¡Ven, Jesús, ven!

Observando lo que sucede en el mundo parece que Jesús está ausente de nuestro mundo; parece también que el mundo olvida a Dios. Quienes creemos sabemos que Cristo está presente. Que su presencia está vida. Lo podemos experimentar en la oración y la Eucaristía. Jesús no vino solo para llenar de luz nuestras tinieblas; Jesús no se convirtió simplemente en nuestro compañero de viaje. El Hijo de Dios, la única ofrenda, perfeccionó para siempre a los que santifica. Cristo vino a transformarnos.

La gran noticia es que Cristo vive. ¡Lo necesitamos! Está presente con su poder y su gran gloria. El que nació con humildad en Belén, el que se dejó por su amigo Judas y los sumos sacerdotes del pueblo, el que tuvo hambre, el que lloró ante la tumba de su amigo Lázaro que acababa de morir… ese es el Hijo de Dios. Dios no ha engañado a nuestra humanidad. Nos amaba tanto que quería inclinarse hacia nosotros para levantarnos hacia él. Aunque Jesús parece ausente, sigue intercediendo, orando por nosotros. Espera que sus enemigos sean puestos bajo sus pies venciendo al pecado. Satanás, el Padre de mentiras, parece campar a sus anchas en un mundo que adora el dinero, la corrupción, la mentira, los vicios, el hedonismo, el individualismo, la explotación de los débiles, la guerra por intereses económicos, la destrucción del medio ambiente…

Cristo vendrá en su gloria, para juzgar, para iluminar nuestras vidas, nuestros actos de caridad.

El juicio se describe como una unión, una unificación: la unificación de nuestros corazones, tan a menudo esparcidos y divididos; unificación de nuestras relaciones familiares, entre amigos, en el trabajo, en la parroquia… La Iglesia es, en Cristo, signo de unión con Dios y de unidad del género humano. ¡El juez es el Buen Pastor!

No tengamos miedo de este encuentro con Jesús. Como un amigo que nos guía, Jesús nos da los medios para esperar su venida. Frente a este mundo agitado por la pandemia, un mundo que está dividido entre la riqueza de unos y la pobreza de tantos, que se mata, que se autodestruye… la Palabra de Jesús es Espíritu y Vida, como San Pedro, escuchamos a Jesús y decimos: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.

Y esta Palabra de vida, este conocimiento del Señor, nos ha llegado a través de la predicación de los Apóstoles, de la liturgia de la Iglesia y de la vida de los santos. Son los auténticos intérpretes del Evangelio. Tenemos, pues, puntos de apoyo para conocer a Dios y a su Hijo Jesús, amarlo, seguirlo y servirlo. Saquemos de esta fuente los elementos para transformar el mundo.

Cristo Jesús reina, sus palabras iluminan nuestro camino, respondemos, en cada Misa, a este misterio de la presencia y acción del Resucitado: “¡Ven, Señor Jesús!”

Hoy, por ejemplo, como cada domingo, nos reunimos en torno a Cristo en la Eucaristía. Celebramos su victoria escuchando su Palabra, rememorando la Última Cena y su sacrificio de Amor, acercándonos al altar para recibir el Pan de Vida o la bendición de un Padre lleno de Amor.

Decir con confianza “¡Ven, Señor Jesús!” es una sencilla oración que hacemos para que venga el reino de Dios, para que se haga su voluntad y para que Dios sea reconocido como nuestro Padre, el padre creador de todos que tanto nos ama.

¡Sí, ven Señor Jesús, el mundo te necesita! ¡Utilízanos para ser instrumentos de tu amor, de tu verdad, de la esperanza que transmites!

¡Sí, ven Señor Jesús, el mundo necesita de tu presencia! ¡Utilízame para ser instrumento de tu amor, de tu verdad, de la esperanza que transmites! ¡Ven Señor Jesús, ven y quédate conmigo para caminar a tu lado y se testimonio de tu Evangelio! ¡Ven, Señor Jesús, ven a mi vida porque quiero ayudar a cambiar la mentalidad de este mundo enfermo que ignora la finitud de tu amor y la grandeza de tu misericordia! ¡Ven, Señor Jesús, ven para ser bastón que apoye a tantos que andan tranqueando por la vida! ¡Ven, Señor Jesús, ven porque el mundo está perdiendo la libertad debido al miedo y necesito la luz de tu presencia para dar brillo a la oscuridad que se cierne sobre nosotros! ¡Ven, Señor Jesús, ven porque yo mismo necesito abrir el corazón, purificarlo, transformarlo, renovarlo, vivificarlo y esto sólo puedo hacerlo con tu presencia! ¡Ven, Señor Jesús, ven para poner paz en nuestros corazones heridos, afligidos, tristes, para llenarlos de alegría, de ilusión, de amor, de ternura, de caridad, de humildad, de compasión y de tantos valores que tu representas! ¡Ven Señor Jesús, ven y no tardes porque necesitamos que el mundo se llene de tu Verdad!

«Y el que me acoge…»

«Y el que me acoge…». ¡Sí, yo quiero acogerte, Señor! Acogerte en mi familia, en las personas que amo, en mi corazón, en el seno de mi trabajo, en mis grupos de oración. Acogerte, en definitiva, en el sí de mi vida. 

¡Atrevámonos con el Espíritu! ¡Atrevámonos a caminar con Jesús! ¡Atrevámonos a interrogar a Jesús ante el misterio de su muerte y resurrección! ¡Atrevámonos a avanzar a pesar de nuestras disputas y nuestros deseos de ocupar el primer lugar!

Jesús no nos prohíbe ser los primeros, ofrecer actividades de calidad en la familia y entre los amigos, preparar encuentros pastorales sólidos y exigentes, poner nuestras habilidades profesionales al servicio de la misión y del Evangelio. Jesús muestra el camino: convertirse en siervo.  

«Y el que me acoge…». Quiero escuchar a Jesús que enseña, Este conocimiento no es solo intelectual, es un camino, una educación. Esta figura de Jesús que enseña, que educa, me es querida. Lo logro abriendo el corazón en la oración, en la escucha de la Palabra, en la participación de los Sacramentos. En el silencio de mi interior en ese encuentro hacia el Señor. Su Palabra golpea mi corazón y lo transforma.  

«Y el que me acoge…». Estas palabras también son un invitación a la misión y al servicio. Seguir a Jesús, caminar con Jesús, el Hijo de Dios, es dejarse transformar y cambiar. Es el momento de la misión, del servicio. Formarse para servir, dejarse convertir por el Espíritu Santo para cambiar este mundo, dejar una huella en nuestra historia. Los campos de misión son enormes. Y el mundo necesita cristianos comprometidos, abiertos a la transformación del mundo para llenarlo de amor, bondad y esperanza.

«Y el que me acoge…». Sobre todo es vivir de Jesús en la Eucaristía. Acoger a Jesús en el Sacramento de la Eucaristía, dejarse atraer por Jesús que se nos entrega y nos transforma. La Eucaristía es el momento privilegiado para estar con Jesús y, a través de él, estar con Dios y nuestros hermanos. Ese es un gran anhelo interior: que Cristo actúe en mis obras, que sus pensamientos sean mis pensamientos, sus sentimientos los míos, sus elecciones mis elecciones.

Aspiro a la santidad, de la que tan alejado estoy, pero necesito cada día recurrir al Amor con el que soy y me siento profundamente amado. La santidad cristiana es imitar lo que hizo Cristo .¡Bienvenido a Jesús a mi vida para cambiarla y renovarla y para transformar el mundo en el que vivo!

¡Bienvenido a Jesús a mi vida para cambiarla y renovarla y para transformar el mundo en el que vivo! ¡Concédeme la gracia, Señor, de un corazón sencillo, amoroso, generoso, misericordioso, tierno, amable, caritativo; envía tu Espíritu de Amor para hacer de mi una persona buena, entregada a la misión y al servicio, para que me ayudes a tener criterios y actitudes semejantes a las tuyas! ¡Señor, te pido que transformes mi corazón porque quiero acogerte en mi interior, necesito que cambies mi corazón duro como de una piedra para que lo transformes en un corazón de carne! ¡Hazme sensible a la realidad del mundo, y no dejes que me considere superior a los demás, que la soberbia me supere, que la tibieza me venza, que el pecado se instale en mi! ¡Señor, tu conoces lo profundo de mi corazón, mis fragilidades e imperfecciones, tu te sentaste con pecadores; hazme humilde en todo momento y compasivo como lo fuiste tu con todos los que me rodean! ¡Concédeme la gracia de un corazón abierto a la alegría y a la esperanza que sea capaz de abrazar a todos con amor y mucha ternura! ¡Ayúdame a llevar adelante mi misión con alegría y mi servicio con generosidad! ¡Quiero, seguirte Jesús, caminar contigo, y dejarse transformar por ti!  

Lo digo alto y claro: «Amo a Cristo»

Para mucha gente e, incluso, para ciertos católicos la invitación a enamorarse de Jesús le resulta sorprendente. Conozco incluso a católicos a quienes les cuesta pronunciar el nombre de Jesús. Da la sensación de que se avergüenzan de los que son. Por tanto, les extraña decir, por ejemplo: «Amo a Cristo». 

Lo digo alto y claro: «Amo a Cristo». Lo amo por lo que ha hecho por mi. Lo amo porque Él es el Amor con mayúsculas. Lo amo porque me siento estrechamente unido a Él, porque siento de verdad que estoy hecho, a pesar de mis múltiples imperfecciones humanas, a imagen y semejanza de Dios. Lo amo porque soy producto del amor, porque he sido creado para amar y ser amado por Dios. Lo amo porque he sido transformado por Él. Lo amo por todo lo que me ha dado, por cómo me ha salvado, por como me ha transformado, me ha redimido… Lo amo por su genuina amistad para conmigo. Lo amo porque se hizo hombre por mi redención. 

Anhelo ser transformado por Cristo. Anhelo ser, en cada instante de mi vida, uno con Él. El misterio cristiano de la vida encarna al verdadero ser insertado en la Santísima Trinidad. El Padre engendra desde su eternidad al Hijo; en Cristo se expresa todo Él dándole toda su divinidad; así Padre e Hijo se poseen en una comunión perfecta, en un acto de amor perenne, que es el Espíritu Santo. Pero este amor divino no se circunscribe al seno de la Trinidad, sino que lo entrega al hombre desde el momento mismo de la creación e, incluso, en las sencillas, humildes e íntimas acciones del ser humano y de la Iglesia. Porque sin Dios, sin Cristo y sin el Espíritu Santo nada somos, nada podemos, nada alcanzamos. 

Dios hecho Hombre nos muestra el camino de la cruz y éste al camino de la Resurrección. Por eso amo a Cristo porque cada día puedo vivir el misterio Pascual cada minuto de mi vida en una semblanza profunda con Él. Y por eso me siento profundamente unido a la Iglesia, instituida por Él porque la Iglesia es el cuerpo de Cristo, que te ayuda también pese a su imperfección humana a crecer en tu proceso de transformación.

Amo a Cristo porque lo veo en todas los acontecimientos de mi vida, en todas las cosas que me suceden, en todos los procesos que vivo, en todas las aflicciones o sufrimientos que padezco; veo como trabaja en mi incluso cuando pongo resistencias humanas. A nadie tan fiel puedes dejar de amar pues su propuesta de amor es insertarse en mi corazón y regalarme la herencia del Cielo, con el fin de alcanzar un día la alegría del encuentro definitivo con Él en el Reino del Amor.

¡Te amo, Señor, de la misericordia y de lamor, que eres el rey de todo! ¡Te doy gracias por tu amor infinito, por todas y cada una de las bendiciones que recibo de ti cada día! ¡Te doy gracias por ser el dueño de mis actos, por transformarme y renovarme con tu compañía! ¡Gracias, Señor, por tu amor inmenso, fiel e infinito, gracias por que me amas con amor eterno, porque he visto tus obras en mi corazón y en mi vida, porque todo me lo provees aunque muchas las veces no salgan como las tenía previstas! ¡Gracias porque quieres transformar mi corazón egoísta y soberbio, incluso incrédulo a veces! ¡Te amo, Señor, pero envía tu Espíritu sobre mi para me ayudes a creer más en tu amor, en tu Palabra y en tus obras maravillosas! ¡Te amo, Señor, y quiero permanecer siempre cerca tuyo! ¡Te amo, Señor y quiero ser fiel a tu Palabra, ser un hombre creyente, una persona que confíe en tu divino amor, en tus obras maravillosas en mi vida y en las que me rodean! ¡Dame, Señor, el don de ser alguien temeroso de Dios, constante en mi vida, firme en mi fe, valiente para hacer grandes cosas en tu nombre, para que siempre esté dispuesto a hacer el bien al prójimo en tu nombre, para ser testimonio de tu amor y de tu misericordia! ¡Te amo, Señor, y te doy gracias por la libertad que me otorgas, por acompañarme en el camino de la vida, por ser mi guía, por ayudarme a escoger siempre el camino correcto, por perdonarme cuando me equivoco o me desvío de la senda del bien! ¡Señor, no me dejes nunca para no perderme en la oscuridad de la vida! ¡Te amo, Señor, y te doy gracias por el inmenso amor que siento tienes por mi!

Dejarse transformar por ese Dios que nunca se impone

Con frecuencia pienso que es Dios quien tiene que abrir la puerta de mi corazón. Que es Él quien tiene que llamar para que le abra. Que es Él quien tiene la obligación de buscarme. Y sí, Dios primero busca y lo hace porque por encima de todo pensó en mi —pensó en todos— antes incluso de la Creación. Esa es la grandeza de su Amor. Antes de ser un proyecto de nuestros padres allí estaba Él, unido a cada uno abriendo sus brazos para acoger nuestra existencia.  Y sí, el da pasos para hacerse el encontradizo, para que fijemos su mirada en Él, para que lo encontremos en cualquiera de las circunstancias de nuestra vida. Dios nos busca porque nos ama. Dios nos quiere a su vera aunque nosotros nos olvidemos de Él.

Pero se necesitan grandes dosis valentía, de sinceridad y saber ejercer nuestra libertad para dejarnos encontrar y transformar por ese Dios que nunca se impone, que no trata de dominar nuestra voluntad, ni fija con firmeza sus leyes, ni esclaviza el corazón, sino que tan solo desea abrir caminos de Vida que nosotros nos empeñamos en cerrar.

La grandeza del ser humano es que hemos sido creados libres y, respetando esa libertad, Dios no da ningún un paso para coartarla. Solo espera que que cada uno ponga su confianza Él, crea en Él y le abra de par en par las puertas de su corazón. Ese es mi deseo y mi anhelo que en este tiempo pido encarecidamente para que transforme mi corazón.

¡Señor, gracias porque cada día me buscas con ahínco, porque crees en mi, porque depositas en mi corazón tu tesoro de Vida en mi propia vida! ¡Gracias, Padre, porque me has creado con libertad para viva y crezca para llegar a ti! ¡Sabes, Padre, de mis flaquezas, de mi fragilidad, de mis cobardías, de mis egoísmo que dictan tantas veces las sendas de mi vida… no permitas, Padre, que todo esto impida abrirte de par en par las puertas de mi corazón! ¡Ven Espíritu Santo, ven a mi vida y transforma mi corazón frágil pero duro como un piedra, egoísta y soberbio; hazlo humilde y sencillo, amoroso y generoso, tierno y compasivo; transforma mi corazón como el de Jesús para aprender a amar como Él, y desde Él amar a Dios! ¡Espíritu de vida, ayúdame a crecer cada día en la vida de Dios y en la fe recibidas en el Bautismo, para que se capaz de vivir mi cristianismo de una forma más consciente, personal, libre y responsable! ¡Espíritu de Verdad, ilumina en cada momento mi mente y mi corazón para ser capaz de descubrir la verdad profunda de Dios, todo lo que encierra las Buena Nueva de Jesús y dame la alegría, el entusiasmo y el gozo de vivir como Jesús nos enseñó y vivió!

Vivir en la transparencia

Limpiando ayer un tarro de cristal en el que había guardado aceite usado quedaron impregnados en el vidrio algunas gotas pegajosas que impedían la limpidez del cristal. Me vino a la mente una idea: esto sucede con frecuencia en mi vida cristiana. Hay demasiadas manchas que ensucian mi vestidura espiritual. Por eso es tan necesario vivir en la transparencia para que acompañe la santidad de mi corazón, esa que hace agradable a Dios. En la medida en que soy transparente santifico a Dios en su corazón.
Tomé de nuevo el estropajo, vertí sobre él el lavavajillas líquido y limpié de nuevo el tarro de cristal hasta dejarlo impoluto. Me sirvió el símil para comprender qué importante es la transparencia de vida en mi vida cristiana. Esa transparencia te permite amar la verdad, la justicia, la caridad, el servicio, la pureza. Esa transparencia te invita a no dejarte llevar por la soberbia, el engreimiento o el egoísmo. Esa transparencia te ayuda a servir a los demás con generosidad y amor.
Esa transparencia te impide ser jactancioso y vanidoso, que el yoismo presida tu existencia o que la presunción sea el baluarte de tu ser.
Esa transparencia te ayuda a que cuando alguien te daña, te abofetea humillándote, te golpea moralmente, te provoca sufrimiento tu respuesta sea la quietud y la serenidad interior y no devolverlo con las mismas armas que principalmente te provocan más dolor a ti.
Esa transparencia te hace entender que no puedes excluir a nadie de tu corazón y de tu vida porque todos tienen valor como seres humanos.
Esa transparencia te ayuda a entender que cuando amas, vives desde el corazón; cuando perdonas, vives desde el corazón; cuando sirves, vives desde el corazón; cuando te olvidas de ti, vives desde el corazón; cuando aceptas las cruces cotidianas, vives desde el corazón; cuando te niegas a ser vencido por el orgullo y la soberbia, vives desde el corazón; cuando luchas y te esfuerzas por ser mejor, vives desde el corazón; cuando te entregas de verdad, vives desde el corazón; cuando alejas de tu vida la superficialidad, vives desde el corazón…
La transparencia no es simplemente una cuestión de sinceridad. Es una cuestión de autenticidad. Si quiero ser un cristiano auténtico, luz del mundo, tengo que ser una persona transparente porque no se enciende jamás una luz para no ser vista, para ocultarla y para que no ilumine.

Captura de pantalla 2020-06-14 a las 11.38.57

¡Señor, concédeme la gracia de vivir siempre una vida auténtica y transparente, que deje pasar la luz para no esconderme entre las máscaras que cubren mi existencia! ¡No permitas, Señor, que lleve una vida que huya de la luz de la verdad para que el mal no se acomode en mi corazón! ¡Envíame, Señor, a tu Santo Espíritu para que rebose sobre mi el don de sabiduría para que ilumine mi mente y derrote la ignorancia y descubra siempre la verdad de tu Evangelio! ¡Ayúdame, Señor, a que mi vida esté llena siempre de buenas obras, acompañadas de la verdad de mis actos, para que mis palabras, gestos, sentimientos y acciones están cubiertos de tu gracia! ¡Ayúdame a vivir la vida desde la transparencia, para que sepa disfrutar de todo lo que me das desde la gracia, para que no me venda a las distracciones del mundo y busque siempre mi felicidad interior! ¡Ayúdame, Señor, a apostar siempre por la fidelidad al Evangelio, a los grandes ideales que tu nos has enseñado, a no dejarme llevar por la mediocridad y que busque siempre servir con amor y amar al prójimo de verdad! ¡Ayúdame a avivar en mi corazón la gracia de la libertad para que desde la libertad interior darme siempre a los demás!

¿Puedo crecer en sabiduría?

Me conmueve profundamente uno de los aspectos sustanciales de la vida oculta de Jesús. En el sagrado hogar junto a María y José, Cristo crecía, se desarrollaba y se fortalecía lleno de sabiduría. Este elemento es crucial para su crecimiento interior y su desarrollo como persona. Y me pregunto, ¿puedo crecer yo en sabiduría o solo es una cualidad a la que estaba llamado Jesús? Puedo, asumiendo en mi interior la certeza de que Dios es el amor auténtico. Sabiendo que Dios es amor te sientes más amado. Así, en el momento en que la personalidad de Dios se te revela como un Padre tierno y amoroso te descubres como un hijo querido y quieres crecer en sabiduría y fuerza.
Dios desea de mi que me convierta en una persona madura, auténtica, íntegra, plena. Pero el corpus interior de mi santificación personal requiere de una sólida y correcta base humana. No lo lograré si no pongo mi empeño en luchar y, sobre todo, trabajar en elementos cruciales de mi carácter, de mi temperamento, de mi autoestima cristiana y personal, haciendo que crezca mi inteligencia, preparándome bien en mi formación, ejercitando una voluntad recia que no se deje vencer por la tibieza, con sentimientos bondadosos, actitudes generosas, espíritu de servicio, con una afectividad integrada, no dejándome vencer por los vaivenes de lo cotidiano o por el calor del momento. La sabiduría también la adquiero cuando soy capaz de aprender a dar una solución humana a los problemas humanos sin miedo ni apocamiento: sabiendo solventar mis crisis sin abandonar a la primera y aprendiendo a llevar la cruz con la dignidad del cristiano. Actuando de manera que mis reacciones no me hieran ni a mi ni a las personas con las que convivo. Cuando hablo y actúo de manera correcta, dejándome aconsejar, para ir a la verdad de los asuntos que me conciernen a mi o en relación con el prójimo, para juzgar entre lo que es bueno y es malo. Numerosos de los errores que impiden mi crecimiento vital no estarán causados por mi carencia de motivaciones espirituales sino por la inmadurez con la que en ocasiones afronto mi propia vida.
Creceré en sabiduría cuando sea capaz de caminar por la sendas que Dios ha ido poniendo en mi vida y cumpla siempre con su voluntad.
La sabiduría la otorga el entendimiento y la sagacidad para comprender los misterios de la vida. Convierte la vida en claridad, en algo simple y directo y eso proviene del saberme humillar a mí mismo y buscar de manera persistente las cosas de Dios.
Creceré en sabiduría en tanto en cuanto progrese en el camino de la transformación interior, ahondando en mi propia naturaleza humana. Todo ello a base de buscar las virtudes y la imagen de Cristo en mi vida. Como Él, cuanta más sabiduría más anhelo tendré de Dios que por medio del Espíritu Santo me mostrará a lo que debo renunciar para liberarme del pecado y para caminar hacia la santidad de la que tan alejado estoy.

cruz-biblia-antigua-sobre-mesa-madera-santo-bo_137637-121-1.jpg

¡Señor, quiero ser como eres tu, quiero ser un verdadero discípulo tuyo, imitarte en todo, crecer en sabiduría, reproducir en cada uno de mis gestos, actitudes, pensamientos y sentimientos tu propia imagen! ¡Concédeme, Espíritu Santo, la gracia de alcanzar la estatura de Cristo a la que nos invita san Pablo! ¡Ayúdame, Espíritu divino, a ser constante en mi vida espiritual, a que mi vida esté impregnada de la sabiduría divina para crecer en santidad! ¡Concédeme la gracia, Espíritu de sabiduría, de poner siempre en todo lo que haga mi corazón a Jesús! ¡Ayúdame a perseverar en mi vida de fe, en mi amistad con Jesús en mi caminar como cristiano, en mi ahondar en la fortaleza de mi voluntad, en tener una comunión viva y auténtica con El! ¡Ayúdame a desprenderme de mis yoes para ir a la esencia de lo verdadero, para centrarme en lo que es importante, en lo que Cristo quiere de mi, en seguir su Palabra y sus mandatos! ¡Concédeme la gracia de ganar sabiduría en mi vida e impregnarla toda de un diálogo sincero de amor por Jesús, siendo fiel en lo poco y en lo mucho, obediente a su voluntad y teniendo un conocimiento personal con Él! ¡Espíritu Santo envíame tus siete dones para convertir mi vida en un ideal de santidad, para que mi modelo de acción sea siempre Cristo y para que sepa valorar mi vida a los ojos de Dios!

 

Abrir el corazón para amar

Amar como Jesús va más allá de mis pobres capacidades humanas. Pero Jesús no ordena jamás cosas imposibles. Entonces solo queda una solución: Jesús nos regala su amor para que uno pueda amar como Él lo hace, amar al cónyuge como Él lo ama, amar a los padres como Él los ama, amar a los hijos como Él los ama, amar a los hermanos y hermanas como Él los ama.
Es lo que le pido hoy al Espíritu Santo, que eduque mi corazón a semejanza de los corazones de Jesús y de María. Le pido también al Inmaculado Corazón de María la gracia de ser, a pesar de mi pobreza humana, transmisor de amor; que no me desanime por cuenta de mis debilidades y de mi pequeñez. Todos somos pequeños instrumentos inútiles del Amor de Dios pero el poder de Jesús se desarrolla en nuestra debilidad. Soy consciente de que una de mis misiones como cristiano es avanzar en mi descubrimiento del Amor Divino y ser testigo de este Amor. El mundo está en peligro porque olvidamos con frecuencia a Dios, despreciamos sus leyes y vivimos sin su presencia. Pero este mundo, Dios lo ama y te envía al cambio interior para ir a evangelizar. Nadie puede convertir corazones porque solo el Espíritu Santo puede hacerlo, pero si es posible, por la gracia de Dios, ser testigos fieles de la fe. Se trata de ser testigo valiente del Amor de Cristo y dejarse guiar e inspirar por el Espíritu Santo que actúa a través del Inmaculado Corazón de María. Ser testimonio alegre y entusiasmado del plan de Dios para la familia, el amor, el trabajo, las relaciones humanas, la vida… El infierno está empeñado en destruir el trabajo de Dios, pero el infierno fracasará porque Dios es el Creador de la familia, el amor y la vida humana. Y somos muchos los que vamos a dejar la impronta de Dios en el mundo en el que vivimos.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Abro, Señor, el corazón a tu gracia y pido que lo llenes de las gracias del Espíritu Santa para que nazca de mi interior el ánimo de testimoniar tu verdad, para ser luz y semilla que, al calor del Espíritu, de frutos abundantes! ¡Te doy infinitas gracias, Señor, porque por medio de tu Santo Espíritu, lo sigues creando todo, lo haces todo nuevo, lo conservas y lo embelleces para que cada uno de mis pasos no sean tan pesados y tristes sino que estén impregnados de alegría y esperanza! ¡Te bendigo, Señor, porque nos envías tu Santo Espíritu para que reine en nuestros corazones para fortalecer nuestra vida y guiarla y hacerla veraz según tu Evangelio! ¡Señor, te doy gracias por invitarme a abrir el corazón para recibir los dones del Espíritu para que me de la fuerza para luchar cada día por la verdad, por el amor, por la reconciliación, por el perdón y por la justicia, para ser luz que comprenda las necesidades ajenas, para ser apoyo y servidor del prójimo, para ser generoso para amar como amas Tu y no según mis criterios mundanos, para tener paciencia para esperar, llevar la fraternidad al prójimo, para hacerme sensible a las necesidades del que tengo cerca! ¡Hazme, Señor, sensible a la acción purificadora y transformadora de tu Espíritu para alumbrar en este mundo una nueva esperanza! ¡No permitas que el demonio me venza con las tentaciones y ayúdame a ser auténtico testigo de la fe! ¡Gracias, Señor, por regalarme gratuitamente tu amor porque yo lo quiero llevar a los demás aunque tantas veces, por mi pequeñez, me cueste tanto mostrarlo a los demás!

De la compositora italiana Maddalena Casulana disfrutamos hoy con su Morir non può il mio cuore:

¿Ahora estás más contento, papá?

Hay palabras en nuestro tiempo que van volviéndose extrañas pero no dejan de ser profundas: perdón, arrepentimiento, pecado… Todas ellas esconden la realidad exigente del ser humano que Dios ha creado a su imagen y semejanza. Me pregunto muchas veces como verán mis hijos mis actitudes para afrontar esta realidad en mi vida. Ayer, antes de comenzar la Misa, fui a confesarme. Cuando regresé al banco mi hijo pequeño me preguntó: «¿Ahora estás más contento, papá?»
¿Arrepentirme? ¿Perdonar? ¿Pecar? ¿Por qué pedir perdón? Los pequeños perdones cotidianos son algo natural en nosotros, en cierta manera son fáciles de pronunciar. Pero el auténtico perdón, aquel que transforma interiormente y que ofrece un sentido fructífero, ese perdón es una auténtica rareza.
Sin embargo, desde la perspectiva de Dios el perdón es substancial a Él. Y ahí está la parábola del hijo pródigo. En cierta ocasión, alguien me dijo: «¡En realidad el padre no debería perdonarlo!». Pero en realidad, aquella persona olvidaba que el padre no castigaba, sino que «celebraba» con gran gozo el regreso de su hijo.
Esta parábola me invita siempre a un buena preparación para la confesión. Y, sí, me llena de alegría. Me permite reconocer la verdad del Evangelio como fruto de un encuentro personal con Dios. Es en este encuentro íntimo con el Padre el que hace que la Palabra de Vida germine en lo profundo del corazón.
Confesarse es tener una encuentro extraordinario para encontrarse de bruces, cara a cara, con el Señor. Hay quien lo teme, porque debe enfrentarse a su propia realidad y darse cuenta lo poco que ama, porque al final el pecado es consecuencia del egoísmo y la soberbia. Aceptar amar es, en ocasiones, dolorosa. ¡Pero qué alegría recomenzar de nuevo, poder vivir desde cero!
Cada vez que me confieso mi interior se llena de gozo. Participando de este sacramento renuevo mi unión con la Iglesia, con Dios y con los que amo. Siento que he participado en la gran fiesta del amor.
Confesarse es la ocasión de presentar todos aquellos actos negativos que deseo deshacer. Me permite desenmascarme ante el Señor. Cada fallo o error que le presento es una ocasión para sentir el abrazo de Dios. En el momento de la confesión, mi corazón se predispone a que se haga en mí su voluntad.
Confesarse es una experiencia íntima, simple, privada y muy profunda. Te permite unirte al Padre y a los demás porque el pecado lo que hace es separarte del prójimo y también de Dios.
En la confesión, responde a la pregunta que Dios le hizo a Adán: «¿Dónde estás?». Y en ese mismo momento, cuando abres el corazón, es el mismo Cristo el que te recibe abriendo sus brazos y diciendo: «¡Ve, tu fe te ha salvado!». Y escuchas también el susurro de Dios que, como el padre de la parábola del hijo pródigo, exclama: «¡Mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida!»

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, gracias por tu amor infinito que todo lo perdona cuando abres el corazón y sientes arrepentimiento! ¡Ayúdame, Señor, en primer lugar a reconciliarme conmigo mismo para amarte más a Ti y a los demás! ¡Ayúdame, Señor, a vivir con el corazón abierto, con las luces de mi vida y también con mis sombras, con mis alegrías y mis penas, con las rémoras de mi pasado y con las esperanzas de mi futuro! ¡Que mi encuentro contigo en la confesión sea una iniciar de nuevo mi camino, para amar como tu amas y vivir como tu viviste, acogiendo como tu acogiste y entregándose como tu te entregaste! ¡Busco la santidad, Señor, de la que tan alejado estoy pero de tu mano todo es más sencillo! ¡Concédeme la gracia de examinar examinar mi corazón y aprender y ver lo que debe ser cambiado! ¡Concédeme la gracia de arrepentirme como hizo aquella noche en Jerusalén tu amado Pedro, para encontrarme con tu mirada, con tu perdón, con tu cariño, con tu ternura y tu misericordiosa piedad! ¡Concédeme, Señor, la gracia de eliminar de mi corazón el egoísmo y la soberbia para salir de mi mismo y vivir acorde con tu Evangelio! ¡Concédeme, Señor, la capacidad de perdonar desde el amor, de olvidar desde la humildad, de entregarse desde la generosidad! ¡Renueva, Dios mío, en mi interior las maravillas de tu misericordia y envía cada día tu Espíritu Santo sobre mi para que obre en mi corazón para hacerme cada día digno de llamarme hijo tuyo! 

Mírame, Señor, es lo que le pedimos hoy cantando al Señor desde nuestra pequeñez:

¡Sé, Señor, que has resucitado!

No se me quita la sonrisa del rostro: ¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado! ¡No vivimos de la nostalgia de un acontecimiento del pasado, celebramos la presencia viva y alegre el Señor! ¡Jesús está vivo y presente y su resurrección implica la absoluta realización de la realidad del hombre en sus relaciones con Dios, con el prójimo y con la realidad que nos rodea! Con su Resurrección, Jesús penetra en lo más profundo del mundo y de cada corazón humano y se hace presente en todas las cosas como ya tan acertadamente advirtió: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin
del mundo».
En estos días me siento como María Magdalena y las otras mujeres que corren llenas de gozo, de fe, de confianza y de alegría al encuentro del Cristo resucitado. Tengo el mismo deseo de proclamar que no solo ha resucitado sino que vive entre nosotros.
Estoy feliz. Radiante de alegría. Con el corazón henchido de esperanza. Me siento lleno de confianza porque Jesús ha resucitado. Porque ese Cristo resucitado es la Epifanía de Dios manifestado al ser humano. Porque es un encuentro por medio de la fe, del encuentro fortuito, por la aceptación de su Palabra, de sus mandatos, de su mensaje, por la experimentación de su presencia en la Eucaristía. La Resurrección de Cristo nada tiene que ver con la razón. Está completamente alejada de la búsqueda racional. Es una realidad viva.
La Resurrección tiene mucho que ver con la experiencia de la vida, del compromiso, de la entrega, de la generosidad, de la vida de la gracia, de la aceptación del ser cristiano. Cristiano por la gracia de Dios por medio del bautismo, engendrado a nueva vida, momento mágico en el que me lleno de Cristo por medio del Espíritu Santo, me libero de la esclavitud del pecado y me hago miembro de pleno derecho de su Iglesia convirtiéndome en hijo de Dios.
La Resurrección es una experiencia que puedo perpetuar cada día en la Eucaristía, en el momento de comulgar su cuerpo, de agradecer su presencia en mi interior, de entrar en oración sincera en una profunda comunión con Él, llenándome de su paz y de sus dones.
La Resurrección también tiene mucho que ver con el reconocimiento de mis pecados en el sacramento de la Penitencia porque es un renacer a la vida, limpiando la inmundicia interior por la mera misericordia y el amor de Dios.
La Resurrección es permitir que Jesús transforme por completo mi vida, la renueve, me haga semejante a Él; es tratar de vivir en cristiano, apoyado en mis fortaleza pero también en mis muchas limitaciones y en mis tantas debilidades porque el Señor envía su Espíritu para este nuevo renacer.
La Resurrección es tomar la fuerza de Dios y hacerla mía porque soy su hijo, hacer de Él una esperanza cierta, ponerme en esas manos misericordiosas que todo lo perdona, que abraza con su misericordia infinita. Es un sentirse amado pese a tantos errores y tantas equivocaciones. La Resurrección me permite blandir con orgullo mi dignidad de hijo de Dios, sin avergonzarme ni esconderme allí donde vaya.
¡Jesucristo ha resucitado, y con mi ejemplo y mi testimonio lo quiero hacer saber a todo el que me quiera escuchar!

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, has resucitado y te entrego mi vida para que la transformes y me hagas semejante a ti viviendo según tu Palabra como un cristiano auténtico a pesar de mis debilidades, caídas y muchas limitaciones! ¡No permitas que te aparte de mi vida porque quiero que seas el centro de mi existencia! ¡Concédeme la gracia de una fe firme para no desanimarme cuando las cosas no me vayan bien, cuando me desanimo por mis pecados, cuando las incertezas me invadan y el desaliento haga mella en mi corazón! ¡Haz de mí, Señor, un signo claro y distintivo de tu Resurrección! ¡Señor, desde hoy, me llamas a ser discípulo tuyo. Me llamas a no tener miedo. Cuando aprenda a compartir mis bienes con los necesitados, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de consolar al amigo o al familiar que sufre, sé Señor que has resucitado; si respeto a los que tengo más cerca, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de desprenderme de mis máscaras y de mis egoísmos, sé Señor que has resucitado; si me comporto ejemplarmente en mi vida familiar, espiritual, profesional y social, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de no caer una y otra vez en la misma piedra de mis pecados, sé Señor que has resucitado; si tengo la generosidad de entregarme a Tí de corazón, sé Señor que has resucitado; si estoy dispuesto a dar mi tiempo por los demás, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de mirar la realidad con Tus ojos y no según mis necesidades, sé Señor que has resucitado; si aprendo a escucharte cuando me hablas, a ponerme en la disposición interior del silencio y estar atento a lo que me quieres decir, sé Señor que has resucitado! ¡Te pido, Señor, que el aleluya pascual se grabe profundamente en mi corazón, de modo que no sea una mera palabra sino la expresión de mi misma vida: mi deseo de alabarte y actuar como un verdadero «resucitado»!

¡Cristo ha resucitado, en verdad ha resucitado! es el canto del Resurrexit que escuchamos hoy:

Unir mis sacrificios al sacrificio de Cristo

Recién terminada la Semana Santa con Cristo resucitado uno se plantea el verdadero sentido del sacrificio. Sacrificarse es darlo todo por el Señor. Sacrificarse es entregarle todo aquello que Él quiera de mi: mi tiempo, mis energías, mis esfuerzos, mi servicio, mis bienes terrenales, mi entrega cotidiana…Sacrificarse es buscar primero el reino de Dios y su justicia para que el reino venga por añadidura.
La predisposición al sacrificio es un indicativo de la devoción que siento por Dios.
Es el mismo Jesús el testimonio vivo del sacrificio. Él mismo se ofreció a Sí mismo como sacrificio, y gracias a esta entrega se produjo la redención del pecado y la Resurrección a la vida. Por fortuna cada día puedo rememorar el gran sacrificio de Cristo en la Eucaristía con la transubstanciación del pan y del vino en el cuerpo y la sangre derramada por el Salvador.
Este sacrificio me enseña que yo también debo estar dispuesto a sacrificarlo todo por Él. Como dice san Pablo estar dispuesto a ser víctima viva, santa y agradable a Dios. Ser sacrificio viviente para edificar el reino de Dios en mi entorno familiar, laboral, social… Sacrificar mis actividades cotidianas para que se haga su voluntad en mi vida, ser capaz de ofrecerlo todo con alegría, con fe y con confianza. Estar dispuesto a hacer todo lo que el Señor me pida porque en realidad el sacrificio me prepara para vivir siempre en presencia de Dios. No tener miedo a las críticas, a los juicios, al rechazo, a perder amistades porque a medida que sea testimonio del Evangelio mayor será mi unión con el Señor.
Sacrificio para adorar a Dios, para darle culto para honrarle y amarle porque como cristiano mi sacrificio debe ser una imitación del amor de Jesús porque quien ama quiere asemejarse al amado.
La ver­dad pro­fun­da del cristianismo radica en que con su amor infinito Dios nos ha dado a su Hijo y lo entregó a la muer­te por cada uno de manera individual. El sa­cri­fi­cio es comprensible desde esta perspectiva que sea difícil de en­ten­der. Pero Dios si lo entiende y forma parte del juego de la vida: para ga­nar uno tiene que aprender que per­der, para vi­vir es imprescindible mo­rir.
En este día quiero unir mi sacrificio al sacrificio de Cristo porque quiero devolverle tanto amor con amor.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, soy consciente de que anhelas mi felicidad y que deseas mi salvación pero existe el sacrificio que tanto cuesta poner en práctica! ¡Señor, tu sabes que la vida es un camino de sacrificios, de lucha constante, de enfrentarse al mal que nos rodea, no permitas que me abandone y no luchar! ¡Señor, quiero sacrificarme en todo porque quiero unir mi sacrificio a tu propio sacrificio! ¡Quiero unirme, Señor, a tu sacrificio en la Cruz que es el auténtico sacrifico que contiene todos los méritos para mi redención! ¡Quiero amarte en la Eucaristía diaria porque es donde se da el verdadero sacrificio del Calvario! ¡Quiero ofrecer lo poco que soy en unión contigo, Señor! ¡Quiero entregarme enteramente a Ti! ¡Concédeme la gracia, Señor, de que el amor lo impregne todo en mi vida, esté por encima de todo y le otorgue valor a todo! ¡Concédeme amarte a Ti y a los demás con todas las fuerzas y con toda la inteligencia de la que sea capaz! ¡Concédeme la gracia, Señor, de que mi verdadero sacrificio sea todo aquello que hago para estar unidos a Ti y con Dios! ¡Concédeme la gracia de que mi vida cuando no se me ofrezca al mal, sea un verdadero sacrificio, un ofrecerme a mi mismo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios!

Porque te entregaste, canto al sacrificio de Cristo: