Misionero de Cristo de la mano de María

Cuarto y último sábado de septiembre con María, Señora de la Evangelización, en lo más profundo de mi corazón. Me planteo muchas veces que no puedo ser misionero de Cristo si no ahondo más en mi vida de oración. Que con demasiada frecuencia en mi vida todo sucede con prisas, todo acontece rápido, y no me da tiempo a pensar y recapacitar las cosas y, por ende, no doy importancia a que todo ocurre por voluntad de Dios a quien debo confiarme en la oración. Si la oración marca la fecundidad de todo cuando me acontece, el ritmo de mis quehaceres, la alegría de mi corazón, el aplacamiento de mis sufrimientos, la serenidad en los momentos de prueba, también tiene que ser elemento referencial en mi vida apostólica. “Haced lo que Él os diga”; esta frase de la Virgen resuena muy profundamente en mi corazón. Es el inicio de su tarea intercesora y misionera. Es el anuncio del acudir a Jesús por María.  

La oración fortalece la misión del cristiano. María y Jesús son un ejemplo de ello. Un corazón frío no puede ser fecundo. Un corazón lleno del fuego del Espíritu es un corazón que da frutos.

Por eso me gusta acudir a María, Señora la de Evangelización. Poner a todos aquellos que quiero y no conocen a Dios o están alejados de Él bajo su custodia maternal. Orar por ellos especialmente con el rezo amoroso del Avemaría, ofreciendo algún misterio del Santo Rosario, en la oración confiada de cada día. ¡María es la gran intercesora, la que escucha, la que trasciende para elevarlo todo al cielo! ¡La que ayuda a hacer fecunda la oración para la misión! 

Cristo nos llama a la misión de continuar Su obra, a proclamar Su Palabra, a renovar cada día nuestra fe y hacerla fecunda, a trabajar con alegría por vivir y anunciar tu Evangelio. ¡Qué importante es tener el apoyo de María en esta labora misionera! 

Ella nos mira con ternura y afecto a cada uno y nos invita a cumplir la voluntad del Padre. Nos asiste en la oración y nos acompaña en la misión. Con el mismo amor maternal con la que formó a Jesús para que cumpliera su misión en la Tierra nos impulsa a nosotros a proclamar el Evangelio de la vida. A Ella acudo hoy para que me permita desde la oración contemplar y caminar hacia los demás para dar frutos en la evangelización, para que me ayude a ser testimonio, para que con su apoyo me ayude a hacer la vida de mis más cercanos más alegre, más viva, más amorosa, más espiritual; para que me de un mayor impulso para llevar a todos el mensaje de salvación del Evangelio; y más audacia para buscar nuevos caminos que hagan ver a los demás el don de la belleza de Cristo que nunca se apaga!  

Ella es la mujer de fe, que vive y camina en la fe desde la oración profunda. A María, Madre de la Evangelización, acudo para que haga fructífera mi oración y mi humilde misión evangelizadora.

¡María, Señora de la Evangelización, ayúdame a tener una vida de oración para fortalecido desde el interior y con un mirada de discípulo pueda salir al mundo a evangelizar! ¡Te pido, Madre, que me ayudes a llevar la verdad del Evangelio a los que no te conocen en mi entorno más cercano! ¡María, intercede por todos aquellos que no conocen a tu Hijo! ¡Concédeme la fuerza para perseverar en la oración, para como los discípulos de tu Hijo, ser fermento del Reino y testimonio del amor de Dios en el mundo! ¡Inspira, Madre, mi oración y anima y haz fecunda mi misión como discípulo de Jesús para que los frutos de mi fe sean abundantes! ¡María, que tu ejemplo de fe, que peregrina, vive y camina en la fe, sea el punto de referencia de mi oración para anunciar a los que se crucen por mi camino el mensaje de la salvación! ¡Haz fructífera mi oración, Madre! ¡Ayúdame, Madre, a resplandecer el testimonio de la comunión!

Pronunciar con amor el Santísimo Nombre de la Virgen

Segundo sábado de septiembre con María, la Mujer del Santo Nombre, en lo más profundo de mi corazón. Hoy celebramos una fiesta hermosa: la del Santísimo Nombre de la Virgen. Este venerable Nombre lo honramos los cristianos desde hace muchos siglos. Es hermoso venerar el nombre de María pues el suyo es un nombre glorioso, acogedor, tierno, repleto de amabilidad. De origen hebreo Miriam significa Doncella, Señora, Princesa aunque para los cristianos el nombre de María tiene también otros importantes significados: “la elegida de Dios”, “la madre de Dios” o “la amada del Señor”.

Lo esencial de este nombre tan bendecido es que fue inspirado por el mismo Dios a los padres de la elegida por Él para ser Madre de su Hijo y que el día de la Anunciación fue pronunciado con reverencia y amor por el Arcángel Gabriel. Desde el día de su sí a Dios todas las generaciones cristianas lo repetimos con afecto y cariño a todas horas del día: “Ave María…” 

Exclamar María es encomendarse a su valiosa intercesión, a su omnipotente protección, a su gracia maternal, a sus indiscutibles beneficios, a su amor.  Ella vino al mundo para ser Madre de Dios y Madre nuestra.

¡María! Para mí decir el nombre de la Virgen es sentirme acogido en su regazo, es sentir su cercanía, su amor, su ternura, su protección, su confianza, sus gracias, sus dones, su misericordia, su cariño… Es sentir que estoy en la manos de la Madre del Dios vivo; es sentir la luz que me guía porque es Madre de la Luz Eterna; es sentirse acogido por la principal obra de Dios, moldeada para ser su Madre; es sentirse amado por la amada de Dios; es sentirse consolado por la Virgen Inmaculada; es sentir toda su belleza porque Ella es la más hermosa de entre todas las mujeres; es esperar siempre porque Ella elimina las tinieblas de la vida; es sentirse arropado en todo porque Ella es la casa de Dios; es hacerse presente en el sí de la Creación porque Ella es el altar de la Divinidad; es sentirse cubierta de su manto porque Ella es la que abraza siempre como abrazó al Niño Dios; es sentirse guiado porque Ella es la que reposa en la Sabiduría Eterna; es ver como endereza mi caminar porque Ella es la Estrella del Mar; es consolar mis tribulaciones porque Ella supo sufrir y comprende los sufrimientos pues fue traspasada por una espalda de dolor; es aceptar la cruz de cada día porque Ella mostró el valor de la cruz estando a los pies del madero santo; es sentir su consuelo porque Ella es la consoladora por excelencia; es sentirse hijo de la Iglesia, porque Ella Reina de la Iglesia Triunfante… Tantas cosas puedo decir de María, tantas glorias cantarle, tanto piropos decirle: María, Reina de la Misericordia, del Amor, de la Esperanza, hermosa como la luna, coronada con doce estrellas, brillante como el sol, mi esperanza, mi dulzura, mi alegría. María, Reina Santísima, ante la sola mención de este nombre solo puedo exclamar: ¡Todo tuyo, María!

Hoy mi oración es la hermosa plegaria de San Alfonso María de Ligorio dedicada al Santo Nombre de María: Oh María, llena de gracia, haced que vuestro nombre sea la respiración de mi alma! No me cansaré jamás de acudir a Vos, repitiendo constantemente: María! María! Qué inefable consuelo, qué dulcedumbre, qué ternura experimenta mi alma! Oh María!, amable María, cuando pronuncio vuestro nombre, doy gracias a Dios por haberos dado para mi felicidad nombre tan dulce y amable.

Nacida para ser Puerta por la que Dios entra la tierra

Honramos hoy con gran alegría y gozo el nacimiento de la Virgen María, la Madre de nuestro Dios y Señor Jesucristo. Y nuestra Madre. Hija escogida de Dios, la letanía de nombres a través de las generaciones nos retrotrae a la profundidad del misterio de la Encarnación. María es la puerta por la que pasa Dios para entrar en la tierra, en nuestro mundo.

Nacida para ser Madre del Salvador. .¡Qué bello! Nacida para ser corredentora del género humano. ¡Qué esperanzador! El desarrollo de la mariología a lo largo de los últimos siglos nos muestra hasta qué punto María sigue siendo la puerta por la que pasa Dios para alcanzarnos. María es la Puerta al Cielo cuando la invocamos en las letanías de los santos. Las múltiples apariciones de la Santísima Virgen en el mundo y la infinitud de milagros debidos a Ella ilustran bien esta verdad.

La acción de la Virgen María hacia nuestra humanidad florece y desarrolla su maternidad. Es porque María se convirtió en nuestra Madre durante nuestro bautismo que ella intercede de manera constante ante su Hijo por nosotros, pueblo de pertinaces pecadores. Así que al celebrar en este día el cumpleaños de María, le quiero mostrar todo mi afecto, todo mi amor, toda mi entrega, toda mi dedicación. Me pongo bajo su maternal protección: pongo en sus manos mi familia, mis hijos, mis amigos, mis compañeros de trabajo, mis grupos de oración, mi parroquia… Le confío a Ella el futuro de nuestras sociedades, que es motivo de gran preocupación. Le confío la conciencia de los políticos y los líderes sociales que atacan a la Vida y los derechos elementales de los seres humanos. Le pido para que abra la conciencia del ser humano para evitar sociedades que se pongan al servicio del egoísmo y del orgullo del hombre que rechaza a Dios! La vida, don de Dios, está siendo atacada. Hoy, celebrando la Natividad de la Santísima Virgen, valoramos especialmente la condición de los abortados, de los niños, de los abandonados, de los que no tienen nada: María fue un bebé, una niña. ¡Jesús mismo fue un bebé y un niño! ¡Dios se hizo hombre desde la fragilidad de un niño! 

Pero celebrar la Natividad de María es también celebrar un nuevo nacimiento que comienza en el corazón del ser humano. Es el comprometerse a rezar a Dios a través de su santa Madre, a través de la Puerta del Cielo, por las intenciones que salen del corazón abierto. No hay intercesión más eficaz y poderosa que la de la Virgen María. En estos tiempos en que se multiplican las leyes de la muerte, amenazas a la vida, leyes contra la naturaleza, contra la libertad humana, contra los derechos sociales… volvamos nuestro corazón y alma a la Virgen María. Que lleve bajo su manto a todos los que le encomendamos.

¡Virgen María, Madre de Dios y Madre mía, eres mi esperanza, el camino que me guía, la que me cubre con tu manto maternal, la que me enseñas a decir que sí a Dios, la que me muestra como meditar la Palabra del Padre, la que me acompaña en los vericuetos de mi existencia, la que fortalece mi fe tantas veces tibia! ¡Vuelve en cada momento, Madre, tu mirada sobre cada ser humano de este mundo, acoge sus sufrimientos, angustias y dificultades, protégelas con tu amor de Madre! ¡Cubre con tu mirada amorosa y misericordiosa las necesidades de cada persona, consuela con tus manos santas a los que viven en la incertidumbre, a los que están enfermos, a los que han perdido a algún ser querido, a los que están en la desesperación de la pobreza, a los que tienen el corazón o el alma herida por cualquier circunstancia! ¡Naciste, Madre, para ser Madre de la esperanza, del amor, de la fe, de la misericordia; cubre el mundo con estos valores que te definen para llenar de confianza a la humanidad entera! ¡Intercede, Madre, ante el Buen Dios para que estos momentos de prueba tan difíciles que estamos viviendo a todos los niveles alcancen ya el final y podamos vivir un camino de serenidad y paz interior y de mucha esperanza! ¡Ilumina, Madre, a los dirigentes del mundo para que nos guíen según el bien común y haz que las conciencias de los poderosos están dirigidas para hacer siempre el bien para la sociedad! ¡Y a todos, Madre, haznos niños, llenos de bondad y generosidad, humanidad y caridad, para ser constantes en la fe, firmes en la esperanza y constantes en la oración!

Arropado por el amor maternal de María

Último sábado de agosto con María, Madre de la alegría y de la esperanza, en lo más profundo de mi corazón. Está a punto de terminar un mes en el que me he sentido muy unido a María. Arropado por su amor maternal de Madre y por esa ternura que tiene con cada uno de sus hijos.

Cuando rezo en mis oraciones de cada día, cuando paso las cuentas del Santo Rosario, cuando el sacerdote eleva la hostia consagrada me acuerdo también de María. Puedo decir con alegría y gozo que Ella me ha acompañado en todos los momentos de mi existencia, la he sentido y la siento muy presente en cada acontecimiento que me ha sucedido, especialmente en aquellos que estaban presididos por el sufrimiento, el dolor o la angustia. Allí está siempre Ella, cubriéndome con su manto protector y maternal.

Ella sustenta cada día mi fe cristiana, mi peregrinaje como hijo del Padre, con mis imperfecciones y debilidades.

Ella es la que desde hace mucho tiempo protege cada uno de mis pasos, la de los míos, guía mucha de mis decisiones, consuela mis penas, está junto a mi cuando cargo la cruz, me apoya en las jornadas difíciles…

La oración cotidiana me permite adentrarme también de manera constante en el misterio de María, acercarme a su Corazón Inmaculado, descubrir su belleza interior, vislumbrar sus virtudes como ejemplo para mi vida, aprender de ese «fiat» amoroso y sublime que es testimonio de amor a la voluntad del Creador. Este «fiat» ha supuesto para mí una guía, una luz, un testimonio y una brújula que ha marcado mi irregular camino de la vida. 

Me siento profundamente alegre, feliz y orgulloso de tener a María como Madre. Una de las cosas hermosas que aprendido es a tratar de imitar a María. Tratar de parecerme a Ella, en sus quehaceres cotidianos, en sus virtudes, en su forma de actuar, de pensar y de sentir. Imitándola a Ella también sé que estoy tratando de parecerme a su Hijo. La Virgen María es el espejo más fiel de Jesucristo. Y ese es mi ideal de cristiano: ser otro Cristo. 

Hoy quiero abrir de nuevo mi corazón y sellar con Ella una nueva alianza de amor, de esperanza y de fe. ¡Todo tuyo, María!

¡Dios te salve, María, toda hermosa; todo en ti es bello: tu nombre, tu corazón, tu alma, tus sentidos, tu mirada, tus sentimientos; nada en ti está mancillado por la suciedad del pecado; conviérteme María en el espejo en el que mirarme! ¡Dios te salve, María, la del dulce nombre, que nunca fuiste esclava del pecado sino esclava del Señor; que a imitación tuya me aleje siempre de la tentación de pecar, que no me haga esclavo del demonio y de sus pasiones! ¡Dios te salve, María, Madre de la misericordia y del amor, no solo tu nombre es bello es también hermosa tu grandeza y tu majestad por eso Dios te ha dado el poder para mandar en nuestros corazones; entra en el mío, María, tan necesitado de bondad, generosidad, humildad y servicio los distintivos de tu persona! ¡Dios te salve, María, bálsamo de mis fatigas, que alivias mis tribulaciones y mis sufrimientos, que iluminas esa ceguera que tantas veces me aleja de Dios y que das fortaleza a mis pasos! ¡Dios te salve, María, la del bendito nombre, que intercedes siempre ante el Padre; pide mucho por mí, Madre, implorando al Dios omnipotente por mi alma! ¡Dios te salve, María, dulce nombre que consuela y llena el corazón de alegría; renueva mi confianza en tu Hijo y ayúdame a hacer siempre la voluntad de Dios! ¡Dios te salve, María, que cada día al pronunciar tu nombre me sirva para iniciar un dialogo amoroso con Jesús Tu Hijo!

Invitado a la amabilidad

Segundo sábado de agosto, con María, Madre Amable, en lo más profundo de mi corazón. Y esa amabilidad de María es una invitación a mi propia amabilidad. Amable es aquel que tiene una actitud amorosa con el prójimo. La amabilidad va muy unida a la benevolencia y a la bondad para hacer que el amor se desborde. Consiste en hacer buenas obras que broten del amor, que se practiquen con la única intención de contribuir al bien de los que nos rodean. La amabilidad es un reflejo claro de Jesús, carne de María. Amable es el que perdona. El que disculpa los errores de los demás. El que desea el bien ajeno. El que sabe interpretar el bien. El que no juzga presuroso. El que acoge al que sufre. El que se preocupa de las necesidades del otro. El que es caritativo. El que se generoso. El que ama al que le ha hecho daño. El que siempre hace el bien. El que presta su ser sin esperar nada a cambio. El que consuela. El que se anticipa a una necesidad ajena. La amabilidad surge siempre de un corazón abierto dispuesto a amar y a entregarse. Con estos mimbres, ¿me puedo considerar una persona amable? ¿Con quién o quiénes soy amable? ¿Con quién o quiénes me cuesta ser amable? ¿Me puedo considerar como María, Madre Amable, amable por encima de cualquier cosa? Ella alegre siempre, generosa siempre, caritativa siempre, servicial siempre, humilde siempre, bondadosa siempre, dispuesta a darse al otro siempre. ¿Soy así? ¡Dame, María, un corazón grande para parecerme a ti!

¡María, Madre, dame un corazón grande, generoso, humilde, bondadoso, caritativo y servicial para parecerme a ti! ¡Guárdame, María, de la soberbia para que sea siempre generoso, abierto al amor al prójimo, para que mis palabras y mis actos reflejen siempre a tu Hijo, nacido de tus entrañas! ¡Enséñame, María, a abrir mi corazón y a poner en acción todas mis acciones, palabras y pensamientos para que desborden amabilidad! ¡Concédeme, María, un corazón grande donde quepan todos por igual, una mirada limpia para ver a todos con amor, un corazón generoso para que acoja siempre al prójimo sin mirar sus faltas, limitaciones o errores! ¡Concédeme, María, Madre Amable, ser una persona generosa como lo fuiste tu con el que más lo necesita! ¡Madre Amable, hazme parecido a ti!  

¡María, ruega a Jesús por mi!

Primer sábado de agosto con María, Madre del Redentor y Madre de Misericordia, en lo más profundo de mi corazón. Estos dos atributos los refiere con asiduidad en su magistral tratado a la Virgen san Alfonso María de Ligorio, del que hoy celebramos su festividad. Las Glorias de María es una profunda y hermosa recopilación de temas en defensa de la Virgen María. De este santo italiano aprendemos que sí, que María es Madre del Redentor y Madre de misericordia, que Jesús es el mediador de la justicia y que María es mediadora de la gracia porque todas las gracias que Cristo nos otorga, sin excepción, han pasado previamente por las manos de Nuestra Madre.

A los ojos de Dios, cualquier oración de alguien que haya alcanzado la santidad es un oración atendida con amor pero las oraciones que salen del corazón de María, del corazón de la Madre, llegan íntimamente al corazón de Dios. Y san Alfonso nos invita y nos recomienda a recurrir con confianza y asiduidad a esta Madre divina. Y la jaculatoria más hermosa que nos enseña, que nos permite abrir el corazón, que nos sirve como recurso recurrente, es pronunciar con humildad un devoción tierna a María es: ¡María, ruega a Jesús por mí!.

Y como el poder de Jesús, que es todopoderoso, le viene por naturaleza, a María le es otorgada por la gracia. ¡Solo pensando que fue escogida por Dios para ser su Madre hace que nada que le pida Ella a Dios no sea otorgado!

Doy gracias cada día por tener a María como Madre. Ella nos obtener todas las gracias que precisamos. Pedirle una gracia a María es obtenerla con toda seguridad a pesar de mi indignidad de pecador y de estar tan alejado tantas veces de Dios con mis comportamientos. Pero cuando más pecador eres, más digno de te hace María a través de su intercesión. La finalidad de María es que no cejemos en nuestra oración diaria, en el rezo del Santo Rosario, oración que san Alfonso nunca abandonó, con el fin de obtener la salvación que Ella tan fervientemente desea para cada uno de sus hijos.  

Y como san Alfonso quiero decir hoy: ¡Oh, María! Espero salvarme con entera certidumbre por vuestro medio. Rogad a Jesús por mí; no os pido otra cosa. Vos me habéis de salvar, porque sois mi esperanza. Entre tanto, no cesaré de repetir estas consoladoras palabras: ¡Oh María, esperanza mía; Vos me habéis de salvar!

¡Oh, María! Espero salvarme con entera certidumbre por vuestro medio. Rogad a Jesús por mí; no os pido otra cosa. Vos me habéis de salvar, porque sois mi esperanza. Entre tanto, no cesaré de repetir estas consoladoras palabras: ¡Oh María, esperanza mía; Vos me habéis de salvar! ¡Oh María, que eres mi Madre y eres mi Esperanza, me refugio bajo el manto de tu protección; no me alejes nunca de tu Hijo; mira con misericordia y afecto mi miseria y ten piedad de mí para interceder ante el Padre por mis pecados y mis miserias, intercede para que el Espíritu Santo se pose sobre mi y me llene de su amor y de luz a mi vida! ¡María, te pido que obtengas para mi la santa perseverancia, el amor de Dios, una vida santa y una buena muerte! ¡Todo tuyo, María, esperándolo todo de ti, porque eres la preferida de Dios que siempre te escucha! ¡María, en ti donde pongo todas mis esperanzas y como dejó escrito san Alfonso: “Si mi corazón es indigno de amaros, por estar manchado y lleno de afectos terrenos, procurad, Señora, trocarlo, ya que lo podéis hacer. Unidme y estrechadme de tal manera con Dios, que no pueda jamás separarme de su santo amor”!

Hoy comienza el mes de agosto. Nos unimos a la intención del Santo Padre que pid recemos por todas las personas que trabajan y viven del mar, entre ellos los marineros, los pescadores y sus familias.

Confiarse a María como el apóstol Santiago

Último sábado de julio con María, Madre de la Esperanza, en lo más profundo de mi corazón. Ante las cruces cotidianas, ¡qué mejor que acudir a María que estuvo siempre al pie de la cruz! A María te puedes dirigir siempre sin circunloquios, sin palabras bonitas, sin frases grandilocuentes… basta que le abras el corazón de par en par y sentir como Ella acoge tu plegaria, te arrope con su manto, te escuche con amor y eleve tu súplica al Padre.

María es la Madre que siempre está presente para acoger lo que cada uno le pide. Por eso se hace tanto de querer. Abre sus manos para que depositemos en ellas nuestra oración quebradiza, nuestras peticiones tímidas, la pequeñez de nuestras cosas porque para ella esa oración es grande, las peticiones importantes y lo pequeño sustancial. Todo lo que se ofrece a la Virgen se transforma por completo en obra del Espíritu Santo, con quien María ha tenido siempre una relación especial.  No hay nada que nos inoportune, nos duela, nos haga sufrir, nos preocupe, nos altere, nos entristezca que lo sienta ajena a Ella. Nada de cuanto nos ocurre queda al margen de su amor y de su misericordia. Cualquiera de nuestros pasos en su maternal compañía nos dirigen directamente a Dios.

Hoy, en esta festividad de Santiago Apóstol, más que nunca le confío a Ella mi vida como hizo el hijo del Zebedeo quien en Zaragoza obtuvo la bendición de la Madre de Dios para emprender su misión de evangelizar celtiberia. Aquel día, la Virgen se le apareció al apóstol sobre un pilar de mármol mientras un coro de ángeles cantaban el Ave María. Quienes nos hemos acercado a la Basílica del Pilar con frecuencia nos acordamos de la frase que dirigió a Santiago el Mayor: que la virtud de Dios obre portentos por mi intercesión con aquellos que en sus necesidades imploren mi patrocino. Y, como es de imaginar, tomo con alegría las palabras de María para confiarle mi vida y la de todos los que amo para que llene nuestras vidas de su presencia y haga que brille en nosotros la luz de Cristo, esa luz que un día Ella iluminó en un rincón perdido del mundo. Y como el apóstol dejarme guiar con confianza por su Palabra, por sus gestos, por su compañía y por su amor imperecedero.

¡María, Madre de Dios y Madre Nuestra, quien te hiciste presente en Zaragoza para dar fuerzas y vigor al Apóstol Santiago y le invitaste a erigir en tu honor un templo a las riberas del Ebro, llena a nuestro país y a todos los que lo conformamos de mucho amor, de mucha caridad, de mucho respecto, de muchas gracias, de mucha generosidad y de mucha comprensión mutua! ¡Ayúdanos a persevera cada día en la fe, en la esperanza y en la caridad para que los valores perennes de tu Hijo pervivan en nuestras sociedades! ¡Te confío, Madre, mi cuidado y el de todas las familias del mundo especialmente las que están sufriendo dificultades económicas, sociales o enfermedades entre sus miembros! ¡Te confío el bienestar del alma para que no decrezca nuestra esperanza y nuestra fe; ayúdame a ser transmisor de esperanza, de acompañar a quien sufre, a buscar siempre la verdad, a acompañar a los que más lo necesitan como haces tu con cada uno tus hijos! ¡Te pido, Virgen Santa, que atiendas a los que padecen desgracias, soledad, enfermedad, falta de fe o poca disponibilidad para una entrega plena a Dios! ¡Conviértete, Madre, en verdadero auxilio para quienes acudimos a ti, consuelo para los que padecen sufrimientos, luz cuando las incertidumbres hagan mella en nuestra vida, pilar para sostenernos en las vacilaciones y aliento cuando decaigan nuestras fuerzas!

Identificarme con la vocación del hágase

Segundo sábado de julio con María, Madre de los Padres de la Iglesia, en lo más profundo de mi corazón. Hoy coincide con la festividad de san Benito, fundador de la orden benedictina, a la que estoy estrechamente unido por mi íntima relación con el santuario de Lord. 

En el desarrollo de la conciencia cristiana sobre el misterio de María sorprende que no se mencione la figura de la Virgen en las primeras obras monásticas a diferencia de lo que ocurre en los escritos de los grandes Padres de la Iglesia pues para los monjes como san Benito su vocación era la interiorización aunque su amor por María fuera inmenso. 

De hecho, la figura de María no aparece en la Regla de san Benito aunque cuando la orden comienza a dar sus primeros pasos los monjes de todos los monasterios vinculan su existencia a la presencia de la Madre de Dios. La espiritualidad monástica toma profundamente la espiritualidad mariana como algo consustancial a su naturaleza y así surgen cantos gregorianos tan hermosos como las antífonas del Salve Regina o del Alma Redemptoris Mater donde se ensalza la figura de María. Además, se gestaron otras formas de devoción a la Santísima Virgen como el Oficio Parvo. 

Lo observo en el padre Joan, abad del santuario de Lord. Contemplándolo uno tiene la impresión de que su vida monacal va connaturalmente unida a un amor especial por la Virgen, como si su vocación estuviera enraizada en Ella, unida espiritualmente al misterio de María. Esto es así ahora y en el pasado. En Lord los frutos de la Virgen se manifiestan claramente en la comunidad pero también entre los que suben al santuario a ponerse a sus pies.

La vocación monástica, como ocurre con la vocación de todos los seres humanos, es un regalo de Dios, una gracia sobre el que el Espíritu Santo arroja un rayo de luz para ver cumplido el camino de la vida. La vocación cristiana estando unida a Cristo lo está también en una unión particular con María. Y aunque el monje consagra su vida a la búsqueda de Dios en una vida de ora et labora, de oración y silencio, trabajo y soledad, de humildad y de entrega, de contemplación y de gratitud, ahí surge también María pues esos son sus atributos.   

No es posible una vida auténtica cristiana sin la presencia de la Virgen. María, Madre de Dios, es el camino que nos conduce a Jesús, es la que nos permite conocerle, amarle y sentirle. Es el espejo en quien mirarnos. Es el prisma que nos facilita percibir la riqueza intrínseca que se oculta en el corazón de Cristo. Es Ella, quien en los pocos episodios en los que aparece en los Evangelios, nos muestra en todo su esplendor la realidad viva de Cristo, carne de su carne. De ahí que, cuando el cristiano contempla a María, ve reflejada en Ella a Jesús. Hablar con María es hacerlo también con Jesús. Orar con María es rezar también con Jesús. Escuchar a María es escuchar también la voz amorosa de Jesús.  

El monje, decía San Benito, y es aplicable también a cualquier laico, tiene su camino marcado por Cristo y lo debe imitar en todo. Y se imita a Cristo cuando se está iluminado por María. De ahí que la vocación del monje, como de cualquier cristiano, es principalmente un diálogo íntimo con María.

Hoy, en esta festividad de san Benito, quiero que mi devoción a María no se limite solo al rezo del Rosario o de otras oraciones dirigidas en su honor sino tratar de identificarme aquella cualidad que determinó el sí de su hágase a Dios, su auténtica vocación de Madre de Dios, es decir transitar por la vida con muchas dosis de humildad, obediencia, oración y esperanza en la voluntad de Dios. Y, desde esa esperanza abrir mi corazón de par en par al auténtico Amor.

Dios te salve, Reina
y Madre de misericordia,
vida, dulzura y esperanza nuestra;
Dios te salve.
A ti llamamos
los desterrados hijos de Eva;
a ti suspiramos, gimiendo y llorando
en este valle de lágrimas.
Ea, pues, Señora, abogada nuestra,
vuelve a nosotros esos tus ojos
misericordiosos;
y después de este destierro,
muéstranos a Jesús,
fruto bendito de tu vientre.

¡Oh, clementísima, oh piadosa,
oh dulce Virgen María!

LA MEDALLA DE SAN BENITO

Aprovecho para recomendar a todos los lectores llevar siempre encima la Medalla y la Cruz de San Benito. El uso de estos sacramentales tienen un carácter de protección. El Crucifijo de la Buena Muerte y la Medalla de San Benito han sido reconocidos por la Iglesia como una ayuda para el cristiano en la hora de la tentación, el peligro, el mal y, principalmente, en la hora de la muerte. Se puede recibir una indulgencia plenaria llevando la Cruz de San Benito. A través de la indulgencia plenaria somos perdonados del castigo por nuestro pecados en la hora de la muerte. El creyente debe confesarse, recibir la Comunión, y clamar el santo nombre de Jesús con devoción. Para la indulgencia no basta la Cruz, debe representarse a Cristo crucificado, en señal de la unión de nuestros sufrimientos a las de nuestro Salvador.

Descripción de la medalla:

Al frente de la medalla aparece San Benito con la Cruz en una mano y el libro de las Regla en la otra mano, con la oración:
“A la hora de nuestra muerte seamos protegidos por su presencia.”
El reverso muestra la cruz de San Benito con las letras:

C.S.P.B.: “Santa Cruz del Padre Benito”
C.S.S.M.L. : “La Santa Cruz Sea Mi luz” (crucero vertical de la cruz)
N.D.S.M.D.: “que el Dragón No Sea Mi Guía.” (crucero horizontal)
En círculo, comenzando por arriba hacia la derecha:
V.R.S. “Abajo Retrocede Satanás” 
N.S.M.V. “Para de Atraerme Con Mentiras”
S.M.Q.L. “Venenosa Es Tu Carnada”
 I.V.B. “Trágatela Tú Mismo”
PAX “Paz”

¿Para qué sirve la Medalla de San Benito?

La medalla de San Benito es un sacramental reconocido por la Iglesia con gran poder de exorcismo. Como todo sacramental, el poder de la medalla no está en sí misma, sino en Cristo, y por la fervorosa disposición de quien la porta.

Con María, la primera discípula de Jesús

Cuarto sábado de junio, con María, la primera discípula de Jesús, en lo más profundo de mi corazón. Un día después de vivir con amor la festividad del Sagrado Corazón de Jesús quiero imitar de su Madre su manera propia de seguir a Cristo. Haciéndolo como hizo Ella, conservándolas las cosas y meditándolas en el corazón, desde la interioridad, madurando desde los profundo del corazón todo cuanto sucede a su alrededor. Hacerlo desde la preocupación, el respeto y cuidado del prójimo —en su caso, que conozcamos de los Evangelios, con san José, con su prima Isabel, con los novios de las bodas de Caná, con el discípulo amado, san Juan, con los discípulos, con las mujeres que acompañaban a Jesús—. María acompaña a Jesús como madre, pero ejerciendo su maternidad desde la vertiente humana pero, sobre todo, espiritual.
Ser con María discípulo alegre de la vida; hacer presente la alegría en lo profundo de mi ser para darme al prójimo y para elevar mi canto gozoso por la grandeza de Dios, para ser portador del hágase en mi según tu palabra y llevar siempre en mi corazón la alegría de portar en él al mismo Dios.
Pero hay otros tantos ejemplos que invitan a seguir a María como discípula de Jesús: su humildad, su sencillez, su desprendimientos, su entrega, su inquebrantable fe firme, su capacidad de amar, su servicio amoroso, su manera de afrontar las pruebas y el dolor, su contrastada esperanza, su comprensión, su paciencia, su benignidad…
María, madre y discípula, compañera en el camino hacia Jesús y guía para seguirle en las sendas de la vida.
Contemplo hoy a la Virgen con el corazón abierto a la esperanza, en la plegaria para dejarme cubrir por su amor maternal, consagrado a Ella, santa entre las santas, para que me guíe en los caminos de la vida, para que tome mi mano y me enseñe a caminar hacia Jesús. ¿Quién sino como María que cumplió la voluntad de Dios, escuchó Su Palabra y la cumplió a cabalidad para guiarme por el camino hacia la Santidad?

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¡María, me uno enteramente a Ti en este nuevo día, tu que fuiste para la primera cristiana de este mundo, la Madre de la Fe en el Nuevo Testamento; la primera discípula de Tu Hijo! ¡Me uno a Ti y comienzo el Ave María y me alegro de sentirte tan unida al Padre, llena de gracia, unida siempre a Jesús, bendita entre todas las mujeres! ¡Me uno a Ti, María, que me enseñas a fundirte en una unión perfecta con Jesús! ¡Me uno a Ti, María, que me muestras como hacer siempre la voluntad de Dios, a cumplir sus designios, a dejarse llevar por la luz del Espíritu Santo, a dejarse llenar por sus dones y sus gracias! ¡Me uno a Ti, María, que me guías por el camino de la vida, que atiendes siempre mis llamadas y mis plegarias, que me prestas siempre tu socorro y tu auxilio, que me esperas siempre con los brazos abiertos para cubrirme con tu mano! ¡Me uno a Ti, María, para buscar tu amable y cariñosa compañía, para acudir con confianza a ti, para que me ayudes a cuidar los detalles pequeños de mi vida cotidiana como hiciste Tu, para que me ayudes a hacerme niño y pequeño ante Dios, para que me ayudes a reconocer que sin Jesús no soy nada y nada puedo, para que me llenes de gracia, para que me procures las fuerza para perseverar en mi camino de fe, para que me enseñes a pedir, para que me ayudes a ser sencillo, a estar siempre alegre, para que me ayudes a abrir siempre el corazón! ¡Me uno a Ti, María, y te confío mis alegrías y mis desventuras, pero sobre todo te pido que me ayudes a conocer y seguir a Jesús con más ahínco e ilusión!

En la vigilia del Corpus, «haz lo que Él te diga».

Segundo sábado de junio con María, Madre de Jesús Comunión, Mujer Eucarística, en lo más profundo de mi corazón. Hoy es la vigilia de la fiesta del Corpus, la gran celebración en la que ensalzamos a Jesús Pan de Vida. Es también la fiesta de María, la mujer del «Haced lo que Él os diga».
Estas palabras llenan hoy mi corazón. Palabras que impregnan todo mi ser y mi existencia. Porque María sabe que en la fiesta de mi vida también falta el vino numerosas veces. En la fiesta de mi vida, Ella se levanta y acude a Jesús. Y le susurra: «Le falta el vino». El vino que sale del fruto de mi corazón. Fruto de una vida centrada en Cristo, una vida desprendida de mis yoes para que Cristo pueda vivir en mi, una vida que trate siempre de complacer a Dios y no a mis necesidades o intereses o los de los que me rodean; una vida que tenga como prioridad a Dios. Y Madre e Hijo se miran. Y Ella vuelve a mi y me susurra, amorosa y tiernamente, en el silencio de la oración para decirme: «Haz, Hijo mío, lo que Él te diga».
En mi ciudad la solemnidad de Corpus Cristi es una fiesta con una tradición que se remonta al siglo XIV, con Cristo Eucaristía recorriendo las calles de la ciudad, con gran alegría ciudadana alrededor de la procesión con olor a flores e incienso y el amor a los demás expresado en la ayuda a los más vulnerables. La ciudad se engalana para participar de esta manifestación. Pero este año, a consecuencia del Covid-19, la fiesta se reinventa para celebrarse digitalmente con alfombras virtuales y rutas guiadas desde casa. Y cuanto todo se acalle de nuevo, María seguirá recordándome: «No olvides, Hijo mío, hacer lo que Él te diga».
Porque María sabe de mis impulsos alegres, de cómo sigo al Señor acudiendo a verle al Santísimo para luego adormecer mi alma, por mi piedad y mi fe tantas veces tibia y cansina, por mis decaimientos y perezas. «Haz, Hijo mío, lo que Él te diga», pero no en las grandes fiestas sino en cada circunstancia de mi vida, de mi existencia, de mis jornadas alegres o dificultosas, en cada sonrisa o en cada enojo, en cada éxito o en cada fracaso, en cada momento de serenidad o de enfado… «Haz, Hijo mío, lo que Él te diga», para que en cada momento de mi existencia su presencia en mi vida sea un seguirle siempre, como si lo hiciera detrás de esa procesión por las calles de mi ciudad siguiendo al Santísimo, en la que allí está Jesús, vivo y presente, esperándole que le siga. Ahora y siempre.
El «Haz, Hijo mío, lo que Él te diga» es una invitación a seguir a Jesús e imitar a María porque Ella sí hizo siempre lo que Él decía. Y sin miedo, sin reticencias, sin poner obstáculos, sin hacer uso de su privilegio de Madre del Salvador, caminó detrás suyo en los momentos alegres de la vida y en el camino de cruz, dolor y sufrimiento hasta el momento de su muerte en Cruz.
Sí, María, en esta vigilia del Corpus Christi, hago mía tu invitación del «Haz, Hijo mío, lo que Él te diga» y cogido de tu mano me propongo seguir a Jesús en la procesión más importante: la de la vida, don y regalo de Dios, unido a la Trinidad Santísima y a ti, Madre de la Iglesia, asociada con espíritu materno al sacrificio de la Eucaristía que da vida al mundo y que en cada Misa me pone en comunión contigo, con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

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¡Señora, Madre del Amor Hermoso, en esta vigilia del Corpus me uno a Ti y a tu Hijo en comunión; quiero hacer de mi vida una permanente ofrenda a Dios; quiero que mi existencia se convierta en una procesión alegre y festiva, un caminar siempre detrás de tu Hijo con el incienso de la esperanza y las flores de la alegría! ¡Quiero, María, hacer como hiciste tu siempre: seguir a Jesús en las alegrías y en las penas, en los momentos felices y en los momentos de dolor sin cuestionarme el por qué de cada momento; siempre cerca, siempre unido a Él, siempre siguiendo la voluntad del Padre; hasta el final cuando ya no quedaba nadie! ¡Deseo hacer como Tu, Madre, haciendo siempre la voluntad del Padre, cumpliendo la voluntad del Hijo, dejándote guiar por la voluntad del Espíritu Santo! ¡En esta vigilia del Corpus, María, te miro con el mismo amor que me miras siempre a mi, y te sigo en la procesión de mi vida cogido de tu mano para ir hacia el cielo prometido! ¡Acudo a Ti, María, en mis debilidades y en mis caídas, en mis alegrías y en mi levantarme, en mis dudas y mis incertezas, en mis seguridades y en mis fortalezas, en mis soledades y vacíos, en mi plenitud y mi esperanza, para que de tu mano haga siempre lo que Él me diga! ¡Haz de mi, María, un alma eucarística, un alma que ame mucho la Eucaristía, que sea ofrenda permanente a tu Hijo Jesús Comunión, y que desde Él sea capaz de amar a todos los que me rodean como Él los ama! ¡En esta vigilia del Corpus María, me postro ante tu Hijo María, nacido de tu seno por nosotros, y elevo mi agradecimiento a Dios por el don hermoso de la Eucaristía que tu llevaste en tu vientre durante nueve meses por obra y gracia del Espíritu Santo! ¡Y doy gracias a Dios por darnos a ti como Madre, ejemplo de fe, de amor y de experiencia de Dios! ¡Totus tuus, María; siempre tuyo, María!