A lo que te invita la vida

En la vida no tiene ninguna relevancia lo que has sido, lo importante es lo que puedes llegar a ser. No importa lo que los demás piensen de ti y de tu pasado, lo relevante es ser ante Dios.

Los condicionamientos y limitaciones de nuestro pasado no tienen porque cercenar nuestro presente. ¿Y cómo se logra esto? Si en tu vida actual logras ser capaz de entrar en la esencia de tu interior, en lo que es importante; si en el lugar del corazón dejas que fluya de una manera recurrente la fuente de agua viva para que te purifique; si eres capaz de encontrarte a ti mismo en tu realidad cotidiana; si eres capaz de encender la luz que te da la energía y la fuerza que es necesaria para ser sin máscaras ni condicionamientos lo que eres, lo que estás llamado a ser como persona, lo que anhelas y lo que puedes ser.

La vida te invita en todo momento a conseguirlo; te invita en el desierto del silencio interior donde sin ruidos puedes escuchar lo que anida en tu corazón. La vida te invita a encontrar momentos de recogimiento, un tiempo en el que merece la pena escuchar el silencio, permanecer unos instantes acariciando con ternura esa soledad que a uno tanto le espanta a veces y con la que teme enfrentarse. Y en ese silencio descubres, a la luz silenciosa del Espíritu, que no caminas en soledad porque ese silencio es tan revelador que se dirige hacia ti y te concede la gracia en el presente de la vida de entender y comprender lo que es necesario e imprescindible para vivir lo que eres y lo que deseas ser.  Ese silencio te ayuda a confiar en tus posibilidades, te permite dar un nuevo crecimiento espiritual a tu vida y convertir tu pobre humanidad en una obra apostólica de auténtica humanización. Se trata de llamar divino a la plenitud de lo humano, y cielo a una vida que, aunque sencilla, te permita vivir feliz en la unidad del amor. Yo, aunque lejos estoy, aspiro a este unión, a esta perfección, a ese anhelo porque desde lo íntimo puedo llegar más a la unión con Dios y desde Él, a los que me rodean.

¡Señor envía tu Santo Espíritu sobre mi para que me renueve, transforme, purifique, lave, vivifique! ¡Haz, Señor, que mi vida tienda hacia lo interior, que no tema el silencio para encontrarme contigo porque desde ese silencio alcanzaré mayor plenitud espiritual! ¡Haz, Señor, que mi vida esté impregnada de mucha oración, de mucha vida interior, de mucho recogimiento, de mucha soledad acompañada, de mucha gracia de tu Espíritu porque quiere caminar viviendo en tu presencia, sintiendo tu presencia, aprendiendo de tu presencia, amando como tu amas! ¡Señor, quiero darle plenitud a mi vida con tu presencia divina porque quiero impregnar mi humanidad de tu Espíritu, de tu fuerza, de tu amor, de tu presencia, de tu misericordia! ¡Anhelo, Señor, vivir feliz en la unidad contigo, unido siempre a ti! ¡Señor, haz que mi alma esté siempre atenta en los momentos de recogimiento, silencio y soledad para verte! ¡Señor, permíteme comprender que mi tesoro como cristiano está en el cielo y no en la tierra, que mis pensamientos, mi oración y mi vida tiene que ir encaminado siempre hacia la eternidad! ¡Haz, Señor, que mi vida sea un encuentro y una unión permanente contigo!

Crear cada día eternidad

El día a día de nuestra vida no es más que una sucesión de pequeños actos, de gestos íntimos, de actitudes con mayor o menor hondura que, puestos en la perspectiva de Dios, van labrando de una manera hermosa nuestra eternidad.

Cuando contemplas una estatua de Miguel Ángel, de Botero o de Clará o te deleitas con la visión de una obra de Veermer, Monet o Antonio López vislumbras la belleza labrada por el golpe minucioso de un cincel o el trazo fino de un pincel. Eso es lo que otorga a la obra de arte su valor material. Pero el auténtico valor, el que lo hace diferente y trascendente, es el sentir del artista, es como ha barruntado aquella pieza y como sus manos han dado trazo a la idea que surgía de su interior. Terminada la obra el artista ha dejado una pieza para la eternidad. Así es también nuestra vida; el ser humano crea eternidad con cada uno de sus gestos, de sus actitudes, de sus actos. Es lo que nos otorga un valor supremo, determinante, sobresaliente. Con cada segundo de nuestra existencia construimos nuestro reino. Así creamos los hombres lo definitivo por eso debo esforzarse en que todo lo que haga, por muy insignificante que sea, tenga visos de eternidad. Eso es lo que constituye, sin lugar a dudas, la grandeza del ser humano. Mi grandeza y mi hondura humana y espiritual. 

¡Padre bueno y misericordioso, abro hoy mi corazón y elevo con humildad y sencillez mi mirada al cielo! ¡Te pido que me concedas la gracia de no dejarme vencer por las seducciones de este mundo y ayúdame a tener un sentido trascendente de la vida! ¡No me pides que haga grandes cosas, solo quieres que lo haga, que cada gesto, que cada acción, que cada actitud mía este impregnada de mucho amor! ¡Ayúdame a no lamentarme de mis flaqueas o de mi poca capacidad sino dame la fuerza para luchar y tratar de hacer siempre las cosas bien, con cariño, amor y humildad! ¡Concédeme la gracia de seguir cada día de manera fiel y coherente los pasos de tu Hijo, ser capaz de interiorizar y vivir su Palabra, dar sentido en lo cotidiano de mi vida a su Evangelio! ¡Cuando miro a mi alrededor, Señor, solo observo la pequeñez de las pequeñas cosas; ayúdame a que cada minuto de mi vida mi alma esté entregada a Ti y a través tuyo impregne de tu presencia a todo lo que hago y a todos con los que me relaciono! ¡Ayúdame a amar a los demás con obras pequeñas y sencillas! ¡Ayúdame a amarte poniendo mucha perfección en todo lo que hago y que cada gesto, actitud y trabajo esté pensado para la eternidad! ¡Ayúdame, por medio de tu Santo Espíritu, a ver mi vida como un camino de santificación y de servicio al prójimo! ¡Que no olvide, Señor, que tengo el gran privilegio de hacer de mi vida un sucesión de gestos íntimos que, unidos a Ti, construyan mi camino hacia la eternidad!

¿Qué quieres que haga durante estos cuarenta días que me preparas para la Pascua?

Hoy es miércoles de ceniza. Comienza la Cuaresma. He comenzado la jornada al levantarme leyendo el Salmo 51 que es una bellísima oración penitencial y te orienta de una manera preciosa hacia la luz de la Pascua. Un salmo que te llena y te reconforta: «¡Ten piedad de mí, Señor, por tu bondad, por tu gran compasión, borra mis faltas! ¡Lávame totalmente de mi culpa y purifícame de mi pecado!… Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva la firmeza de mi espíritu». Este salmo te recuerda que el objetivo de la Cuaresma es redescubrir la alegría, la alegría de sentirse salvado, sanado y perdonado.
La vida transcurre a tal velocidad que uno llega a la víspera de la Pascua sin ser consciente de que se adentra en la Cuaresma. Se nos presenta una interminable lista de pretextos que nos llevan a posponer las buenas resoluciones para el día siguiente. Pero entonces surgen otros pretextos para alentarnos a posponer nuestra entrada en la Cuaresma. Así que este miércoles de ceniza es el que te lanza a ponerte en marcha sin demoras y sin esperar las condiciones favorables ilusorias para vivir plenamente la Cuaresma en el aquí y en el ahora. Es el día para presentarse ante al Señor y preguntarle con el corazón abierto: «¿Qué esperas de mí, Señor? ¿Qué quieres que haga durante estos cuarenta días que me preparas para Tu Pascua? ¿Cómo quieres que afronte este tiempo? Como conoces perfectamente mis muchas debilidades, cuento contigo para que me ayudes a descubrirlo». Y si desconozco cómo hacerlo le puedo confiar al Señor mi deseo de vivir la Cuaresma de manera intensa. Pedírselo hasta cien veces al día si es necesario para rogarle poder entrar de su mano y con la fuerza del Espíritu para hacer camino en su compañía. ¿Alguien duda de que dejará este ruego sin respuesta?
La Cuaresma no es un castigo sino uno de los grandes regalos de la vida cristiana. La razón de la Cuaresma no es el pecado y la realidad de nuestras faltas, sino el amor: el amor desbordante de Dios, la locura del Dios que ama y que busca por todos los medios hacernos dóciles para que aceptemos la felicidad con la que Él quiere llenar nuestro corazón y nuestra vida.
La Cuaresma hay que vivirla como un proceso comunitario y personal al mismo tiempo. Uno no es cristiano en su individualidad, lo es para vivir con y para el prójimo: por lo tanto, no vivimos la Cuaresma el uno para el otro, sino unidos entre sí por la Comunión de los Santos. Y esto es particularmente cierto en las pequeñas iglesias domésticas que son las familias.
Lo bello de la Cuaresma es que Dios tiene una historia de amor absolutamente personal para vivir con cada uno de nosotros: la Cuaresma es, por lo tanto, también un proceso profundamente personal, para disfrutarla en la soledad y el silencio del corazón. Un viaje íntimo en compañía de Dios.
En este viaje de cuarenta días Dios desea apoderarse de nuestra vida, que nos llenemos de Él para ver nuestro interior, para dar respuesta a nuestros deseos secretos, a nuestros anhelos de transformación, a nuestra necesidad de cambiar. Es Él quien los causa, y es Él quien luego responde.
En el umbral de esta Cuaresma que hoy comienza, le pido al Señor que haga en mi todo lo que precise para encontrar la alegría de la Pascua en mi corazón.

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¡Señor, hoy comienzan cuarenta días de peregrinación dedicados a la reflexión interior, a la oración y al ayuno! ¡Ayúdame a vivirlos muy unido a ti como preparación para la Pascua! ¡Señor, tu eres el camino, la verdad y la vida, por esto quiero darte gloria en este día porque en ti está la salvación! ¡Por medio de tu Santo Espíritu, Señor, concédeme la gracia de vivir este tiempo con generosidad, con apertura de corazón, con ayunos fervorosos, con interiorización profunda, con un corazón nuevo que ahonde en tus mismos sentimientos! ¡Tu me invitas a convertirme y creer en el Evangelio, a mirar la realidad de mi interior, a ver y entender como puedes cambiar mi vida, a buscar en mi interior lo que es auténtico, a descubrir lo que esperas de mi, a vivir una vida que testimonie que soy cristiano! ¡Tu me invitas, Señor, a convertir mi vida en evangelio! ¡Tu me invistas a abrirme al mundo que me rodea para saborear la grandeza de tu amor y llevarla a los demás! ¡Señor, tu sabes que convertir mi corazón no es algo que pueda hacerlo sin tu ayuda porque mi voluntad es débil y me cuesta cambiar de actitud! ¡Lléname de tu amor para cumplir tu voluntad y desde tu inmenso amor crecer interiormente para que tu moldees aquello que consideres y cambies aquello que deba ser cambiado! ¡Empieza, Señor, por lo pequeño pues son muchas las cosas que debo transformar! ¡Ayúdame a apartar de mi corazón lo que no sirva, a dedicar tiempo a descubrir los ayunos que debo hacer en estos días de Cuaresma, apartando de mi vida lo superficial y que no me llena! ¡Señor, aspiro a la libertad de la santidad y deseo hacer un hueco en mi vida a la verdad del Evangelio porque quiero parecerme a ti en la pequeñez de mi vida!  

Vivir una vida exprés

Al comenzar el año existe la tendencia de llenarse de grandes propósitos. Adelgazar e iniciar esa dieta milagro que te dejará el cuerpo de modelo de pasarela. Apuntarse al gimnasio para estar en forma. Aprender un idioma para relacionarse con otros. Así un largo etcétera. Muchos de estos propósitos se quedan en el camino rápidamente. No creo en los propósitos exprés. No creo en estas dietas que te prometen adelgazar a base de poco esfuerzo. No creo en la regularidad de llevar una vida de ejercicio en el gimnasio sin exigencia. Como tampoco creo en la vida sin esfuerzo, sin sacrificio, sin entrega, sin disciplina, sin orden, sin entrega, sin perseverancia ni constancia. La vida es compromiso y un continuo vencer obstáculos y dificultades.
Este compromiso exige que mi vida cristiana no sea una vida exprés. Exige orden, recogimiento, entrega, perseverancia, constancia; exige no dejarse doblegar por el desánimo, la apatía o el desaliento. La vida cristiana requiere dar mucho para recibir también. Exige mucho compromiso, rectitud e integridad, gestos que surjan de un corazón que ama, un corazón humilde y sencillo, que testifiquen que Cristo vive en el yo interior y ese vivir te permite testificarlo en tus gestos, en tus palabras, en tus sentimientos, en tus comentarios, en la cotidianidad de la vida. La sociedad nos lleva a vivir de la comodidad y de manera exprés, en lo inmediato sin ahondar en lo que es esencial, pero como cristiano no puedo acomodarme a la comodidad de la vida porque cuando lo hago acomodo mis valores y mis principios a lo que la sociedad demanda y no a lo que Cristo anhela.
Vivir en cristiano no es vivir una vida exprés dejándote llevar por el hedonismo imperante, por el individualismo insultante, por el materialismo agobiante, por el egoísmo lacerante. No es dejarse manipular por los medios y la opinión ajena. Eso es lo sencillo y fácil. Pero también lo que te aleja de la verdad.
Vivir en cristiano es vivir una vida en coherencia con el Evangelio, vivir de acuerdo con la voluntad de Dios, vivir la Buena Nueva de Cristo. Vivir así no es vivir de manera exprés porque exige esfuerzo, mucho compromiso y mucha vida de oración. Al comienzo del año me propongo continuar con alegría y esperanza mi dieta milagrosa de la Eucaristía, acudir cada día al gimnasio de la oración para vigorizar mi pobre vida interior y aprender por medio del Espíritu Santo los idiomas del alma que me permiten acudir al prójimo para servirlo hablando su lenguaje y también alimentarme de la Palabra.
Vivir una vida exprés es lo fácil, vivir una vida cristiana ya no es tan sencillo. Pero uno vive más feliz, más entregado, más lleno, más confortado, más vigoroso, más alegre y más lleno de Dios. ¿No es una opción que vale la pena?

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¡Señor no quiero vivir una vida cristiana exprés sino una vida que ahonde tu presencia en mi corazón! ¡Quiero vivir en comunión contigo, Señor! ¡Envía tu Espíritu, Señor, sobre mí para que pueda vivir una vida acorde que te agrade siempre, que me permita estar preparado para realizar buenas obras que testifiquen que vives en mi! ¡Concédeme la gracia de vivir de acuerdo con tu Palabra para que me guíe en el camino de la vida, para ganar en sabiduría que tanto necesito para transitar en el día a día, para enriquecer mi devoción a ti, para ganar sentido común, para fortalecer mis relaciones con el prójimo, para llevarlo todo a la perspectiva tuya no la de mi propio yo! ¡Concédeme la gracia de llevar una vida oraste que me permite crecer interiormente y llevar el peso de mis aflicciones pero también para salir al mundo y ser testimonio de tu verdad en mi entorno familiar, social o profesional! ¡Que mi vida sea una consagración a Ti! ¡Envía tu Espíritu sobre mi, Señor, para que enseñe a perseverar, que me guíe en mi caminar y me fortalezca en mis tiempos de necesidad y de avanzar, para que sea mi consejero y me ayude a comprender la verdad revelada por Ti! ¡No permitas, Señor, que lleve una vida exprés sino una vida comprometida contigo y con los demás! ¡Una vida que acreciente mi compresión por las cosas que vienen de Ti, y me permitan adorarte, aprender y servir! ¡Que mi vida no sea una vida exprés sino una vida de servicio a los demás como manera de servirte a Ti y testificar que vives en mí! ¡Que mi vida no sea una vida exprés sino que mi corazón se llene siempre de tu presencia porque quiero ser hechura tuya! ¡No permitas, Señor, que las dudas me atenacen, que las incertidumbres me venzan, que el hedonismo, el materialismo y el individualismo me derroten! ¡Que sepa ver, Señor, que tu gracia es suficiente para enfrentar las demandas de cada nuevo día! ¡Que sepa ver también, que los contratiempos, los problemas, las dificultades o cualquier experiencia de sufrimiento tienen una perspectiva nueva cuando tu te haces presente en mi vida! ¡Acrecienta, Señor, mi fe para que pueda descubrir el poder, el consuelo y la fortaleza del Padre en todas y cada una de las experiencias de mi vida! ¡Y que mi vida exprés no me deje llevar por las tentaciones y me detenga en ellas, ayúdame a tener entereza para vencer la tentación, por medio de la oración, del conocimiento de tu Palabra y con una vida eucarística plena!

¿Puedo crecer en sabiduría?

Me conmueve profundamente uno de los aspectos sustanciales de la vida oculta de Jesús. En el sagrado hogar junto a María y José, Cristo crecía, se desarrollaba y se fortalecía lleno de sabiduría. Este elemento es crucial para su crecimiento interior y su desarrollo como persona. Y me pregunto, ¿puedo crecer yo en sabiduría o solo es una cualidad a la que estaba llamado Jesús? Puedo, asumiendo en mi interior la certeza de que Dios es el amor auténtico. Sabiendo que Dios es amor te sientes más amado. Así, en el momento en que la personalidad de Dios se te revela como un Padre tierno y amoroso te descubres como un hijo querido y quieres crecer en sabiduría y fuerza.
Dios desea de mi que me convierta en una persona madura, auténtica, íntegra, plena. Pero el corpus interior de mi santificación personal requiere de una sólida y correcta base humana. No lo lograré si no pongo mi empeño en luchar y, sobre todo, trabajar en elementos cruciales de mi carácter, de mi temperamento, de mi autoestima cristiana y personal, haciendo que crezca mi inteligencia, preparándome bien en mi formación, ejercitando una voluntad recia que no se deje vencer por la tibieza, con sentimientos bondadosos, actitudes generosas, espíritu de servicio, con una afectividad integrada, no dejándome vencer por los vaivenes de lo cotidiano o por el calor del momento. La sabiduría también la adquiero cuando soy capaz de aprender a dar una solución humana a los problemas humanos sin miedo ni apocamiento: sabiendo solventar mis crisis sin abandonar a la primera y aprendiendo a llevar la cruz con la dignidad del cristiano. Actuando de manera que mis reacciones no me hieran ni a mi ni a las personas con las que convivo. Cuando hablo y actúo de manera correcta, dejándome aconsejar, para ir a la verdad de los asuntos que me conciernen a mi o en relación con el prójimo, para juzgar entre lo que es bueno y es malo. Numerosos de los errores que impiden mi crecimiento vital no estarán causados por mi carencia de motivaciones espirituales sino por la inmadurez con la que en ocasiones afronto mi propia vida.
Creceré en sabiduría cuando sea capaz de caminar por la sendas que Dios ha ido poniendo en mi vida y cumpla siempre con su voluntad.
La sabiduría la otorga el entendimiento y la sagacidad para comprender los misterios de la vida. Convierte la vida en claridad, en algo simple y directo y eso proviene del saberme humillar a mí mismo y buscar de manera persistente las cosas de Dios.
Creceré en sabiduría en tanto en cuanto progrese en el camino de la transformación interior, ahondando en mi propia naturaleza humana. Todo ello a base de buscar las virtudes y la imagen de Cristo en mi vida. Como Él, cuanta más sabiduría más anhelo tendré de Dios que por medio del Espíritu Santo me mostrará a lo que debo renunciar para liberarme del pecado y para caminar hacia la santidad de la que tan alejado estoy.

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¡Señor, quiero ser como eres tu, quiero ser un verdadero discípulo tuyo, imitarte en todo, crecer en sabiduría, reproducir en cada uno de mis gestos, actitudes, pensamientos y sentimientos tu propia imagen! ¡Concédeme, Espíritu Santo, la gracia de alcanzar la estatura de Cristo a la que nos invita san Pablo! ¡Ayúdame, Espíritu divino, a ser constante en mi vida espiritual, a que mi vida esté impregnada de la sabiduría divina para crecer en santidad! ¡Concédeme la gracia, Espíritu de sabiduría, de poner siempre en todo lo que haga mi corazón a Jesús! ¡Ayúdame a perseverar en mi vida de fe, en mi amistad con Jesús en mi caminar como cristiano, en mi ahondar en la fortaleza de mi voluntad, en tener una comunión viva y auténtica con El! ¡Ayúdame a desprenderme de mis yoes para ir a la esencia de lo verdadero, para centrarme en lo que es importante, en lo que Cristo quiere de mi, en seguir su Palabra y sus mandatos! ¡Concédeme la gracia de ganar sabiduría en mi vida e impregnarla toda de un diálogo sincero de amor por Jesús, siendo fiel en lo poco y en lo mucho, obediente a su voluntad y teniendo un conocimiento personal con Él! ¡Espíritu Santo envíame tus siete dones para convertir mi vida en un ideal de santidad, para que mi modelo de acción sea siempre Cristo y para que sepa valorar mi vida a los ojos de Dios!

 

El amor es, sobre todo, detallista

Tercer sábado de enero con María, la mujer de los pequeños detalles, en lo más profundo del corazón. De María aprendes a ser fiel en lo pequeño, constante en las cosas sencillas. La Virgen es la mujer que da relevancia a las cosas ordinarias, a los detalles impregnados de amor que acompañan los gestos cotidianos. El detalle es la filigrana de las acciones cotidianas porque una obra sin detalles precisos es una obra inacabada.
De la mano de María comprendes que toda obra de amor hacia el prójimo tiene que estar impregnada del pensamiento en el otro, del aprecio, de la adivinación de sus necesidades, del cariño, de la sorpresa, de la paciencia, de la aceptación de su particularidad, del sufrimiento e, incluso, del sacrificio.
De María aprendes que, por encima de todo, el amor es esencialmente detallista. Su vida, desde el sí obediente a la voluntad del Padre hasta la unión con el coro apostólico en Pentecostés, pasando por Caná de Galilea, en su vida de oración, en su visita a su prima Isabel, en su vida cotidiana de Nazaret, en su Purificación en el Templo, en la búsqueda del Niño en Jerusalén, en el camino del Calvario y su firmeza ante la Cruz es un camino de santidad impregnada de detalles del amor. He aquí otra de las grandes enseñanzas de la Virgen para este día, que la santidad está repleta de un catálogo repleto de pequeños detalles. Ejemplo para imitarla cada día.
Los detalles delicados de María se contemplan también en su consagración a Dios, en su vida de recogimiento interior, en su unión con Dios por medio de la oración, en su confianza ciega en Él.
Hoy le pido a María que en lo sencillo de mi vida me permita imitarla en los pequeños detalles para hacer la vida de mis prójimos más alegre, más vivaz, más cómoda, más unida a Dios. Que impregne cada uno de mis gestos y acciones de amor, de un amor detallista, un amor que detalle el verdadero valor de mi vida apartando de mi corazón el amor propio, poniendo en todo alegría, generosidad, humildad, paciencia, prontitud, constancia. Impregnarlo todo de pequeños detalles que dejen la impronta de Dios en el otro aunque me encuentre cansado, abrumado por los problemas, aunque me cueste, aunque me duela, aunque no me apetezca.
¡Qué fortuna que María sea el modelo supremo en quien mirarme! Contemplándola a Ella, observando la delicadeza de sus detalles, tengo un buen espejo donde inspirarme para que todo lo que haga esté revestido de un amor servicial a la medida que Dios gusta.

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¡María, Madre, acompáñame en mi camino cotidiano para impregnarlo todo de detalles llenos de amor que surjan de un corazón alegre! ¡Guíame, Madre, en mi camino hacia la santidad llenándolo todo de pequeños gestos llenos de amor que hagan agradable y feliz la vida de quienes me rodean! ¡Hazme como la viuda pobre que dio generosamente todo lo que tenía por amor a Dios! ¡Ayúdame a ser como Tu que sabías leer el corazón de las personas para acudir en su ayuda y llenar su vida de gestos y detalles de amor! ¡Hazme ver, María, que mi santidad no depende de la grandeza de mis actos sino de la intensidad del amor que ponga en ellos a tu imagen y semejanza! ¡Ayúdame a imitarte en todo, Madre, para convertir las cosas ordinarias de mi vida en un canto al amor impregnándolo todo con gestos de entrega y generosidad gratuitas! ¡Que mis actos estén llenos de ternura y amor como los tuyos y tengas siempre muy presente la presencia de Dios! ¡Que mi vida, María, sea ir al encuentro de Jesús a través de tu intercesión para mis gestos y acciones cotidianas no estén manchados por el amor propio, la soberbia y el egoísmo! ¡Ennoblece, Virgen santa, todas mis pequeñas acciones para hacerlas santas! ¡Y ayúdame a poner cada una de mis acciones ante el altar de la Eucaristía para poner todo lo soy y lo que ofrezco al otro en manos de tu Hijo y sean elevadas ante el trono majestuoso del Padre!

¿Silencio o abandono de Dios?

En ocasiones, ¡cómo me cuesta comprender que el silencio es el espacio en el que Dios me espera! Me sorprendo con frecuencia confundiendo el silencio de Dios con su abandono porque se me hace difícil comprender lo que Dios espera de mi o lo que quiere que haga. En estos casos, descifrar sus silencios no me resulta sencillo porque en ocasiones no distingo si el que me habla es Él o es mi yo el que prevalece por ese anhelo interior de desear infinidad de cosas.
Uno asume que en ciertos momentos tomar la decisión acertada resulta complicado. ¿Hay que traspasar el umbral de la puerta o dejarla cerrada? ¿Tomar un camino o decidirse por otro? ¿Aceptar el reto o permanecer inmóvil? ¿Dar un sí por respuesta o callarse para evitar comprometerse?
Las decisiones dependen de muchos factores pero para escuchar a Dios tengo que dejar de escuchar el ruido de mi propia voz, a veces demasiado estridente.
Lo cierto es que el Dios de la vida, de la misericordia, de la bondad, de la ternura y, sobre todo, del amor siempre se mantiene a mi lado acompañándome fiel en mi caminar, renovando mi interior, sanando mi vida, transformando mi corazón, protegiéndome del mal y dándome la fortaleza para avanzar al caer.
En el silencio, Dios me —nos— guía. Por eso en el silencio es cuando más confío en Él porque puedes percibir ese susurro maravilloso que obra el milagro que esperas, sientes su amor y te llena de felicidad. En el silencio, Dios consigue abrir en cada vida un espacio de libertad iluminado por la fuerza de su amor, la fuerza de Su Espíritu. Basta escuchar en el interior la llamada de ese Amor y dejarse impregnar por él.

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¡Señor, enséñame a orar! ¡Envía tu Espíritu y enséñame a orar para que por medio de tus miradas y tus silencios sea capaz de aprender a escuchar y a dialogar contigo! ¡Ayúdame a aprender también a orar con la vida, con tu buena nueva del Evangelio, con los susurros del Espíritu, con el encuentro cotidiano contigo! ¡Señor, que en el silencio sea capaz de interiorizarlo todo, dejarme tocar por ti, empaparme de tu amor, ser capaz de comprender con la sabiduría que viene del Espíritu el conocer lo que quieres de mi, el entender lo que me sucede, el aprender a cambiar, el profundizar sobre mi vida, el saber cambiar! ¡Señor, que en el silencio sea capaz de abrir el corazón para sentir tu presencia, para gustar de tu amistad, para saborear tus gracias, para dejarme tocar por tu amor, tu misericordia y tu perdón! ¡Señor, que en el silencio sea capaz de controlar mi voluntad para que todo mi querer y me hacer se ajusten su tu querer y a tu voluntad! ¡Señor, tu te revelas a los humildes y a los pequeños, a los que bajan la cabeza ante el hombre y la alzan ante ti, hazme pequeño Señor para que levantando los ojos del suelo pueda ver la vida con el corazón abierto como la ves tu!  

 Examinando la pureza de mi corazón

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». ¿Que es tener un corazón limpio como rezan las Bienaventuranzas? ¿Poseo esta cualidad? Un corazón limpio es aquel en el que la honestidad que uno expresa desea vivir en la gracia de Dios. Es aquel corazón que no trata de ofenderlo y que en todo guarda una conducta recta sin dobleces ni intenciones torticeras.
¿Tengo yo un corazón limpio? ¿Soy capaz de discernir en todo lo que hago, pienso y siento lo bueno de lo malo? ¿Tengo siempre la voluntad de hacer lo que digo, creer en lo que hago? ¿Están todos los actos de mi vida y de mi mente limpios, dignos de ser templo del Espíritu Santo?
«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». Para poder ver en algún momento a Dios, ¿reviso cada día mis prioridades y trato de buscar la rectitud para allanar el camino de mi alma hacia la vida eterna? ¿Entiendo que este ver es, en realidad, conocer a Dios, entrar en contacto íntimo con Él, tener una comunión de vida con el Padre, participar en su vida, comulgar en el ser de Dios?
¿Soy consciente de que la vida verdadera está estrechamente unida al hecho de ver a Dios, que tener un corazón puro es una gran bendición que te permite ver las cosas más allá de la realidad, ver el mundo con los ojos de Dios, ver más lejos de las apariencias de la vida, no vivir en lo superficial sino en lo profundo de la existencia?
¿Comprendo que un corazón puro y limpio es un corazón sin dobleces ni hipocresías, veraz, auténtico, transparente? ¿Es así mi corazón? ¿Vivo en una adecuación perfecta entre mi interioridad y lo que ésta manifiesta, entre lo que mi interioridad exterioriza y comunica al exterior, entre el ser y el hacer?
¿Me doy cuenta que esta bienaventuranza va precedida de la que hace referencia a los misericordiosos porque quien ofrece misericordia si no lo hace con un corazón limpio no lo hace por amor a Dios? ¿Son así mis actos hacia los demás? ¡Actúo buscando el interés, el acomodo, el reconocimiento de los demás, para aquietar mi yo, para satisfacer mi soberbia, para mi propia gloria o los hago por amor y para mayor gloria de Dios?
¿Es mi corazón tan limpio que evito en todo momento el egoísmo, la codicia, la soberbia, el juicio ajeno, la envidia, los deseos desenfrenados, el falso testimonio, las malas intenciones? ¿Cumplo siempre con la palabra dada, amo a todos por igual incluso a mis enemigos, vivo pensando exclusivamente lo material, me aferro a hacer el bien, respeto y obedezco las leyes terrenales y, sobre todo, la ley de Dios?
La pureza de toda acción humana descansa en la rectitud de intención que surge de lo más íntimo, profundo y secreto de uno mismo. La pregunta final que me planteo hoy: ¿Está mi corazón en sintonía con el deseo de Dios?

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¡Señor, ayúdame a interiorizar y vivir el «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios»! ¡Envía tu Santo Espíritu, Señor, sobre mi para tener un corazón que solo te busque a Ti y te tome como mi última meta! ¡Que mi corazón solo tenga el propósito de llevar a cabo tu voluntad para darte gloria! ¡Ayúdame a no ensuciarme con el pecado! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a no buscar otras cosas que no sea la plena realización del bien, a purificar mi corazón, a mostrarme el camino hacia la verdad, a que mi corazón sea puro hacia Dios y Su voluntad! ¡Ayúdame a conocer siempre la voluntad de Dios, a escuchar su voz, a interpretar su palabra, a clarificar sus misterios en mi vida! ¡Ayúdame a actuar siempre con recta intención! ¡Ayúdame a caminar en santidad! ¡Ayúdame a vivir siempre con pureza y limpieza de corazón para ser templo tuyo! ¡Ayúdame a encontrar a Dios por medio de la sencillez del corazón! ¡Ayúdame a no falsificar mi bondad sino hacer el bien por amor a Dios y para complacerle solo a Él! ¡Ayúdame a vivir la Palabra de Cristo para liberarme de los apegos mundanos, para eliminar de mi corazón todo sentimiento o pasión que ofusque el bien y me quite la libertad! ¡Y, sobre todo, ayúdame a comprender la acción de Dios en mi vida, aprender a escuchar su voz en mi corazón, ser capaz de captar su presencia allí donde Él está: en los necesitados, en los que sufren, en Su Palabra, en la Eucaristía, en su Palabra, en mi familia, en mi centro de trabajo, en la comunión fraterna, en la Iglesia…!

Hoy la música es del grupo católico Hakuna:

Conformismo

Uno de los principales problemas de nuestra vida es el conformismo; el vivir instalados en aquellas realidades que nos resultan agradables aunque, lamentablemente, no nos acaben de llenar la vida. Es sentirse satisfechos con un bienestar acomodado a nuestra conciencia en lugar de aspirar a la plenitud. Es como vivir rodeado de burbujas que, aunque resultan muy confortables, son volátiles y acaban desinflándose.
En lo más íntimo de nuestra conciencia descubrimos los seres humanos que hay una ley que Dios escribe en nuestro corazón; está enraizada en lo más profundo de nuestro ser. Podemos hacer como que no la conocemos, podemos tratar de acallarla, silenciarla, ignorarla o desoírla. Pero siempre estará en nuestro interior reclamando ser oída. Es la autenticidad. He leído alguna vez que la conciencia es el sagrario del hombre; en ese sagrario el ser humano se encuentra a solas con su Dios Creador que hace resonar su voz en el recinto íntimo de su alma. Una conciencia limpia es la libertad de espíritu que viene al que se encuentra bien con Dios y los demás.
Esto me enseña que debo seguir siempre lo que la voz de mi conciencia dicte —mientras no haya una intención dañina o dudosa— para poder escuchar del Señor que soy su siervo de quien está orgulloso. Prestar atención a mi interior para oír e interrogar mi conciencia para que en todo lo que haga comprobar si soy testigo de Dios. Formar y educar mi conciencia de acuerdo con la ley de Dios y con la razón para decidir siempre según la razón. Examinarla a los pies de la cruz. Darle una forma recta y veraz. Asimilarla en la oración a la luz del Espíritu Santo y ponerla en práctica en nuestras acciones, palabras y gestos. Orientarla de la mano de la dirección espiritual. Protegerla de las influencias negativas y las tentaciones del maligno que siempre tratará de torcerla. Perfeccionar la conciencia es tarea de toda una vida. ¡Cuánto camino me queda todavía por recorrer!

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¡Señor mío y Dios mío! ¡Examíname en cada paso que yo dé, en cada palabra que pronuncie, en cada pensamiento que tenga, en cada gesto que realice, en cada acción que cometa! ¡Pruébame, Señor, escudriña mi mente y mi corazón porque tu misericordia infinita está delante de mis ojos! ¡Tú eres el médico de mi vida y hoy te clamo para que diagnostiques lo que hay en mi corazón! ¡Prueba mi mente, mi alma, mi corazón, mis sentimientos y mi voluntad y elimina de su interior todo aquello que no te agrada y límpialo de toda maldad! ¡Toma, Padre, con la fuerza de tu Santo Espíritu, el control de mi corazón y de mi alma, examíname siempre y guíame para que pueda caminar en el poder de tu Espíritu para convertirme siempre en una persona íntegra, digna de Ti! ¡Líbrame, Padre, de las acechanzas del demonio cuando me enfrente a decisiones difíciles y actitudes morales! ¡Ayúdame, Padre, a la luz del Espíritu Santo a buscar siempre lo que es justo y bueno y discernir siempre Tu voluntad! ¡No permitas, Padre, que haga el mal para obtener un bien, que siempre mis acciones con los demás estén presididas por la verdad, que actúe siempre en caridad, con respeto al prójimo y sin herir su conciencia y su persona porque eso es pecar contra Ti! ¡Envía Tu Espíritu Señor, para que me ayude a tener siempre una conciencia recta y veraz! ¡Ilumíname siempre, Señor, con Tu Palabra para que sea luz que guíe mis pasos! ¡Ayúdame, Señor, a asimilarla siempre a la luz de la fe y de la oración! ¡Señor, Tú conoces hasta el más recóndito rincón de mi corazón! ¡Ayúdame a ser cada día mejor!

Adoro te devote:

Gratitud

Una persona agradecida es alguien sereno y apacible. Aquellos que son agradecidos no lo son por naturaleza sino que han ido moldeando en su interior este habito. Son gente que saben dar gracias con independencia de las circunstancias en las que se encuentren. Observan para reconocer en lo que viven la presencia silenciosa de Dios, aunque no sean conscientes de ello. Y saben escoger siempre la mejor opción que es la que les lleva a tener una vida interior serena. Me pregunto hoy: ¿En qué medida soy agradecido? ¿Soy capaz de observar para agradecer? ¿Acierto al escoger? ¿Están mis gestos llenos de gratitud?
Pienso en la multitud de escenas que aparecen en los textos de las Escrituras y que hacen referencia al poder de la gratitud. ¿Qué elemento fundamental tenía la oración de Daniel antes de ser devorado por los leones, o el grito de Jonás en el vientre de la ballena, o la recomendación de san Pablo en la carta a los Filipenses por señalar sólo algunos ejemplos? La acción de gracias. Acción de gracias que lleva consigo un elemento crucial. La paz. La serenidad interior. Esa paz que proviene de Dios y que sobrepasa todo entendimiento.
Todo sentimiento de gratitud tiene, a su vez, una enorme capacidad de sanación y de purificación porque gratitud ofrece la gratitud ofrece tanto al que da como al que recibe grandes dosis de afectividad y cordialidad.
La gratitud que se manifiesta a Dios en la oración por lo que vivimos, tenemos y experimentamos genera una paz que sosiega el corazón, una paz que evita que el alma se debilite y se irrite por lo que uno no posee. De ahí que la gratitud acerca al corazón del hombre esa paz que permite sobreponerse a todo tipo de sufrimiento y dolor que proviene de la adversidad, de la contrariedad, de los tropiezos y del fracaso.
La gratitud que se expresa en lo cotidiano de la vida implicar agradecer por todo lo que se posee, lo que se ha tenido y lo que se poseerá en el futuro.
Y de nuevo surgen las preguntas: ¿En qué medida soy agradecido? ¿Soy capaz de observar para agradecer? ¿Acierto al escoger? ¿Están mis gestos llenos de gratitud?

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¡Padre de Bondad, ante tu amorosa presencia, quiero darte gracias, quien disponer mi corazón, mi mente y todo mi ser para alabarte, para bendecirte y para glorificarte, para darte gracias! ¡Quiero, Padre, contemplar tu hermosura, tu santidad y tu bondad, quiero darte gracias por siempre, quiero que mis sentimientos hacia Ti sean siempre de gratitud porque tu me acompañas siempre en todos los momentos de mi vida! ¡Gracias, Padre, por aquellas personas que has puesto en mi camino que me han ayudado y me ayudan en momentos importantes de mi vida! ¡Ayúdame, Padre, a ser siempre agradecido! ¡Gracias, por amor, tu fidelidad y tu misericordia que no merezco tantas veces! ¡Gracias, Padre, porque cada día puedo sentir tu cercanía; donde a veces no brilla el sol en mi corazón tu eres la luz, cuando no he sido fiel a tu Palabra, ahí  estás tu para enderezar mi camino! ¡Señor, deseo experimentar tu mirada, sentir la presencia de tu Espíritu en mi corazón, unirme a ti en un solo corazón! ¡Y como en el salmo, Señor, darte gracias, de todo corazón, te cantaré en presencia de los ángeles, me postraré ante tu santo Templo,  y daré gracias a tu Nombre por tu amor y tu fidelidad, porque tu promesa ha superado tu renombre! ¡Gracias, Señor, porque Tu amor es eterno, Señor! ¡No abandones nunca, Señor, la obra de tus manos!

Cantamos dando gracias a Dios: