¿Qué impide el desarrollo de la gracia de Cristo en mi propio ser?

Observo a mis hijas universitarias. Y me veo a mi mismo. He dedicado la mayor parte de mi vida a aprender y he realizado enormes sacrificios para formarme y acrecentar mis conocimientos.
Horas en vela de estudio, interminables vigilias repitiendo los temas para afrontar los exámenes decisivos y, aunque hay muchas materias que han quedado en el olvido, los conocimientos importantes permanecen incrustados en lo más profundo de mi ser.
En la vida habrá también una prueba final, la definitiva, en la que se nos examinará de la vida; sobre todo, se nos examinará de nuestra capacidad de amar. Se nos preguntará en que medida hemos asimilado los conocimientos del amor y de la verdad y en qué medida los hemos puesto en práctica.
Pienso con frecuencia en ese día porque me podría suceder como a Nicodemo. Lo esencial lo conozco; la teoría de las Escrituras las reconozco; tengo el convencimiento claro de que Jesús es el Mesías, el enviado de Dios; que la verdad está en Cristo… pero resuena en mi interior esa pregunta que el Maestro hizo a ese hombre respetado entre los judíos de su tiempo sobre lo fundamental de la vida y que le llevó a replanteárselo todo para nacer de nuevo a la vida: «¿Y tú que eres maestro de Israel no sabes estas cosas?»
Esta pregunta es tan actual ahora como hace dos mil años porque pese al conocimiento que tenemos de todo, a la especialización que impera en nuestros trabajos y en nuestras tareas cotidianas, al uso de la tecnología que lo simplifica todo, al control que ejercitamos en tantas áreas de la vida, a las posibilidades de acceder a tanta información en tiempo real… tanto saber, sin embargo, ha dejado en penumbra elementos que son cruciales de nuestra existencia. Tal vez en nuestra sociedad haya más conocimiento y sabiduría, pero la espiritualidad merma, la oración agoniza, el ser más humanos pierde su valor por el individualismo y el hedonismo, la ternura deja paso a la frialdad del corazón, cuesta darse a los demás, no resulta sencillo encontrar tiempo para los otros, el silencio impera en muchas familias cuyo único interlocutor es el móvil… así la felicidad brilla por su ausencia. Somos más sabios sí, tenemos más conocimientos pero ¿cómo es posible que con tanto saber ignoremos como cuestionaba Jesús lo que es fundamental en la propia vida?
Las preguntas claves en realidad serían: «¿Qué me impide nacer de nuevo? ¿Cómo afronto la vida? ¿Soy consciente de que en mi vida debo abrir el corazón para una constante renovación y transformación como parte de mi crecimiento humano, de mi madurez personal y de mi renovación interior? ¿Qué impide el desarrollo de la gracia de la vida de Cristo en mi propio ser? ¿A qué debo morir para renacer en Cristo?»

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¡Señor, necesito nacer de nuevo revistiéndome de ti, que eres el Cristo enviado por Dios para mi salvación! ¡Señor, me siento como Nicodemo que me pregunto en qué consiste el renacer de nuevo, este proceso permanente de ir creciendo en la Palabra y en el conocimiento de la verdad! ¡Envía, Señor, tu Espíritu sobre mi para que mi vida crezca en madurez y su obra haga en mi un hombre nuevo! ¡Deseo, Señor nacer de nuevo en el Espíritu para dejar que Él, dador de vida, haga como hizo en María, que engendre en mi tu presencia vida, para sentir como tu sientes, para amar como tu amas, para actuar como tu actúas, para hacerme uno contigo! ¡Envía tu Santo Espíritu sobre mí, Señor, para que al caminar por las sendas de la vida se reconozca tu presencia en mi! ¡Ayúdame a ser testigo de tu presencia en el mundo; concédeme la gracia de abrir tu presencia en mi corazón para reflejar tu vida en mi propia vida en palabras, en actitudes, en gestos, en servicio, en amor, en vínculos y en compromisos ciertos! ¡Ayúdame a nacer de nuevo para revestirme de Ti, Señor! ¡Ayúdame a despojarme de lo viejo que hay en mi interior para renovar mi corazón! ¡Ayúdame a mortificar mis pasiones, a aplacar mis egoísmos, a amordazar mis soberbias, a abatir mis pecados, a sepultar mis malas acciones y a darle a mi vida el proyecto de Dios! ¡Señor, ayúdame a cuestionarme a qué debo morir para renacer en Ti y hazme ver que impide en mi vida el poner en práctica la humildad, la generosidad, la misericordia, la bondad, la dulzura, la comprensión y la vida del Espíritu!

Cada día… una página en blanco

Cada día, cuando me despierto mi vida es como una página en blanco. Limpia, inmaculada, sin manchas, sin tachaduras de ningún tipo. Una página en blanco que debe ser escrita cada día. Unos días lo que quedará impreso en ella tendrá un poso de tristeza, en otros casos de sufrimiento o de dolor, de soledad o de oscuridad, de alegría y de triunfo, de gozo y de esperanza. Pero queramos o no esa página necesariamente debe ser escrita. Es como un reto. Un desafío. Una oportunidad. Un punto de partida. El inicio de un camino por explorar. Una oportunidad para cambiar. Una excusa para mejorar. Un inicio para darse a los demás. Un tiempo para olvidar las experiencias que hieren. Una pausa para aparcar lo que me desvía de la Verdad. Un espacio para acercarme más a Dios… Depende de cada uno el tono de las palabras que llenarán esa página en blanco porque lo que, en definitiva, uno está relatando es su propia vida. Su propio destino. Esa página en blanco es la página que cada día marca el rumbo de nuestra vida.
El blanco va asociado a la bondad, a la inocencia, a la luz, a la generosidad, al optimismo, a la inocencia, a la perfección, a la pureza, a la bondad, a la caridad… Son palabras que van íntimamente unidas a la imagen de Dios, a lo que el Señor nos pide para cumplir su misión en esta sociedad que escribe páginas llenas de manchas y borrones que rompen la idea que Dios tiene de la Creación.
Carpe Diem (Aprovecha el momento) leemos en el Eclesiastés, aunque quizá le dio gloria literaria el poeta Horacio y Hollywood universalizó con la película El club de los poetas muertos basado en el libro de Kleinbaum.
Dios quiere que llene la página de mi vida con alegría, con responsabilidad, con libertad, con moralidad, con objetivos sanos, con trabajo honesto, con conductas irreprochables, teniéndole en cuenta a Él; sembrando para dar fruto, edificando con bases sólidas, con confianza para aceptar las pruebas, guardando los mandamientos porque son los principios que deben cumplir los hombres.
Y si no soy capaz de llenar esa página en blanco, ahí está el Señor para ayudar a escribir la primera frase. “Señor, sin tí nada puedo”. Suele ocurrir que si no tengo nada que escribir en esa página en blanco es porque los objetivos de la vida pasan por anteponerlo todo al placer, a la diversión, a la falta de coherencia personal; cuando es el corazón el que dicta los criterios y las normas de conducta; cuando es mi ombligo el centro de todo, porque yo soy lo importante, yo soy verdaderamente el reclamo de todo, yo soy un dios en minúsculas; cuando la moralidad es filosofía más que un principio de vida cristiana; cuando Dios es un recurso para los momentos de dificultad y necesidad; cuando me dejo llevar por los impulsos y no por la razón; cuando la laxitud es mi norma de conducta habitual; cuando la vida está para disfrutarla y hay que hacerlo como si hoy fuese el último día de mi existencia.
Toda página en blanco es una oportunidad. Un reto. Un desafío. ¡Que el Señor me ayude hoy escribir los versos más bellos de mi vida!

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¡Señor, hoy me regalas un nuevo día que es una oportunidad para crecer a tu lado! ¡Gracias, Señor, por este acto de generosidad conmigo! ¡Gracias porque me otorgas la fuerza para empezar de nuevo, para escribir un capítulo ilusionante de mi vida! ¡Gracias porque puedo hacerlo a tu lado, gozando de tu presencia! ¡Gracias, Señor, porque a pesar de mis dificultades cotidianas y de los problemas que me abruman puedo empezar este día cogido de tu mano, con alegría, con entusiasmo, con esperanza y confianza renovadas! ¡Gracias, Señor, porque saber que estás caminando a mi lado me da una fuerza alentadora! ¡Te ofrezco mi persona y todas las personas a las que quiero, a los que te no te conocen y los que de ti reniegan! ¡Quiero que este día, Señor, sea una oportunidad para hacer bien mi trabajo, para que mis esfuerzos den fruto, para que mi persona sea un testimonio tuyo, para que sea capaz de transmitir paz, amor y alegría, para que mi trabajo sea un ejemplo! ¡Gracias, Señor, por tu amor infinito! ¡Qué haría yo, Señor, sin tu compañía! ¡Gracias, Señor, porque he podido escribir este folio en blanco! ¡Es fruto de mi amor por ti, pero has sido tú el que lo ha escrito!

En este primer día de agosto, nos unimos a la intención del Papa Francisco para este mes que es rezar por el “tesoro” de la familia, “para que las grandes opciones económicas y políticas protejan la familia como el tesoro de la humanidad”.

Huellas en la humanidad de Jesús

Me encanta la fiesta que celebramos hoy dedicada a san Joaquin y santa Ana, padres de la Virgen María y abuelos de Jesús. Me une humana y espiritualmente a mis abuelos, algunos ya en el cielo y otra todavía entre nosotros.
San Joaquín y santa Ana tuvieron el honor de engendrar a María, la Madre de Dios, que fue preservada del pecado original por Dios para dar la bienvenida y traer la semilla de Su Palabra a la humanidad entera.
Pero para que esta tierra buena diera frutos ambos dispusieron con su amor y su entrega a María para recibir la Palabra de vida de modo que brotara en ella y diera frutos de gracia.
Con su ejemplo de amor, de entrega, de generosidad, de pureza, de caridad, de servicio fortalecieron el carácter de María, que sería virgen de espíritu, de alma y de cuerpo antes de su nacimiento.
Al nacer de María, Jesús se unió a la línea de Ana y de Joaquin. En ellos, contemplamos la belleza y la importancia de la presencia de los abuelos en el corazón de una familia.
Jesús, siendo niño, pudo encontrar en ellos la seguridad de los cimientos de la tierra en la que se hundieron las raíces de su humanidad.
No hay duda de que la relación de María con sus padres dejó una profunda huella en el desarrollo de la humanidad de Jesús en Nazaret. Cristo vivió en un horizonte sin nubes, un lugar pacífico y sereno, con grandes vivencias interiores que fue formando su conciencia humana. Así, la calidad y santidad de la relación entre María y sus padres permitió el surgimiento gradual de la conciencia humana más sana en Jesús.
Con la figura de san Joaquín y santa Ana comprendemos que para realización del plan de la salvación de Dios es necesaria la santidad en la vida cotidiana. Si la gracia es lo primero, el hecho es que para actuar en la existencia de un hombre y una mujer, la gracia necesita de su colaboración. Sin gracia, no hay frutos.
Hoy es un día para dar gracias a Dios por la figura de santa Ana y san Joaquín que ayudaron a crear condiciones favorables para el cumplimiento de la promesa de la salvación. Ellos fueron los cultivadores de esta pequeña porción de tierra maravillosa de la humanidad en la cual la semilla de la vida eterna pudo brotar para llevar los frutos de salvación y sanación. Y un día para dar gracias a Dios por la figura de los abuelos que, en mi caso, han sido unificadores de la familia, formadores del espíritu y grandes maestros de la vida. A todos ellos los llevo en el corazón.

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¡Gracias, san Joaquín y santa Ana por convertiros en transmisores de los más bellos valores familiares y una inspiración de como actuar en la vida cotidiana, espiritual, familiar y social! ¡Señor, nacido de la Virgen María, que tantos amaste a tus abuelos San Joaquín y Santa Ana, protege y mira con amor misericordioso a todos los abuelos de todo el mundo que son fuente de riqueza humana y familiar! ¡Sostenlos siempre en la adversidad, la dificultad y el envejecimiento para que sigan siendo para la familia auténticas columnas de la tradición, custodios de los valores auténticos que se deben transmitir a la sociedad y maestros de la verdad, la autenticidad y la sabiduría! ¡Señor, cuida a todos los abuelos del mundo para que siembren en la sociedad las semillas del amor! ¡No permitas, Señor, que los abuelos sean despreciados, olvidados, ignorados o marginados; que reciban siempre el amor de hijos y de nietos, que sean respetados y amados! ¡Concédeles, Señor, el gozo de la salud para que puedan vivir una vida sosegada y tranquila! ¡Y a Tí, María, que tanto amaste a tus santos padres, san Joaquín y santa Ana, extiende sobre todos los abuelos del mundo tu manto protector! ¡Gracias, Señor, por los abuelos que me has regalado de los que tanto he recibido y aprendido, que tanto amor me han dado y tantas enseñanzas me han transmitido! ¡Espíritu Santo, desciende sobre todos nosotros, e infunde en nuestro mundo un clima humano donde primer el respeto por los abuelos y los ancianos! ¡Haznos, Espíritu Santo, custodios del gran tesoro que es la familia, ayúdanos a que no haya divisiones ni enfrentamientos sino paz y amor!

Cantamos dedicando esta canción a santa Ana, abuela de Jesús:

¡Tienes que ser más realista!

Una de las acusaciones que debemos afrontar habitualmente los cristianos es nuestra falta de realismo. Se nos acusa habitualmente de cobijarnos en la esperanza que lo vierte todo en el futuro. ¿Cuántas veces en los últimos tiempos he escuchado de boca de personas alejadas de la Iglesia que debo ser «más realista»? ¡Que Ese en el que creo es un personaje histórico que la Iglesia ha amoldado según sus intereses! ¡Que dejándome llevar por la esperanza espero en un futuro de dudosa existencia!
Me inquieta cuando cada vez más gente duda porque para mí la esperanza es base fundamental de mi fe. No es una ilusión ni una quimera. Yo tengo esperanza —al igual que me sostengo en la fe— porque para mí la vida es algo muy serio. La vivo en su totalidad con la certeza de que el futuro que me espera no es una promesa vacía sino una realidad viva. No es como la vida humana que es finita, la vida eterna es algo definitivo.
La esperanza cristiana es el andamiaje que sostiene la vida. Como la fe es el pilar básico del edificio de la vida. Por eso, según como espere, así será mi vida.
La esperanza cristiana es un signo revelador de mi verdad como cristiano. Es la que endereza mi vida, la que me ayuda a luchar por una sociedad más justa, comprometida, solidaria y fraternal, al estilo de Cristo.
La esperanza cristiana no me permite tener una actitud pasiva ante la vida porque lleva consigo el compromiso y el dolor ante tantas injusticias.
La esperanza cristiana me hace creer que existe el Reino eterno, la patria celestial, el destino final del alma humana. Por eso lucho por cambiar las estructuras de esta sociedad porque nadie puede ser ajeno a un futuro tan hermoso.

 

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¡Padre eterno, que cerca estás de nosotros y a cuanta gente le cuesta sentir tu presencia o, simplemente, abrir el corazón para sentir tu ternura! ¡Te doy gracias por los signos de tu presencia a mi alrededor, son un sostén grande a mi fe y mi esperanza! ¡Gracias, Señor, porque la iluminación de tu Santo Espíritu me permite mirar con esperanza el presente y el futuro de mi vida, estar atento a tus buenas nuevas, a dejarme sorprender por tu ternura! ¡Gracias, Padre mío, por esta siempre tan cerca! ¡Señor, nos angustiamos por todo, vamos dando tumbos por la vida y vivimos sin esperanza, echando a perder nuestra vida y la de los que nos rodean con nuestras quejas y nuestros lamentos! ¡Ayúdame, Señor, siempre a permanecer despierto! ¡Concédeme, Señor, la gracia de nadar a contracorriente!

El auxilio de me viene del Señor, nos unimos al canto de la Hermana Glenda:

Vidas mediocres

En el fragor de una conversación de trabajo uno de los participantes, entre dudas, estrategias, encajes… espeta: «¿Tan mediocres somos que nadie de los que está aquí sabe qué valor tiene lo que de verdad tiene valor?». En el contexto en el que se produce, esta pregunta nos abre los ojos a encontrar la solución.
Pero la pregunta del «¿Alguien sabe qué valor tiene lo que de verdad tiene valor?» me ronda desde hace días porque también afecta al interior de mi propia vida. Y te das realmente cuenta que tu vida se va moviendo paulatinamente entre quehaceres disparados e inútiles que no aportan nada útil ni nada nuevo a la vida, a tu vida y a la vida de los demás. Que muchas veces funcionas como si fueses un títere teledirigido sin ideas propias ni objetivos claras. Es el «ir tirando». Cuando uno va tirando convierte lo realidad de su vida con sus problemas enquistados y sus dificultades concretas, en algo mediocre, vulnerable y tibio.¿Y eso por qué ocurre? Porque cuando alguien tiene poco que ofrecer, también le resulta difícil recibir. Cuando alrededor del corazón se construyen muros de piedra estos son difíciles de derribar.
Tristemente nos acostumbramos a la mediocridad. Nos conformamos con que nuestra vida no vaya más allá, nos acomodamos en lo anodino. Y encontramos mil excusas para no cambiar, para dejar que esa mediocridad se convierta en un traje a medida. Nos dejamos llevar por el mimetismo. La peor vida que uno puede vivir es la vida mediocre porque es aquella vida adormecida y llena de excusas.
Es imposible dar lo que no se tiene, por eso no conviene buscar en los demás la perfección que nunca vas a tener, la generosidad que eres incapaz de regalar, la compasión que no has sido capaz de mostrar, el cariño hacia los otros del que desconoces que es en realidad, la fortaleza que careces para superar cada situación, la fuerza de voluntad que sueles arrastrar… de lo que se trata es de arrugar interiormente esas virtudes que han de ir creciendo, paso a paso, en el interior del corazón, abonarlas con el abono de la oración y regarlas con el agua cristalina de la constancia. Son elementos que dan valor a lo que verdaderamente tiene valor. Y con el tiempo que uno puede cosechar esos valores que uno pensó nunca poseería pero que están escondidos en lo profundo del corazón.
Hay que amar la vida, amarse a si mismo, amar a los que le rodean, amar las propias circunstancias, amar como eres, amar lo que posees, amar cada instante de tu existencia, amar, incluso, los propios fracasos, amar la cruz de cada día, amar los impulsos cotidianos… y cuanto más amor uno sea capaz de expandir, más lejos se hallará de la mediocridad y más valor le dará a lo que tiene valor.

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¡Señor, te doy gracias por todo lo que me regalas cada día! ¡Te doy gracias por las oportunidad que me ofreces para cambiar, para transformar mi vida, para salir de la mediocridad, de la tibieza y del conformismo para buscar la perfección! ¡Concédeme, Señor, la gracia de amar la vida, de amar a todos, de amar cada minuto de mi existencia, de amar los problemas y dificultades, de amar la cruz que pones en mi camino! ¡No permitas, Señor, que me acomode en mis zonas de confort! ¡No permitas, Señor, que me autoengaño con falsas realidades de mi mismo para evitar en realidad enfrentar esa realidad! ¡No permitas que la soberbia y el egocentrismo sometan mi corazón porque lo que quiero es ser mejor cada día! ¡Ayúdame, Señor, con la fuerza de tu Santo Espíritu a dar todo lo mejor de mi y a no permitir que me atrape la mediocridad! ¡Espíritu Santo dame el entusiasmo permanente para encontrar la verdad allí donde se halle! ¡Otórgame el espíritu de resignación para aceptar mis limitaciones! ¡Dame, Espíritu de Dios, el coraje de luchar siempre sin miedo y sin abandono para cambiar lo que sale mal y para transformar lo que debe ser cambiado! ¡Otórgame, Espíritu de bondad, de la lucidez necesaria para encontrar siempre la verdad! ¡Dame, Espíritu de amor, la fortaleza para no acomodarme en lo fácil y preferir lo difícil! ¡Y dame, Espíritu divino, la valentía para luchar sin desmayo contra mis muchas apatías y desganas! ¡Ayúdame a derrotar la mediocridad que haya en mi vida y caminar hacia la santidad!

Escuchamos hoy el motete Insanae et vanae curae, Hob. XX:1/13c (Insanas y vanas preocupaciones) compuesto por Haydn en su oratorio «El retorno de Tobías»:

¡Cuánta belleza, amor y misericordia en el Creador!

Hay multitud de cosas y situaciones que uno no es capaz de ver, pero aunque no fijas la mirada en ellas se encuentran ahí. Por mucho que las miras te pasan desapercibidas. Me ocurre, tal vez, por mi falta de profundidad.
Cuando eso ocurre le pido al Señor que me ayude a observarlas, para ser capaz de ver aquello que mi realidad me impide ver. Uno siempre alardea de ser perceptible a todo lo que le envuelve pero si mira su interior comprende que no es así. Hay mucha ceguera en nuestra vida; para muchos asuntos trascendentales que nos envuelven somos auténticos invidentes.
¡Qué hermoso es cuando escarbas en tu interior para hallar aquella palabra que recree tu estado de ánimo real, cuando elevas tu oración al Padre, cuanto tu oración se impregna de realismo y de sinceridad porque lo único que anhelas es hacer la voluntad de Dios!
¡Qué hermoso cuando tus ojos traslucen verdad y te permiten ver con nitidez lo que anida tu corazón para, desde la objetividad, cambiar aquello que debe ser transformado del interior!
¡Qué hermoso cuando te pones en manos de Jesús y dejas que su misericordia actúe en Ti, que toque la puerta del corazón para permitirle entrar, para dar luz donde hay oscuridad, para ordenar aquello que está descolocado, para dar profundidad a lo que realmente es importante, para dar sentido a lo que tantas veces nos aparta de la verdad!
¡Qué hermoso es ser consciente de la hermosura de la vida, con sus amagos lógicos; el comprender que en lo pequeño está lo grande, que en las cosas aparentemente feas también hay grandes dosis de hermosura, que hay cosas que parecen yermas pero pueden dar abundante fruto!
¡Pero lo más hermoso, que tantas veces nos pasa desapercibido, es que hay gran belleza, amor y misericordia en el Creador! ¡Basta abrir los ojos y el corazón para poderlo ver!

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¡Señor, ayúdame a tener siempre la mirada atenta, el corazón presto, la mente abierta, el alma limpia para acercarme a Ti y ser capaz de ver todo lo que sucede a mi alrededor! ¡Concédeme, Señor, la gracia de ver siempre la luz para no caminar a oscuras, para comprender siempre tu voluntad, para valorar cada situación de mi vida, para aprender a vivir con alegría, para no dejarme vencer por el decaimiento, para crecer a tu lado, para esperar siempre ese milagro que tienes preparado para mi, para ser siempre agradecido con lo que recibo de tu mano o por medio tuyo de los demás! ¡Llena, Señor, mi corazón de amor para ser capaz de transmitirlo a los demás, para llevar alegría al mundo, para ser testimonio de tu verdad! ¡Te doy gracias, Señor, por la maravilla de la vida que, aunque esté impregnada a veces de dificultades y sufrimientos, es un regalo que viene de Ti! ¡Gracias, Señor, por la alegría de vivir, por darme la oportunidad de embellecer cada momento de mi existencia con tu presencia, la presencia de los que quiero y las cosas maravillosas que puede contemplar y vivir! ¡Gracias, Señor, por el milagro de la vida, de la esperanza, de la confianza ciega que tengo depositada en Ti! ¡Gracias, Señor, porque me das la libertad de equivocarme y rectificar, de corregir mi vida, de caminar hacia Ti! ¡Gracias, Señor, por tu misericordia y por tu amor!

Bendita tu luz, cantamos con Maná y Juan Luis Guerra:

Caminar en la verdad

Caminar en la verdad. Es la categoría fundamental, el criterio sobre el que se basa en la autenticidad en el pensar, en el actuar, en el sentir y en el querer.
Pasar la vida según el criterio de tratar de decir siempre y en todo la verdad. El ejemplo es Cristo. El vino al mundo para testimoniar la verdad pues Él mismo es la verdad. No hay que tener miedo. Hay que andar en verdad delante de Dios, de los demás y de uno mismo, marchando con la conciencia limpia, pidiéndole al Espíritu Santo que ante la flaqueza de la mentira cambie el corazón.
Y aunque Dios comprende nuestras flaquezas, nuestras fatigas y nuestras oscuridades Dios sabe que el hombre tiene la tentación al mal por muchas gracias que tenga por eso solo con la verdad uno es auténticamente libre y fuerte.
Y entonces te preguntas: ¿cuántas veces he preferido el éxito a la verdad, la reputación personal a la justicia, el objetivo a respetar los límites, el ceder a la tentación al cumplimiento de la voluntad de Dios?

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¡Señor, tu conoces mi vida, mis sentimientos, mi corazón; tu sabes que necesito un corazón abierto a tu gracia, a otras maneras de actuar, sentir y pensar; sabes que necesito un corazón que esté principalmente abierto a la Verdad! ¡No permitas que mi corazón se centre solo en mi verdad sino sólo y exclusivamente en la única Verdad que es la que Tú nos has revelado! ¡No permitas, Señor, que me instale en la comodidad de mi vida, en mis costumbres anquilosadas, en mis formas de pensar tantas veces equivocadas, a mi manera de vivir desviada del camino! ¡Envía, Señor, tu Santo Espíritu para que ilumine con su gracia la oscuridad que haya en mi! ¡Concédeme, Señor, la gracia de caminar bajo la lámpara de tu luz para que las tinieblas interiores no coarten la verdad de mi vida y me permita caminar a la luz de la verdad y la autenticidad! ¡Concédeme la gracia, Señor, de que tu Santo Espíritu me indique el camino a seguir y me otorgue la santa paciencia para aprender a esperar, sentir y escuchar! ¡Ayúdame a ir siempre con la verdad cierta y no permitas, Señor, que nada ni nadie me aparte del camino correcto! ¡Hazme comprender, Señor, que los tiempos cambian, la sociedad tiene otros valores, pero Tu Verdad prevalece; no permitas que me acomode a la realidad de los tiempos más al contrario concédeme la gracia de que la Verdad crezca en mi interior! ¡Hazme, Señor, apóstol de la verdad en todos los ambientes y envía sobre mi tu Santo Espíritu para que elimine de mi vida todas aquellas máscaras que puedan envolver mi corazón! ¡Ven a mi, luz de verdad, santificador de la verdad, ven a mi alma y quema el corazón con el fuego de tu amor y ayúdame a que la verdad impere siempre en mi! ¡Lo que soy te lo doy, hazme mejor Espíritu de Dios!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡Señora, Madre de la Esperanza, que caminaste siempre en la verdad llevando a Cristo en el corazón, haz que la verdad prevalezca en mi corazón!

Caminar en la verdad, cantamos hoy:

La verdad os hará libres

Por razones profesionales me encuentro en el norte de Irán. El traductor persa que me han asignado es un hombre profundamente religioso. Aprovecha cualquier ocasión para convencerme de las bondades del chiismo, una de las principales ramas del Islam en Irán. Ayer, durante la cena, bastante opípara, debido a que durante el día practica la abstinencia por el ramadán, me dice que la frase más importante para él del Corán es aquella que dice que «quien someta su voluntad a Allah y siga el camino recto, obtendrá la recompensa del Señor». Acto seguido me reta a que elija una frase de los Evangelios. Inmediatamente le respondo: «la verdad os hará libres».
La libertad es el gran regalo del amor de Dios porque es imposible la libertad si no existe la verdad. Y para mí la verdad es Cristo.
Vivimos en una época marcada profundamente por el relativismo que destruye la libertad del hombre y trata de convertir en cenizas la verdad revelada.
El mundo no solo vive una crisis de valores. Vive profundamente una crisis de la verdad por eso el relativismo y las falsas ideologías morales se van imponiendo en la sociedad.
Apartado el amor, aquellos principios —mandamientos, bienaventuranzas, virtudes…— empiezan a desapegarse del corazón del hombre que acepta que no haya una sola verdad sino un cúmulo de verdades, la mayoría de ellas relativas. Hoy, en tantos, la verdad es su verdad. La verdad es lo que esa persona piensa. La verdad es lo que tiene valor para ella. La verdad es el acomodo del libre pensamiento. Y, así, con tantas verdades que rechazan la auténtica Verdad las sociedades se secularizan destruyendo valores fundamentales como el amor, la familia, el respeto, la política, la economía, la vida social… Sin verdad todo es arbitrario porque ese principio introducido por Dios que distingue  el bien del mal desaparece hecho añicos por el positivismo imperante. Sin brújula el hombre está perdido porque donde no hay verdad se sienta la mentira. Donde no hay verdad se menoscaban los fundamentos éticos. Donde no hay verdad ya no prevalecen los principios del orden creado por Dios.
Cuando pienso que «la verdad os hará libres» es porque tengo el firme compromiso de convertirme en testigo auténtico de la verdad que reside en alguien que lleva en sus manos y sus pies los signos de la Cruz. El único en la historia de la humanidad que libremente decidió morir por la salvación del hombre. Y eso sí que es la gran verdad que debe ser anunciada y revelada.

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¡Señor, ayúdame a librarme de las ataduras del mal, de la mentira, de la hipocresía, de la falsedad, de adaptar la verdad auténtica a las circunstancias cambiantes de mi vida! ¡No permitas, Señor, dejarme llevar por el relativismo moral, por las falsas ideolatrías, por la comodidad que ofrece habitualmente el mundo! ¡Hazme, Señor, un cristiano que ame la libertad auténtica que viene de Ti y está inspirada por la gracia del Espíritu! ¡Hazme como tu Madre, Señor, asiento de la sabiduría, libre en sus elecciones, centrada en cumplir la voluntad del Padre, que sea Ella la que me ayude a vivir según tus enseñanzas, vigilante siempre para cumplir la voluntad de Dios, con la esperanza renovada, sin temor ni miedo al qué dirán o como me juzgarán por defender la verdad, con una fe firme comprometida con la verdad y con un corazón abierto que ame por encima de todo el espíritu de la verdad! ¡Espíritu de Dios, que eres el Espíritu de la verdad, ven a mi vida y a mi corazón y concédeme el discernimiento para no abrazar el mal y acoger siempre el bien!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡María, que la autenticidad de tu vida sea un estímulo para mi crecer como cristiano!

La verdad os hará libres, cantamos hoy:

¿Cuál es la verdad? Qué Dios nos ama

Cuando cada día rezas con el Padre Nuestro, la oración que Jesús nos legó, hacemos la siguiente petición: «Hágase tu voluntad». Te preguntas entonces: ¿Cuál es la voluntad de Dios? Lo he leído hoy en la carta de san Pablo a Timoteo: Dios «quiere que todos los hombres se salven y alcancen la verdad». ¡Esta breve frase es el compendio de toda la Biblia!
Pero, ¿cuál es la salvación que Él desea? Y, ¿cuál es la verdad? La verdad —incuestionable— es que Dios nos ama y quiere llenarnos de este amor. Ser salvo es conocer esta verdad, es decir, vivir en ella, dejarse amar y llenar por Dios, aprender a entrar en esta relación de amor con Dios. Hacerlo con nuestra razón e inteligencia pero, sobre todo, con nuestro corazón y nuestro cuerpo.
Para entrar en esta relación de amor con Dios, hay tres dimensiones ineludibles. El conocimiento que comporta el encuentro con Jesús, el único mediador entre Dios y los hombres. Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, dio su vida por amor a nosotros. Jesús pagó con su vida para nos alimentemos del amor de Dios. Aprender a conocer y amar a Jesús es esencial para conocer la verdad y hacer la voluntad de Dios.
La segunda dimensión es la oración. Pedir, orar, interceder y dar gracias no por nuestro pequeño bienestar o interés personal, sino por los demás. El objetivo es que la humanidad viva en paz para vivir la voluntad de Dios y conocer la verdad de su amor. Esta oración hace que todo nuestro cuerpo viva, alzando nuestras manos con actitud de alabanza, de abandono…
La tercera dimensión es la de la caridad, del servicio, dimensión esencial de la Iglesia. Nos han dado bienes. Estos no son solo para nuestra comodidad personal. Nos son dados para que podamos beneficiar a otros y especialmente a los más pobres … ¡son ellos los que nos darán la bienvenida al Reino de Dios en la noche de nuestras vidas!
Al aprender a vivir todo esto, sin importar lo que uno es, descubriremos el amor de Dios. Descubriremos la profundidad, la grandeza de la única verdad que es que Dios nos ama en cada momento de nuestras vidas y que este amor es nuestra salvación.

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¡Gracias, Dios mío, porque me es fácil reconocer cuantos nos amas! ¡Puede comprender, Padre bueno, cómo no muestras cada día tu amor por medio de las cosas que me suceden y con encuentro con el prójimo!  ¡Siento tu amor, Padre Dios,  en tu misericordia infinita y en tu perdón constante que derramas sobre mi corazón mientras trato de avanzar en mi caminar tantas veces cansino! ¡Gracias, Padre, porque me pones vidas de tantas gentes que han amado como ejemplo de tu amor, del ejemplo de esfuerzos de tantos que me sirven de estímulo para darme a los demás para ser más amoroso, caritativo y entregado! ¡Gracias, Padre, por las oportunidades que me ofreces para amar como amas Tu, para servir como sirvió Jesús, para trabajar como hizo la santa familia de Nazaret, para alcanzar tus bendiciones que tu voluntad tiene preparada para mi! ¡Gracias, buen Dios, porque tu Palabra se cumple por medio de Jesús! ¡Gracias por tu amor infinito que reconozco en la oración de cada día y en la presencia de Tu Hijo en el partir el pan en la Eucaristía cotidiana! ¡Gracias porque puede anunciar a quienes me rodean que eres un Dios de bondad, que no solo me has regalado la vida sino que me has dado talentos y virtudes para llenar mi vida y la del prójimo de bendiciones, de servicio, de entrega, de generosidad, de caridad y de amor! ¡Te doy gracias, Padre, por la vida, por mi familia, por mi hogar, por mis amigos, por todo lo que tengo y obtengo cada día que es fruto de tu voluntad de Padre que ama! ¡Pongo en tus manos, buen Dios, la humanidad entera porque necesitamos de Ti, especialmente derrama tu amor en los que sufren! ¡Envía, Padre, tu Santo Espíritu para que nos guíe en el camino correcto y nos de la luz que necesitamos para comprender tanto amor que viene de Ti! ¡Padre, que se haga siempre mi voluntad en Ti!

Dios me ama, algo sencillo de cantar:

¿Qué me transmite hoy la escena de la Anunciación?

Lo que a lo largo de los siglos ha provocado admiración y fervor espiritual por el arte cristiano hoy no evoca absolutamente nada a la mayoría de nuestros contemporáneos debido a que la cultura postcristiana carece de profundidad espiritual. Hoy celebramos la Solemnidad de la Anunciación del Señor y el arte nos ha dejado bellísimos cuadros que presentan a una joven profundamente conmovida inclinándose ante un ángel para recibir el mensaje de Dios. Estas hermosas imágenes me invitan a una reflexión: ¿Qué me transmite hoy la escena de la Anunciación? ¿A que me invita este poema del amor de Dios, esta pieza armoniosa de la bondad divina?
En primer lugar a creer. A cuestionarme mi propia fe, a tratar de no convertirme en un creyente ingenuo que dude ante la búsqueda de la verdad. A tener una fe alegre, confiada, aceptándolo todo sin preguntar el por qué, una fe que me permita abordar todas las preguntas con el corazón abierto, sin tener miedo a abrirme a la voluntad de Dios. Acaso no preguntó María: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?», respuesta que le permitió al ángel reforzar el misterio divino: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra… porque para Dios nada hay imposible». ¡Para Dios no hay nada imposible! Y ese imposible se puede hacer real en mi propia vida si acudo con fe a Él.
En segundo lugar que la Anunciación transmite algo totalmente novedoso que sucede en Jesucristo, que hace no más de una semana ¡ha resucitado y vive en nuestro corazón! Que lo más extraordinario, lo más maravilloso, lo más excepcional, es que esta fecundidad espiritual íntima y personal está llamada a ser compartida, a multiplicarse. Porque al igual que la Resurrección es un ¡aleluya! que hay que anunciar la Anunciación es la celebración del amor de Dios que hay que expandir. Un misterio que exige humildad y me invita a decir sí a la voluntad del Señor.
En tercer lugar que este evento me desafía a abrirme a la acción transformadora del Espíritu Creador que me convierte en un nuevo ser que me hace uno con él, y me llena de su vida. Y me invita, con exquisita cortesía, a que de mi consentimiento para que entre en mi corazón con el fin de acoger en mi interior la Palabra de Dios para estar en condiciones de responder a su amor y abrirme al amor por el prójimo.
Y, finalmente, a imitar el recogimiento de María. El activismo me lleva con relativa frecuencia a moverme continuamente y tantas veces me impide escuchar el silencio desde el cual el Señor quiere comunicarme su voluntad. En la Anunciación, la Virgen me muestra la importancia del recogimiento, la apertura del corazón para estar disponible a la escucha de los susurros de Dios.
Hoy la Iglesia celebra la Encarnación del Verbo. Y en el centro de esta gran solemnidad está María que me dice: mira al mundo con mis ojos y así encontrarás a Jesús.

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¡Celebro hoy, Señor, con gran gozo la Solemnidad de tu Encarnación, el sí gozoso de Tu Madre que abrió su corazón a la llamada de Dios; concédeme la gracia de tener un corazón sencillo, humilde, recogido y amoroso como el de Ella! ¡Como Tu Madre, Señor, deseo con todo mi alma recibir Tu Santo Espíritu, llenarme de sus dones y de sus gracias para estar enteramente a tu servicio! ¡María, Madre, enséñame siempre a decir a la voluntad de Dios, que mi hágase sea para aceptar los planes que Dios tiene preparados para mí! ¡Entra en mi corazón, Señor, como entraste en las entrañas de Tu Santísima Madre! ¡Enséñame, María, a abrir el corazón a Jesús, Tu Hijo, para hacerme partícipe en su gran proyecto de amor, de salvación y de esperanza! ¡Enséñame, María a fiarme de la palabra del Padre, a responder esperanzado y confiado un hágase en mí según tu palabra! ¡Enséñame, María, a ser sencillo como lo fuiste Tu, a sentirme pequeño siempre como te sentías Tu, a ser dócil a la llamada de Dios como fuiste Tú porque en mi ánimo está, Señora, que Dios pueda hacer algo nuevo en mi vida, transformarla y renovarla! ¡Dios te Salve María, porque contigo la vida es renovación constante, es un levantarse continuo, es un resplandecer a la alegría, es un sentir permanente la ternura de Dios, es aprender a responder con libertad a Dios dándose por completo, es comprender que con Dios todo se hace nuevo! ¡Que no olvide de repartir con frecuencia que el Señor está contigo porque quiero estar siempre lleno del Espíritu Santo como lo estuviste Tu!

En este día dedicado a María, cantamos este cántico dedicada a Ella: