¡El día para elegir ser santo!

Hoy celebramos la memoria de todos los santos. Aquellos santos anónimos, que no han pasado a la historia, sin halos, sin oropeles, sin gloria… Son esos santos que hemos amado en nuestro entorno, que nos han dejado el amor de Dios en todo lo que hacían y anticiparon en vida el paraíso deseado.
¿Qué hicieron estos niños, jóvenes, hombres y mujeres, ancianos, padres de familia, solteros, consagrados para dejar el perfume de Dios en el mundo? Amar, perdonar, darse, servir, dialogar, educar, convertir, reconciliar, unir, escuchar… en definitiva sembrar la semilla del Evangelio sin importar origen, raza, formación, religión…
Su gestos, sus palabras, sus pensamientos, sus miradas, sus sentimientos… todo en ellos era una invitación a la santidad. Fueron capaces de cargar con las esperanzas y desesperanzas de unos, con las alegría y tristezas de otros, la dificultades y dudas de tantos, desafiaron la vida y lo pusieron todo a la luz de la fe, del amor y de la caridad. No agacharon la cabeza sino que abrieron horizontes. Embellecieron su ser cristiano y difundieron la verdad de Cristo con su manera de proceder.
Todos estos santos anónimos eran hombres y mujeres bautizados como nosotros. Gentes que aceptaron el reto de la santidad. Personas que atendieron la llamada a ser santos, como Dios es santo, como Jesús es santo, el santo de Dios.
Y hoy es un día adecuado para plantearme: ¿Qué es para mí ser santo? Ser como Dios. Ser santo como Dios es santo. Ser santo es poner amor en toda la vida, dar la vida, entregarla por completo al servicio de los demás. Si lo piensas bien, Dios es el gran regalo porque Él se entrega de tal manera que no se queda nada para sí mismo. Toda la santidad, todo el amor rezuma Dios, que Él nos ofrece quiere que le dé también el hombre. Por eso, ser santo es dar llenarse de Dios que se ofrece a sí mismo.
La santidad es la unión perfecta con Cristo. Ser santo es estar configurado con Jesucristo, el unigénito del Padre, el único santo. A través de él y con él somos llamados a la santidad. Se trata de ir subiendo, peldaño a peldaño, con la ayuda inestimable del Espíritu Santo que guía, los escalones de esa escalera que conduce hacia el cielo cuyo peldaño es la entrada en el paraíso. Este horizonte es el que da sentido a nuestra vida, a nuestra historia personal y espiritual.
Hoy es el día para elegir ser santos. El día de celebrar la vida. El día de conmemorar a los que nos han precedido en su camino de la virtud.
El Día de Todos los Santos es una fiesta de vivos no de muertos. Es un día para recogijarse y alegrarse como cristianos. Es un día para tomar conciencia de la responsabilidad de nuestra vida. El día para elegir ser santos y responder al don que Dios nos ofrece por medio de su Espíritu Santo. ¡Que gozo, que alegría y que bendición!

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¡Señor, conoces mi vida y conoces la vida de los que amo, somos gentes de carne y hueso, con debilidades y virtudes, con defectos y con valores! ¡Ayúdanos a alcanzar la santidad en nuestra vida ordinaria, a imitarte en todo para asemejarnos cada día más a ti! ¡Ayúdanos a tener un corazón grande como tuvieron todos los santos anónimos que descansan en el paraíso! ¡Ayúdanos a ser valiente, confiados, entregados, orantes, gozosos, que busquemos siempre la verdad, la solidaridad, el amor, la paz! ¡Ayúdanos a ser consecuentes con nuestra fe, a que el sí de nuestro bautismo y nuestra confirmación sirvan para ser coherentes en nuestra vida cotidiana! ¡Ayúdanos con el impulso de tu Santo Espíritu a ser luz en la Iglesia como lo fueron los santos que hoy conmemoramos! ¡Ayúdanos como lo fueron ellos a ser dóciles a los designios de Dios! ¡Ayúdanos a no conseguir el éxito personal, el reconocimiento humano sino seguirte a ti en lo cotidiano de la vida! ¡Danos el valor de vivir tus mensajes e imitar a los santos que te dan gloria! ¡Que el ejemplo de los santos, Señor, nos inspire hoy para cambiar de vida de modo que el amor, la paz y la justicia sean los valores que impregnen nuestro actuar cotidiano! ¡Gracias, Señor, por tu amor y misericordia!

En este primer día de noviembre, el Papa Francisco pide rezar por la paz, “para que el lenguaje del corazón y del diálogo prevalezca siempre sobre el lenguaje de las armas”. Nos unimos a sus intenciones.

Hoy una bella letanía de todos los Santos:

Llevar a Jesús y a María en el corazón

Segundo sábado de mayo con María, la Madre que todo lo meditaba en lo más profundo de su ser, en el corazón. Este día coincide con la fiesta de santa Clara a la que tan unido me siento espiritualmente por su unión a san Francisco de Asís, uno de mis padres espirituales del que se puede encontrar su oración en esta página.
Santa Clara amó profundamente a la Virgen. La imitó en la práctica de la pobreza, en la contemplación de los misterios de Cristo, en su unión con Dios y en su vida de humildad.
Santa Clara, como la Virgen María, amó profundamente a Cristo, el Esposo divino, y exhortó a todos a tener una profunda devoción a María, a unirse decididamente a ella por ser la Madre del Verbo encarnado.
Santa Clara amaba a María y la adoraba por haber llevado en su seno virginal al Cristo vivo; así quiso también ella llevar de manera espiritual en su cuerpo virgen a Jesús.
Santa Clara anima todavía hoy al seguimiento de Cristo y al amor a María. Lo hace con la alegría del cristiano incluso aceptando con entrega la pobreza más absoluta. La alegría de Clara es la plena identificación con aquel Jesús del Evangelio, pobre, sencillo, humilde y servidor de los hombres. Clara penetró en el mensaje evangélico como lo hizo María abriendo su corazón a la Palabra, atenta siempre a los mensajes de Jesús, abierta a la fe y a la esperanza y, sobre todo, viviendo su vida con la sencillez de la alegría evangélica.
¿Qué puedo aprender de una santa a la que se asocia a la vida de clausura cuando vivimos en un mundo tecnificado, materialista, radicalizado, asexuado y cada vez más descristianizado? Clara me enseña a ser fiel a mi vocación, a ser auténtico en mi vida cristiana, a centrarme en los fundamental y esencial de mi vida, a vivir desde la fe, desde el valor de la Palabra, desde la escucha al Padre abandonando las falsas ideologías y las tendencias modales.
Me enseña a iluminar mi vida reconociendo y agradeciendo a Dios todo lo bueno que ha hecho en mi vida. A seguir el camino de Cristo pobre y crucificado y ponerlo como espejo de mi vida. A vivir unido a la Palabra del Evangelio que trasciende las épocas y las modas, y saber aplicarla a las circunstancias personales que me toca vivir. Comprender mi vocación desde la escucha y saber obedecer a través de ella la voluntad de Dios. Aprender a poner toda mi inteligencia, mi memoria, mis sentimientos, mis esperanzas, mis anhelos y mi voluntad para mi crecimiento personal. Y, también, a aprender a vivir desde la gratuidad.
Pero santa Clara me enseña a amar a María, a llevarla siempre en el corazón, y que el amor a María te lleva directamente al amor a Jesús.

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¡Gloriosa Santa Clara de Asís, quisiera aprender de ti tu humilde y amorosa entrega al Señor! ¡Por la fe inquebrantable que te llevó a utilizar las cosas terrenas para buscar las del cielo, por esa esperanza firme con que supiste vencer todas las dificultades que se oponían a tu camino de santidad, por esa caridad pura y ardiente que ejemplificó tu vida, con humilde confianza te suplico que intercedas ante Dios por mis necesidades! ¡Te suplico por la paz y tranquilidad de la Iglesia, para que se conserve siempre en la unidad de fe, de santidad, de costumbres, que la hacen incontrastable a las esfuerzos de sus enemigos! ¡Y cómo tu, Santa Clara, quiero mirarme en el espejo de la pobreza, la humildad y la caridad de Cristo, y observar en Él mi rostro! ¡Que sea capaz de amar de verdad porque el amor que no puede sufrir no es digno de ese nombre! ¡Que aprenda como tu a sufrir con Cristo, para reinar con él; llorar con él para gozar con él; morir con Él en la cruz de la tribulación, para poseer las moradas eternas en el esplendor de los santos! ¡Poner cada día mi alma ante el espejo de Cristo y escrutar continuamente mi rostro en él para poder adornarme de todas sus virtudes!

«¡Hermano!»

De viaje por razones laborales en un país de África acudo ayer a mi Misa diaria. La catedral del país se halla cerca de mi hotel lo que facilita mi presencia en la Eucaristía. Al salir del templo, se acercan varios feligreses sonrientes para saludarme. Todos utilizan la misma expresión: «¡Hermano!».
La expresión «¡Hermano!» es una de las más antiguas y originales entre los cristianos. En el libro de Hechos de los Apóstoles, los discípulos son llamados «hermanos» y para hablar de las iglesias se hace referencia a los «hermanos» de Corinto, de Éfeso o de Jerusalén.
El término «¡Hermano!» recuerda dos aspectos de la Buena Nueva que transforma de manera radical el sentido de la fraternidad: la eternidad prometida y la universalidad de la salvación que rompe los límites de la Iglesia. La fraternidad no siempre ha implicado concordia: la primera vez que aparece la palabra «hermano» en la Biblia es con Caín y Abel. Con José y sus hermanos la Biblia descubre también situaciones conflictivas en las que predominan los celos, el poder y el deseo de dominación… Lo que la Biblia enseña es que la fraternidad no se da sino para recibir y construir.
La eternidad nos convierte en contemporáneos de los que nos han precedido en la fe y la humanidad. Los cristianos somos un pueblo de hermanos allí donde estemos. Siempre me sorprende que Santiago y Juan pudieran dejar a su padre Zebedeo en la barca y marcharse sin más, siguiendo a Jesús. Esta fraternidad nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo. ¿Somos conscientes de eso? ¡Es una invitación al respeto mutuo!
La gran noticia de la fraternidad según el Evangelio es que contamos con un mediador que es Cristo, el hermano mayor de una gran multitud de hombres y mujeres en todos los confines del mundo. Es él quien les dirá a las mujeres en la mañana de Pascua: «Id y anunciad a mis hermanos…» «¡Hermano!» Esta fraternidad ya no es un riesgo, el de tener que compartir la herencia, es una oportunidad, ya que la herencia, precisamente, es compartir la vida con los demás, ya que Jesús compartió su vida con nosotros.
Hoy cuando recite en la Misa el Padrenuestro abriré especialmente mi corazón para llenarlo de la fuente de la gracia que es hacer de mi comunidad cristiana —mi familia, mis amigos, mis compañeros de trabajo, mis correligionarios de la parroquia…— auténticas fraternidades de amor para disfrutar de la herencia de Cristo que es vivir la vida en fraternidad.
Le pido hoy al Señor que venga y habite en mi, que habite en nuestras comunidades, que renazca con toda su gracia, que nos haga personas que invitemos con nuestra vida a la reconciliación y la construcción de un mundo donde impere de comunión fraterna y el amor.

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¡Señor, ayúdame a ser signo profético de comunión, de alegría y de esperanza allí donde mi vida me lleve y permíteme anunciar la belleza de la Iglesia en la que todos somos hermanos! ¡Ayúdame a abrir las puertas de mi corazón a los hermanos para que, desde la experiencia, convertirme en un pequeña iglesia de amor fraternal! ¡Ayúdame a cultivar cada día relaciones basadas en el amor, el respeto, la transparencia, la autenticidad, la escucha, la libertad, la confianza, la fidelidad y el respeto mutuo! ¡Envía tu Santo Espíritu, Señor, para que por medio de su amor seamos capaces de crear una auténtica comunidad de hermanos! ¡Ayúdame a ver en el hermano a una persona con la dignidad de hijo de Dios, un hermano que forma parte del mismo Cuerpo que es Tu Iglesia! ¡Ayúdame a ser siempre solícito, amable, acoger y fraternal con todas las personas porque todos ellos son mis hermanos! ¡Envía tu Santo Espíritu, Señor, para que sea el arquitecto de la fraternidad entre todos y para que por medio de Él seamos capaces de derribar los muros que nos separan como consecuencia de nuestros egoísmos, autocomplacencias, orgullo y vanidad! ¡Dispersa de nuestra vida, Señor, los enfrentamientos y las discordias para poder trabajar unidos en pos de la verdad, para construir un mundo en el que impere la fraternidad y el amor! ¡Permite, Señor, surjan en nuestros entornos relaciones más fraternas en las que quepa la comprensión y el perdón y vivamos como miembros de un mismo Cuerpo y de una misma familia que es la tuya! ¡Concédeme la gracia, Señor, de saber convivir con los demás, a ser más fraternal, a tratar bien a cuantos me rodean, a querer el bien para ellos, porque todos somos hermanos y porque todo te lo debemos a Ti que nos has creado!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Reconfirmar mi fe

Ayer sábado asistí a la confirmación de una ahijada de mi mujer. Una ceremonia hermosa, colorida, con un coro de voces angelicales que ayudaba a vivir aquel acto solemne con una alegría desbordante.
Sentado en un banco a mitad del templo mi alma se llena de gozo. ¡Qué hermoso es ver a un ser querido confirmar libre y voluntariamente la gracia del Espíritu Santo recibida en el bautismo!
La confirmación es dar testimonio de la presencia de Dios en nuestra vida. Es sentir, actuar y pensar conforme al pensar, actuar y sentir de Dios.
Cuando a la joven le imponían en la frente el santo crisma —signo de fortaleza— y el sacerdote imponía sobre su cabeza las manos hacía visible su donación plena al Espíritu Santo interiormente le pedía al Señor que también lo haga visible en mi propia vida y en la de los míos. Que otorgue en nosotros un nuevo Pentecostés para que nos renueve la gracia para ser testimonios de Cristo en la sociedad. Le pido al Espíritu Santo que esa semilla que plantó en nuestro interior el día del Bautismo la haga crecer de manera continuada; que nos permita regarla cada día para alcanzar una mayor madurez en la fe.
¡Que profundos y bellos son los ritos de la liturgia de la confirmación!
¡Qué hermoso es pensar que cuando el obispo impone sus manos sobre la cabeza del confirmado es para darle cobijo en la Iglesia Santa de Dios!
¡Qué hermoso es ver como el padrino o la madrina imponen su mano sobre el hombro del confirmado como signo vivo del acompañamiento!
¡Qué dicha es sentir que los dones del Espíritu Santo que se reciben en este día no son solo para los confirmados sino para todos los presentes pero no para así sino para transmitirlos a los demás!
¡Qué dicha es reconfirmar que somos apóstoles de Cristo, que nuestra fuerza espiritual crece como les sucedió a ellos, que podemos sentirnos más unidos a Cristo y a la Iglesia y que nos ayuda a defender la fe!
¡Qué dicha es sentir que el Espíritu Santo realmente nos fortalece, nos prepara, nos llena y nos confiere profundidad!

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¡Gracias, Señor, por la fe! ¡Gracias, Señor, porque envías Tu Santo Espíritu sobre cada uno de nosotros para afrontar con valentía el compromiso de la fe! ¡Gracias, Señor, gracias porque nos unges cada día con la gracia de tu Santo Espíritu como ungiste ayer con el aceite a los confirmados! ¡Gracias por la gracia de la confirmación que es signo de purificación, de abundancia, de sanación, de alegría, de compromiso, de santidad, de preparación para el testimonio, para tener gusto por la belleza, para el perdón…! ¡Ayúdame, Señor, a no dejar de anunciar y de celebrar el misterio de la cruz para recordar todos que en la cruz está la certeza de Tu amor, el amor con el que cada hombre y cada mujer somos amados por Ti con independencia de lo que hagamos, pensemos, actuemos o digamos! ¡Hazme, Señor, se transmisor del signo del amor que es Tu corazón traspasado por una lanza que implica el amor sin medida, el amor que siempre perdona, el amor que no humilla, el amor que es siempre fiel, el amor que es eterno! ¡Y a Tí, Espíritu Santo, recibe la consagración perfecta y absoluta de todo mi ser, para que te dignes ser en adelante, en cada uno de los instantes de mi vida, en cada una de mis acciones mi director, mi Luz, mi Guía, mi Fuerza y todo el Amor de mi corazón!

Cántico de confirmación:

Desapegado de lo terreno

Me ocurre con frecuencia: pensar que la solución a los problemas depende exclusivamente de mí voluntad, de mi esfuerzo, de mi trabajo. Pero todo se desmorona cuando hay una ausencia de paciencia y de confianza que me lleve a darle a cada acontecimiento su verdadero sentido y dejar que sea Dios quien obre de acuerdo con su voluntad, como el sembrador paciente que echa la semilla y espera en la tierra abonada de mi corazón para que de fruto en el momento oportuno.
Esto me hace plantear que una de las virtudes esenciales de la vida espiritual es el desapego. A mayor enriquecimiento mayor empobrecimiento. El progreso en la vida espiritual se manifiesta claramente en el desapego del yo, siendo capaz de dominar mis instintos y mis deseos.
El desapego es una forma de marcar distancia en la vida cotidiana para no dejarse abrumar por la seguridad de las cosas materiales, para no tensarse sobre ellas logrando mantener una cierta distancia sobre todo lo material. Lo material, las posesiones, el poder no son fines sino medios para alcanzar grados superiores de amor, de servicio y de conocimiento.
Cuando manifiesto desapego por lo mundano no solo logro ser más libre espiritualmente, vinculándome a la verdadera fuente de verdad y vida que es Dios, sino que puedo manejar con mayor facilidad mis asuntos terrenales.
¿Pero cómo puedo lograr el desapego? Con mi esfuerzo constante por pensar menos en mi mismo y unirme más a Dios. Y una de las maneras más efectivas para lograrlo es recordar que debo vivir cada día como si fuera el último. Porque esto sí que no depende de mí, depende de Dios.

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¡Señor, hazme comprender que no soy dueño de mi vida y mi destino sino que eres Tu el que me marca el camino a seguir! ¡Hazme, Señor, una persona desprendida que utilice las cosas que tu me ofreces como medio de servicio y de amor! ¡Hazme ver, Señor, que lo importante eres Tu que todo lo sostienes con tu amor, con tu poder y con tu misericordia! ¡Señor, recuérdame que si tu no estás a mi lado yo no soy nada y nada puedo! ¡Señor, hazme una persona desprendida y que seas Tu el centro de mi corazón, el anhelo que desea poseer! ¡No permitas, Señor, que adore lo material de este mundo porque nada en este mundo tiene el valor que tienes Tu! ¡Señor, recuérdame que soy un ser creado por Dios a su imagen y semejanza por eso te pido que me ayudes a no caer en la tentación de acaparar lo material y dejarme vencer por los bienes terrenales! ¡No permitas, Señor, que el anhelo de poseer reste alegría a mi corazón! ¡Envíame a tu Santo Espíritu, Señor, para que llene mi corazón de paz interior y me haga comprender que la verdadera libertad no está en el poseer lo material sino en poseerte a Ti! ¡Concédeme, Señor, la gracia de un corazón humilde, libre y sencillo, desprendido de lo inútil e intrascendente, que viva siempre desprendido de los frutos de mi esfuerzo cotidiano y de mi trabajo diario y que este sirva solo para glorificarte y alabarte como mereces! ¡Señor, aquí me tienes en mi pequeñez, pero te la doy toda para que hagas de ella un instrumento inútil de tu amor!

Mi pensamiento eres Tu, Señor, cantamos hoy al Señor:

Junto a María en el sepulcro

Último sábado de abril con María en el corazón. Hoy es Sábado Santo. No es un día cualquiera en el calendario de la Semana Santa. En este día nos envuelve el silencio en el corazón, callan las campanas, el altar de las iglesias está despojado, los sagrarios abiertos y vacíos y la Cruz desnuda.
En este día me uno a la Virgen Dolorosa. El sepulcro ha sido sellado, los discípulos de Jesús se han dispersado y nada sabemos de ellos. Ahí está María, la Madre, y María Magdalena, en oración contemplativa cerca del sepulcro donde se halla Cristo. Les acompaña también Juan, nuestro alter ego —¡He aquí a  Tu Madre, he aquí a tu hijo—. Me uno a María en esta alianza que se ha creado en el monte Calvario, meditando junto a Ella la Pasión de Jesus a la espera de su Resurrección gloriosa.
Me uno en este día al silencio de María. El silencio que hace fecunda la fe, el hágase del principio y el fíat del hoy. El silencio de la esperanza, el silencio de saberse llena de la gracia de Dios, de la misericordia del Padre, de saber que estoy junto a la corredentora por voluntad de Dios, la Madre del Hijo que ha muerto por mi salvación y por la redención de mis pecados.
Me uno a María para darle gracias. Para acompañarla en el dolor postrado ante el sepulcro llorando la muerte de Jesús. Para sentir que mi corazón también es traspasado por una espada pero en este caso de culpabilidad por mis pecados, causa de la muerte de Jesús.
Me uno a María para ser como Ella pan pascual de sinceridad y verdad, para ser agua fecunda, semilla que de frutos, árbol de esperanza.
Me uno a María porque pese a su dolor me enseña cómo amar a Cristo incluso en su ausencia y como nos ama a todos acompañándonos en este sábado de silencio y de espera.
Me uno a María porque la fortaleza de su fe sostiene mi fe tibia, tantas veces quebradiza.
Me uno a María porque es la mejor escuela de apostolado, de transmitir la Buena Nueva de Jesús, de proclamar Su Evangelio, de comprometerse en divulgar la verdad revelada, de educar en la fe, de sellar un alianza de amor entre los cristianos.
Me uno a María porque ella me ayuda a vencer mis temores, mis angustias, mis contrariedades, porque me hace entender que de su mano puede tener confianza en la voluntad divina.
Me uno a María porque Ella me enseña a orar y ser fiel a su Hijo que mañana resucitará para darnos de nuevo la vida.
En este Sábado Santo no puedo más que exclamar que ¡soy todo tuyo, María!

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¡María, Señora de los Dolores, me uno a tu dolor en este día! ¡Me uno a ti ante el sepulcro que acoge el cuerpo muerto de Jesús, postrado ante el misterio de la muerte a la espera de que Dios actúe y haga regresar a Jesús desde las tinieblas a la luz para que la vida triunfe sobre la muerte! ¡Me uno a tu silencio, Señora, y trato de imitar tu fe, tu esperanza y tu amor que te sostienen y me sostiene también a mí en la prueba! ¡Me lleno de Ti, María, para llenarme también de Dios! ¡María, me acerco a Ti para que me enseñes a orar y a confiar en Jesús, a aceptar su voluntad, a llevar los sufrimientos cotidianos con serenidad, a caminar con esperanza aunque a veces no parezca que haya luz, a ahogar todos mis rencores, asperezas y enemistades, a crecer en esperanza y a alimentar mi fe! ¡Me uno a Ti, María, en este día de dolor, para acompañarte en este silencio tuyo desbordado de amor y de gracia! ¡Te acompaño, Madre, para tener tus mismos sentimientos en este día de silencio y de oración, para contemplar esta escena con una mirada de amor, con la disponibilidad para dejar que Dios actúe en la pequeñez de mi vida y ser testigo de Jesús, para no dejar de repetir el Magnificat, para no caer en el desaliento, para estar siempre disponible a lo que disponga Dios! ¡María, Madre, ruega por nosotros en este día de soledad!

Hoy, acompañando en el silencio a María, la música de esta sección también se silencia.

Jesús, después de haberlo mirado, lo amaba

He derramado lágrimas de alegría esta mañana cuando he recordado las palabras de Jesús en el Evangelio de San Marcos. Es aquello tan breve y bellísimo del: «Jesús, después de haberlo mirado, lo amaba». ¡Jesús amaba a uno que había preferido lo material a seguirle a Él!
Me ha venido a la mente enseguida la imagen de un girasol. Como su propio nombre sugiere esta planta vuelca toda su figura hacia el sol; sus características flores de intenso color amarillo y su radiante corola, evocan la estrella del día. El girasol es como un símbolo de la vida del creyente que, volviéndose hacia la luz y el calor de Dios, comienza a irradiar.
¿Cómo puede uno volverse a Dios que nos convierte en seres radiantes y eliminar toda amargura de nuestros rostros? Por la experiencia de la oración y la vida sacramental. Lo que Dios nos revela en la oración, del corazón al corazón de Dios es la convicción, brillante y firme, de que Dios nos ama sin condiciones. El verdadero amor solo se puede dar gratuitamente. Si dependiera de nuestros méritos o nuestras cualidades que nos amaran llegaría un momento en el que seríamos rechazados por no estar a la altura de las circunstancias. Si deseamos esperar a ser amados de la misma manera el nuestro no es un amor verdadero sino tan solo una especie de transacción comercial. Solo un amor que no espera nos convierte en seres libres. Sólo un amor que nos aman por nosotros mismos, sin condición previa, nos puede restaurar, regenerar, sanar nuestras heridas interiores, para mí la más profunda y dolorosa de las cuales el orgullo y la soberbia.
Sin embargo, pocos amores humanos alcanzan este grado de intensidad. Es por eso que tenemos que recurrir a Dios, una y otra vez, para dejarnos ser amados en la totalidad y en la verdad, incluso hasta sentir toda la amargura, todo remordimiento, toda vergüenza. Experimentar el «Jesús, después de haberlo mirado, lo amaba».
A la luz de esa mirada uno puede verse de otra manera y regenerarse interiormente, volver a despertar, regresar a su auténtica naturaleza. Solo la infinita y eterna mirada amorosa del Creador puede realizar esta sutil unión en el ser de aquellos a quienes ha creado.
He derramado lágrimas de alegría porque sí, debo confesarlo, no hay nada más hermoso que reconociendo mi miseria y mi pequeñez, «Jesús, después de haberlo mirado, lo amaba».

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¡Señor, qué grande es tu amor y qué poco lo aprecio en mi vida! ¡Señor, te doy gracias porque me amas y después de mirarme, siento que me amas! ¡Ayúdame a transmitir al mundo ese amor que nos tienes, a inundar mi alma de tu espíritu y de tu amor, a brillar a través mío, a morar en mi vida para que todos los que se acerquen a mí sientan tu presencia, a que sientan que mi mirada trasluce tu mirar, mis palabras surgen te ti, mis gestos son los tuyos, mi actos son obra tuya! ¡Que sea luz que ilumine el mundo para que, después de haberme mirado, sienta tu amor y lo sientan los demás! ¡Ayúdame, Señor, a ser testigo tuyo, a irradiarme a través tuyo! ¡Quiero acudir a ti, Señor, para sentir tu amor profundo, para cambiar interiormente todo aquello que debe ser cambiado, para despertar de nuevo a la alegría, para ser uno en ti! ¡Me reconozco, Señor, pequeño pero gracias al amor que siento por ti mi corazón está henchido de alegría y de gozo! ¿Qué más puedo desear? ¡Gracias, Señor, por tu amor y tu misericordia!

Yo tengo un nuevo amor:

Unido a Cristo en la Eucaristía

Siento que no hay nada tan sublime, hermoso e iluminador como recibir a Cristo en la comunión diaria. Es como colocarse a los pies de Cristo en el monte Calvario contemplando la Cruz. Instantes hermosos que unen mi alma, insignificante y pecadora, a la suya, amorosa y misericordiosa.
No me puedo imaginar la alegría desbordante que se debe vivir en el cielo entre el ejército de ángeles y la comunidad de los santos en el momento en que el sacerdote eleva la Hostia y el cáliz mientras me encuentro apaciguado en oración y contemplación en el reclinatorio. En ese momento uno siente esa trascendental prueba de Amor al escuchar las palabras del Señor que te susurra: «Ven, sígueme, acompáñame en este sufrimiento tuyo; en esta desazón que te embarga; en este problema que te ahoga. Ven y entrégamelo. También es mío». En un instante como este no puedes más que emocionarte y desgarrarte por dentro. Así es la Misa. Así es la Comunión. La unidad con Cristo. Por eso sólo puedes exclamar, agradecido y emocionado: «Señor mío y Dios mío, aquí me tienes. Lo mío es tuyo. Tómalo».
Son instantes muy breves de intenso recogimiento, llenos de amor profundo. Instantes en que la cercanía con Cristo es lo mejor de la jornada. Momentos de emoción viva. Y te sientes como el paralítico de Cafarnaún o como el ciego de Jericó o como la mujer del pozo de Sicar. Cristo pasó al lado de todos ellos y cambió lo profundo de sus almas. No su vida… ¡sus almas!
Sin embargo, tristemente este sentimiento ardiente de Dios se desmorona pronto debido a la mundanidad que me embarga, mi egoísmo, mi soberbia, mis faltas de caridad y de amor. Por mi resistencia a entregarme de verdad a Dios. De humillarme de verdad a los pies de la Cruz donde la humillación es amor.
«Señor, no soy digno de que entres en mi casa» exclamamos antes de comulgar. ¡Quiero cambiar, Señor, quiero cambiar para estar más unido a Ti y a través tuyo en los demás!

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¡Gracias, Señor, porque en la Eucaristía te nos haces presente cada día! ¡Gracias, Jesús, porque en cada trozo de pan y en cada gota de vino sacias nuestra hambre y nuestra sed y te haces presente en el corazón de persona! ¡Gracias, Señor, porque eres Tú mismo quien está en cada día en la Eucaristía entregándote a ti mismo de manera real y personal para enseñarnos que hemos de dar nuestra vida a los demás! ¡Gracias, Señor, porque en cada Eucaristía nos reunimos en torno al altar como hicieron tus apóstoles en la Santa Cena! ¡Gracias, Señor, porque es el mayor gesto de amor en el que nos enseñas a amar y a dar amor! ¡Gracias, Señor, porque cada vez que comulgamos nos unimos estrechamente a Ti! ¡Gracias, Señor, porque en cada Eucaristía podemos rememorar tu sacrificio en la Cruz! ¡Gracias, Señor, porque en cada Eucaristía está presente el Espíritu Santo! ¡Gracias por estos momentos de intimidad, por esta fiesta del amor, que nos anticipa la vida eterna cuando Tu, Señor, mi Dios, serás todo en todos! ¡Gracias, Señor, porque cada vez que me acerco a la Eucaristía siento que se alimenta mi alma! ¡Gracias, porque la Eucaristía me da fuerzas porque soy débil y con mis fuerzas no me basto! ¡Gracias, Señor, por la fe porque gracias a ella creo que realmente estás presente en la Eucaristía y como dice la oración te amo sobre todas las cosas y deseo ardientemente recibirte dentro de mi alma!

Un hermoso Pange Lingua para honrar a Cristo Eucaristía:

Cristianos unidos

En mi ciudad hay una pequeña capilla donde se reúnen a orar los fieles de la Iglesia Ortodoxa. Hace unos días estuve para participar en una de sus ceremonias, llenas de cánticos y de fe. Hoy comienza la Semana de Oración por la Unidad de los cristianos que evoca la oración de Cristo para sus discípulos: «para que todos sean uno; para que el mundo crea».
Los ortodoxos veneran sus iconos hermosos pintados con las manos de la fe que se iluminan, en la oscuridad de sus templos, por infinidad de velas. Se lo comento al padre que guía a la comunidad. Y me explica los motivos.
En primer lugar porque la fe es la luz y la luz de la lámpara recuerda que Cristo ilumina las almas de los hombres. Y es verdad, ya lo dijo Cristo: «Yo soy la luz del mundo». Pero también para recordarnos el carácter radiante del Señor o del santo ante cuyo icono la lámpara ilumina su rostro porque todos los santos son «hijos de luz». Otro hermoso motivo es el de servir de reproche por los actos oscuros, los malos deseos o pensamientos y por el deseo de cumplir los mandamientos del Salvador. Y me recuerda lo que dice san Mateo: «Brille tu luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras».
La lámpara es también un pequeño sacrificio a Dios, que se entregó por completo como sacrificio por el ser humano y como un pequeño signo de gratitud y amor radiante por Él, a quién el hombre acude para pedir en oración por la vida y la salud humana y espiritual, la salvación, y todo lo que sólo el amor celestial ilimitado puede otorgar.
También para que el terror golpee a los poderes malignos que tantas veces asaltan al ser humano, incluso en el momento de la oración, alejando los pensamientos del Creador. Los poderes malignos aman las tinieblas y tiemblan en cada luz, especialmente cuando ésta viene de Dios. Además, esta luz despierta el corazón del desinterés. Así como el aceite y la mecha arden en la lámpara, sumisos a la voluntad del hombre, también nuestras almas arden con la llama del amor en todos nuestros sufrimientos, siempre sumisos a la voluntad de Dios.
Las velas también se encienden para mostrar que una lámpara no puede encenderse sin la mano humana, también el corazón, la lámpara de vigilancia interior, no se puede encender sin el fuego santo de la gracia de Dios. Cualquier virtud, después de todo, es sólo material combustible pero el fuego que las inflama proviene de Dios.
Y, finalmente, para recordarnos que el primer acto del Creador del mundo fue crear la luz y, a continuación, y en su debido orden, todo lo demás.
Y pienso que así debe ser también al comienzo de nuestra vida espiritual, de modo que antes de todo, la luz de la verdad de Cristo brille dentro de mí. De esta luz de la verdad de Cristo subsecuentemente cada buena acción será creada, brotará en mi y crecerá en mi interior.
¡Que la Luz de Cristo nos ilumine siempre!

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¡Padre, te glorificamos, te adoramos y te bendecimos porque nos transmites los dones espirituales que son necesarios para crecer en la fe, en la esperanza y en el conocimiento de Cristo Tu Hijo! ¡Te pido, Padre, que me ayudes a convertirme en un testimonio tuyo, a ser signo de abundancia, de amor, de misericordia y de paz! ¡Te pido que me ayudes a llevar los dones de tu reino a todos aquellos lugares donde haya incerteza, sufrimiento y dolor! ¡Lléname de tu Espíritu, Señor, para que en nombre tuyo haga llegar tu mensaje a todas las personas que se crucen en mi camino! ¡Quiero rezarte hoy, Padre, por la unidad de todos los cristianos! ¡Te pido Padre, que restaures la unidad de todos los que confesamos a Tu Hijo Jesucristo como Señor y Salvador del hombre! ¡Te pido, Padre, que envíes tu Espíritu para fortalecernos y apoyados en nuestra debilidad seamos capaces de caminar juntos! ¡Tu Padre, eres el Dios de la misericordia, haz que tu Espíritu vivificante llene nuestros corazones para que se eliminen todas las barreras que existen, desaparezcan las incertidumbres y los recelos, que paren todos los odios existentes y que todos los fieles, una vez hayan sanado las diferencias y las divisiones, podamos vivir en paz y en amor! ¡Te pido Padre, que siguiendo a Tu Hijo Jesucristo, seamos capaces de rezar con el corazón abierto por la unión de los cristianos y en nuestra propia Iglesia, para que pongas fin a todos sus sufrimientos y la reúnas en la unidad con el fin de que se convierta en una morada que sea luz para toda la humanidad! ¡Dios de amor, la Iglesia es la morada santa, haz que sea santa para todos sus habitantes! ¡Y a ti Jesús, que eres nuestra paz y nos reconciliaste con Dios en un único cuerpo por la cruz, que la paz esté siempre entre nosotros! ¡Somos tus embajadores en la tierra, Señor, haz que nuestras obras estén cargadas de reconciliación, paz y unidad!

Y os dejó con un bello canto de la Iglesia Ortodoxa que invita a la meditación interior y a abrir el corazón:

 

Encontrar la verdadera mansedumbre

Es en el silencio de la entrega y el sacrificio, de la renuncia de la propia voluntad, en ese aceptar con humildad las cosas injustas que nos hacen los demás donde lograremos encontrar la verdadera mansedumbre.
El dolor purifica, santifica, engrandece a las almas y las une íntimamente con Dios, y Dios se recrea en ellas porque, llegada la prueba, saben salir a su encuentro, corren hacia el sacrificio de aquello que más repugna a la naturaleza, como es cuidar enfermos, aceptar el sufrimiento, soportar personas de carácter agrio y molesto, y toda una serie de cosas «desagradables» que de continuo salen a nuestro paso.
Hay que aprender a sonreír con alegría serena, sin murmurar, sino, por el contrario, con una gran capacidad de amor a Dios para ser semejantes a Él en su mansedumbre, que es lo que nos sostiene siempre en estas circunstancias. ¡Fácil es escribirlo y difícil ponerlo en práctica!

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¡Dame, Señor, esa mansedumbre necesaria para desterrar de mi corazón esa tendencia que oprime mis sentidos y me embarga hacia el orgullo cuando alguien me dirige una advertencia o una corrección! ¡Ayúdame, Señor, a aceptar el criterio de los demás sin tratar de imponer mis propias opiniones! ¡Señor, Tu que conoces todos los recovecos de mi corazón, infúndeme la virtud de la mansedumbre, haciéndome humilde! ¡Espíritu Santo, mora en mi alma, guíame y dirígeme, penetrando insensiblemente en mi corazón con suavidad para no herir mi alma en su delicadeza, enseñándome cómo debe ser el trato con los demás! ¡Cuando tenga que corregir a alguien, que sea capaz de demostrar la hermosura de la virtud sin decir nada del defecto o la mala acción obrada!

Del compositor inglés William Holst escuchamos su Himno a Jesús Op. 37: