multiplicas los recursos que has puesto en mis manos, porque me otorgas sabiduría y revelación, porque me perdonas y me consuelas, porque me proteges de mis enemigos y de la tentación, porque tu favor me da esperanza y vida, porque escuchas mis oraciones aunque a veces yo pienso que no me escuchas! ¡Por mi familia, por mis amigos, por mis compañeros de comunidad, por mis compañeros de trabajo, por todo esto, Señor, gracias!

Escuchamos para acompañar el texto la Sonata Claro de Luna de Beethoven:

Sentado junto al arroyo

Como muchos otros días le pido al Señor que me ofrezca para iniciar la oración una palabra. Y abro aleatoriamente la Biblia. Mi mirada se fija en esta frase del Libro de los Reyes: «Vete de aquí; encamínate hacia el Oriente y escóndete junto al torrente Querit, que está al este del Jordán». Me quedo desconcertado. Pero le pido al Espíritu Santo iluminación y comprendo que el Señor prueba mi fidelidad y desafía mi lealtad. Me pide que me mantenga en la humildad, en la obediencia, en la escucha de su Palabra. Me pide que permanezca en silencio junto a Él para vivir en Él, confiar en Él, dejar que sea Él el que lleve el control de mi vida. El Señor quiere que viva seguro bajo su protección; es un desafío a no tener miedo, a vivir confiando en su cuidado.
Le digo al Señor que no deseo ocupar un lugar privilegiado entre los que se encontraban en la montaña de las Bienaventuranzas viendo el milagro de la multiplicación de panes y peces. Ni quiero permanecer a sus pies perfumándole con la esencia de nardo; ni estar invitado en las bodas de Caná para contemplar su primer milagro público; ni en la piscina de Siloé para ver sanar a aquel enfermo; ni subido en la barca cuando las aguas se agitaron en el lago de Genesaret; ni agitando las palmas en su entrada en Jerusalén; ni caminando por los polvorosos caminos de Galilea o en las orillas del lago de Tiberiades; ni siquiera en el momento glorioso de la institución de la Eucaristía o de la ignominiosa crucifixión en el monte Calvario…
Simplemente quiero permanecer sentado, agazapado, junto al arroyo de Querit para, en silencio, esconderme y aguardar el susurro de su voz. Anhelo estar allí, para sentir su compañía escuchando como corre el agua del arroyo. En este lugar se pone de manifiesto la sencillez de la vida que se resume en aceptar la voluntad de Dios. En este entorno, en el silencio de la oración, siento viva la presencia del Señor. Aquí fluye con sencilla armonía la grandeza de las pequeñas cosas de la vida. Puedes seguir el curso del agua que te muestra el camino de la vida. Es un susurro callado, apacible, alejado del ruido del mundo. En ese silencio, fluye en el corazón la presencia callada de Dios que te llama. «Ven a mí para que no se seque el agua del arroyo de tu corazón».

Sentado junto al arroyo

¡Señor, no permitas que se seque el agua viva de mi corazón! ¡Haz que cumpla siempre tu voluntad! ¡No dejes que se sequen los arroyos de mi vida! ¡Llévame al arroyo de Querit, Señor, para no separarme nunca de Ti, para que puedas probar mi fidelidad, para llenar mi corazón del agua abundante de tu Espíritu! ¡Llévame, Señor, al arroyo de Querit para que muera mi yo soberbio y egoísta, falto de amor y servicio, ambicioso y tibio, para vivir siempre en tu Espíritu! ¡Señor, quiero mantenerme siempre fiel a Ti para que, suceda lo que suceda en mi vida, sepa esperar tu tiempo, para que la primera gota de agua empape mi corazón y me llene de tu gracia! ¡Señor, gracias porque te ocupas de mí y me das la seguridad de acompañarte dónde tu me lleves! ¡Sé, Señor, que incluso sabré disfrutar sin amargura ni queja de esta sequía que Tú me traes porque Tú proveerás lo que yo necesito! ¡Señor, gracias porque no me abandonas nunca! ¡Mi alma tiene sed de Ti! ¡Señor, Tú sabes que mis lágrimas también me han alimentado de día y de noche por eso de doy gracias! ¡Gracias, porque cada situación difícil por la que he pasado me ha permitido crecer en mi relación contigo y me ha permitido conocerte mejor y comprender que eres un Dios fiel! ¡Gracias, Señor, mi Dios!

Mi dulce Señor, cantamos hoy para acompañar esta meditación: