No amar tu voluntad; amar la voluntad de Dios

Hoy la Iglesia nos regala la festividad de uno de los grandes santos de la Iglesia: Ignacio de Loyola. Un hombre recio, valiente, perseverante, decidido que tiene el absoluto de Dios arraigado en lo más profundo del corazón; este es el secreto de la vida de san Ignacio de Loyola.

El encuentro con Cristo, después de haber sido herido en el campo de batalla, con una larga enfermedad que le obligará a una larga convalecencia, perturba por completo la vida de san Ignacio. Su nombre, de origen vasco, en sí es como el resumen de su secreto. Antes de comenzar a escribir he buscado el significado del nombre Ignacio porque pensaba que estaría vinculado al enfrentarse a los problemas y dificultades. Ignacio significa «el que surge entre las llamas» e Ignacio de Loyola era realmente un alma de fuego. Cuando el Señor, que también es un fuego consumidor, entró en su corazón, lo consumió completa y definitivamente. Este es el secreto de la vida de San Ignacio y esto es lo que comunicó a quienes se convirtieron en sus discípulos y sus compañeros. El fuego del amor de Dios que consume y ocupa todo el espacio, sin límites, sin dejar cabida a nada más.

Hay, en los Ejercicios de San Ignacio, que son un fundamento fructífero del misticismo de San Ignacio, en los cuales el alma se encuentra frente a Dios, en ese proceso de examinar la conciencia, de meditar, de contemplar, de orar mental y vocalmente, de disponer el alma, de hallar la voluntad divina en tu vida, la demanda constante a Dios: Señor lo que quiero y deseo. Esto también resume completamente el alma de San Ignacio y de toda la compañía de Jesús. La voluntad de Dios que se convierte en nuestra voluntad hasta el punto de que esto es lo que Dios quiere que pidamos porque es lo que Dios quiere que queramos. Este es el secreto que mantuvo vivo a San Ignacio. Hubo un tiempo en que Dios se le apareció, y él le dio todo, y desde ese momento no tuvo más voluntad que la del corazón de Dios.

Este es el significado de la obediencia de san Ignacio y de la Compañía que él fundó. Obedecer no implica convertirse en un esclavo, no es convertirse en una herramienta inanimada en manos de un jefe tiránico que, arbitrariamente, hace cualquier cosa con él, obedecer es hacer la voluntad del Único. Es no amar tu propia voluntad sino identificar totalmente el impulso más profundo de tu corazón con el impulso del corazón de Dios. Esta es la obediencia de Cristo a la voluntad de su Padre y esta es la obediencia del cristiano a la voluntad de Dios y esto es lo que san Ignacio nos muestra, de una manera maravillosa, y que todos debemos vivir, por nuestra parte y con nuestro propio temperamento, nuestra propia espiritualidad, nuestra propia sensibilidad: para asegurarnos de que el amor de Dios sea lo suficientemente profundo en nosotros como para que haya, tal vez no a primera vista, como san Ignacio, pero en cualquier caso de forma gradual y real, una identificación de nuestra voluntad con la voluntad de Dios, de nuestro deseo con el deseo de Dios, para que solo Él sea el primero en ser servido, Él solo el centro de nuestra vida y de la vida. Haciéndolo así me puedo dar entonces a los demás con un corazón lleno de Dios. «En todo amar y servir» la frase de san Ignacio que es mucho más que un lema. Y que hoy, en su festividad, quiero hacer también ejercicio de vida, ejercicio de amor para darlo a los que conviven conmigo, con los que trato y con los que me relaciono.

Hoy quiero que mi plegaria sean dos oraciones que tengo muy presentes en mi vida. Ambas son de san Ignacio de Loyola.

Oración de entrega, ideal para el inicio de la jornada y para orar después de haber recibido la Sagrada Comunión.

Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad; todo mi haber y mi poseer. Vos me disteis, a Vos, Señor, lo torno. Todo es Vuestro: disponed de ello según Vuestra Voluntad. Dadme Vuestro Amor y Gracia, que éstas me bastan. Amén.

Señor, Tú me conoces, aconsejada en el momento de iniciar la oración personal

Señor, Tú me conoces mejor  de lo que yo me conozco a mí mismo. Tu Espíritu empapa  todos los momentos de mi vida. Gracias por tu gracia y por tu amor  que derramas sobre mí. Gracias por tu constante y suave invitación  a que te deje entrar en mi vida. Perdóname por las veces que he rehusado tu invitación, y me he encerrado lejos de tu amor. Ayúdame a que en este día venidero  reconozca tu presencia en mi vida, para que me abra a Ti. Para que Tú obres en mí, para tu mayor gloria. Amén.

Correr hacia la tumba abierta

Esta pandemia con sus rebrotes, sus miles de infectados y muertos, con tantos negocios cerrados, con tantas personas pasando estrés, sufrimientos emocionales o precariedad económica me retrotrae de nuevo al día que vivimos la Resurrección de Cristo que cogió a la humanidad confinada en sus casas. Recordemos, sin embargo, que la tumba no estaba vacía sino abierta.

De hecho todo sigue abierto: la fe y, con ella y de manera especial, nuestro futuro. Nuestra vida. El nuevo reino.

Están abiertas, incluso, las tumbas de nuestra humanidad y con ellas el sufrimiento que ya no debería encerrarnos en nosotros mismos o aplastarnos. En esta epidemia mortal nuestra tierra y nuestros cielos, nuestras comunidades humanas y nuestras sociedades, siguen abiertas a la nueva Jerusalén.

Hoy la humanidad corre como Pedro y el otro discípulo, el que Jesús amaba, hacia la tumba que está vacía. Al verla el otro discípulo “ve y cree”. Recorre el camino de la oscuridad hacia la luz. Poco tiempo antes, Pedro, en el Huerto de los Olivos, con la resistencia de su corazón, había jurado fidelidad eterna.

Hoy, con nuestras vidas amenazadas, se nos exige confianza, fe, esperanza. Depende de nosotros ver y confiar en nuestra propia existencia, la de los demás, la de la humanidad también, ya no como una tumba vacía, sino como una realidad abierta. Vemos cuán vacía a veces es nuestra existencia; la vemos como una tumba vacía si no está animada por este Aliento de Vida, de Amor y de Esperanza. Y pienso que, en estos días, mucha gente así lo entiende y lo experimenta.

Moisés, mientras pastoreaba sus ovejas en el desierto, llevaba una vida vacía. Pero Dios le hizo ver y escuchar lo que Él mismo ve y oye: la miseria del pueblo y los gritos de la gente.  

Esta es la voluntad del Padre. Esto es lo que Jesús ve y oye en el Jardín de los Olivos: la inmensidad de este grito de sufrimiento que surge dolorido de toda la humanidad: la urgencia de una liberación radical, la urgencia de hacer viva la Pascua de la vida. Esa en la que Jesús se levanta para abrir el camino a la nueva Tierra y los nuevos Cielos, donde no habrá más llanto, ni luto, ni sufrimiento.

Ante estos tiempos de incertidumbre, de desasosiego, de desesperanza, de incertezas, de miedos, de sufrimiento… hay que correr hacia esa tumba vacía de la existencia y no hacer como los discípulos en Getsemaní, que abandonaron la lucha y huyeron. Depende de nosotros ver estas tumbas vacías como tumbas abiertas. Depende de nosotros ver y creer que el camino de Cristo en su Pascua, que dura toda la vida, es el camino, la verdad, la vida. Creer, esperar, confiar. Dejar que Cristo, maestro de la vida, nos levante con él. El aliento de la vida nos habita. Por eso deseo compartir con todos los que amo este aliento de vida, esta fuerza del corazón y dejar que amanezca cada día la esperanza en nuestra vida para no caer en la tristeza y en la desafección que esta pandemia trae a tantos corazones humanos.

¡Padre bueno, confío en tu amor y en tu misericordia, en tu justicia y en tu bondad y por eso te pido en este tiempo de incertidumbres y tanto sufrimiento que atiendas la súplica que te hago! ¡Te pido encarecidamente por todos los enfermos del mundo y por los que se han contagiado por el Covid, te pido por su sanidad, para que sostengas su espíritu y cures su enfermedad! ¡Tu, Padre, puedes detener la infección con un simple aliento; que esta sea tu voluntad! ¡Te pido por todas las personas vulnerables, por los que tienen miedo, por los que su estado de ánimo está al límite, por los ancianos y los niños, por los pobres, por los que no tienen coberturas médicas… hazte presente en su vida, Padre, y libéralos de todo mal! ¡Te pido por los que estamos sanos y fuertes para que nos des la protección para evitar la infección! ¡Te pido por la comunidad científica, dales la sabiduría para que encuentren el remedio a esta infección, para que sean capaces de encontrar un medicamento eficaz! ¡Te pido por todos los responsables en todos los ámbitos de la gobernanza para que tomen siempre las decisiones más acordes con el bien común y que sepan combatir esta pandemia con justicia y rectitud! ¡Te pido por los médicos y sanitarios para que sean instrumentos de tu amor y por todos los cristianos para que sepamos llevar tu evangelio de amor y de paz y transmitamos con nuestras palabras de esperanza la verdad de tu Buena Nueva! ¡Y para todos, Padre, danos la seguridad de tu amor y la valentía para no huir y abandonar la fe, la esperanza y la misericordia y no hacer como los discípulos que huyeron sin confiar!

Fe y esfuerzo personal

Me doy cuenta que en estos tiempos de incertidumbre dos cosas fundamentales me sostienen: la fe y la oración. Pero cuando más me adentro en la oración y abro mi corazón trato de evitar que la fe se convierta en el bálsamo de mis preocupaciones. No deseo que mi fe trate de adormecer mis virtudes humanas por mi soberbia espiritual o, simplemente, porque puedo llegar a pensar que orando Dios dispondrá.
Y no deseo caer en la tentación de tentar al Señor entregándole una preocupación, una incertidumbre, un cambio de actitud, un sufrimiento, una necesidad… y exigirle o esperar de Él el milagro inmediato. Sabemos que Dios hace milagros pero conforme a su calendario, no al marcado con una «x» en el calendario de mi voluntad.
Y es aquí donde debo poner además de mi fe y mi oración mi esfuerzo personal. Poner en marcha las virtudes connaturales que todos los hombres tenemos: la perseverancia, el esfuerzo, el sacrificio, la firmeza, el ánimo decidido, la valentía, la sabiduría, la entrega, la perspicacia, la constancia… necesito engrasarlas, ponerlas en marcha y no dejar que paren.
La fe es un estímulo que ayuda en los momentos cruciales de dificultad y de bonanza, que imprime carácter, que llena de alegría y esperanza, que robustece espiritualmente, que fortalece humanamente y que enaltece cristianamente, pero en ningún caso releva ni reemplaza las cualidades y las virtudes que atesoramos los seres humanos.
Tener fe es tener garantía de lo que se espera; tener certeza de las realidades que no se ven lo que te permite realizar grandes empresas y obtener las fuerzas para contraponer las dificultades que se abren en el camino. Cuando no hay fe, la vida está vacía. Por eso la fe te crea obligaciones adicionales: la de vivir en coherencia, en verdad, en un esfuerzo constante para crecer en santidad, aprendiendo a no lamentarse, a aceptar las consecuencias que sobrevienen, a no cometer imprudencias y desde la fragilidad y debilidad esperar la misericordia y la gracia de Dios.
Quiero convertir hoy mis pequeños logros cotidianos y mis pequeñas acciones de la jornada, mis gestos para con los demás, los trabajos que lleve a cabo en elementos que me permitan crecer en confianza para que la fe se afiance más en mi corazón y lo entienda como algo que es beneficioso para mi desarrollo humano, personal y espiritual.

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¡Señor, fortalece mi fe y ayúdame a crecer en santidad! ¡Concédeme la gracia de tener mucha confianza en ti, a no confundirla con esfuerzos exigentes para provocar que actúes en mi favor porque ya creo y confió por lo que hiciste por mi en la cruz! ¡Ayúdame a acrecentar mis virtudes humanas para ponerlos sobre el altar y me ayuden a crecer como persona confiando siempre en tu benevolencia y misericordia! ¡Te doy gracias, Señor, porque veo en mi vida tus manos de alfarero, como me moldeas, y todo lo que has hecho para mi bien que muchas veces me cuesta entender! ¡Señor, gracias por todo lo que has provisto para mi! ¡Hazme entender que eres Tu, Señor, el que tienes la última palabra en todo; que eso me haga entender que debo caminar seguro a tu lado, confiando siempre! ¡Que no olvide jamás que tu no te olvidas de mi, que quieres que haga las cosas bien, que me quieres proveer con tu gracia! ¡Señor, hoy quiero repetirte con el corazón abierto que todo lo puedo en Ti, que me fortaleces! ¡Sé que decirte esto no me aliviará de mis problemas y mis dificultades pero me llena de mucha paz, de enorme serenidad y de una gran confianza! ¡Señor, sé que buscas siempre lo mejor para mí, que eres el Señor de los desafíos, de los retos, de los esfuerzos pero también el de la victoria final, por eso sé, Señor, a que tu lado nunca seré derrotado por el desánimo, las dudas, las incertezas o la desconfianza! ¡Dame, Señor, la lucidez para vivir en coherencia contigo, con mucha fe, con mucha oración y poniendo a tu servicio mis virtudes humanas! ¡Gracias, Señor, por tu amor y tu misericordia, por sostenerme siempre, por ayudarme a dar lo mejor de mi y a superar todos los obstáculos que se presenten en mi caminar diario!

Padre, me abandono a Ti

Conmueve contemplar la agonía de Cristo en el Huerto de Getsemaní. Jesús enfrenta a su Padre su sufrimiento, en un combate espiritual de profunda intensidad. Es una lucha interna para aceptar la voluntad de Dios. Al decir sí a la voluntad del Padre en su alma y en lo más profundo de su corazón esta lucha será central en su Pasión, más importante incluso que la crucifixión y la muerte mismas.
Cristo viene con el poder del amor del que ya no puede deshacerse. También en nuestra vida hemos de enfrentar batallas, luchas cotidianas que requieren humildad para decir si interiormente y acoger en nuestra vida la voluntad de Dios.
Cristo logra la victoria sobre el mal cuando pronunció este desde lo más profundo de su alma mientras sus discípulos permanecían dormidos. Allí, en su soledad, solo le queda exclamar: “«¡Abbá! ¡Padre!: aparta de mí este cáliz. Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres».
Pero una vez ofrece su corazón al Padre y también a toda la humanidad, sus torturadores solo tienen su cuerpo por magullar y herir porque nada destruirá el amor de su corazón. Todas las torturas a las que se someterá no cambiarán su decisión firme de entregarse al Padre.
Todo se juega en el Huerto de los Olivos. Es la lucha entre el temor de Cristo como hombre y el amor que llega hasta el final. Cristo nos presenta la escuela del amor eterno. ¡Es impresionante, tremendo, conmovedor! Te permite entender que desde este momento somos vencemos sobre el pecado y la muerte al ponernos delante del Señor y junto a Él decir sí a la voluntad de Dios, ofreciéndole también nuestra vida. Con ello devuelves la sencillez de tu vida a Dios. Los cristianos ya sabemos que Dios es amor, que su misericordia es infinita… Pero ¿qué sucede si me entrego completamente a Él?
Esto es lo que hacemos al participar de cada Eucaristía; pedimos la fuerza interior para estar en comunión con la Pasión, la muerte y la Resurrección del Salvador; cogemos turno para cuando llegue el momento de confrontarnos al Padre, confiándonos plenamente en el Señor. La misa diaria y la dominical nos da esta fuerza interior. Es el pan de los fuertes, el pan para el viaje en el que un día estaremos invitados a repetir nuestro sí al Padre, cuando la verdad de nuestra vida quedará a la luz de su misericordia y de su amor.
Cada vez que compartimos el Cuerpo y la Sangre del Señor, acumulamos fuerzas internas para recibir esta voluntad de Dios en nuestras vidas. Y para ser una fuente de resurrección, de alegría, a través de este don de Dios.
En este miércoles santo, uniéndome a Jesús en su agonía de Getsemaní, me postro en oración humilde ante la mirada del Padre para que venga a desarraigar mi complicidad con el pecado, mis faltas de amor, de compasión, de paciencia, de perdón, mi soberbia o mi egoísmo, mis juicios ajenos… pedir que esta fuerza que viene Cristo me haga salir a su encuentro y me otorgue la gracia para resucitar con Él.

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¡Señor, quiero unirme a ti y permanecer despierto acompañándote en el huerto de los olivos! ¡Quiero, Señor, entrar en comunión contigo en estas horas que todo se pone a prueba y el sufrimiento es tan tremendo! ¡Te doy gracias, Señor, por tu sacrificio voluntario para librarme de mi pecado y mis infidelidades! ¡Me uno a ti en tu agonía, Señor, en la soledad de Getsemaní para que me enseñes a  aceptar la voluntad de Dios, y no me desaliente ante las tentaciones de abandonar cuando no me salen las cosas como tengo previstas! ¡Concédeme la gracia de abrazar siempre la voluntad de Dios sin ponerle nunca obstáculos a lo que Él tenga pensado para mi! ¡Al ver tu rostro afligido, Señor, permíteme ponerme a tu lado y velar contigo, para sentir tu amor, para amarte más, para aprender a sufrir, para alabar a Dios, para agradecer tantas cosas buenas que me suceden y comprender aquellas que no entiendo, para suplicar la voluntad del Padre, para escuchar el susurro del Espíritu, para no decir nada simplemente acompañándote! ¡Toca, Señor, ligeramente mi pobre corazón y llénalo de vida! ¡En este día, ayúdame a ser uno contigo para que mi voluntad humana encuentra su realización plena en el abandono de mi yo al Padre, para entender que mi voluntad humana debe estar orientada siempre a la voluntad divina, en mi «sí» a Dios! ¡Señor, tu sabes que soy de los que con frecuencia te abandonan, de los que les cuesta tomar decisiones, de los que la debilidad agrieta su vida, de los que no encuentran respuestas, de los que buscan y se tornan tristes si no encuentran, de los que la tentación les hace desertar, de los que a veces esperan de la oración y desesperan cuando no hay respuesta a mis palabras, de los que fracasan con frecuencia! ¡Pero hoy quiero mirarte, Jesús, sentarme a tu lado en Getsemaní, rezar contigo, acompañarte, arroparte, cuidarte! ¡No permitas que el miedo me aleje de Ti!

Hacer mío el «fiat» de la Anunciación

Hoy celebramos un día bellísimo: la fiesta de la Anunciación. Me situó en la escena: el ángel de pie junto a un zaguán y María arrodillada en actitud de oración, de escucha y de interioridad. En silencio humilde, en un acogimiento del corazón, María escucha del ángel que va concebir un hijo al que dará por nombre Jesús y al que se le conocerá como Hijo del Altísimo. Y María da su fiat. Se convierte así en la morada del Hijo de Dios. Para siempre, en un rol único y privilegiado. ¡Ser la Madre de Dios! ¡Qué privilegio!
Dios nos ofrece a Jesús al mundo a través de María, la sierva del Señor, y continuará permaneciendo espiritualmente en ella hasta el final de su vida e incluso hasta la gloria del cielo. María se define a sí misma como una doncella que se pone al servicio del proyecto de Dios. Al convertirse en la Madre del Salvador, la Madre de Dios, la Madre de la Iglesia, María, se presenta como una persona que sirve: responder a la voluntad de Dios es servir. Desde el pesebre en Belén al pie de la cruz, María se entrega por completo a su Hijo; este Hijo a quien ella seguirá hasta el final, en los momentos alegres de Caná, en los momentos dolorosos de la Pasión y en los momentos gloriosos de la mañana de Pascua. María, sierva del Señor, anuncia, de cierta manera, el camino que Cristo enseña de vivir no para ser servido sino para servir.
Y al pie de la cruz, la Madre de los dolores, se convertirá en nuestra Madre, ya que Jesús la entrega a toda la Iglesia diciéndole al apóstol Juan que nos representa a todos a los pies del madero santo: “He aquí a tu madre”.
El ‘sí’ de María, el día la Anunciación, definitivamente abrió la historia de la salvación a la venida de Dios a nuestra humanidad, a la Encarnación del Hijo de Dios en nuestra carne, a la presencia entre nosotros de la Palabra de Dios.
Hoy es un día hermoso. Y como María deseo aceptar plenamente la palabra de Dios en mi corazón, recibir con alegría las buenas noticias de Dios, aquellas promesas de que todo se hará realidad en mi vida. Aceptar la Palabra de Dios no es simplemente dejarla sonar en mis oídos y luego olvidarla, sino, seguir a María, dejar que se forme en nosotros y en nuestro corazón. Y como María quiero decir: ¡Hágase en mi según tu palabra! ¡Cuánta confianza en estas palabras de María! ¡Qué confianza en esta ilimitada acogida de todo lo que Dios le pide: convertirse en la madre de Aquel que reinará para siempre y cuyo reinado no tendrá fin! Si hay una actitud profunda que caracteriza a María, es su confianza en Dios, una confianza que quiero incrustar en mi corazón. Frente a las cosas que van más allá de Ella, que la preocupan o la cuestionan, María no pierde la confianza sino que medita y guarda en su corazón todos estos eventos. El corazón de María es un corazón creyente y confiado, incluso cuando es traspasado por el dolor. Ella siempre permanece fiel hasta el final, fuerte en su fe y en la misericordia de Dios. ¡Cuanto tengo que aprender de María!
En esta fiesta de la Anunciación, hago mío el “sí” de María y aprender a decir “sí” a la venida de Cristo en mi vida. Siguiendo a María, siempre me atreveré a decir “sí” al plan de Dios colocándome como ella el delantal del servicio, escuchando la Palabra de Dios y atreviéndome a seguir adelante, en caminos a menudo difíciles y desconocidos, en confianza, a donde el Señor me guíe porque nada es imposible si caminas de la mano de María y de la sombra invisible de Dios.

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Hoy mi oración es el canto pausado y sereno del Magnificat:

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí;
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.
El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abrahán y su descendencia para siempre.
Gloria al Padre y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
Por los siglos de los siglos. Amén.

Coronavirus y vida cristiana

Me uno con el corazón abierto a este momento de incerteza que vislumbramos con la expansión mundial del coronavirus por todo el planeta. En primer lugar es interesante apuntar que sucede en un momento de introspección y de desierto vital, el tiempo de Cuaresma. Un tiempo en el que uno está abierto a la esperanza y al optimismo. Un periodo en el que hay que abrir el corazón para demostrar que tenemos fe y esperanza en el Creador. Él, que lo tiene todo en sus manos, es plenamente consciente de lo que estamos viviendo porque algo positivo querrá obtener de estos momentos de incertidumbre a los ojos de los hombres. Uno puede preguntarse: ¿por qué Dios permite que suframos una crisis como esta si somos sus hijos amados? Esta crisis actual nos pone en alerta, pero todo creyente debe enfrentar las adversidades con una plena confianza en el Señor.
Se nos invita a permanecer “encerrados”. Es un encierro vital que, en el templo de nuestros hogares, podemos convertirlo también en un espacio de oración en silencio, de encuentro con la familia o con el prójimo poniéndonos a su servicio, de conversación, de lectura, de meditar junto al Señor su Pasión. Y también de leer, de aprender o de disfrutar de aquellos hobbies que teníamos abandonados… Es un tiempo para aprender a “convivir” sirviendo, amando y perdonando. Es un tiempo para aprender a depender de la voluntad de Dios, a dejar que Él cumpla sus propósitos, a crecer humana y espiritualmente ante la adversidad, para purificar nuestro corazón y nuestra vida, para reordenar nuestras prioridades vitales, para redefinir nuestras necesidades, para darse a los demás, para orar por las necesidades del prójimo, para animar a los que están desanimados, para compartir bendiciones con los demás y, sobre todo, para poner toda nuestra confianza en el Señor.
Es un tiempo de crisis mundial que nos pone a prueba pero también es un tiempo que nos ayuda a darle un sentido evangélico a nuestras vidas. Cualquier periodo de  adversidad no cogen nunca a Dios por sorpresa. Él es sabedor de todo lo que sucede en nuestro planeta y todo lo que ocurrirá en el devenir de los tiempos porque es Él quien los ha ideado para ver cumplidos sus propósitos eternos, redentores y, sobre todo, como medio para su glorificación. Las circunstancias que atravesamos pueden ser muy dolorosas y difíciles, pero en ningún caso deben robarnos la paz interior porque cualquier circunstancia que nos hace depender de Dios es, en realidad, una gran bendición. Viéndolo así creceremos espiritualmente y caminaremos junto a Jesús que es nuestra esperanza y la roca sobre la que sostener el pilar de nuestra fe.

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Hoy la oración es del Papa Francisco, escrita para este tiempo en el que coronavirus está causando tanto dolor en tantas familias del mundo:

Oh María, tú resplandeces siempre en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza.
Nosotros nos confiamos a ti, Salud de los enfermos, que bajo la cruz estuviste asociada al dolor de Jesús, manteniendo firme tu fe.
Tú, Salvación de todos los pueblos, sabes de qué tenemos necesidad y estamos seguros que proveerás, para que, como en Caná de Galilea, pueda volver la alegría y la fiesta después de este momento de prueba.
Ayúdanos, Madre del Divino Amor, a conformarnos a la voluntad del Padre y a hacer lo que nos dirá Jesús, quien ha tomado sobre sí nuestros sufrimientos y ha cargado nuestros dolores para conducirnos, a través de la cruz, a la alegría de la resurrección.
Bajo tu protección buscamos refugio, Santa Madre de Dios. No desprecies nuestras súplicas que estamos en la prueba y libéranos de todo pecado, o Virgen gloriosa y bendita.

¡En todo lo que hago, Dios por delante!

He leído en un medio norteamericano una entrevista a Patrick Mahomes, quarteback de los Kansas City Chiefs, equipo ganador de la Super Bowl al derrotar al favorito en la final, los San Francisco 49ers. Me llamó la atención el titular de la entrevista: «En todo lo que hago, siempre pongo por delante a Dios».
Mahomes está considerado el héroe de la gran final, el jugador que encaminó a su equipo a la victoria. Minutos antes de iniciarse el encuentro un periodista de CBN Sports le pidió una reflexión del partido. Mahomes respondió: «En mi pecho tengo grabado los versículos 4-6 del Salmo 23 de la Biblia. Todo lo espero». ¿Qué dicen estos tres versículos? «Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo: tu vara y tu bastón me infunden confianza. Tú preparas ante mí una mesa, frente a mis enemigos; unges con óleo mi cabeza y mi copa rebosa. Tu bondad y tu gracia me acompañan a lo largo de mi vida; y habitaré en la Casa del Señor, por muy largo tiempo».
Mahomes lideró a su equipo, logró una remontada histórica, y se convirtió en el MVP del partido. Al concluir la final, fue entrevistado de nuevo. Ante millones de espectadores, se estima que solo en Estados Unidos siguieron el evento más de ciento ochenta millones, Mahomes hizo una profesión de fe extraordinaria: «Dios es la fuente de mi éxito. Todo lo que hago cada día es por Él que me ayuda a vivir de la manera correcta; haciendo lo que Él quiere puedo salir al campo con la cabeza bien alta y ser la persona que él espera. A lo largo de mi vida Dios me ha bendecido por eso trato de ponerle siempre en primer lugar y glorificarlo en todas mis acciones».
En este mismo equipo juega Stefan Wisniewski, quien a mitad de temporada había sido despedido de los Philadelphia Eagles. Puso su futuro profesional en manos de Dios y logró un breve contrato con los Kansas City Chiefs. A él también le entrevistaron en directo y estas fueron sus declaraciones: «En la vida has de seguir la voluntad de Dios. Y su voluntad ha sido que estuviera con los Chiefs durante cinco semanas. Para mí se convirtió en un auténtico desafío pero la presencia de Dios en mi me ha servido de apoyo. Durante este tiempo he confiado en Él y no he parado de alabarle. El sabía cuáles eran mis deseos y me ha ayudado a levantarme; hizo que mi lugar fuera humillarme ante Él y aquí estoy, jugando el sueño de la final de la Super Bowl. Todo ha sido por la voluntad de Dios».
Dos testimonios de dos profesionales abiertos a la voluntad divina. Dos creyentes con la capacidad de entender que hay un pasado, un presente y un futuro que depende de lo que Dios hace en nuestras vidas. Y con la grandeza de testimoniarlo.
La característica de estos dos corazones humanos es su confianza, su obstinación para que se haga en su vida la voluntad de Dios. Cuando el corazón es noble, el alma se sintoniza con el corazón divino, y unidos es posible lograr cosas extraordinarias. Cuando abandonas tus intereses y planes egoístas, tu vida sin ideales ni propósitos, y dejas que quien te sostenga y te guíe sea Dios, la gloria de su presencia llena de bendiciones tu vida. Y aquello que tanto deseas se obtiene al tiempo perfecto de su santa voluntad. ¡Gran lección la de estos dos jugadores profesionales que me debería aplicar con más frecuencia!

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¡Señor, me abro a tu voluntad aunque tantas veces me obstine en seguir mis propios intereses! ¡Me entrego a ti, aunque tantas veces me cueste detenerme y comprender que esperas de mi! ¡Señor, me entrego a ti para que tomes en tus manos mi porvenir, mis quehaceres cotidianos y los tiempos de mi vida! ¡Señor, creo en ti por eso quiero ver los cielos abiertos a mi alrededor; confío en ti, por eso quiero ver en mi vida tus propósitos perfectos; espero en ti, por eso anhelo en mi vida tus planes eternos! ¡Concédeme la gracia, Señor, de comprender que tu eres la luz que me ilumina y el resplandor que todo lo alumbra en lo cotidiano de mi vida! ¡Concédeme la paciencia para recibir tus dones y la sabiduría y la gracia para vivir de acuerdo con tu voluntad siempre amorosa! ¡Concédeme, Señor, la gracia de entender lo que quieres y como obras en mi para que todo se haga según tu perspectiva y no desde la mía, tan humana y tan terrenal! ¡Ayúdame siempre a abrir el corazón para que se llene de tu santa voluntad y se inunde de tu amor misericordioso y diga siempre sí a tu voluntad! ¡Reina, Señor, en mi interior para que seas tu el que gobierna en mi ser y no me deje gobernar por mi egoísta voluntad!

Vivir una vida exprés

Al comenzar el año existe la tendencia de llenarse de grandes propósitos. Adelgazar e iniciar esa dieta milagro que te dejará el cuerpo de modelo de pasarela. Apuntarse al gimnasio para estar en forma. Aprender un idioma para relacionarse con otros. Así un largo etcétera. Muchos de estos propósitos se quedan en el camino rápidamente. No creo en los propósitos exprés. No creo en estas dietas que te prometen adelgazar a base de poco esfuerzo. No creo en la regularidad de llevar una vida de ejercicio en el gimnasio sin exigencia. Como tampoco creo en la vida sin esfuerzo, sin sacrificio, sin entrega, sin disciplina, sin orden, sin entrega, sin perseverancia ni constancia. La vida es compromiso y un continuo vencer obstáculos y dificultades.
Este compromiso exige que mi vida cristiana no sea una vida exprés. Exige orden, recogimiento, entrega, perseverancia, constancia; exige no dejarse doblegar por el desánimo, la apatía o el desaliento. La vida cristiana requiere dar mucho para recibir también. Exige mucho compromiso, rectitud e integridad, gestos que surjan de un corazón que ama, un corazón humilde y sencillo, que testifiquen que Cristo vive en el yo interior y ese vivir te permite testificarlo en tus gestos, en tus palabras, en tus sentimientos, en tus comentarios, en la cotidianidad de la vida. La sociedad nos lleva a vivir de la comodidad y de manera exprés, en lo inmediato sin ahondar en lo que es esencial, pero como cristiano no puedo acomodarme a la comodidad de la vida porque cuando lo hago acomodo mis valores y mis principios a lo que la sociedad demanda y no a lo que Cristo anhela.
Vivir en cristiano no es vivir una vida exprés dejándote llevar por el hedonismo imperante, por el individualismo insultante, por el materialismo agobiante, por el egoísmo lacerante. No es dejarse manipular por los medios y la opinión ajena. Eso es lo sencillo y fácil. Pero también lo que te aleja de la verdad.
Vivir en cristiano es vivir una vida en coherencia con el Evangelio, vivir de acuerdo con la voluntad de Dios, vivir la Buena Nueva de Cristo. Vivir así no es vivir de manera exprés porque exige esfuerzo, mucho compromiso y mucha vida de oración. Al comienzo del año me propongo continuar con alegría y esperanza mi dieta milagrosa de la Eucaristía, acudir cada día al gimnasio de la oración para vigorizar mi pobre vida interior y aprender por medio del Espíritu Santo los idiomas del alma que me permiten acudir al prójimo para servirlo hablando su lenguaje y también alimentarme de la Palabra.
Vivir una vida exprés es lo fácil, vivir una vida cristiana ya no es tan sencillo. Pero uno vive más feliz, más entregado, más lleno, más confortado, más vigoroso, más alegre y más lleno de Dios. ¿No es una opción que vale la pena?

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¡Señor no quiero vivir una vida cristiana exprés sino una vida que ahonde tu presencia en mi corazón! ¡Quiero vivir en comunión contigo, Señor! ¡Envía tu Espíritu, Señor, sobre mí para que pueda vivir una vida acorde que te agrade siempre, que me permita estar preparado para realizar buenas obras que testifiquen que vives en mi! ¡Concédeme la gracia de vivir de acuerdo con tu Palabra para que me guíe en el camino de la vida, para ganar en sabiduría que tanto necesito para transitar en el día a día, para enriquecer mi devoción a ti, para ganar sentido común, para fortalecer mis relaciones con el prójimo, para llevarlo todo a la perspectiva tuya no la de mi propio yo! ¡Concédeme la gracia de llevar una vida oraste que me permite crecer interiormente y llevar el peso de mis aflicciones pero también para salir al mundo y ser testimonio de tu verdad en mi entorno familiar, social o profesional! ¡Que mi vida sea una consagración a Ti! ¡Envía tu Espíritu sobre mi, Señor, para que enseñe a perseverar, que me guíe en mi caminar y me fortalezca en mis tiempos de necesidad y de avanzar, para que sea mi consejero y me ayude a comprender la verdad revelada por Ti! ¡No permitas, Señor, que lleve una vida exprés sino una vida comprometida contigo y con los demás! ¡Una vida que acreciente mi compresión por las cosas que vienen de Ti, y me permitan adorarte, aprender y servir! ¡Que mi vida no sea una vida exprés sino una vida de servicio a los demás como manera de servirte a Ti y testificar que vives en mí! ¡Que mi vida no sea una vida exprés sino que mi corazón se llene siempre de tu presencia porque quiero ser hechura tuya! ¡No permitas, Señor, que las dudas me atenacen, que las incertidumbres me venzan, que el hedonismo, el materialismo y el individualismo me derroten! ¡Que sepa ver, Señor, que tu gracia es suficiente para enfrentar las demandas de cada nuevo día! ¡Que sepa ver también, que los contratiempos, los problemas, las dificultades o cualquier experiencia de sufrimiento tienen una perspectiva nueva cuando tu te haces presente en mi vida! ¡Acrecienta, Señor, mi fe para que pueda descubrir el poder, el consuelo y la fortaleza del Padre en todas y cada una de las experiencias de mi vida! ¡Y que mi vida exprés no me deje llevar por las tentaciones y me detenga en ellas, ayúdame a tener entereza para vencer la tentación, por medio de la oración, del conocimiento de tu Palabra y con una vida eucarística plena!

Como un pastorcillo de Fátima

Último sábado de enero con María, Señora del Rosario y de la Confianza, en nuestro corazón.
Prometí a mi hijo pequeño, gran devoto de María, llevarlo un día a Fátima. Desde ayer, coincidiendo con el año del centenario de las apariciones, nos encontramos los dos, unidos padre e hijo en oración, en este pequeño pueblo de Portugal siguiendo la estela de María. Llevábamos preparando con ilusión el viaje desde que compré los billetes y reservé la hospedería en el mes de noviembre. Vimos un película sobre las apariciones, rezamos el Rosario, hemos ofrecido sacrificios por la conversión del mundo, hemos profundizado en el mensaje de María y con enorme alegría estamos en el centro de nuestra peregrinación humana y espiritual.
Me siento lleno de María. Me complazco felizmente en ver este lugar como una escuela maravillosa de fe en el que María es la auténtica maestra. Caminando por los caminos que condujeron a los pastorcillos hasta el encuentro con Ella se revela de nuevo en mi corazón la belleza de la oración, de la fe, del esperar en María y desde María en Jesús. Se reafirma en mí la auténtica y valiosa experiencia de este santo lugar donde vivencias la presencia amorosa y misericordiosa de Dios en tu propia vida.
Regresando pausadamente por uno de los caminos cercanos al Santuario, entre la belleza del paisaje, mi hijo me dice: «¡Papá, te das cuenta que somos como los pastorcitos a los que la Virgen y Dios nos aman mucho!». Me siento profundamente conmovido. Un niño de apenas doce años, casi la misma edad que tenía Lucía cuando le habló por primera vez la Virgen, me ha transmitido de nuevo la dimensión del amor de Dios. Efectivamente, somos tan pequeños como esos pastorcillos, amados por el Dios del Amor, el amor que transforma, vivifica y mueve el mundo. Un amor que pasa también por María que nos invita a la conversión profunda de nuestro corazón para vivir el conocimiento de ese amor puro y dadivoso que viene del Padre, señor y dador de vida.
Y no solo eso. Me permite comprender que hemos de ser como esos partorcillos que, sin formación intelectual, se movían en la pequeñez de su vida con un corazón sencillo abierto a la gracia, que vivieron sin miedo al que dirán y a la persecución, que fueron coherentes con la fe recibida de sus padres, que confiaron en María, la Señora de la Confianza y del sí a la voluntad divina. Y lo hicieron porque en María se puede confiar siempre, porque la Virgen no falla nunca, no abandona nunca, siempre te cubre con su manto maternal.
Está siendo para mí una profunda experiencia de fe peregrinar con mi hijo pequeño. Me transmite con su sencillez su amor por María. Lo miro caminar alegre, confiado, esperanzado, lleno de fe, por el recinto del Santuario y sus aledaños participando en las ceremonias y siento que con el gozo de su preparación me hace ver que a Jesús se llega por María.
No puedo más que elevar mi plegaria a Dios y la Virgen y darle gracias por mis hijos, por la esposa que me los ha dado, por mis padres y mis abuelos que me han llevado a la fe, por todos aquellos que caminan conmigo en el camino de la Iglesia y por los miles de lectores de esta página que me permite intensificar cada mañana mi oración confiada. Todos se encuentran estos días a los pies de María y pido con fe y esperanza para que, como hizo con los pastorcitos, transforme nuestros corazones, los haga pequeños y nos permita vivir acorde con los valores del Evangelio.

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¡Maria, me consagro a tu Inmaculado Corazón y te ofrezco a todos los que quiero! ¡Te ofrezco, María, a los que no aman a tu Hijo, a los que lo vilipendian, a los perseguidores de los que tienen fe, a los pecadores que no se arrepienten! ¡Concédeme la gracia de vivir mi vida en la voluntad y las leyes divinas, siendo obediente, puro y virtuoso! ¡Concédeme la gracia de la pequeñez y la humildad para ser un pastorcito moldeado por las manos amorosas del Padre! ¡Ayúdame a caminar directo hacia el cielo! ¡Ayúdame a convertir mi corazón, a alejarme del pecado, a vivir una vida santa! ¡Y como tu nos pediste, exclamo: Jesús mío, perdónanos, líbranos del fuego del infierno, lleva todas las almas al cielo, especialmente las más necesitadas de tu divina misericordia! ¡Ayúdame a soportar en tu compañía todos aquellos sufrimientos que me sobrevengan y aceptarlos con esperanza y como reparación de los pecados que dañan el corazón de Jesús! ¡Hazme, María, apóstol del Santo Rosario para contemplar en cada misterio la vida de tu Hijo! ¡Hazme una persona de oración! ¡Me entrego a tu Inmaculado Corazón, Madre, y te pido una fe viva, humildad de corazón, sencillez de vida, sabiduría para conocer y amar a Tu Hijo y por Él al prójimo, paciencia para sobrellevar las dificultades y gracia para servir a los demás! ¡Inmaculado Corazón de María, en ti confío! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

El amor es, sobre todo, detallista

Tercer sábado de enero con María, la mujer de los pequeños detalles, en lo más profundo del corazón. De María aprendes a ser fiel en lo pequeño, constante en las cosas sencillas. La Virgen es la mujer que da relevancia a las cosas ordinarias, a los detalles impregnados de amor que acompañan los gestos cotidianos. El detalle es la filigrana de las acciones cotidianas porque una obra sin detalles precisos es una obra inacabada.
De la mano de María comprendes que toda obra de amor hacia el prójimo tiene que estar impregnada del pensamiento en el otro, del aprecio, de la adivinación de sus necesidades, del cariño, de la sorpresa, de la paciencia, de la aceptación de su particularidad, del sufrimiento e, incluso, del sacrificio.
De María aprendes que, por encima de todo, el amor es esencialmente detallista. Su vida, desde el sí obediente a la voluntad del Padre hasta la unión con el coro apostólico en Pentecostés, pasando por Caná de Galilea, en su vida de oración, en su visita a su prima Isabel, en su vida cotidiana de Nazaret, en su Purificación en el Templo, en la búsqueda del Niño en Jerusalén, en el camino del Calvario y su firmeza ante la Cruz es un camino de santidad impregnada de detalles del amor. He aquí otra de las grandes enseñanzas de la Virgen para este día, que la santidad está repleta de un catálogo repleto de pequeños detalles. Ejemplo para imitarla cada día.
Los detalles delicados de María se contemplan también en su consagración a Dios, en su vida de recogimiento interior, en su unión con Dios por medio de la oración, en su confianza ciega en Él.
Hoy le pido a María que en lo sencillo de mi vida me permita imitarla en los pequeños detalles para hacer la vida de mis prójimos más alegre, más vivaz, más cómoda, más unida a Dios. Que impregne cada uno de mis gestos y acciones de amor, de un amor detallista, un amor que detalle el verdadero valor de mi vida apartando de mi corazón el amor propio, poniendo en todo alegría, generosidad, humildad, paciencia, prontitud, constancia. Impregnarlo todo de pequeños detalles que dejen la impronta de Dios en el otro aunque me encuentre cansado, abrumado por los problemas, aunque me cueste, aunque me duela, aunque no me apetezca.
¡Qué fortuna que María sea el modelo supremo en quien mirarme! Contemplándola a Ella, observando la delicadeza de sus detalles, tengo un buen espejo donde inspirarme para que todo lo que haga esté revestido de un amor servicial a la medida que Dios gusta.

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¡María, Madre, acompáñame en mi camino cotidiano para impregnarlo todo de detalles llenos de amor que surjan de un corazón alegre! ¡Guíame, Madre, en mi camino hacia la santidad llenándolo todo de pequeños gestos llenos de amor que hagan agradable y feliz la vida de quienes me rodean! ¡Hazme como la viuda pobre que dio generosamente todo lo que tenía por amor a Dios! ¡Ayúdame a ser como Tu que sabías leer el corazón de las personas para acudir en su ayuda y llenar su vida de gestos y detalles de amor! ¡Hazme ver, María, que mi santidad no depende de la grandeza de mis actos sino de la intensidad del amor que ponga en ellos a tu imagen y semejanza! ¡Ayúdame a imitarte en todo, Madre, para convertir las cosas ordinarias de mi vida en un canto al amor impregnándolo todo con gestos de entrega y generosidad gratuitas! ¡Que mis actos estén llenos de ternura y amor como los tuyos y tengas siempre muy presente la presencia de Dios! ¡Que mi vida, María, sea ir al encuentro de Jesús a través de tu intercesión para mis gestos y acciones cotidianas no estén manchados por el amor propio, la soberbia y el egoísmo! ¡Ennoblece, Virgen santa, todas mis pequeñas acciones para hacerlas santas! ¡Y ayúdame a poner cada una de mis acciones ante el altar de la Eucaristía para poner todo lo soy y lo que ofrezco al otro en manos de tu Hijo y sean elevadas ante el trono majestuoso del Padre!