Torpeza en los juicios ajenos

Soy torpe en muchas cosas. Mi torpeza me hace abrazar, por ejemplo, la ineptitud en las manualidades. Pero a veces, mi torpeza, va más allá porque me impide ver el trasfondo humano de las personas.
Un amigo me presentó hace unos días a un individuo con un aspecto muy desaliñado, repleto de tatuajes en brazos y piernas hasta el punto que, si quisiera, no le cabría un motivo más en su cuerpo. Ese día llevaba encima una camiseta negra envejecida con una calavera estampada y un lema que invitaba a salir corriendo.
Tomamos el aperitivo los tres juntos. Fueron dos horas de sorpresa en sorpresa. Una persona educada, amable, con unos valores firmes, alguien solidario que dedica bastante de su tiempo libre a ayudar al prójimo, respetuoso con las ideas ajenas, amigo de su amigos, solidario… Cuando se marchó, su amigo ahondó en sus bondades personales. Mi torpeza me había llevado a prejuzgar a alguien que, de no haberle conocido, si me lo hubiese encontrado por la calle, había cambiado de acera porque por su aspecto externo no invitaba a la confianza.
Dios me había dado de nuevo —como tantas veces sucede— una auténtica lección de humildad personal. Me dejó patente que Él mira el interior del ser humano, que lo exterior no tiene porque definir a la persona. Y, aunque esta apreciación es de manual, fue de nuevo una lección a mi soberbia personal porque con tristeza —lo debo reconocer— mi naturaleza me lleva en algunas ocasiones a prejuzgar sin conocer, a pensar de alguien sin ahondar en su interior, a crear una imagen únicamente con los cuatro bosquejos que diseña mi opinión.
Juzgamos por lo físico porque las apariencias nos influyen. Al dejar a mi amigo recordé una de las muchas situaciones impactantes que se recogen en el Evangelio. Es aquella en la que Cristo se detiene ante el mostrador de los impuestos, fija su mirada sobre Mateo y, exclama, con ternura: «Sígueme». Algo profundo debió tener aquella mirada para que penetrara en el corazón de aquel cobrador de impuestos para que se levantara, lo dejara todo y siguiera al Señor.
El evangelista no narra lo que sintió Mateo pero no es difícil de imaginar que la mirada de Cristo le conmovió y le hizo sentirse diferente. A pesar de su profesión, mal vista en su época, la mirada de Jesús no fue una mirada de reproche, ni de condena, ni de censura ni reprobación. En el momento en el que no te sientes condenado no tienes necesidad de defenderte ni justificarte. Con probabilidad Mateo sintió que aquella mirada rezumaba amor y estaba repleta de cariño. Por tanto, al «Sígueme» de Cristo siguió el «Sí» de Mateo. Cristo había mirado su corazón y no las apariencias.
Esta escena me enseña que cuando miras con ojos de amor tienes más facilidad para llegar al corazón del otro.

 

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¡Señor, envía tu Santo Espíritu sobre mí para que me enseñe a ser humilde! ¡Señor, de esas cosas de la vida que tanto amo, despréndeme si es tu voluntad! ¡Ayúdame a vivir siempre en la humildad y la caridad, pensando en el bien de los demás y no criticando ni juzgando nunca! ¡Señor, cada vez que me coloque por encima de alguien, lo juzgue, lo critique o lo minusvalore, envíame una humillación y colócame en mi debido lugar! ¡Sana, Señor, por medio de tu Santo Espíritu mi alma orgullosa! ¡Señor, Tu que eres la esencia de la humildad y la caridad, tu que eres humilde y manso de corazón, te ruego que conviertas mi corazón en un corazón semejante al tuyo! ¡Concédeme la gracia de vivir siempre con una actitud de humildad para poder escuchar tu voz y poderla transmitir a los demás! ¡Espíritu Santo, ayúdame a encontrarme cada día con Cristo y conocerlo mejor para que, transformada mi vida, sea capaz de vivir con una actitud de humildad permanente! ¡Necesito ser humilde, Señor, para permanecer cerca de Ti, haciendo vida tu Evangelio! ¡Señor, ayúdame comprender que Tú eres la única fuente de santidad y que sin Ti no soy nada, y nada alcanzaré al margen de tu voluntad!

Haz de mi vida una ofrenda:

Por mi fe… nada temo

Si uno pretende vivir conforme a sus convicciones y sus creencias, de acuerdo con su fe, no debe sorprenderse verse rodeado de indiferencia, crítica, menosprecio e, incluso, cierta hostilidad. Allegados se enervan porque los medios de comunicación menosprecian los valores cristianos, desligitimándolos con críticas cerriles. No me molesta que me vean como alguien de otro tiempo por expresar mis creencias cristianas y mi fe. No me desalienta que me señalen o me menosprecien. Al contrario. Me fortalece. Es una señal identificativa de que soy fiel a ese Cristo que también fue perseguido. A ese Jesús cuyo testimonio es símbolo de Cruz y de Amor.
Doy gracias cotidianas por mi fe. Una de las características de la fe viva es pagar con la propia vida la dimensión de la cruz. En eso se resume el amor.
Mi fe me otorga el valor y la fortaleza. Mi fe me confiere la esperanza y la confianza. Mi fe me sostiene en el testimonio y en la exigencia de la vida. Mi fe me compromete. Mi fe me reafirma en la Palabra. Me fe me ayuda a enfrentarme con valentía ante los juicios de los demás. Pero mi fe también me permite profundizar en mis culpas, esas que pueden ser causa de juicio por aquellos que no creen y que ven incoherente mi testimonio de vida, la mayoría de las veces pobre pero voluntarioso.
Mi fe me hace sentir que con Jesús nada puedo temer. Que Él está siempre a mi lado, me ama. Que configurándome en su voluntad todo lo que me suceda me alejará de cualquier temor e inquietud. Mi fe elimina de mi interior cualquier temor porque siento que es la respuesta amorosa y confiada a Dios que viene a mi encuentro. ¡Tengo fe, pero busco que el Señor la fortalezca cada día!

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¡Señor, ayúdame por medio de tu Santo Espíritu a fortalecer cada día mi fe para vivirla como una experiencia de amor, de gracia y de gozo! ¡Ayúdame a descubrir cada día la alegría de creer y sentir el entusiasmo de transmitirla a los demás! ¡Que mi fe, Señor, sea una fe viva, en comunión con tu Santa Iglesia, participada activamente, vivida en el servicio y el amor al prójimo, como parte intrínseca de mi ser cristiano, como Tú nos has enseñado! ¡Concédeme la gracia, Señor, por medio de tu Santo Espíritu de avivar mi fe con el testimonio del amor y la caridad! ¡Señor, te entrego mis miedos para que con fe los conviertas en esperanza y confianza en TI! ¡Señor, te entrego mis dolores y mis sufrimientos para que con fe los conviertas en una manera de crecer humana y espiritualmente! ¡Señor, te entrego mis debilidades para que con fe me permitas crecer en responsabilidad y madurez! ¡Señor te entrego mis faltas de carácter, mi orgullo y mi soberbia para crecer en humildad! ¡Señor, te entrego mis sinsabores y mis desconciertos para que con fe les des serenidad! ¡Señor, sabes de mi compromiso contigo pero de mi fe débil y sencilla porque muchas veces me cuesta fiarme de Ti, haz que crea como el ciego de nacimiento, el centurión romano, la viuda pobre o la mujer que tocó tu manto! ¡Concédeme la gracia, Señor, de levantarme por medio de la fe para vencer mi mediocridad y mi pequeñez y unirme siempre a Ti!

Even When He is Silent (Incluso cuando Él es silencio), es la música propuesta para hoy para acompañar esta meditación:

Vértigo en aceptar la voluntad de Dios

A pesar del vértigo que, en ocasiones, me produce aceptar la voluntad de Dios cuento con la fuerza del Espíritu. El Espíritu Santo ofrece al hombre el don del discernimiento cuyos apellidos pueden ser perfectamente sabiduría y prudencia. Pero cuando este miedo me invade puedo enfrentarme a la tentación de abandonar y recular lo andado. Este miedo es, por otro lado, normal. Es el miedo a la acción del Espíritu. Sin embargo, la seguridad auténtica se encuentra en el Espíritu Santo que es el que guía siempre, dirige –si se lo permito– mi vida, el que me otorga la confianza para avanzar y me marca el camino de mi exigencia en lo cotidiano de la vida.
Existe otra tentación también muy peligrosa, la del ir por libre. Seguir mi propio instinto, agarrarme a las propias seguridades y seguir aquellos valores, ideas, principios y reglas que más me convienen. El riesgo es enorme porque no distingo entre el bien y el mal.
El camino real –el de la libertad plena– lo otorga la guía del Espíritu Santo. Sólo Él da la sabiduría para alcanzar la auténtica libertad y me permite discernir con claridad cuál es la voluntad del Padre en mi vida. Por eso para que sea auténtico, real, veraz, el discernimiento debe venir de lo más profundo del alma. Es un sentimiento que anida en lo íntimo, en el interior de cada uno, porque es Dios quien lo deposita en el corazón. Es lo que le pido hoy al Espíritu Santo, la gracia de discernir siempre lo que es mejor para mí y, según mi comportamiento, para con Dios y con los demás. Consagrar mi vida a la verdad, a la autenticidad y a la recta razón para discenir espiritualmente las cosas que vienen de Dios.

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¡Espíritu Santo, te pido me otorgues el don de discernir siempre cuál es el camino que me conduce hacia Cristo para convertirme en un seguidor fiel de su Palabra y para ser capaz de difundir su Buena Nueva y convertirme en un auténtico instrumento en sus manos! ¡Tú, Espíritu Santo, que eres el alma de mi alma, guíame e ilumíname siempre! ¡Revélame, Espíritu divino, cuáles son los designios de Dios; hazme saber siempre lo que el Padre desea de mí; lo que debo realizar; lo que debo sufrir, lo que debo experimentar, los que debo aceptar, lo que debe cargar, lo que debo soportar! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a convertirme en un auténtico «Sí» a la voluntad, los deseos y el querer de Dios! ¡Invoco tu santa presencia, Espíritu de Dios, para que todos mis actos estén iluminados por la voluntad de Dios con el único fin de cumplir la misión que Dios me ha encomendado obsequiándome con la vida! ¡Te consagro, Espíritu divino, mis pensamientos, mis palabras, mi intelecto, mis sentimientos, mí espíritu, mi alma, mi cuerpo y todo mi ser, para actuar siempre iluminado por la gracia de tu dadivosa gracia! ¡Concédeme, Espíritu de Dios, la gracia de recuperar el tiempo perdido en todos aquello sin importancia o que no tenía sentido alguno y me capacites para comprender que en la vida hay que caminar hacia la santidad, con rectitud de intención y perfección! ¡Concédeme, Espíritu divino, una total perseverancia para seguir la voluntad de Dios!

Cantamos al Espíritu Santo para que nos ilumine cada día:

 

La humildad es… mezquindad

Me comentaba ayer un especialista en marketing que en nuestra sociedad hay que llegar con mensajes contundentes, que presentarse desde de la humildad es signo de debilidad, pequeñez, limitación. Vamos, lo opuesto al éxito que tanto se anhela.
Lamentablemente, en nuestras sociedades muchos identifican el concepto de humildad unido al fracaso. Y, así, se desestima el valor de las personas. Se menosprecian sus cualidades. Hoy, la humildad se considera unida a la carencia de habilidades y dones. Ser humilde no es un elogio, es una mezquindad. Así se estructura la sociedad y así nos la venden los medios. No está bien visto reconocer que uno carece de determinadas virtudes, que no posee determinadas habilidades, que su pericia está en esta o aquella actividad y no en otra, que los demás son mejores que uno. El humilde causa hilaridad y descrédito.
Pero el humilde no es aquel que niega sus cualidades, ni el que se menosprecia. Humilde es aquel que camina en la verdad. El que es capaz de reconocer como es. El que acepta sus cualidades y sus defectos, su dignidad de Hijo de Dios, su pobre condición humana y trata de crecer cada día, potenciando sus destrezas y corrigiendo sus fragilidades.
Humilde es aquel que asume los dones que tiene. Reconoce  su valor, los acepta, los cultiva, los hace crecer y da gracias a Dios por ellos. Y los conserva en lo profundo del corazón. No alardea de ellos, ni espera el reconocimiento ni el aplauso mundano. Humilde es aquel que administra esas cualidades como una responsabilidad adquirida de Dios. Pero al mismo tiempo es capaz de reconocer sus errores y sus carencias. Los asume con capacidad de cambiarlos, no hundiéndose en el cenagal de la tristeza y en las aguas movedizas de la excusa sino en el saberse pequeño, frágil y limitado. Esa es la manera más sencilla de llegar al corazón de Cristo.
La humildad es estrecha compañera de la autenticidad. Sin verdad no es posible avanzar en la vida. Y el referente de la Verdad es Cristo, la luz que guía cada uno de nuestros pasos. Un hijo digno de Dios debe ser, ante todo, humilde. ¡Cuánto tengo que trabajar desde hoy esta sublime virtud para caminar hacia la santidad!

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¡Señor, te pido que me regales la alegría que surge de la humilde adhesión a tu santa voluntad! ¡Muéstrame, Señor, Tu humildad, la de Tu Hijo y la de Tu Madre!  ¡Hazme ver tu rostro, Señor, para que al mirarte sea capaz de sentir mi pequeñez y mi nada; para ser consciente de que busco siempre halagos, reconocimientos, aplausos y felicitaciones y me olvido de ser humilde y sencillo! ¡Hazme, Señor, reconocer mis virtudes sin darlas a conocer y mis defectos para cambiarlos! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que transforme mi corazón porque solo un corazón humilde lo espera todo de Ti, y Tu, Dios de bondad, acudes a mi encuentro! ¡Quiero, Señor, acercarme cada día a Ti para ser más humilde porque cuando más lo sea más cerca estaré de tu corazón! ¡Señor, cuánto me cuesta reconocer que la humildad es la respuesta a la experiencia de tu presencia en mi vida! ¡Señor, hazme comprender que la humildad es el reino de Tu Corazón en mi porque Tú amas al humilde, a los pequeños y a los débiles! ¡Ayúdame a ser pequeño, muy pequeño, para ganar mi alma para Ti y ganar también almas para el cielo! ¡Ayúdame, Señor, a regar el árbol de la humildad para que mi vida no se seque con el orgullo y la soberbia! ¡Señor, ayúdame a servirme de mis miserias para crecer humana y espiritualmente! ¡Que mi alegría, Señor, sea permanecer en la sombra, ocultarme y humillarme! ¡Señor, no soy más que una criatura creada por Ti, imperfecta, necesitada, que cae una y otra vez, pero Tu me amas, me redimes y me llamas a dar frutos! ¡Ayúdame, Señor, a vivir cara a Ti y no de cara a los demás! ¡Señor, sin Ti no soy nada y todo te lo debo a Ti! ¡Gracias, Señor!

Del compositor Felipe Anerio disfrutamos hoy de su bellísimo motete Christus Factus Est:

Bautizado en el Espíritu

La Iglesia nos regala cada cierto tiempo momentos hermosos. Hoy, por ejemplo, nos da la oportunidad de renovar nuestro consentimiento bautismal, nuestra profesión más solemne, en la conmemoración del Bautismo de Jesús en el Jordán. La pedagogía evangélica es una escuela de enseñanza continua y hoy nos muestra cómo, antes de comenzar su vida pública, Dios Padre y el Espíritu Santo refrendan a Jesús, para que en el momento de iniciar el ministerio del anuncio de la Buena Nueva todos sepan quién es. Así, ante este cuadro tan impresionante en el que saliendo Jesús del agua el Espíritu de Dios baja sobre Él en forma de paloma no me queda más que refrendar mi fe, sentirme ungido por el Espíritu de Jesús, reafirmar mi sentimiento de hijo de Dios, por adopción, siendo profundamente amado por el Hijo Amado. Es el día para sentir el abrazo amoroso de Dios a través de la efusión de Su Espíritu.
Y como ocurrió en las orillas del Jordán, hoy en el silencio de mi hogar, o de camino al trabajo, en la oficina, en la Universidad, en el trayecto en tren o dondequiera que esté tengo que estar atento al susurro del Espíritu en mi corazón para sentir esa identidad maravillosa de hijo amado de Dios.
El bautismo de Jesús es un bautismo en el Espíritu. Un bautismo que también me concierne a mí y que me exige dar un paso más allá que el simple hecho de recibir el agua para sentirme cristiano, para cambiar interiormente, para convertirme, para cumplir los mandatos del Señor, para vivir la tradición de la Iglesia, para luchar por hacer las cosas bien hechas por amor y con amor… el bautismo que conmemoramos hoy me invita a vivir de manera veraz desde la perspectiva del Espíritu.
Es un compromiso real y auténtico con mi fe cristiana; es una responsabilidad real para llevar a cabo mi misión de llevar el Evangelio hasta las últimas consecuencias; es vivir mi vocación de cristiano desde la radicalidad; es aceptar sin oposición la misión concreta que Dios tiene para mí; es entregarme con generosidad a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo; es vivenciar el verdadero sentido del servicio hacia los que más lo necesitan…. El bautismo en el Espíritu es un proceso que va madurando cada día, cada semana, cada mes, cada año, en la medida en que me entrego a la realidad viva del Evangelio. Es como un bautismo a cuentagotas que me permite asentar mi proyecto de vida cristiana.
Si mi nombre está escrito en el libro del cielo porque soy hijo de Dios, mi bautismo me obliga a ser testigo fiel del amor que Él me tiene. Y no me lo puedo quedar para mí, tengo que proclamarlo allí donde haya alguien que no haya oído hablar de Dios. Ardua tarea, pero es parte de mi ser cristiano.

¡Abba, Padre, reafirmo hoy mis promesas del Bautismo! ¡Profeso mi amor por Tu Hijo Amado, la gracia de pertenecer a sus seguidores! ¡Y te doy, gracias, Padre, porque como bautizado me siento tan cerca del Señor y me siento afortunado de tener Su Amor! ¡En este día, Señor, envía sobre mí Tu Espíritu para que sepa interpretar la cruz, para que pueda caminar en la oscuridad de la vida con Tu luz, para transfigurar esos momentos de desesperanza, para atravesar la frontera de mis egoísmos y mis egos y darme más a los demás! ¡Padre, Tú tienes el poder para configurar mi humanidad, para cambiar mi escala de valores, para comprender que lo pequeño es grande; que lo último es lo primero; que la pobreza es también una gran bendición; que la obediencia a Ti y tus mandatos no son más que un signo de libertad; que la circuncisión del corazón implica una gran plenitud de amor! ¡Abba, Padre, gracias porque no me dejas nunca solo y me regalas la confianza plena en que siempre se hará tu voluntad que es lo mejor que puedo esperar! ¡Abba, Padre, me siento tu hijo amado! ¡Gracias, Dios de bondad, por tu amor y misericordia hacia mi!

En este día escuchamos la maravillosa cantata Christ unser Herr zum Jordan kam, BWV 7 que Juan Sebastian Bach compuso para el día del Bautismo de Jesús:

A través de la mirada de María

Tercer sábado de octubre con María en el corazón. Un día señalado para un encuentro especial con María. Llegar a ella a través de su mirada. Mirar como María nos ayuda a descubrir la dimensión esencial del hombre: nuestra capacidad para abrirnos a la Palabra de Dios y a su verdad. María nos presenta a Jesucristo en tres momentos fundamentales de su vida.

El primero de todos en la encarnación y en la natividad, en Nazaret y en Belén. Es en este entorno donde Dios deviene hombre en la humildad de nuestra carne, en la debilidad de nuestra condición humana. Con María y a través de María descubrimos la figura humana del niño que nos habla de humildad, de pequeñez, de sencillez, de cercanía, de ternura, de pobreza. ¡Señor, que sepa yo también hacerme pequeño, sencillo, despojarme de mi soberbia y mi vanidad, de mis máscaras y de mi orgullo, que aprenda a descender de mi trono de prepotencia! ¡Que me aleje de mis seguridades humanas y mis valores mundanos para llegar al corazón de la verdad! ¡Gracias, María porque nos muestras en tu Hijo el camino de la humildad, el único y verdadero camino de la victoria del amor!

Un segundo paso es en Caná de Galilea, cuando el Señor comienza su ministerio público. Allí María nos exhorta a “Hacer lo que Él os diga”. ¿Y qué me pides tu, Padre? ¡Qué siga tu Palabra! ¡Que te encuentre en el Evangelio, en la Sagrada Escritura, en la Palabra de Dios! ¡Que sea obediente y humilde! ¡Servidor de todos sin esperar halagos y palmadas sino por amor a Cristo y a los demás!

Finalmente, María en Jerusalén, postrada en el monte Calvario, con su mirada dolorida a los pies de la Cruz, con los brazos extendidos entre el cielo y la tierra, uniendo, abrazando para siempre a Dios y al hombre. “Si viéramos el rostro de María contemplando a su Hijo crucificado nunca más ofenderíamos a Dios”. ¡María’ ¿como no soy capaz de vislumbrar en tu rostro esa mirada dolorida?! ¿Cómo mi vida no está en permanente plegaria, en entrega y en atención hacia los demás? ¡María, tu me enseñas como en la Cruz está la apoteosis del amor de Dios! ¡Ayúdame a ser fiel en mi vocación de cristiano, confiando siempre en la voluntad de tu hijo! ¡María, necesito de tu gracia para mirar apremiantemente a Jesús y aprender de Él!

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En este sábado, dedicamos a María este Himno a la Virgen, op. 24 de John Rutter:

Nadie ha dicho que mi vida vaya a ser fácil

En las dificultades económicas sabemos hasta qué grado la angustia se cierne sobre nuestra vida. La experiencia de la preocupación por lo material es innata en el hombre pero visto desde la perspectiva de la fe todo puede convertirse en relativo.
Le pido hoy al Señor una palabra. Abro la Biblia y surgen, maravillosas, estas palabras: «No os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. A cada día le basta su afán».
Cristo es consciente de que la existencia de los seres humanos transcurre por el signo de la preocupación y el desasosiego: la preocupación por una vivienda digna, por la comida, por el dinero, por el vestido, cumplir con el pago de las facturas, del colegio de los niños… en definitivo, por el mañana inmediato. El miedo, la incertidumbre, la intranquilidad dominan la relación de los hombres con el entorno. El temor y la incerteza a carecer de lo fundamental e, incluso, de aquello que a todas luces es innecesario. Pavor a perder lo que se tiene. Miedo a quedarse sin nada. El peso de este dolor es una carga muy pesada que merma la felicidad del hombre.
«No te preocupes». Esta frase ha resonado durante mucho tiempo en mi corazón. Jesús considera que esta carga que domina el dolor del hombre es indigna si uno esta unido íntima e espiritualmente a Su Padre. Y propone que nos liberemos de ella descargando en Él todos nuestros miedos y angustias —propios de corazones empequeñecidos y indigna de los hijos de Dios—.
Jesús no invita a nadie a despreocuparse de sus problemas y a vivir en el limbo de la esperanza. Cristo es consciente de que todo ser viviente —incluso los pájaros del campo— necesitan alimentarse cada día. Que sus nidos han de construirlos con el esfuerzo de su trabajo. Jesús no niega el afán de cada día pero establece una jerarquía de principios que tienen como valor supremo al hombre por encima de las cosas. Lo material es la debilidad del hombre. Y para evitar las cosas esclavicen al hombre y le provoquen inquietud e incertidumbre Jesús se ha propuesto dignificar su vida.
Sólo la confianza en la providencia divina desarraiga la inquietud en el corazón de las personas. La confianza es la prueba que contrapone todo desapego a lo material y rompe todo vínculo con la turbación que provoca el miedo. Dios —nuestro Padre, «Vuestro Padre», dirá siempre Jesús— conoce perfectamente cada una de nuestras necesidades. E, incluso, se hace íntimamente cargo de ellas.
La vida no es un camino de rosas. En ninguno de los pasajes del Evangelio, Jesús promete que nuestra vida vaya a ser fácil. No ofrece un paraguas para cubrirnos de la tempestad ni un escudo para repeler el sufrimiento. No brinda pólizas de seguro ni revela fórmulas mágicas. La verdad de su palabra se enriquece por la entrega sincera a la experiencia de la confianza. Volcarse en las manos del Padre bueno. No hay seguridad más firme que la basada en la experiencia filial con la mano providente que hace indestructible cualquier abismo de desconfianza y atempera todo drama en la vida humana.
La confianza perfecta, absoluta, auténticamente bendecida es aquella que pone toda su dimensión en la dramática noche de la desesperanza a la espera de que la voluntad de Dios se cumpla. Y Dios al final lo único que desea es la felicidad de cada uno de sus hijos.

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¡Padre Bueno, te suplico que ante las dificultades de mi vida seas generoso conmigo! ¡Auqnue no lo merezca, alcánzame con tu poder lo que te pido con profunda y sincera humildad: líbrame de las angustias presentes y dame el consuelo de la confianza y la esperanza! ¡Dame fortaleza, Señor, para afrontar las carencias y los problemas del día a día! ¡Tiende tu mano misericordiosa para auxiliarme ante las angustias y sufrimientos que esta situación genera! ¡Dame, Espíritu Santo el don de la sabiduría para encontrar salidas a estos problemas que me agobian! ¡Dios mío, para TI nada hay imposible y yo creo en tus actos providentes! ¡Te presento todas mis preocupaciones y espero en tu gran misericordia que siempre se hace presente en el momento que más inesperado! ¡María, Señora de los desconsolados, tu manifiestas siempre clemencia y compasión hasta los que solicitamos tu amparo, escucha mis oraciones para presentarlas a Tu Hijo! ¡Tu que me guías cada día, tu que eres la más solícita y Hermosa de las Madres, ayúdame a alcanzar la gracia de solventar todos los problemas que tanto me afligen! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío!

Comenzamos la semana pidiendo a la Virgen que nos acompañe junto al Sagrado Corazón de Jesús con este hermoso Hymne Acathiste à la Mère de Dieu: