Acoger la gracia

Lo analizas bien y te das cuenta que Jesús y su séquito fueron siempre percibidos como transgresores de la Ley, como personas peligrosas que atentaban contra la propia identidad del Pueblo Elegido. Esta percepción pudo haber sido muy perturbadora para los buenos judíos piadosos y observadores de su tiempo.

Sin embargo, Jesús y sus discípulos no transgredieron directamente la Ley de Moisés a pesar de que les reprochaban que no respetaran algo que no estaba recogido en la Ley. ¿Qué lección puedo obtener de todo esto en mi vida cristiana?

Que debo recibir con mansedumbre la Palabra sembrada: esto es lo que me permite salvar mi alma. Poner en práctica la Palabra, no solo desde la escucha, sino desde la acción, con una conducta pura y sin mancha o lo que es lo mismo, sirviendo, amando, entregándome al otro en su aflicción.

Esta es la gran lección. No con el fin de ofrecer una lección de moral sino como un valor insuperable, infinitamente más importante que evitar sufrir uno mismo el mal que se hace a los demás.

La ley de Moisés hizo que la humanidad diera un paso inmenso, pero lo que Jesús nos enseña no es inmenso,… es infinito. No enseña que en las profundidades del ser, desde dentro del corazón, cada uno debe evaluar su práctica religiosa de una manera totalmente nueva: no ante su propia conciencia, no ante los ojos de los demás, sino ante Dios, el Padre que nos ama.

Descubrir y aceptar que solo Dios puede convertirnos en seres puros es vivir en clave cristiana. El problema no es permitirse un gran ascetismo para volverse puro; sino aceptar dejarse purificar por Aquel que toma sobre sí el pecado del mundo.

Y Jesús sabe muy bien lo que está diciendo cuando nos invita a poner en sus manos todo el peso del pecado que habita en nosotros. Jesús sabe perfectamente lo que puede habitar un corazón humano: mala conducta, robo, asesinato, adulterio, codicia, maldad, fraude, libertinaje, envidia, difamación, orgullo, excesos. ¡Menuda lista! Te imaginas leyendo el periódico en el desayuno o escuchando las noticias de la radio. ¡Qué formidable peligro encierra un corazón humano! Jesús no es ingenuo, lo sabe bien. Ya nos advirtió que todo este mal viene de dentro y hace al hombre impuro. Y, sin embargo, no desespera por salvarnos. Jesús cree en el poder del amor. Cree que su amor por nosotros, hecho visible en la Cruz, puede salvar al mundo de este océano de impureza, estupidez y maldad.

Este es el resumen de nuestra fe. ¡Qué importante acoger esta gracia! Este el gran trabajo como cristiano: acoger la gracia; aceptar ser salvo de manera gratuita.

Y entonces me acuerdo de esta hermosa asombrosa frase de la Carta de Santiago que nos invita a recibir dulcemente la Palabra sembrada en nuestro corazón; es ella quien puede salvar nuestra almas. 

¡Señor, hay mucho ruido y demasiados voces a mi alrededor, demasiado activismo, exceso de estrés y de conformar mis necesidades, en busca de la intimidad personal para que la eficacia de mi servicio, de mi entrega, de mi darme esté presidido por un amor comprometido de verdad! ¡Ayúdame a acoger en mi ser y en mi corazón el sentido de tu Palabra, de tu Buena Nueva, para acoger lo bello que hay en ella, la verdad, la eficacia del amor, el sentido del darse, del aprender a participar de tu misma vida! ¡Concédeme la gracia, Señor, de que tu Palabra se haga presencia viva en mi propia vida! ¡Por eso, Señor, te ofrezco mi fragilidad, mi pequeñez, la pobreza de mi corazón que se quiere abrir cada día a Ti! ¡Te pido, Señor, que siembres en mi corazón tu Palabra de vida, de amor, de fe, de esperanza y acude a Ti para que envíes a tu Santo Espíritu con el fin de que la haga fecunda cada instante de mi vida porque Tu Palabra me da vida, me ayuda a afrontar los problemas y las dificultades, a seguir siempre hacia delante, me permite orar, meditar, acogerla en el corazón, suaviza mis penas y mis dolores, me reconforta cuando sufro, me ayuda a tomar decisiones y a aprender a discernir con sentido crítico! ¡Concédeme, Señor, la gracia de acudir siempre a tu Palabra para verme reflejada en ella y poder descubrirte en cada frase y con el corazón abierto tener un encuentro amoroso contigo!

En este mes de septiembre que hoy iniciamos nos unimos a la intención de oración universal del Santo Padre: Recemos para que los recursos del planeta no sean saqueados, sino que se compartan de manera justa y respetuosa.

Tomar la palabra

Creo en las personas y en su palabra. Creo como creo en la Palabra de Cristo. No me hace falta nada más. Confiar en la palabra de alguien es la mejor prueba de amor y confianza que cualquiera puede dar; confiar en la palabra del otro es, también, la mejor prueba de amor y confianza que podemos manifestar a nuestro prójimo. Pero sabemos lo difícil que es tomar la palabra, simplemente porque en los tiempos actuales la palabra se ha devaluado, ha quedado muchas veces vacía de contenido, ha perdido lo que debería haber sido su fuerza: su capacidad para actuar.

Tomar la palabra a alguien implica dos cosas: una gran confianza en la persona que nos habla; así la palabra viene antes del signo, antes de la prueba. Pero el problema que tenemos muy a menudo es que los signos, los prodigios y las pruebas son más importantes que las palabras. Creemos en los signos más que en la palabra, creemos más en lo que la persona nos da, en lo que trae, que en la persona misma. Y como consecuencia a esa persona le damos la espalda el día que no nos aporta nada, no nos ofrece nada… Y el otro, por su parte, vive con temor, pensando en el día en que ya no podrá ofrecer, dar, producir. Esto hace que nuestras amistades, nuestros amores e, incluso, nuestra relación con Dios sea con frecuencia frágil, estresante, privativa de esa alegría que trae la felicidad.

Esta situación nos impide vivir en libertad, como esclavos de los signos. Primero porque hay quien piensa que para existir uno debe mostrar algo, hacer algo, mostrar signos,  «comprar» la confianza, el amor o la consideración del otro. Están también aquellos que «compran» esa confianza, ese amor por las señales, las maravillas y los beneficios que reciben.

Jesús nos invita a ser hombres y mujeres libres. La vida cristiana, la vida de fe, es una experiencia de libertad. Es la frase capital que dirige a santo Tomás: «Felices los que crean sin haber visto». Es una forma de decirnos que solo podemos ser felices en una relación si ponemos a la persona antes que a los intereses personales. Y que las relaciones más bellas, más gratificantes, las que duran son las que están desprovistas de cualquier exigencia. En este día, le pido al Señor purifique siempre mis relaciones para que no estén marcadas por la impaciencia, el interés o los signos sino por el amor, la confianza y la entrega. 

¡Señor, elevo mi oración hacia Ti, abro mi corazón a tu presencia, abro mi mente a tu voluntad porque quiero servirte siempre haciendo el bien y pareciéndome a Ti! ¡Concédeme, Señor, la gracia de hacer frente con alegría y voluntad a todo cuanto me ocurra! ¡No permitas, Señor, que me entre la tristeza, al desazón y el descorazonamiento! ¡Envía tu Espíritu sobre mi, Señor, para que me otorgue la sabiduría de vivir entregado a los demás y sostener sus corazones! ¡Ayúdame, Señor, a no perderte nunca de vista, a tenerte como referente, a no permitir que me acostumbre a verte crucificado! ¡Señor, abro mi corazón hacia Ti y te confío mi vida, mis esperanzas, mis dificultades, mis capacidades, mis debilidades, mi ideales, mis principios, mis pensamientos… trato de hacer las cosas de la mejor manera que sé pero necesito de tu presencia para ser cada día mejor! ¡Ayúdame a que en todo lo que haga prevalezca siempre el bien!

¡Soy un intolerante!

¡Qué importante diferenciar en la vida entre tolerancia y misericordia! La misericordia, que surge del corazón, se otorga al ser humano; la tolerancia se otorga a lo que esa persona hace o como se comporta. La verdadera tolerancia presupone respetar lo que para los demás puede considerarse sagrado como son sus ideas, sus opiniones, sus creencias, sus diferencias, su diversidad, sus intereses, su manera de obrar. Sin embargo, yo me considero alguien intolerante… ¡Intolerante ante el mal! Intolerante ante los comportamientos negativos que limitan la libertad, la justicia, la caridad y los valores morales intrínsecos del ser humano. Intolerante ante la injusticia.

Me considero intolerante ante el libertinaje social, ante el individualismo imperante, ante la dictadura del relativismo que se está imponiendo en el mundo para destruirlo, ante los abusos contra los derechos de los seres humanos y, especialmente, de tantos perseguidos por su fe… No me considero superior a nadie, más al contrario, me considero el primero de los pecadores. Pero soy intolerante porque bajo ningún concepto puedo ser tolerante con el aborto y la eutanasia que cercena la vida humana y es contrario a la ley moral, con que se denomine matrimonio a la unión entre personas del mismo sexo porque desvirtúa el valor sagrado de la unión entre el hombre y la mujer, con el terrorismo que abate vidas por imponer unos principios políticos o ideológicos, con la violencia de género que denigra la dignidad de la persona que la sufre, con las violaciones a las mujeres porque menoscaban su dignidad y su integridad como persona, con el ataque a la libertad religiosa que es un elemento esencial del estado de derecho, con la corrupción que corrompe el estado y las instituciones, con las mentiras de la clase política, con la prostitución, con el primar el beneficio en perjuicio del trabajo, con las desigualdades sociales, con el menosprecio al medio ambiente… No, puedo ser tolerante ante todas estas situaciones y tantas otras que harían interminable la lista. La rigidez de mi intolerancia se dirige contra el pecado y contra el mal que este provoca; sin embargo, soy tolerante con quien comete ese pecado y provoca ese mal. Rechazo el mal pero perdono a la persona pues trato de ser misericordioso y compasivo con quienes realizan esos comportamientos negativos.

Por eso trato de abrir mi corazón cada día en la oración y al analizar mi interior, al profundizar lo que soy, cuando trato de conocerme a mi mismo, intento dilucidar y distinguir lo que está bien de lo que está mal. Y quiero desecharlo de mi corazón, arrancarlo de mi alma, hacer un condena explícita en mi propio ser. Y con ello trato de aprender a distinguir esta realidad en los que me rodean. Y tratar de ser capaz de dar la medida correcta. No me resigno a buscar siempre la verdad, a distinguir entre el bien y el mal porque tengo necesidad de alcanzar siempre la verdad. Mi intolerancia se dirige hacia el mal porque quiero que el bien se imponga en el mundo en el que vivo, en el entorno en el que me muevo, en los corazones de los que quiero. 

Todos somos iguales. Con la tolerancia respeto las ideas ajenas pero no puedo permitir que me impongan un relativismo que coarte mi libertad como ser humano y como cristiano; con la misericordia sé que como todos somos únicos e irrepetibles y eso me permite crear un mundo en el que prime el amor. 

¡Señor, pon en mi vida trazos de misericordia para perdonar y entender a los que sufren! ¡Señor, dame por medio de tu Santo Espíritu entrañas de misericordia para que enfrente todo aquello que abusa de la dignidad humana! ¡Hazme consciente de mis limitaciones, Señor, para crecer en bondad, generosidad y amor! ¡Frente al mal, Señor, no permitas que de pasos hacia atrás! ¡Por medio de tu Santo Espíritu, Señor, inspírame siempre lo que debo decir y como decirlo, como actuar en cada ocasión, inspírame los gestos y las palabras adecuadas frente al que se equivoca tanto como yo! ¡Ayúdame a estar siempre disponible para ayudar al que se siente humillado, explotado, utilizado, deprimido, despreciado…! ¡Ayúdame a contraponer el mal para convertirlo en bien, para denunciar con valentía las injusticias morales de este mundo, para que en el mundo primer la verdad, la libertad, la justicia, el amor, la paz, la verdad como tu nos has enseñado! ¡Señor, cada día te busco en mi caminar cotidiano pero necesito que por medio de tu Santo Espíritu me ayudes a discernir los signos de los tiempos; te pido que me ayudes a crecer en fidelidad al Evangelio y no dejarme llevar por el relativismo de este mundo que cada día te niega más y quiere apartar la Verdad de los corazones humanos! ¡Hazme, Señor, discípulo de tu amor y siempre una persona que busque la paz, la justicia, el perdón y la reconciliación!

Crear cada día eternidad

El día a día de nuestra vida no es más que una sucesión de pequeños actos, de gestos íntimos, de actitudes con mayor o menor hondura que, puestos en la perspectiva de Dios, van labrando de una manera hermosa nuestra eternidad.

Cuando contemplas una estatua de Miguel Ángel, de Botero o de Clará o te deleitas con la visión de una obra de Veermer, Monet o Antonio López vislumbras la belleza labrada por el golpe minucioso de un cincel o el trazo fino de un pincel. Eso es lo que otorga a la obra de arte su valor material. Pero el auténtico valor, el que lo hace diferente y trascendente, es el sentir del artista, es como ha barruntado aquella pieza y como sus manos han dado trazo a la idea que surgía de su interior. Terminada la obra el artista ha dejado una pieza para la eternidad. Así es también nuestra vida; el ser humano crea eternidad con cada uno de sus gestos, de sus actitudes, de sus actos. Es lo que nos otorga un valor supremo, determinante, sobresaliente. Con cada segundo de nuestra existencia construimos nuestro reino. Así creamos los hombres lo definitivo por eso debo esforzarse en que todo lo que haga, por muy insignificante que sea, tenga visos de eternidad. Eso es lo que constituye, sin lugar a dudas, la grandeza del ser humano. Mi grandeza y mi hondura humana y espiritual. 

¡Padre bueno y misericordioso, abro hoy mi corazón y elevo con humildad y sencillez mi mirada al cielo! ¡Te pido que me concedas la gracia de no dejarme vencer por las seducciones de este mundo y ayúdame a tener un sentido trascendente de la vida! ¡No me pides que haga grandes cosas, solo quieres que lo haga, que cada gesto, que cada acción, que cada actitud mía este impregnada de mucho amor! ¡Ayúdame a no lamentarme de mis flaqueas o de mi poca capacidad sino dame la fuerza para luchar y tratar de hacer siempre las cosas bien, con cariño, amor y humildad! ¡Concédeme la gracia de seguir cada día de manera fiel y coherente los pasos de tu Hijo, ser capaz de interiorizar y vivir su Palabra, dar sentido en lo cotidiano de mi vida a su Evangelio! ¡Cuando miro a mi alrededor, Señor, solo observo la pequeñez de las pequeñas cosas; ayúdame a que cada minuto de mi vida mi alma esté entregada a Ti y a través tuyo impregne de tu presencia a todo lo que hago y a todos con los que me relaciono! ¡Ayúdame a amar a los demás con obras pequeñas y sencillas! ¡Ayúdame a amarte poniendo mucha perfección en todo lo que hago y que cada gesto, actitud y trabajo esté pensado para la eternidad! ¡Ayúdame, por medio de tu Santo Espíritu, a ver mi vida como un camino de santificación y de servicio al prójimo! ¡Que no olvide, Señor, que tengo el gran privilegio de hacer de mi vida un sucesión de gestos íntimos que, unidos a Ti, construyan mi camino hacia la eternidad!

Estar entre los elegidos de Cristo

La segunda venida de Cristo se producirá en el momento en que esté en los planes de Dios. Es la promesa de Cristo. Y quiero que me coja preparado. Hacerlo con el corazón abierto a su gracia. Con la humildad suficiente, con la manos rebosantes de esfuerzos, de sacrifico, de entrega hacia el prójimo, de paciencia, lleno de escucha al que lo necesita, de atención al que lo reclame, siendo capaz de comprender al que ahora no comprendo, soportando lo que me corresponda, sabiendo llevar las cruces cotidianas pero sobre todo y, por encima de todo, amando. Con un amor pleno a la mesura de Cristo. Con mi debe y haber bien cuadrados. Habiendo dado lo mejor de mi mismo a los demás, habiendo abierto mi corazón a los que lo necesitan, a los que claman misericordia, justicia y amor.

Pero como soy quebradizo, frágil e inconsistente me embarga cierto temor por no dar la talla, por fallar en lo esencial que es el amar con la medida de Cristo; de no estar a la altura de la Buena Nueva que se predica en el Evangelio, de no tener la fortaleza y el coraje para ser lo que Dios quiere de mi, por no tener la fuerza de voluntad para hacer lo que corresponde, de caer en la tibieza de las debilidades humanas, de perseverar en la fe, en la oración, en la vida de sacramentos, de no ser capaz de darme con el corazón abierto. 

Mi vida no tiene sentido sin una entrega real a la buena nueva del Evangelio. Por eso, no puedo más que suplicar al  Señor que envíe cada día sobre mi al Espíritu Santo para que me otorgue la gracia de tener un corazón abierto a su misericordia, un corazón siempre agradecido, un corazón generoso, un corazón desprendido, un corazón que busque la felicidad, un corazón que rechace el pecado, un corazón que ame, un corazón que se abra al servicio humilde y generoso, un corazón que se asemeje al de Cristo para que Él viva en mi. Es una petición sincera pero no es posible llevar el apellido de cristiano si no me aplico en mi vida la máxima fundamental de la vida cristiana: amarás a Dios con todo tu corazón, con todas tus fuerzas y con toda tu alma y al prójimo como a ti mismo.

Anhelo estar entre los elegidos de Cristo y nada me tiene que separar de este hermosísimo deseo.

¡Señor, abro mi corazón de par en par y me pongo en tu presencia te pido para que abras los ojos de la mente y los oídos del corazón y me hagas un cristiano bueno, fiel, servicial y amoros para que, escuchando tus palabras de amor, las haga vida en mi vida! ¡Señor, soy consciente de la infinidad de veces que me alejo de Ti, que mi forma de actuar no es coherente con tu Evangelio, que no te amo sobre todas las cosas, que las cosas del mundo me vencen y me distraen y no soy capaz de darlo todo por Ti ni por el prójimo! ¡Envía, Señor, tu Santo Espíritu sobre mi para que me otorgues la fuerza de perseverar siempre y para que renovado por tu perdón camine con paso firme hacia la santidad! ¡Concédeme, Señor, la Gracia de servir al prójimo con mucho amor y convierte mi corazón para que desde el desprendimiento, la generosidad, la humildad y la entrega todos sientas tu presencia en mi corazón! ¡Te pido, Señor, que aunque me aparte del camino salgas cada día a mi encuentro y me muestres el camino del amor! ¡No permitas, Señor, que mis egoísmos y mi soberbia me elejen de ti porque quiero seguirte y amarte con todas mis fuerzas y con todo mi corazón! ¡Concédeme, Señor, el vivir plenamente el amor con mi prójimo, amándolo como Tú me amas a mí! ¡Espíritu Santo, alma de mi alma, ilumíname, fortifícame, guíame, consuélame y en cuanto corresponde al plan eterno Padre Dios revélame tus deseos, dame a conocer lo que el Amor eterno desea en mí, lo que debo realizar y sufrir y dame a conocer lo que con silenciosa modestia y en oración, debo aceptar, cargar y soportar!

Contra la falsedad, mucho Espíritu Santo

Cada año en este día se celebra la Jornada Mundial contra la Falsificación y la Piratería, iniciativa fundada en 1988 por el Grupo Mundial de Lucha contra la Falsificación para dar a conocer los daños causados por la violación de la propiedad intelectual, la suplantación de identidad y las amenazas a la privacidad y la reputación online. No es un tema baladí porque encabezan el ranking de violaciones en Internet.
He pensado: ¡que apropiada sería esta jornada vivirla cada día a la luz del Espíritu cuando tantas veces suplantamos nuestra autenticidad para quedar bien, amenazamos la reputación del otro con juicios ajenos y violamos su propiedad intelectual cuando menospreciamos sus valores y socavamos su dignidad!
Las personas, y especialmente los cristianos, somos muchas veces falsos cristos, faltos apóstoles, falsos discípulos, falsos hermanos, falsos cristianos porque nos falta la autenticidad y la verdad en nuestros gestos, palabras, acciones y pensamientos.
El mejor antídoto contra la falsificación de la propia vida como cristianos es recibir la fuerza del Espíritu Santo.
No somos conscientes de que nuestras acciones perjudican el proyecto de Dios, que nuestra falta de caridad y de amor, de ir a la nuestra no andan al proyecto de Dios. Es el Espíritu Santo con sus siete dones el que te otorga la sabiduría para acercarte a la voluntad divina.
Contra nuestra incapacidad para orientar nuestra vida hacia el bien, para tomar las decisiones correctas, para discernir las sendas de las bondad, para distinguir entre lo bueno y lo malo, el don de Consejo.
Contra el juzgar el prójimo, el compararse con él, para el vivir en la soberbia de creerse mejor a todos, al llevar una vida autosuficiente, para aprender a escrutar en la verdad de Dios, para iluminar nuestra vida con las verdades divinas, para abrir nuestro corazón a la verdad y no el pecado, el don de Entendimiento.
Contra la tendencia natural a confundir lo aparente de lo verdadero y ser consciente siempre de cuáles son los pensamientos de Dios para con nosotros, el don de Ciencia.
Contra la tendencia a falsificar nuestra realidad por intereses tacticistas frente a los demás y para estar abierto a la voluntad de Dios en nuestra vida, tratando de obrar, actuar y servir como lo haría el mismo Cristo, llevando a su vez una vida de oración con el corazón abierto, el don de Piedad.
Contra la mentira para hacer creer a los otros lo que no somos o simplemente para contentarlos, para salir del paso, para evitarse conflictos o problemas o para huir de la realidad; para ser valientes y afrontar la realidad de la vida, los problemas y las circunstancias adversas, el don de Fortaleza.
Contra la actitud de enfrentarse al prójimo y no respetarle, a juzgarle y condenarle; al apartarse de los caminos del Señor y no cumplir su voluntad, el don de Temor de Dios.
En este Día Mundial contra la Falsificación y la Piratería, me pregunto: ¿qué falsedades hay en mi corazón que deben ser cambiadas y transformadas a la luz del Espíritu? ¿Soy consciente de que a la luz del Espíritu aborreceré la falsedad y caminaré a la luz de la verdad, de la libertad y de la autenticidad! ¡Hoy voy a celebrar esta jornada, pero lo haré a la luz de la invocación constante al Espíritu de Dios, el que todo lo impregna de verdad!

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¡Señor, que cada paso que yo dé, que cada palabra que pronuncie, que cada pensamiento que tenga, que cada gesto que realice, que cada acción que cometa esté siempre impregnada de veracidad y de amor! ¡Señor, toma mi mente, mi alma, mi corazón, mis sentimientos y mi voluntad y elimina de su interior todo aquello que no te agrada y límpialo de toda falsedad! ¡Padre, por medio de tu Santo Espíritu, toma el control de mi corazón y de mi alma, examíname siempre y guíame para que pueda caminar en el poder de tu Espíritu para convertirme siempre en una persona íntegra, digna de Ti! ¡Concédeme la gracia, Padre, a la luz del Espíritu Santo de buscar siempre lo que es justo y bueno y discernir siempre Tu voluntad! ¡No permitas, Padre, que haga el mal para obtener un bien, que siempre mis acciones con los demás estén presididas por la verdad, que actúe siempre en caridad, con respeto al prójimo y sin herir su conciencia y su persona porque eso es pecar contra Ti! ¡Envía Tu Espíritu Señor, para que me ayude a tener siempre una conciencia recta y veraz! ¡Ilumíname siempre, Señor, con Tu Palabra para que sea luz que guíe mis pasos! ¡Ayúdame, Señor, a asimilarla siempre a la luz de la fe y de la oración! ¡Señor, Tú conoces hasta el más recóndito rincón de mi corazón! ¡Ayúdame a ser cada día mejor!

Que mi vida se transforme en Palabra de Dios

El mundo está repleto de buenas intenciones, pero nos falta profundidad, ahondar en lo auténtico. Solo basta ver como hacemos uso de los móviles para chatear o cómo es el discurso y lenguaje de nuestros políticos, de nuestras conversaciones, etc.
Observo ahora mi interior, el plano individual y personal de mi vida y me cuestiono si, como fiel seguidor de Cristo y, por tanto, aspirante a la vida eterna, construyo mi vida sobre bases sólidas. Si lo solidifico todo en roca firme o me contento con mera palabrería sin poner en práctica la verdad del Evangelio. Si me tomo la molestia de volver a las fuentes primarias de una vida que sigue a Jesús para que mi vida se transforme en Palabra de Dios. Y podría proseguir con cuestiones como vivo respecto a mi familia, mi trabajo, mi ocio, mi servicio al prójimo, mi vida apostólica, por poner solo unos ejemplos.
Lo que tengo claro es que Jesús me invita a construir sobre bases sólidas. Y esta invitación resuena con más fuerza hoy en nuestra sociedad donde la Iglesia conoce contradicciones e, incluso, persecuciones. Hago mío el mensaje del No tengas miedo que nos legó Juan Pablo II y ensalzó el Papa emérito Benedicto XVI.
Pero, ¿cómo y dónde reconocer en qué lugar se encuentran los cimientos sólidos y duraderos de mi vida? Jesús nos dice que en el corazón, el árbol mismo de mi vida. «Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo y, a la inversa, no hay árbol malo que dé fruto bueno. Cada árbol se conoce por su fruto».
En otras palabras, debo mirar en mi interior. No solo mirar lo que hago, sino cultivar lo que soy para dar frutos.
De hecho, si quiero dar buenos y hermosos frutos, primero debo cuidar mi árbol interior, mi propio corazón.
¿No es frecuente creer que es necesario cultivar los frutos por uno mismo? Eso es absurdo. Cualquier jardinero dirá que son los árboles los que deben cuidarse. De hecho, los frutos son el resultado de la calidad, la bondad, la fuerza, la salud y la vitalidad del árbol. Es el árbol el que debo alimentar, proteger, podar, desgranar si lo que deseo es dar frutos abundantes.
Le pido al Espíritu Santo que me ayude a cultivar mi interior para que mi vida se transforme en Palabra de Dios. Que me ayude a prestar atención al ser, no solo al hacer. Que me haga amar más la Eucaristía, que solidifique mi fe, mi vida de oración, de servicio al prójimo, mi vida cristiana en general. Y que al nutrirme de su presencia y, sobre todo, del Cuerpo y la Sangre de Cristo, fortalezca mi corazón, mi ser humano y cristiano, que enderece lo que está torcido y que haga que en mi interior fructifiquen la semilla de amor para llevar una vida impregnada de santidad.

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¡Señor, envía tu Espíritu sobre mi corazón pobre para vivir muy unido a Ti y seguir tus mandamientos y para que mi vida se transforme en Palabra de Dios! ¡Señor, tu que me has dado la vida y la impregnas de tu amor y de tu misericordia, ayúdame a permanecer siempre unido a Ti para crecer en santidad y dar frutos abundantes! ¡Concédeme vivir unido a Ti con mis esfuerzos cotidianos, con mi vida de oración, con mi profesión de fe, con mi lucha por conseguir una sociedad mejor, con mi entrega por los demás! ¡Ayúdame a crecer en santidad, caminando contigo, compartiendo mi vida, mis bienes, mi esperanza, mis testimonio, mi fe a los demás! ¡Concédeme la gracia, Señor, de saber regar mi corazón con una vida de oración, recibiéndote cada día en la Comunión, despojándome de aquello que me aparta de Ti, sabiendo amar, no bajando los brazos y desalentándome cuando las cosas no me salen bien, cuidando mi interior, cuando vivo en fraternidad real con el prójimo que me necesita! ¡Que sea, Señor, tu Santo Espíritu el que me conduzca por los senderos de la vida, el que alimente y anime mi corazón, para dar abundantes frutos de amor, de paz, de misericordia, de perdón, de servicio, de generosidad, de paciencia y de felicidad! ¡Ayúdame, Señor, a ser auténtico discípulo tuyo y sea capaz de transmitir en mi vida la Buena Noticia de tu Evangelio porque quienes se acerquen a mi vean un corazón puro, generoso y servicial que refleje que Tu vives en mi interior! ¡Señor, haz que mi vida se transforme en Palabra de Dios!

Confieso a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo

Si hay algo que me sorprende de Cristo es que agudiza de manera permanente mi curiosidad. Entre muchas cosas, te habla de Aquel a quien llama su Padre. Te habla de Aquel a quien llama el Espíritu Santo. Te habla por y de sí mismo. Te hace saber que en el corazón de la Trinidad todo es relación. Todo es comunión. Todo es amor. Cada una de las tres personas es un regalo total para las otras dos. Y los tres son conocidos por el hombre.
Esta Navidad pasada pensaba que el Padre es el pozo de la vida. La fuente del amor. Con cada latido de mi corazón, estoy latiendo con Él. Siempre está en el umbral de la casa, esperando el regreso del hijo pródigo, siempre dispuesto a perdonar, sin tomar nunca la parte de ver al hombre que se aleja de él. Por eso no lo considero el juez que juzga mis huidas y mis infidelidades porque Él es el mejor de los padres, el que nos ha dado a su Hijo está Navidad, el que te permite ser amados por Él cada día y te permite dormir tranquilamente cada noche en la palma de sus dos manos.
Jesús es el Emmanuel, el Dios hecho hombre. Dios y hombre al mismo tiempo, que viene a compartir nuestra vida y nuestra muerte. Es verdaderamente Dios con nosotros. Al adoptar la actitud opuesta a la de Adán, se convirtió en la esperanza de la nueva humanidad; marcando con su ejemplo el camino que nos lleva al Padre. Es un hermano mayor que no rechaza a nadie y que repetidamente recuerda que la única medida verdadera es la del amor.
Y el Espíritu Santo es el Santo Aliento que nos envían el Padre y el Hijo. Este aliento que santifica y que recuerda todo lo que Jesús dijo. Es Él quien me enseña a decir cariñosamente «papá» a nuestro Padre. Solo puedes llamar Padre a Dios si te consideras verdaderamente su hijo. Al final, el Espíritu Santo no tiene otra ambición que hacer de cada uno de nosotros un cristiano a la imagen de Cristo. Con discreción y gran paciencia, trabaja día y noche en el corazón de las aventuras humanas, tanto personales como colectivas. En la Iglesia, y fuera de la Iglesia, hay Amor en persona que no conoce límites.
La Santísima Trinidad vive en el fondo de nuestra existencia. Lo he meditado de manera muy profunda esta Navidad pasada. Sí, la Santísima Trinidad vive en nosotros. Todos somos morada de Dios. ¡Pero no lo pensamos lo suficiente! Para sentir este misterio que vive en nosotros, sin duda necesito una escucha más profunda, una oración verdadera, sentir una mayor interioridad, más amor, y una fe más lúcida e iluminada.
Si en mi vida cristiana me uno solo al Padre difuminando al Hijo y al Espíritu, me arriesgo tarde o temprano a caer en un vago deísmo: el Dios de mi razón, mis planes, mis proyecciones, pero no El Dios viviente revelado en Jesucristo.
Si en mi vida cristiana, solo me dirijo al Hijo dejando más o menos de lado al Padre y al Espíritu, corro el riesgo de caer en un humanismo con vagas reminiscencias cristianas y este Cristo solo será un hombre como los demás hombres pero no el Dios que hizo al hombre venir a salvar a todos y cada uno.
Y si en mi vida cristiana solo presto atención al Espíritu Santo, dejando de lado al Padre y al Hijo, confundiré las agitaciones de mi espíritu y el fuerza vivificadora del Espíritu Santo.
La buena salud de mi fe cristiana es mantener siempre juntos a las tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Lo que he aprendido a lo largo de la vida es es que el amor de los tres me ha tocado interiormente de una manera extraordinaria y su gracia nunca deja de acompañarme, especialmente cuando han llegado las pruebas y todo parecía perdido.
Hoy, con la mirada puesta en la Navidad que nos ha dejado, confieso a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, símbolos claros de mi fe de la que tan orgulloso estoy de profesar.

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Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible.
Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios,, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros lo hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.
Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas.
Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica.
Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados.
Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén.

Discípulo imitador de Cristo

Acabo de releer la novela Zorba, el griego, de Nikos Kazantzakis. He subrayado varias frases a lo largo del libro pero una me ha hecho recapacitar profundamente: «El buen maestro no desea recompensa más brillante que ésta: la de formar un discípulo que lo sobrepase». Todo discípulo es la biografía del maestro que le ha enseñado. Mi gran maestro es Cristo. Y me planteo que como cristiano, es decir, como discípulo de Jesús, estoy en este mundo para imitar a Cristo, para ser reflejo vivo de su rostro. Ser otro Cristo. Como diría san Pablo en su Carta a los Romanos ser capaz de «alcanzar la estatura de Cristo». Este debe ser, sin duda, mi principal objetivo vital.
Y me planteo como avanzo cada día en esta meta. ¿Soy constante en mi vida espiritual? ¿Soy disciplinado en las cosas que se refieren a Dios? ¿Soy metódico en mi crecimiento como cristiano? En definitiva, ¿tengo un plan de vida acorde para convertirme en un discípulo del Señor?
La vida espiritual está estrechamente unida con la vida mundana. No tengo por qué dejar de hacer lo que habitualmente hago ni cambiar mi forma de vivir por tener un plan de vida acorde con Cristo. Lo único que Él quiere que en todo lo que haga siempre le ponga en el centro. Que deposite mi corazón en Él para tener una visión diferente de la vida y de las cosas. Como san Pablo digo que todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo. Por Él todo lo estimo basura con tal de ganarle a Él y existir en Él.
Seguir a Jesús implica el renunciar a todo aquello que el mundo aprecia y contemplar las cosas desde otra perspectiva.
Termina un año y comienza uno nuevo. A los pocos días del comienzo del nacimiento de Cristo me hago el propósito de tener una amistad más íntima y personal con Él, vivir en comunión con Él, santificar mi vida por Él. Soy consciente de que caminando con Jesús, conversando con Jesús, atendiendo lo que dice Jesús seré un hombre nuevo que aprenderá a pensar, sentir, escuchar, hablar y vivir como Él.

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¡Señor, abre mi corazón a tu infinito amor por las personas, hacerme presente a través tuyo en mi familia, en mi trabajo, en mi parroquia, en mi círculo social, a ser uno contigo para llamar a la justicia, a la caridad, a la misericordia, a la paz! ¡Abre mi corazón, Señor, para que los sacramentos susciten en mi el amor que Tu sientes por el prójimo y me recuerden tu amor y tu entrega que deseo esforzarme en imitar! ¡Concédeme la gracia, Señor, para imitar siempre tu ejemplo! ¡Concédeme, Espíritu Santo, la gracia de que mis ojos vean lo invisible que es la llamada que me hace Cristo cada día, la exhortación a vivir cada día una fe coherente y comprometida, ser testigo de la justicia y la paz, que mis acciones estén inspiradas en el amor y que me transformen a mi y al mundo que me rodea! ¡En tu nombre, Señor, hago un nuevo compromiso para vivir en completa paz y armonía con mi familia, con mis amigos, socios, vecinos y con todo aquel que se cruce en mi camino! ¡Hoy, Señor, abro mi corazón para vivir en el amor y escojo no ser egoísta, soberbio, juzgador, amargado, poco amable y resentido! ¡No le daré cabida en mi corazón a las insidias del diablo y perdonaré de inmediato y de corazón! ¡Espíritu Santo, ayúdame a examinar cada día mi corazón para vivir en el amor y colocar el amor de Cristo en el centro de mi vida y la de los demás!

La experiencia de ser precedido por Dios

«Caminamos por medio de la fe y todavía no por medio de la visión». Este texto de san Pablo lo he leído hoy al buscar aleatoriamente una frase en la Carta a los Corintios para que me ilumine en la oración.
Así comprendes que sin vida espiritual la vida cristiana es difícil. En este tiempo de Adviento que comenzó ayer deseo caminar con una mayor experiencia de Dios, que mi vida tenga una relación más estrecha con Él. A veces da la sensación de que vives tu vida de fe, tu experiencia personal, con el compromiso con el mundo no dando tanta importancia a la relación personal con Dios porque la vives en el contexto de lo comunitario por medio de la participación en la Eucaristía y en la escucha de la Palabra dominical o asistiendo a los encuentros de oración. Pero cuando lo reduces todo a esta experiencia se debilita la fe que necesita una experiencia real de Dios, bajo la guía del Espíritu santo.
Si creo en Dios debo tratar de tener una experiencia personal de Él y esta experiencia viene de la fe, no de la visión. Lo dice distinta uno de mis salmos preferidos, el 139, cuando exclama: «El Señor rodea por detrás y por delante… ¿A dónde huir lejos de tu presencia? Si subo al cielo, allí estás tú; si desciendo al abismo, allí te encuentro».
Es cierto que en muchas ocasiones la experiencia espiritual viene marcada por el vacío interior que se concreta en el aparente silencio de Dios, en esa aridez interior que te impide encontrar el sentido de la vida. Pero Dios también habla —¡y mucho!— en el silencio de lo cotidiano, en los momentos de oscuridad, de tribulación, de desasosiego o de crisis.
Dios nos precede siempre, nos busca, nos interpela, nos previene, nos reclama, se hace el encontradizo. Así, la experiencia espiritual es, por encima de todo, la experiencia de ser precedidos por Dios. ¡Por que Él siempre está en todo, en cualquier circunstancia, en cualquier lugar! Y esa experiencia tiene en Cristo su mediador. La experiencia espiritual se transforma también en una experiencia en la búsqueda del Hijo, que nacerá en Belén en unos días. Y este es el camino de mi Adviento, caminar iluminado por la luz del Espíritu Santo al encuentro del Dios hecho Hombre que me precede y orienta mi experiencia personal para llevarla hacia la santificación con el propósito de hacer de este breve tiempo hasta la Navidad de un examen personal de mi vida de fe, del reconocer si Cristo habita en mi como se desarrolla en mi corazón y en mi vida la experiencia real de Dios.

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¡Señor, comienza mi caminar en el Adviento y te pido la gracia de la autenticidad para ver con verdad lo que anida en mi interior! ¡No permitas, Señor, que en este tiempo me quede con la imagen que traslado de mi yo sino que aliente mi vida de acuerdo con la guía del Espíritu Santo para romper la imagen que me he formado para acomodarme a la vida y no a la que Tu quieres de mi! ¡Señor, abre mi corazón para tener una experiencia real de ti, para que con las virtudes de la honestidad pueda adherirme a Ti, para que con la fidelidad a tus principios me pueda unir más a Ti, para que con la firmeza de la fe pueda acercarme más a Ti, para que con mi conocimiento de Ti pueda crecer mi relación contigo! ¡Deseo, Señor, como María darle mi «sí» a Dios que me invita a seguir su plan para mi vida con las capacidades y los dones que me ha dado y con los límites que me ha puesto por mi condición humana! ¡Señor, quiero reconocer que tu habitas cada día en mi! ¡Quiero sentirte en mi corazón, en mi alma, en mi mente, en lo íntimo de mi ser, en todo mi querer, en cualquier decisión que tome, en cualquier acto que desempeñe! ¡Quiero caminar hacia Ti, para encontrarte el día de Navidad, con la profundidad de la experiencia espiritual, abriendo de par en par mi corazón! ¡Quiero adorarte, Señor, desde el corazón! ¡Quiero, Señor, desde la profundidad de mi vida espiritual ser partícipe de la vida divina, llegar al Dios que se ha hecho hombre para tener un mayor encuentro con Él! ¡Quiero ser uno en Él, Señor, para algún día ser capaz de exclamar, Cristo hiciste Tu en la cruz, que te le entrego mi vida, mi espíritu y mi ser!

Ven pronto, cantamos en Adviento: