¿Estás orgulloso de mí, Jesús?

Cuando te acuestas por la noche el examen de conciencia es un repaso minucioso a tu comportamiento en la jornada. Es poner en el libro de la vida el repaso de tus acciones buenas y malas. Ser consciente de que cada caída es una oportunidad para levantarse. Para no desfallecer. Para seguir adelante. Para poder ganarme la alabanza de Dios por aceptar su voluntad. Para hacer de mi existencia un acto de amor al Padre. Para no desfallecer en el seguimiento de Jesús. Para cumplir, sin remilgos ni excusas, su Voluntad.
Ayer al cerrar los ojos solo pensaba en sí Jesús puede estar orgulloso de mi. Si el rol que me ha asignado en este vida lo cumplo conforme a su voluntad. Si a pesar de mi pequeñez puedo escribir con letras de oro en el libro de mi vida. Si todo lo que hago es verdaderamente por amor, por amor a Él y a los demás o no soy más que un títere que se mueve al albur de los intereses personales, de los aplausos ajenos.
Al cerrar los ojos solo espero que Jesús pueda estar orgulloso de mi porque mi oración es sencilla y humilde pero honesta, abierta al amor; porque mi vida es testimonio del Evangelio que Él nos dejo; porque mis comportamientos, mis palabras, mis sentimientos son un reflejo de su presencia en el mundo; porque no me dejo llevar por el qué dirán o el qué pensará de mi; porque mi participación en la Eucaristía es un canto de amor al misterio de su Pasión; porque estoy dispuesto a cumplir su Voluntad para gloria de Dios.
Al cerrar los ojos la pregunta que revolotea sobre mi es: ¿Puedes estar orgulloso de mí, Señor?

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¡Señor, es tu misericordia la que me sostiene cuando pienso que voy a caer! ¡Concédeme la gracia, Señor, de tener la capacidad de escucharte en lo profundo de mi corazón, con el alma abierta y dispuesta a entregarme a Ti, con el corazón dócil a tu voluntad y siempre abierto a las inspiraciones que vienen del Espíritu Santo! ¡Señor, no puedo caminar solo por la vida, necesito de tu ayuda y de tu entrega, necesito de la fuerza que viene de tu Santo Espíritu y del poder de acoger con humildad cada una de las gracias que me regalas! ¡Señor, no permitas que me desvíe del camino porque quiero que te sientas orgulloso de mi; no quiero que por mis debilidades te abandone y te niegue! ¡Concédeme, Señor, la gracia de dejarme conducir por tu gracia! ¡Señor, hazme consciente de mi pequeñez, de que soy un pecador, de que mis faltas me alejan de ti, por eso pido al Espíritu Santo que me dirija, me de la luz y me guíe por el camino del bien! ¡Señor, quiero serte fiel, quiero confiar siempre en Ti, quiero cumplir tu voluntad! ¡Señor, soy plenamente consciente de que seguirte a Ti implica entregarse por completo, sacrificando muchas cosas de las que me apetecen pero no me convienen, ayúdame a despojarme del egoísmo que me cubre, del orgullo que me mata y de todos aquellos defectos que me impiden entregarme a Ti por auténticamente! ¡Señor, en ti confío!

Un pequeño Dios nacerá, canto de Adviento:

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¿Qué necesidad tienes de esperar?

Terminé de leer hace unos días un libro sobre conversos del siglo XX. En uno de los capítulos, a pie de nota, destacaba una frase de san Agustín sobre la conversión: «Si ya te has decidido, ¿qué necesidad tienes de esperar? El momento es ahora; no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy».
Pienso con frecuencia lo que implica convertirse a Cristo, ser auténtico cristiano. Es algo para hoy, no para mañana. En el posponerlo al mañana pueden pesar muchas cosas. Convertirse en el hoy es tomar conciencia de lo que es amar, sufrir por los demás, servir al prójimo y estar sensibilizado por la pasión del Señor para aprender a cargar con la Cruz. Pero, sobre todo, convertirse supone cambiar de vida y la manera de comportarse porque el encuentro con Jesús te hace consciente de que no puedes centrarte en ti mismo sino seguir a Jesucristo y vivir por los demás. Convertirse a Jesús no puede aparcarse para mañana porque la auténtica conversión del corazón nunca puede esperar. Cuando pospones tu sí al Señor corres el riesgo de abandonar tu decisión porque el principe del mal se ocupa de utilizar todas las artimañas que están en su poder para debilitar tu voluntad.
¿Qué necesidad tienes de esperar? Esta pregunta de san Agustín te remite a la respuesta. La conversión es un proceso cotidiano, una implicación del corazón y del alma hacia el único destino que es válido: la cercanía con el Señor. El encuentro con Él. El anhelo de vivir por Él y con Él. Pero este proceso no depende de uno mismo; hay que orarlo, trabajarlo y pedirle al Espíritu Santo el gran don de la conversión porque, en definitiva, la conversión interior es un obsequio que Dios otorga al hombre por medio de Jesús, entregado a la humanidad para redimirnos y mostrarnos donde se encuentra la vida verdadera.

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¡Señor, permite que el Espíritu Santo obre en mi corazón pecador y frágil para que tu mismo crezcas en mi interior y se produzca en mi una profunda transformación del corazón, una auténtica conversión! ¡Concédeme la gracia de llenar mi corazón de tu bondad, de tu amor, de tu humildad y de tu misericordia! ¡Lléname de la gracia para saber acoger siempre lo bueno y lo correcto y despreciar lo que me aparta de Ti! ¡Fortaléceme para una auténtica conversión, para no dejarme llevar por las artimañas que me presenta el demonio y dame la sabiduría para ser testimonio de tu verdad! ¡Concédeme la gracia de una vida virtuosa y pura, bondadosa y servicial, que desprecie los placeres mundanos y abrace los anhelos de tu Sagrado Corazón! ¡Señor, tu conoces mi pasado y mi presente, lo que he sido y lo que soy, mi disponibilidad y mis abandonos, mi fortalezas y debilidades, mis virtudes y mis defectos, mis capacidades y mis limitaciones, ayúdame a que lo positivo prevalezca sobre el mal! ¡Ayúdame a cambiar lo que deba ser cambiado, a convertirme en lo que Tú anhelas que sea, a vivir acorde con tus mandamientos y vivir con la luz de tu verdad y de tu amor! ¡Ilumina, Señor, por medio de tu Santo Espíritu mi corazón, mi alma, mi mente y mi entendimiento para que en cada una de las situaciones de mi vida actúe como actuabas Tú, piense como pensabas Tú, sentir como sentías Tú, querer como querías Tú y vivir conforme a tu vivir!

Me abandono en Ti, cantamos hoy:

¿Qué me transmite hoy la escena de la Anunciación?

Lo que a lo largo de los siglos ha provocado admiración y fervor espiritual por el arte cristiano hoy no evoca absolutamente nada a la mayoría de nuestros contemporáneos debido a que la cultura postcristiana carece de profundidad espiritual. Hoy celebramos la Solemnidad de la Anunciación del Señor y el arte nos ha dejado bellísimos cuadros que presentan a una joven profundamente conmovida inclinándose ante un ángel para recibir el mensaje de Dios. Estas hermosas imágenes me invitan a una reflexión: ¿Qué me transmite hoy la escena de la Anunciación? ¿A que me invita este poema del amor de Dios, esta pieza armoniosa de la bondad divina?
En primer lugar a creer. A cuestionarme mi propia fe, a tratar de no convertirme en un creyente ingenuo que dude ante la búsqueda de la verdad. A tener una fe alegre, confiada, aceptándolo todo sin preguntar el por qué, una fe que me permita abordar todas las preguntas con el corazón abierto, sin tener miedo a abrirme a la voluntad de Dios. Acaso no preguntó María: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?», respuesta que le permitió al ángel reforzar el misterio divino: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra… porque para Dios nada hay imposible». ¡Para Dios no hay nada imposible! Y ese imposible se puede hacer real en mi propia vida si acudo con fe a Él.
En segundo lugar que la Anunciación transmite algo totalmente novedoso que sucede en Jesucristo, que hace no más de una semana ¡ha resucitado y vive en nuestro corazón! Que lo más extraordinario, lo más maravilloso, lo más excepcional, es que esta fecundidad espiritual íntima y personal está llamada a ser compartida, a multiplicarse. Porque al igual que la Resurrección es un ¡aleluya! que hay que anunciar la Anunciación es la celebración del amor de Dios que hay que expandir. Un misterio que exige humildad y me invita a decir sí a la voluntad del Señor.
En tercer lugar que este evento me desafía a abrirme a la acción transformadora del Espíritu Creador que me convierte en un nuevo ser que me hace uno con él, y me llena de su vida. Y me invita, con exquisita cortesía, a que de mi consentimiento para que entre en mi corazón con el fin de acoger en mi interior la Palabra de Dios para estar en condiciones de responder a su amor y abrirme al amor por el prójimo.
Y, finalmente, a imitar el recogimiento de María. El activismo me lleva con relativa frecuencia a moverme continuamente y tantas veces me impide escuchar el silencio desde el cual el Señor quiere comunicarme su voluntad. En la Anunciación, la Virgen me muestra la importancia del recogimiento, la apertura del corazón para estar disponible a la escucha de los susurros de Dios.
Hoy la Iglesia celebra la Encarnación del Verbo. Y en el centro de esta gran solemnidad está María que me dice: mira al mundo con mis ojos y así encontrarás a Jesús.

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¡Celebro hoy, Señor, con gran gozo la Solemnidad de tu Encarnación, el sí gozoso de Tu Madre que abrió su corazón a la llamada de Dios; concédeme la gracia de tener un corazón sencillo, humilde, recogido y amoroso como el de Ella! ¡Como Tu Madre, Señor, deseo con todo mi alma recibir Tu Santo Espíritu, llenarme de sus dones y de sus gracias para estar enteramente a tu servicio! ¡María, Madre, enséñame siempre a decir a la voluntad de Dios, que mi hágase sea para aceptar los planes que Dios tiene preparados para mí! ¡Entra en mi corazón, Señor, como entraste en las entrañas de Tu Santísima Madre! ¡Enséñame, María, a abrir el corazón a Jesús, Tu Hijo, para hacerme partícipe en su gran proyecto de amor, de salvación y de esperanza! ¡Enséñame, María a fiarme de la palabra del Padre, a responder esperanzado y confiado un hágase en mí según tu palabra! ¡Enséñame, María, a ser sencillo como lo fuiste Tu, a sentirme pequeño siempre como te sentías Tu, a ser dócil a la llamada de Dios como fuiste Tú porque en mi ánimo está, Señora, que Dios pueda hacer algo nuevo en mi vida, transformarla y renovarla! ¡Dios te Salve María, porque contigo la vida es renovación constante, es un levantarse continuo, es un resplandecer a la alegría, es un sentir permanente la ternura de Dios, es aprender a responder con libertad a Dios dándose por completo, es comprender que con Dios todo se hace nuevo! ¡Que no olvide de repartir con frecuencia que el Señor está contigo porque quiero estar siempre lleno del Espíritu Santo como lo estuviste Tu!

En este día dedicado a María, cantamos este cántico dedicada a Ella:

¿Doy importancia a la virtud de la templanza?

Vivimos en una sociedad en la que se impone el consumismo y el materialismo en el que adquirir lo que uno desea se convierte en un ideal; una sociedad que busca la vida fácil y acomodaticia, sin compromisos; una sociedad que invita a no profundizar en el yo y en reconocer las propias debilidades; una sociedad donde el egoísmo es el rey; una sociedad que se ríe de la fuerza de voluntad para alcanzar grandes metas; una sociedad que aplaude la laxitud de conciencia y que no da importancia a crear conciencias rectas y nada permisivas. Una sociedad que está alejando a Dios del centro. Podría continuar pero todos estos hechos van en contra de una virtud en desuso: la templanza.
La templanza es esa virtud que trata de alcanzar el equilibrio en la utilización de las cosas y que ordena y modera los apetitos y el uso excesivo de los sentidos sujetándolos a la razón.
Si no aplico en mi vida la virtud de la templanza y no soy capaz de dominar mis propios actos pierdo gran parte de mi libertad porque me abono la actitudes negativas y a la victoria del pecado sobre mi. Eso provoca que no pueda desarrollar las virtudes de la sencillez, la humildad, la mansedumbre, la entrega, la caridad… virtudes todas ellas características del Señor y que yo, como cristiano, debería ejercitar.
Por medio de la templanza logro controlar mis pensamientos y moderar mis actos, someter mis afectos y no depender de lo material de la vida. Además, crezco interiormente, soy capaz de dominar mis apetencias, me permite ser dueño de mi mismo y conocer mejor mis debilidades, me ayuda a mejorar cada día, a estar más alegre y ser más responsable, ser más auténtico entre lo que pienso, digo y realmente hago…
Si la templanza me permite ser dueño de mi mismo, apreciar mi propia dignidad, ser más humilde y esforzarse cada día a ser mejor, ¿qué cosas me impiden vivirla?

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¡Señor, concédeme la gracia de crecer cada día a tu lado; envíame a tu Santo Espíritu para que mis esfuerzos cotidianos me lleven a ser mejor persona, a no dejarme llevar por lo negativo, a que me venzan los caprichos y los deseos mundanos, a tomar aquello que no es agradable a Dios! ¡Concédeme la gracia, Señor, de dominar mis impulsos y ser siempre dueño de mi mismo no dejándome vencer por las acechanzas del demonio! ¡Envíame, Señor, a tu Santo Espíritu para que sea siempre consecuente con mis pensamientos, palabras y acciones! ¡No permitas, Señor, que vaya siempre justificando mis actos y dando falsos pretextos cuando he hecho mal las cosas o no simplemente no he actuado bien! ¡No permitas que mi voluntad mi vence y ayúdame a trabajar siempre por hacer la voluntad de tu Padre! ¡Dame, Señor, la humildad para darme a los demás, para ser consciente de mi pequeñez, de mis debilidades, de mi necesidad de Ti! ¡Dame el don del respeto al prójimo para valorarlo como es y no juzgarlo! ¡Permíteme tener siempre una conciencia recta que no navegue entre las olas del que dirán! ¡Ayúdame a comprender al prójimo, al que más cerca tengo, y dame la sabiduría para saber orientarle siempre en sus necesidades! ¡Concédeme la gracia de saber sacrificarme y mortificarme por Ti y por el prójimo! ¡Borra de mi corazón la soberbia y el egoísmo, mis comodidades, mis autosuficiencias, mi utilitario, mi permisividad, mi tibieza porque quiere acercarme más a Ti! ¡Ayúdame, Señor, a mantenerme siempre firme en mis principios y a controlar impere lo que pienso, lo que digo y lo que hago por mi propio bien y para honrarte a Ti y a los demás! ¡Bendíceme, Espíritu Santo, con esta valiosa virtud!

Dios de gracia y compasión, un canto inglés de Cuaresma de autor desconocido:

Sensible a la cruz del prójimo

Ayer, meditando la quinta estación del Via Crucis, mi corazón se sobresalta y siento un profundo respeto y amor por Simón de Cirene, hombre de fatigas, padre de familia, luchador tenaz… Como él yo también transito por la vida trampeando según mi voluntad. Pero, en un momento determinado, Jesús fortuitamente le reclama. Y ese encuentro, en contra de su propia voluntad, se convierte en un punto decisivo en la vida. El Cirineo toma la Cruz de Jesús y se niega a si mismo. El débil lleva la cruz del fuerte debilitado por el amor. Y, más impresionante todavía, el que es salvado lleva con entereza la cruz del Salvador. ¡Puede uno imaginarse la enorme dignidad que implica llevar la Cruz de Jesús, el regalo del gran don de participar en la obra de la redención!
¿Como entendería pasado el tiempo el Cireneo aquella oportunidad de ponerse al servicio de Jesús? ¿Cómo entiendo yo el poder ser un Cirineo de Cristo? ¿Comprendo, como entendió Simón de Cirene, que si ofrezco mi vida me convierto en grano que da frutos para mi bien y el de los demás pero que si me aferro a la mundanalidad del mundo mi vida se mustia abrasada por la falta de amor?
¡Cuanto valor tiene en esta estación el ejemplo de Jesús que ha venido a este mundo a servir y no a ser servido!
Hay que llevar la cruz y, cuando sea necesario, llevar también la cruz del hermano porque el dolor llevado con un Cireneo aligera la carga. Estar siempre atentos a la necesidad del otro. Cualquier palabra, llamada, queja o desfallecimiento del hermano es un clamor que proviene del mismo Dios.
Uno contempla en el Cirineo la necesidad de ser sensible a la cruz del prójimo. Saber llevarla con ternura y amor para radicar el egoísmo de nuestro corazón. Ser capaces de descubrir la mirada de Dios en cada necesidad y en cada pena de la persona que reclama nuestro favor.
El Cirineo te enseña a abrir el corazón al amor de Dios para dar al prójimo la felicidad que espera. Pero te recuerda también los rostros de tantos que han cargado tu propia pesada cruz en los momentos de necesidad, de sufrimiento y dificultad. Te enseña a abrirte a la humildad para dejarse siempre ayudar y ser auténticos y humildes Cirineos para aquellos que conviven a nuestro alrededor.

 

orar con el corazon abierto

¡Jesús, soy consciente de que necesitas de mis manos para ayudar al prójimo! ¡Que necesitas de mis hombros para cargar con el peso de su sufrimiento y de su dolor! ¡Necesitas de mis pies para llevarlo hacia Ti! ¡Necesitas que abra mi corazón para que lo acoja con amor! ¡Quiero ser tu Cireneo, ese Cireneo decidido, sincero, auténtico y valiente de los otros Cristos perdidos en el camino de la vida y cuyas vidas carecen de sentido! ¡Señor, como Tu, quiero ser un Cireneo de valores objetivos, absolutos, que asuma libre, valiente y conscientemente la necesidad de llevar la Cruz! ¡No quiero rechazar la Cruz, Señor, como hizo inicialmente el Cireneo sino aceptarla y abrazarla con amor; sabiendo cargarla en los momentos de fracaso, de sufrimiento, de debilidad, de tentación, de pena y de dolor pero también en esos momentos en que todas las cosas me van bien! ¡Quiero que cada día sea un encuentro fortuito como el de Simón pero que con el paso de las horas se haga más profundo! ¡Hazme, Cireneo de los demás, Señor, para llevarles tu amor y estar siempre disponible en sus necesidades! ¡Y te doy gracias, Señor, por los Cireneos que has puesto en mi vida, han sido un regalo de tu infinita misericordia; solo tu sabes lo que han supuesto para mi! ¡Y no permitas que falten en este mundo Cireneos que ayuden a tantos a llevar con esperanza las cargas de su cruz, te lo suplico Señor!

Eres mi Cireno, cantamos hoy:

Amarás al Señor tu Dios con toda tu alma

Amar parece fácil pero no lo es. Exige renuncia y no siempre está uno dispuesto a darla. Exige dedicación y no siempre se está dispuesto a sacrificar el tiempo por el otro. Exige escucha y no siempre se buscan espacios para atender la necesidad del otro. Amar con el corazón y de manera sensible, por tanto, no parece tarea sencilla. Jesús, que conoce mejor que nadie lo que anida en nuestro corazón también dice: «No todo el que exclama. ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en el cielo». Sentencia turbadora.
La voluntad es una de las grandes potencialidades del alma humana. No es posible amar a Dios de boquilla; mientras la boca dice una cosa la voluntad hace la contraria. Es la contraposición entre el deseo y el someterse a la voluntad de Dios.
Amar desde el corazón es poner todo el pensamiento en Dios, es asimilar en lo profundo del corazón el misterio del Amor divino. Es entender que el hombre tiene la dicha de amar porque Dios mismo nos amó primero como parte viva de su creación. Nada creado por Dios queda abandonado a su amor. Y la clave de ese amor es Jesucristo: «Tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su Hijo por amor».
Amar al Señor tu Dios con toda tu alma. Por la propia naturaleza del hombre, humanamente parece imposible. Eso implica amar con el corazón, con el entendimiento, con la memoria, con los sentimientos, con la voluntad puesta al servicio de Dios. Amar amando la Verdad no los engaños del mundo porque cuando amas al mundo y las cosas que hay en el mundo difícilmente puedes amar a Dios. Amar con la lógica de la caridad, dándose a los demás con un amor sincero, generoso y entregado con un corazón capaz de ver donde es necesario el amor y actuar en consecuencia. ¡Qué gran lógica y como tiene que transformarse mi mentalidad según los criterios de Jesús!

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¡Señor, creo en Ti, creo en tu capacidad de amar, creo que eres la luz que cada día ilumina mi caminar, creo en la lógica de la caridad aunque tantas veces me cueste darme a los demás y amar con el corazón! ¡Señor, soy plenamente consciente de que no siempre escojo el camino correcto y me alejo de Ti! ¡Padre Dios, soy consciente del amor que sientes por mí y quiero corresponder a este amor con el testimonio de mi fidelidad en los momentos de prueba y de lucha interior! ¡Soy testigo, Padre, de tu enorme misericordia, compasión y gracia fruto de tu amor! ¡Quiero amarte, Señor, con lo que soy y lo que tengo! ¡Quiero amarte a Ti a través del prójimo! ¡Quiero amarte con toda mi alma para hacer de ti toda motivación para mi buen obrar sabiendo que todo lo hago por Ti! ¡Quiero amarte con toda mi alma porque quiero ofrecértelo todo a Ti, Señor! ¡Quiero amarte con toda mi alma, Señor, porque quiero darle un valor sagrado a todo lo que soy y quiero hacerlo en ofrecimiento a tu amor!

Merece la pena escuchar hoy esta bellísima pieza para trompeta y voz fuente divina de amor:

Vivir en presencia de Dios

Lo leo en el Génesis: «Anda en mi presencia y sé perfecto». ¿Qué supone caminar por la vida en presencia de Dios? Implica, en un entorno relativista que desprecia la búsqueda de la verdad, ir siempre con la conciencia de que Dios se hace presente en cada uno de los acontecimientos —tristes o alegres— de mi vida. Ser consciente que escruta y contempla cada uno de mis pasos y tener la conciencia cierta de que Él debe convertirse el centro de mi vida. Implica permanecer en su amor, arraigado en la fe porque ésta no es una mera aceptación de unas verdades volátiles sino una relación de intimidad con Jesús que me permite vivir con la conciencia de ser amado por Dios.
Sin embargo, en ocasiones actuamos de determinada manera, positiva o negativa, pero según la circunstancia la llevamos o no término porque alguien nos observa. Si tengo la conciencia viva de qué Dios, desde la finitud, me observa siempre y que debe convertirse en el centro de mi vida probablemente actuaré en consonancia con su voluntad y su gracia cumpliendo sus mandatos con rectitud.
Dios no actúa como una cámara de vigilancia permanente. No es un agente del orden cuya misión es llamarme la atención por cada actitud equivocada que cometa. Al contrario, Dios es Padre. Un Padre que transmite amor y misericordia. Un Padre que indica el camino que debo seguir cada día para alcanzar la felicidad prometida.
Caminar en presencia de Dios es sentir su amor, lo que da sentido a todo. Nadie es fruto de la casualidad. Es fruto de un proyecto de amor divino. Y en esta conciencia es más sencillo discernir cuáles son los designios para mi, más fácil poner prioridades a mi vida, establecer una escala de valores que permitan orientar mi vida. Considerar la realidad de mi existencia no desde la mundanidad sino desde una perspectiva espiritual. Es sentirse amado, querido y bendecido sintiendo su presencia en todo cuanto me acontece, en medio de las contrariedades y sufrimientos pero también los momentos de gozo y de alegría. Es dar testimonio vivo de la presencia de Cristo en el mundo.
Haga lo que haga, actué como actúe, siempre estoy en presencia de Dios. Me corresponde a mi descubrir su presencia, conservar su presencia y deleitarme con su presencia.

orar con el corazo abierto

¡Me pides Padre que ande en tu presencia y sea perfecto; me lo pides a mí lleno de miserias e imperfecciones! ¡Me lo pides a mi repleto de debilidades y autosuficiencias, de egoísmo y de soberbia! ¡Pero quiero cumplir tu voluntad y entregarme enteramente a Ti! ¡Permíteme tener una unión íntima contigo, Tu que me has creado por amor y me has hecho tu santuario en el que habita tu Espíritu! ¡Padre, no soy fruto de la casualidad; soy creación por un proyecto de amor! ¡Ayúdame, Padre bueno, con la gracia del Espíritu a permanecer siempre arraigado en la fe y vivir como una persona que se sabe amada por Ti! ¡No permitas, Padre, que nada me paralice; que no me embargue el miedo al futuro por mis debilidades y mis caídas! ¡Ayúdame, Padre, con la fuerza del Espíritu Santo a alimentar cada jornada con la sabia de la oración, con la riqueza de Tu Palabra y con el alimento de la comunión! ¡Ayúdame a ser testimonio de Ti, a ser semilla que fructifique y dé frutos abundantes! ¡Ayúdame, Padre, a ser dócil al Espíritu Santo para vivir en tu presencia y crecer en mi unión contigo! ¡Ayúdame a estar más abierto al servicio a los demás! ¡No permitas que me baje nunca de la Cruz, no permitas que me venza la impaciencia, más al contrario ayúdame a caminar siempre en tu presencia tratando de ser siempre justo en mis decisiones, intachable en mis gestos, irreprochable en mis actitudes, virtuoso en mis obras y perfecto en mis actos!

O Salutaris Hostia en la bella versión de Erik Esenvalds:

Lo mucho que Dios hace por mi salvación

Es sorprendente lo mucho que hace Dios por mi salvación. ¡La cantidad de gracia que derrama! ¡Los innumerables beneficios que derrocha para que le ame! ¡La infinidad de inspiraciones que me llegan por diferentes lugares! ¡Los sacramentos que pone a mi disposición para guiarme hacia la santidad, ergo, para alcanzar el cielo prometido! ¡Dios me inunda con su amor! ¡Dios me acoge con su misericordia y su perdón! ¡Dios me reviste con sus promesas! ¡Dios me invita al arrepentimiento sincero!… Sin embargo, mi obstinación por alejarme de su gracia y de su cercanía frustran a menudo mi camino de salvación.
¡Es increíble lo fácil que resulta salvarse y lo difícil que se lo pongo a Dios! ¡Ese mal carácter! ¡Es oportunidad de no pecar que hubiera podido cortar! ¡Ese aviso de que iba por le mal camino! ¡Ese perseverar en el error! ¡Esa obstinación por hacer mi voluntad! ¡Ese precipitarse al abismo de la sinrazón por la soberbia, el orgullo, la tibieza o la autosuficiencia!
Dentro del ser humano se encuentra todo: la verdad y la mentira, la generosidad y la mezquindad, la libertad o la esclavitud, el amor y el odio, la nobleza o la mediocridad, la alegría o la tristeza… para que surja una u otra basta con que las invoque. Tengo la libertad para llamar a una u a otra y saber el motivo de mi llamada. Todo se encuentra en mi interior y únicamente depende de mi, de la grandeza de mi interior o del poso de mi miseria, para categorizar cada situación.
Reconozco que soy pecador. Y reconozco también que mi pecado se ha pagado en la Cruz. Que el mismo Hijo de Dios lo ha pagado por mí. Que todo es pura gratuidad de Dios para conmigo. Pero quiero cambiar. Deseo cambiar porque amo a Cristo con toda mi alma y con todo mi corazón. ¡Es sorprendente lo mucho que hace Dios por mi salvación! ¿Por qué no pongo entonces los medios para mejorar cada día?

orar con el corazon abierto

¡Señor, no es sencillo reconocerse pecador! ¡Pero es la verdad de mi vida y Tu lo sabes! ¡Tu me recuerdas que quien esté libre de pecado que tire la primera piedra! ¡Ayúdame, por medio de tu Santo Espíritu, a reconocer cada día en el examen de conciencia lo que hay en mi interior, en qué he obrado mal, en que he ofendido a Dios! ¡Que la voz de mi conciencia, Señor, no se acomode a la autosatisfacción y a la justificación de mis actos! ¡Señor, Tu me examinas y me conoces, penetras en mis pensamientos y conoces mi vida, ayúdame Tu que eres omnipotente, a caminar en santidad! ¡Señor, conoces de mi fragilidad; concédeme la gracia de responder a Tu amor de Cruz con amor, entrega y generosidad! ¡Quiero responder a tu entrega como te mereces! ¡Quiero que mi corazón sea consciente de esta realidad tan cruel pero al mismo tiempo impregnada de tanto amor! ¡No permitas que me acostumbre a verte crucificado, Señor! ¡Señor, he pecado contra Ti y con todo mi corazón deseo no pecar más, me arrepiento de mis pecados, te pido tu perdón y te recibo como mi Señor y mi Salvador! ¡Señor, quiero mirar el crucifijo con ojos de amor y ser consciente de que soy un pobre pecador! ¡Ven, Señor, y toma el control de mi vida con la guía del Espíritu Santo! ¡Gracias, Señor, por tu amor y tu misericordia! ¡Señor, Tu que eres manso y humilde de corazón, haz que mi corazón sea semejante al tuyo!

Soy pecador, cantamos hoy con la Hermana Chelo:

Coherencia

La coherencia es esa capacidad de convertir mis acciones y mis pensamientos en un «uno» que no se contradiga entre sí. La coherencia es una conquista cotidiana —la vida interior consiste en esto, en recomenzar cada día—; alcanzar este equilibrio exige esfuerzo de la voluntad. Es necesario trabajar decididamente para que las conductas cotidianas estén bien coordinadas. Se trata de que exista una coincidencia auténtica entre el ser y el hacer para que esta armonía interior no se rompa ante cualquiera de los obstáculos que se presentan.
Las apetencias nos vencen; el corazón se divide entre lo que nos apetece y lo que corresponde. Cuando la voluntad no es firme entonces no importa romper la coherencia. Pero uno es coherente cuando la voluntad está de acuerdo con el entendimiento; cuando los actos coinciden con los principios; cuando las palabras van unidas a la verdad. Si uno atiende solo a lo que conviene manifiesta una fe fragmentada, muy a la medida del hombre y muy alejada de Dios.
El hombre tiene en Cristo está el mayor testimonio de coherencia. En Él queda la impronta de vivir acorde con un modo de sentir, de pensar y de actuar. Y siempre en una perfecta armonía con la voluntad del Padre. Jesús muere en la Cruz por pura coherencia.
Nadie que se diga seguidor de Cristo puede llevar su vida por los derroteros de la incoherencia. Los principios son innegociables. Solo es posible vivir según los caminos del Evangelio; lo que es incompatible con la verdad que esconde la Palabra no puede ser sacrificado. Ser cristiano coherente implica un gran desafío; un desafío que se debe asumir con valentía. Un desafío que implica seguir una doctrina y una moral reveladas, a la luz de la razón y de la autoridad divina que no puede contravenirse. ¡Que limitado sería Dios si después de haberse hecho hombre y habernos redimido del pecado, permitiese que el hombre viviera con lo subjetivo de los acontecimientos!
La pregunta es directa: Si el don de la integridad cristiana es ser coherentes ¿Soy de verdad coherente o he aprendido a vivir con mis contradicciones porque soy como soy y nada ni nadie puede cambiarme?

orar con el corazon abierto

¡Señor, ayúdame con la fuerza deTu Espíritu a conocerme mejor, a identificar los rasgos de mi manera de ser y de comportarme, de aprender de mis fortalezas y debilidades, de sacar partido de mis posibilidades y límites, de mejorar mis virtudes y limar mis defectos, de no complacerme en mis aciertos y aprender de mis errores! ¡Señor, con la fuerza de tu Espíritu ayúdame a distinguir entre los sufrimientos padecidos, los buscados, los deseados y los no comprendidos; a saber distinguir las alegrías positivas de las merecidas!¡Señor, tú me conoces perfectamente, tú sabes todo lo que hago y lo que anida en mi corazón, tú penetras desde lejos mis ideas; tú me ves, mientras camino o mientras descanso; tú sabes cada cosa que emprendo o abandono; tú sabes cuáles serán mis palabras antes de pronunciarlas; lees mis labios! ¡Señor, tu mano siempre me rodea, no me dejes caer! ¡Oh Dios, ponme a prueba y mira si mis pasos van hacia la perdición y guíame por el camino eterno! ¡Ayúdame a conocerme mejor a mi mismo para conocerte mejor a Ti!

En este primer día de agosto nos unimos a las intenciones del Santo Padre que pide que en este mes recemos por los artistas de nuestro tiempo, para que, a través de las obras de su creatividad, nos ayuden a todos a descubrir la belleza de la creación.

Dios te hizo tan bien, cantamos hoy:

Decisiones que ponen en juego la moral

Una de las obras maestras del cine es la película El hombre tranquilo, dirigida por John Ford y protagonizada por John Wayne y Maureen O’Hara. El duro actor norteamericano, al que asociamos con los mejores western de la historia del cine, interpreta a Sean Thornton, que después de haber adoptado en conciencia la más importante decisión de su vida, deberá cargar con el peso de esa medida en los postreros años de su vida. Thornton vivirá todo tipo de situaciones al no cumplir ni con las expectativas creadas por su futura esposa y su hermano ni la de los habitantes de la pequeña comunidad del minúsculo caserío del Norte de Irlanda donde se localiza la trama. En principio, los valores que le exigen a Thornton son muy estimables y se enmarcan en las varias veces centenaria tradición de aquellas tierras. Otra cosa es, que las circunstancias más íntimas, le lleven a Thornton a sufrir un camino de espinas y de incomprensiones. El personaje de John Wayne toma la decisión de renunciar a un padecimiento físico y, en su lugar, aceptar el sufrimiento espiritual de verse como alguien incapacitado para cumplir con sus deberes y obligaciones matrimoniales pues su conciencia le dicta aspirar a un bien superior y no a subvertir los valores que son el sustento de su vida.
A lo largo de nuestra vida nos vemos obligados a tomar decisiones de índole moral, muchas de las cuales son tan importantes que suponen un enorme desgaste físico, mental y espiritual. Cargar la cruz de cada día no es tarea fácil, especialmente cuando se trata de hacer las cosas con honestidad y fidelidad a una doctrina. Viene esto a cuenta porque un amigo me explicó hace unos días el caso de una profesional que tenía un importante dilema moral a cuenta de su negocio. Tan profunda era la situación que podría acabar con sus ingresos, y por tanto necesitaba hablar con un sacerdote para que le aconsejara las medidas a adoptar. En la conciencia de cualquier ser humano –inteligencia, emotividad, voluntad– está la propia vocación al bien, de manera que la elección del bien o del mal en las situaciones concretas de la vida acaban por marcar profundamente a la persona en cada expresión de su ser. Es la situación de esta chica. Yo, personalmente, también he estado en esta situación y no siempre, por las circunstancias, he tomado el camino correcto.
Olvidamos a veces que antes de ser clavado en la Cruz, Cristo hizo parada en el huerto de Getsemaní. Tal vez allí su sufrimiento fuese mayor que durante el tormentoso y oprobioso paso por el palacio de Pilatos donde, además de humillado, escupido y vejado fue flagelado, coronado de espinas y revestido con una túnica para iniciar el cortejo hacia el Gólgota. Sin reproches, el Señor, con la grandeza de aceptar la voluntad del Padre, sólo pidió que se apartase de Él aquel cáliz.
Los cristianos tenemos la obligación de ser fieles a la Cruz de Cristo, pues sin Cruz no hay salvación; pero antes hemos de pasar por nuestro Getsemaní particular, que es nuestro momento espiritual, con la conciencia limpia y libre, el que nos lleva a aceptar la voluntad de lo que Dios tiene preparado para cada uno de nosotros, con el fin de cargar posteriormente la cruz de cada día. Todos somos un poco ese Thornton de la película de John Ford, porque todos estamos obligados a buscar con la conciencia limpia la verdad de nuestra vida con la misma honestidad que lo hace John Wayne en las verdes praderas del norte de Irlanda. Para que eso se logre nuestra alma debe estar serena. Y cuando rechazamos la verdad y el bien que Dios nos propone, hay que escuchar lo que Él nos propone a través de la voz de la conciencia, buscándole y hablándole, para reconocer y enmendar nuestros errores y abrirnos a la Misericordia divina, la única capaz de sanar cualquiera de nuestras heridas.

orar con el corazon abierto

¡Señor, ayúdame a asemejarte cada día más a Ti para actuar siempre con corrección; sin Tí, Señor, y sin tu ejemplo no puede haber una base sólida para desarrollar una ética personal! ¡Envíame los frutos del Espíritu Santo, Señor, para llenarme de Ti que eres el Señor de la vida de la forma de ser y relacionarte! ¡Envíame tu Espíritu Señor, para tener un carácter amable, generoso, puro, entregado, alegre, flexible, servicial, cariñoso, justo, honrado, honesto y fiel! ¡Envía tu Espíritu Señor, para que mis actos siempre reflejen bondad, comprensión, humildad y firmeza frente al pecado, la injusticia y la maldad! ¡Concédeme la gracia de esforzarme para vivir de acuerdo a tus mandamientos, siendo diligente en servirte a Ti y a los demás y defendiendo siempre la verdad aunque esto me lleve a la persecución y el sufrimiento! ¡Concédeme la gracia de ser una persona llena del Espíritu Santo, sometido a la verdad de la Escritura, que viva una vida limpia con conductas ejemplares, que nazca de un corazón henchido del Evangelio y viva la realidad de las bienaventuranzas! ¡Ayúdame a que mi valores sean los del Evangelio y mi ejemplo de vida sea el tuyo! ¡Quiero ser un autentico seguidor tuyo, Señor, y seguir tus mandamientos! ¡Dame la fuerza para con la gracia de Dios que viene del Espíritu Santo a servir, amar y aplicar las verdades del Evangelio, servir por amor a Dios y no para mi mismo!

 

Como hoy va de Irlanda, qué mejor que nos acompañe la música del más renombrado de sus compositores clásicos, Sir Charles Villiers Stanford, y uno de sus célebres motetes, Beati Quorum Via: