En el umbral del Adviento con María

Primer sábado de diciembre con María, Señora del Adviento, en el corazón. Mañana comienza el Adviento, tiempo para abrir el corazón como María para preparar la venida del Salvador. Hoy tomo especialmente el ejemplo de la Virgen para que, durante este tiempo, sea capaz de mantenerme fiel al Señor que nos ha prometido la salvación.
A las puertas de este tiempo tan hermoso que nos lleva hacia la Navidad, quiero guardar en mi corazón el valiente y decidido «sí» de María que, en este tiempo, alcanza una enorme relevancia, porque con su alegre aceptación y su humilde entrega a la voluntad divino, hizo posible que la Palabra de Dios acampara por siempre.
¡Que bonito pensar que a consecuencia de «sí» a los planes de Dios, con esas palabras que surgieron de su corazón orante y generoso —«hágase en mí según tu palabra»—, nació Jesús después de un prolongado adviento en su interior.
En este sábado antes de encender mañana la primera vela de la corona de adviento quiero creer como Ella, esperar como Ella, amar como Ella, celebrar la espera como Ella, alegrarme por la Navidad que llega como Ella. Y, sobre todo, como Ella aprender a ser más fiel al Señor, a su Evangelio y a sus enseñanzas.

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¡Todo tuyo, María, ejemplo de vida, de entrega, de generosidad, de amor, de aceptación de los planes de Dios! ¡Me entrego a Ti, María, porque quiero seguir tu modelo de fe, de esperanza, de amor, de actitud orante y entregada en este tiempo de Adviento, en la vida misma! ¡Gracias, María, por que con tu aceptación de los planes de Dios me enseñas a confiar siempre en Dios y me haces ver que en mi es posible también el cumplimiento de sus promesas! ¡Gracias, María, porque eres Madre de Dios y Madre nuestra, y gracias a tu aceptación a los planes divinos Jesús es mi hermano, arraigado de forma concreta en la Santa Familia de Nazaret, que con tanto amor formaste con san José! ¡Gracias, María, porque con tu «sí», repleto de fe, has permitido el plan de salvación de Dios por medio de Jesús, razón de fiesta en mi corazón! ¡Hoy te pido, María, que en este tiempo que avanza hacia la Navidad me ayudes a confiar especialmente en Dios, a no caer en el desánimo cuando los problemas arrecian, cuando las dificultades me obstruyen, a tener tus actitudes ante la vida, a vivir en el permanente y humilde agradecimiento, a que mi corazón esté completamente abierto a la voluntad misericordiosa y amorosa de Dios, y que rebose alegría por doquier por el nacimiento de Jesús, tu Hijo y mi Salvador! ¡Todo tuyo, María, llena de gracia, Madre del Amor!

En este primer día de diciembre nos unimos a las intenciones del Papa Francisco para este mes. El Santo padre pide que oremos para que las personas dedicadas al servicio de la transmisión de la fe encuentren un lenguaje adaptado al presente, en diálogo con la cultura.

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Presentarse ante Dios como María

En la Iglesia celebramos hoy una festividad hermosa, la de la presentación de la Virgen María en el Templo. Esta escena de la vida de Nuestra Madre no aparece en los Evangelios pero a la tradición no se le puede privar de su verdad.
Esta fiesta permite entrar con alegría en la intimidad del corazón María, ese corazón puro tan unido a Dios. María, en aquel día que acudió con sus padres al templo abrió su corazón al Padre y, en ese acto, se abandonó por completo a la gratuidad absoluta del amor divino. La Virgen con aquel paso dio una respuesta absoluta y plena a la voluntad de Dios.
Este acto sencillo pero profundo de María me remite a un elemento sustancial en mi vida cristiana, el de cuestionarse qué significa presentarse ante Dios. Es detenerse pausada y humildemente en su presencia y darse con lo que uno es, con su pobreza y su nada, confiando plenamente en Él. Es hacer voluntad de Dios.
María se presentó en el templo para entregarse a Dios pero esa misma joven de Nazaret fue morada de Dios, Madre del Cristo y templo del Espíritu Santo. Y esa experiencia la vivió secretamente con un intenso amor.
Hoy es un día que me acerco a María para tratar de adentrarme en ese secreto, para observar su vida desde el prisma de la fe, profundizando en su vida oculta y obtener de ello los frutos de un corazón abierto a la grandeza de Dios. Y desde la sencillez de este acto, pedirle al Señor que me conceda la gracia de ser también templo del Espíritu Santo ¡para poderle acoger con pureza, verdad y amor!

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¡María, Madre de Bondad y Misericordia, quiero imitarte en todo para llegar a ser un buen hijo de Dios! ¡Acógeme, Señora, en el templo espiritual que es tu Corazón Inmaculado para impregnarme de la sabiduría de Dios y donde el corazón crece cada minuto en el amor a Dios y a los demás! ¡Sagrado Corazón de María me entrego a Ti y al Sagrado Corazón de Tu Hijo! ¡Te encomiendo también a aquello que no conocen a Dios, cuyas almas están muertas y sus cuerpos magullados por el dolor, por aquellos que viven en la desesperanza, por los que no tienen fe, por los que están atrapados por el materialismo y el consumismo, por los que pasan por situaciones de oscuridad espiritual, por los que no tienen esperanza! ¡Entra en su corazón! ¡Y en este día, especialmente, quiero dar gracias al Señor por mis padres que fieles a su fe me presentaron en el templo el día de mi bautismo para que, en el caminar de mi vida, cumpliera la voluntad de Dios y mi cuerpo se convierta en morada del Espíritu Santo! ¡Gracias, Padre, por este regalo que me diste! ¡Te ofrezco a mi mujer y a mis hijos! ¡Hazlos tuyos, María! ¡Protégelos siempre, Señor! ¡Te pido también por todos los consagrados y consagradas del mundo entero y, especialmente, aquellos y aquellas que están cerca de mi corazón, para que sean fieles a Dios y al mensaje del Evangelio que testimonian con su vida y su ejemplo!

Oh Dios que has querido que la Santísima Virgen María, morada del Espíritu Santo, fuera presentada en el templo, concédenos, que por su intercesión, merezcamos ser presentados al templo de tu gloria, nos invita la Iglesia a rezar hoy. Y para honrar este día, lo cantamos con este bellísimo Ave María a cuatro voces del compositor suizo Johann Baptist Hilber:

El coraje vital

¡Qué necesario es el coraje en la vida! ¡Qué necesaria es esta virtud que engloba las fortalezas que te llevan a lograr tus objetivos vitales más allá de las dificultades que se te presentan! ¡Que importante es el coraje para manifestar los propios valores, principios y sentimientos! ¡Qué necesario es el coraje para adoptar esas decisiones complejas y difíciles que superan las incertidumbres y los miedos!
Pero para tener coraje hay que conocerse interiormente. ¿Me conozco realmente? ¿Por qué a veces me cuesta tomar decisiones cruciales? ¿Por qué me resulta complejo asumir mis acciones o las consecuencias de mis actos? ¿Me planteo con frecuencia si soy honesto conmigo mismo y con los que me rodean? ¿Por qué lo soy? ¿Soy verdaderamente auténtico para actuar como pienso y pensar como siento? ¿Soy lo suficientemente valiente para defender sin fisuras, sin miedo al qué dirán o a las consecuencias que ello comporta, mis valores y mis ideas? ¿tengo el coraje de no dejarme llevar por las modas y por las opiniones de los demás?
Y en el plano espiritual, ¿tengo el coraje para profundizar en lo interior y abandonarme de lo exterior para alcanzar la eternidad? ¿tengo el coraje suficiente para cumplir con la voluntad de Dios, de obedecer sus mandamientos y su palabra y dejar de lado mi propia voluntad? ¿tengo el coraje de abandonar mis malos hábitos y arrepentirme verdaderamente de mis pecados, de asumir mis errores y admitir mis faltas? ¿tengo el coraje de hacerme pequeño para hacer más grandes a los demás? ¿tengo el coraje, cuando no la valentía, de perdonar aunque me cueste? ¿tengo el coraje de desprenderme de mi yo, de mi soberbia, de vivir en la humildad, de contrariar las malas inclinaciones de mi corazón que me alejan de Dios? ¿tengo el coraje de poner por encima de todo a Cristo y defender su Verdad? ¿tengo el coraje que de la fe? ¿y el coraje de apartar mi autosuficiencia para hacerlo todo por amor a Dios? ¿tengo el coraje para sacrificar mi vida y darla por los demás? ¿tengo el coraje de servir sin esperar nada a cambio, de entregarme sin esperar aplausos, de negarme a mi mismo poniendo al otro por delante de mi? ¿tengo el coraje de defender la justicia, la verdad, de desistir de la mentira y del mal? ¿tengo el coraje de decir que algo está mal cuando se aleja de las enseñanzas del Evangelio? ¿tengo el coraje de sembrar amor, generosidad, bondad, alegría, felicidad… a pesar de tanto rechazo a la autenticidad?
En definitiva, ¿tengo coraje para darlo todo por el Señor? Y si no lo tengo, ¿que le falta a mi vida y a mi corazón para tener la fuerza de voluntad que me haga cada día mejor?

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¡Señor, aquí me tienes en mi pequeñez y en mi debilidad, te pido que me concedas la gracia de afrontar todas las decisiones de mi vida con coraje y lucidez, con fe y con esperanza, para que se cumpla tu voluntad en mi! ¡Te pido, Señor, valor para afrontar con decisión cualquier inconveniente que se me presente, para vencer todas las dificultades que me traiga la vida, para evitar que el ánimo se me caiga y pierda la esperanza! ¡Te pido, Señor, una fe firme para vivir en la confianza y para tener el valor de avanzar sin detenerme, sin preocuparme del qué dirán, sin miedo a defender lo que soy y con la valentía de defender tu Verdad! ¡Te pido, Señor, el coraje para servir al prójimo sin esperar nada a cambio, de comprometerme por los demás con alegría, para ser servidor en tu nombre! ¡Te pido, Señor, el valor para reconocerme interiormente y desde lo íntimo de mi ser salir al mundo para dar lo mejor que tengo, para entregarme enteramente a Ti y a los demás, para actuar como lo harías Tu! ¡Te pido, Señor, tu bondad, tu caridad, tu misericordia, tu generosidad para que todos mis actos estén impregnados tu manera de hacer! ¡Señor, necesito de tu luz, de tu fuerza, de tu actitud, de tu alegría y tu ánimo para seguir avanzando por el camino de la vida! ¡Anhelo, Señor, ser feliz en tu amor! ¡En tí confío, Señor, y en tus manos me pongo para ser uno en ti!

Hoy la canción no es propiamente religiosa pero si una reflexión sobre el coraje de la vida. Es El coraje de vivir de Antonio Flores:

¿Soy capaz de ver las maravillas de Dios?

Los seres humanos no solo somos cuerpo y materia somos también espíritu. Tenemos alma y esa alma, repleta del amor de Dios y de su misericordia, maravilla entre las maravillas, ¿no debería llevarnos a un permanente agradecimiento precisamente por las maravillas que Dios realiza en cada uno de nosotros?
Lo dice la misma Biblia, en el Libro de Job: Dios «hace cosas grandes e insondables, maravillas innumerables». Pero, ¿Cómo cantar las maravillas de Dios con vidas con tanto sufrimiento y dolor, con tantas heridas en los corazones, con tanto padecimiento y tantas penas, con tantas confusiones que agobian el interior de los hombres, con tantas cruces que cargar, con tantos desiertos que transitar…? ¿Cantar sus maravillas cuando no se comprende su voluntad, sus designios, sus caminos, con lo difícil que es el compromiso en la vida, el vivir con pasión el evangelio desde la realidad personal, desde las complicadas tareas que nos trae la vida…?
Es en el misterio escondido de la vida cuando se hacen más presentes las maravillosas grandes cosas que hace Dios en el  interior de cada ser humano. Es en las noches oscuras cuando más potente surge la luz de Dios.
Yo creo en las maravillas que hace Dios. Creo que Dios transforma los corazones. Creo que hace una obra de arte perfecta en cada ser humano. Pero también creo que estas maravillas son posibles si te dejas amar por Él. Por eso hoy le pido a Dios que abra mis ojos sean para que sean capaces de ver cada día las grandes maravillas que hace en mi.

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¡Padre, dame ojos cristalinos que me permitan ver con claridad las grandes maravillas que haces cada día en mí! ¡Unos ojos claros y nítidos que vean más allá de lo visible, que no se queden en lo racional, sino que me permitan observar más allá de lo que se ve! ¡Pero, sobre todo, Padre, concédeme la gracia de ver desde el corazón para ser capaz de observar todo aquello que se escapa a mi visión! ¡Quiero ver, Padre, cada una de tus maravillas que son parte de las promesas que nos haces, que comprender que cada palabra, cada encuentro cotidiano, cada mirada, cada gesto de amor, es una maravilla que me regalas tu! ¡Te pido, Padre, que toques mis ojos con dulzura para sanarme de la ceguera que tantas veces me imposibilita ver lo que es importante y lo que merece la pena ser vivido! ¡Concédeme la gracia, Padre de bondad, de tomar conciencia en cada momento que tus maravillas se hacen presente en todos los momentos de mi vida, en los detalles de los cotidiano, en las pequeñas cosas de cada día, en los acontecimientos importantes de la jornada! ¡Concédeme, Señor, la gracia para saber ver en lo que pones en mi camino! ¡Dame también, Señor, la sabiduría y el discernimiento para abrir mi corazón y comprender que yo, hijo tuyo, creación tuya, soy una maravilla tuya, que todos los hombres lo somos, por eso te pido que me hagas humilde, pequeño y sencillo para admirar con mayor grandeza la gran obra que has hecho en cada uno de nosotros! ¡Padre, gracias por las grandes maravillas que realizas cada día, gracias por las cosas buenas que nos regalas, gracias por las oportunidades que nos ofreces, gracias por la maravilla de la vida, de la fe, de la esperanza, de la confianza en ti! ¡Gracias, Padre, porque la gran maravilla eres tu, es Jesús, es el Espíritu Santo, es María, maravillas que me empujar a seguir, a avanzar y a ser eterna y profundamente feliz!

¿El «Déjalo todo y sígueme» se refiere a mi?

A lo largo de los siglos donde ha vivido el hombre le ha parecido que el momento de su vida es el más difícil que el de otros tiempos. Si hubiéramos vivido hace un siglo, todo sería diferente. El agua estaba más limpia, el aire era más transparente y la gente vivía creyendo en Dios. Siempre pensamos de esta manera, encadenados como estamos a estos pensamientos y, así, permanecemos inactivos.
Estamos seguros de que todas las cosas importantes que podrían suceder, ya han sucedido antes que nosotros.
Y vivimos al ralentí: rezamos poco, leemos poco, hacemos algunas cosas sin demasiado esfuerzo, sin romper nuestros hábitos, sin cambios significativos en nuestras vidas tranquilas.
«Déjalo todo y sígueme». ¿Estas palabras a quién van dirigidas? ¿A los apóstoles? ¿A los santos? ¿A los consagrados o consagradas? No, estas palabras se dirigen también a mi pero leo el Evangelio y desecho lo que no me gusta. Tomo la Palabra de Dios tal como está escrita con todo lo que me ofrece alegría y todo lo que puede condenarme.
Imagino que alguien me llama por mi nombre. ¿Permanezco en silencio o, por respeto, respondo a quien se dirige a mi? Si el Señor se dirige a nosotros, ¿por qué permanecer en silencio sin responder con nuestra vida, con nuestras obras y nuestras acciones?
La historia te enseña que aquellos que respondieron a la llamada de Dios nunca se quejaron. Que el sol no siempre brillará, que un día la muerte aparecerá en mi vida y que, después de la muerte, existe otra vida donde los valores son diferentes de lo que ahora valoramos. Que las palabras de Cristo son la piedra angular de su enseñanza en los Evangelios porque es la manera de conocer la voluntad de Dios. Que todo en la vida es imposible sin tener a Cristo porque Él vive dentro de cada uno cuando tomamos la comunión.
Por eso el centro de nuestra vida no es el dinero, ni el prestigio, ni la salud, ni un cuerpo perfecto, ni… sino la Eucaristía, que es nuestra acción de gracias a Dios por nuestra vida y la unión con Él en el sacramento de la Sagrada Comunión.
«He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Esta promesa se cumple especialmente cada vez que el Señor Jesús se hace presente de manera real bajo la apariencia de pan, en el sacramento de la Eucaristía, Misterio de misterios, el auténtico don del amor de Dios cada uno.
«Déjalo todo y sígueme». La Eucaristía no sólo es la plenitud de nuestra vida cristiana es la fuente de donde brota toda su vitalidad para, desprendidos de todo, vivir unidos en humildad y sencillez con el que es por si mismo el auténtico Amor.

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¡Señor, que no olvide nunca que la raíz y el centro de mi vida personal y espiritual es el Santo Sacrificio del Altar! ¡Que la Santa Misa se convierta, Señor, en el centro de mi vida interior para estar contigo y abandonar mi mundanalidad y todo lo que no es importante para mi crecimiento personal y espiritual! ¡«Déjalo todo y sígueme», me pides Señor; ayúdame a conseguir que la Eucaristía sea la raíz de mi vida interior para hacer de mi jornada un acto de culto cotidiano, una manera de santificar mi día, mi trabajo, mi relación con mi familia, con mis amigos y los que me rodean, para luchar por mi vida interior, para desprenderme de lo que no es importante, para hacer de mi existencia una vida de oración! ¡Señor, tu de donas por completo en la Eucaristía, para que podamos tenerle cerca movido por tu gran Amor, que así sea también mi vida! ¡Me pides, Señor, el «Déjalo todo y sígueme» y lo quiero hacer ofreciéndote toda mi vida, todas mis obras cotidianas, todo lo que soy y lo que poseo, toda mi inteligencia, toda mi voluntad, todo mi entendimiento, todo mi trabajo, todas mis ocupaciones, todos mis anhelos, todas mis preocupaciones, todos mis seres queridos, todas mis caídas y todos mis sufrimientos! ¡Todo, Señor, lo pongo a los pies del altar para que lo santifiques y los renueves! ¡«Déjalo todo y sígueme» me pides, Señor, y por esto te pido que me ayudes a desprenderme de mis egoísmos para ser un alegre alma de Eucaristía!

En este primera día de octubre nos unimos a la petición del Santo Padre Francisco que nos  pide orar durante el mes por la misión de los consagrados y las consagradas, para que “despierten su fervor misionero y estén presentes entre los pobres, los marginados y con los que no tienen voz”.

Que delicia es tu morada, le decimos a Jesús con este Motete a cuatro voces mixtas con acompañamiento de órgano y arpa de Camille Saint-Saëns:

 

Verde esperanza

Me gusta contemplar a los sacerdotes como visten de verde durante la celebración litúrgica en este tiempo ordinario, las treinta y cuatro semanas en las que la Iglesia no  celebra ninguno de los misterios de Cristo sino el misterio semanal del día del Señor. El verde es el color litúrgico de esta época, ¡tiempo de la Iglesia! Es el tiempo de la misión, el tiempo confiado por Cristo a su Iglesia, para difundir en el tiempo y el espacio, la Buena Nueva de la Salvación. Es un tiempo que nos confronta con lo cotidiano de la vida cristiana.
Nuestra existencia no se puede consumir con constantes momentos de intensidad. Cristo y la Iglesia nos invitan a vivir en la perseverancia y la humildad del día a día la fe, la esperanza y la caridad. El verde que es símbolo de esperanza nos permite vivir la experiencia de la presencia diaria de Dios y de su amor en nuestra vida de una manera menos agitada y más equilibrada.
Vivir la aventura espiritual de la vida con una unión mística de paz y amor con Dios en la humildad de cada día, con una perspectiva diferente.
En el tiempo en el que no olvidas las preocupaciones y la necesidad de cumplir con tus necesidades materiales, que te permite coger fuerzas y reforzar la vida de fe, mantener el ritmo espiritual y la relación filial con Dios.
El verde deja plena constancia de la juventud de la Iglesia y el resurgir de una vida nueva. Simboliza el fruto bueno que Dios espera de cada uno de sus Hijos y la virtud de la esperanza, de la alegría, de la vivacidad, frondosidad y la lozanía del alma.
Observo el verde de lo sacerdotes en la celebración litúrgica y me reafirmo de que la Iglesia es esperanza. Que Cristo es esperanza. Que la Cruz es esperanza. Que el amor es esperanza. Que el abandono en la voluntad divina es esperanza. Que la fe es esperanza. Que la fe da a nuestra esperanza sustancia. Que la oración con el corazón abierto es esperanza. Que la esperanza mantiene viva mi confianza. Que seguir fiel y dócilmente las mociones del Espíritu Santo es esperanza. Que ser capaz de perseverar, creer, esperar y amar es esperanza. Que allí donde mi razonamiento humano se enfrenta a un muro de dificultades mi fe provoca un agujero que permite penetrar la luz de la esperanza. Que allí donde el razonamiento humano dice: «¡Es imposible!» la fe y la esperanza exclaman: «¡Es posible!».
¡Cuando crees, puedes ver y experimentar la gloria de Dios! ¡Y eso también es esperanza!

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¡Gracias, Señor, porque llenas de verde esperanza los colores de la Iglesia! ¡Gracias, Señor, porque la esperanza cristiana no es mero optimismo, sino tu presencia vida! ¡gracias, porque la esperanza es confiar en Ti! ¡Permíteme ser fiel a tus designios y responder a la profunda esperanza que surge de seguir tus enseñanzas! ¡Ayúdame a caminar siempre con esperanza con tu inestimable ayuda de Cristo, con la fuerza de tu Santo Espíritu, que me empuja a caminar animado por la esperanza que no defrauda! ¡Concédeme la gracia de ser fuerte en la fe y en la esperanza y manifestarlas en las estructuras del mundo por medio de mi conversión continua! ¡Hazme ver, Señor, por medio de la fe cuál es el sentido de mi vida! ¡Que en medio de las adversidades de esta vida, encuentre siempre fortaleza en la esperanza, con el convencimiento de que los padecimientos del presente no son nada en comparación con la gloria que nos has prometido! ¡Gracias, Señor, porque tu mismo eres la esperanza! ¡Tu Palabra es esperanza! ¡La Cruz es esperanza! ¡Los dones del Espíritu Santo son esperanza! ¡Mi fe me llena de esperanza! ¡La espera en Ti es esperanza! ¡La espera ferviente y apasionada de tus promesa es esperanza! ¡El misterio de tu amor y tu misericordia son esperanza! ¡Mi oración por el que puedo conocerte mejor a Ti y conocerme a mi mismo es esperanza! ¡Tus promesas son esperanza! ¡La figura de tu Madre y su fíat confiado a los planes de Dios es esperanza! ¡Señor, te pido la virtud de la esperanza para vivirla en mi propia vida, porque deseo ser alguien feliz y alegre, entregado a mis luchas y mis dolores, abrazado a mis sufrimientos, lleno el corazón de tus promesas y tu amor! 

¿Podemos vivir sin la Misa del domingo?

Por razones laborales me encuentro en una república islámica y en la ciudad no hay ninguna iglesia católica. De hecho, a miles de kilómetros a la redonda es imposible encontrar un sacerdote católico. Sin embargo, voy a asistir a misa a través de Internet para celebrar, como cada domingo, la resurrección de Jesús.
Días como hoy me permiten redescubrir el sentido del domingo, día del Señor, el día del juicio, el día de día de descanso familiar, el día de la alegría de Dios. ¡Para mí la Eucaristía de todos los días, pero en especial la del domingo, es la fuente y la cumbre de todas las actividades de la semana! ¡Cuántos hombres y mujeres en el mundo no tienen posibilidad de reunirse el domingo para celebrar la Eucaristía y construir lugares para sus asambleas!¡Cuántos miles de cristianos sin el Día del Señor no pueden vivir! Y en nuestra sociedades, ¿podemos vivir sin la Misa del domingo?
Me duele cuando tantos bautizados no participan de la Misa dominical que debería ser la cumbre de todo el domingo cristiano. Otros dioses toman el lugar de Jesús resucitado: ¡el deporte, la cultura, los viajes, los placeres! Nada hay contra ello, pero para un cristiano la cumbre de su domingo debe ser la misa dominical.
Hay una frase del libro de los Proverbios que tiene su impronta. Es cuando Dios dice: “Ven a comer mi pan y beber el vino que he preparado para ti”. Esta profecía se realizó en el momento de la Institución de la Eucaristía. El discurso del pan de vida Jesús ha indignado a muchos oponentes que no aceptaban que Él es el pan de vida, el Hijo del Padre, el Mesías. Les pareció escandaloso e intolerable en su tiempo que Jesús pudiera pedirles que comieran su carne y bebieran su sangre. Hoy, sabemos cómo uno puede comer su carne y beber su sangre en el sacramento de la Eucaristía. Creemos que Jesús es el único Hijo del Padre, la Verdad y la Vida. En el sacramento de la Eucaristía, estamos espiritualmente nutridos por el sacramento de Su Cuerpo y Sangre. Sabemos, por medio de la fe, que Él está verdaderamente presente y sustancialmente en el Santísimo Sacramento que nos permite vivir con Su Vida. Comprender el inefable misterio: Dios Padre desde la eternidad, desde la Creación y la Encarnación redentora quiere reunirse en la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, con todos sus hijos a los que tanto ama. Este Cuerpo de Cristo, sin embargo, aún no ha alcanzado su plenitud. Para alcanzarlo, la comunión eucarística es indispensable. Los Padres de la Iglesia dijeron: la Iglesia hace la Eucaristía, la Eucaristía hace la Iglesia.
En la lejanía de una iglesia a la que poder acudir, de mi familia con la que convivir, a miles de kilómetros de mi ciudad, quiero sin embargo santificar este domingo que, en el país en el que me encuentro, es día laborable. Vivir poniéndolo todo a la luz de Dios para comprender y cumplir Su Voluntad. Es verdad que la Voluntad de Dios perturba a aquellos que la rechazan. Pero no es posible reconstruir nuestro mundo sin anteponer a Dios. Por encima de las leyes que nuestros gobernantes tratan de imponernos, existe la ley natural de la cual Dios es el único fundamento. Oremos, suframos y ofrezcamos para que los corazones se abran a la verdadera sabiduría. Solo el apostolado del amor es irresistible. ¡Este apostolado se ejercita también alimentándose con el Cuerpo y la Sangre de Jesús, la Sabiduría encarnada y rezando a la Virgen María, Trono de Sabiduría! ¡Feliz domingo!

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¡Señor, gracias por tu amor y por tu bondad! ¡Hoy no puedo recibirte en la Comunión pero quiero aprovechar este tiempo para decirle lo mucho que te amo! ¡Quiero decirte que a tu lado, especialmente cuando te recibo en la Comunión, me siento muy bien! ¡Qué nada me separe nunca de ti, Señor! ¡Te entrego, Señor, mi corazón, mi alma, mi ser, mis proyectos, mis ilusiones, mis tristeza, mis esfuerzos, mi trabajo, mi familia, mis amigos, mis anhelos, mi futuro! ¡Quiero ser tu amigo, Señor, como tu eres mi amigo fiel! ¡Te pido perdón, Señor, porque tantas veces me alejo de Ti, porque me olvido de que existes porque prefiero hacer mi voluntad, porque impongo mi egoísmo y mis cosas, mi soberbia y mis intereses personales! ¡Pero tu me pides que te ame, que te reciba cada día en la Comunión! ¡Gracias, Señor, por acordarte cada día de mi! ¡Todo lo que tu quieras para mi, Señor, aunque no lo entienda lo acepto con amor! ¡Gracias, Señor, por morir por mi, por alimentarme con tu cuerpo y con tu sangre! ¡Toma mi corazón, es tuyo, Señor! ¡Une mi corazón a tu Sagrado Corazón y al Corazón Inmaculado de tu Madre! ¡Tu conoces mis debilidades y mis pasiones, tu sabes lo que anida en mi corazón, cámbialo! ¡Te pido también, Señor, por los que no te quieren, los que no conocen el valor de la Eucaristía, por los que no santifican el domingo, por los que están alejados de Ti! ¡Perdona, Señor, nuestras faltas y nuestros pecados, envía tu Espíritu para que renueve nuestros corazones y para que nuestros llanto se convierta en alegría con el fin de vivir alabando tu Santo Nombre!  

Hoy cantamos, Jesús amigo:

¿Examino mis decisiones a la luz de Dios?

¡Qué importante es en la vida aprender a discernir! Nos cuesta reconocer en lo cotidiano qué debemos hacer o cómo hacerlo porque se nos presentan gran cantidad de opciones que hemos de elegir, algunas de ellas con soluciones complejas y cuya visión no es clara ni sencilla de resolver. Nadie ha dicho que el camino de la santificación sea fácil de sobrellevar. Discernir. El qué hacer y cómo actuar en cada situación es una pregunta recurrente. Para quien no cree en Dios basta con basar la elección analizando las opciones en función de la razón. Para el creyente, sin embargo, el discernir debería fundamentarse en base la pregunta de cuál es la voluntad de Dios para esa circunstancia concreta. Y esto lo olvidamos con frecuencia porque gran parte de nuestras decisiones se toman según las emociones, las necesidades cortoplacistas, los caprichos o por ciertos presentimientos. ¿Examino habitualmente mis decisiones a la luz de Dios? ¿Comprendo que el discernimiento es un don del Espíritu que ayuda a tomar la mejor decisión en base a la voluntad de Dios? ¿Me importa tomar una decisión a sabiendas que esa opción me aleja de los planes del Señor?
Sí, el discernimiento de espíritu es un don que no procede la capacidad del hombre sino del Espíritu Santo, es un fruto unido a la caridad, que permite conocer íntimamente el obrar de Dios en el corazón. ¿Comprendo con frecuencia que es un medio que emplea Dios para tomar conciencia de lo que sucede en mi vida?
Exige un camino personal, de introspección interior, de profundidad espiritual. Es, a su vez, un camino comunitario. Ayuda a madurar la confianza en Dios, en la propia fe y en el vivir acorde con el Espíritu según los planes y la voluntad divinas.
El discernimiento facilita entender cosas de nuestra propia realidad, de nuestras conductas personales, de nuestras opciones vitales, de nuestras actitudes en el plano espiritual, de nuestros valores fundamentales, de la exigencia de nuestro compromiso con la verdad. El discernimiento implica dejarse guiar con docilidad por el mismo Dios. Por eso se adquiere con una vida de oración. Es en lo profundo de la oración que uno puede distinguir lo verdadero de lo que no lo es, lo cierto de lo erróneo, lo auténtico de lo falso, los conveniente de lo inconveniente, orientado así la vida en la fe y en la doctrina proclamada por Jesús. Es lo que le pido al Espíritu Santo hoy, una mayor perseverancia en mi oración y mayor docilidad para escuchar los susurros de Dios para aceptar siempre su voluntad. Y, sobre todo, el don de discernir para no errar con tanta frecuencia al imponer mi voluntad.

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¡Señor, hazme perseverante en la oración para vivir acorde con tu voluntad! ¡Envía, Señor, tu Espíritu sobre mi para que me otorgue el don del discernimiento, para seguir un camino recto, para tomar las decisiones más acertadas, para seguir los planes de Dios, para no confundirme en mis actitudes, para que todo lo que acontezca en mi vida sea dirigido y amparado por Él! ¡Señor, quiero que mi vida esté arraigada en la fe, sostenida por la confianza, llena siempre de Ti! ¡Ven, Espíritu de Dios, sobre mi, derrama tu gracia poderosa para que ser capaz de utilizar tus dones de forma adecuada, para vislumbrar siempre el bien en los momentos y las circunstancias complejas, para hacer siempre la voluntad de Dios, para abrirme siempre a Dios, para elegir acorde a sus planes y no a los míos, para trabajar siempre por Él, para alejar las tentaciones de mi vida, para buscar la madurez en mis decisiones y que estas no estén basadas en criterios caprichosos! ¡Ayúdame, Espíritu divino, a elegir siempre bien para no ofender a Dios! ¡Espíritu de Verdad te consagro todos mis pensamientos, mis acciones, mi espíritu, mi alma, mi cuerpo y mi corazón para que todo esté iluminado por Ti y me ayudes a entender que por medio tuyo me será más fácil tomar el camino recto y perfecto que me llevará a la salvación!

Enciende una luz, la luz de Jesús:

Manos vacías

Al comenzar la oración percibo que, de manera inconsciente, he abierto las manos y las tengo apoyadas sobre mis rodillas. Y, de inmediato, murmuro: «Mira mis manos, Señor, las tengo vacías con pocas cosas que ofrecer». Y, entonces, pregunto: «¿Cómo puedo llenarlas para presentártelas repletas?». La respuesta es sencilla, por medio de mi esfuerzo personal, con mi servicio, con mi entrega, para gloria de Dios y bien de los que me rodean. Es, en definitiva, la multiplicación de los talentos.
El esfuerzo cotidiano tiene como principio fundamental dar gloria a Dios, vivir cada día conforme a su voluntad y tratar de obtener lo mejor para los que conviven con nosotros. En la teoría, resulta sencillo. Otra cosa es vivirlo en lo práctico de la vida.
Como cristiano debo intentar transformar el mundo. Es en la santidad cotidiana, con el esfuerzo del día a día, como puedo hacer un mundo mejor. En mi condición de laico, en mi vocación de cristiano, he de lograr el reino de Dios gestionando de la mejor manera posible los asuntos temporales y ordenándolos según los planes y la voluntad de Dios.
Mi vida la santifico no renunciando al mundo sino entregándome cada día en cuerpo y alma a mi vocación: a mi vida conyugal, a mi paternidad a mi trabajo, a mi profesión, a mi trabajo pastoral, a mi servicio comunitario, a mi relación con los amigos… obteniendo el mayor rendimiento a un tiempo, un espacio, un lugar que Dios coloca en mis manos convirtiéndolo en instrumento de dignificación cristiana y humana.
Miro mis manos vacías, esas manos que un día se presentarán ante Dios. Son manos que alaban, que se agrietan por los esfuerzos cotidianos, que acogen y que sirven, que tienen que esconderse a veces por los pecados cometidos… pero son las manos que Dios me ha dado para que los talentos recibidos fructifiquen. No están vacías porque estas manos, en cierta medida, a pesar de mi pequeñez, se abren para acoger el espíritu de Dios.

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¡Padre, hazme ver, valorar, agradecer y trabajar siempre cuáles los talentos que me has regalado! ¡Señor, hazme ver lo que me pides cada día para dar más frutos al servicio del Reino! ¡Ayúdame por medio de tu Santo Espíritu a utilizar bien mis talentos! ¡Hazme ver, Señor, que si tu no estás conmigo ninguno de mis talentos brillará! ¡Hazme comprender que el desarrollo de los talentos implica iniciativa, descubrir cuáles son las cualidades que me has dado y saber ponerlas en juego! ¡Ayúdame a producir siempre buenos frutos fiado en Tu palabra y en tu compañía! ¡Que no olvide nunca, Padre, que eres Tu quien añade el incremento! ¡Que comprenda siempre, Señor, si mis manos dan fruto no es únicamente por mi esfuerzo sino por tu benevolencia! ¡Gracias, Padre, por los talentos recibidos; envía tu Santo Espíritu para que me otorgue el don de la sabiduría para vislumbrar aquellos galenos ocultos y los que crecen en mi cuando estoy cerca tuyo y de mi prójimo! ¡Te doy gracias, Padre, por todos aquellos que has puesto a mi lado y por todas aquellas situaciones que me permiten descubrir y desarrollar nuevos talentos! ¡Envía tu Espíritu, Padre, para que todas mis capacidades sepa ponerlas con amor y generosidad al servicio del prójimo y del necesitado para hacer un mundo más amable y ser parte de una iglesia más evangélica!

Con manos vacías, cantamos hoy:

Examinado de pobreza espiritual

Los católicos sabemos que las bienaventuranzas están en el centro de la predicación de Jesús. Establecen las condiciones para entrar en el Reino de los Cielos. La primera de ellas es crucial para un auténtico cristiano: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos». Impacta leerlo, vivirlo y experimentarlo.
Si está en primer lugar es porque para Dios es el punto de partida de la vida de cualquier hijo suyo. Sin pobreza de espíritu uno está, en cierta manera, alejado de la fe. La pobreza de espíritu nada tiene que ver con lo material… está relacionada con el corazón porque es una actitud espiritual.
Me examino hoy sobre esta cuestión que tanto agrada a Dios: ¿Me dejo cuestionar por Él? ¿Me permito volcar todo según su voluntad, sus necesidades, sus principios, sus planes… con el convencimiento de que nada me es propio y que Él me puede exigir cualquier cosa? ¿Soy capaz de salir de mi mismo para caminar según los designios de Dios? ¿Creo verdaderamente en Su Palabra hasta el punto de dejar de lado mis comodidades, mis costumbres, mis hábitos, mis faltas pasadas para ponerme en camino? ¿Soy plenamente consciente de que dependo única y exclusivamente de Dios? ¿Me doy cuenta de cuáles son mis limitaciones humanas o vivo en el orgullo de creerme fuerte y autosuficiente? ¿Me siento pobre ante Dios por mis faltas, por mis deficiencias morales, por la tibieza de mi fe, por mi amor tantas veces escaso y exiguo, por mis culpas, por mi miseria…? ¿Hasta qué punto le reconozco a Dios mi debilidad y mi pequeñez? ¿Confío realmente en Él, lo anhelo todo de Él, lo espero todo de Él, soy capaz de ponerlo todo en sus manos? ¿Estoy absolutamente disponible a hacer su voluntad? ¿Cuántas veces considero que por mi mismo me basto en esta autosuficiencia que me da mi formación, mis capacidades, mis conocimientos? ¿Me siento venturoso con mi vida espiritual y mis prácticas religiosas? ¿Cierro mi corazón a la codicia? ¿Soy capaz de dibujar en mi vida el rostro de Cristo y su caridad? ¿Soy capaz de asociar la gloria de su Pasión y de su Resurrección a mi vida? ¿Reconozco mi condición pecaminosa y me acerco humillado a Dios en la confesión?
«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos». ¡Impacta meditarlo para ser consciente de que me queda un largo camino para alcanzar el reino de Dios!

 

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¡Abre, Padre bueno, mis ojos y dame el entendimiento de que me encuentro en bancarrota espiritual porque estoy tantas veces alejado de Ti! ¡Envía tu Santo Espíritu a mi corazón para que me haga más consciente de mi necesidad de vivir la humildad y la sencillez y lo mucho que dependo de ti! ¡Desprende, Señor, todo orgullo que pueda haber en mi corazón, desátame de cualquier signo de avidez material, de riqueza o de poder! ¡Hazme solícito, Padre, al mensaje de tus Bienaventuranzas que nos legó Jesús para alcanzar el reino celestial! ¡Hazme, comprender, Señor, que sin pobreza de espíritu tendré una pobre vida espiritual! ¡Dame, Señor, un corazón pobre capaz de amar, servir, perdonar, ser misericordioso, para ser fuente de paz, alegría y de vida! ¡Dame un corazón pobre y sencillo que sea libre para recibir todo gratuitamente y darlo todo gratuitamente! ¡Aplaca, Señor, toda soberbia que haya en mi corazón, todo ego que se inserte en mi ser! ¡Hazme desprendido de todo lo que no es importante para poder presentarme pobre ante Ti que lo eres todo y lo puedes todo! ¡Ayúdame a caminar siempre en tu verdad! ¡Ayúdame a ser consciente de cuáles son mis limitaciones! ¡Ayúdame a comprender que dependo enteramente de tu amor grande y de tu misericordia infinita! ¡Hazme, Señor, agradecido por todos los dones y gracias que recibo de Ti! ¡No te pido nada más, Señor, que me ayudes a caminar con alegría por las sendas de la pobreza espiritual para convertirme en un auténtico cristiano, en un buen esposo, en un buen padre de familia, en un buen amigo, en un buen profesional, alguien que ame de verdad, que no soy propietario de las virtudes que tu me das, que me apoye siempre en el don de la fe que tu me regalas! ¡Ayúdame a desprenderme y descargarme de mi viejo espíritu para recibir con amor las cosas nuevas que tu me traes!

Pobre de espíritu, le cantamos al Señor, conscientes de tanta necesidad que tenemos de Él: