Ser testimonio del amor

Acabo de terminar una novela magna que abarca una gran parte de la historia de Roma, desde Nerón a Trajano. En este escenario aparecen como es de suponer la figura de tantos cristianos devorados por esa Roma arrogante e imperial. Pero serán ellos los que sobrevivirán a aquel Imperio basándose exclusivamente en una máxima, como le recuerda san Juan al emperador Domiciano antes de que éste ordene introducirlo en un gran caldero con aceite ardiendo por negarse a reconocerlo como el único dios, martirio del que saldrá indemne: «Nosotros solo reconocemos al Dios-Amor. Hemos abrazado un nuevo mandamiento, que es el amaros los unos a otros como Él nos ha amado. Con esto le demostramos que somos sus discípulos, en el amor que nos manifestamos el uno por el otro».
Es el amor mutuo que vivieron los primeros cristianos lo que nos da la mejor explicación para la rápida difusión de la Buena Nueva que se extendió como un reguero de pólvora por todo el Mediterráneo con Pablo y Bernabé, quienes transmitieron el mensaje de Jesús a los nuevos discípulos. «Ámense los unos a los otros».
Durante la historia de la Iglesia, esta inspiración soplará en la vida de las comunidades cristianas: en el momento de las persecuciones, los cristianos de las catacumbas se apoyaron mutuamente en un amor mutuo que hizo la admiración de sus perseguidores. En la Edad Media, se comenzaron a establecer hospicios, leprosarios y hospitales para acomodar a los pacientes, a menudo descuidados por las familias o marginados por la sociedad. Luego son los trastornos de las revoluciones en Europa los que provocan una renovación en la sociedad al servicio de la educación, los trabajadores, las personas desplazadas, las personas oprimidas de todo tipo que culmina en el Concilio Vaticano II.
La Palabra de Dios recibida y puesta en práctica en el amor mutuo es capaz de crear cielos nuevos y una tierra nueva. El mundo de hoy necesita con urgencia este testimonio. Las pendientes hacia el estrechamiento de las aspiraciones —el «No me importa» o el «No tengo nada que ver con los demás»—, la ceguera del consumo excesivo y las luchas de poder para dominar el mercado, la deriva de los radicalismos… solo pueden sanarse si los discípulos de Jesús de hoy sabemos, con la ayuda del Espíritu Santo, ser testimonios de que algo más es posible al vivir esta caridad fraterna que va más allá de los conflictos y de las fronteras de todo tipo.
El amor mutuo se ordena porque así es como uno entra en la estela del mismo amor de Dios por la humanidad. Es porque seguimos a Jesús y somos sus discípulos que los cristianos deseamos vivir en amor fraternal más allá de los estándares sociales y humanos, una señal del amor de Dios por la humanidad, lo que el Nuevo Testamento denomina «ágape».
El amor fraternal en la vida diaria y en la situaciones concretas de la vida manifiesta la presencia de un Dios-Amor. Los cristianos nos convertimos así, como dice Jesús, en la «sal de la tierra» y la «luz del mundo». No podemos presentarnos a nosotros mismos como superiores a nuestros conciudadanos, pero testificando, amándonos unos a otros, manifestando que estamos llenos de un amor que nos supera y que nos hace entrar en el misterio de un Dios que es Amor es como se enfrenta San Juan al emperador Domiciano, «si Dios nos ha amado de esta forma sublime, nosotros también debemos amarnos unos a otros».
He pensado mucho durante la lectura de esta novela. Cuando el amor fraternal se deja habitar por el amor de Dios, naturalmente se convierte en misericordia. De hecho, la misericordia es el fruto del amor. Es esta sensibilidad interior a la miseria de nuestros hermanos y hermanas y a la nuestra.
Esta miseria a menudo se experimenta como un peso aplastante. Cubre todos los límites que encontramos en nuestros diversos caminos. Se llama rechazo, odio, envidia, egoísmo, dominación, orgullo.
Se podría decir que cuando el amor fraternal se envuelve en la misericordia, florece en su mejor momento. De hecho, cuál sería el uso de un supuesto amor fraternal que no sea capaz de mantenernos conscientes de nuestros pecados y de nuestra necesidad del amor misericordioso del Padre.
Esto te enseña a girar siempre la mirada al rostro perfecto del amor misericordioso de Dios. Está aquí, en el corazón de nuestras vidas. Lo podemos encontrar cada día en el pan y el vino consagrados por el que Jesús da su la vida por el mundo.
Podemos estar seguros de que Él continúa, a través de este alimento espiritual, desarrollándose en los corazones de aquellos que nos declaramos sus discípulos, a pesar de nuestros límites, para demostrar al mundo que es el amor el que transforma, el amor que nos ha dejado el Cristo que verdaderamente ha resucitado.

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¡Padre, Dios-Amor, que mi primer pensamiento de la mañana esté dirigido a Ti y después al prójimo! ¡Cuando salga de casa para ir a trabajar, muéstrame al prójimo para darle mi amor! ¡En el seno de mi hogar, hazme dador de amor! ¡Mientras hago oración, que mi oración sea de agradecimiento a Ti, de transmisión de amor, de perdón y de misericordia! ¡Dame, Señor, la capacidad para amar en las alegrías y en las penas! ¡Te glorifico, Señor, Padre nuestro, y te doy infinitas gracias por tu inmenso amor y porque me invitas a amarnos unos a otros, y al amarnos con el corazón abierto, te amamos a Tí y te reconocemos como Padre de amor y de misericorida! ¡Tu, Señor, eres fuente viva de la vida y del Amor infinito, en Ti nos reconocemos hermanos, creados a tu imagen y semejanza; enséñame en mi condición de hijo tuyo a cumplir tu mandamiento de amar al que tengo cerca, sea quien sea, como Tú me amas! ¡Envía tu Espíritu sobre mí, Señor, para amar más y mejor al prójimo porque solo así puedo manifestar a la sociedad que soy hijo tuyo y cumplo el mandamiento del amor! ¡Señor, quiero amarte con todas las fuerzas de mi alma, de mi mente y corazón; pero te pido para ello que transformes mi corazón para eliminar todos aquellos rencores, resentimientos y emociones negativas que impiden abrir mi corazón hacia los demás! ¡Concédeme la gracia de desprenderme de esas emociones negativas que me impiden el crecimiento de mi alma y me impide amar como amas Tu!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, tú que trabajabas para atender a Jesús y lo recibías contenta cuando llegaba cansado del trabajo: concédeme tener la alegría siempre a punto y ayudar a los cansados.
Te ofrezco: tratar de estar más alegre con los que me rodean y tratarlos con mucho amor.

Gracias, Señor, porque crees en mi

Me levanto hoy con un sentimiento de profundo agradecimiento al Señor. Soy consciente de mis fragilidades y debilidades, pero sé que a pesar de todo Él cree en mi.
Aunque a veces me aleje de Él, sé que cree en mi.
Cuando me parapeto en el miedo y las dudas, sé que cree en mi.
Aunque tantas veces no hago su voluntad, sé que cree en mi.
Cuando me aferro más a mis voluntades que a las suyas, sé que cree en mi.
Cuando voy por libre y no me abro a su misericordia, sé que cree en mi.
Cuando mi oración es tibia e interesada, sé que cree en mi.
Cuando solo atiendo a sus razones y no sus mandamientos, sé que cree en mi.
Cuando aparto mi mirada y miro otros ídolos vacíos, sé que cree en mi.
Cuando digo que si a su Palabra pero en realidad la ignoro por intereses personales, sé que cree en mi.
Cuando no soy dócil a su designios, sé que cree en mi.
Cuando los éxitos y victorias que consigo las atribuyo a mis capacidades y no sus planes para conmigo, sé que cree en mi.
Cuando mi fe se tambalea porque las cosas no salen como las tengo previstas, sé que cree en mi.
Cuando mi personalidad, mi orgullo o mi soberbia sobrepasan cualquier buen principio de humildad y sencillez de vida, sé que cree en mi.
Cuando no doy testimonio cristiano con mis acciones, palabras, sentimientos, pensamientos…, sé que cree en mi.
Cuando no soy dócil a su designios, sé que cree en mi.
Cuando tengo que ver para creer, sé que cree en mi.
Cuando voy por la vida con máscaras que cubran mi fragilidad humana, sé que cree en mi.
Cuando mi servicio no está impregnado de amor, sé que cree en mi.
Cuando mi amor se enfría, sé que cree en mi.
Cuando critico y juzgo al otro, sé que cree en mi.
Cuando le niego y le abandono, sé que cree en mi.
Cuando no construyo ni oriento mi vida en su Palabra, sé que cree en mi.
Cuando en mi corazón no hay sencillez, sé que cree en mi.
Cree en mi. Tiene esperanza en mi. Confía en mi. Porque Él sabe que a pesar de caer constantemente, de mis fragilidades y debilidades, de que le oculto el rostro, de que me esfuerzo y no me sale, de que mi oración flaquea quiero vivir para Él. Quiero caminar junto a Él. Quiero que entre en mi corazón. Quiero recibirlo dentro de mi ser. Que siento la alegría de su presencia, de su misericordia, de su ternura y de su amor.
Ser cristiano significa creer en el Dios que cree en el hombre. Y yo creo en Él.

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¡Gracias, Señor, porque crees en mis capacidades para crecer como persona y como cristiano! ¡Te pido la gracia de verme como Tú me ves para que pueda transformar mi vida! ¡Guíame, Señor, hacia un entendimiento profundo de mi identidad enraizada en Ti! ¡Señor, te pido me ayudes a combatir mis faltas, mis debilidades y mi falta de fe para crecer en santidad! ¡Disponme, siempre, Señor para mejorar en cada momento! ¡Sabes, Señor, que mi vida está repleta de obstáculos y dificultades, desafíos y dudas, de alegrías y esperanzas, haz que cada experiencia se convierta en un camino de cercanía a Ti, para mejorar cada día! ¡Señor, sabes que a veces las circunstancias me superan, mis fuerzas decaen, me rindo ante mis debilidades, los problemas me sobrepasan, y no acudo a Ti para aprender a tomar la cruz y seguir tu voluntad! ¡Si mi andar no es perfecto, Señor, enderézalo para no caer y desfallecer! ¡Ayúdame a vivir la vida en plenitud, aprendiendo de Ti, para ser mejor! ¡Gracias, Señor, por creer que puedo transformar mi corazón, mi alma y todo mi ser! ¡Ayúdame a buscar nuevos horizontes vitales que tengan como motivo fundamental parecerme a Ti! ¡Bendito seas, Señor, por siempre, digno de toda alabanza y bendición; me dispongo en este día a comenzar de nuevo mi plan de santidad fortalecido por la creencia de que confías y crees en mi!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, tú que te olvidabas de ti para atender a los demás: enséñame a no estar siempre dándome vueltas a mí y a mis cosas, y dejar de lado mis pequeños desánimos que hacen la vida desagradable a los demás.
Te ofrezco: vivir hoy más pendiente de ti repitiéndote alguna jaculatoria.

El difícil compromiso de amar la enfermedad en tiempos de Coronavirus

En estos días de dolor y tristeza por tantos contagiados y tantos fallecidos surge en mi corazón algo que puede llegar a contrariar y crear rechazo. Pero ¡que importante es amar con el corazón abierto la enfermedad que a uno le sobreviene! Lo digo cuando, en el refugio de mi hogar, nadie de mi entorno más cercano sufre esta situación. Pero este tiempo, me recuerda a mi padre que murió a consecuencia de un cáncer múltiple de páncreas y de hígado. Él fue para mí un ejemplo de testimonio de fe, amando su enfermedad. Él decía que el cáncer lo tenía él, no era el cáncer quien poseía su cuerpo. Con este planteamiento ponía la enfermedad en su corazón y le permitía amar su dolor en el sufrimiento. Vencía a este terrible enemigo en su oración de cada día y eso le hacía mostrarse esperanzado ante el sufrimiento que le carcomía la vida.
Cada seis horas se actualizan las cifras de enfermos y de fallecidos. Las flechas marcadas en rojo suben como la espuma. Eso nos hace darnos cuenta de la fragilidad humana, de la debilidad del hombre, de que la enfermedad es, sin esperarlo, algo intrínseco que cercena la vida del ser humano. Que la vida es tan efímera que un virus transparente surgido de no se sabe donde se apropia de tu vida y la desmorona en pocos días.
Amar la enfermedad. Difícil compromiso para el ser humano. Es el momento de intensificar la oración, la plegaria, el compromiso por el otro, el hacer sacrificio por los que sufren, por los que no tienen fe ni esperanza, por los que yacen en las UCIs de los hospitales… Orar con el corazón abierto por tantos enfermos porque ellos representan al Cristo en la cruz, ellos testimonian de manera clara y perfecta el amor del Padre por el ser humano que Él, con infinito amor, ha creado.
El enemigo de la enfermedad es perder la paz y la esperanza. La enfermedad trata de desnudar tu debilidad, tus certezas, tus anhelos, tus ilusiones, tu paz interior, tus pensamientos, tus esperanzas, tus criterios vitales… Es hora de intensificar la oración para que todos los que hoy sufren no se sientan golpeados por el dolor sino acariciados por el amor del Cristo sufriente. Orar para que todos vean en su enfermedad al Dios que ama. Orar para que sean fuente del amor imperecedero. Dios en su gloria se hace presente en el sufrimiento humano. Orar, orar, orar sin cesar para que esta lacra pase pronto y para que se haga la voluntad de Dios en la tierra.

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Oración contra el coronavirus

Señor Jesús, nuestro Médico Divino te pedimos que nos guardes y protejas del coronavirus y de todas las enfermedades letales.
Ten piedad de todos los que han muerto.
Sana a todos los que están enfermos.
Ilumina a todos los científicos que están buscando un remedio.
Fortalece y protege a todos los asistentes sanitarios que están ayudando en estos momentos a los enfermos.
Dales la victoria a todos los responsables civiles que están intentando limitar el contagio, y dale la paz a todos los que tienen miedo y están preocupados, especialmente los ancianos y las personas en situación de riesgo.
Que tu Preciosa Sangre sea nuestra defensa y salvación.
Por tu gracia, transforma el mal de la enfermedad en estos momentos de consolación, crecimiento en la fe y esperanza.
Que temamos el contagio del pecado más que cualquier otra enfermedad.
Nos abandonamos con toda confianza en tu infinita misericordia.
Y a ti, María, Salud de los Enfermos, estamos seguros del poder de tu intercesión, de modo que, como lo hiciste en Caná de Galilea, la alegría y celebración puedan regresar después de este momento de prueba.
Ayúdanos, Madre del Amor Divino, a conformarnos a la voluntad del Padre y a hacer lo que Jesús nos dice:
Él que nos enseñó a “amarnos los unos a los otros, como yo los he amado a ustedes” tomó nuestros sufrimientos sobre sí mismo y llevó nuestras penas para llevarnos, a través de la Cruz, a la alegría de la Resurrección.
Pon bajo tu manto de protección a todos los que dan cuidado a los enfermos y atienden a sus necesidades, como tu Hijo nos implora que hagamos el uno por el otro. Amén

¿Me pides a mí ser luz de las naciones?

Días de desconcierto ante el coronavirus que asola el mundo arrasando esperanzas y vidas humanas. Abro aleatoriamente la Biblia para buscar una palabra que oriente mi oración de la mañana. Y surge, brillante y sanadora, esta frase de Isaías: «Te hago luz de las naciones». Es la palabra que Dios quiere para mí en este despertar cuaresmal.
Y le doy gracias, porque siendo tan frágil y pequeño, sentir que Dios te considera luz de las naciones insufla esperanza a mi corazón cristiano. ¡Luz de las naciones!
Luz de las naciones es ser luz en tu pequeño entorno: en la familia, en la vida social, en el ámbito profesional, parroquial, en la vida apostólica, en el servicio del voluntariado.
Luz para ser testimonio de Cristo, luz para ser testigo de Dios, para manifestar su amor salvador. Luz para ser testigo vivo de la bondad divina. Luz para ser transmisor de su amor, para iluminar a toda persona con la que te cruzas.
Pero es que la frase va más allá: «Te he puesto para ser luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los extremos de la tierra». Luz para llevar la luz allí donde camine con mi pequeñez, mi fragilidad y mis miserias. Pero Dios que me conoce, sabe como soy, lee mi interior, sabe de mis virtudes y dones y de mis flaquezas y debilidades, así lo quiere. Espera de mi que sea luz. Luz para caminar con claridad por la vida y ser canal de bendición en todos mis entornos para que su salvación prometida a los hombres les alcance a través mío —de cada uno—.
¡Luz que ilumine por medio de la oración a tantos que sufren, a tantos enfermos contagiados, a tantos que en estos días han perdido la esperanza, que tienen angustia por su futuro! ¡Seamos en nuestro entorno luz que ilumine!
Que Dios me escoja —nos escoja— para ser luz de las naciones es un desafío porque lo que pretende es hablar a través mío —nuestro— a la pareja, a los hijos, a los amigos, a los compañeros de trabajo, a los vecinos de la comunidad, a los miembros de tu comunidad parroquial, a los grupos de oración… Ser luz para ser transmisor de Su luz. ¡Qué reto tan enorme y tan estimulante!

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¡Gracias, Padre, por este enorme reto! ¡Gracias, porque me escoges en mi pequeñez para ser luz de las naciones! ¡Gracias, Padre, porque con ello reconoces la confianza en el ser humano! ¡Y asumo el reto, Padre, porque quiero dar a conocer al mundo la verdad de Tu Hijo, la verdadera luz que ilumina a la humanidad entera! ¡Y voy a tratar de ser cada día mejor para que mi corazón irradie tu luz, la luz de tu amor, de tu misericordia, de tu ternura, de tu bondad, de tu generosidad, de tu gracia! ¡Gracias, Padre, porque haciéndome luz también sanas mi vida, mi corazón, mis heridas, mis penas y mis sufrimientos; las sanas y me lanzas al mundo a proclamar tu amor y la Buena Nueva del Evangelio mostrado por Jesús! ¡Gracias, Padre, porque actúas cada día en la pequeñez de mi vida y enciendes en mi pequeño ser la luz luminosa de tu presencia! ¡Gracias, Padre, porque actúas siempre en mi vida! ¡Y en este tiempo de preparación a la Cuaresma, en la que mi corazón se estremece en el desierto de la introspección para orientar mi vida, te doy gracias porque entiendo que en la cruz es la luz que ilumina la vida del cristiano; que no tenga miedo a cargarla en el día a día de mi vida; que sepa llevarla irradiando luz al prójimo para que todos vean que camino por la vida al lado de Jesús, Tu Hijo, con amor y con esperanza! ¡Envía tu Espíritu sobre mi, Padre, para irradiar la luz que surge de recibir tus dones y que todos sin distinción puedan reconocerte a través de mí!

La misericordia del perdón

Camino por una calle transitada de la capital de un país africano donde me encuentro. En cada esquina unos militares fuertemente armados vigilan el descontrolado ajetreo de la ciudad. Estoy acostumbrado a esta presencia militar aunque me mantengo siempre prudente cuando camino por sus calles. Ayer me encontré con un hombre con un traje  estampado con  imágenes y frases relacionadas con el Cristo de la misericordia (Véase fotografía que acompaña este texto). Iba saludando a los soldados a los que daba la mano con esta palabras: «¡Que el Cristo de la Misericordia te bendiga y te proteja!».
Testimonio valiente de amor a Cristo en un país donde la convivencia es frágil. Le pido que me permita hacerle la fotografía al tiempo que me explica que ha perdido a la mayor parte de su familia asesinada por los militares durante la guerra que ha asolado el país dejando profundas cicatrices humanas. Ha perdonado por medio de la oración. Y el rezo diario de la Coronilla de la Divina le ha permitido ir al encuentro de aquellos que habían cercenado la vida de sus seres queridos.
Este hombre que habla de Jesús sin miedo a sus «enemigos» es testimonio de lo que se proclama en el Nuevo Testamento: compartir la buena nueva de Dios al prójimo. Es el cumplimiento del id y haced discípulos a todas las naciones. Es cumplir el mandamiento que ilustra el deseo de Dios de hacernos partícipes de Su plan para redimir a la humanidad, incluso a los más pecadores.
Este hombre pone en práctica en su vida el testimonio de la Misericordia. Vive fiel al mandato del amor dejado por Cristo y que él vivió en acciones concretas. La misericordia incluye especialmente el perdón. De hecho la naturaleza de la misericordia es el perdón. Perdonar a quién te ha dañado es uno de los aspectos más difíciles de la vida humana y cristiana. Pero Dios anhela que crezcamos a su imagen para ser modelos que transpiremos el amor que él nos muestra en un mundo que parece no conocer la misericordia. Como su misericordia es eterna, desea que seamos ofrenda de gracia y perdón incluso a los que no lo merecen, como Él ofreció por medio de Jesús su gracia y perdón cuando la humanidad no lo merecía.
Ayer viví una lección de fe, de coherencia cristiana, de coraje y de valentía para ofrecer el perdón a los que necesitan de manera desesperada la gracia, y visualicé un testimonio vivo de la misericordia divina, esa que dice que el amor de Dios debe brillar a través nuestro para ejercer la misericordia por medio del perdón, la reconciliación y el encuentro con el que nos ha dañado.

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¡Gracias, Señor, porque ayer te hiciste presente por medio de este humilde testimonio de tu misericordia! ¡Gracias, Señor, porque me permitiste ver con mis propios ojos como la naturaleza del perdón se manifiesta en la misericordia! ¡Gracias por la enseñanza del ser compasivo, como Dios es compasivo; que no debo condenar para no ser condenado; que debo perdonar para ser perdonado! ¡Gracias, porque visualice claramente que debo ser misericordioso con el prójimo para encontrarme con tu abundante misericordia en mi vida! ¡Gracias, porque tu me has salvado por el mayor acto de misericordia que haya visto la humanidad y comprender que tu me pides que comparta con quienes me rodean tu gran misericordia! ¡Señor, tu me pides que viva de acuerdo a tu mandamiento del amor, amando al prójimo como tu me amas! ¡Señor, sabes lo difícil que es perdonar; la humildad y el coraje que se necesita pero tu pagaste un precio muy alto muriendo por nosotros en la cruz! ¡Lléname, Señor, del coraje y la humildad para que perdonar a los que me han dañado y a aquellos, como el hombre que me encontré ayer, que necesitan vislumbrar tu infinita misericordia y tu desbordante gracia!

Y yo, ¿puedo ser buena noticia?

A lo largo de la vida te encuentras con personas que, desde el primer momento, te resultan gratas, simpáticas o agradables. Rezuman bondad, amabilidad, serenidad. No hacen nada excepcional para demostrarlo pero su desde la naturalidad de su mirada, sus gestos o su sonrisa uno se siente atraída por ellas. Son aleccionadoras de la vida, abren espacios a la alegría y, sobre todo, a la confianza. A estas personas las descubres fácilmente entre tanto rostro acartonado, fruncido y aguado. Son, sin pretenderlo, testimonios andantes de la Buena Nueva. La fuerza del testimonio es siempre más poderosa que la doctrina misma.
Que una forma de vivir o de afrontar la vida se convierta en buena noticia para el prójimo nos es algo característico de la sociedad actual. Uno se convierte diariamente en buena noticia con sus gestos y sus actitudes pero sobre todo cuando teje sus relaciones de amor, misericordia, generosidad, humildad, respeto, perdón, comunión, justicia… esas son las verdaderas buenas noticias que estrechan lazos entre las personas.
Te conviertes realmente en buena noticia cuando ofreces tu amistad desde el pozo de la sinceridad, la cercanía, la ternura y el desinterés con el que compartes la vida; te conviertes en testigo vivo del amor gratuito, leal e incondicional al otro cuando eres capaz de darte como lo haría el mismo Cristo. Cuando afinas tu mirada hacia el bien y eres capaz de ofrecer experiencias gratas que lo impregnan todo de bondad, generosidad y sentido. Cuando colocas ladrillos para el edificio universal del amor sin hacer ruido.
Desde el punto de vista humano —y cris­tiano, si lo miramos desde la perspectiva de nuestra fe—, los transmisores de buenas nuevas son per­sonas realizadas, hombres y mujeres que han alcanzado una gran unificación o luminosidad interior y son capaces de transparentarla, convirtiéndose en farolas luminosas de una manera de vivir que se confunde con ellos mismos.
Ser buena noticia andante es ser siervo inútil del Señor; ser buena noticia —que es lo que significa Evangelio—, es no ignorar los códigos culturales que nos rodean. Es vivir en el sí de nuestras sociedades, con sus complejidades y realidades. Es servirse de la se­mántica que nos convierte en parte integrante del entorno en el que nos movemos. Pero para que eso ocurra se ha de ser primero auténtico; más tarde aceptar convertirse en hombre o mujer de nuestro tiempo para, finalmente, ser capaz de comunicarse con nuestros semejantes. Eliminar las perezas interiores, quitarse todo los recelos que oscurecen nuestros gestos y ofrecer lo mejor que se tiene para ser buena noticia acorde con el mensaje liberador de Cristo. Es cuestión de despreocuparse de los propios intereses, tantas veces mezquinos y cicateros, por muy espirituales que nos parezcan, para reflejar en toda su esencia la simplicidad de la buena nueva. La pregunta que me hago es: ¿si tanto proclamo que me interesa el otro, que falla en mi para no ser buena nueva en el prójimo o en mi entorno más cercano?

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¡Señor, soy consciente de que me llamas a ser buena nueva de tu Evangelio, a anunciarlo con obras, gestos y palabras, con mi manera de ser y de actuar, asemejándote a todo en ti! ¡Señor, sabes que no siempre me resulta sencillo porque me puede el yo y mi soberbia! ¡Concédeme, Señor, iluminado por tu Santo Espíritu, a ser Buena Noticia para el prójimo y esperanza para todos los que me rodean! ¡Tu, Señor, me invitas y me confías el proclamar tu Evangelio, ayúdame a llevar una vida de oración sencilla y humilde para que lo que anide en mi corazón lo perciban los demás como una buena nueva! ¡Hazme, Señor, Buena Noticia andante y saber contemplar siempre la situación de mi prójimo, conocer sus necesidades, hacer míos sus anhelos o dificultades y transmitirle con el corazón abierto una palabra desde tu Evangelio! ¡Señor, no permitas que mi experiencia de Ti e, incluso, mi vivencia de los valores cristianos se impregnen de frialdad por no ser capaz de llevarlo a la experiencia del amor y de la entrega! ¡Concédeme, Señor, la gracia de que lo que salga de mi corazón rezume serenidad, alegría, esperanza, fe, caridad, generosidad, entrega; ayúdame a poner en movimiento para llegar al corazón del otro como lo harías tu mismo!  ¡Ayúdame, Señor, a hacer realidad en mi entorno el Reino que tu nos ofreces!

Las circunstancias de la amistad

Ayer por la tarde me crucé unos mensajes de WhatsApp con un amigo jubilado pero con mucho trajín a cuenta de una conversación que habíamos tenido la noche anterior. Me la envía mientras disfruta de unas vistas hermosas de la ciudad y se está tomando un aperitivo. Lo primero que me dice es que da gracias a Dios por disfrutar de este entorno. Dios siempre en primer lugar de su vida. Entre las cosas que comenta en el mensaje es que su madre rezaba para que el Señor le alejase de las malas compañías. «Y yo creo que lo ha conseguido, el Señor la ha escuchado —apostilla—, especialmente en la última etapa de mi vida». Esta frase me ha resonado profundamente.
Una de las decisiones más relevantes de nuestra vida es la elección de los amigos. En líneas generales uno no se propone hacer amigos porque estos surgen de manera natural cuando coincides con personas que disfrutan de las mismas aficiones y gustos que tu. La mayoría de mis amigos son personas de fe, a las que he ido conociendo a través de actividades relacionadas con la Iglesia. Y algunos de ellos que estaban alejados de la fe, por determinadas circunstancias de nuestra amistad, se han ido acercando a Cristo.
Para tener amigos el cristiano debe ser ante todo una persona amigable, entrañable y auténtica. Un cristiano triste, malhumorado, con cara agria, quejoso de todos y de todo, con actitud negativa, aleja a la gente de él… y de Cristo. Nadie es perfecto y todos estamos repletos de fallos y carencias y una de las bases fundamentales de una amistad duradera es la tolerancia y el respeto mutuo y la capacidad de amar al amigo a pesar de sus faltas e imperfecciones que, en el fondo, son muy semejantes a las de uno; este fue, en realidad, el espíritu con el que se movió Cristo. ¿Eran acaso perfectos y un dechado de virtudes los doce primeros apóstoles escogidos para instituir la Iglesia? Cristo vio en ellos su corazón, lo que anidaba en su interior, y tuvo una paciente ternura hacia sus debilidades, faltas y caídas. Yo trato de recordar esto cuando estoy con mis amistades.
Nuestra manera de ser, de hacer, de actuar, de pensar y de vivir, humana y espiritualmente, puede ejercer una relevante influencia sobre nuestras amistades de manera silenciosa y delicada, sutil y callada, y puede hacer, incluso, que un amigo se acerque a Cristo y a la fe. Lo he constatado en mi propia vida y doy gracias a Dios porque el Espíritu Santo actuó para lograrlo.
La influencia personal sobre el prójimo es de una gran responsabilidad. Cuando actúas con un amigo en clave cristiana y obras movido por la fe y el amor sinceros a Cristo y desde Cristo lo encumbras donde Cristo se eleva, lo enalteces en nombre de Cristo, lo glorificas en nombre de Cristo y lo vivificas en nombre de Cristo. Le transmites silenciosamente la gracia que viene de Cristo.
Para mi la vida de mis amigos es primordial. Rezo por ellos todos los días aunque haga tiempo que no los vea. Incluso por aquellos amigos que, por circunstancias de su vida, han tomado caminos diferentes, rechazan a Cristo o están alejados del espíritu de la Iglesia. Ellos también están el corazón de Dios que los ama profundamente. Y del mío.
La madre de este amigo tomaba la máxima de la Sagrada Escritura que advierte en repetidas ocasiones que te alejes de las veredas de las malas compañías y de los caminos de maldad porque transforman de manera negativa no solo nuestro carácter sino también nuestras costumbres alejándonos del camino de la salvación. ¿Pero no soy también un pecador? Como lo soy he de intentar buscar también la compañía de aquellos que sus deseos y sus planes están cerca de Dios pero también de aquellos alejados de Él pero que, a través de mi testimonio y de mis acciones, pueden llegar a conocerlo, desde la humildad y la sencillez. Es mi responsabilidad de cristiano buscar a todos para el reino de Cristo como hizo el Señor con la Samaritana y con todos los que, por circunstancias diferentes, eran rechazados de la sociedad. En todos ellos Cristo veía un alma a la que debía acoger.
Le agradezco a mi amigo su mensaje. Me ha permitido meditar hoy que el Señor me invita a ser testimonio de verdad en mi vida, testimonio de amor y autenticidad, para que desde mis gestos y mis acciones las personas que conmigo se relacionen se sientan a gusto, sientan mi deseo de hacerles bien, de ganar mi confianza, de sentir mi respeto y amor, mi simpatía y mi afecto, y como hacía el propio Jesús, pueda a través de mi caminar acompañarles hasta las puertas del reino de Dios.

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¡Gracias, Señor, por todos los amigos que me has regalado y puesto en mi camino! ¡Gracias por todos y cada uno de ellos! ¡Señor, pongo ante Ti a todas mis amistades, las que te conocen y las que te rechazan, los que están cerca y los que han tomado su propio camino! ¡Bendícelos a todos con tu infinito amor y tu misericordia, bendice sus vidas, revélales por medio del Espíritu Santo la fuerza de tu bondad y de tu generosidad y cumple sus sueños en la medida de que sean justos y buenos! ¡Ayúdame a caminar con ellos haciéndote presente Tu en mis gestos y palabras, en mis actitudes y mis acciones! ¡A los que sufren, Señor, dales serenidad y paz interior y hazme un instrumento de tu amor! ¡A los que dudan, Señor, envíales tu Espíritu de Sabiduría para aniden en ellos la verdad y sea yo un instrumento de su confianza! ¡A los que están cansados, Señor, tómalos de la mano y hazme un instrumento para acompañarlos por el camino y darles fuerza en tu nombre! ¡A los que dudan de tu existencia o han caído en la apatía de la fe, Señor, revélales tu amor infinito y hazme un instrumento para mostrarles la alegría cristiana y la fuerza de la fe que todo lo sostiene! ¡A los que viven bloqueados en el pecado, Señor, ten misericordia de ellos y hazme un instrumento para que se reconcilien en la verdad! ¡Señor, doblo mis rodillas ante Ti por cada uno de mis amigos y sus necesidades, protégeles a ellos y sus familias, cólmalos de bienes, cobíjalos con el manto protector de tu Madre, instrúyelos por medio del Espíritu Santo, y manifiéstate sobre ellos cada día! ¡Señor, hazme un buen amigo de mis amigos, no permitas que les falle y les decepcione, hazme atento a sus necesidades, a sus llamadas, a sus anhelos y alegrías, a sus tristezas y lamentos! ¡No permitas que les de la espalda y haz que sea siempre sincero y honesto con ellos para que en nuestra amistad estés Tu en el centro!

¿Qué signos esperamos de Dios?

Hoy es la víspera de la Epifanía del Señor. ¡La gran fiesta de los Reyes Magos! ¡El día que Dios elige para manifestarse, revelarse y darse a conocer!
El día de Navidad celebramos a un Dios escondido en la carne de un bebé recién nacido. Mañana, en la Epifanía, celebraremos a Dios hecho hombre que se nos revela a cada hombre.
Lo que estaba oculto se revela. Lo que era invisible se hace visible.
Cuando te adentras en el Evangelio no hay más que una sucesión de Epifanías, manifestaciones en las que Jesús se da a conocer. Para mí la más espectacular es su Resurrección de Jesús. Los testigos de aquella Pascua lo comprendieron muy bien y, desde ese momento, salieron a anunciar la gran noticia. Que Cristo vive y podemos gozar de su presencia.
Pero, si es cierto que la Epifanía significa manifestación: ¿se sigue Dios manifestando todavía hoy? ¿Qué signos esperamos de Dios? ¿Qué tipo de señal sería lo suficientemente potente como para movilizarnos?
Si hubiéramos estado en Belén junto a los Reyes Magos, ¿observar una estrella centelleante sobre un portal en el que se encuentra un bebé recién nacido habría sido una señal suficiente para nosotros? En las orillas del río Jordán, ¿habría sido suficiente la palabra de Juan el Bautista? En Cana de Galilea, ¿el agua convertida en vino habría sido una señal lo suficientemente clara para creer?
Los signos que ofrece Dios no son habitualmente signos atronadores. Buscamos lo espectacular, lo grandioso, lo llamativo. Dios nunca aparece en los titulares, en la publicidad, en nuevas estrellas que no llevan a ninguna parte. La Epifanía del Señor brilla en la simplicidad, en lo muy simple.
Entonces, ¿dónde está la Epifanía del Señor en la actualidad? La Epifanía es la Iglesia extendida por todo el mundo. Una iglesia pobre y grande al mismo tiempo que, a pesar de su edad, es un buen ejemplo de vitalidad e innovación. Una Iglesia formada por hombres y mujeres creyentes que aguanta tormentas y persecuciones, y que a pesar de la burla siempre testifica que la vida del hombre es la gloria de Dios.
La Epifanía del Señor son los sacramentos, la totalidad de los sacramentos. Un poco de agua, un poco de pan, un poco de aceite, elementos que acompañan una palabra viva, llena de esperanza, de amor, de misericordia, de caridad, de perdón. Sí, es el bautismo lo que siempre da vida a Dios. Es la Eucaristía en la que Cristo siempre se hace presente a la comunidad que ofrece, ora y recibe.
La Epifanía del Señor son los testimonios que nos llegan de tantos lugares donde los creyentes rezan por sus verdugos y mueren por testificar que Dios existe.
La Epifanía del Señor son tantas familias del mundo que pasan dificultades, que tienen una familiar enfermo, que no llegan a fin de mes, en las que las parejas tienen problemas, o que uno de los hijos tiene adicciones y provoca sufrimiento, o que alguno de los miembros no tiene trabajo… pequeños sagrarios en los que pese a las dificultades también se manifiesta la gloria de Dios. Pero donde también hay alegría, servicio, amor, caridad, humildad.
La presencia de Dios siempre se manifiesta de alguna manera. Para poder verlo, no solo debemos abrir los ojos sino también lavarlos con abundante agua. Y abrir el corazón. Si lo hacemos, veremos la gloria de Dios y seremos iluminados.

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¡Señor, que sepa siempre contemplar tu gloria! ¡Concédeme, Señor, un espíritu de adoración para ver como te manifiestas en mi vida y en las de todas las personas del mundo! ¡Que sepa leer en tu palabra y tus acciones la manera de manifestarte en mi vida! ¡Guíame, Señor, por medio de tu Espíritu Santo para una auténtico encuentro contigo, para que desde mi pobreza y mi pequeñez pueda convertirme en un auténtico testimonio del Evangelio! ¡Ilumina, Señor, mi vida para que despojado de máscaras y vanidades pueda ser portados de amor al prójimo, caminando a la luz de tu presencia, con la alegría de saber que vives en nuestra vida, siempre en comunión con Dios y unido a la fuerza del Espíritu! ¡Te pido por tu Iglesia, Señor, para que tantos los sacerdotes como los laicos sepamos mostrarte al mundo desde la sencillez para que las sociedades se transformen! ¡Te pido, Señor, para que nuestras sociedades sean capaces de romper las barreras que las dividen y para que entre personas y familias reine siempre el amor y la fraternidad! ¡Te pido, Señor, por los que buscan y no encuentran, los que no dan sentido a su vida, por los que están en fase de descubrimiento personal, por los que están llenos de desesperanzas y sufrimiento, por los que solo ven en lo material la razón de su existencia, por los que desde la razón no comprenden que tu eres la verdad, hazlos ver que te manifiestas cada día en nuestros corazón si somos capaces de abrirlos a tu acción amorosa y misericordiosa! ¡Señor, que sea capaz de ver en la simplicidad de la Epifanía tu manifestación en mi vida desprendiéndome de las idolatrías del mundo y centrándome en ti, que eres la razón de mi existencia! ¡Que la Epifanía, Señor, sea un motivo para adorarte siempre con el corazón abierto y tu Espíritu me convierta en una persona justa, libre, honrada y alegre que testimonie que soy un auténtico seguidor tuyo!

¡Dios o nada!

Todos los que queremos anunciar a Cristo vamos, en cierta manera, contracorriente. Es difícil complacer a aquellos que tienen el espíritu del mundo y son mundanos. Al mismo Jesús le sucedió lo mismo. No era bienvenido en su pueblo. Sus conciudadanos de Nazaret no aceptaron su misión. Durante los treinta años de su vida oculta no había hablado en la sinagoga y se había contentado con participar humildemente en las oraciones mientras permanecía sentado entre los hombres de Nazaret. Sus compatriotas se escandalizan cuando predica en la misma sinagoga porque es el carpintero, el hijo de María. Jesús sufre por la actitud del pueblo de Nazaret, lamenta su falta de fe y no puede hacer un milagro en Nazaret donde ejerció la profesión de carpintero mientras vivía en esa sencillez callada tan propia de la Sagrada Familia. Pero Jesús invita a ir contracorriente. ¡No importa si eres alabado o criticado! ¡Hay que dar testimonio de la verdad revelada en la dulzura del amor porque la sociedad necesita transformarse!
Los dictadores del relativismo tratan de imponer su colonización ideológica. ¡En unos pocos años, millones de niños inocentes habrán sido asesinados legalmente en el vientre de su madre! Parece que el mundo no desee vivir porque existe una civilización que maximiza la glorificación del individualismo, el hedonismo, de la homosexualidad, de la amoralidad, del amor por el dinero, del erotismo. ¿Cómo es posible que nuestras mentes pierdan la perspectiva de la Creación? Es el desafío que el diablo lanza al Dios creador, tratando de construir una creación alternativa a la suya. Dios nos promete libertad, el demonio que seamos árbitros. Dios nos regala amor, el demonio nos ofrece emociones. Dios quiere justicia, y el demonio la igualdad perfecta que rompe cualquier diferencia.
Estamos en medio de una verdadera conspiración para imponer a todos los estados del mundo los antivalentes que contradicen los valores no negociables de la ley natural, cuyo fundamento es Dios. El Cardenal Sarah lo dice claramente: ¡Dios o nada! Es hora de despertar y dar testimonio valiente de Jesús, que es el Camino, la Verdad y la Vida, palabras todas ellas con mayúsculas.
Hay que ser valientes y decididos para colaborar con Jesús en el triunfo del plan de Dios para la familia, el amor hermoso y el respeto incondicional por la vida. Somos instrumentos pobres, pero estamos convencidos de que el Inmaculado Corazón de María triunfará y que la civilización del amor se construirá a pesar de Satanás y los ideólogos de la ideología de género y del relativismo. Vivar en serenidad alabando todos los días a Dios, con un laudatio, si (¡Hágase!) como el de san Francisco y pedirle que no seamos personas tristes bautizadas, para que todos pueden decir cuando vean la alegría de Dios en nuestros rostros: el amor de Dios es tan maravilloso, ¡que yo también quiero abrir el corazón de par en par y transformar el mundo!

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¡Padre, nos has creado para la felicidad, para la libertad y para vivir conforme a tus enseñanzas! ¡Ayúdanos a transformar el mundo con la ayuda de tu Santo Espíritu para expandir la autentica verdad! ¡No permitas, Señor, que camine por la vida triste y cansado, no dejes que la esclavitud que ofrece el demonio en este mundo me lleve a ser uno más, una marioneta de un mundo donde impera la lógica de la mentira, de la falsedad, de las apariencias, de las máscaras y del individualismo! ¡No dejes que el relativismo se convierta en un paradigma de la verdad! ¡Transforma mi interior, Padre, por medio de tu Santo Espíritu, para ser capaz de percibir lo que es auténtico y transmitirlo a los demás; a estar siempre alegre y esperanzado para testimoniarlo al prójimo! ¡Padre, me has creado para la felicidad y para la libertad, ayúdame a ser valiente y a no conformarme con lo que el demonio quiere que tenga apariencia de verdad! ¡No dejes que viva según lo que me ofrece el mundo que siempre es efímero, esclavizante y dañino sino conforme a tu verdad! ¡Ayúdame a ir contracorriente para tratar de inculcar la lógica del Evangelio! ¡Concédeme la gracia de no tener miedo a ser auténtico, a vivir conforme la verdad! ¡Ayúdame a cultivar un mundo mejor en el que se haga visible tu presencia a través de la autenticidad!

Ser del mundo pero sin ser del mundo

Hoy, vigilia de la Asunción de María, se celebra a la festividad de un gran santo mariano, San Maximiliano Kolbe, sacerdote de la orden de los frailes menores conventuales, que murió mártir un día como hoy de 1941 en el campo de concentración nazi de Auschwitz al ofrecer su vida a cambio de la de Franciszek Gajowniczek, padre de familia condenado a muerte.
San Maximiliano había fundado en 1917 la Milicia de la Inmaculada, a la que se consagró para luchar con todos los medios por la construcción del Reino de Dios en todo el mundo.
Siento un gran afecto por este santo contemporáneo. Maximiliano Kolbe nos presenta tres buenas maneras de luchar contra el totalitarismo que con letal fuerza se esparce sobre nuestra sociedades: la fortaleza de la oración y, de manera especial, la oración mariana; la intransigencia ante cualquier sistema de dictadura —sobre todo la moral que con tanta virulencia lo destruye todo— y, finalmente, el regalo de uno mismo hasta las últimas consecuencias.
¿Qué elementos de la vida de san Maximiliano me pueden ayudar a vivir en los tiempos que vivimos? Luchar denodadamente contra la oscuridad y la tentación de la desesperación por un don gozoso de darse uno mismo, renovar cada mañana el compromiso con el Señor en la oración, evitar el riesgo de convertirse en un fariseos en un mundo que necesita testimonios cristianos auténticos, saber darse a otros con nuestra propia vida, con nuestro tiempo, con nuestra palabra, con nuestra sonrisa, con nuestra compañía, con nuestra ayuda, con nuestras facultades…
Pero también no dejarse invadir por las ideologías de moda imperantes que, de manera perniciosa, fomentadas desde los diferentes medios de comunicación, se inoculan en nuestro interior y tratan de destrozar nuestras creencias y valores y nos ofrecen vivir como el resto del mundo. Maximiliano Kolbe te enseñan a ser del mundo pero real, auténtico y decidido y no de cartón piedra como desean los promotores del pensamiento único!. Ser con orgullo y honra, simplemente católicos en el mundo sin dejarse vencer por las modas del mundo.
Y, finalmente, fortalecer cada día la confianza en la Virgen María. Escribió san Maximiliano: «Inmaculada, Reina del cielo y de la tierra, refugio de los pecadores y Madre amorosa a la que Dios ha querido confiar a toda la Orden de la Merced, aquí en los pies; yo pobre pecador, te ruego, aceptes todo mi ser como tu bien y tu propiedad, que se haga en mí según tu voluntad en mi alma y en mi cuerpo, en mi vida, en mi muerte y en mi eternidad». Pues con tantas limitaciones personales, que así sea también en mi vida.

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Y que mejor oración hoy que la Consagración a la Inmaculada compuesta por este santo polaco:

Oh Inmaculada, reina del cielo y de la tierra,
refugio de los pecadores y Madre nuestra amorosa,
a quien Dios confió la economía de la misericordia.
Yo… pecador indigno, me postro ante ti,
suplicando que aceptes todo mi ser como cosa y
posesión tuya.
A ti, Oh Madre, ofrezco todas las dificultades
de mi alma y mi cuerpo, toda la vida, muerte y eternidad.
Dispón también, si lo deseas, de todo mi ser,
sin ninguna reserva, para cumplir lo que de ti ha sido dicho:
“Ella te aplastará la cabeza” (Gen 3:15), y también:
“Tú has derrotado todas las herejías en el mundo”.
Haz que en tus manos purísimas y misericordiosas
me convierta en instrumento útil para introducir
y aumentar tu gloria en tantas almas tibias e indiferentes,
y de este modo, aumento en cuanto sea posible el bienaventurado
Reino del Sagrado Corazón de Jesús.
Donde tú entras oh Inmaculada, obtienes la gracia
de la conversión y la santificación, ya que toda gracia
que fluye del Corazón de Jesús para nosotros,
nos llega a través de tus manos”.
Ayúdame a alabarte, oh Virgen Santa
y dame fuerza contra tus enemigos.