«¿Dónde vives, Señor, y donde vivo yo?»

¿Cómo cambiará mi vida después del Covid-19? ¿cómo cambiará la vida de mis amigos, vecinos, conocidos, clientes, proveedores, compañeros de los grupos de oración…? ¿Cómo será el mundo cuando abramos las puertas de nuestros hogares y salgamos definitivamente del confinamiento? ¿Cómo será el día después de nuestras vidas? ¿Habremos aprendido algo? ¿Cambiaremos nuestras prioridades? Me hago estas preguntas porque muchos habrán perdido su pasado y sus ilusiones, su presente y la esperanza del futuro. Tendrán que poner el contador a cero porque habrán perdido familiares, negocio, trabajo o, simplemente, la ilusión.
Me ha surgido la respuesta en Juan, en su Evangelio: «Él se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué queréis?» Ellos le respondieron: «Rabbí —que traducido significa Maestro—¿dónde vives?», «Venid y lo veréis», les dijo».
«Venid y lo veréis». Una invitación a seguirle. Y aquellos dos discípulos —que nos representan a ti y a mi—, movidos por la obediencia y la esperanza, decidieron proseguir el camino de la vida junto a Él. Y lo hacen lanzando una pregunta: «¿Dónde vives?», o lo que es lo mismo: «Sabemos quien eres, sabemos que eres el que das la vida por eres la vida y esa vida es la que anhelo para mi». Es reconocer que por muchas tormentas que me acosen, por muchos obstáculos que tenga que superar, por muchas cruces que tenga que llevar… a su lado siempre podré tirar las redes, bien engarzadas y firmes, para pescar en abundancia. Porque lo que quiero es vivir en abundancia y eso implica vivir por, con y en Cristo sin miedo ni temores.
La realidad que vivimos nos hace plantearnos muchas de nuestras necesidades. Los hombres nos hemos cubierto de envoltorios banales y hemos confundido en demasía el auténtico camino de nuestra vida, de la Vida, cuya meta es Jesucristo Resucitado.
«¿Dónde vives, Señor, y donde vivo yo?», esa pregunta es importante para sentirte muy unido a Él. Para saber donde me sitúo en los momentos cruciales de mi vida cuando las circunstancias que me suceden me impiden elevar el vuelo hacia lo eterno, lo trascedente, lo infinito porque muchas veces el drama es que, por la falta de fe, confianza y esperanza, uno cae en la incertidumbre, la tristeza, la desesperanza o la amargura ante lo que le sucede o se le avecina. Por eso es crucial preguntarse: «¿Dónde vives, Señor, y donde vivo yo?». ¿Vivo en Ti que eres el camino, la verdad y la vida? ¿Vivo en mis pensamientos y mis intereses acomodaticios? ¿Vivo en mi prójimo? ¿Vivo en la relatividad del mundo o vivo en la Creación del Padre?
Aleccionado por el Espíritu Santo, al que en este tiempo de Pascua es tan hermoso invocar cada día, le pregunto al Señor hoy con el corazón abierto: «¿Dónde vives, Señor, y donde vivo yo?». Y tras un largo silencio siento como me responde con ternura que Él vive en la autenticidad de mi vida, en la humildad de mis actos, en la sencillez de mi jornada, en el abandono a su gracia, en la obediencia serena a su voluntad, en la oración confiada y paciente, en el silencio vivificador de su presencia, en la escucha atenta de su Palabra y, sobre todo, en el «sí» confiado de cada día, ese «sí» que María puso como máximo testimonio del «hágase tu voluntad y no la mía». Sabiendo donde vive Él y donde vivo yo todo puede resultar más fácil.

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¡«¿Dónde vives, Señor, y donde vivo yo?», esta pregunta que me diriges y que yo mismo me formulo quiero responderla con el corazón abierto a tu gracia! ¡Dime ¿dónde vives, Señor y dónde puedo encontrarte? porque voy a ir detrás de tus huellas para como hicieron aquellos discípulos escuchar tu amoroso, tierno y convincente: «Ven y verás»! ¡Señor, ayúdame a no perder nunca la referencia que eres tu, el auténtico fin de mi vida y concédeme la gracia para actuar siempre de acuerdo con Tu Palabra teniendo siempre la disposición para poner los medios para lograrlo! ¡Anhelo, Señor, conocerte mejor, estar más cerca tuyo, intimar más contigo por eso quiero saber donde vives y donde vivo yo en realidad porque deseo dar respuesta a todos los interrogantes que se me plantean, dar respuesta a mis incertezas! ¡Señor, te pido que me vayas mostrando dónde vives, pues deseo conocerte más, encontrarme cada día contigo, servirte con alegría, amarte con un corazón puro! ¡Quiero, Señor, que nada me frene, dar sentido a mi vida, ser testimonio de tu verdad, afrontar las dificultades con decisión, las pruebas con valentía, levantarme cada vez que caiga y tropiece por mis torpezas y mi pecado! ¡Quiero, Señor, ver tu presencia en el día a día de mi vida, sentirte en el prójimo, en las circunstancias que me suceden! ¡Quiero, Señor, saber donde vives para no separarme nunca de Ti, de tu amor misericordioso, de tu amistad inquebrantable! ¡Te pido, Señor, perdón con el corazón abierto porque a sabiendas que tu amor es eterno desconfío y dudo muchas veces porque mi fe es frágil y quebradiza! ¡Te pido disculpas porque sé que no te cansas, Señor, en caminar bordeando mi vida, buscándome para que me abra a Ti, para que me deshaga de mi indiferencia, de mis proyectos quebradizos y tan humanos y me desprenda de mi constante indecisión ante tu llamada a seguirte con más fidelidad! ¡Concédeme, Señor, la gracia de regalarme la sabiduría de seguirte sin condiciones, de dejar apartadas mis redes, para seguirte seducidos por Ti! ¡Hazme, Señor, escuchar esta llamada que transforme mi vida! ¡Y sí, Señor, quiero saber dónde vives porque quiero ir a tu encuentro y como hizo tu Madre disfrutar cada día de la alegría de encontrarse contigo, vivificarse contigo y penetrar con amor en tu misterio!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, cuando Jesús expuso las ocho bienaventuranzas, no hizo más que fijarse en ti: enséñame a ser misericordioso, es decir, a amar a cada uno con sus defectos.
Te ofrezco: ser hoy más comprensivo con los defectos de los que me rodean.

Vivir la verdad y sin máscaras

Si uno lo analiza bien el ser humano es de por sí bastante complicado. Y cuando las complicaciones abruman cubrimos la impotencia que nos inunda por medio de máscaras. Dejas de ser tu para perder tu originalidad y acomodarlo todo a un apaño de medias verdades y poco originales justificaciones.
¿No es mejor vivir la vocación de cristiano, de padre o madre de familia, de amigo, de creyente, de profesional, de ama de casa, de estudiante o de lo que sea desde la autenticidad, la sencillez o la descomplicación?
Estamos porque hemos sido creados por un Dios que es Amor. Sin ese amor no somos nada porque todo nos viene regalado. Hay que aprender a dejarse moldear por la acción del Espíritu para que Cristo se encarne en mi persona, me llene, me impregne, me invada y me posea. Para que Cristo entre por completo en mi vida y la transforme desde lo auténtico y veraz. Es su Espíritu el que moldea esa frágil vasija de barro que conforma la vida. Delicada, quebradiza y vulnerable por fuera pero con abundantes dones por dentro pero no por méritos propios sino porque Cristo, motor de la historia y por tanto de vida, vive en cada uno. Entonces, logro que mi mirada sea su mirada, mis pensamientos sean sus pensamientos, mis actos sean sus actos, sus sentimientos sean los míos… en un acompasamiento de acciones y de gestos. Es decir, vivir con Cristo, en Cristo, para Cristo, por Cristo y desde Cristo.
Cuando esto ocurre te puedes desprender de las máscaras que en apariencia te «protegen» exteriormente pero que carcomen y devoran por dentro y que conforman parte de nuestra identidad impostada para redescubrir y mostrar como somos en realidad.
La esencia del ser cristiano es vivir la verdad y la autenticidad con todas sus consecuencias. No querer aparentar, fingir o disfrazarse sino agradar a Dios y hacer lo que Dios ha pensado de mí y para mí; supone aceptarme a mí mismo como «pensamiento de Dios», tal como soy, con mis límites y con mi grandeza. Esconderse de uno mismo no lleva a ningún lugar. El cristiano auténtico es aquel que tiene trasparencia de alma, que no se esconde detrás de un personaje, que su autenticidad va acorde con lo que hace, dice y piensa. El cristiano auténtico no necesita disfraces porque su espejo es Cristo, el más auténtico de los hombres. Él llena nuestro corazón y nuestra vida para vivirla en libertad. ¡Qué tranquilidad vital no tener que colocarse la máscara diariamente para fingir lo que no se es!

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¡Señor, envía tu Espíritu sobre mí para que me haga crecer en autenticidad y verdad! ¡Líbrame, Señor, de todas aquellas máscaras que entorpecen mi crecimiento como cristiano, como discípulo y seguidor tuyo! ¡Hazme tener plena conciencia, Señor, de que mi identidad es ser uno contigo! ¡Señor, tu me invitas a seguirte para ser sal de la tierra, luz del mundo, parte de la vida verdadera, fermento que da fruto, semilla que crece; eso no lo puedo lograr sin no soy auténtico a semejanza tuya! ¡Señor, tu me invitas a ser tu amigo, me has elegido para llevar tus frutos abundantes y para ser siervo de la justicia; es no lo lograré sin autenticidad cristiana! ¡Tu, Señor, me has convertido en siervo de Dios, en hijo espiritual de Dios, en hijo verdadero de mi Padre, me has hecho coheredero tuyo para compartir la herencia del cielo; eso no lo lograré sin autenticidad cristiana! ¡Tu Espíritu mora en mi, Señor, porque me soy templo morada de Dios, por estoy unido a Él en espíritu y vida, por soy miembro de tu cuerpo producto de la nueva creación, hecho a la hechura de Dios, llamado a ser santo en una sociedad que se aleja de la autenticidad; no permitas que caiga yo también en este quebranto! ¡Señor, soy una de las piedras vivas de Dios, soy miembro de tu linaje escogido, miembro de su Iglesia santa, enemigo del diablo, promotor de la alegría cristiana; no seré creíble si me escondo detrás de una máscara que no deja traslucir mi autenticidad como ser humano! ¡Señor, aspiro a ser como eres Tu, por eso quiero vivir en Ti, para Ti, por Ti y desde Ti! 

Las circunstancias de la amistad

Ayer por la tarde me crucé unos mensajes de WhatsApp con un amigo jubilado pero con mucho trajín a cuenta de una conversación que habíamos tenido la noche anterior. Me la envía mientras disfruta de unas vistas hermosas de la ciudad y se está tomando un aperitivo. Lo primero que me dice es que da gracias a Dios por disfrutar de este entorno. Dios siempre en primer lugar de su vida. Entre las cosas que comenta en el mensaje es que su madre rezaba para que el Señor le alejase de las malas compañías. «Y yo creo que lo ha conseguido, el Señor la ha escuchado —apostilla—, especialmente en la última etapa de mi vida». Esta frase me ha resonado profundamente.
Una de las decisiones más relevantes de nuestra vida es la elección de los amigos. En líneas generales uno no se propone hacer amigos porque estos surgen de manera natural cuando coincides con personas que disfrutan de las mismas aficiones y gustos que tu. La mayoría de mis amigos son personas de fe, a las que he ido conociendo a través de actividades relacionadas con la Iglesia. Y algunos de ellos que estaban alejados de la fe, por determinadas circunstancias de nuestra amistad, se han ido acercando a Cristo.
Para tener amigos el cristiano debe ser ante todo una persona amigable, entrañable y auténtica. Un cristiano triste, malhumorado, con cara agria, quejoso de todos y de todo, con actitud negativa, aleja a la gente de él… y de Cristo. Nadie es perfecto y todos estamos repletos de fallos y carencias y una de las bases fundamentales de una amistad duradera es la tolerancia y el respeto mutuo y la capacidad de amar al amigo a pesar de sus faltas e imperfecciones que, en el fondo, son muy semejantes a las de uno; este fue, en realidad, el espíritu con el que se movió Cristo. ¿Eran acaso perfectos y un dechado de virtudes los doce primeros apóstoles escogidos para instituir la Iglesia? Cristo vio en ellos su corazón, lo que anidaba en su interior, y tuvo una paciente ternura hacia sus debilidades, faltas y caídas. Yo trato de recordar esto cuando estoy con mis amistades.
Nuestra manera de ser, de hacer, de actuar, de pensar y de vivir, humana y espiritualmente, puede ejercer una relevante influencia sobre nuestras amistades de manera silenciosa y delicada, sutil y callada, y puede hacer, incluso, que un amigo se acerque a Cristo y a la fe. Lo he constatado en mi propia vida y doy gracias a Dios porque el Espíritu Santo actuó para lograrlo.
La influencia personal sobre el prójimo es de una gran responsabilidad. Cuando actúas con un amigo en clave cristiana y obras movido por la fe y el amor sinceros a Cristo y desde Cristo lo encumbras donde Cristo se eleva, lo enalteces en nombre de Cristo, lo glorificas en nombre de Cristo y lo vivificas en nombre de Cristo. Le transmites silenciosamente la gracia que viene de Cristo.
Para mi la vida de mis amigos es primordial. Rezo por ellos todos los días aunque haga tiempo que no los vea. Incluso por aquellos amigos que, por circunstancias de su vida, han tomado caminos diferentes, rechazan a Cristo o están alejados del espíritu de la Iglesia. Ellos también están el corazón de Dios que los ama profundamente. Y del mío.
La madre de este amigo tomaba la máxima de la Sagrada Escritura que advierte en repetidas ocasiones que te alejes de las veredas de las malas compañías y de los caminos de maldad porque transforman de manera negativa no solo nuestro carácter sino también nuestras costumbres alejándonos del camino de la salvación. ¿Pero no soy también un pecador? Como lo soy he de intentar buscar también la compañía de aquellos que sus deseos y sus planes están cerca de Dios pero también de aquellos alejados de Él pero que, a través de mi testimonio y de mis acciones, pueden llegar a conocerlo, desde la humildad y la sencillez. Es mi responsabilidad de cristiano buscar a todos para el reino de Cristo como hizo el Señor con la Samaritana y con todos los que, por circunstancias diferentes, eran rechazados de la sociedad. En todos ellos Cristo veía un alma a la que debía acoger.
Le agradezco a mi amigo su mensaje. Me ha permitido meditar hoy que el Señor me invita a ser testimonio de verdad en mi vida, testimonio de amor y autenticidad, para que desde mis gestos y mis acciones las personas que conmigo se relacionen se sientan a gusto, sientan mi deseo de hacerles bien, de ganar mi confianza, de sentir mi respeto y amor, mi simpatía y mi afecto, y como hacía el propio Jesús, pueda a través de mi caminar acompañarles hasta las puertas del reino de Dios.

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¡Gracias, Señor, por todos los amigos que me has regalado y puesto en mi camino! ¡Gracias por todos y cada uno de ellos! ¡Señor, pongo ante Ti a todas mis amistades, las que te conocen y las que te rechazan, los que están cerca y los que han tomado su propio camino! ¡Bendícelos a todos con tu infinito amor y tu misericordia, bendice sus vidas, revélales por medio del Espíritu Santo la fuerza de tu bondad y de tu generosidad y cumple sus sueños en la medida de que sean justos y buenos! ¡Ayúdame a caminar con ellos haciéndote presente Tu en mis gestos y palabras, en mis actitudes y mis acciones! ¡A los que sufren, Señor, dales serenidad y paz interior y hazme un instrumento de tu amor! ¡A los que dudan, Señor, envíales tu Espíritu de Sabiduría para aniden en ellos la verdad y sea yo un instrumento de su confianza! ¡A los que están cansados, Señor, tómalos de la mano y hazme un instrumento para acompañarlos por el camino y darles fuerza en tu nombre! ¡A los que dudan de tu existencia o han caído en la apatía de la fe, Señor, revélales tu amor infinito y hazme un instrumento para mostrarles la alegría cristiana y la fuerza de la fe que todo lo sostiene! ¡A los que viven bloqueados en el pecado, Señor, ten misericordia de ellos y hazme un instrumento para que se reconcilien en la verdad! ¡Señor, doblo mis rodillas ante Ti por cada uno de mis amigos y sus necesidades, protégeles a ellos y sus familias, cólmalos de bienes, cobíjalos con el manto protector de tu Madre, instrúyelos por medio del Espíritu Santo, y manifiéstate sobre ellos cada día! ¡Señor, hazme un buen amigo de mis amigos, no permitas que les falle y les decepcione, hazme atento a sus necesidades, a sus llamadas, a sus anhelos y alegrías, a sus tristezas y lamentos! ¡No permitas que les de la espalda y haz que sea siempre sincero y honesto con ellos para que en nuestra amistad estés Tu en el centro!

¿Con qué espíritu afronto el año nuevo?

¡Que Dios bendiga el Año Nuevo a todos los lectores de esta página! ¡Que el Señor os bendiga y os guarde! ¡Haga brillar su rostro sobre vosotros y os traiga la paz!
Ha comenzado un nuevo año, cuyas páginas están en blanco. ¿Qué eventos sucederán en nuestra vida personal? No es el momento de jugar a las adivinanzas o de entrar en predicciones. Lo importante es saber con qué espíritu queremos vivir este nuevo año que hoy comienza. En qué dirección se dirige a nuestras raíces.
Vivir un año nuevo de una manera fácil y satisfactoria es dejar caer lo que nos pesa, lo que nos encarcela y limita y dejar entrar en nuestro corazón un aire fresco y renovado.
Cuando un año nuevo comienza a dar sus primeros pasos es necesario mirar hacia adelante con una mirada nueva. Pero esta mirada dirigida hacia nuevos horizontes no debe alejarnos de lo que somos. Cortar con las propias raíces es condenarse a un caminar errante, a una vida blanda e inconsistente.
¿Y cómo mantenerme en contacto con mis raíces? Dejando de lado la mundanalidad de los problemas reales y verlos desde la perspectiva de un discípulo de Cristo.
Para un cristiano, una de las muchas maneras de mantenerse en contacto con sus raíces es dejarse animar y habitar con la presencia maternal de María. Y esto es lo que la fiesta de María, Madre de Dios, que hoy celebramos en este primer día del año, me permite interiorizar.
Jesús, siendo el mismo Dios, es el hijo de una mujer. Cada uno de nosotros también somos hijos e hijas de Dios. Y como Jesús tenemos a María como Madre. Lo dejó claro Jesús desde lo alto de la cruz a san Juan, que representaba a la humanidad entera: «Aquí tienes a tu Madre».
María es Madre de la Iglesia. Ella es Madre para todos y cada uno de nosotros. Es también la Madre de la Iglesia porque le dio al mundo la persona que da vida a la Iglesia y que llena nuestras vidas.
Este primer día del año me invita a venerar a María y hacerlo con el rezo del Rosario, del Acordaos, invocándola con frases de amor como «María, en ti confío», «María, ruega por nosotros y por el mundo entero» o «María ruega por nosotros que recurrimos a ti».
Estos gestos de devoción a María reviven y mantienen mis raíces al vivir esta filiación que tengo con Dios pero también con Ella. Me convierto así en una especie de pastor que creyendo al ángel acudió al pesebre de Belén a glorificar y alabar al Dios hecho hombre y contempló la bondad y el amor maternal de María para todos y cada uno de nosotros.
Hoy puedo, siguiendo el magistral ejemplo de María, recordar las gracias recibidas durante el año que ha terminado y meditarlas en mi corazón. Guardarlas con amor para releerlas y aprender las lecciones para el año que comienza. El ejemplo de María es el espejo en el que mirarme para comenzar la andadura del nuevo año con una alegría y esperanza renovadas.
¡Que de la mano de María este año nuevo se llene para todos y cada uno de alegría, felicidad y paz!

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¿Qué te pido yo, María, para este año que comienza? ¡Imitarte en tu seguimiento y en tu corazón abierto para hacer siempre la voluntad del Padre! ¡María, Señora de los humildes, de los desamparados, de los necesitados de amor, cambia mi mirada, convierte mis puntos de vista, encarna en mi la presencia de tu Hijo, embebe mi corazón, para que en este año que nace  mi corazón sea un corazón amoroso y misericordioso que sepa amar y perdonar! ¡María, Virgen fiel a la Palabra, enséñame este año a escuchar más a Dios, a dejarme sorprender más por Él, para ir descubriendo la voluntad en mi! ¡Maria, Señora de la fidelidad y el compromiso, que te entregaste sin condiciones, enséñame a ser fiel en el camino, a no desfallecer nunca, a seguir sin dejar caer los brazos! ¡María, Señora de los Dolores, que nos enseñas que la fidelidad tiene momentos de dolor e incomprensión, ayúdame y permíteme superar hasta lo más difícil! ¡Ayúdame a ser siempre fiel, fiel al amor compartido a mi pareja, entregado a mis hijos, compañero a mis amigos y conocidos, misericordioso con los necesitados y ofrecido al Padre y a tu Hijo, Señor de la Vida! ¡María, Madre de los que buscan, que sepa seguir tu ejemplo para ser fiel a Jesucristo, Tu Hijo! ¡Tu que vives el servicio con Amor, dame el valor para vivir la fidelidad a Tu Hijo en la acción solidaria a los que más lo necesitan, a los que sufren, a los que necesitan paz en el corazón! ¡Y en este año, ayúdame a vivir practicando la fe en obras de justicia, de caridad y de amor para crecer en fidelidad y entrega al Reino de Dios que ha nacido en medio de nosotros! ¡Transforma mi corazón, María, para como tu dar mi «Sí» decidido al Padre!

¡Cultivar la gratitud!

En una discusión entre dos compañeros de trabajo —bronca, por cierto— en la que estoy presente uno de ellos se da la vuelta y se aleja enojado. El otro me dice: «creo que ha reaccionado así porque no es muy dado a cultivar la gratitud».
¡Cultivar la gratitud! Creo que tiene razón. La gratitud es una virtud que requiere un minucioso trabajo de jardinería. Plantar, podar, regar, cuidar. Tienes que preocuparte de que la tierra y el abono sean los adecuados. Debes evitar que el agua no ahogue la planta. Es necesario retirar las malas hierbas y procurar que reciban la suficientes vitaminas para crecer con viveza.
La gratitud es como la tierra fértil my unida en este caso al conocimiento de Dios. Cuanto mayor es la cercanía y el encuentro con Él, sintiendo su amor, más fácil resulta agradecerle todo cuanto acontece a nuestro alrededor. Así es más sencillo comprobar lo que hacer por mí y dar gracias por las personas que, en cada momento, va colocando a mi lado para hacer el bien. Con un conocimiento de Dios uno elimina, como con las malas hierbas, el rencor, la inquina, la envidia, los celos, el equiparse a los demás, el desprecio… y lo llena todo de gratitud.
Nadie puede decir que su vida sea fácil. Las preocupaciones y los problemas aparecen por cualquier rendija que permanece abierta. La gratitud, entonces, no depende de lo que vivo sino de mi relación con Dios. Si elijo cultivar la gratitud estoy cuidando de la mejor manera el jardín de mi corazón. Si por el contrario cultivo el resquemor solo permito que el jardín se llene por completo de hierbajos que se harán difíciles de podar.
Por eso deseo que mi jardín esté siempre resplandeciente, repleto de hermosos colores, para quienes se acerquen a él sepan que ese lugar es una permanente canción de gratitud.

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¡Concédeme, Señor, la gracia de tener un corazón siempre abierto al bien, a cultivar la gratitud, a ser caritativo y amable con los demás, a no dejarme llevar por la soberbia y el individualismo! ¡Te pido, Señor, un corazón abierto al bien que no sucumba a la tentación de pronunciar palabras ligeras, abrazos falsos, sonrisas vacías de autenticidad o perdones que no se sienten! ¡Ayúdame, Señor, a no construir mi vida a base de críticas, juicios, malas interpretaciones, enfados, enfrentamientos o conflictos con el prójimo! ¡Concédeme, Señor, la gracia de ser siempre flexible con el otro, fiel a mi compromiso con él, exigente pero al mismo tiempo amable! ¡No permitas, Señor, que mis actitudes estén precedidas por la ley del que más puede, de la astucia o del ser más pillo que el otro sino que todas mis acciones, palabras y gestos estén impregnados de sencillez, humildad, generosidad y libertad para hacer el bien, para que el ambiente sea agradable y no esperar recompensas a cambio! ¡Concédeme, Señor, la gracia de cultivar en mi corazón la nobleza para que todo esté impregnado de gratitud! ¡Te pido, Señor, que conoces mi pequeñez que sea sencillo en el dar y en el recibir! ¡Gracias, Señor, por tus enseñanzas! ¡Te invito a que seas el jardinero de mi jardín interior para que podes todo aquello que deba ser podado y no haya más que flores que dan luz, color y olor a mi vida para entregarla a los demás!

Contentarse con lo que se tiene

Me conmueve esta frase que releo con frecuencia de la Carta de san Pablo a los Filipenses: «No lo digo movido por la necesidad, pues he aprendido a contentarme con lo que tengo».
Si por alguna circunstancia tienes que vivir con lo imprescindible no puedes más que admitir que echas de menos alguna de las cosas que con las que más disfrutas, aunque también se ha de admitir, porque tristemente me ha sucedido, que transcurrido un cierto espacio de tiempo lo que parece imprescindible acaba convirtiéndose en prescindible sin que afecte a tu propia vida. El consumismo es una enfermedad que nos lleva a vivir de impulsos y necesidades y muchas veces te planteas si realmente es necesario aquello que has comprado. No conozco a nadie que, ahogado por las préstamos y las deudas bancarias, tengan serenidad auténtica. Y, en cierto sentido, es una contradicción manifiesta porque cuanto mayor es el endeudamiento mayores deberían ser también las posesiones.
La vida te enseña que el bienestar auténtico es aquel al que llegas de una manera completamente diferente a cómo te lo muestran los medios de comunicación, los expertos en publicidad y marketing y como te lo venden las campañas comerciales. Sería mezquino discutir que el hombre desee vivir de la mejor manera, con sus comodidades, prosperando, disfrutando de los placeres que la vida ofrece… sin embargo, nadie está obligado a vivir condenado o sometido al principio del poseer por poseer.
¿Es posible entender que el auténtico bienestar radica en disfrutar de lo que te rodea, el saber gozar con la sencillez de lo que tienes, gozando con moderación de las cosas de la vida? ¿Por qué cuesta tanto valorar lo que se tiene y nos volcamos a desea más cuando la cantidad no te hace feliz? ¿Por qué esa tendencia humana a llenarse de bienes materiales que no llenan la existencia? ¿Por qué vivir condenados al poseer riquezas efímeras que, en sí mismas son perecederas, y somos incapaces de adquirir el valor fundamental que es la felicidad interior?
Adquirir bienes materiales, objetos lujosos, todo tipo de comodidades, percibir un buen salario, disfrutar de las cosas valiosas es factible con esfuerzo, con sacrificio, con dosis de buena suerte. Lo complicado, lo realmente complejo, lo verdaderamente difícil es saber llevar una vida marcada por la sencillez, con un envoltorio modesto sin los oropeles del lujo, para extraer de su interior la auténtica belleza.
Si todos, y me lo aplico a mi mismo, aplicáramos la máxima del «he aprendido a contentarme con lo que tengo» tal vez la senda de nuestras vidas cogería otros derroteros impregnados de mayor felicidad.

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¡Señor, no permitas que me deje arrastrar por lo material, por el querer más, por lo que no necesito! ¡No permitas, Señor, que lo material me aleje de lo espiritual! ¡No permitas, Señor, que me deje llevar por los deseos materialista y que estos se conviertan en mi prioridad! ¡No dejes que me lleve por el deseo de los ojos, que me convierta en un esclavo del materialismo y de una vida superficial! ¡No permitas, Señor, que solo busque satisfacer mis deseos egoístas que terminan por vaciarme espiritualmente! ¡Concédeme la gracia de contentarme con lo que tengo e impregnarlo todo de felicidad! ¡Ayúdame a lograr un corazón libre desapegado de los deseos desordenados, un corazón que no aspire a vivir suspirando de lo que aún no goa, que no anhele aquello que no logra alcanzar, que no sea agradecido contigo por lo que tengo! ¡Dame un corazón libre de ataduras para que pueda descansar en aquello que ya poseo y no viva en la ansiedad del tener! ¡Despójame, Señor, de todas aquellas cosas que me alejan de ti! ¡Ayúdame, Señor, a ir cada día muriendo de lo que me ata y esclaviza, para desprendido de lo banal, estar más unido a ti!

Junto a María, primer sagrario de la humanidad

Segundo sábado de octubre con María en el corazón. María, Reina del Santo Rosario, es también el primer sagrario conocido en la Iglesia. Un sagrario moldeado por las manos de Dios en la pequeña aldea de Nazaret. Un sagrario delicado y hermoso cuya misión no era otra que custodiar a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Un sagrario impoluto, siempre limpio y puro, para proteger al Dios hecho hombre. ¿Quién mejor que la Virgen para aumentar en mi corazón el anhelo de vivir en comunión con Jesús?
¡María, sagrario del Dios vivo, aumenta en mi el fervor eucarístico! Es un gozo tener a María como Madre pero Ella, que se adueña del corazón de cada uno de sus hijos, que durante nueve meses fue un sagrario viviente del Hombre Dios, es la que te ayuda a vivir en continuo diálogo con Jesús y con el Padre, a amar la Misa y vivir intensamente la comunión. Ella es la que te enseña a decir a Dios, desde la interioridad del corazón: ¡Hágase en mi según tu Palabra!

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¡María, Madre, sagrario vivo que acoges a la humanidad entera para acoger sus plegarias y llevarlas al Padre, prepara mi alma para llevar siempre en mi corazón a Jesús! ¡Concédeme la gracia, María, de ser alma abnegada a la presencia viva de Cristo en mi corazón, especialmente después del sagrado momento de comulgar, en el que Jesús permanece en mi interior, y me invita a proclamar como hiciste tú ante la invitación del ángel: «¡Sí, Padre, me entrego enteramente a ti!»! ¡Ayúdame, María, a ser sagrario donde habite tu hijo Jesús, un derroche de gracias, un lugar donde Jesús se sienta a gusto, un espacio en el que Cristo sienta que allí hay un alma enamorada de Él! ¡María, quiero imitar tu ejemplo, de aquellos nueve meses en que llevaste a Jesús en tu seno, que te dio la fortaleza para vencer las dificultades y los juicios ajenos, que no cediste a la tentación del qué dirán y a las tribulaciones que traen consigo los problemas! ¡Que al contrario, como hiciste Tu, María, estreche mi unión personal con Jesús, que llene mi vida con su presencia en mi vida! ¡Que no deje de visitar cada sagrario que tenga cerca para llevar espiritualmente a Jesús en mi corazón! ¡Ayúdame María, a llevar siempre a Cristo en mi corazón, a no conformarme con ser un cristiano de mínimos, a no mostrarme indiferente a las necesidades del prójimo, a ser motor de alegría, de gozo, de servicio, de paz, de vida y, sobre todo, de amor! ¡Ayúdame, Madre Eucarística, a dejarme cada día transformar por Jesús porque quiero llegar a la santidad! ¡María, primer sagrario de la humanidad, llévame de camino hacia el cielo porque me quiero encontrar con Jesús!

¿Qué me implica aceptar al Señor como mi Salvador?

¿Cuántas veces confieso de verdad mi fe en Cristo pero esta declaración no es más que una mera formulación de palabras vacías? ¿Cuántas veces le confieso al Señor «te acepto como mi Salvador» pero en realidad me cuesta renunciar a mi pecado en el que reincido constantemente y no asumo mi condición de que soy un miserable pecador al que le cuesta reconocer su culpa? Sí, mis labios le honran, pero mi corazón está muy alejado de Él.
¿Cuántas veces le digo al Señor «te acepto como mi Salvador» pero no soy capaz de poner mi vida en sus manos para una verdadera transformación de mi corazón? Sí, mis labios le glorifican pero busco hacer mi voluntad y no la suya.
¿Cuántas veces le declaro al Señor «te acepto como mi Salvador» pero esta frase no es más que una retahíla mecánica de palabras que no surgen de una oración del corazón? Sí, mis labios le alaban pero la rutina de mi oración se convierte en una charlatanería vacía a la que le falta amor, confianza y verdad.
¿Cuántas veces le manifiesto al Señor «te acepto como mi Salvador» pero no reclamo su perdón ni su misericordia porque es tan sólo una expresión emotiva de la situación que estoy viviendo? Sí, mis labios le enaltecen pero en mi corazón no hay una verdadera decisión de fe y un sentido profundo de arrepentimiento.
¿Cuántas veces le expreso al Señor «te acepto como mi Salvador» pero no soy capaz de experimentar y aceptar el amor y el plan que Él tiene para mi vida? Sí, le glorifico pero mi actitud es de incredulidad porque me cuesta confiar.
¿Cuántas veces le manifiesto al Señor «te acepto como mi Salvador» pero me cuesta estar dispuesto a vivir o morir por Jesús porque yo mismo me creo un dios en minúsculas? Sí, le doy gracias pero me cuesta desapegarme de lo terrenal y poner todo en sus manos providentes.
Aceptar al Señor como mi Salvador implica estar dispuesto a vivir o morir por Él. Es confesar que Jesús es el Señor. Es cambiar mi actitud hacia Dios, confiar en Dios, aceptar a Dios, buscar a Dios para que cuando Él llame a la puerta de mi corazón y de mi vida pueda entrar en mí, me perdone los pecados, el Espíritu Santo pueda gobernar mis acciones y ver la vida desde los ojos de Dios. Ahora, hoy, es el momento de analizar de nuevo mi vida, juzgar cuál es mi actitud ante Dios, si deseo y anhelo hacer Su voluntad. Tal vez, si esta declaración de principios no se cumple es porque necesite creer de verdad. Y tendré que invocar de nuevo su gracia pero no de palabra sino creyendo con el corazón.

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¡Señor, te entrego mi vida, mi corazón y todo mi ser! ¡Te acepto, Señor, como mi único Salvador! ¡Acudo a ti, Señor, reconociendo mi pecado pero arrepentido por haberte ofendido! ¡Quiero pedirte, Señor, que me perdones, que limpies mi corazón y me conviertas en una criatura nueva, iluminada por la luz del Espíritu Santo! ¡Hazme a tu imagen y semejanza, Señor, como tú quieres que sea y no como mi voluntad se quiere convertir! ¡Entra en mi corazón, Señor, que es todo tuyo y ayúdame siempre a seguir el camino de la perfección! ¡Señor, tu eres mi Salvador, no permitas que ve a mi vida cristiana con el asistir a la iglesia, con la vida sacramental, con el no cometer pecado sino además en tener una relación personal contigo, en poner mi fe y mi confianza personalmente en Ti! ¡Ayúdame a confiar en Tu muerte como pago por mis pecados y en Tu Resurrección como garantía de la vida eterna!

Señor, Jesús, mi Salvador, cantamos hoy:

¿Qué necesidad tienes de esperar?

Terminé de leer hace unos días un libro sobre conversos del siglo XX. En uno de los capítulos, a pie de nota, destacaba una frase de san Agustín sobre la conversión: «Si ya te has decidido, ¿qué necesidad tienes de esperar? El momento es ahora; no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy».
Pienso con frecuencia lo que implica convertirse a Cristo, ser auténtico cristiano. Es algo para hoy, no para mañana. En el posponerlo al mañana pueden pesar muchas cosas. Convertirse en el hoy es tomar conciencia de lo que es amar, sufrir por los demás, servir al prójimo y estar sensibilizado por la pasión del Señor para aprender a cargar con la Cruz. Pero, sobre todo, convertirse supone cambiar de vida y la manera de comportarse porque el encuentro con Jesús te hace consciente de que no puedes centrarte en ti mismo sino seguir a Jesucristo y vivir por los demás. Convertirse a Jesús no puede aparcarse para mañana porque la auténtica conversión del corazón nunca puede esperar. Cuando pospones tu sí al Señor corres el riesgo de abandonar tu decisión porque el principe del mal se ocupa de utilizar todas las artimañas que están en su poder para debilitar tu voluntad.
¿Qué necesidad tienes de esperar? Esta pregunta de san Agustín te remite a la respuesta. La conversión es un proceso cotidiano, una implicación del corazón y del alma hacia el único destino que es válido: la cercanía con el Señor. El encuentro con Él. El anhelo de vivir por Él y con Él. Pero este proceso no depende de uno mismo; hay que orarlo, trabajarlo y pedirle al Espíritu Santo el gran don de la conversión porque, en definitiva, la conversión interior es un obsequio que Dios otorga al hombre por medio de Jesús, entregado a la humanidad para redimirnos y mostrarnos donde se encuentra la vida verdadera.

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¡Señor, permite que el Espíritu Santo obre en mi corazón pecador y frágil para que tu mismo crezcas en mi interior y se produzca en mi una profunda transformación del corazón, una auténtica conversión! ¡Concédeme la gracia de llenar mi corazón de tu bondad, de tu amor, de tu humildad y de tu misericordia! ¡Lléname de la gracia para saber acoger siempre lo bueno y lo correcto y despreciar lo que me aparta de Ti! ¡Fortaléceme para una auténtica conversión, para no dejarme llevar por las artimañas que me presenta el demonio y dame la sabiduría para ser testimonio de tu verdad! ¡Concédeme la gracia de una vida virtuosa y pura, bondadosa y servicial, que desprecie los placeres mundanos y abrace los anhelos de tu Sagrado Corazón! ¡Señor, tu conoces mi pasado y mi presente, lo que he sido y lo que soy, mi disponibilidad y mis abandonos, mi fortalezas y debilidades, mis virtudes y mis defectos, mis capacidades y mis limitaciones, ayúdame a que lo positivo prevalezca sobre el mal! ¡Ayúdame a cambiar lo que deba ser cambiado, a convertirme en lo que Tú anhelas que sea, a vivir acorde con tus mandamientos y vivir con la luz de tu verdad y de tu amor! ¡Ilumina, Señor, por medio de tu Santo Espíritu mi corazón, mi alma, mi mente y mi entendimiento para que en cada una de las situaciones de mi vida actúe como actuabas Tú, piense como pensabas Tú, sentir como sentías Tú, querer como querías Tú y vivir conforme a tu vivir!

Me abandono en Ti, cantamos hoy:

¡Aquí estoy, Señor, para desprenderme de mi yo e ir contigo!

Hay pronombre personal definitorio en el camino de la vida. La pronuncia Jesús unido al concepto de la cruz y llega al corazón del hombre. Es el «conmigo». El conmigo conlleva que tu destino es seguirlo. Que tu vida no será muy diferente a la suya. Que tu verdad está unida a la verdad de Cristo. Que tus padecimientos serán semejantes a los suyos. Que tu destino como cristiano tendrá las mismas dificultades de comprensión que tuvo en su tiempo. Que si no te niegas a ti mismo, nada tienes que hacer con Él. Que la cruz es tu distintivo porque Él la llevo con la fuerza del amor.
El «conmigo» quiere decir que vives con Él, para Él y por Él. El «conmigo» es un todo en tu vida cristiana. Ese «conmigo» quiere decir que te desprendas de lo superfluo de la vida y le sigas aunque eso implique perder la propia vida.
El «conmigo» supone que nos has de tener miedo al descrédito ni a los desprecios de los que juzgan tu fe. Que has de ser valiente en tu vida cristiana. Comprometido en tu entrega y disponibilidad por el otro. Constante en tu vida de sacrificios y renuncias. Implicado siempre en hacer el bien por amor. Ser consciente de quien debe estar en el centro de tu todo. Que seguirle a Él implica asumir su mismo proyecto y su misma forma de vivir, mucha entrega y mucho abandono personal. Que a Jesús se le conoce y se le comprende no por medio de la teoría sino en el compartir su forma de ser, de pensar, de sentir y de vivir. Que es necesario aprender a aceptar el dolor porque en la vida hay resurrección.
El «conmigo» es comprender que uno marcha por la vida acompañado de aquel que lo dio todo por amor a ti. Que ese amor tiene un trono en forma de cruz.
El «conmigo» te enseña que el amor y el servicio solo tienen razón de ser en la existencia de la cruz.
«El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo». ¡Aquí estoy, Señor, para desprenderme de mi yo e ir contigo!

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¡Señor, quiero caminar contigo para que el plan de Dios se cumpla en mi vida! ¡Señor, quiero caminar contigo aunque se presenten cruces y dificultades pues tu me das la paz que mi corazón necesita! ¡Señor, quiero caminar contigo pese al rechazo de tantos que no creen por mis creencias y mi ser cristiano! ¡Señor, quiero caminar contigo porque no quiero buscarme seguridades mundanas sino la seguridad de hacerlo a tu lado! ¡Señor, quiero caminar contigo para hacerme un lugar entre los humildes y sencillos y no entre los poderosos! ¡Señor, quiero caminar contigo para trabajar por el bien y no refugiarme en el pecado! ¡Señor, quiero caminar contigo para no tener miedo a lo que se me presente! ¡Señor, quiero caminar contigo porque quiero acogerte en mi vida no como algo pasajero sino como el huésped principal de mi corazón! ¡Señor, quiero caminar contigo porque quiero ser tu testigo, tu discípulo, tu amigo, el instrumento que lleva la paz al hermano! ¡Señor, quiero caminar contigo porque quiero tener tu misma mirada, tus mismos gestos, tus mismos sentimientos, tus mismas acciones, tu mismas palabras! ¡Señor, quiero caminar contigo porque no quiero dejarme llevar por mi soberbia y mi orgullo, por mis juicios al otro, por mis actitudes interesadas, por mis gestos altaneros! ¡Señor, quiero caminar contigo porque quiero ver siempre el lado hermoso de la vida y no sacar punta a los aspectos negativos de las cosas! ¡Señor, quiero caminar contigo porque necesito de tu prudencia y tu serenidad para convertir mi corazón de nuevo, para comenzar en esta Cuaresma un vida nueva en la que Tú, por medio de mi oración y tu Palabra, me corriges para hacerme un hombre nuevo! ¡Señor, quiero caminar contigo para levantar al que sufre, al dolorido, al que está solo, al que lleva una pesada carga en las espaldas! ¡Señor, quiero caminar contigo para que la verdad reine en mi vida, para que la misericordia y el amor brillen en mi corazón de piedra, para que la bondad despunte en mi vida! ¡Señor, caminando a tu lado todo es posible por eso quiero caminar contigo!

Contigo quiero caminar, cantamos con Marcela Gandara: