Lavarme las manos ante Jesús

Martes Santo. Hoy la imagen se dirige hacia el pretorio. Allí Pilatos ordena que le traigan una jofaina llena de agua y se lava las manos. Ante el tumulto ensordecedor y el gentío que exige la muerte de Jesús, al que contempla sereno y con mucha paz interior, levanta su mano para que cese el ruido y exclama timorato: «Soy inocente de la sangre de este hombre». Y pienso: ¡Ay, Señor, cuántas veces me he lavado las manos y no he dado testimonio de la verdad!
Todo porque ante su insistencia Jesús no le niega su condición de Rey. ¡Es que es el Rey del Universo pero, sobre todo, es el rey de nuestro corazón, de ese corazón que tantas veces exclama: «¡crucifícale, crucifícale!»!
Y es que Cristo anhela ser el Rey de nuestros corazones. Acepta por amor —un amor tal vez incomprensible a los ojos humanos— a pasar por el suplicio de la Pasión, a entregarse sin queja alguna a sufrir el oprobio de sus verdugos. Prisionero, escupido, humillado, vejado, flagelado, coronado de espinas, insultado, arrastrado… ¡Señor mío, te ofrezco mi corazón consciente de lo que padeciste por mí!
Pronunciar esta frase tiene muchas implicaciones para mí. Y las tiene porque de verdad creo, siento y deseo que Jesús, el Rey de Reyes, sea Rey de mi corazón; a Él le debo y le someto mi vida, mis anhelos, mi voluntad, mi querer.
No deseo ser ambiguo como Pilatos. Quiero complacer a Jesús. Lavarme las manos ante Jesús, mi Rey y mi Salvador, es un acto de cobardía, de ambigüedad, de falta de compromiso con él. No quiero cometer la misma falta que tuvo Pilatos, no deseo mantenerme neutral ante la verdad de las cosas por eso deseo ardientemente entregarle mi corazón, mi vida y mi alma a Cristo. Sobre todo, porque Cristo desea mi santidad y esta se alcanza con el compromiso veraz. No lavándose las manos en la jofaina de la ambigüedad.

orar con el corazon abierto

¡Señor, tu imagen preso en las manos de Pilatos me conmueve y me sobresalta! ¡Observo mientras Pilatos se lava las manos para ofrecerte como mercancía que mis pecados se hacen presente en el odio cerril de aquellos que exigen tu crucifixión! ¡Pero yo, Señor, quiero que reines en mi corazón, no quiero ofenderte ni condenarte! ¡Quiero, Señor, que seas mi Rey y mi Soberano! ¡Señor, tu sabes lo que anida en lo más íntimo de corazón, me das la libertad para actuar; no permitas que me lave las manos mostrándote indiferencia y cobardía! ¡Señor, tu eres mi Dios y no tengo más rey que tu! ¡No permitas que te juzgue pecando contra ti y contra los demás! ¡No permitas, Señor, que te abandone nunca pues deseo acompañarte en el dolor y la contrariedad y aprender de Ti a tener siempre mucha paciencia para afrontar los vaivenes cotidianos y ofrecerlos por amor a Ti y a los demás! ¡Ayúdame a no eludir mis responsabilidades ni la verdad, a tener siempre el coraje de estar junto a lo que es cierto, a no buscar argumentos para quedar bien! ¡Ayúdame a que mis intenciones sean siempre bendecidas por Ti, a no justificar mis conductas y que mis hechos vayan acorde con mi buena voluntad! ¡Señor, envía tu Espíritu sobre mi, para que mi corazón sea dócil a la voz de la conciencia que anuncia siempre la verdad y haz que tu Santo Espíritu me indique siempre el camino a seguir!

Un bellísimo Ecce Homo («He aquí al hombre»), palabras de Pilatis antes de lavarse las manos y la conciencia antecel Señor:

https://m.youtube.com/watch?v=t78H7svd1AY

¿No somos todos un poco como Judas?

Me presentan a un joven comercial que se llama Judas, por san Judas Tadeo. Se hace llamar «Yudy». «Comprenderás los motivos», me dice. Debe haber visto mi cara de sorpresa. Inconscientemente he pensado: «¡Menuda elección de los padres!». He reprobado injustamente. Pero creo que a todos nos ocurriría algo semejante.
Pero a mi me ha venido a la memoria Judas Iscariote que fue «uno de los doce», «uno de los nuestros», «uno de los de Jesús», según San Pedro. Tenía la condición absoluta de apóstol de Cristo. Pero fue el traidor. Y así ha pasado a la historia. El que le vendió por treinta monedas de plata entregando sangre inocente. A continuación se suicidó. No podemos juzgar a Judas, sobre todo si nos ponemos en la mirada misericordiosa, amorosa y siempre justa de Dios que vio en él el remordimiento que le embargaba.
¿Como eligió y confío Jesús en alguien como Judas? La pregunta podría ser otra: ¿no somos todos un poco como Judas? ¡Sí, todos somos Judas! No entro en el misterio de su traición, que desembocó en la Pasión de Jesús. Pero a Judas, Dios le dio la libertad de elegir y el maligno ganó la partida de la tentación. Judas, al que Cristo honraba con su amistad, que le instruyó, le confió el economato del grupo de apóstoles, que le enseñó el Padre Nuestro y le adoctrinó sobre el camino de las Bienaventuranzas no pudo controlar la soberbia de su corazón y su voluntad fue derrotada por la tentación de Satanás. Su corazón egoísta, su individualismo, su tratar de imponer su voluntad le impidió estar íntimamente unido al Señor. Judas no confío en Él. Judas no descansó en la misericordia de Cristo. Judas se dejó vencer por la desesperación. Judas no supo hacer buen uso de la libertad que Jesús nos da. Judas no estaba dispuesto a una auténtica conversión. ¡Todos somos un poco como Judas! Todos somos, aunque no lo queramos ver, cristianos pecadores que entregamos al Señor con nuestras faltas, que merodeamos el mal, que nos cuesta testimoniar muchas veces la verdad del Evangelio, mercadeamos con la libertad que nos concede Dios, que somos capaces de negar al Señor en nuestro entorno familiar, social o profesional por miedo al qué dirán.
La traición de Judas la tomó Dios como elemento esencial para la entrega de Jesús por la redención de nuestros pecados.
Yo puedo entregar al Señor cada día pero a diferencia de Judas tengo la posibilidad de ver los acontecimientos pasados y rectificar para vivir con coherencia mi vida cristiana. ¡Qué gran peso saber que puedo cambiar y no dejarme vencer por las tentaciones del príncipe del mal!

Judas Orar con el corazón abierto

¡Señor, te doy infinitas gracias porque estás cada día conmigo y por mantenerme firme! ¡Te pido, Señor, que me libres de caer en la tentación y no permitas que me deje vencer por las invitaciones fraudulentas del demonio! ¡Señor, ayúdame a no vacilar en el momento de tomar decisiones para evitar los peligros que me acechan y con los que me encuentro cada día! ¡Te pido, Señor, la fortaleza para vencer la debilidad cuando me tenga que enfrentar a situaciones complicadas y momentos difíciles! ¡Es tu poder el que me sostiene, es tu poder el que me ayuda a vencer todas mis debilidades por eso en el día de hoy me enorgullezco de exclamar con fuerza que en ti todo lo puedo! ¡Te pido, con humildad, que me perdones cuando mi debilidad me hace caer! ¡Ayúdame a levantarme cada vez que me caigo, y sostenme siempre porque yo quiero vivir una vida cristiana plena! ¡Señor, te pido que me ayudes cada día a mantenerme con buen ánimo, a ver siempre las cosas positivas, que la negatividad de los demás no haga mella en mí, a rechazar la soberbia, el orgullo, la ira, el rencor, la falta de caridad… Y que sea tu paz, tu amor y me fe la que me hagan permanecer a tu lado en cada uno de los momentos de mi jornada! ¡Aunque sé que tengo muchas cosas que cambiar te doy gracias, Señor, porque tú me amas como soy! ¡Señor, tu deseas mi salvación, porque eres el único Salvador y el demonio quiere mi condena y aunque Dios la permite para someterme prueba quiero darte diempre mi «sí» a Ti; envía tu Espíritu para reconocer siempre la tentación cuando ésta se presenta y alejarme inmediatamente de ella!

¡Cuanto cuesta desprenderse del yo!

La vanidad, compañera inseparable de la soberbia, la podemos extrapolar a cualquier campo de nuestra vida. Cuando los demás reconocen nuestro trabajo sentimos satisfacción e, incluso, consideramos que es de justicia que lo valoren. Quien haya tenido que pasar por un proceso de selección sabe lo importante que es venderse a uno mismo. El negocio más lucrativo de la historia sería aquel que permitiera vendernos por lo que nos valoramos a nosotros mismos y comprarnos por lo que realmente valemos.
Hay una frase de San Pablo que me fascina: “Dios ha escogido lo necio del mundo para confusión de los sabios. Y ha escogido lo débil del mundo, para confundir lo fuerte”.
Reconocer con humildad que sin Dios todo es fatuo, nos coloca en el lugar que nos corresponde, pues sin los aplausos y el reconocimiento de los hombres cabría pensar que uno ha caído en el más rotundo de los fracasos. Sin embargo, nada más alejado de la realidad. Si uno actúa con recta intención, ergo, realizando nuestras obras cara a Dios, lo más seguro es que nos critiquen e injurien. Esa falta de adecuación con el pensar de los hombres, ¿implica que hacemos las cosas mal?
Si yo dependo única y exclusivamente del juicio de los demás me empobrezco y vivo esclavizado y eso nada me vincula con la libertad de Dios.
Dios es el único juez de nuestra vida. Hacia Él debe ir dirigida toda nuestra alabanza, entrega y gloria. Cuando me considero pequeño, incluso necio, reconozco ante Él que sin su fuerza no soy nadie al tiempo que pongo sobre la mesa mi debilidad, la fragilidad de mi vida y mis limitaciones. Eso permite arrancar el yo para abandonarse en las manos providentes del Padre que conoce mis necesidades y es consciente de mis anhelos introduciéndonos en esa llamarada intensa de gracia para que todos mis actos, pensamientos, sentimientos, palabras y obras estén perfectamente insertos en el plan que Dios tiene pensado para mí. ¡Pero cuánto cuesta, Dios mío, desprenderse del yo! ¿No sería más fácil tratar de hacer siempre la voluntad de Dios que me otorga más libertad, esperanza y alegría? ¡Si lo buscara siempre convencido estoy que me equivocaría mucho menos de lo habitual!

vanidad

¡Señor, tú eres nuestro salvador y redentor! ¡tienes que sentirte muy triste por los pecados del mundo, especialmente el de la vanidad que tanto nos confunde la inteligencia, el discernimiento y la bondad! ¡Señor, no permitas que me convierta en alguien vanidoso y engreído porque estos pecados me alejan de ti y me hacen pensar que todo lo puedo por mi mismo! ¡Señor, sin ti ni la inteligencia, ni el saber ni nuestras capacidades serían posibles! ¡Te pido, Espíritu Santo, que me libres de todas las superficialidades de mi vida, de la banalidad, la falta de ética, de lo trivial, de lo nimio y, sobre todo, de la vanidad! ¡Escucha mi súplica, Espíritu de Dios, para que toda estas superficialidades queden al pie de la Cruz de Cristo para ser desprendidas de mi corazón! ¡Reafirma, Espíritu divino, mi amor por Dios para que sea capaz de amar con todo mi corazón, con toda mi mente, con toda mi alma y todas mis fuerzas! ¡Señor, la vanidad es el prólogo a cualquier pecado a la que sigue la arrogancia! ¡Que jamás me olvide que todo lo que todo lo que soy y lo que tengo proviene de ti y que sin ti no soy capaz de hacer nada! ¡Ayúdame a recordar que cada vez que consiga algo es por la gratuidad de tu amor, de tu bondad y tu generosidad! ¡No permitas que nunca utilice mis logros para sentirme más que los demás! ¡Señor, yo soy porque tú no me lo permites! ¡Yo soy en ti, desde ti y por ti!

Presentamos hoy la obra del compositor británico Arnold Bax To the Name above Every Name (Nombre sobre todo nombre):

Mi corazón necesita llenarse del amor de Dios

Cada vez que leo un pasaje del Evangelio Jesús me lo deja más claro: de mi corazón surge todo lo positivo y lo negativo de mi vida, el dolor desgarrador del pecado y la alegría sublime de la gracia. Me dice también el Señor que de lo más íntimo del corazón nacen los pensamientos y los deseos negativos. Que en lo más profundo de mi corazón se forjan mis proyectos, mis ilusiones, mis planes y mis propósitos. También lo dice el Señor y cuesta a veces entenderlo: el corazón es la medida del hombre. Y utiliza parábolas para aclarar, por ejemplo, que si el árbol del corazón transpira bondad, los frutos que dará serán buenos. Pero que si del árbol del corazón late la maldad, los frutos que ofrecerá serán malos. Todas estas son palabras de Cristo, cuyo corazón es manso y humilde. Y generoso. Y sereno. Y magnánimo. Son enseñanzas del que me traslada con su presencia entre nosotros el corazón amoroso y misericordioso de Dios. Todo está escrito en los Evangelios.
Es verdad. Mi corazón late cada día. A veces con alegría o con tristeza; en otras con esperanza o desesperanza; con serenidad o con conflictos profundos; con ilusión por vivir o con animadversión por lo que me sucede; con gozo o con angustia; con generosidad o con rencores; con sosiego o con ansiedad; con entrega o con indiferencia; con voluntad o con apatía…
¡En el fondo lo que mi corazón necesita de verdad es llenarse del amor de Dios! ¡Necesita salir de sí mismo y penetrar en la inmensidad de la misericordia de Dios! ¡Dejarse rociar por la lluvia fina de su Espíritu!
Lo que necesita mi corazón es orar perseverantemente con el corazón. Desde lo más profundo del corazón. Orar con mi propia vida. Porque la oración desde el corazón es contar mi vida al Dios que me ama y me quiere escuchar. La oración es hacer viva mi propia vida para contársela al Padre que me ha creado. Mi vida y la de los que me rodean, a los que abro mi corazón, a los que lloro, con los que río, con los que comparto mis sentimientos, con los que me enfrento, con los me encuentro de casualidad, con los que rezo a Dios en el grupo de oración, con los que tengo un encontronazo… La oración es poner sobre las manos de Dios mi mundo, mis fracasos, mis alegrías, mis aciertos, mis caídas, mis éxitos, mis momentos de ocio, mis búsquedas incesantes, mis desaciertos… La oración no es más que el encuentro mágico con Dios desde la fe.
¿Y por qué si Dios me ama tanto me cuesta tanto contarle a Dios todos mis secretos, lo que siente mi corazón, lo que se esconde en él? ¿Por qué me resulta tan difícil abrirle mi corazón al Dios de la Misericordia y dejarme acariciar por su amor? ¿No será que me sigo empeñado en hacer siempre mi voluntad y no dejarme guiar por Él?

corazon de piedra

Señor, ¡gracias por darme la fe! ¡Quiero llenarme más de Ti y de Dios! ¡Quiero dejarme llenar de la misericordia de Dios! ¡Déjame sentirme acariciado por Ti, contarte mis cosas con confianza y con amor! ¡Cuánto me cuesta a veces concienciarme de que Tú eres mi esperanza, mi paz y mi vida! ¡Señor, te ruego que no permita que me olvide de que me acompañas en todo momento! ¡Te pido que seas vida nueva en todas mis actividades, en la familia, con los amigos, en el trabajo, en la vida de comunidad, en la parroquia… allí donde me muevo! ¡Jesús resucitado, fija tu mirada en todo lo que hago para entregarme siempre a Ti y a los demás! ¡Ilumíname, Señor, con tu misericordia y con fuerza pacificadora! ¡Llena de amor, Señor y con la fuerza de tu Espíritu, todas mis decisiones, mis gestos, mis palabras, mis obras, mis actitudes y mi capacidad de escuchar al otro! ¡Graba, Señor, en mi corazón la alegría y que todos mis gestos estén impregnados con la sonrisa de la generosidad! ¡Haz que resucite contigo, Jesús mi Salvador, renovado con el agua del Bautismo que me permitió ser hijo de Dios! ¡Ayúdame, Señor a buscarte cada instante de mi vida y a verte en todas las situaciones que se me presentan diariamente! ¡Dame, Señor de la vida, el amor para hacer presente tu resurrección entre los que no te conocen a mi alrededor, entre los que piden signos de tu presencia viva, entre las personas que sufren y están llenas de sufrimiento por las decepciones de la vida y por vivir situaciones tan complicadas que se hacen difíciles de comprender! ¡Pon, Espíritu Santo, luz donde haya carencias materiales y espirituales! ¡Gracias por la fe, Dios mí, Padre bueno, Padre de bondad y de misericordia! ¡Me hace cada día acercarme más a Ti y a Jesús! ¡Envíame, buen Dios, a predicar tu paz y los detalles de tu amor entre los que se crucen conmigo! ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aleluya!

De Johann Sebastian Bach preentamos hoy su cantata Leichtgesinnte Flattergeister, BWV 181 (“Los espíritus livianos y frívolos”), aquellos que impiden tener una relación con la misericordia de Dios:

Todos somos vulnerables

Ser alguien vulnerable, mostrar sensibilidad, manifestar debilidad, dejar en evidencia los propios defectos, evidenciar fragilidad no está muy bien visto en la sociedad actual. Si hablamos de belleza, sólo son válidos los cánones de la hermosura. Pero la perfección… no existe. Y, aunque somos conscientes de ello, vivimos tratando de evitar que queden en evidencia en nuestra vida la imperfección, la vulnerabilidad, la fragilidad y las limitaciones.
Veía el otro día un documental sobre san Ignacio de Loyola, un hombre que vivió en una época en la que el honor devenía la razón de todo militar. Pero Íñigo de Loyola había fracasado en todos los frentes de su existencia. Herido en una batalla, desprestigiado en lo militar, desengañado en lo amoroso, lacerado en su reputación… sobre su vida se cernía la oscuridad. Sin embargo, desde la penumbra de su vida, surgió la luz. Sólo cuando Ignacio dejó de mirarse a sí mismo, de potenciar su yo, pudo descubrir a ese Dios que caminaba junto a él en el camino de la vida. Dios conquistó el corazón de aquel hombre orgulloso. Es la demostración que, incluso en los momentos más oscuros, sombríos y nebulosos de nuestra vida, siempre hay Alguien que busca hacerse un hueco en nuestro corazón.
En san Ignacio, como me puede ocurrir a mi o ti, Dios conquistó un corazón soberbio, un corazón de piedra, un corazón egoísta y obstinado. Siendo derrotado en la lucha interior es como, sorprendentemente, san Ignacio se alzó con la victoria final. Logró encontrar en Dios la alegría, la verdad, el gozo, la paz y el sentido de su existencia: fue capaz de amar y darse a los demás, ser misericordioso y recibir la misericordia de Dios, servir con generosidad a los demás y servir generosamente a Dios.
Eso fue posible cuando el joven vasco dejó de vivir de apariencias, de vivir a la defensiva, de anteponer su yo, de tratar de impresionar a los demás, de desenquistar sus deseos y su voluntad. Enderezó el rumbo de su vida porque su corazón se dejó conquistar por la misericordia de Dios. ¿Y por qué yo, cada día, me muestro temeroso a que se conozcan mis defectos, mi vulnerabilidad, mis imperfecciones y trato de ocultar la autenticidad de mi vida?
El analizar desde el corazón, en la oración, las debilidades y limitaciones nos hace cada día más sabios. Más honestos. Más auténticos. Y si todo ello lo ponemos ante la Misericordia de Dios nos convierte en cristianos más genuinos porque en ese coraje de reconocer nuestra debilidad Dios puede ayudarnos a enderezar el rumbo de nuestra vida.
Tiempo de cuaresma. Tiempo de interiorización. Tiempo para reconquistar la propia vida, para caminar hacia la santidad con una visión personal. No es una tarea sencilla, pero es una aventura que merece la pena afrontar.

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¡Señor, estoy lleno de debilidades pero no me avergüenzo de que Tú las conozcas, las asumas y las llenes de vida! ¡Señor, Tú me conoces a la perfección y sabes quien soy por dentro! ¡Y cuando miras mi rostro, está tan desfigurado como el Tuyo en la Cruz! ¡Ayúdame a caminar contigo hacia mi interioridad, a avanzar cada día para ser mejor! ¡Tantas veces, Señor, soy un desconocido para mi mismo y para Ti también! ¡Pero me postro ante Ti, Señor de la Misericordia, con mi sencillez, con mi pequeñez, con mi nada buscándote a Ti que eres mi amigo para desde el silencio me comuniques todo aquello que quieres que sea, que haga y que transmita! ¡Señor, desde mi pequeñez me complazco en mirarte y eso me da una gran paz y un gran consuelo! ¡Qué bien me siento contigo, Señor! ¡Ayúdame en este tiempo de cuaresma a descubrirme verdaderamente, a aceptarme en mi realidad, a soportar mis inseguridades y mis miedos, a superar mis caídas, mis faltas y mis tantos fracasos, a levantarme cuando parece que nada tiene solución, a seguir avanzando cogido de tu mano, a no mirar atrás sino siempre con mirada firme y esperanzada hacia adelante, a empezar cada día con las fuerzas renovadas y con el impulso del Espíritu Santo! ¡Tu eres mi roca, Señor, y el agua que me sacia la sed de cada día! ¡Señor, derriba los muros que cercan mi corazón y ayúdame a salirme de mi mismo para encontrarte en la Pascua con un corazón nuevo, un corazón alegre, un corazón repleto de vida!

Me invocará y lo escucharé, cantamos hoy siguiendo la letra del salmista:

Lo que San Pablo significa hoy para mi vida

Antes de escribir estas líneas, leo pausadamente varias veces el episodio de la conversión de San Pablo. De perseguidor de cristianos a principal apóstol del Señor. La llamada de Dios es imponente. Le tira por tierra y lo eleva hasta el cielo. Es una fuerte llamada a la conversión.
Con esta escena uno comprende que lo primero que logró el Señor es que aquel hombre orgulloso se desprendiera radicalmente de lo que antes consideraba importante para él. Le hizo entender la necesidad de tener una percepción completamente nueva de la vida, de la realidad y de las cosas. A la luz de la revelación, todo es diferente. Todo carece de importancia cuando se conoce la Verdad. Y contemplo mi vida. Y siento en este día como la conversión llama de nuevo a la puerta de mi corazón.
¿Cuántas veces me ha tirado Dios del caballo y no he sido capaz de reaccionar? ¿Cuántas veces me ha llamado Dios por mi nombre y no he querido escuchar su voz? ¿Cuántas veces Dios me ha tratado de arrebatar mi egoísmo, mi soberbia, mis placeres mundanos, los malos consejos y he cerrado los ojos para tratar de no contemplar la verdad? ¿Cuántas veces el Señor me pregunta en lo más profundo de mi corazón por qué le persigo y prefiero callar? Pero cada vez que Dios me despoja de mis apetencias, de mis placeres, de mi voluntad, de lo que es importante para mí… surgen en mi vida rayos divinos que me sugieren cerrar los ojos y evitar contemplar lo mundano de esta vida para elevar mi mirada al cielo y contemplar la Verdad.
¿Cuántas veces prefiero callar y no exclamar como San Pablo: «¿Quién eres Tú, Señor?»? ¿Cuántas veces dejo pasar los susurros del Espíritu Santo en mi vida que ofrecen luz a mí caminar? ¿Cuántas veces hago caso omiso a la inspiración de Dios? ¿Cuántas veces desobedezco a conciencia la invitación del Señor? ¿Cuántas veces callo antes de proclamar que soy seguidor de Jesús?
¿En qué me diferencio de san Pablo si tengo la misma fe, la misma doctrina, el mismo amor por los demás, la misma caridad… y al mismo Dios? Mi falta de amor verdadero por el Señor, una valentía auténtica para proclamar en mi entorno social, profesional y familiar el Evangelio de Jesús y el deseo de convertirme en un auténtico apóstol que se levanta para dar luz y ardor al pequeño mundo que envuelve mi corazón.

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¡Ante tu presencia, Señor, como haría san Pablo, llevando en el fardo de mi vida todo mi presente y mi pasado, con todo lo que he sido y soy en la actualidad, con mis grandes limitaciones y mis pequeñas capacidades, con la fortaleza que recibo del Espíritu y las debilidades consecuencia de mi humanidad, levanto hoy mi voz para proclamar mi amor por Ti y mi compromiso para seguirte como discípulo tuyo! ¡Te agradezco profundamente, Señor, el amor que sientes por mi a pesar de mis múltiples pecados y faltas y, sobre todo, por tu gran misericordia! ¡Es el momento de una auténtica conversión, Señor! ¡Ayúdame a enderezar mi vida, a cambiar el rumbo de mi vida, a ser lo que tu quieres que yo sea en esta vida! ¡A ser lo que Tú verdaderamente querías que fuera cuando hiciste el milagro de darme la vida! ¡Te pido, Señor, que envíes tu Santo Espíritu para que ilumine mi corazón, mi entendimiento y mi ser para que, a la luz de tu Verdad y de tu Amor, me acerque cada día más a Ti y a los demás! ¡Para que esta auténtica conversión aleje de mi las preocupaciones, las faltas, los rencores, el egoísmo, la envidia, el orgullo, la desconfianza, el mal carácter, la falta de capacidad de amar y servir! ¡Ilumíname para más sensible a la realidad del Evangelio, a hacer mías Tus Palabras, a creer de verdad en Tu mensaje, a dejarme guíar siempre por Ti! ¡Ayúdame a que esta conversión implique vivir siempre en torno a Ti y que mi vida sea el espejo de tu inmenso amor, tu gran misericordia y tu infinita bondad y compasión! ¡Ayúdame, Señor, desde este mismo instante a ser una persona nueva, comprometida contigo y con los demás!

¿Quién eres tu, que persigues a los cristianos? cantamos hoy acompañando a esta meditación:

¡Necesito descansar un poco!

«Necesito descansar un poco». Escucho y digo esta frase con cierta frecuencia, especialmente en tiempos de exceso de trabajo, de estrés, de agobios personales. Es normal en quien realiza cualquier tipo de actividad frenética, entre responsabilidades y obligaciones. Olvidamos, sin embargo, que a este «descansar un poco» le podemos dar también un trasfondo espiritual. No para reparar las fuerzas físicas mermadas por el exceso de trabajo sino para buscar la oración fructífera de cada día. Sin oración el apostolado efectivo es una tarea prácticamente inasumible porque nunca dará frutos.
La llamada al descanso la presenta Jesús a sus discípulos cuando les invita a buscar un lugar desierto para descansar para huir del ruido, de la agitación del momento, de la gente que le sigue, para buscar un receso con el fin de permanecer a solas con Él en ese hermoso desierto que es la vida de oración.
¡La oración un desierto! Sí, porque en comparación con las seducciones y las fascinaciones del mundo que incitan nuestras pasiones y nuestros sentidos —la música, la televisión, Internet, el fútbol, el teléfono móvil, el deporte… — la oración se nos muestra como algo árido y yermo en la que la estimulación brilla por su ausencia. La oración más fructífera y valiosa es aquella en la que los sentidos quedan agazapados, se aparcan los deseos mundanos y el alma queda sumergida en la serenidad y la paz para que penetre en ella la quietud de Dios.
Cuando el Señor nos invita a orar en el desierto nos invita a apartarnos de la espiral de ruido y frenesí de nuestra cotidianeidad para que reposemos nuestra alma en Él. El desierto es también nuestro propio corazón. Al orar —aunque cueste, aunque no salgan las palabras, aunque uno se duerma, aunque uno se aburra…— el corazón se llena de todo aquello que el Señor es capaz de dar de manera gratuita y que el alma no puede llenar por si misma: alegría («Estad alegres»), mansedumbre («Hágase tu voluntad y no la mía») , paz («La paz os dejo»), tranquilidad («¡No temáis!»), fortaleza («Sed valientes»), amor («Dios es amor») , luz («Dios es luz»), serenidad («Venid a mi»), esperanza («No os angustiéis por el futuro»), libertad («La verdad os hará libres»)… En definitiva, lo que el alma necesita para cada uno de los momentos de la vida según nuestras circunstancias personales.

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¡Jesús tu me invitas a ir a un lugar desierto para descansar un poco! ¡Es tu llamada a la oración, pero no para descansar de las actividades frenéticas del día a día, sino para ser conocido e intimar con Dios Padre, para que Él me ilumine con su gracia, para así transformar el mundo para Cristo! ¡Qué reto tan maravilloso, Señor, y cuántas veces me cuesta cerrar la puerta para orar en el silencio de la vida! ¡Espíritu Santo ayúdame a hacer el propósito de no dedicar tanto tiempo a la televisión, o a Internet, o la lectura o a mis hobbies y hacer más oración! ¡Señor, sé que cuánto más se acerque mi alma a Ti más réditos obtendré de Tu preciosa generosidad porque Tú todo lo ofreces sin medida! ¡Y cuánto más mi alma se aleje de Ti por ausencia de oración, por no vivir la Eucaristía, por no vivir el mandamiento del amor, por no frecuentar la vida de sacramentos, por vivir pensando solo en mí… menos recibiré de tus santas manos! ¡Señor, quiero tener un alma que sea fuente inagotable de alegría, de paz, de amor, de fortaleza, de serenidad y de luz, capaz de enfrentar las contrariedades cotidianas sin caer en un estado de tristeza, angustia y desolación y eso me ayudarás a conseguirlo en mi diálogo contigo en la oración!

Del compositor italiano Ottorino Respighi escuchamos hoy su Concierto gregoriano:

Detalles insignificantes que alegran mi vida

No tengo por costumbre leer en la cama. En cuanto me acuesto se me cierran los ojos y el sueño se hace profundo. Ayer, sin embargo, abrí un ensayo y disfruté largo tiempo de la lectura. ¡Una delicia de libro!
Antes de dormirme siento la necesidad profunda de dar gracias a Dios por tantas gracias: por ese libro que acrecienta mi interés por la lectura; por darme oídos para disfrutar de la música clásica; por tener un techo donde cobijarme; por estos hijos que me ha dejado en custodia y que tanto me quieren; por una mujer que me soporta; por ese pan recién hecho y crujiente que me espera al día siguiente en la panadería de la esquina; por los veinte minutos de desayuno entre risas y agobios por llegar tarde al colegio; por el teléfono que me conecta con tantos amigos; por la Misa diaria que me llena de Dios; por la maravilla de poder asistir cada día a la Eucaristía o de rezar con amigos ante el Santísimo; por la sonrisa de la anciana de mi rellano que siempre tiene una palabra amable cuando nos cruzamos por la mañana; por las oraciones que compartimos en el coche; por la siesta de diez minutos que me permite ser persona a mitad del día y aguantar hasta la madrugada; por el desafío logrado que se convierte en un triunfo a la tenacidad; por esa palabra amable que he escuchado de un colega; por tantos amigos que me acompañan en mi peregrinar en esta vida; por la salud que me permite llegar a muchas cosas; por la sonrisa de los residentes del Cottolengo; por ese arroz al horno exquisito que prepara mi mujer; por la conversación a pie de calle ese amigo que tenía que ser de cinco minutos porque nos esperaban nuestras mujeres y acaba siendo de una hora; por, por, por… Son pequeñas cosas, detalles en apariencia insignificantes, que alegran mi vida.

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¡Gracias, Señor, porque aunque pequeñas me llenan de gratitud hacia Ti pues son un regalo tuyo! ¡Señor, ante Ti hoy dejo todos mis proyectos, mi vida, mis sueños y mi libertad! ¡Estoy, Señor, decidido a amarte y servirte haciendo siempre tu voluntad y no la mía! ¡Recibe, Señor, en tus manos la ofrenda que hoy te hago! ¡Reviste, Espíritu Santo, con tu fortaleza mi pobreza para que no tenga miedo a decirte que sí y no permitas que crea que serte fiel sólo depende de mí pues llevo en vasijas de barro el tesoro de las pequeñas cosas que me regalas sin yo merecerlo! ¡Señor, aquí estoy, Tú me conoces, sabes lo que hay en el fondo de mi corazón; te pido que me transformes, me restaures, me ilumines, que con tu gracia transforma mi alma y limpia mi corazón! ¡Señor, haz que crezca en mi interior esta sed de querer beber que en el agua viva que eres tu! ¡Y, aunque tengo tanto que agradecerte, consuélame Señor cuando venga el dolor! ¡Que no me olvide, Señor, que clavado a un madero fuiste inmolado por Amor! ¡Y cuando con mis obras sólo desee brillar, que la contemplación de tu Cruz me haga ser consciente de hasta donde yo debo llegar! ¡Gracias, Señor, de nuevo porque las pequeñas cosas de mi vida me llenan de gratitud hacia Ti pues son un regalo tuyo!

Hoy comparto una bonita pieza de violín de Pietro Locatelli, compositor italiano que no se había asomado todavía a estas meditaciones:

Fortaleciendo el espíritu

Si en el fragor del trabajo tu mente se dispersa, aligeras la faena, pierdes la ilusión, divagas, te entra la pereza… regresa a lo esencial y repite: «¡Ven, Señor Jesús!».
Si en la relación con tu cónyuge, con tus amigos, con tus compañeros de trabajo, con tus hijos, con tus subordinados… te descubres batallando por imponer tu verdad, sin escuchar, por conseguir que te den la razón, por lograr la primacía de tu pensamiento; trata de regresar a lo esencial y repite humildemente: «¡Ven, aquí y ahora, Señor Jesús!».
Si te entra la tristeza, la desolación, el abatimiento, el desconsuelo por algo que no sale según tenías previsto y que es importante para ti, intenta regresar a lo esencial y repite: «¡Ven, Señor Jesús!».
Si la negatividad hace mella en tu vida, todo lo criticas, todo lo juzgas, nada te satisface, te muestras irritable, quejándote todo el tiempo de todo y de todos, trata de regresar a lo esencial y repite humildemente: «¡Ven, aquí y ahora, Señor Jesús!».
Cuando sientes que te muestras apático, irascible o insensible ante alguno de tus prójimos que espera de ti una palabra o un gesto de simpatía o de aliento, despójate de tu soberbia y exclama: «¡Ven, Señor Jesús, que te necesito!».
Esta sencilla frase fortalece siempre el espíritu contrito del hombre necesitado de dar un sentido positivo a su vivir cotidiano. No puede uno vivir en la coraza del dolor y de la queja. Allí Cristo no se siente cómodo.

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¡Señor, ya sabes que en eso de buscar excusas soy todo un especialista! ¡Ante la urgencia de una respuesta encuentro siempre argumentos
para escabullirme! ¡Pero Tú me dices, Señor, con amor de Padre, ven y lo verás! ¡Gracias, Señor, por tu paciencia! ¡Te aseguro, Señor, que miro, veo y respondo según mi conveniencia! ¡Pero Tú me dices, Señor, con paciencia de amigo, ven y lo verás! ¡Muchos días miro y no veo nada, Señor, estoy bien dormido ante los que me necesitan y me buscan! ¡Pero Tú me dices, Señor, con misericordia de Padre, ven y lo verás! ¡Hay otros días en que veo doble y una injusticia a cada paso y pienso que esto no tiene arreglo y me amargo soñando interminables desgracias con los brazos cruzados, y diciendo que nada tiene remedio! ¡Pero Tú, Señor, me dices ven y lo verás! ¡Gracias, Señor, por tantos ánimos! ¡Quiero hacer tu voluntad, Señor, que tanto me cuesta! ¡Quiero amar más y mejor, Señor, pero la ceguera de mi soberbia me lo impide! ¡Envíame Tu Espíritu, Señor, para convertirme en alguien de provecho que pueda servirte a Ti a la luz del Evangelio!

Escuchamos hoy la cantata de Domenico Scarlatti No fugire:

Abonados a la cultura del «más, más y más»

El camino de la sabiduría del cristiano es aprender a amar a ese Dios que no se ha visto nunca, a ese Dios que no se conoce, a ese Dios que, incluso, no me agrada porque no complace mis deseos y mi voluntad, siempre tan humana y voluble. Pasa también por amar al prójimo que no soporto, que actúa contra mí o que no me comprende. Aprender a aceptar todo aquello que no me gusta de mí mismo y que no comprendo porque no me analizo ante los ojos amorosos y misericordiosos del Señor. Aprender a aceptar lo que me traen los acontecimientos de la vida, especialmente aquellos que no me agradan. Aprender a llevar con alegría la cruz diaria, que Dios ha cargado en mi hombro para ayudarme a crecer humana y espiritualmente. Aprender a actuar no con los sentimientos sino con la razón sabiendo siempre lo que hay que hacer para no acostumbrarse a caer en la inconstancia, en el pecado y en la permisividad del mal.
Pero, claro, es más sencillo tratar de encontrar a ese Dios hecho a medida. Somos sastres perfectos para amoldar nuestras apetencias a nuestra voluntad y no a la del Señor. Preferimos hacernos los sordos ante la Palabra de Dios, siempre vivificante, clara y vigorosa que, como una espada de los cruzados, lamina nuestras complacencias repletas de caprichos e inconstancias. Preferimos no reclamar la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida no vaya a ser que sus siete dones nos impulsen a cambiar de vida y a acoger con autenticidad a Dios —con todo lo que eso comporta— y los demás.
Sin embargo, pese a todas nuestras resistencias Dios utiliza muchos medios para llevarnos hacia Él y llenarnos de plenitud. Para el que únicamente busca el cumplimiento de su propia voluntad, sus deseos desordenados y sus caprichos volátiles tiene complicado encontrar esa fe que colma de felicidad y de gozo. Hay que quien prefiere seguir enraizado en la generación de la comodidad cuyo principio se resume en tres palabras: «más, más y más». Pero ese «más»., lamentablemente, nunca llega a saciar. ¿Por qué no cambiar esta idea para llenarse «más, más y más» de Dios?

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¡Señor, Tú me llamas y yo tengo miedo a decirte “sí”! ¡Me buscas, Señor, y yo trato de esquivarte! ¡Insistes, Señor, y yo cobarde y egoísta guardo silencio! ¡Te acercas, Señor, a mí por diversos medios e intento soslayarte! ¡Quieres llenar mi corazón, y me resisto y así no acabo de entender qué es lo que deseas de mí! ¡Tú esperas de mí una entrega sin reservas, llena de ilusión y generosidad y yo, Señor, a veces, es cierto, que estoy dispuesto a realizarla en la medida de mis fuerzas, sin hurtarte nada, pero son muchas las veces que me resisto! ¡Tu gracia me empuja por dentro, Señor, y, en esos momentos, todo me parece fácil pero cuando llegan los imprevistos me acobardo y me sujeto a lo terrenal y no a tus divinas manos! ¡Tu invitación es como un horizonte abierto que alegra y da sentido a mi vida, Señor, pero apenas me doy cuenta de lo que tengo que sacrificar ante una dolorosa ruptura definitiva, si tengo que renunciar a mis seguridades, si tengo que nadar contracorriente, vacilo, desconfío y me planto! ¡Lo siento, Señor, pero ya conoces mi debilidad! ¡Dame, Señor, las fuerzas para no rehusarte, ilumíname en la elección de lo que Tú deseas y oriéntame con tu Santo Espíritu!

Más que un concepto cantamos con Jesús Adrián Romero: