¡La santidad no espera!

Vivimos en la era de Pentecostés. Es una ahora y siempre porque el Espíritu Sano no deja nunca de soplar. El Espíritu Santo santifica nuestra vida, la vivifica, la renueva y la empuja. Lo hace porque nos quiere santos y, sobre todo, porque ¡la santidad no espera!
Observas a los apóstoles el día después de Pentecostés e iniciaron su misión inmediatamente. Cuando San Pedro se encontraba prisionero en la cárcel, el ángel del Señor se le apareció repentinamente y, rodeado de una luz que resplandecía en el calabozo, le indicó: «¡Levántate rápido!». Y eso hizo Pedro.
Siento así que no tengo más remedio que levantarme a toda prisa, que no puedo esperar. Que depende de mi seguir el ritmo que me marca el Señor; la orden del ángel es clara y precisa: levantarse inmediatamente y actuar. Con esa orden, el Ángel recuerda que el Señor está allí y que su fidelidad es permanente.
Siento que este es mi deber y que esta debe ser mi vocación, a pesar de mis imperfecciones, defectos y debilidades: la santidad. La santidad es lo que el Señor pide y espera de cada uno de nosotros.
Por eso quiero inscribirme en la carrera de santidad, como hicieron los apóstoles, los discípulos y todos los santos. Es hora de entregarme radicalmente a la gracia que me lleva a proclamar con alegría las maravillas de Dios.
El Espíritu Santo se nos da para que cada uno renazca a la vida, para que todo en nosotros sea grandioso porque el mismo Dios es grande y el Espíritu viene de Él.
Pero obviamente esto no resulta sencillo pero la santidad, que es un don del Espíritu, la puedo ir adquiriendo diariamente, siendo fiel en las pequeñas cosas, como lo soy, donde Dios me ha ubicado.
Soy consciente de que vivo en la era de Pentecostés por eso quiero dejarme moldear por Dios y ser vivificado por el Espíritu Santo. Deseo hacerlo así porque la santidad no espera. ¡Es hora de levantarse rápido y actuar!

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¡Espíritu Santo, don de Dios, que todo lo iluminas y que habitas en mi corazón, amanece cada día en mi vida y manifiesta en mi el poder, la ternura, el amor y la misericordia de Dios! ¡Espíritu divino, dador de vida, hazme fuerte en la fe y ayúdame a comulgar en tu divinidad! ¡Espíritu Santo, espíritu de verdad y sabiduría, concédeme la gracia de vivir sintiendo en cada instante tu presencia; en las alegrías y las tristezas, en los cansancios del día y en los esfuerzos de la jornada, en las certidumbres y en las dudas, en los trabajos y en los descansos! ¡Espíritu Santo, espíritu de caridad y gozo, hazme una persona dócil a la voluntad de Dios, predispuesta al servicio y a la entrega generosa! ¡Espíritu Santo, espíritu de paz y paciencia, dame el don de ser paciente y aceptar siempre lo que Dios provea para mí! ¡Espíritu Santo, espíritu de santidad y justicia, concédeme la gracia de caminar cada día hacia la santidad personal manifestándolo en mi familia, en mi trabajo, con mis amigos y en cualquier lugar donde se haga presente mi persona! ¡Espíritu Santo, espíritu de bondad,  no permitas que caiga en tentación y líbrame de los miedos, la desconfianza y la autosuficiencia! ¡Espíritu Santo, espíritu de amor, llévame siempre a amar al prójimo con tu mismo amor! ¡Espíritu Santo, espíritu de acción, conviérteme en una auténtico discípulo de Jesús, transmisor de su Palabra, discípulo de su verdad, testimonio de su amor! ¡Espíritu Santo, que habitas en mí, aviva en mi corazón el deseo de darme a los demás y consagra cada una de mis palabras, gestos y sentimientos y hazlos semejantes a los de Jesús!

Canción de santidad, con Juan Luis Guerra para interiorizar nuestro camino de vida:

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Te he elegido a ti porque te amo

El sábado por la mañana asistí a Misa en el templo de los Misioneros del Sagrado Corazón de mi ciudad. Al comenzar la ceremonia, el oficiante explicó que ese día conmemoraba los cincuenta años de su ordenación sacerdotal. Toda una vida como misionero vivida en Guatemala.
Empezó dando gracias a Dios por la misión y dijo que si seguía siendo sacerdote después de cincuenta años era porque los pobres le habían evangelizado. Y se hizo una pregunta, que al responderla me llenó el rostro de lágrimas y el corazón de gozo: ¿A qué se debía tanta gracia? Al amor de Dios y a la oración de su madre.
El padre Joaquín, como así se llama este hombre de Dios, explicó que cada día su madre asistía a la Eucaristía en el santuario de Nuestra Señora del Sagrado Corazón y le pedía a la Virgen con mucha fe y confianza que alguno de sus tres hijos varones fuese sacerdote misionero. Emocionado y agradecido, el sacerdote decía que una de las gracias más grandes es que por medio de su madre se había hecho realidad el mensaje del Evangelio: «En verdad, en verdad os digo: si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará».
El sacerdote no se explicaba como Dios había elegido al más trasto de los tres hermanos varones, pero Dios siempre hace posible lo imposible. En los primeros años de sacerdocio pensaba que el día que se encontrara cara a cara con Dios le preguntaría: «¿Por qué me has elegido a mí para este ministerio?». Cincuenta años más tarde pensaba que no era necesario hacerlo, ya conocía respuesta. La había experimentado en el trato con sus feligreses y en la profundización de la Escritura: «Te he elegido a ti porque te amo». Ante una respuesta así uno no tiene capacidad para nada más porque queda completamente desarmado.
Y, en ese momento, las lágrimas brotaron en mi rostro y mi corazón se rompió en mil pedazos de alegría. Me sentí profundamente interpelado con el «Te he elegido a ti porque te amo». Uno de las claves de la revelación es que Dios nos ama de una manera específica y concreta a cada uno de nosotros. Jeremías dirá, poniendo las palabras en la boca del Padre, que «yo te amo con amor eterno», san Pablo dirá que Dios nos amó a cada uno antes de la creación del mundo y Jesús dirá que no hay amor más grande que dar la vida por el otro. Y Él ha dado la vida por nosotros.
Eso me lleva a profundizar en tres aspectos esenciales de mi vida como cristiano: no dudar jamás del amor de Dios cuando acuda a Él porque me ama con amor eterno; aplicar la máxima de san Juan de amar al prójimo porque el amor procede de Dios y el que ama ha nacido de Dios y creer siempre en el amor de Dios porque soy una elección suya para hacer el bien y llevar la esperanza, la luz, la caridad y el amor a los demás. 

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¡Gracias, Padre, porque me interpelas y me demuestras cada día tu amor! ¡Gracias, Padre, porque aunque no es posible conocer tu calendario sí que podemos sentir tu amor y tu misericordia! ¡Hazme, Buen Dios, servidor y colaborador de tu providencia y tu gracia! ¡Que no olvide, Padre, como dijo Jesús que tu Reino es como un grano de levadura, una pequeña luz que brilla en la oscuridad de la noche! ¡Recuérdame, padre, que tu fuerza que viene del Espíritu se encuentra dentro de mi corazón y es producto de tu amor infinito! ¡Gracias, Padre, porque me haces comprender que las cosas que vienen de Ti comienzas siempre en lo pequeño, en lo humilde, en las cosas que no tienen pretensión de grandeza, sino que se producen cuando tu lo dispones! ¡Gracias, Padre, porque tu me eliges para lo que quieres porque simplemente me amas! ¡Gracias, Padre, porque me llamas a ser discípulo de tu Hijo aún siendo pequeño y débil aunque en mi pequeñez y mi debilidad esté presente tu fuerza! ¡Que mi vida, Señor, sea una permanente confianza en Ti, un acudir a tu corazón para pedir desde la sencillez! ¡Que sea, Padre, cuando Tu quieras y como Tu dispongas! ¡Por último, Señor, te quiero pedir como la madre de este misionero del Sagrado Corazón que llames a muchos hombres y mujeres a la vocación de consagrar su vida al servicio del Evangelio y al cuidado de la Iglesia porque la mies es mucha y los obreros son pocos!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡María, Madre de las vocaciones, fortalece a los que Dios ha elegido para ser consagrados de la Iglesia y ayúdales siempre a crecer en el amor y santidad para que respondan con fidelidad y compromiso a su vocación!

Con amor eterno, te amo, cantamos esta hermosa canción:

Plantearse la propia vocación

Aparte de la introspección interior, la Cuaresma me invita a salir de mi tierra de confort e ir a la casa del Padre. Subir a la montaña del silencio para dedicar un tiempo a la oración y tener una mayor cercanía con Dios.
La Cuaresma también es un momento adecuado para plantearse la propia vocación cristiana. La vocación es parte del plan que Dios tiene para cada uno. Si es el plan de Dios es también mi plan; la vocación reajusta mis intereses y mis voluntades, la pobreza de mis proyectos y mis grandes veleidades.
La vocación es la aceptación de la voluntad divina en mi propia vida; es una llamada, que puedo aceptar libremente, y desde ese momento mi voluntad queda sometida a la voluntad del Padre.
Como la vocación es un proyecto fundado en el amor divino ningún plan humano es mejor que el plan de Dios, aunque a los ojos de los hombres pueda parecer disparatado o sorprendente. Porque lo que Dios ofrece es siempre lo más conveniente para mi y aceptando su plan, aceptando mi vocación, acepto generosamente un encuentro de amor con Dios. Dándole mi sí, también le ofrezco lo mejor de mi propia existencia. Dándole sentido a mi vocación respondo con amor al amor infinito de Dios.
Mi vocación personal, de esposo, de padre, de empresario, de buscar la santidad personal… forma parte de mi manera de entender y vivir la vida y, sobre todo, de ordenarla como parte de mi servicio para la mejora de la sociedad. Pero la llamada —origen de la vocación— no emana de la persona. Viene de Dios a través de Cristo, que es quien invita. Uno puede recibirla y es libre o no de aceptarla.
Así, mi vocación, comporta una responsabilidad tanto en la sociedad como en la Iglesia, exige de mi una conducta intachable porque vivir la vocación, cualquier que sea, es la respuesta a una llamada divina en la plenitud del amor. Un don de Dios y como tal comprendes que tu vida es una misión en la que vas descubriendo que formas parte del plan divino para el que has sido creado.
¡Ven Espíritu Santo, dame la sabiduría para llevar a cabo mi vocación y las cualidades para llevarla a cabo!

orar con el corazon abierto

¡Ven Espíritu Santo, dame la sabiduría para llevar a cabo mi vocación y las cualidades para llevarla a cabo! ¡Espíritu divino, he sido creado en Cristo y para Cristo, concédeme la gracia de responder a la llamada de Dios a la santidad! ¡Ayúdame a comprender que mi vocación forma parte del plan establecido por Dios para mi santidad personal, que forma parte del sentido profundo de mi existencia, la razón de mi ser cristiano! ¡Ayúdame, Espíritu divino, a permanecer siempre en comunión con Dios! ¡Concédeme la sabiduría para saber elegir, libremente, mi vocación para aceptar la elección que Dios ha hecho para mi! ¡Hazme ver que mi vocación tiene una dimensión eterna! ¡Permíteme, Espíritu Santo, entender mi vocación como parte de la llamada amorosa de Dios, estar atento a la llamada de Jesús por medio de su Palabra, mediante terceras personas, por medio de los diferentes acontecimientos de mi vida! ¡Dame, Espíritu Santo, la capacidad de discernimiento para darle autenticidad a mi vocación cristiana! ¡Que sea capaz de leer, Espíritu de Amor, los signos que se me presentan para tener siempre la certeza moral de la llamada del Señor! ¡Hazme ser siempre obediente a la llamada y no permitas que mis obstinación y mi voluntad prevalezcan sobre los planes que Dios tiene pensados para mi! ¡Dame mucha fe, Espíritu consolador, para entregarme a Dios! ¡Concédeme la gracia del sacrificio y del amor para atender la llamada de Jesús y mucha vida interior para ser generoso a esta llamada! ¡Dale relieve y profundidad a mi vida! ¡Dame mucha luz para ver el camino de mi vocación; fortaleza para recorrerlo, gracia para vivirlo, libertad para aceptarlo, carisma para transmitirlo, sencillez y humildad para ejercerlo, certeza para experimentarlo, amor para vivenciarlo, perseverancia para seguirlo, generosidad para compartirlo y fidelidad y compromiso para llevarlo a cabo! ¡Indícame siempre, Espíritu de amor, cuál es la meta a la que me debo dirigir! ¡Ayúdame a ser testimonio de Cristo ante mi prójimo y dirigir todo lo que hago hacia Dios!

Vocación al amor, cantamos hoy:

Acudir a María para crecer en santidad

Primer sábado de febrero con María en el corazón. María, la mujer que ánima nuestros corazones. Ella es la que eleva nuestro ánimo cansado. Son tantas las preocupaciones e inquietudes que asoman nuestras vidas que basta una mirada de la Virgen para recibir el consuelo que nuestro corazón necesita.
Lo más hermoso que es Jesús quien nos ofrece a María como respuesta a los interrogantes que surgen de nuestro corazón doliente. Cristo, que es perfecto conocedor de las debilidades humanas, era consciente que tenía que darnos una Madre que enjuagar las lágrimas que derramos en este valle de lágrimas que es la vida. Ella nos acoge con la dulzura y el cariño de una Madre y nos empuja a salirnos de nosotros mismos. Además, María, Señora de los Dolores, es perfecta conocedora de los sufrimientos y los dolores que trae la vida.
En el inicio de este nuevo mes acudo a María para que me ayude a crecer en el camino de la santidad cristianas. Para que por medio de Ella sea capaz de nutrir la semilla de mi santidad y poder estar más cerca de su Hijo. Le pido que me ayude a perseverar en mi compromiso de Hijo de Dios cuyo fin es ser santo en esta vida. No pueden dejar de retumbar en mi interior las palabras de Cristo desde la Cruz: «Mujer, he aquí a tu hijo». Estas son las últimas palabras desde lo alto del madero santo. Es la segunda llamada de Dios a María, tan trascedente como el día de la Anunciación, cuando María siendo apenas una niña descubre con inmenso gozo su vocación de Madre. Una Madre mediadora de todas las gracias, consoladora del sufrimiento de los hombres, dócil a la voluntad divina y corredentora del ser humano.
Quiero que mi vida cristiana sea un camina hacia Dios, del que vengo y hacia el que voy. Le pido a María que me acompañe en este caminar, protegiéndome y ayudándome. ¡Todo tuyo, María! ¡Totus tuus, María!

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¡Gracias, Jesús, por el regalo de tu Santísima Madre, no podré agradecerte jamás la entrega de tu Madre que tanto me apoya y me consuela y me guía hacia Ti! ¡María, gracias por tu presencia amorosa en mi vida; ayúdame a cambiar todo aquello que debe ser cambiado y úneme a tu Hijo para que no me separe nunca de Él, de su amor y de su misericordia! ¡Acompáñame María en mi camino de conversión cotidiano. Tu Hijo me pide que cada día le ame y ame a los demás a través suyo; caminando a Tu lado más cercano se me hará Jesús en mi vida! ¡María, Tu eres la primera creyente, alienta con tu fe mi camino personal de conversión hacia la santidad y ayúdame a crecer cada día en mi confianza en Dios y en sus promesas! ¡Tu conoces de mi humanidad, Madre, no me abandones cuando caiga y abandone! ¡Tu eres, María, la Madre del amor hermoso, haz que mi vida y mi corazón estén siempre limpios, sean sensibles a las necesidades ajenas y esté siempre al servicio de los que me necesitan y de la Iglesia! ¡Concédeme la gracia de tener un corazón bondadoso como el tuyo que no calcule y olvide el daño recibido! ¡Concédeme la gracia de ser valiente y audaz ante los desafíos de la vida, que no se apoque ante la entrega que me exige Tu Hijo, que sea decidido a buscar siempre la verdad en todos mi actos! ¡Que como Tu, María, mi primer fin sea amar a Dios por encima de todo y no permitas que mi pobre corazón se despiste con aquellos asuntos que me alejan de Él! ¡María, eres mi Madre y yo soy tu hijo, te entrego mi vida para que la conduzcas hasta el cielo prometido!

En este primer sábado mariano de febrero disfrutamos de esta cantante en forma de motete  para voz sola de contralto, dos violas de gamba y bajo continuo del compositor austriaco Marc Antonio  Ziani, Alma Redemptoris Mater:

La familia, modelo de amor

La Iglesia nos invita a celebrar hoy una gran fiesta, la de la Sagrada Familia de Nazaret. La familia de Jesús, María y José. Una familia tan sencilla como extraordinaria. Una festividad que pone de manifiesto el arraigamiento humano de Dios. No es ni una ilusión ni una fantasía: la Palabra se hizo carne, enraizado en un pueblo y en una cultura creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia bajo la mirada de Dios y de los hombres y el soplo del Espíritu. Impresionante. Bellísimo. Dios se tomó el tiempo de vivir las diferentes etapas de la vida humana dando relevancia a la vocación y la misión de la familia en todas sus dimensiones humanas y espirituales. En un mundo donde se desafía el modelo familiar tradicional esta fiesta nos recuerda el valor supremo de la familia en nuestra sociedad.
La familia es —o debería ser— ese espacio donde se vive el aprendizaje del amor en hechos concretos y cotidianos y en la verdad. Es el lugar donde se trasmiten los valores esenciales para el crecimiento de cada uno de sus miembros.
Esta festividad, a través de la imagen de la Sagrada Familia, te recuerda que cada miembro de una familia aprende a descubrir al otro aunque, a veces, uno se desconcierta con alguien al que cree conocer.
Hay enseñanzas hermosas en el cuadro de la Sagrada Familia como que amar a los demás es aceptar no saber todo sobre ellos. En las palabras y en el silencio de María, en los silencios y en las vivencias de José, que acompañan a Jesús en su vocación, descubrimos la profundidad de un amor que sabe estar presente en la formación humana de Cristo pero que también sabe cómo desvanecerse ante el misterio de Jesús para que pueda cumplir su vocación personal según los deseos de Dios.
La vida familiar exige sacrificios y mucho amor, paciencia y mucha comprensión; es un largo camino, un trabajo donde uno debe dar lo mejor de sí. A través de la imagen de la Sagrada Familia uno se siente aleccionado como padre, como educador, como cristiano, como miembro de la sociedad, de llevar la escuela del amor y del perdón al seno de su propia familia y a la sociedad. De Amor con mayúsculas. Ese amor puro que se entrega sin cálculos, sin esperar nada a cambio, sin voluntad de dominar. Un amor que exige un trabajo cotidiano, un ascetismo real que permitirme descubrir y medir con qué amor ama Dios.
El aprendizaje del amor puro y verdadero es un viaje que requiere toda una vida. Exige amar al otro con sus limitaciones y defectos, con sus imperfecciones y sus sombras. Este camino no se puede recorrer sin vivir la misericordia entre sus miembros. Y es necesario también realizar un trabajo de conversión interior para entender qué es el amor verdadero porque el verdadero amor al que todos estamos llamados nos invita a vivir la misericordia para envolver nuestras imperfecciones con el velo de la ternura.
Jesús quiso nacer y crecer en el seno de una familia humana. Sus padres lo educaron con un amor irreprochable. Era la familia de Nazaret una familia santa porque el principal deseo era hacer la voluntad de Dios en su vida. Y hoy y todo el año puedo hacerlo nacer también en mi propio entorno familiar.
Es lo que le pido hoy a la familia de Nazaret. Que se convierta en mi modelo para dar amor, para crecer en santidad, para dar lo mejor de mí, para aprender a sacrificarme cuando sea necesario, para saber ponerme en manos de la Providencia, para servir sin contrapartidas, para promocionar los valores intrínsecos que de ella se derivan, para poner mi vocación al servicio de la misión de Jesús, para hacer crecer en la fe a todos los que la integran, para darles la perspectiva del cielo en su cotidianidad…
En esta fiesta de la Sagrada Familia es un día para dar gracias a Dios, a María y a José por predisponerme a cooperar con ellos en el plan de salvación que nos propone el Señor en esta Navidad.

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¡Dios mío, has venido al mundo en el seno de una familia humana; hazme ver que mi familia es también el lugar donde puedo encontrarte, conocerte y amarte! ¡Concédeme la gracia de amar para crear unidad entre todos por medio del amor! ¡Conviérteme, Padre, en testimonio de amor, de esperanza, de entrega; ayúdame a ser portador de todos los valores que la dignifican! ¡Conviérteme, Padre, en en ejemplo para todos los que la integramos, para que en mi hogar impere el amor y la fidelidad a tu Hijo; que sea ejemplo de oración cotidiana, de puesta en práctica de las virtudes que Él nos ha enseñado, ejemplo de comprensión y que se imponga siempre el respeto entre nosotros! ¡María, Reina de la familia; San José, esposo serenísimo de María, os confío en este santo día mi vocación para desempeñar esta hermosa misión de esposo y padre que Dios ha puesto en mis manos y hacerlo bajo vuestra bendición! ¡Ayudadme a poner siempre mi mirada en vuestro hogar de Nazaret para que el mío también se convierta en una escuela de virtudes cristianas y humanas y aprender de vosotros tres a vivirlas con la convicción y humildad de hijo de Dios! ¡En este día pongo en vuestras manos a todas las familias del mundo para quienes las formamos crezcamos en ellas como personas responsables y honestas, sustentadas en la fe para dar testimonio unos de otros, para acoger en nuestro seno al mismo Dios, para crecer como hizo Jesús en sabiduría, en estatura y en gracia, para ser auténticos custodios de este maravilloso don que viene de Dios! ¡Ayudadnos, María y José, a vivir siempre en presencia de Dios con el mismo amor, la misma fe, la misma esperanza y la misma alegría con la que vivisteis los tres en Nazaret!

Comparto esta oración para rezarla junto con tu familia, comunidad o amigos antes de la medianoche del 31 de diciembre. Se recomienda estar alrededor del nacimiento o pesebre. Juntos comienzan diciendo: “En el nombre del Padre…”
Luego se hace la siguiente oración:
Lector 1: “Señor, Dios, dueño del tiempo y de la eternidad, tuyo es el hoy y el mañana, el pasado y el futuro. Al terminar este año queremos darte gracias por todo aquello que recibimos de ti.
Gracias por la vida y el amor, por las flores, el aire y el sol, por la alegría y el dolor, por cuanto fue posible y por lo que no pudo ser. Te ofrecemos cuanto hicimos en este año, el trabajo que pudimos realizar, las cosas que pasaron por nuestras manos y lo que con ellas pudimos construir.
Lector 2: Te presentamos a las personas que a lo largo de estos meses quisimos, las amistades nuevas y los antiguos que conocimos, los más cercanos a nosotros y los que estén más lejos, los que nos dieron su mano y aquellos a los que pudimos ayudar, con los que compartimos la vida, el trabajo, el dolor y la alegría.
Pero también, Señor, hoy queremos pedirte perdón, perdón por el tiempo perdido, por el dinero mal gastado, por la palabra inútil y el amor desperdiciado.
Todos: Perdón por las obras vacías y por el trabajo mal hecho, y perdón por vivir sin entusiasmo. También por la oración que poco a poco se fue aplazando y que hasta ahora vengo a presentarte. Por todos los olvidos, descuidos y silencios, nuevamente te pido perdón.
A pocos minutos de iniciar un nuevo año, detengo mi vida ante el nuevo calendario aún sin estrenar y te presento estos días que sólo tú sabes si llegaré a vivirlos.
Hoy te pido para mí y los míos la paz y la alegría, la fuerza y la prudencia, la claridad y la sabiduría. Quiero vivir cada día con optimismo y bondad llevando a todas partes un corazón lleno de comprensión y paz.
Cierra tú mis oídos a toda falsedad y mis labios a palabras mentirosas, egoístas, mordaces o hirientes. Abre en cambio mi ser a todo lo que es bueno, que mi espíritu se llene sólo de bendiciones y las derrame a mi paso. Amén.”
Para terminar, rezar un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria. Luego, entre todos, se dan un abrazo diciendo:

¡Feliz año a todos los lectores de esta página!

En este día de la Sagrada Familia, cantamos este Padrenuestro de Nazaret:

Nacer de nuevo con el agua del Bautismo

Hoy celebramos la segunda Epifanía. Es una fiesta grande y hermosa. Hoy Cristo, hincado de rodillas ante Juan es bautizado en las aguas del Jordán y se nos manifiesta con una humildad que desgarra como el Mesías que viene a salvarnos. Aquí comienza Jesús su gran misión y se consagra a la voluntad del Padre. Y Dios, en respuesta a este acto tan trascendente, envía sobre Él al Espíritu Santo para que lo ilumine. Es la Epifanía de la Santísima Trinidad.
Hoy me siento profundamente feliz. Me siento estrechamente unido a Cristo y a la Iglesia. Me siento honrado por haber estado bautizado y estar iluminado por la fuerza del Espíritu porque esto es el bautismo, llenar el alma de la luz de Dios. Nacer a Dios. Salir de la oscuridad para iluminar mi vida a la luz de la fe. Renacer a la vida. Fortalecer mi esperanza. Sentir la fuerza del Espíritu. Convertirme en discípulo del Evangelio. Peregrinar con paso firme.
Hoy renuevo interiormente mi vocación de cristiano. Le doy mi «Sí» decidido al Dios que me ha dado la vida. El me ha rescatado de la muerte y me devolvió a la vida por mi Bautismo. Me sumerjo imaginariamente en el agua del bautismo para salir renovado por completo, santificado con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo; deseo dejar atrás la inmundicia de mi pecado para salir limpio a caminar por la vida; unirme a Cristo en el camino hacia la santidad que tengo tan lejana pero puesta en el horizonte de mi vida; llevar la cruz con confianza, esperanza y alegría; descansar en el corazón de Cristo que todo lo acoge y todo lo comprende; sumergirme en la fuerza del Espíritu Santo que todo lo santifica; dulcificar mi corazón de piedra y abrirlo al amor del Padre.
Hoy quiero sentir como las gotas de agua del bautismo purifican mi vida. La hacen más sencilla, más humilde, más generosa, más entregada y más misericordiosa. Hoy, como Cristo, me siento un hijo predilecto del Padre, un título que nos es honorario, que es real, y que tantas veces olvido en la cotidianidad de mi vida por tantos obstáculos que debo vencer, por tantas dificultades que debo sortear y por tanta soberbia que debo eliminar.
Hoy, en el Bautismo del Señor, sumergido en el océano del amor infinito de Dios, exclamo con alegría: «Señor, tengo necesidad de Tí. Envíame tu Espíritu para que mi ilumine, me purifique y me lave y me permita nacer de nuevo».

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¡Sí, Señor, envía tu Espíritu sobre mí para que me transforme, me purifique, me lave y me transforme! ¡Señor, hazme ver el amor tan grande que me tienes que tantas veces olvido! ¡Hazme humilde, Padre, como lo fue Jesucristo para que sea sensible a tus palabras y tus mandatos! ¡Quiero, Señor, abrir mi corazón y dejarte entrar! ¡Hoy me quiero sentir un hijo predilecto tuyo, sentir que me amas, que me proteges, que me cuidas, que envías el Espíritu Santo para hacerme un hombre nuevo! ¡Deseo, Señor, que limpies mi pobre alma para que la purifiques por dentro, para que quites de ella la inmundicia del pecado! ¡Señor, te entrego mi pequeñez, mi nada, mi miseria, mi orfandad para que hagas con ella lo que quieras! ¡Señor, ayúdame a no fallarte! ¡Y ese mismo amor que sientes por mí, esa confianza que tienes por mi, esa misericordia que derrochas sobre mi, esa paciencia que tienes conmigo… ayúdame a entregarla a los demás! ¡Envía tu Espíritu, Padre bueno, para que me capacites a ser discípulo de Cristo, a ser misionero de la misericordia como nos pide el Santo Padre, a ser testimonio de Ti en cualquier ambiente y en cualquier circunstancia! ¡Señor, solo no puedo ir por la vida! ¡No permites que me quede en la medianía! ¡Por eso hoy, el agua del Bautismo, me dará la fuerza para seguirte!

Del compositor alemán Dietrich Buxtehude esuchamos su coral para órgano Christ unser Herr zum Jordan kam (Cristo Nuestro Señor vino al Jordán) BuxWV 180:

¡Permaneced en mí!

Hace unos días un sacerdote muy querido celebraba trece años de fidelidad a Dios. Trece años de ordenación sacerdotal que él mismo agradecía a «María, Madre de los Sacerdotes, a la Iglesia que es mi familia y a vosotros [en referencia a sus feligreses y amigos] en quienes se hace concreta y real la entrega de mi vida. Yo no soy nada sin todos los que están en la lista… os necesito porque os quiero». Y recordaba su lema sacerdotal que son las palabras de Cristo: «¡Permaneced en mí!».
Cuando conoces a un sacerdote bueno, santo, generoso, con una entrega constante a Dios y a la comunidad, que es un ejemplo vivo del Amor de Dios en la vida nos acercamos más al Señor. Cuando te encuentras con un sacerdote que es verdadero pastor, guía, luz en el camino nos acercamos más al Señor. Cuando ves a un sacerdote que entrega su vida a Cristo y nos la hace presente nos acercamos más al Señor. Cuando te cruzas con un sacerdote que sabe llevar su cruz cotidiana nos acercamos más al Señor. Cuando te encuentras con un sacerdote que ama y transmite su amor por la Eucaristía, nos acercamos más al Señor. Cuando conoces a un sacerdote que muestra en su testimonio cotidiano la alegría de estar cerca de Dios nos acercamos más al Señor. Cuando ves en un sacerdote que es bondadoso y misericordioso pero también firme en la dirección espiritual nos acercamos más al Señor. Cuando ves a un sacerdote buscando cada día la mirada amorosa de Cristo —dice en su testimonio este sacerdote que Jesús «tiene desde Su Cruz sus ojos puestos en los míos»— nos acercamos más al Señor.
Un sacerdote es alguien que lo ha dejado todo, entregando su vida, para seguir a Jesús, para servir a los demás a través de Cristo, para ayudar a los hombres en su camino hacia el cielo. Por eso hemos de quererlos, respetarlos y valorarlos y pedir a Dios por su santidad, por la firmeza de su vocación, por su entrega, por su corazón puro y limpio. Pedirle a María, esposa de la Iglesia, que los mantenga unidos a Su corazón para ser una Madre solícita con ellos especialmente en tantos momentos de soledad.
Hoy abro especialmente mi corazón en la oración por tantos sacerdotes que se han cruzado en mi vida. Por el que sacerdote que me bautizó, por el que me impartió la Primera Comunión, por el que obispo que me confirmó, por los que han sido mis directores espirituales, por los que me han repartido la Eucaristía a lo largo de la vida, por los que me han confesado, por los que me han escuchado, por los que me han impartido retiros espirituales, por los que me han ayudado… ¡Por su presencia en mi vida, gracias Señor!

Permaneced en mi

¡Jesús, sumo y eterno sacerdote, te pido hoy por los sacerdotes de tu Iglesia santa! ¡Danos sacerdotes santos, Señor, y protégelos siempre para que hagan honor a su vocación! ¡Y a ti María, Madre de la Iglesia, que oraste en el Cenáculo junto a los apóstoles pidiendo para que el Espíritu Santo llenara sus vidas con la plenitud de sus dones, Tú que eres la Reina de los sacerdotes, intercede por ellos, acompáñalos siempre en su ministerio! ¡Llena, Señor, su alma de Ti y que el poder de tu infinita misericordia les ayude en su vocación sacerdotal para ganar almas a Dios! ¡Envía tu Espíritu sobre ellos, Señor, y llénalos de gracia para que sus dones de sabiduría, conocimiento, consejo, paciencia, amor, esperanza, fortaleza, amabilidad y obediencia les permitan ser sal en la tierra! ¡Haz de ellos, Señor, hombres de oración, que logren mantener en su corazón encendido el amor a Dios, que su fe sea un estímulo para sus ovejas, que sus palabras estén siempre iluminadas por Ti, que su celo sacerdotal se renueve cada día en la Eucaristía! ¡Señor, líbralos de las tentaciones y de los peligros, fortalécelos en la debilidad, consuélalos cuando estén tristes o desanimados, cúralos cuando estén enfermos de cuerpo o de alma, protégelos en su misión no siempre fácil, dales la alegría de la fe para transmitir tu Verdad, hazles fieles a la Iglesia, al Santo Padre y a los obispos, hazles personas sencillas y humildes, dales serenidad en los momentos de tribulación! ¡Llévalos siempre, Señor, en lo más profundo de tu Sagrado Corazón! ¡Cuida, sobre todo, de los sacerdotes jóvenes que inician su vocación, de los sacerdotes perseguidos en tantos lugares del mundo y de los sacerdotes ancianos! ¡Y también te pido, Señor, que nos envíes nuevos sacerdotes que surjan de nuestras parroquias, de nuestras familias, de nuestras escuelas, que sean cosecha fértil para tu Iglesia, fieles a la llamada del Evangelio, imagen viva tuya y que den un sí tan alegre y decidido como el de tu Madre!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: ¡Madre Nuestra, María Santísima, Madre del verdadero Dios por quien, en quien y con quien vivimos, enciende en el corazón de los sacerdote tus santas virtudes!

Sacerdote para siempre, cantamos hoy con Jesed en honor de los sacerdotes:

El sacerdocio, el amor del corazón de Cristo

Hoy la liturgia celebra la festividad de Juan María Vianney, el santo Cura de Ars, un ejemplo de servicio sacerdotal tanto para laicos como para sacerdotes. Este sencillo sacerdote francés ejerció su labor pastoral con un gran amor a la Iglesia y a Cristo, curando almas heridas, testimoniando la alegría cristiana en una sociedad secularizada, convirtiendo corazones descarriados en una época donde se había perdido la perspectiva preciosa del Reino de Dios, dando consuelo a tantos hombres perdidos en la moralidad y los principios. Su empeño por ganar almas de Dios es un ejemplo para los cristianos de hoy, que nos enfrentamos a tantos obstáculos y dificultades para hablar de Dios en este mundo.
Hay una frase del cura de Ars que se me ha quedado grabada en el corazón: «El sacerdocio es el amor del Corazón de Cristo». Por eso hemos de rezar cada día por todos los sacerdotes del mundo, especialmente por los más cercanos, hacer penitencia por ellos, ayudarlos, brindarles nuestra amistad más sincera. Vivimos tiempos turbulentos. Hemos de pedir al Espíritu Santo que ilumine estos vasos de arcilla, estas luces de esperanza, que siga obrando en ellos para que tengan fortaleza ante estos tiempos difíciles, para que sean verdaderos pastores que van delante de sus ovejas, para que las ovejas encuentren los pastos verdaderos de la auténtica doctrina. Orar para que los sacerdotes se sacien del amor de Cristo, para que se sientan seguros con su vocación y vivos con la fuerza que otorga el Espíritu Santo.
Orar por la fidelidad de los sacerdotes, para que el título de Padre que les otorgamos conlleve un verdadero sentido de santidad y vida nueva. Para que el Señor les libere de las tentaciones, para que tiendan a la perfección moral, para que sean un ejemplo de fe y testimonio de santidad.
Todo sacerdote es un don para la Iglesia y para la sociedad, un tesoro que hemos de cuidar para que vivan rebosantes en el corazón de Dios.
Esta es la invitación de hoy: ofrecer nuestro día por ese sacerdote al que tanto queremos, por su santidad, por su celo apostólico, por sus debilidades, por los frutos de su ministerio. Cada sacerdote tiene como misión llevar a Dios a los hombres. Por eso necesitamos sacerdotes santos, que sientan la oración y la intercesión de sus fieles para vivir en unidad e intimidad con Dios, para llevar la Palabra a esta sociedad tan desdibujada en lo espiritual y con una idea cada más lejana de la bondad de Dios y, sobre todo, para nunca nos falten para celebrar la Eucaristía.
Y pedir también al Señor que nos envíe nuevas vocaciones sacerdotales, que los jóvenes se animen a entregar su vida al sacramento del sacerdocio, que sus corazones abandonen la idolatría de la comodidad para seguir de cerca al Señor de Señores.

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Comparto la oración que rezo diariamente por mis sacerdotes más queridos:
Omnipotente y Eterno Dios, dígnate mirar el Rostro de Tu Hijo Jesucristo, el Eterno Sumo Sacerdote, y por Amor a Él, ten piedad de tus sacerdotes.
Acuérdate oh Dios Misericordioso, que no son más que débiles y frágiles criaturas. Mantén vivo en ellos el fuego de tu Amor, guárdalos cerca de Ti, para que el enemigo no prevalezca contra ellos y nunca sean indignos de su sublime vocación.
¡Jesús te ruego por tus fieles y fervorosos sacerdotes, por los tibios e infieles, por los sacerdotes que trabajan cerca o en lejanas misiones, por los sacerdotes que sufren tentación, por los que sufren soledad y desolación, por tus jóvenes sacerdotes, por tus ancianos sacerdotes, por tus sacerdotes enfermos, por tus sacerdotes agonizantes, por las almas de tus sacerdotes que padecen en el purgatorio!
Pero sobre todo te pido por los sacerdotes que me son mas queridos: (nombre/s).
Por el sacerdote que me bautizó, por los que me perdonaron mis pecados, por los sacerdotes a cuyas misas he asistido y me dieron Tu Cuerpo y Tu Sangre en la Sagrada Eucaristía, a los sacerdotes que me enseñaron e instruyeron, que me animaron y me aconsejaron, a todos los sacerdotes a los que me une una deuda de gratitud.
Oh Jesús, guárdalos cerca de tu Corazón y concédeles abundantes gracias y bendiciones en esta vida y en la eterna. Amén.

De la Missa Lauda Sion de Palestrina os ofrezco hoy el Offertorium: Sacerdotes Dominio:

Toda vocación nace de la iniciativa de Dios

Uno de los libros que más me han impresionado es Carta a un religioso de Simone Weil, el texto que la autora escribe al dominico Jean Couturier en 1942. Este hombre de bien consagró su vida a la pastoral en el mundo del arte. Es imposible que alguien pueda reunir en el momento de su muerte una suma de elogios más ilustres, numerosos y entrañables como los que le tributaron sus amigos Chagall, Picasso, Braque, Le Corbusier, Rouault, Matisse, Miró… El fraile Coutuirer amaba de una manera obsesiva la libertad y la verdad. En 1925, este monje que había experimentado la vida de una forma diferente, escribió que ese año la libertad y la verdad entraron en su vida en forma de amor. ¿Qué ocurrió en 1925 para que Couturier lo considerara excepcional? Aquel año el padre Couturier profesó como religioso. Me parece tan hermosa la grandeza simple de esta historia que cierro los ojos con el consuelo de saber que Dios es todo amor. Y que en toda vocación, sea laical o religiosa, todo nace de la iniciativa amorosa de Dios, todo es don de la caridad de Dios. El amor de Dios en nuestra vida es un amor sin reservas, que nos sostiene y nos va llamando durante el camino de nuestra vida pues todo cristiano está llamado a hacer de su vida un servicio y una respuesta a Dios consecuencia del bautismo. Y toda respuesta a la vocación implica una orientación profunda de la vida, renunciar a uno mismo, desapegarse de lo cómodo y vivir con coherencia para centrar nuestra vida en Jesús. En definitiva, seguir a Jesús es aceptar que el Espíritu de Dios penetre en nuestra alma, solidifique nuestra coherencia de vida y suscite en nosotros el deseo firme de ser testimonios del Señor.

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¡Gracias, Señor, porque me buscas siempre con amor infinito aunque tantas veces no escuche ni acepte tu invitación! ¡Gracias también por tu comprensión cuando no acudo a tu llamada tan absorto como estoy en mis propios asuntos y tan ajetreado y ensimismado como estoy en buscar las comodidades y lo material de este mundo! ¡Te doy gracias, Señor, por la fe y por el bautismo! ¡Quiero responderte con mi ! ¡Hazme fiel a tu causa, Señor, y renueva cada día mi vocación de cristiano! ¡Renueva con tu espíritu de entusiasmo mi servicio a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros, a la Iglesia y a la comunidad! ¡Dale a mis hijos el deseo de ser buenos cristianos y si en algún momento alguno de ellos está llamado a la vocación de la vida religiosa bendícelos con tu amor! ¡Espíritu Santo, llena mi corazón con tu Espíritu de Sabiduría para proclamar el Evangelio y dar testimonio de tu presencia en este mundo! ¡Inspíranos siempre a conocerte mejor y abrir nuestros corazones para escuchar la llamada de Dios! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío!

“Tu amor infinito, eternamente inmutable, mantienen en mi la alianza primera que llena mi corazón de alegría”. Estas palabras se escuchan en el recitativo de la cantata Ach Gott, wie manches Herzeleid! (¡Ah Dios, con cuántas penas!) BWV 3 de Bach, muy ajustadas al tema de esta meditación. ¡Que la disfrutéis!:

La vocación de los hijos

Todos estamos llamados por el Señor a una vocación concreta. Y llama a todo el mundo. Él nos habla. Realiza una llamada permanente para que nos acerquemos a Él pues no desea que ninguno de sus hijos, fruto de su Creación, se pierda. Todo objeto preciado busca custodiarse. Y así hace Dios. Y así debemos hacer nosotros con nuestros hijos.
Cristo camina a nuestro lado, lleno de amor y de misericordia. Pero también al lado de nuestros hijos. A esos hijos que hemos cambiado pañales, enseñado a montar en bicicleta, leído tantos cuentos antes de acostarse, corregido cuando se volvían insoportables, contestado cuando soltaban preguntas sorprendentes, felicitado por su esfuerzo escolar, aplaudido en el festival de la escuela… No importa que edad tengan. Son nuestros hijos —regalo de Dios— y en nuestro corazón no dejaran de ser unos niños. Un don sagrado que hemos de cuidar con devoción.
Nuestros hijos van creciendo y van haciendo planes de vida. Los estudios universitarios, la formación profesional, el trabajo, el noviazgo vivido desde la fe cristiana, el matrimonio, la llamada a la vida religiosa… A cada uno de ellos Dios les llama a una vocación específica. Por eso, como padres responsables y conscientes de sus limitaciones y sus virtudes, hemos de rezar cada día por la vocación de nuestros hijos, para que sea cual sea, obtengan la gracia para descubrirla y aceptarla no según su voluntad sino según la voluntad de Dios que es quien orienta nuestra —su— vida. Rezar por la madurez de sus decisiones y orar por nuestros comportamientos como padres para convertirnos en modelos ejemplares de sus vidas, no en vano somos nosotros los primeros educadores. Rezar por su santidad, por sus anhelos y sus esperanzas. Pedir por su felicidad. Cada uno según sus capacidades y sus destrezas, no según nuestras esperanzas y nuestro egoísmo. Dios sabe lo que tiene entre manos. Nuestros hijos son también hijos suyos. La diferencia es que Él nos los ha puesto en custodia.

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¡Padre, te damos gracias por los hijos que nos has dado y ayúdanos a respetar los planes que tienes para ellos! ¡Tu sabías de su existencia antes de que llegaran a la vida, danos la sabiduría, la fortaleza, la alegría, el compromiso, la entrega, la generosidad, el cariño, la serenidad y la paciencia para instruirlos, formarlos, guiarlos y corregirlos! ¡Espíritu Santo guía nuestro camino como padres para llevarles por el camino del bien! ¡Fortalece, Espíritu Santo, el amor que tenemos por ellos! ¡Ayúdanos a ser ejemplo de bondad, reciedumbre, ejemplaridad y amor! ¡Espíritu Santo, muéstrales su vocación para que sepan recorrer con fidelidad su camino en la vida! ¡San José, padre adoptivo del Salvador, ayúdanos con tu ejemplo a servirles bien! ¡María, Madre de Dios, mira a tus hijos con amor y con tu predilección de Madre, protégelos y cúbrelos con tu manto!

Del maestro andaluz Alonso Lobo, insigne compositor del siglo XVI, os invito a disfrutar del kyrie de su Misa de María Magdalena. Una pieza de una gran belleza para cerrar la jornada laboral: