¡Soy un intolerante!

¡Qué importante diferenciar en la vida entre tolerancia y misericordia! La misericordia, que surge del corazón, se otorga al ser humano; la tolerancia se otorga a lo que esa persona hace o como se comporta. La verdadera tolerancia presupone respetar lo que para los demás puede considerarse sagrado como son sus ideas, sus opiniones, sus creencias, sus diferencias, su diversidad, sus intereses, su manera de obrar. Sin embargo, yo me considero alguien intolerante… ¡Intolerante ante el mal! Intolerante ante los comportamientos negativos que limitan la libertad, la justicia, la caridad y los valores morales intrínsecos del ser humano. Intolerante ante la injusticia.

Me considero intolerante ante el libertinaje social, ante el individualismo imperante, ante la dictadura del relativismo que se está imponiendo en el mundo para destruirlo, ante los abusos contra los derechos de los seres humanos y, especialmente, de tantos perseguidos por su fe… No me considero superior a nadie, más al contrario, me considero el primero de los pecadores. Pero soy intolerante porque bajo ningún concepto puedo ser tolerante con el aborto y la eutanasia que cercena la vida humana y es contrario a la ley moral, con que se denomine matrimonio a la unión entre personas del mismo sexo porque desvirtúa el valor sagrado de la unión entre el hombre y la mujer, con el terrorismo que abate vidas por imponer unos principios políticos o ideológicos, con la violencia de género que denigra la dignidad de la persona que la sufre, con las violaciones a las mujeres porque menoscaban su dignidad y su integridad como persona, con el ataque a la libertad religiosa que es un elemento esencial del estado de derecho, con la corrupción que corrompe el estado y las instituciones, con las mentiras de la clase política, con la prostitución, con el primar el beneficio en perjuicio del trabajo, con las desigualdades sociales, con el menosprecio al medio ambiente… No, puedo ser tolerante ante todas estas situaciones y tantas otras que harían interminable la lista. La rigidez de mi intolerancia se dirige contra el pecado y contra el mal que este provoca; sin embargo, soy tolerante con quien comete ese pecado y provoca ese mal. Rechazo el mal pero perdono a la persona pues trato de ser misericordioso y compasivo con quienes realizan esos comportamientos negativos.

Por eso trato de abrir mi corazón cada día en la oración y al analizar mi interior, al profundizar lo que soy, cuando trato de conocerme a mi mismo, intento dilucidar y distinguir lo que está bien de lo que está mal. Y quiero desecharlo de mi corazón, arrancarlo de mi alma, hacer un condena explícita en mi propio ser. Y con ello trato de aprender a distinguir esta realidad en los que me rodean. Y tratar de ser capaz de dar la medida correcta. No me resigno a buscar siempre la verdad, a distinguir entre el bien y el mal porque tengo necesidad de alcanzar siempre la verdad. Mi intolerancia se dirige hacia el mal porque quiero que el bien se imponga en el mundo en el que vivo, en el entorno en el que me muevo, en los corazones de los que quiero. 

Todos somos iguales. Con la tolerancia respeto las ideas ajenas pero no puedo permitir que me impongan un relativismo que coarte mi libertad como ser humano y como cristiano; con la misericordia sé que como todos somos únicos e irrepetibles y eso me permite crear un mundo en el que prime el amor. 

¡Señor, pon en mi vida trazos de misericordia para perdonar y entender a los que sufren! ¡Señor, dame por medio de tu Santo Espíritu entrañas de misericordia para que enfrente todo aquello que abusa de la dignidad humana! ¡Hazme consciente de mis limitaciones, Señor, para crecer en bondad, generosidad y amor! ¡Frente al mal, Señor, no permitas que de pasos hacia atrás! ¡Por medio de tu Santo Espíritu, Señor, inspírame siempre lo que debo decir y como decirlo, como actuar en cada ocasión, inspírame los gestos y las palabras adecuadas frente al que se equivoca tanto como yo! ¡Ayúdame a estar siempre disponible para ayudar al que se siente humillado, explotado, utilizado, deprimido, despreciado…! ¡Ayúdame a contraponer el mal para convertirlo en bien, para denunciar con valentía las injusticias morales de este mundo, para que en el mundo primer la verdad, la libertad, la justicia, el amor, la paz, la verdad como tu nos has enseñado! ¡Señor, cada día te busco en mi caminar cotidiano pero necesito que por medio de tu Santo Espíritu me ayudes a discernir los signos de los tiempos; te pido que me ayudes a crecer en fidelidad al Evangelio y no dejarme llevar por el relativismo de este mundo que cada día te niega más y quiere apartar la Verdad de los corazones humanos! ¡Hazme, Señor, discípulo de tu amor y siempre una persona que busque la paz, la justicia, el perdón y la reconciliación!

Vivir en la transparencia

Limpiando ayer un tarro de cristal en el que había guardado aceite usado quedaron impregnados en el vidrio algunas gotas pegajosas que impedían la limpidez del cristal. Me vino a la mente una idea: esto sucede con frecuencia en mi vida cristiana. Hay demasiadas manchas que ensucian mi vestidura espiritual. Por eso es tan necesario vivir en la transparencia para que acompañe la santidad de mi corazón, esa que hace agradable a Dios. En la medida en que soy transparente santifico a Dios en su corazón.
Tomé de nuevo el estropajo, vertí sobre él el lavavajillas líquido y limpié de nuevo el tarro de cristal hasta dejarlo impoluto. Me sirvió el símil para comprender qué importante es la transparencia de vida en mi vida cristiana. Esa transparencia te permite amar la verdad, la justicia, la caridad, el servicio, la pureza. Esa transparencia te invita a no dejarte llevar por la soberbia, el engreimiento o el egoísmo. Esa transparencia te ayuda a servir a los demás con generosidad y amor.
Esa transparencia te impide ser jactancioso y vanidoso, que el yoismo presida tu existencia o que la presunción sea el baluarte de tu ser.
Esa transparencia te ayuda a que cuando alguien te daña, te abofetea humillándote, te golpea moralmente, te provoca sufrimiento tu respuesta sea la quietud y la serenidad interior y no devolverlo con las mismas armas que principalmente te provocan más dolor a ti.
Esa transparencia te hace entender que no puedes excluir a nadie de tu corazón y de tu vida porque todos tienen valor como seres humanos.
Esa transparencia te ayuda a entender que cuando amas, vives desde el corazón; cuando perdonas, vives desde el corazón; cuando sirves, vives desde el corazón; cuando te olvidas de ti, vives desde el corazón; cuando aceptas las cruces cotidianas, vives desde el corazón; cuando te niegas a ser vencido por el orgullo y la soberbia, vives desde el corazón; cuando luchas y te esfuerzas por ser mejor, vives desde el corazón; cuando te entregas de verdad, vives desde el corazón; cuando alejas de tu vida la superficialidad, vives desde el corazón…
La transparencia no es simplemente una cuestión de sinceridad. Es una cuestión de autenticidad. Si quiero ser un cristiano auténtico, luz del mundo, tengo que ser una persona transparente porque no se enciende jamás una luz para no ser vista, para ocultarla y para que no ilumine.

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¡Señor, concédeme la gracia de vivir siempre una vida auténtica y transparente, que deje pasar la luz para no esconderme entre las máscaras que cubren mi existencia! ¡No permitas, Señor, que lleve una vida que huya de la luz de la verdad para que el mal no se acomode en mi corazón! ¡Envíame, Señor, a tu Santo Espíritu para que rebose sobre mi el don de sabiduría para que ilumine mi mente y derrote la ignorancia y descubra siempre la verdad de tu Evangelio! ¡Ayúdame, Señor, a que mi vida esté llena siempre de buenas obras, acompañadas de la verdad de mis actos, para que mis palabras, gestos, sentimientos y acciones están cubiertos de tu gracia! ¡Ayúdame a vivir la vida desde la transparencia, para que sepa disfrutar de todo lo que me das desde la gracia, para que no me venda a las distracciones del mundo y busque siempre mi felicidad interior! ¡Ayúdame, Señor, a apostar siempre por la fidelidad al Evangelio, a los grandes ideales que tu nos has enseñado, a no dejarme llevar por la mediocridad y que busque siempre servir con amor y amar al prójimo de verdad! ¡Ayúdame a avivar en mi corazón la gracia de la libertad para que desde la libertad interior darme siempre a los demás!

Contra la falsedad, mucho Espíritu Santo

Cada año en este día se celebra la Jornada Mundial contra la Falsificación y la Piratería, iniciativa fundada en 1988 por el Grupo Mundial de Lucha contra la Falsificación para dar a conocer los daños causados por la violación de la propiedad intelectual, la suplantación de identidad y las amenazas a la privacidad y la reputación online. No es un tema baladí porque encabezan el ranking de violaciones en Internet.
He pensado: ¡que apropiada sería esta jornada vivirla cada día a la luz del Espíritu cuando tantas veces suplantamos nuestra autenticidad para quedar bien, amenazamos la reputación del otro con juicios ajenos y violamos su propiedad intelectual cuando menospreciamos sus valores y socavamos su dignidad!
Las personas, y especialmente los cristianos, somos muchas veces falsos cristos, faltos apóstoles, falsos discípulos, falsos hermanos, falsos cristianos porque nos falta la autenticidad y la verdad en nuestros gestos, palabras, acciones y pensamientos.
El mejor antídoto contra la falsificación de la propia vida como cristianos es recibir la fuerza del Espíritu Santo.
No somos conscientes de que nuestras acciones perjudican el proyecto de Dios, que nuestra falta de caridad y de amor, de ir a la nuestra no andan al proyecto de Dios. Es el Espíritu Santo con sus siete dones el que te otorga la sabiduría para acercarte a la voluntad divina.
Contra nuestra incapacidad para orientar nuestra vida hacia el bien, para tomar las decisiones correctas, para discernir las sendas de las bondad, para distinguir entre lo bueno y lo malo, el don de Consejo.
Contra el juzgar el prójimo, el compararse con él, para el vivir en la soberbia de creerse mejor a todos, al llevar una vida autosuficiente, para aprender a escrutar en la verdad de Dios, para iluminar nuestra vida con las verdades divinas, para abrir nuestro corazón a la verdad y no el pecado, el don de Entendimiento.
Contra la tendencia natural a confundir lo aparente de lo verdadero y ser consciente siempre de cuáles son los pensamientos de Dios para con nosotros, el don de Ciencia.
Contra la tendencia a falsificar nuestra realidad por intereses tacticistas frente a los demás y para estar abierto a la voluntad de Dios en nuestra vida, tratando de obrar, actuar y servir como lo haría el mismo Cristo, llevando a su vez una vida de oración con el corazón abierto, el don de Piedad.
Contra la mentira para hacer creer a los otros lo que no somos o simplemente para contentarlos, para salir del paso, para evitarse conflictos o problemas o para huir de la realidad; para ser valientes y afrontar la realidad de la vida, los problemas y las circunstancias adversas, el don de Fortaleza.
Contra la actitud de enfrentarse al prójimo y no respetarle, a juzgarle y condenarle; al apartarse de los caminos del Señor y no cumplir su voluntad, el don de Temor de Dios.
En este Día Mundial contra la Falsificación y la Piratería, me pregunto: ¿qué falsedades hay en mi corazón que deben ser cambiadas y transformadas a la luz del Espíritu? ¿Soy consciente de que a la luz del Espíritu aborreceré la falsedad y caminaré a la luz de la verdad, de la libertad y de la autenticidad! ¡Hoy voy a celebrar esta jornada, pero lo haré a la luz de la invocación constante al Espíritu de Dios, el que todo lo impregna de verdad!

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¡Señor, que cada paso que yo dé, que cada palabra que pronuncie, que cada pensamiento que tenga, que cada gesto que realice, que cada acción que cometa esté siempre impregnada de veracidad y de amor! ¡Señor, toma mi mente, mi alma, mi corazón, mis sentimientos y mi voluntad y elimina de su interior todo aquello que no te agrada y límpialo de toda falsedad! ¡Padre, por medio de tu Santo Espíritu, toma el control de mi corazón y de mi alma, examíname siempre y guíame para que pueda caminar en el poder de tu Espíritu para convertirme siempre en una persona íntegra, digna de Ti! ¡Concédeme la gracia, Padre, a la luz del Espíritu Santo de buscar siempre lo que es justo y bueno y discernir siempre Tu voluntad! ¡No permitas, Padre, que haga el mal para obtener un bien, que siempre mis acciones con los demás estén presididas por la verdad, que actúe siempre en caridad, con respeto al prójimo y sin herir su conciencia y su persona porque eso es pecar contra Ti! ¡Envía Tu Espíritu Señor, para que me ayude a tener siempre una conciencia recta y veraz! ¡Ilumíname siempre, Señor, con Tu Palabra para que sea luz que guíe mis pasos! ¡Ayúdame, Señor, a asimilarla siempre a la luz de la fe y de la oración! ¡Señor, Tú conoces hasta el más recóndito rincón de mi corazón! ¡Ayúdame a ser cada día mejor!

Vivir la verdad y sin máscaras

Si uno lo analiza bien el ser humano es de por sí bastante complicado. Y cuando las complicaciones abruman cubrimos la impotencia que nos inunda por medio de máscaras. Dejas de ser tu para perder tu originalidad y acomodarlo todo a un apaño de medias verdades y poco originales justificaciones.
¿No es mejor vivir la vocación de cristiano, de padre o madre de familia, de amigo, de creyente, de profesional, de ama de casa, de estudiante o de lo que sea desde la autenticidad, la sencillez o la descomplicación?
Estamos porque hemos sido creados por un Dios que es Amor. Sin ese amor no somos nada porque todo nos viene regalado. Hay que aprender a dejarse moldear por la acción del Espíritu para que Cristo se encarne en mi persona, me llene, me impregne, me invada y me posea. Para que Cristo entre por completo en mi vida y la transforme desde lo auténtico y veraz. Es su Espíritu el que moldea esa frágil vasija de barro que conforma la vida. Delicada, quebradiza y vulnerable por fuera pero con abundantes dones por dentro pero no por méritos propios sino porque Cristo, motor de la historia y por tanto de vida, vive en cada uno. Entonces, logro que mi mirada sea su mirada, mis pensamientos sean sus pensamientos, mis actos sean sus actos, sus sentimientos sean los míos… en un acompasamiento de acciones y de gestos. Es decir, vivir con Cristo, en Cristo, para Cristo, por Cristo y desde Cristo.
Cuando esto ocurre te puedes desprender de las máscaras que en apariencia te «protegen» exteriormente pero que carcomen y devoran por dentro y que conforman parte de nuestra identidad impostada para redescubrir y mostrar como somos en realidad.
La esencia del ser cristiano es vivir la verdad y la autenticidad con todas sus consecuencias. No querer aparentar, fingir o disfrazarse sino agradar a Dios y hacer lo que Dios ha pensado de mí y para mí; supone aceptarme a mí mismo como «pensamiento de Dios», tal como soy, con mis límites y con mi grandeza. Esconderse de uno mismo no lleva a ningún lugar. El cristiano auténtico es aquel que tiene trasparencia de alma, que no se esconde detrás de un personaje, que su autenticidad va acorde con lo que hace, dice y piensa. El cristiano auténtico no necesita disfraces porque su espejo es Cristo, el más auténtico de los hombres. Él llena nuestro corazón y nuestra vida para vivirla en libertad. ¡Qué tranquilidad vital no tener que colocarse la máscara diariamente para fingir lo que no se es!

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¡Señor, envía tu Espíritu sobre mí para que me haga crecer en autenticidad y verdad! ¡Líbrame, Señor, de todas aquellas máscaras que entorpecen mi crecimiento como cristiano, como discípulo y seguidor tuyo! ¡Hazme tener plena conciencia, Señor, de que mi identidad es ser uno contigo! ¡Señor, tu me invitas a seguirte para ser sal de la tierra, luz del mundo, parte de la vida verdadera, fermento que da fruto, semilla que crece; eso no lo puedo lograr sin no soy auténtico a semejanza tuya! ¡Señor, tu me invitas a ser tu amigo, me has elegido para llevar tus frutos abundantes y para ser siervo de la justicia; es no lo lograré sin autenticidad cristiana! ¡Tu, Señor, me has convertido en siervo de Dios, en hijo espiritual de Dios, en hijo verdadero de mi Padre, me has hecho coheredero tuyo para compartir la herencia del cielo; eso no lo lograré sin autenticidad cristiana! ¡Tu Espíritu mora en mi, Señor, porque me soy templo morada de Dios, por estoy unido a Él en espíritu y vida, por soy miembro de tu cuerpo producto de la nueva creación, hecho a la hechura de Dios, llamado a ser santo en una sociedad que se aleja de la autenticidad; no permitas que caiga yo también en este quebranto! ¡Señor, soy una de las piedras vivas de Dios, soy miembro de tu linaje escogido, miembro de su Iglesia santa, enemigo del diablo, promotor de la alegría cristiana; no seré creíble si me escondo detrás de una máscara que no deja traslucir mi autenticidad como ser humano! ¡Señor, aspiro a ser como eres Tu, por eso quiero vivir en Ti, para Ti, por Ti y desde Ti! 

Fiel a la Palabra

Cada día cuando escucho el Evangelio en la Santa Misa me impresiona la figura de Jesús. Me asombra y maravilla la invitación personal que te formula en cada pasaje. Es una invitación que permanece muy impregnada en mi corazón y en lo más profundo de mi alma. La Palabra de Dios es, junto a la Eucaristía, la razón de mi alimento espiritual cotidiano. Hago mía la frase del Evangelista san Juan: «Si permanecen fieles a mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos: conocerán la verdad y la verdad los hará libres». ¡Qué gran verdad en mi vida! ¡Qué gran verdad porque en la Palabra he descubierto el sentido de mi existencia, la razón de ser, la dirección para ir al encuentro del Padre! Grabada en lo profundo de mi corazón, la Palabra de Dios, iluminada por la gracia del Espíritu Santo, me ha permitido mantenerme fiel, con mis caídas constantes, al que es el más Fiel de todos los hombres, aquel que vino al mundo para dar su vida para redimirnos del pecado muriendo en la cruz.
Por medio de la Palabra, el Señor se ha hecho presente en mi vida, me ha liberado de mis miedos y mis angustias, me ha levantado de mis caídas, me ha despojado de mis máscaras y de mis incongruencias, me ha aliviado de mis cansancios, me ha fortalecido en mis debilidades, me ha engrandecido ante mis incoherencias y mi tibieza. Me ayuda en mi imperfección a tratar de mejorar cada día.
Por eso cuando juzgo, me duele; cuando caigo, me aflijo; cuando soy poco generoso o egoísta, me arrepiento; cuando miento, me siento mal; cuando me dejo llevar por pensamientos negativos, me avergüenzo… La Palabra me enseña a crecer en la bondad, en la humildad, en la generosidad, en el perdón, en la entrega… aunque tantas veces mis limitaciones humanas no inviten al optimismo.
Pero la Palabra de Dios me ha llevado a una conclusión cierta y contundente: Jesús es la verdad, la única que merece la pena seguir. Es una verdad que te ayuda a crecer, que te enfrenta a la realidad de la vida, que te acerca de una manera hermosa al rostro amoroso del Padre. Te invita a ser otro Cristo. Ser alguien a imagen y semejanza suya.
Y al igual que te abre a la verdad, te hace libre. Libre y sin ataduras. Libre y sin miedos. Es una libertad hermosa porque es la de llevar a Cristo en lo profundo del corazón. Una libertad que nada ni nadie, por mucho que la sociedad se empeñe, puede robarte. Y de esa verdad y esa libertad nace la necesidad de vivir acorde con el Espíritu de Dios.
La Palabra es mi mejor guía, la que me invita al encuentro vivo y profundo con el autor de todo lo creado, la que me permite tener un diálogo con Él, me ayuda a abrir al corazón para escudriñar con ojos nuevos y escuchar con atención lo que quiere transmitir. La Palabra es la fuerza que Dios me da para afrontar mi oración, esa que sustenta mi camino, la que aviva mi fe y la que, a la luz de la inspiración del Espíritu Santo, me lleva hacia Dios, al que anhelo adorar y contemplar sin descanso en la vida eterna.

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¡Señor, que tu Palabra sea para mi el alimento que me sustente, que se convierta en el camino a seguir, que devenga la senda para el encuentro cotidiano contigo! ¡Señor, por medio de tu Espíritu Santo, hazme dócil a tu Palabra para que siguiendo tus mandatos me convierta en un verdadero discípulo tuyo! ¡Hazme, Señor, atento a Tu Palabra, y predispuesto a abrir mis oídos a todo aquello que quieres transmitirme! ¡Que tu Palabra, Señor, se convierta en el sostén de mi vida, me fortalezca ante mis miedos y debilidades, sea la luz que ilumine mi camino, la verdad que me guíe, la razón que me lleve a vivir en coherencia, la sabiduría que me conduzca por la vida, el consuelo ante mis aflicciones y también el gozo por mis alegrías! ¡Concédeme la gracia, Señor, de amar tu Palabra, de abrir cada día mi corazón para acogerla con humildad y sencillez para que enriquezca mi existencia, para que me permita obedecerte a través de tus enseñanzas y mandamientos, para que sea motivo de alabanza por la grandeza de tu amor y tu misericordia, por todo lo que me regalas cada día; para que pueda saborearla con deleite por todo lo que contiene y para que pueda guardarla en el corazón como hizo tu Madre por la belleza que atesora! 

Presentarse ante Dios como María

En la Iglesia celebramos hoy una festividad hermosa, la de la presentación de la Virgen María en el Templo. Esta escena de la vida de Nuestra Madre no aparece en los Evangelios pero a la tradición no se le puede privar de su verdad.
Esta fiesta permite entrar con alegría en la intimidad del corazón María, ese corazón puro tan unido a Dios. María, en aquel día que acudió con sus padres al templo abrió su corazón al Padre y, en ese acto, se abandonó por completo a la gratuidad absoluta del amor divino. La Virgen con aquel paso dio una respuesta absoluta y plena a la voluntad de Dios.
Este acto sencillo pero profundo de María me remite a un elemento sustancial en mi vida cristiana, el de cuestionarse qué significa presentarse ante Dios. Es detenerse pausada y humildemente en su presencia y darse con lo que uno es, con su pobreza y su nada, confiando plenamente en Él. Es hacer voluntad de Dios.
María se presentó en el templo para entregarse a Dios pero esa misma joven de Nazaret fue morada de Dios, Madre del Cristo y templo del Espíritu Santo. Y esa experiencia la vivió secretamente con un intenso amor.
Hoy es un día que me acerco a María para tratar de adentrarme en ese secreto, para observar su vida desde el prisma de la fe, profundizando en su vida oculta y obtener de ello los frutos de un corazón abierto a la grandeza de Dios. Y desde la sencillez de este acto, pedirle al Señor que me conceda la gracia de ser también templo del Espíritu Santo ¡para poderle acoger con pureza, verdad y amor!

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¡María, Madre de Bondad y Misericordia, quiero imitarte en todo para llegar a ser un buen hijo de Dios! ¡Acógeme, Señora, en el templo espiritual que es tu Corazón Inmaculado para impregnarme de la sabiduría de Dios y donde el corazón crece cada minuto en el amor a Dios y a los demás! ¡Sagrado Corazón de María me entrego a Ti y al Sagrado Corazón de Tu Hijo! ¡Te encomiendo también a aquello que no conocen a Dios, cuyas almas están muertas y sus cuerpos magullados por el dolor, por aquellos que viven en la desesperanza, por los que no tienen fe, por los que están atrapados por el materialismo y el consumismo, por los que pasan por situaciones de oscuridad espiritual, por los que no tienen esperanza! ¡Entra en su corazón! ¡Y en este día, especialmente, quiero dar gracias al Señor por mis padres que fieles a su fe me presentaron en el templo el día de mi bautismo para que, en el caminar de mi vida, cumpliera la voluntad de Dios y mi cuerpo se convierta en morada del Espíritu Santo! ¡Gracias, Padre, por este regalo que me diste! ¡Te ofrezco a mi mujer y a mis hijos! ¡Hazlos tuyos, María! ¡Protégelos siempre, Señor! ¡Te pido también por todos los consagrados y consagradas del mundo entero y, especialmente, aquellos y aquellas que están cerca de mi corazón, para que sean fieles a Dios y al mensaje del Evangelio que testimonian con su vida y su ejemplo!

Oh Dios que has querido que la Santísima Virgen María, morada del Espíritu Santo, fuera presentada en el templo, concédenos, que por su intercesión, merezcamos ser presentados al templo de tu gloria, nos invita la Iglesia a rezar hoy. Y para honrar este día, lo cantamos con este bellísimo Ave María a cuatro voces del compositor suizo Johann Baptist Hilber:

¿Adónde quiero llegar?

Mi trabajo me lleva a lugares recónditos, desérticos, selváticos, alejados de la civilización. Lugares en los que el hombre es como un lunar en la gran inmensidad del territorio. En Uzbekistan, junto a las orillas del mar Aral, ese gran lago que se está secando a consecuencia de la salinización, disfruté varias horas, durante el atardecer, de un anciano casi centenario. Un pastor pobre pero sabio. Nos encontrábamos en el campamento que habíamos organizado para llevar a cabo nuestro trabajo de análisis acuífero cuando el anciano llegó como de la nada, en silencio. Pidió quedarse con nosotros mientras sus escuálidas cabras pastaban la poca hierba que había alrededor.
Nuestro traductor uzbeko nos ponía en antecedentes. El hombre tenía interés en preguntar sobre nuestro mundo, sentado en aquel atardecer en que la luz que baña el mar Aral es envolvente y cautivadora. Y yo en indagar cómo había sido aquel lago, aquel paisaje hace tres o cuatro décadas, cuando las aguas verdosas lo inundaban todo y el territorio era como un vergel. Hoy en Internet se pueden visualizar las imágenes de la evolución del Aral y descompone el corazón. Respondió con un tono melancólico: «A lo largo de mi vida he caminado por sus orillas como hijo de la luz; pero he comprendido que este lago como la vida no durará eternamente. Solo Allah sabe cuando será el final».
Al día siguiente, al despertarme, recordé las palabras del anciano. El caminar como hijos de la luz es lo que da sentido a nuestra vida. A la vida del aquí y del ahora. A la vida que se prolonga hacia la otra vida, la que es eterna, porque la terrenal es efímera como la del lago Aral. El anciano mencionaba a Allah, al Mahoma de su religión, el que lo sabe todo. A mi la vida me ha llevado a un personaje tal vez más profundo, extraordinario, verdadero y cegador. Cristo. Él es el auténtico modelo de vida, el que verdaderamente te permite caminar como hijo de la luz. El que es el Camino de la vida, el que sobrepasa toda circunstancia, toda profundidad, toda realidad, el que cuando te lleva a su camino se hace Verdad. El que te lleva a la plenitud de la Vida. El que te revela la esencia del Evangelio del amor y de la vida. El que es modelo para la vida auténtica para el hombre, aunque el hombre esté tan alejado de la perfección como es mi caso. ¿Pero existe otro modelo? ¿Existe otra razón para vivir que no sea Él? La vida del hombre y de la naturaleza es efímera, la eternidad no. En aquel anciano puede ver que el nómada, el caminante del desierto de la vida, el nómada de la esperanza, es el que verdaderamente engendra la vida porque es el que tiene razones para vivir. Para Él «Solo Allah sabe cuando será su final», para mí «Solo Cristo sabe cuando será el final» con la característica de que Cristo te descubre el origen y la meta de la vida, porque Él es el Origen, el Camino y la meta final. Y es ahí donde deseo llegar yo.

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¡Ven Espíritu Santo a darme la luz para que ésta penetre en mi corazón, para que ilumine las sombras de egoísmo que tantas veces me invaden, para que transforme la aridez de mi vida, para que cure mis heridas, para que de calor a la frialdad que tantas veces me invade, para que me convierta en don de solidaridad y de generosidad, para que me abra los ojos a la vida, para que mis oídos se abran a la necesidad del prójimo, para ser capaz de discernir el camino que quieres para mi y, sobre todo, para que sea capaz de ser constructor de vida! ¡Ayudame a caminar por el mundo siguiendo las huellas de Cristo, para ser capaz de discernir cual es la meta a seguir! ¡Ayúdame a comprender la esencia del Evangelio! ¡A ser modelo de la verdad que es Cristo! ¡A ser luz y esperanza para los demás! ¡A aspirar a la eternidad que nos promete Jesús! 

La vida es demasiado corta para ser tomada en serio

Fue el escritor inglés G.K. Chesterton, maestro de la ironía y de la paradoja, el autor de esta frase clarividente que acabo de leer en uno de sus libros: «La vida es demasiado importante para ser tomada en serio».
Chesterton no solo se puede considerar un pensador, un intelectual católico, un polemista temido y un campeón de la inteligencia cristiana. Fue un converso del protestantismo al catolicismo. Su influencia literaria y política es innegable. Tuvo la valentía de oponerse con firmeza a Winston Churchill para que paralizara una ley de esterilización de los discapacitados mentales. Fue la naturaleza —don innegable de Dios— quien le otorgó los talentos para desarrollar su fina literatura pero también su esfuerzo y su empeño —los talentos al servicio del bien común— los que permitieron que Chesterton se erigiera entre los principales autores católicos del siglo pasado. Es, sin duda, lo que a menudo se echa en falta en la inteligencia cristiana de los que en este siglo somos cristianos. En Chesterton la raíz de todo era la búsqueda de la verdad.
Vivimos en sociedades nihilistas y materialistas que niegan la existencia de cualquier verdad y son muchos los que intentan desde la moral destruir por la fuerza la esencia cristiana, desdeñando al hombre y a la vida; haciéndolo así desprecian al mismo Dios. En el ser del cristiano debe imperar siempre el compromiso por la verdad que es lo que fundamenta y vigoriza su derecho a la libertad. Cristo nos invita permanentemente a vivir en ella porque como cristianos nuestro deber es buscar siempre la verdad porque sino para un hombre no existe una verdad es incapaz de distinguir entre lo que está bien y lo que está mal. En el momento en que descuidamos la verdad dejamos que el relativismo ocupe su lugar.
No callar. Este es el simple llamado para negar lo que la sociedad nos quiere imponer. La vida es demasiado corta para ser tomada en serio, y en este sentido hay que tratar de dejar la impronta de la verdad, sin imponer sino para servir y para evangelizar. Todos estamos invitados a ser amantes de la Verdad, gentes comprometidas que contemplemos, comprendamos y actuemos para que la Verdad, que es Cristo, sea aceptada en nuestro mundo para ser creída, desde el creer para ser amada, desde el amor para ser vivida y desde la vivencia para ser compartida con el prójimo. Difícil tarea pero llena de retos… ¡como la vida misma!

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¡Señor, abre mi corazón, mi mente y mis ojos para que pueda vislumbrar siempre la verdad! ¡Que nada me aparte del camino de la verdad que Tu nos has revelado! ¡Ayúdame a resistirme a aceptar las mentiras que nos trae el mundo, a no dejarme llevar por la tentación de creer en los principios que nos imponen que cercenan la libertad! ¡Concédeme la gracia de ser valiente y decidido en la defensa de la verdad! ¡Envía tu Espíritu sobre mí, Señor, para que la verdad se haga presente en mi, para que la verdad vivida y aceptada como estilo de vida, se abra en toda su riqueza en mi vida para transmitirla a los demás! ¡Concédeme la gracia de ser testimonio de verdad y de ética, ayúdame a trasmitirla y no imponerla, incluso aunque esto suponga oprobio, rechazo y cruz! ¡Que la búsqueda de la verdad, Señor, en mi vida sea siempre mi anhelo, un auténtico ejercicio de mi libertad personal, para vencer el relativismo que me rodea, para cambiar mi corazón, para no hacerme alguien frío o vacilante, distante del prójimo y encerrado en mi mismo! ¡Ayúdame a ofrecer mi voz confiada para cimentar en el mundo el amor y la verdad! ¡Espíritu Santo que eres el espíritu de verdad, ayúdame a aspirar siempre a la verdad y a la libertad!

¡Dios o nada!

Todos los que queremos anunciar a Cristo vamos, en cierta manera, contracorriente. Es difícil complacer a aquellos que tienen el espíritu del mundo y son mundanos. Al mismo Jesús le sucedió lo mismo. No era bienvenido en su pueblo. Sus conciudadanos de Nazaret no aceptaron su misión. Durante los treinta años de su vida oculta no había hablado en la sinagoga y se había contentado con participar humildemente en las oraciones mientras permanecía sentado entre los hombres de Nazaret. Sus compatriotas se escandalizan cuando predica en la misma sinagoga porque es el carpintero, el hijo de María. Jesús sufre por la actitud del pueblo de Nazaret, lamenta su falta de fe y no puede hacer un milagro en Nazaret donde ejerció la profesión de carpintero mientras vivía en esa sencillez callada tan propia de la Sagrada Familia. Pero Jesús invita a ir contracorriente. ¡No importa si eres alabado o criticado! ¡Hay que dar testimonio de la verdad revelada en la dulzura del amor porque la sociedad necesita transformarse!
Los dictadores del relativismo tratan de imponer su colonización ideológica. ¡En unos pocos años, millones de niños inocentes habrán sido asesinados legalmente en el vientre de su madre! Parece que el mundo no desee vivir porque existe una civilización que maximiza la glorificación del individualismo, el hedonismo, de la homosexualidad, de la amoralidad, del amor por el dinero, del erotismo. ¿Cómo es posible que nuestras mentes pierdan la perspectiva de la Creación? Es el desafío que el diablo lanza al Dios creador, tratando de construir una creación alternativa a la suya. Dios nos promete libertad, el demonio que seamos árbitros. Dios nos regala amor, el demonio nos ofrece emociones. Dios quiere justicia, y el demonio la igualdad perfecta que rompe cualquier diferencia.
Estamos en medio de una verdadera conspiración para imponer a todos los estados del mundo los antivalentes que contradicen los valores no negociables de la ley natural, cuyo fundamento es Dios. El Cardenal Sarah lo dice claramente: ¡Dios o nada! Es hora de despertar y dar testimonio valiente de Jesús, que es el Camino, la Verdad y la Vida, palabras todas ellas con mayúsculas.
Hay que ser valientes y decididos para colaborar con Jesús en el triunfo del plan de Dios para la familia, el amor hermoso y el respeto incondicional por la vida. Somos instrumentos pobres, pero estamos convencidos de que el Inmaculado Corazón de María triunfará y que la civilización del amor se construirá a pesar de Satanás y los ideólogos de la ideología de género y del relativismo. Vivar en serenidad alabando todos los días a Dios, con un laudatio, si (¡Hágase!) como el de san Francisco y pedirle que no seamos personas tristes bautizadas, para que todos pueden decir cuando vean la alegría de Dios en nuestros rostros: el amor de Dios es tan maravilloso, ¡que yo también quiero abrir el corazón de par en par y transformar el mundo!

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¡Padre, nos has creado para la felicidad, para la libertad y para vivir conforme a tus enseñanzas! ¡Ayúdanos a transformar el mundo con la ayuda de tu Santo Espíritu para expandir la autentica verdad! ¡No permitas, Señor, que camine por la vida triste y cansado, no dejes que la esclavitud que ofrece el demonio en este mundo me lleve a ser uno más, una marioneta de un mundo donde impera la lógica de la mentira, de la falsedad, de las apariencias, de las máscaras y del individualismo! ¡No dejes que el relativismo se convierta en un paradigma de la verdad! ¡Transforma mi interior, Padre, por medio de tu Santo Espíritu, para ser capaz de percibir lo que es auténtico y transmitirlo a los demás; a estar siempre alegre y esperanzado para testimoniarlo al prójimo! ¡Padre, me has creado para la felicidad y para la libertad, ayúdame a ser valiente y a no conformarme con lo que el demonio quiere que tenga apariencia de verdad! ¡No dejes que viva según lo que me ofrece el mundo que siempre es efímero, esclavizante y dañino sino conforme a tu verdad! ¡Ayúdame a ir contracorriente para tratar de inculcar la lógica del Evangelio! ¡Concédeme la gracia de no tener miedo a ser auténtico, a vivir conforme la verdad! ¡Ayúdame a cultivar un mundo mejor en el que se haga visible tu presencia a través de la autenticidad!

Optar por el camino de Jesús

Es imposible que Dios vea con buenos ojos desde las alturas lo que está sucediendo en nuestro mundo. Tiene que dolerle profundamente observar como nuestra soberbia y egoísmo avanza a pasos agigantados por el mundo creando indiferencia en las sociedades hacia los más desfavorecidos y generando masas cada vez mayores de personas gente que no cuentan para nadie. Le tiene que resultar ingrato contemplar el sufrimiento de tantos que la bondad humana podría evitar. No tiene que serle agradable ver tanto odio manifestarse en tantas miradas y tantos comportamientos de los hombres. Ni tanto muro erigido entre los corazones de los hermanos. Ni tanto silencio ante la injusticia. Ni tanta frialdad de corazón por la situación de tantos hombres y mujeres que padecen necesidad. Ni tanto hedonismo e individualismo que convierte a las sociedades en mundos de hielo donde la ausencia de amor provoca soledad, tristeza, desazón… Este mundo se asemeja cada vez menos a aquél que un día Dios ideó con toda su pureza y limpidez porque era fruto de la profundidad de su inmenso Amor.
A Cristo, lo leemos en las páginas del Evangelio, tampoco le agradaban los derroteros que tomaban los hombres de su tiempo. Sentía lástima de ellos hasta el punto que consideraba que andaban como ovejas sin pastor; y se propuso enseñarles con calma. ¿Y qué les enseñó? Que para el hombre no hay más opción que optar por el camino de la entrega y del amor. Jesús no enseñaba teoría. Él mismo se puso de ejemplo y recorrió en tres años el camino de la verdad.
No es sencillo ni fácil convertirse en puente que trate de converger dos riberas que se ignoran, que se menosprecian, que se subestiman o que se odian. De ahí que para Él no cabía otro final que morir en la cruz. Desde lo alto del madero santo reconcilió a dos pueblos con Dios y por medio de la cruz los unió en un solo cuerpo destrozando con su muerte el mal.
Fue Jesús quien abrió el camino para los hombres. Ese camino permanece abierto. Jesús lo que nos pide a los cristianos es que seamos en el mundo otros cristos que caminemos con el corazón puro, con la dignidad de hijos de Dios, limpios en nuestras intenciones, con los brazos abiertos en forma de cruz, dispuestos a amar y servir, que seamos capaces de cubrir la distancia que separa los corazones humanos, que nuestras manos tiendan puentes y derriben muros, que nuestras miradas lleven amor, perdón, misericordia, paz. Aunque esto suponga renunciar a nuestra comodidad y nuestro bienestar personal.

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¡Señor, quiero ayudarte a cambiar el mundo a pesar de mi miseria y mi pequeñez! ¡Quiero ser imagen tuya, ser reflejo tuyo en el pequeño mundo donde me muevo! ¡Quiero ser una sola cosa contigo! ¡No me importa ser como tu en Getsemaní para ser consciente de la fealdad de mi pecado y entender lo mucho que sufriste por mi! ¡Ponte en mi lugar, Señor, y permitir actuar como lo harías tu; que mis manos, mis ojos, mi lengua y mi corazón sean los tuyos! ¡Haz que mi tiempo, mi energía, mis esfuerzos estén impregnados de tu presencia! ¡Viven en mi, Señor, para que mis miradas sean las tuyas, mis sentimientos sean los tuyos, mis palabras sean las tuyas, mis apreciaciones sobre los otros sean las tuyas, mi servicio sea como el tuyo! ¡Ayúdame a llevar la paz a los demás como hiciste tu! ¡Ayúdame a llevar la Palabra al prójimo como lo hiciste tu! ¡Ayúdame a caminar por el mundo como lo hiciste tu! ¡Ayúdame a transmitir tu verdad, Señor! ¡Concédeme la gracia de ser transmisor de amor, de verdad, de esperanza, de perdón, de misericordia! ¡Espíritu Santo, concédeme la gracia de abrir el corazón para recibir en mi interior el espíritu de Jesús! ¡Ayúdame a ser otro Cristo y transformar todo mi ser en otro Jesús que dé sentido a mi realidad como cristiano!