Presentarse ante Dios como María

En la Iglesia celebramos hoy una festividad hermosa, la de la presentación de la Virgen María en el Templo. Esta escena de la vida de Nuestra Madre no aparece en los Evangelios pero a la tradición no se le puede privar de su verdad.
Esta fiesta permite entrar con alegría en la intimidad del corazón María, ese corazón puro tan unido a Dios. María, en aquel día que acudió con sus padres al templo abrió su corazón al Padre y, en ese acto, se abandonó por completo a la gratuidad absoluta del amor divino. La Virgen con aquel paso dio una respuesta absoluta y plena a la voluntad de Dios.
Este acto sencillo pero profundo de María me remite a un elemento sustancial en mi vida cristiana, el de cuestionarse qué significa presentarse ante Dios. Es detenerse pausada y humildemente en su presencia y darse con lo que uno es, con su pobreza y su nada, confiando plenamente en Él. Es hacer voluntad de Dios.
María se presentó en el templo para entregarse a Dios pero esa misma joven de Nazaret fue morada de Dios, Madre del Cristo y templo del Espíritu Santo. Y esa experiencia la vivió secretamente con un intenso amor.
Hoy es un día que me acerco a María para tratar de adentrarme en ese secreto, para observar su vida desde el prisma de la fe, profundizando en su vida oculta y obtener de ello los frutos de un corazón abierto a la grandeza de Dios. Y desde la sencillez de este acto, pedirle al Señor que me conceda la gracia de ser también templo del Espíritu Santo ¡para poderle acoger con pureza, verdad y amor!

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¡María, Madre de Bondad y Misericordia, quiero imitarte en todo para llegar a ser un buen hijo de Dios! ¡Acógeme, Señora, en el templo espiritual que es tu Corazón Inmaculado para impregnarme de la sabiduría de Dios y donde el corazón crece cada minuto en el amor a Dios y a los demás! ¡Sagrado Corazón de María me entrego a Ti y al Sagrado Corazón de Tu Hijo! ¡Te encomiendo también a aquello que no conocen a Dios, cuyas almas están muertas y sus cuerpos magullados por el dolor, por aquellos que viven en la desesperanza, por los que no tienen fe, por los que están atrapados por el materialismo y el consumismo, por los que pasan por situaciones de oscuridad espiritual, por los que no tienen esperanza! ¡Entra en su corazón! ¡Y en este día, especialmente, quiero dar gracias al Señor por mis padres que fieles a su fe me presentaron en el templo el día de mi bautismo para que, en el caminar de mi vida, cumpliera la voluntad de Dios y mi cuerpo se convierta en morada del Espíritu Santo! ¡Gracias, Padre, por este regalo que me diste! ¡Te ofrezco a mi mujer y a mis hijos! ¡Hazlos tuyos, María! ¡Protégelos siempre, Señor! ¡Te pido también por todos los consagrados y consagradas del mundo entero y, especialmente, aquellos y aquellas que están cerca de mi corazón, para que sean fieles a Dios y al mensaje del Evangelio que testimonian con su vida y su ejemplo!

Oh Dios que has querido que la Santísima Virgen María, morada del Espíritu Santo, fuera presentada en el templo, concédenos, que por su intercesión, merezcamos ser presentados al templo de tu gloria, nos invita la Iglesia a rezar hoy. Y para honrar este día, lo cantamos con este bellísimo Ave María a cuatro voces del compositor suizo Johann Baptist Hilber:

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¿Adónde quiero llegar?

Mi trabajo me lleva a lugares recónditos, desérticos, selváticos, alejados de la civilización. Lugares en los que el hombre es como un lunar en la gran inmensidad del territorio. En Uzbekistan, junto a las orillas del mar Aral, ese gran lago que se está secando a consecuencia de la salinización, disfruté varias horas, durante el atardecer, de un anciano casi centenario. Un pastor pobre pero sabio. Nos encontrábamos en el campamento que habíamos organizado para llevar a cabo nuestro trabajo de análisis acuífero cuando el anciano llegó como de la nada, en silencio. Pidió quedarse con nosotros mientras sus escuálidas cabras pastaban la poca hierba que había alrededor.
Nuestro traductor uzbeko nos ponía en antecedentes. El hombre tenía interés en preguntar sobre nuestro mundo, sentado en aquel atardecer en que la luz que baña el mar Aral es envolvente y cautivadora. Y yo en indagar cómo había sido aquel lago, aquel paisaje hace tres o cuatro décadas, cuando las aguas verdosas lo inundaban todo y el territorio era como un vergel. Hoy en Internet se pueden visualizar las imágenes de la evolución del Aral y descompone el corazón. Respondió con un tono melancólico: «A lo largo de mi vida he caminado por sus orillas como hijo de la luz; pero he comprendido que este lago como la vida no durará eternamente. Solo Allah sabe cuando será el final».
Al día siguiente, al despertarme, recordé las palabras del anciano. El caminar como hijos de la luz es lo que da sentido a nuestra vida. A la vida del aquí y del ahora. A la vida que se prolonga hacia la otra vida, la que es eterna, porque la terrenal es efímera como la del lago Aral. El anciano mencionaba a Allah, al Mahoma de su religión, el que lo sabe todo. A mi la vida me ha llevado a un personaje tal vez más profundo, extraordinario, verdadero y cegador. Cristo. Él es el auténtico modelo de vida, el que verdaderamente te permite caminar como hijo de la luz. El que es el Camino de la vida, el que sobrepasa toda circunstancia, toda profundidad, toda realidad, el que cuando te lleva a su camino se hace Verdad. El que te lleva a la plenitud de la Vida. El que te revela la esencia del Evangelio del amor y de la vida. El que es modelo para la vida auténtica para el hombre, aunque el hombre esté tan alejado de la perfección como es mi caso. ¿Pero existe otro modelo? ¿Existe otra razón para vivir que no sea Él? La vida del hombre y de la naturaleza es efímera, la eternidad no. En aquel anciano puede ver que el nómada, el caminante del desierto de la vida, el nómada de la esperanza, es el que verdaderamente engendra la vida porque es el que tiene razones para vivir. Para Él «Solo Allah sabe cuando será su final», para mí «Solo Cristo sabe cuando será el final» con la característica de que Cristo te descubre el origen y la meta de la vida, porque Él es el Origen, el Camino y la meta final. Y es ahí donde deseo llegar yo.

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¡Ven Espíritu Santo a darme la luz para que ésta penetre en mi corazón, para que ilumine las sombras de egoísmo que tantas veces me invaden, para que transforme la aridez de mi vida, para que cure mis heridas, para que de calor a la frialdad que tantas veces me invade, para que me convierta en don de solidaridad y de generosidad, para que me abra los ojos a la vida, para que mis oídos se abran a la necesidad del prójimo, para ser capaz de discernir el camino que quieres para mi y, sobre todo, para que sea capaz de ser constructor de vida! ¡Ayudame a caminar por el mundo siguiendo las huellas de Cristo, para ser capaz de discernir cual es la meta a seguir! ¡Ayúdame a comprender la esencia del Evangelio! ¡A ser modelo de la verdad que es Cristo! ¡A ser luz y esperanza para los demás! ¡A aspirar a la eternidad que nos promete Jesús! 

La vida es demasiado corta para ser tomada en serio

Fue el escritor inglés G.K. Chesterton, maestro de la ironía y de la paradoja, el autor de esta frase clarividente que acabo de leer en uno de sus libros: «La vida es demasiado importante para ser tomada en serio».
Chesterton no solo se puede considerar un pensador, un intelectual católico, un polemista temido y un campeón de la inteligencia cristiana. Fue un converso del protestantismo al catolicismo. Su influencia literaria y política es innegable. Tuvo la valentía de oponerse con firmeza a Winston Churchill para que paralizara una ley de esterilización de los discapacitados mentales. Fue la naturaleza —don innegable de Dios— quien le otorgó los talentos para desarrollar su fina literatura pero también su esfuerzo y su empeño —los talentos al servicio del bien común— los que permitieron que Chesterton se erigiera entre los principales autores católicos del siglo pasado. Es, sin duda, lo que a menudo se echa en falta en la inteligencia cristiana de los que en este siglo somos cristianos. En Chesterton la raíz de todo era la búsqueda de la verdad.
Vivimos en sociedades nihilistas y materialistas que niegan la existencia de cualquier verdad y son muchos los que intentan desde la moral destruir por la fuerza la esencia cristiana, desdeñando al hombre y a la vida; haciéndolo así desprecian al mismo Dios. En el ser del cristiano debe imperar siempre el compromiso por la verdad que es lo que fundamenta y vigoriza su derecho a la libertad. Cristo nos invita permanentemente a vivir en ella porque como cristianos nuestro deber es buscar siempre la verdad porque sino para un hombre no existe una verdad es incapaz de distinguir entre lo que está bien y lo que está mal. En el momento en que descuidamos la verdad dejamos que el relativismo ocupe su lugar.
No callar. Este es el simple llamado para negar lo que la sociedad nos quiere imponer. La vida es demasiado corta para ser tomada en serio, y en este sentido hay que tratar de dejar la impronta de la verdad, sin imponer sino para servir y para evangelizar. Todos estamos invitados a ser amantes de la Verdad, gentes comprometidas que contemplemos, comprendamos y actuemos para que la Verdad, que es Cristo, sea aceptada en nuestro mundo para ser creída, desde el creer para ser amada, desde el amor para ser vivida y desde la vivencia para ser compartida con el prójimo. Difícil tarea pero llena de retos… ¡como la vida misma!

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¡Señor, abre mi corazón, mi mente y mis ojos para que pueda vislumbrar siempre la verdad! ¡Que nada me aparte del camino de la verdad que Tu nos has revelado! ¡Ayúdame a resistirme a aceptar las mentiras que nos trae el mundo, a no dejarme llevar por la tentación de creer en los principios que nos imponen que cercenan la libertad! ¡Concédeme la gracia de ser valiente y decidido en la defensa de la verdad! ¡Envía tu Espíritu sobre mí, Señor, para que la verdad se haga presente en mi, para que la verdad vivida y aceptada como estilo de vida, se abra en toda su riqueza en mi vida para transmitirla a los demás! ¡Concédeme la gracia de ser testimonio de verdad y de ética, ayúdame a trasmitirla y no imponerla, incluso aunque esto suponga oprobio, rechazo y cruz! ¡Que la búsqueda de la verdad, Señor, en mi vida sea siempre mi anhelo, un auténtico ejercicio de mi libertad personal, para vencer el relativismo que me rodea, para cambiar mi corazón, para no hacerme alguien frío o vacilante, distante del prójimo y encerrado en mi mismo! ¡Ayúdame a ofrecer mi voz confiada para cimentar en el mundo el amor y la verdad! ¡Espíritu Santo que eres el espíritu de verdad, ayúdame a aspirar siempre a la verdad y a la libertad!

¡Dios o nada!

Todos los que queremos anunciar a Cristo vamos, en cierta manera, contracorriente. Es difícil complacer a aquellos que tienen el espíritu del mundo y son mundanos. Al mismo Jesús le sucedió lo mismo. No era bienvenido en su pueblo. Sus conciudadanos de Nazaret no aceptaron su misión. Durante los treinta años de su vida oculta no había hablado en la sinagoga y se había contentado con participar humildemente en las oraciones mientras permanecía sentado entre los hombres de Nazaret. Sus compatriotas se escandalizan cuando predica en la misma sinagoga porque es el carpintero, el hijo de María. Jesús sufre por la actitud del pueblo de Nazaret, lamenta su falta de fe y no puede hacer un milagro en Nazaret donde ejerció la profesión de carpintero mientras vivía en esa sencillez callada tan propia de la Sagrada Familia. Pero Jesús invita a ir contracorriente. ¡No importa si eres alabado o criticado! ¡Hay que dar testimonio de la verdad revelada en la dulzura del amor porque la sociedad necesita transformarse!
Los dictadores del relativismo tratan de imponer su colonización ideológica. ¡En unos pocos años, millones de niños inocentes habrán sido asesinados legalmente en el vientre de su madre! Parece que el mundo no desee vivir porque existe una civilización que maximiza la glorificación del individualismo, el hedonismo, de la homosexualidad, de la amoralidad, del amor por el dinero, del erotismo. ¿Cómo es posible que nuestras mentes pierdan la perspectiva de la Creación? Es el desafío que el diablo lanza al Dios creador, tratando de construir una creación alternativa a la suya. Dios nos promete libertad, el demonio que seamos árbitros. Dios nos regala amor, el demonio nos ofrece emociones. Dios quiere justicia, y el demonio la igualdad perfecta que rompe cualquier diferencia.
Estamos en medio de una verdadera conspiración para imponer a todos los estados del mundo los antivalentes que contradicen los valores no negociables de la ley natural, cuyo fundamento es Dios. El Cardenal Sarah lo dice claramente: ¡Dios o nada! Es hora de despertar y dar testimonio valiente de Jesús, que es el Camino, la Verdad y la Vida, palabras todas ellas con mayúsculas.
Hay que ser valientes y decididos para colaborar con Jesús en el triunfo del plan de Dios para la familia, el amor hermoso y el respeto incondicional por la vida. Somos instrumentos pobres, pero estamos convencidos de que el Inmaculado Corazón de María triunfará y que la civilización del amor se construirá a pesar de Satanás y los ideólogos de la ideología de género y del relativismo. Vivar en serenidad alabando todos los días a Dios, con un laudatio, si (¡Hágase!) como el de san Francisco y pedirle que no seamos personas tristes bautizadas, para que todos pueden decir cuando vean la alegría de Dios en nuestros rostros: el amor de Dios es tan maravilloso, ¡que yo también quiero abrir el corazón de par en par y transformar el mundo!

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¡Padre, nos has creado para la felicidad, para la libertad y para vivir conforme a tus enseñanzas! ¡Ayúdanos a transformar el mundo con la ayuda de tu Santo Espíritu para expandir la autentica verdad! ¡No permitas, Señor, que camine por la vida triste y cansado, no dejes que la esclavitud que ofrece el demonio en este mundo me lleve a ser uno más, una marioneta de un mundo donde impera la lógica de la mentira, de la falsedad, de las apariencias, de las máscaras y del individualismo! ¡No dejes que el relativismo se convierta en un paradigma de la verdad! ¡Transforma mi interior, Padre, por medio de tu Santo Espíritu, para ser capaz de percibir lo que es auténtico y transmitirlo a los demás; a estar siempre alegre y esperanzado para testimoniarlo al prójimo! ¡Padre, me has creado para la felicidad y para la libertad, ayúdame a ser valiente y a no conformarme con lo que el demonio quiere que tenga apariencia de verdad! ¡No dejes que viva según lo que me ofrece el mundo que siempre es efímero, esclavizante y dañino sino conforme a tu verdad! ¡Ayúdame a ir contracorriente para tratar de inculcar la lógica del Evangelio! ¡Concédeme la gracia de no tener miedo a ser auténtico, a vivir conforme la verdad! ¡Ayúdame a cultivar un mundo mejor en el que se haga visible tu presencia a través de la autenticidad!

Optar por el camino de Jesús

Es imposible que Dios vea con buenos ojos desde las alturas lo que está sucediendo en nuestro mundo. Tiene que dolerle profundamente observar como nuestra soberbia y egoísmo avanza a pasos agigantados por el mundo creando indiferencia en las sociedades hacia los más desfavorecidos y generando masas cada vez mayores de personas gente que no cuentan para nadie. Le tiene que resultar ingrato contemplar el sufrimiento de tantos que la bondad humana podría evitar. No tiene que serle agradable ver tanto odio manifestarse en tantas miradas y tantos comportamientos de los hombres. Ni tanto muro erigido entre los corazones de los hermanos. Ni tanto silencio ante la injusticia. Ni tanta frialdad de corazón por la situación de tantos hombres y mujeres que padecen necesidad. Ni tanto hedonismo e individualismo que convierte a las sociedades en mundos de hielo donde la ausencia de amor provoca soledad, tristeza, desazón… Este mundo se asemeja cada vez menos a aquél que un día Dios ideó con toda su pureza y limpidez porque era fruto de la profundidad de su inmenso Amor.
A Cristo, lo leemos en las páginas del Evangelio, tampoco le agradaban los derroteros que tomaban los hombres de su tiempo. Sentía lástima de ellos hasta el punto que consideraba que andaban como ovejas sin pastor; y se propuso enseñarles con calma. ¿Y qué les enseñó? Que para el hombre no hay más opción que optar por el camino de la entrega y del amor. Jesús no enseñaba teoría. Él mismo se puso de ejemplo y recorrió en tres años el camino de la verdad.
No es sencillo ni fácil convertirse en puente que trate de converger dos riberas que se ignoran, que se menosprecian, que se subestiman o que se odian. De ahí que para Él no cabía otro final que morir en la cruz. Desde lo alto del madero santo reconcilió a dos pueblos con Dios y por medio de la cruz los unió en un solo cuerpo destrozando con su muerte el mal.
Fue Jesús quien abrió el camino para los hombres. Ese camino permanece abierto. Jesús lo que nos pide a los cristianos es que seamos en el mundo otros cristos que caminemos con el corazón puro, con la dignidad de hijos de Dios, limpios en nuestras intenciones, con los brazos abiertos en forma de cruz, dispuestos a amar y servir, que seamos capaces de cubrir la distancia que separa los corazones humanos, que nuestras manos tiendan puentes y derriben muros, que nuestras miradas lleven amor, perdón, misericordia, paz. Aunque esto suponga renunciar a nuestra comodidad y nuestro bienestar personal.

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¡Señor, quiero ayudarte a cambiar el mundo a pesar de mi miseria y mi pequeñez! ¡Quiero ser imagen tuya, ser reflejo tuyo en el pequeño mundo donde me muevo! ¡Quiero ser una sola cosa contigo! ¡No me importa ser como tu en Getsemaní para ser consciente de la fealdad de mi pecado y entender lo mucho que sufriste por mi! ¡Ponte en mi lugar, Señor, y permitir actuar como lo harías tu; que mis manos, mis ojos, mi lengua y mi corazón sean los tuyos! ¡Haz que mi tiempo, mi energía, mis esfuerzos estén impregnados de tu presencia! ¡Viven en mi, Señor, para que mis miradas sean las tuyas, mis sentimientos sean los tuyos, mis palabras sean las tuyas, mis apreciaciones sobre los otros sean las tuyas, mi servicio sea como el tuyo! ¡Ayúdame a llevar la paz a los demás como hiciste tu! ¡Ayúdame a llevar la Palabra al prójimo como lo hiciste tu! ¡Ayúdame a caminar por el mundo como lo hiciste tu! ¡Ayúdame a transmitir tu verdad, Señor! ¡Concédeme la gracia de ser transmisor de amor, de verdad, de esperanza, de perdón, de misericordia! ¡Espíritu Santo, concédeme la gracia de abrir el corazón para recibir en mi interior el espíritu de Jesús! ¡Ayúdame a ser otro Cristo y transformar todo mi ser en otro Jesús que dé sentido a mi realidad como cristiano!

¿Qué impide el desarrollo de la gracia de Cristo en mi propio ser?

Observo a mis hijas universitarias. Y me veo a mi mismo. He dedicado la mayor parte de mi vida a aprender y he realizado enormes sacrificios para formarme y acrecentar mis conocimientos.
Horas en vela de estudio, interminables vigilias repitiendo los temas para afrontar los exámenes decisivos y, aunque hay muchas materias que han quedado en el olvido, los conocimientos importantes permanecen incrustados en lo más profundo de mi ser.
En la vida habrá también una prueba final, la definitiva, en la que se nos examinará de la vida; sobre todo, se nos examinará de nuestra capacidad de amar. Se nos preguntará en que medida hemos asimilado los conocimientos del amor y de la verdad y en qué medida los hemos puesto en práctica.
Pienso con frecuencia en ese día porque me podría suceder como a Nicodemo. Lo esencial lo conozco; la teoría de las Escrituras las reconozco; tengo el convencimiento claro de que Jesús es el Mesías, el enviado de Dios; que la verdad está en Cristo… pero resuena en mi interior esa pregunta que el Maestro hizo a ese hombre respetado entre los judíos de su tiempo sobre lo fundamental de la vida y que le llevó a replanteárselo todo para nacer de nuevo a la vida: «¿Y tú que eres maestro de Israel no sabes estas cosas?»
Esta pregunta es tan actual ahora como hace dos mil años porque pese al conocimiento que tenemos de todo, a la especialización que impera en nuestros trabajos y en nuestras tareas cotidianas, al uso de la tecnología que lo simplifica todo, al control que ejercitamos en tantas áreas de la vida, a las posibilidades de acceder a tanta información en tiempo real… tanto saber, sin embargo, ha dejado en penumbra elementos que son cruciales de nuestra existencia. Tal vez en nuestra sociedad haya más conocimiento y sabiduría, pero la espiritualidad merma, la oración agoniza, el ser más humanos pierde su valor por el individualismo y el hedonismo, la ternura deja paso a la frialdad del corazón, cuesta darse a los demás, no resulta sencillo encontrar tiempo para los otros, el silencio impera en muchas familias cuyo único interlocutor es el móvil… así la felicidad brilla por su ausencia. Somos más sabios sí, tenemos más conocimientos pero ¿cómo es posible que con tanto saber ignoremos como cuestionaba Jesús lo que es fundamental en la propia vida?
Las preguntas claves en realidad serían: «¿Qué me impide nacer de nuevo? ¿Cómo afronto la vida? ¿Soy consciente de que en mi vida debo abrir el corazón para una constante renovación y transformación como parte de mi crecimiento humano, de mi madurez personal y de mi renovación interior? ¿Qué impide el desarrollo de la gracia de la vida de Cristo en mi propio ser? ¿A qué debo morir para renacer en Cristo?»

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¡Señor, necesito nacer de nuevo revistiéndome de ti, que eres el Cristo enviado por Dios para mi salvación! ¡Señor, me siento como Nicodemo que me pregunto en qué consiste el renacer de nuevo, este proceso permanente de ir creciendo en la Palabra y en el conocimiento de la verdad! ¡Envía, Señor, tu Espíritu sobre mi para que mi vida crezca en madurez y su obra haga en mi un hombre nuevo! ¡Deseo, Señor nacer de nuevo en el Espíritu para dejar que Él, dador de vida, haga como hizo en María, que engendre en mi tu presencia vida, para sentir como tu sientes, para amar como tu amas, para actuar como tu actúas, para hacerme uno contigo! ¡Envía tu Santo Espíritu sobre mí, Señor, para que al caminar por las sendas de la vida se reconozca tu presencia en mi! ¡Ayúdame a ser testigo de tu presencia en el mundo; concédeme la gracia de abrir tu presencia en mi corazón para reflejar tu vida en mi propia vida en palabras, en actitudes, en gestos, en servicio, en amor, en vínculos y en compromisos ciertos! ¡Ayúdame a nacer de nuevo para revestirme de Ti, Señor! ¡Ayúdame a despojarme de lo viejo que hay en mi interior para renovar mi corazón! ¡Ayúdame a mortificar mis pasiones, a aplacar mis egoísmos, a amordazar mis soberbias, a abatir mis pecados, a sepultar mis malas acciones y a darle a mi vida el proyecto de Dios! ¡Señor, ayúdame a cuestionarme a qué debo morir para renacer en Ti y hazme ver que impide en mi vida el poner en práctica la humildad, la generosidad, la misericordia, la bondad, la dulzura, la comprensión y la vida del Espíritu!

Cada día… una página en blanco

Cada día, cuando me despierto mi vida es como una página en blanco. Limpia, inmaculada, sin manchas, sin tachaduras de ningún tipo. Una página en blanco que debe ser escrita cada día. Unos días lo que quedará impreso en ella tendrá un poso de tristeza, en otros casos de sufrimiento o de dolor, de soledad o de oscuridad, de alegría y de triunfo, de gozo y de esperanza. Pero queramos o no esa página necesariamente debe ser escrita. Es como un reto. Un desafío. Una oportunidad. Un punto de partida. El inicio de un camino por explorar. Una oportunidad para cambiar. Una excusa para mejorar. Un inicio para darse a los demás. Un tiempo para olvidar las experiencias que hieren. Una pausa para aparcar lo que me desvía de la Verdad. Un espacio para acercarme más a Dios… Depende de cada uno el tono de las palabras que llenarán esa página en blanco porque lo que, en definitiva, uno está relatando es su propia vida. Su propio destino. Esa página en blanco es la página que cada día marca el rumbo de nuestra vida.
El blanco va asociado a la bondad, a la inocencia, a la luz, a la generosidad, al optimismo, a la inocencia, a la perfección, a la pureza, a la bondad, a la caridad… Son palabras que van íntimamente unidas a la imagen de Dios, a lo que el Señor nos pide para cumplir su misión en esta sociedad que escribe páginas llenas de manchas y borrones que rompen la idea que Dios tiene de la Creación.
Carpe Diem (Aprovecha el momento) leemos en el Eclesiastés, aunque quizá le dio gloria literaria el poeta Horacio y Hollywood universalizó con la película El club de los poetas muertos basado en el libro de Kleinbaum.
Dios quiere que llene la página de mi vida con alegría, con responsabilidad, con libertad, con moralidad, con objetivos sanos, con trabajo honesto, con conductas irreprochables, teniéndole en cuenta a Él; sembrando para dar fruto, edificando con bases sólidas, con confianza para aceptar las pruebas, guardando los mandamientos porque son los principios que deben cumplir los hombres.
Y si no soy capaz de llenar esa página en blanco, ahí está el Señor para ayudar a escribir la primera frase. “Señor, sin tí nada puedo”. Suele ocurrir que si no tengo nada que escribir en esa página en blanco es porque los objetivos de la vida pasan por anteponerlo todo al placer, a la diversión, a la falta de coherencia personal; cuando es el corazón el que dicta los criterios y las normas de conducta; cuando es mi ombligo el centro de todo, porque yo soy lo importante, yo soy verdaderamente el reclamo de todo, yo soy un dios en minúsculas; cuando la moralidad es filosofía más que un principio de vida cristiana; cuando Dios es un recurso para los momentos de dificultad y necesidad; cuando me dejo llevar por los impulsos y no por la razón; cuando la laxitud es mi norma de conducta habitual; cuando la vida está para disfrutarla y hay que hacerlo como si hoy fuese el último día de mi existencia.
Toda página en blanco es una oportunidad. Un reto. Un desafío. ¡Que el Señor me ayude hoy escribir los versos más bellos de mi vida!

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¡Señor, hoy me regalas un nuevo día que es una oportunidad para crecer a tu lado! ¡Gracias, Señor, por este acto de generosidad conmigo! ¡Gracias porque me otorgas la fuerza para empezar de nuevo, para escribir un capítulo ilusionante de mi vida! ¡Gracias porque puedo hacerlo a tu lado, gozando de tu presencia! ¡Gracias, Señor, porque a pesar de mis dificultades cotidianas y de los problemas que me abruman puedo empezar este día cogido de tu mano, con alegría, con entusiasmo, con esperanza y confianza renovadas! ¡Gracias, Señor, porque saber que estás caminando a mi lado me da una fuerza alentadora! ¡Te ofrezco mi persona y todas las personas a las que quiero, a los que te no te conocen y los que de ti reniegan! ¡Quiero que este día, Señor, sea una oportunidad para hacer bien mi trabajo, para que mis esfuerzos den fruto, para que mi persona sea un testimonio tuyo, para que sea capaz de transmitir paz, amor y alegría, para que mi trabajo sea un ejemplo! ¡Gracias, Señor, por tu amor infinito! ¡Qué haría yo, Señor, sin tu compañía! ¡Gracias, Señor, porque he podido escribir este folio en blanco! ¡Es fruto de mi amor por ti, pero has sido tú el que lo ha escrito!

En este primer día de agosto, nos unimos a la intención del Papa Francisco para este mes que es rezar por el “tesoro” de la familia, “para que las grandes opciones económicas y políticas protejan la familia como el tesoro de la humanidad”.

Huellas en la humanidad de Jesús

Me encanta la fiesta que celebramos hoy dedicada a san Joaquin y santa Ana, padres de la Virgen María y abuelos de Jesús. Me une humana y espiritualmente a mis abuelos, algunos ya en el cielo y otra todavía entre nosotros.
San Joaquín y santa Ana tuvieron el honor de engendrar a María, la Madre de Dios, que fue preservada del pecado original por Dios para dar la bienvenida y traer la semilla de Su Palabra a la humanidad entera.
Pero para que esta tierra buena diera frutos ambos dispusieron con su amor y su entrega a María para recibir la Palabra de vida de modo que brotara en ella y diera frutos de gracia.
Con su ejemplo de amor, de entrega, de generosidad, de pureza, de caridad, de servicio fortalecieron el carácter de María, que sería virgen de espíritu, de alma y de cuerpo antes de su nacimiento.
Al nacer de María, Jesús se unió a la línea de Ana y de Joaquin. En ellos, contemplamos la belleza y la importancia de la presencia de los abuelos en el corazón de una familia.
Jesús, siendo niño, pudo encontrar en ellos la seguridad de los cimientos de la tierra en la que se hundieron las raíces de su humanidad.
No hay duda de que la relación de María con sus padres dejó una profunda huella en el desarrollo de la humanidad de Jesús en Nazaret. Cristo vivió en un horizonte sin nubes, un lugar pacífico y sereno, con grandes vivencias interiores que fue formando su conciencia humana. Así, la calidad y santidad de la relación entre María y sus padres permitió el surgimiento gradual de la conciencia humana más sana en Jesús.
Con la figura de san Joaquín y santa Ana comprendemos que para realización del plan de la salvación de Dios es necesaria la santidad en la vida cotidiana. Si la gracia es lo primero, el hecho es que para actuar en la existencia de un hombre y una mujer, la gracia necesita de su colaboración. Sin gracia, no hay frutos.
Hoy es un día para dar gracias a Dios por la figura de santa Ana y san Joaquín que ayudaron a crear condiciones favorables para el cumplimiento de la promesa de la salvación. Ellos fueron los cultivadores de esta pequeña porción de tierra maravillosa de la humanidad en la cual la semilla de la vida eterna pudo brotar para llevar los frutos de salvación y sanación. Y un día para dar gracias a Dios por la figura de los abuelos que, en mi caso, han sido unificadores de la familia, formadores del espíritu y grandes maestros de la vida. A todos ellos los llevo en el corazón.

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¡Gracias, san Joaquín y santa Ana por convertiros en transmisores de los más bellos valores familiares y una inspiración de como actuar en la vida cotidiana, espiritual, familiar y social! ¡Señor, nacido de la Virgen María, que tantos amaste a tus abuelos San Joaquín y Santa Ana, protege y mira con amor misericordioso a todos los abuelos de todo el mundo que son fuente de riqueza humana y familiar! ¡Sostenlos siempre en la adversidad, la dificultad y el envejecimiento para que sigan siendo para la familia auténticas columnas de la tradición, custodios de los valores auténticos que se deben transmitir a la sociedad y maestros de la verdad, la autenticidad y la sabiduría! ¡Señor, cuida a todos los abuelos del mundo para que siembren en la sociedad las semillas del amor! ¡No permitas, Señor, que los abuelos sean despreciados, olvidados, ignorados o marginados; que reciban siempre el amor de hijos y de nietos, que sean respetados y amados! ¡Concédeles, Señor, el gozo de la salud para que puedan vivir una vida sosegada y tranquila! ¡Y a Tí, María, que tanto amaste a tus santos padres, san Joaquín y santa Ana, extiende sobre todos los abuelos del mundo tu manto protector! ¡Gracias, Señor, por los abuelos que me has regalado de los que tanto he recibido y aprendido, que tanto amor me han dado y tantas enseñanzas me han transmitido! ¡Espíritu Santo, desciende sobre todos nosotros, e infunde en nuestro mundo un clima humano donde primer el respeto por los abuelos y los ancianos! ¡Haznos, Espíritu Santo, custodios del gran tesoro que es la familia, ayúdanos a que no haya divisiones ni enfrentamientos sino paz y amor!

Cantamos dedicando esta canción a santa Ana, abuela de Jesús:

¡Tienes que ser más realista!

Una de las acusaciones que debemos afrontar habitualmente los cristianos es nuestra falta de realismo. Se nos acusa habitualmente de cobijarnos en la esperanza que lo vierte todo en el futuro. ¿Cuántas veces en los últimos tiempos he escuchado de boca de personas alejadas de la Iglesia que debo ser «más realista»? ¡Que Ese en el que creo es un personaje histórico que la Iglesia ha amoldado según sus intereses! ¡Que dejándome llevar por la esperanza espero en un futuro de dudosa existencia!
Me inquieta cuando cada vez más gente duda porque para mí la esperanza es base fundamental de mi fe. No es una ilusión ni una quimera. Yo tengo esperanza —al igual que me sostengo en la fe— porque para mí la vida es algo muy serio. La vivo en su totalidad con la certeza de que el futuro que me espera no es una promesa vacía sino una realidad viva. No es como la vida humana que es finita, la vida eterna es algo definitivo.
La esperanza cristiana es el andamiaje que sostiene la vida. Como la fe es el pilar básico del edificio de la vida. Por eso, según como espere, así será mi vida.
La esperanza cristiana es un signo revelador de mi verdad como cristiano. Es la que endereza mi vida, la que me ayuda a luchar por una sociedad más justa, comprometida, solidaria y fraternal, al estilo de Cristo.
La esperanza cristiana no me permite tener una actitud pasiva ante la vida porque lleva consigo el compromiso y el dolor ante tantas injusticias.
La esperanza cristiana me hace creer que existe el Reino eterno, la patria celestial, el destino final del alma humana. Por eso lucho por cambiar las estructuras de esta sociedad porque nadie puede ser ajeno a un futuro tan hermoso.

 

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¡Padre eterno, que cerca estás de nosotros y a cuanta gente le cuesta sentir tu presencia o, simplemente, abrir el corazón para sentir tu ternura! ¡Te doy gracias por los signos de tu presencia a mi alrededor, son un sostén grande a mi fe y mi esperanza! ¡Gracias, Señor, porque la iluminación de tu Santo Espíritu me permite mirar con esperanza el presente y el futuro de mi vida, estar atento a tus buenas nuevas, a dejarme sorprender por tu ternura! ¡Gracias, Padre mío, por esta siempre tan cerca! ¡Señor, nos angustiamos por todo, vamos dando tumbos por la vida y vivimos sin esperanza, echando a perder nuestra vida y la de los que nos rodean con nuestras quejas y nuestros lamentos! ¡Ayúdame, Señor, siempre a permanecer despierto! ¡Concédeme, Señor, la gracia de nadar a contracorriente!

El auxilio de me viene del Señor, nos unimos al canto de la Hermana Glenda:

Vidas mediocres

En el fragor de una conversación de trabajo uno de los participantes, entre dudas, estrategias, encajes… espeta: «¿Tan mediocres somos que nadie de los que está aquí sabe qué valor tiene lo que de verdad tiene valor?». En el contexto en el que se produce, esta pregunta nos abre los ojos a encontrar la solución.
Pero la pregunta del «¿Alguien sabe qué valor tiene lo que de verdad tiene valor?» me ronda desde hace días porque también afecta al interior de mi propia vida. Y te das realmente cuenta que tu vida se va moviendo paulatinamente entre quehaceres disparados e inútiles que no aportan nada útil ni nada nuevo a la vida, a tu vida y a la vida de los demás. Que muchas veces funcionas como si fueses un títere teledirigido sin ideas propias ni objetivos claras. Es el «ir tirando». Cuando uno va tirando convierte lo realidad de su vida con sus problemas enquistados y sus dificultades concretas, en algo mediocre, vulnerable y tibio.¿Y eso por qué ocurre? Porque cuando alguien tiene poco que ofrecer, también le resulta difícil recibir. Cuando alrededor del corazón se construyen muros de piedra estos son difíciles de derribar.
Tristemente nos acostumbramos a la mediocridad. Nos conformamos con que nuestra vida no vaya más allá, nos acomodamos en lo anodino. Y encontramos mil excusas para no cambiar, para dejar que esa mediocridad se convierta en un traje a medida. Nos dejamos llevar por el mimetismo. La peor vida que uno puede vivir es la vida mediocre porque es aquella vida adormecida y llena de excusas.
Es imposible dar lo que no se tiene, por eso no conviene buscar en los demás la perfección que nunca vas a tener, la generosidad que eres incapaz de regalar, la compasión que no has sido capaz de mostrar, el cariño hacia los otros del que desconoces que es en realidad, la fortaleza que careces para superar cada situación, la fuerza de voluntad que sueles arrastrar… de lo que se trata es de arrugar interiormente esas virtudes que han de ir creciendo, paso a paso, en el interior del corazón, abonarlas con el abono de la oración y regarlas con el agua cristalina de la constancia. Son elementos que dan valor a lo que verdaderamente tiene valor. Y con el tiempo que uno puede cosechar esos valores que uno pensó nunca poseería pero que están escondidos en lo profundo del corazón.
Hay que amar la vida, amarse a si mismo, amar a los que le rodean, amar las propias circunstancias, amar como eres, amar lo que posees, amar cada instante de tu existencia, amar, incluso, los propios fracasos, amar la cruz de cada día, amar los impulsos cotidianos… y cuanto más amor uno sea capaz de expandir, más lejos se hallará de la mediocridad y más valor le dará a lo que tiene valor.

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¡Señor, te doy gracias por todo lo que me regalas cada día! ¡Te doy gracias por las oportunidad que me ofreces para cambiar, para transformar mi vida, para salir de la mediocridad, de la tibieza y del conformismo para buscar la perfección! ¡Concédeme, Señor, la gracia de amar la vida, de amar a todos, de amar cada minuto de mi existencia, de amar los problemas y dificultades, de amar la cruz que pones en mi camino! ¡No permitas, Señor, que me acomode en mis zonas de confort! ¡No permitas, Señor, que me autoengaño con falsas realidades de mi mismo para evitar en realidad enfrentar esa realidad! ¡No permitas que la soberbia y el egocentrismo sometan mi corazón porque lo que quiero es ser mejor cada día! ¡Ayúdame, Señor, con la fuerza de tu Santo Espíritu a dar todo lo mejor de mi y a no permitir que me atrape la mediocridad! ¡Espíritu Santo dame el entusiasmo permanente para encontrar la verdad allí donde se halle! ¡Otórgame el espíritu de resignación para aceptar mis limitaciones! ¡Dame, Espíritu de Dios, el coraje de luchar siempre sin miedo y sin abandono para cambiar lo que sale mal y para transformar lo que debe ser cambiado! ¡Otórgame, Espíritu de bondad, de la lucidez necesaria para encontrar siempre la verdad! ¡Dame, Espíritu de amor, la fortaleza para no acomodarme en lo fácil y preferir lo difícil! ¡Y dame, Espíritu divino, la valentía para luchar sin desmayo contra mis muchas apatías y desganas! ¡Ayúdame a derrotar la mediocridad que haya en mi vida y caminar hacia la santidad!

Escuchamos hoy el motete Insanae et vanae curae, Hob. XX:1/13c (Insanas y vanas preocupaciones) compuesto por Haydn en su oratorio «El retorno de Tobías»: